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La sombra de la perla
CAPITULO 3: “KYKIO, UN ALMA ERRANTE"

Rodeados únicamente por la oscuridad de aquella cueva, Kohaku y Kagura se encontraban parados frente a esas criaturas que se ocultaban en el fondo del sitio. De esos seres no se veía absolutamente nada, salvo sus grandes ojos blancos y brillantes. Kagura no pudo evitar dar un par de pasos hacía atrás ante lo extraño de la escena.

- ¿Qué clase de Demonios son éstos? – Preguntó la mujer, tratando de aparentar algo de seguridad en su tono.

- Kuraijins. – Contestó Kohaku totalmente tranquilo. – Ellos son seres que habitan en los lugares más oscuros del mundo, totalmente alejados de la luz del día, del fuego o de cualquier otra clase brillo. Es por eso que casi ninguna persona ha sido capaz de verlos.

- Pues para ser tan desconocidos a mí me parece que sabes mucho de ellos. – Comentó Kagura.

- Eso mismo pienso yo. – Agregó una de las criaturas que se ocultaba en las sombras. – Con ese atuendo que traes se seguro eres un exterminador, ¿no es así?

Kohaku se quedó muy serio ante la pregunta de la criatura y Kagura notó esto de inmediato. Al mismo tiempo, el responsable de la pregunta se dio cuenta de que el chico no tenía la intención de contestarle. De pronto, la expresión de Kagura comenzó a reflejar algo de confusión.

- ¿Cómo saben como estás vestido en esta oscuridad? – Le preguntó la mujer demonios en voz baja a su acompañante.

- Ellos siempre han vivido en lugares como estos. – Le contestó. – Cosas llamativas o que pueden reflejar la luz como nuestra piel o nuestra ropa, ellos la pueden percibir, aún en la oscuridad.

- ¿Entonces qué es lo que desean? – Preguntó algo apresurado el ser frente a ellos. Kohaku dio unos pasos al frente, alejándose un poco de su compañera.

- Venimos de parte del señor Naraku. – Les informó el exterminador con firmeza.

- ¿Naraku?

- Comos ustedes viven siempre en la oscuridad, sus ojos son capaces de percibir hasta el más pequeño resplandor…. Incluyendo el color de nuestras ropas… y el resplandor de los Fragmentos de Shikon.

La cueva se quedó el silencio ante el último comentario de Kohaku. Kagura, que permanecía de pie detrás de él, se extrañó mucho al oír esto.

- “¿Estas criaturas son capaces de ver el brillo de los fragmentos de Shikon?” – Pensó la mujer con cierta sospecha.

- Ya veo. – Se escuchó que el ser en las sombras decía. – Había escuchado de la existencia de un demonio que se encontraba reuniendo los fragmentos y que en sus manos ya poseía gran parte de ellos.

- El señor Naraku casi ha reunido toda la perla. Sin embargo, los últimos fragmentos que le faltan parecen estar aún más escondidos que el resto. Además, en este momento tiene mucha prisa en reunir toda la perla y es importante localizar los fragmentos.

- Entiendo la cuestión chico. Sin embargo, como tú lo has dicho, somos seres que habitamos en la oscuridad. Nosotros no podríamos sobrevivir bajo la luz del día. Es por eso que no es posible que te podamos ayudar con lo que pides.

En ese momento, Kohaku acercó su mano derecha hacía su espalda, introduciendo la mano en la cinta que usaba en la cintura. De este sitio, sacó unos objetos que apretó en su puño. Aún con su mano cerrada, las criaturas parecieron percibir el brillo que radiaba de ella. Kohaku extendió su mano hacía adelante y luego la abrió. Se trataba de cinco fragmentos de la perla. Los Kuraijins retrocedieron ante el fuerte brillo de los fragmentos.

- Estos son fragmentos de la Perla de Shikon. – Comenzó a decir. – Si usan estos fragmentos en ustedes, sus cuerpos serán capaces de resistir la luz. Lo único que el señor Naraku quiere a cambio es que le ayuden a reunir todos los fragmentos que faltan para así completar la Perla.

Una vez más todos guardaron silencio. El par de ojos centraron su atención en los fragmentos que el chico traía consigo. De pronto, se vio como las siluetas se juntaban; parecía que los seres se reunían, como para discutir al respecto. Después de casi un minuto, una vez más se giraron hacía los visitantes.

- Muy bien chico. – Le informó. – Tomaremos esos fragmentos y te ayudaremos a reunir la perla. Sin embargo, a nosotros la Perla de Shikon no nos interesa. – Kohaku se extrañó un poco al oír eso. – A cambio de que te ayudemos, sólo queremos una cosa: Un reino.

- ¿Un reino? – Preguntó Kagura sin entender.

- Queremos un territorio bajo la tierra completamente para nosotros, alejada del sol. Una región para que nuestro pueblo pueda vivir en completa paz.

Kohaku se les quedó viendo en silencio, como pensando en la respuesta que tenía que dar. Por su parte, Kagura no entendía de qué forma podrían cumplir tal petición. De pronto, Kohaku cerró su mano, cubriendo los fragmentos por completo con sus dedos. Los seres pensaron que se iba a rehusar.

- No hay problema. – Contestó de pronto, sorprendiendo a todos.

Luego, Kohaku lanzó con fuerza los fragmentos hacía el frente y estos cayeron en el suelo de la cueva. Se pudo ver como una mano de piel oscura se acercaba a uno de ellos y lo tomaba entre sus dedos.

- Entonces tenemos un trato chico. – Agregó el ser, sujetando el fragmento.

La misión había tenido éxito desde el punto de vista del exterminador. Sin embargo, Kagura aún seguía muy intranquila por lo que acababa de pasar.

- “No lo entiendo.” – Pensaba la Youkai. – “¿Cómo podría Naraku darles un reino a estos seres?”

Ya es de mañana en la antigua era del Sengoku, donde aún continúa la eterna búsqueda por los fragmentos perdidos de la valiosa Perla de Shikon, y también la búsqueda del despiadado demonio Naraku. Inuyasha, seguido por sus acompañantes Kagome, Miroku, Sango, Shippou y Kirara, siguen su viaje después de una noche de descanso. Sin embargo, los viajeros parecen muy distantes entre ellos, especialmente Inuyasha, Kagome y Sango.

- ¿Por qué todos caminan tan callados? – Preguntó Shippou, que se encontraba en el hombro del monje Miroku.

- Parece que hay cierta tensión entre los chicos. – Respondió Miroku, volteando a verlos por encima de su otro hombro.

Inuyasha se encuentra caminando con los brazos cruzados y su mirada dura al frente. Sango camina con su amiga Kirara en el hombro y su arma en la espalda; además de todo, parece tener una mirada pensativa puesta en el suelo. Kagome, por su parte, camina trayendo a su lado su bicicleta rosa y su arco en la espalda. En ese momento voltea a ver al híbrido de reojo; parece estar una vez más enojado.

- Inuyasha, ¿sigues enojado por lo de ayer? – Le preguntó Kagome con cierto tono alegre para tratar de apaciguar la tensión. – Ya olvídalo quieres, lo siento… - Inuyasha volteó su vista hacía ella, pero mantuvo aún su cabeza hacía el frente.

- Ya, está bien. – Le contestó algo serio.

- Bien, ahora tú sigues. – Le comentó Kagome con una sonrisa. Inuyasha detuvo su marcha de golpe en cuanto escuchó esto, y de inmediato volteó a verla.

- ¿Yo sigo de qué? – Preguntó algo confundido.

- Yo me disculpé por lo que te hice ayer. Ahora tú sigues de disculparte por enojarte por lo de Kouga.

- ¡¿Y porqué me tengo que disculpar contigo por lo de ese lobo?! – Le gritó enojado el Hanyou.

- Ya empezó… - Comentó Shippou, colocando su mano sobre la frente.

Kagome pareció no muy contenta por la respuesta de Inuyasha. Todos detuvieron su marcha y se quedaron viendo comos los dos comenzaban a pelear de nuevo.

- ¡¿Por qué me gritas?! – Le gritó ella enojada. – ¡Después de que trato de hacer las paces contigo me respondes de esa manera!, ¡Ya no te soporto!

Inuyasha y Kagome, como era ya costumbre en sus viajes, comenzaron a responderse el uno al otro. Para sus amigos no era más que otra de sus peleas que ocurrían comúnmente entre ellos. Sin embargo, uno de los viajeros no parecía estar muy preocupada por la pelea.

Sango parecía seguir metida en sus pensamientos. Su mirada reflejaba cierta preocupación o incluso tristeza. Seguía repitiendo en su mente las escenas de la otra noche, una y otra vez…

******

Su hermano la vigilaba desde lo alto, con esa expresión fría que no le pertenecía, que no era digna él. De pronto, los ojos del antiguo exterminador se desviaron hacía la dirección en la que se encontraban Inuyasha y Miroku. Pudo oír entonces como unos pasos se acercaban rápidamente.

- No tengo tiempo para jugar contigo. – Escuchó de pronto que su hermano le dice con un tono totalmente libre de emociones.

Kohaku dio y un salto hacía un lado, cayendo en otra rama. Después de eso, Sango vio como su hermano se alejaba entre las ramas de los árboles…

******

- “Kohaku” – Pensaba la exterminadora, mientras a lo lejos se escuchaban los gritos de Inuyasha y Kagome que aún no cesaban. – “¿Porqué tu mirada se ha vuelto tan fría?”

******

- ¿Aún sigues con la idea de recuperar a tu hermano Kohaku? – Le preguntó con un tono más calmado.

- Así es – Le contestó, al contrario de Inuyasha, aún con un tono de enojo. – ¿Porqué no habría de hacerlo?, él es mi hermano, es lo único que me queda en la vida. Somos de la misma sangre, y es mi deber el protegerlo y salvarlo de ese monstruo.

- ¿Sabes muy bien que puede que ya no quede nada de ese chico? Naraku lo tiene atrapado en sus garras y cada vez lo envuelve más y más. Si él se niega a obedecerlo o se revela, Naraku lo matará al instante. Kohaku es una vida que se sostiene con un fragmente de la Perla de Shikon. El Kohaku que conoces ahora no puede ser el mismo Kohaku que tú conociste.

******

- ¡Tú siempre me culpas de todo! – Le criticaba disgustado Inuyasha.

- ¡Porque siempre es tu culpa! – Le contestaba aún más enojada Kagome.

La pelea parecía no tener un final cercano, aunque los que miraban el caso sabían muy bien que esto de seguro terminaría en un “Abajo”. Miroku y Shippou miraban con resignación a los dos jóvenes peleando, esperando a que acabaran para poder continuar con su camino.

- ¿Qué remedio? – Se decía el monje seguido de un suspiro corto.

En ese instante, Kagome alzó su mano derecha, apuntando a Inuyasha con su dedo índice. Inuyasha retrocedió asustado un par de pasos, al tiempo que Kagome tomaba aire.

- ¡¡Aba…!! – Logró decir la joven, antes de algo la interrumpiera.

- ¡No, no puede ser! – Se escuchó de pronto que alguien gritaba cerca de ellos. Algo extrañados, todos voltearon hacía la dirección del grito. Sango estaba de pie, apretando sus puños con fuerza. – ¡No puedo creer en algo como eso!, ¡No dejaré que Naraku me quite a la única persona que me queda en este mundo!, ¡¡No lo haré!!

Sango comenzó a gritar con fuerza hacía el aire, teniendo algo de enojo en su mirada. De pronto, pareció recordar que no se encontraba sola. En su cara se reflejo algo de sorpresa y también de vergüenza mientras se giraba lentamente hacía sus compañeros. Miroku y los otros la miraban totalmente extrañados por su actitud.

- ¿San… go? – Preguntó tímidamente la sacerdotisa.

- ¡¿Dije eso en voz alta…?! – Logró preguntar la exterminadora, totalmente apenada. Sus compañeros le contestaron afirmativamente, moviendo su cabeza de arriba a abajo.

Sango bajó sus brazos de golpe y se quedó quieta, tratando de encontrar que decir. Para su suerte, algo la salvó.

De repente, Kirara saltó de su hombro hacía el suelo y luego dio varios pasos hacía el frente. Sango, al igual que el resto, desviaron su atención hacía el pequeño gato mágico que marchaba hacía adelante.

- Miren. – Dijo Shippou, apuntando hacía el frente.

Kirara había ido hacía algunos metros adelante del camino, donde se veía una silueta tirada en la tierra. Parecía ser una persona.

- ¡Es un hombre! – Dijo Kagome al ver con claridad de que se trataba…

Algo lejos de ahí, una mujer se encontraba caminando por entre los árboles del bosque. Era una joven aparentemente de unos dieciséis o diecisiete años de edad, piel blanca, muy blanca, y cabello oscuro y largo, sujetado con una cinta blanca. Vestía un traje compuesto de un Haori de color blanco en la parte superior del cuerpo y un Hakama de color rojo en la parte de abajo. Además de esto, en su espalda portaba varias flechas y en su mano izquierda sostiene un arco de color rojo.

La joven parecía caminar completamente sola, pero en realidad no era así. Flotando en el aire a su alrededor, como siguiéndola, se encontraban unos seres blancos y largos como serpientes, que vuelan con sus cuerpos casi ondeando. La joven tiene en su expresión una mirada fría y a la vez muy pensativa.

- “Lo más seguro es que Inuyasha y sus amigos siguen en busca de la guarida de Naraku.” – Pensaba la joven con traje de Miko sin detenerse. – “Su castillo, y todos los súbditos que ahí habitaban, ha desaparecido por completo desde hace ya un largo tiempo. Naraku ha escondido muy bien su rastro. Me pregunto que estará planeando algo…”

De pronto, la joven detiene su camino y se queda parada totalmente inmóvil. Voltea hacía todos lados, como esperando encontrar algo a su alrededor. Le parece oír en ese momento como algo se mueve entre los arbustos a sus espaldas, por lo que se da rápidamente la media vuelta.

- ¿Quién está ahí? – Preguntó tranquila mientras miraba los arbustos.

Poco a poco vio acercarse tres siluetas de gran tamaño. Quiénes fueran esas criaturas, pasaron por entre los setos y caminaron apresurados hasta ponerse frente a la joven. Eran tres seres de gran tamaño. Parecían tener la forma de cerdos, de piel en un tono verdoso oscuro, ojos pequeños y rojos, y un hocico grande del cual sobresalían dos grandes colmillo. Sus brazos y piernas eran gruesos y su abdomen era abundante. Los tres estaban armados cada uno con un hacha de gran tamaño.

- Tú, sacerdotisa… - Dijo uno de ellos con voz grave al hablar. – Tú tienes uno de los fragmentos de la Perla de Shikon, ¿no es así?

Al escuchar esto, la sacerdotisa colocó su mano derecha sobre su pecho, el lugar donde un extraño resplandor parecía despedir.

- ¿Más seres que buscan los fragmentos? – Preguntó ella sin perder aún la calma.

- ¡Entréganos ese fragmento!

Los tres se lanzaron al mismo tiempo hacía ella, listos para atacarla con sus armas. Rápidamente, alzó su arco al frente y con su otra mano tomó una de las flechas que traía en su espalda. Antes de que estuvieran siquiera cerca de ella, preparó su arco para disparar. En menos de un segundo soltó su flecha, la cual voló por el aire directo a su objetivo. Mientras volaba, la flecha fue completamente cubierta por un resplandor muy intenso. La flecha fue directo al pecho de uno de los monstruos, el cual pareció despedazarse en cuanto fue tocado por la punta del proyectil.

Aunque había sido capaz de destruir a uno de ellos, los otros dos seguían dirigiéndose hacía ella. No tenía tiempo como para cargar de nuevo su arco, por lo que decidió hacerse hacía un lado. Sin embargo, no fue lo bastantemente rápida. Mientras se lanzaba hacía un lado, uno de los monstruos lanzó con fuerza su hacha hacía el frente. No pudo alcanzarla por completo, pero el filo del arma logró dañarla en su brazo derecho.

La joven se movió con fuerza, terminando de espaldas contra un árbol. Rápidamente llevó su mano izquierda hacía el brazo con la herida. Su Haori estaba roto de la manga y de la herida surgía algo de sangre de color oscuro.

- “¡Mi brazo!” – Pensó la sacerdotisa al ver la herida.

De inmediato alzó de nuevo su mirada hacía sus oponentes, quienes de nuevo se lanzaban en su contra. Tomó otra de las flechas que traía consigo lo más rápido que pudo. Sin importarle el dolor que sentía en el brazo, rápidamente preparó la flecha y la soltó directo hacía el frente. La sagita cortó el aire, cubriéndose de nuevo por ese resplandor. Se encajó en el brazo de uno de ellos, deshaciendo gran parte de su costado.

En cuanto había soltado la primera flecha, ya había tomado la segunda. Justo cuando el otro ya estaba frente a ella, la soltó en un ángulo elevado, de tal manera que le dio al monstruo justo en su cuello, eliminándolo de esa manera.

Antes de que pudiera cantar victoria, el otro de los cerdos se le abalanzó, aún sin tener uno de sus brazos. La sacerdotisa rápidamente se hizo hacía un lado, haciendo que el hacha de la criatura destruyera el árbol en el que ella se encontraba recargada. Estando semiarrodillada a la derecha de su enemigo, le disparó una más de sus flechas, la cual terminó por acabar con él, despedazándolo por completo. El arma del cerdo cayó al suelo, quedándose clavada a una corta distancia de la joven.

Una vez acabado el combate se quedó unos momentos inmóvil, viendo hacía el frente. De pronto, bajó sus brazos y comenzó a tomar algo de aire. Después de un tiempo no pudo evitar volver a colocar su mano sobre la herida de su brazo. Parecía haberse abierto más por el esfuerzo que acababa de hacer al moverse.

- Tienes un gran poder espiritual Sacerdotisa. – Oyó en ese momento que una voz le decía a sus espaldas. La joven se dio media vuelta rápidamente al tiempo que se ponía de pie.

De la misma dirección en que habían venido los otros tres, la silueta de un cuarto de estos seres se comenzó a acercar. A diferencia de los otros, éste era aún más grande y su piel era en un tono gris oscuro. Tenía dos cinturones entrecruzados en su tronco y brazaletes en sus muñecas. Como arma tenía un hacha como los otros, pero de mayor tamaño. La sacerdotisa se le quedó viendo fijamente con su habitual expresión carente de emociones. Pudo notar de inmediato en el pecho de la criatura dos pequeños resplandores.

- “Tiene dos fragmentos en su cuerpo.” – Pensó la joven el distinguir el brillo de dos fragmentos.

- Pero no creas que no me pude dar cuenta. – Agregó el nuevo cerdo con una voz profunda. – Aunque tu apariencia aparente lo contrario, tú no eres un ser humano.

- ¿Qué acabas de decir bestia?

- Ese cuerpo que tienes no es el de un humano. Hueles a barro y huesos. Lo más seguro es que eres una persona resucitada.

- “Este sujeto parece más inteligente que los otros” – Pensó la joven con seriedad tras oírlo.

- No importa si estamos hablando de un resucitado o de una vasija. Todo el mundo sabe que los cuerpos de barro son demasiado débiles.

Mientras le decía estas palabras, el enemigo alzó su hacha hacía el cielo. Luego, hizo que descendiera con fuerza, haciendo que el filo del arma chocara contra la tierra drásticamente. El golpe pareció abrir el suelo con fuerza, creando con grieta que se abrió rápidamente hacía donde su objetivo residía.

La sacerdotisa se hizo de inmediato hacía un lado, rodando por el suelo. Cuando pudo enderezarse de nuevo y alzar la mirada hacía el frente, su enemigo ya se había lanzado hacía ella. La joven no perdió el tiempo y de inmediato disparó uno de sus flechas. Parecía que lograría herirlo, pero para su sorpresa el cerdo se cubrió con la enorme hoja de su hacha sin dejar de avanzar. La flecha se hizo pedazos en cuanto tocó el arma, dejando totalmente atónita a quien la había disparado.

- ¡¿Qué?! – Se dijo así misma al ver lo que acababa de pasar.

- ¡¿Sorprendida Sacerdotisa?! – Le gritó el cerdo al mismo tiempo que alzaba de nuevo su hacha para luego hacer un ataque vertical.

Por su parte, ella alzó sus dos manos hacía arriba, como si fuera a tratar de detenerlo. Entre sus manos y el filo del hacha pareció surgir un resplandor, acompañado de algunos rayos blancos que detuvieron el avance del arma por uno momentos, como si fuera un escudo. La sacerdotisa logró resistir de esta forma por varios segundos. Sin embargo, poco a poco se veía como el hacha comenzaba a ganarle.

Al ver que no podía resistir más, la joven de nuevo se hizo a un lado. El hacha golpeó la tierra, abriéndola de nuevo. Al mismo tiempo, el golpe pareció crear una fuerte ráfaga de viento que la empujó con fuerza hacía el frente. La sacerdotisa cayó contra la tierra boca abajo, quedándose ahí por unos instantes. Después trató de levantarse, pero cuando puso su mano derecha para apoyarse, sintió de repente un tremendo dolor proveniente de su herida. La lesión que le había provocado el hacha en el brazo pareció abrirse más, sangrando con fuerza. Esto provocó que la sacerdotisa cayera de nuevo al suelo, acompañada de un grito.

- ¿Lo ves sacerdotisa? – Le dijo con burla el demonio mientras se giraba hacía ella. – Con ese cuerpo tan débil que tienes nunca podrás derrotar a un demonio como yo.

Sosteniendo aún el arco en su mano izquierda, trató de apoyarse en éste para tratar de ponerse de pie. Su brazo derecho parecía estar totalmente inmóvil. Sin esperar que pudiera levantarse, el demonio se lanzó hacía ella, alzando su hacha para atacar. Ella logró arrodillarse en el suelo, estando apoyada en su arco.

- Aunque tenga un cuerpo débil… - Comenzó a decir en voz baja para si misma, mientras el demonio a sus espaldas aún seguía acercándose. – Aunque éste sea un cuerpo de barro…

Estando a unos escasos metros de ella, El cerdo alzó su hacha hacía el cielo, preparándose para atacar una vez más. En este mismo momento, sin importarle para nada la herida de su brazo, acercó su mano derecha a su espalda, tomando rápidamente una de sus flechas. Usando sus últimas energías, se dio velozmente la media vuelta, apuntando hacía el frente con su arco y flecha.

- ¡Una criatura como tú no me matará! – Gritó con furia la joven antes de soltar su flecha para que ésta saliera volando hacía el frente.

La flecha voló hasta encajarse en la pierna izquierda del ser, la cual se deshizo al instante junto con alguna parte de su cuerpo. El monstruo mostró una gran expresión de dolor en cuanto pasó esto. Además de todo, debido a esto, la criatura perdió el equilibrio, haciendo que su cuerpo se hiciera hacía un lado y ya no pudiera atacar.

Mientras esto pasaba, la sacerdotisa había soltado su arco, introduciendo su mano izquierda en el interior de su Haori. Rápidamente sacó de este sitio algunos pergaminos blancos con letras negras en ellas para luego arrojarlos con fuerza hacía el frente. Los pergaminos se pegaron en el cuerpo de la criatura, cubriéndolo por varios rayos blancos. Después de unos momentos, el cuerpo del cerdo se comenzó a deshacer hasta que ya no quedó nada de él. Como antes, el hacha de la criatura cayó, clavándose en el suelo.

Ahora por fin había acabado. Totalmente rendida, se desplomó en el suelo, casi pegando su pecho contra la tierra. Comenzó a respirar agitadamente, tratando de agarrar algo de aire. Su brazo seguía sangrando pero esto ya no le importaba. Sin dejar de respirar ni levantarse, alzó su mirada hacía el frente, sin mirar nada en realidad.

- “¿Qué estoy diciendo?” – Pensaba entre respiros. – “Yo ya estoy muerta…”

Después de encontrar al hombre en el camino, Inuyasha en el resto se encuentran ahora sentados bajo la sombra de un árbol, mientras Kagome cura las heridas del hombre. Era un hombre maduro, de cabello negro y largo amarrado con una cola y una barba bien pronunciada del mismo color que el cabello. Vestía un traje de campesino de color verde oscuro.

- Ya está. – Dijo la joven al terminar de vendar su brazo.

- Muchas gracias por su ayuda. – Agradeció el hombre con mucha gentileza.

- Descuide, fue todo un placer. – Le contestó Kagome feliz.

- ¿Pero porqué se encontraba en ese estado señor? – Le preguntó el Monje Miroku con algo de curiosidad.

El hombre se quedó muy serio ante la pregunta de los jóvenes. Ellos por su parte notaron enseguida su reacción.

- Sufrí un trágico accidente mientras trataba de huir de mi aldea. – Les contestó con seriedad.

- ¿Huir de su aldea? – Preguntó extrañada la exterminadora de monstruos.

- Sí. Yo vivo en una aldea que se encuentra no muy lejos de aquí. Ese sitio ha sido cubierto por completo por las malas energías.

- ¿Malas Energías? – Preguntaron todos al mismo sin entender muy bien a lo que se refería. El hombre bajó su mirada y luego continuó con su relato.

- Las personas de aquel lugar ya no son capaces de vivir en paz. Los demonios y demás criaturas habitan siempre los alrededores de la aldea, y nunca se van. Es como si hubieran tomado el sitio como su hogar. Han atacado a las personas a cada momento y muchas personas ya han muerto asesinadas por estos seres. Yo tuve suerte de sólo salir con estas heridas. Sin embargo, mucho que han tratado de salir de esa aldea terminan siendo victima de esas criaturas.

El grupo se quedó callado después de escuchar la historia que le acababan de contar. Miroku se quedó muy reflexivo sobre el asunto.

- Es muy extraño lo que nos cuenta. – Comentó Miroku. – Que un grupo numerable de monstruos se encuentre reunido alrededor de una aldea no es algo común. La mayoría normalmente habita en los bosques alejados de los establecimientos humanos. Puede que haya algo en la aldea que los atraiga.

- Puede que sea eso, pero en verdad no tenemos la menor idea de que es. Muchos monjes y sacerdotisas han ido para tratar de exorcizar todas las malas energías que hay en ese lugar, pero hasta ahora ninguno ha podido encontrar cual es la fuente de tanta energía negativa.

En las palabras del hombre se veía una gran preocupación y angustia por la situación que vivían. En ese momento, Sango se puso de pie, sujetando con su mano derecha la cinta con que sostiene su arma en su espalda.

- Tenemos que ir a ese lugar. – Afirmó la exterminadora con firmeza, a lo que todos los demás parecieron apoyarla.

- ¿Qué? – Dijo el hombre sorprendido al oírla.

- Si una aldea esta en peligro es nuestra responsabilidad ir y ayudarlos. – Agregó Miroku, parándose también.

- No, no lo hagan. – Les dijo el hombre, advirtiéndoles. – Estarán arriesgando su vida si van a ese sitio. Varias de las personas que han ido a acabar con esas criaturas han muerto sin remedio.

- No se preocupe. – Le dijo Kagome con seguridad. – Exterminar monstruos es lo que nosotros hacemos.

- Ja, sólo espero que no nos tome mucho tiempo. – Comentó por último Inuyasha mientras se giraba de nuevo hacía el camino.

Después de su agotadora batalla, la sacerdotisa de cabello oscuro se encuentra sentada en el pasto, con su espalda recargada en el tronco de un árbol. Las serpientes blancas que la estaban acompañando se encontraban volando a su alrededor, trayendo consigo varias almas y entregándosela a su ama. Las almas entraban en su pecho y desaparecían en su interior. Por mucho tiempo esa había sido su única fuente de vida.

La joven dirige su vista hacía su brazo derecho. Mientras más almas recibe, su herida parece estarse cerrando. Después de unos momentos, baja su mirada hasta la mano derecha, que la tiene cerrada en un puño. Lentamente abre la mano, revelando lo que ahí guardaba. Eran tres fragmentos de Shikon. Uno era el que traía con ella, y los otros eran lo que su enemigo tenía en su cuerpo. Los tres parecían brillar con más fuerza cuando se encontraban juntos. Había algo en esos tres pedazos de cristal que evitaba que Kykio les quitara los ojos de encima.

Desde hace mucho había tenido la oportunidad de ver fragmentos como esos. En esos momentos era una de las pocas personas que podían distinguir el resplandor de un fragmento y además purificarlo. La perla no era nada nuevo para ella, ya que había sido su guardiana durante largo tiempo, aunque haya sido hace ya cincuenta años. Pero en ese momento había algo en esos fragmentos que provocaban que los mirara con curiosidad…

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- No importa si estamos hablando de un resucitado o de una vasija. Todo el mundo sabe que los cuerpos de barro son demasiado débiles.

Después trató de levantarse, pero cuando puso su mano derecha para apoyarse, sintió de repente un tremendo dolor proveniente de su herida. La lesión que le había provocado el hacha en el brazo pareció abrirse más, sangrando con fuerza. Esto provocó que la sacerdotisa cayera de nuevo al suelo, acompañada de un grito.

- ¿Lo ves sacerdotisa? – Le dijo con burla el demonio mientras se giraba hacía ella. – Con ese cuerpo tan débil que tienes nunca podrás derrotar a un demonio como yo.

******

Aún después de haber acabado exitosamente el combate, la sacerdotisa seguía revisando cual había sido la causa de que hubiera terminado con una herida como la que tenía en esos momentos.

- “La verdad es que este cuerpo que tengo ahora es realmente frágil.” – Pensaba la joven sin quitar sus ojos de los fragmentos de la perla. – “Por más que me mantenga viva con las almas que mis serpientes me traen, no puedo evitar esta debilidad. Incluso un cuerpo humano es más resistente que éste.”

En ese momento, alzó su mano derecha colocando los fragmentos frente a su rostro. Los miró de cerca unos momentos en silencio. Luego, levantó su mano izquierda y lentamente la quiso acercar a los fragmentos de su otra mano.

- “Talvez si tuviera los fragmentos de Shikon en mi cuerpo…”

Antes de que pudiera tomar algunos de los trozos, drásticamente cerró su puño, apretando los fragmentos en su interior.

- No – Se dijo así misma y luego guardó de nuevo los trozos de la perla en el interior de su traje. – Qué tontería.

Una vez que ya estaba aparentemente curada, se puso de pie otra vez. Acompañada de cerca por sus serpientes caza almas, la sacerdotisa continuó su camino. Sin embargo, sin que ella se hubiera dado cuenta, alguien había observado todo lo que había pasado en ese sitio, aún estando muy lejos del lugar…

FIN DEL CAPITULO 3

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Notas del Autor: Estas son sólo algunas aclaraciones que debo dar sobre algunas dudas que pudieron haber surgido en la lectura de este capitulo:

1.- Los “Kuraijins” son de mi creación. El nombre proviene de “Kurai” (Oscuro) y “Jin” (Hombre, persona, pueblo).

2.- En el capitulo del Anime en que Kykio vuelve a la vida, se abre de nuevo la herida que supuestamente le había hecho Inuyasha y en este momento Kykio sangra. Es por esto que en la herida que le hacen en este capitulo colocó que ésta le sangra.

3.- Aunque en el anime sólo han mostrado usando pergaminos al Monje Miroku (Qué es Budista), los sacerdotes y sacerdotisas Sintoístas (Como en el caso de Kykio y la anciana Kaede) también usan los Ofudas (Los pergaminos mágicos para sellar y exorcizar).

Atte.
Wing Beelezemon – Wingzemon X

Email del autor: azor_cometa@hotmail.com

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