| Wing Beelezemon
Era de noche, una noche con lluvia, oscura y húmeda.
Afuera se escuchaban las gotas de agua caer del cielo
y chocar contra el suelo; el viento soplar en las
hojas de los árboles y luego chocar contra
las paredes de la casa. Ante todo el ruido de la tormenta
que estaba afuera, se escuchan los llantos de un pequeño
niño, unos llantos que resonaban por todo el
lugar.
En el calor de esa pequeña y modesta casa,
se encontraba una mujer, de cabellos rojizos, o más
bien en un tono naranja claro, largo hasta la mitad
de la espalda, piel muy blanca y ojos de color azul.
Se encontraba sentada en una cama con sus piernas
tapadas con una sabana de color verde fuerte. En sus
brazos, sostenía con gran fuerza, a un pequeño
bebé, envuelto en una sabana verde que ella
acariciaba con su mano, teniendo mucho cuidado y cariño
en su tacto. Los llantos del bebé parecieron
cesar tras las caricias de su madre.
A su lado se encontraba una señora ya mayor,
con arrugas en el rostro y cabello con canas. También
se encontraba una niña, como de unos cinco
años de edad, con el cabello corto del mismo
color que el de la señora que sostenía
al bebe. La mujer se giró hacía la niña
con una gran sonrisa y una mirada llena de ternura.
- ¿Quieres sostenerlo Satomi? Le preguntó
la mujer con un tono de voz dulce. La niña
se acercó a ella y tomó al niño
en sus brazos. Lo sostenía despacio y delicadamente,
como si se tratará de una joya valiosa y frágil.
La niña miraba al pequeño niño
con gran ternura, y como no, después de todo
era su hermano.
- ¿Cómo se llamará madre?
Le preguntó la niña sin quitarle los
ojos de encima al pequeño.
- Shinta, Shinta Himura Le respondió
la mujer rápidamente con una sonrisa en el
rostro.
- ¡Shinta!, Hola Shinta Dijo la niña
hablándole al pequeño bebé
yo soy tu hermana Mayor, Satomi.
La pequeña acercó su mano al bebe,
acariciándolo. De pronto, pudo sentir como
la pequeña mano de su hermano se aferraba con
fuerza a uno de sus dedos. La niña dibujó
en su rostro una gran sonrisa de felicidad al ver
esto.
En eso, la puerta de la casa se abrió rápidamente.
Con la lluvia detrás de él y su cuerpo
totalmente mojado, surge la figura de un hombre, alto,
de cabello negro amarrado con una cola; se encuentra
vestido con un traje de samurai oscuro y trae una
espada enfundada en su cintura. Al verlo, la niña,
con el bebé en sus brazos, se le acerca rápidamente
con una cara de emoción.
- Mira papá Gritaba la niña
emocionada ya nació mi hermanito, se
llamará Shinta.
El hombre volteó a verla con una cara fría
y seria, sin embargo, esto pareció no afectar
a la pequeña, como si ya estuviera acostumbrado
el verlo así. El hombre acercó su mano
al niño e hizo a un lado la sabana para poder
verle el rostro. La expresión del hombre cambio
a una sonrisa, talvez de felicidad, pero no era un
sonrisa que podría inspirar felicidad a quién
la viera, más bien inspiraría miedo.
- ¡Un varón! Mencionó
el hombre por fin, era lo que esperaba.
La niña lo miró sin comprender de qué
estaba hablando. Sin decir nada más, el hombre
cerró la puerta de la casa, le sacó
la vuelta a la niña y entró al interior
de la choza. Satomi se quedó ahí para
frente a la puerta, viendo con gran detenimiento a
su nuevo hermano.
**********
- ¡Shinta!, ¡¿en donde estas?!
se escuchaban los gritos por todo el bosque.
Con una cara de desesperación, una joven pelirroja,
con cabello corto hasta los hombros y piel blanca,
se mueve por los árboles como buscando algo.
Ven acá.
Por entre los árboles, el pasto y demás,
se escucha la risa y los pasos rápidos de un
niño. Era un pequeño de unos 5 años
de edad, con cabello en un tono anaranjado claro,
largo para su edad. Él niño corría
por el bosque como queriendo alejarse de la joven
que lo busca.
- ¡Alcánzame hermana!, vamos...
le gritaba el niño mientras corría alejándose
ella. La joven trataba de alcanzarlo, pero él
no se dejaba.
- Espera a que te alcance Shinta, ya lo verás
le decía su hermana como amenazas mientras
seguía corriendo detrás de él.
Shinta corría feliz sin preocuparse por nada.
A él le gustaba hacerle este tipo de cosas
a su hermana para hacerla enojar. No era que no le
agradará, simplemente le divertía el
verla enojada. En eso, cuando no se estaba fijando
en el camino, Shinta choca contra algo que se pone
en su camino, haciéndolo caer sentado en la
hierba. El niño levantó su pequeña
cara hacía arriba para ver que había
sido.
En ese momento, Satomi había llegado al lugar.
En cuento vio a esa persona frente a Shinta, se detuvo
de golpe. Su presencia ejercía gran influencia
en la actitud de Satomi. Ella simplemente se quedo
parada ahí, viéndolo detenidamente.
- ¡Padre! Mencionó Satomi con
una expresión seria.
- Satomi, yo cuidaré a Shinta lo que resta
del día agregó el hombre de cabello
negro largo, colocando su mano derecha sobre la pelirroja
cabellera del niño, quien al ver que se trataba
de su padre, se puso de pie rápidamente.
Los ojos de la joven se centraron en su pequeño
hermano, que estaba con la mirada baja mientras su
padre le acariciaba la cabeza con su mano. Ella dio
unos pasos hacía el frente y puso una sonrisa
para tratar disfrazar su preocupación.
- No, no hay problema padre le dijo ella
a mí no me molesta, yo puedo cuidarlo.
- No seas tonta niña, ya te dije que yo lo
haré. Además, Shinta y yo tenemos un
asunto que hacer, ¿no es así hijo?
- ¿he?... sí padre Respondió
el niño de sólo cinco años, levantando
la mirada hacía su padre.
- Pero... balbuceó Satomi tratando
de encontrar algo que decir para evitar que se lo
llevará. Sin embargo, su padre cambio su expresión
a una más dura, que hizo que a la pequeña
se le cerrará la boca de repente.
- Silencio Satomi, no esta a discusión. Dile
a tu madre que llegaremos a la noche, ¿esta
claro?
- Sí, padre...
Shinta y el hombre se fueron del lugar caminado lado
a lado, mientras Satomi lo único que podía
hacer es ver como se lo llevaba. Siempre era lo mismo.
Él daba una orden y esa orden debía
de ser seguida al pie de la letra. No le podían
responder o contradecir, simplemente hacer lo que
él quiere que hagan. Pero, después de
todo, esa era la vida que Satomi siempre había
conocido; no se imaginaba vivir de otra manera.
Ya de noche, Satomi y su madre se encontraban sentadas
comiendo sus alimentos. La joven volteó la
mirada hacía un lado; Shinta siempre se sentaba
a su lado a comer. Su hermano y su padre aún
no regresaban y la verdad no sabía ni a donde
había ido. Su madre parecía muy despreocupada
al respecto, pero Satomi no podía evitar el
sentirse angustiada.
- No te preocupes dijo su madre de pronto
rompiendo el silencio ya llegarán, ya
sabes como es tu padre.
- Pero no puedo evitar el pensar a donde mi padre
lleva a Shinta cada día. Cada vez que mi padre
tiene que salir y no puede llevarlo, yo me pongo contenta
pues sé que él estará con nostras
a salvo.
- Satomi, ¿por qué piensas que Shinta
estaría más a salvo con nosotras que
con tu padre?
- No lo sé. La verdad, me gustaría
saber a donde van, pero ni Shinta ni mi padre me quieren
decir. Siento que es algo malo, pues Shinta siempre
cambia su expresión feliz de siempre por una
llena de tristeza, y eso me duele.
- Tú padre no es una persona mala. Deja de
pensar tan mal de él y de preocuparte por tu
hermano. Come y luego vete a dormir.
- Esta bien.
Como su madre se lo había dicho, después
de comer se fue inmediatamente a su cama a dormir,
o por lo menos a tratar de dormir. Ya era muy tarde
y Shinta y su padre aún no llegaban, y Satomi
no había logrado siquiera cerrar los ojos.
De pronto, escucha que alguien llega. Satomi se sienta
en el colchón bajo que usa como cama y dirige
su vista hacía la entrada. En cuanto ve a la
persona que entró, se para de golpe.
Era su padre, traía a Shinta en sus brazos.
Sin embargo, lo que más impacto a Satomi, fue
que el rostro de Shinta estaba cubierto por varias
manchas de color rojo. Al principio no lo creyó,
pero de inmediato supo lo que era: sangre, sangre
en el rostro de su hermano, así como el rostro
de su padre y las ropas de éste.
Colocó a Shinta en el suelo mientras se retiraba
la espada de la cintura. Satomi se acercó rápidamente
a su hermano y se agachó a hacía él.
Parecía que estaba dormido. Su padre, después
de colocar su arma a lado de la pared, se volteó
hacía atrás y vio a Satomi, que veía
a su hermano con preocupación.
- No te preocupes Le dijo su padre sonriendo
esa no es su sangre.
- ¡¿Qué?! le preguntó
Satomi sorprendida girándose hacía su
padre. Él se acercó y tomó una
vez más a su hijo en sus brazos para llevarlo
a la cama.
- Sólo esta dormido, tú también
deberías dormir.
Satomi fue a su cama. Para cuando llegó a
ella, Shinta ya estaba acostado en la suya, que se
encontraba a lado de la de ella. Su padre ya se había
encargado de limpiarle las manchas de sangre. Satomi
se metió entre las sabanas y se acercó
a él para abrazarlo, como queriendo protegerlo
del frío.
- No dejaré que nada te pase Shinta...
Pensó Satomi mientras abrazaba con fuerza
a su pequeño hermano.
Ya era de mañana y Satomi aún seguía
dormida. Cuando ella abrió los ojos se sorprendió
al ver que su hermano ya no estaba acostado con ella.
Se sentó rápidamente en los tendidos
de su cama. Su madre se encontraba sentada frente
a ella, dándole la espalda.
- ¿Dónde esta Shinta? Preguntó
Satomi ¿Acaso mi padre se lo llevó
otra vez?
- No contestó su madre él
esta afuera jugado. Tú padre salió temprano.
Satomi se levanto rápidamente y corrió
hacía la puerta. Sin embargo, antes de que
pudiera salir, su madre le habló, deteniéndola.
- Espera Satomi. Quiero que vayas al pueblo a traerme
algunas cosas. Puedes llevar a Shinta contigo si quieres.
- Esta bien. Le respondió apresurada
para luego salir rápidamente.
Satomi se preguntaba si su madre sabía que
esa noche, Shinta había llegado manchado de
sangre, o sí ella sabía a donde su padre
lo llevaba en esos días. Y sí lo sabía,
¿acaso no le preocupaba?, en tal caso talvez
no sería algo malo. Pero, ¿y si sí
lo era?, si fuera así su madre sería
una persona despreocupada o talvez no le importaba
Shinta. También podría ser que ella
si lo supiera y sí le preocupara, pero por
miedo a transmitirle este sentimiento a su hija o
por miedo a su esposo, ella se guardaba todo eso.
Era solo una niña de diez años, pero
aún así Satomi era una persona muy enterada
de lo que pasaba a su alrededor. Ella ya había
aprendido cosas que los niños de su edad no
comprenden siquiera. Ella se preocupa, se preocupaba
por su hermano y por su madre.
Con tal de cumplir el encargo de su madre, Satomi
y Shinta fueron al pueblo a traer lo que le habían
pedido. Mientras Satomi colocaba en una canasta lo
que le encargaron, volteaba a ver hacía donde
estaba su hermano. Shinta se encontraba feliz, jugando
con un globo de papel, adornado con varios, arrojándolo
hacía arriba y atrapándolo cuando descendía
lentamente hacía el suelo.
Se veía muy feliz y contento, como el niño
que es. Satomi no podía imaginarse siquiera
que alguien como él tuviera que pasar por lago
malo o feo. Si lo que vivía con su padre sería
realmente malo, ¿por qué siempre se
encontraba tan feliz?
Satomi se acercó a su hermano y colocó
su mano derecha sobre el hombro de éste. Shinta,
con su globo de papel en las manos, volteó
a verla con una cara de sorpresa. Ella lo miraba con
una gran sonrisa.
- Vamos a hablar, ¿quieres? le sugirió
Satomi para luego llevarlo a una parte donde se pudieran
sentar a tener una platica de hermanos.
Los dos caminaron hasta llegar afuera de un restaurante.
En esa parte no había mucha gente por lo que
no podían hablar tranquilamente. Satomi metió
su mano a la canasta que traía consigo y sacó
un objeto de madera de forma más o menos cónica,
con un palo de madera sobre la parte plana de la figura,
la cual tenía algunas cosas pintadas en ella.
Además, venía con una cuerda blanca.
- ¿Qué es eso? preguntó
Shinta con curiosidad.
- Es un trompo Shinta. Yo te lo compré.
- ¿Un trompo?
- Sí, mira.
Satomi amarró la cuerda alrededor del palo
de madera del objeto. Luego, lo arrojó hacía
el suelo mientras jalaba la cuerda. La punta del trompo
tocó el suelo, y sosteniéndose sobre
ésta comenzó a dar vueltas y vueltas
como un torbellino. Shinta se arrodilló en
el suelo cerca del trompo, viéndolo con gran
asombro.
- ¡Es sorprendente hermana! Mencionó
Shinta feliz ¿Me enseñarás
a usarlo?
- Claro Shinta Respondió Satomi
Pero Shinta, quiero que primero me digas algo.
- ¿Qué cosa?
Satomi flexionó las rodillas, hasta casi sentarse
en el suelo. Colocó sus manos sobre sus rodillas
y se acercó a Shinta, quien la miraba con una
cara de asombro.
- Dime, ¿a dónde fuiste con mi papá
anoche? le preguntó Satomi.
- ¿Anoche?, yo... balbuceó Shinta
como no queriendo responder.
- Shinta, anoche vi cuando llegaron. Tu cara estaba
manchada de sangre. Dime, ¿qué fue lo
que pasó? Satomi tomó con su
mano la pequeña mano de su hermano, para así
inspirarle más confianza.
- No es la primera vez contestó Shinta
con voz tímida.
- ¡¿Qué cosa?!
- No es la primera vez que me mancho de sangre acompañando
a mi padre. Pasa a menudo. Es natural que pase, pues
él quiere que yo lo vea como lo hace.
- ¿Cómo lo hace?, ¿de que hablas?
- Él quiere que aprenda desde ahora como hacerlo.
En ocasiones me deja sostener su espada para que me
acostumbre a usarla. Y siempre me tiene cerca para
que vea como hacerlo. Por eso hay veces en las que
me mancho.
- Shinta, ¿Qué es lo que mi padre quiere
que veas?
Shinta volteó a ver a su hermana con cara
de extrañado, como si él esperaba que
ella ya supiera de lo que esta hablando.
- Como asesina, ¿qué más?
Los ojos de Satomi se abrieron de par en par al escuchar
esas palabras. Esa frase pareció repetirse
una y otra vez en su cabeza. No podía creer
lo que acababa de escuchar ¿Cómo?, ¿cómo
podría su padre llevar a su propio hijo a que
viera como mataba personas? Aún más,
¿cómo podría ser su padre un
asesino?, todo este tiempo y nunca lo había
sabido.
Vemos a Satomi correr por el bosque a toda velocidad.
Sus ojos aún parecían reflejar la gran
sorpresa que tenía después de haber
escuchado esa verdad. Tenía que hacer algo;
no podía dejar que esto siguiera así.
- Será un trabajo fácil y rápido
dijo un hombre. En eso, vemos al padre de Satomi
y Shinta, sentando en una mesa de una taberna, tomando
sake con un hombre de cabello negro y corto.
y sobre todo, será un trabajo bien pagado.
- Me parece bien respondió el padre
de Satomi antes de dar un trago de su copa de Sake.
- ¿Cuándo quieren que lo haga?
- Mañana, mañana en la noche. Al anciano
solo lo acompañan dos guardaespaldas, así
que no debe de ser ningún problema para un
asesino como tú. Pero recuerda que no queremos
que haya nada que nos involucre.
- Descuida, recuerda que soy un Destajador. Tienes
mi palabra de que ni siquiera sabrán quien
los mató.
- ¡Oye Himura! Gritó de pronto
el encargado desde la puerta del restaurante
tú hija viene a buscarte.
- ¡¿Mi Hija?! preguntó
sorprendido y luego dio un ultimo trago de sake antes
de ponerse de pie. espéreme un momento,
no tardo.
El hombre caminó hacía la puerta del
restaurante saliendo de éste. Recargada sobre
una pared, esperándolo, se encontraba Satomi.
Al escucharlo, la niña voltea a verlo y se
coloca frente a él.
- ¿Qué quieres Satomi? Le pregunto
su padre ¿Acaso te mandó tu madre?
- Padre, ¿cómo es posible que lleves
a Shinta para que vea como matas a las personas?
le gritó Satomi a su padre, sin esperar y sin
dar rodeas, yendo directo al punto.
Ese comentario llenó de sorpresa al señor
Himura, quien miraba hacía los lados y hacía
atrás para asegurarse de que nadie la había
escuchado. Tomó a su hija del brazo y la jaló
hacía un lugar lejos de ahí, donde no
los pudieran escuchar. La llevo a un callejón
oscuro y solitario. Ya era de noche y la única
luz que los alumbraba era la de la luna.
- Bien, aquí podremos hablar dijo Himura
una vez que se aseguró de que no había
nadie ¿De que hablas Satomi?
- Shinta me lo dijo Padre, me dijo que todas esas
ocasiones que tú y él se ausentaban
era porque lo llevabas a ver como matabas personas
¡Eres un asesino!
- ¡Con que Shinta te dijo!, ja, le dije que
no dijera nada, pero bueno, sólo tiene cinco
años. Mira Satomi, me he dedicado a esto desde
antes de que tú nacieras. Muchos creen que
es sólo un trabajo, pero para mí es
más que eso, es una forma de vida. Esto es
la forma de mostrar la superioridad de uno, el ser
el más fuerte. Tú no puedes entenderlo
porque solo eres una niña. A parte, es esto
lo que nos da comida, así que no te quejes.
Tarde o temprano te tenías que enterar.
La niña no podía creer las palabras
que salían de la boca de su propio Padre.
- Puede llegar a comprender eso. Pero, ¿Porqué
llevas a Shinta?, ¿por qué haces que
él vea todo eso?, es solo un niño.
- Eres una tonta. Yo quiero que Shinta sea mi sucesor,
quiero que sea un asesino tan bueno como yo. Si desde
esta edad ve que es el uso de la espada y como usarla
para derrotar a cualquiera, sé que se convertirá
en el mejor de todos, en el mejor Asesino de todos
los tiempos. Sí, él lo hará.
- ¡No, no lo hagas!, ¡Shinta no puede
ser un asesino como tú! le gritó
la niña con sus ojos llenos de lagrimas
- ¿Tú que sabes?, él es mi hijo,
así que es lógico que yo lo haga un
asesino como yo.
- Entonces hazlo conmigo le grito Satomi aferrándose
con sus manos de la manga de su brazo izquierdo
yo me convertiré en el asesino que tú
quieres, mataré a quien tú me digas
y te ayudaré en lo que quieras, pero por favor,
no hagas que Shinta tenga que ver eso, no hagas que
Shinta se convierta en un asesino.
- ¡¿Tú?! el padre de Satomi
puso una cara de enojo ante tal petición por
parte de su hija. Con su mano izquierda la golpeo
en la mejilla haciendo que cayera al suelo. Su mejilla
estaba totalmente roja después de recibir tal
golpe.
- ¡Tú eres una mocosa insolente, tonta
y débil!, es más, fue tú maldita
culpa por lo que Shinta tiene este destino. De haber
nacido hombre en lugar de ser una estúpida
mujer, tú mi primogénita, serías
mi sucesor. Pero no, tu madre no me dio un hijo varón.
Ahora que tengo a Shinta no lo dejaré. Así
que de una vez déjate de cosas y vete a la
casa.
Él se fue una vez más en dirección
a la taberna, dejando a su hija ahí tirada
en el suelo. Estando ahí tirada e indefensa,
Satomi comenzó a llorar, mojando la tierra
debajo ella con sus lágrimas.
- Si fuera fuerte... comenzó
a pensar Satomi sin levantarse del suelo Si
fuera fuerte, podría haberme revelado contra
mi padre. Si fuera fuerte, podría haber salvado
a Shinta de esto ya hace mucho. Pero no, no puedo,
porque soy débil...
Satomi se quedó largo tiempo ahí, pensando
en muchas cosas. En su padre, en su hermano, en su
madre y en ella misma. Todo este tiempo había
visto a su padre como su padre, y ahora ni siquiera
estaba segura de quien era ella. Todo lo que conocía
parecía una mentira. Todo lo que creía
ya no parecía más que una simple broma.
Pero no podía dejar todo ahí. Se puso
de pie lentamente y se secó las lágrimas.
Con postura firme miró hacía el cielo,
admirando todas las estrellas y la luna.
Afuera de su casa, se encontraba Shinta, tratando
de hacer bailar el trompo que le había dado
su hermana, pero por más que lo intentaba no
lo había logrado. Entonces, entre las sombras
de la noche, los pasos de su hermana se hicieron notar.
Se dio media vuelta y vio la figura de Satomi frente
a él, con su rostro y ropas manchadas de tierra
por la caída y su mejilla roja.
- ¡Satomi! Dijo sorprendido el niño
¡¿Qué te paso?!
- No es nada respondió ella
solo me caí, ¿dónde esta mi mamá?
- Esta adentro.
Satomi entró a la casa con pasos lentos. Su
madre se encontraba sentada comiendo. Al verla, giró
su vista hacía ella con una expresión
seria.
- ¿Dónde has estado? le preguntó
su madre con dureza en su tono.
- Fui a buscar a mi papá respondió
ella con voz baja.
- Ya sabes que no puedes molestarlo cuando esta haciendo
negocios hija. Vamos, siéntate a comer.
- Madre, no quiero comer, quiero hablar contigo ahora.
Madre, ¡¿tú sabías que
a mi padre le pagan por matar personas?!
La expresión que su madre puso era de gran
sorpresa. Ella esperaba que esa sorpresa fuera por
no haberlo sabido, y no porque ella lo supiera ahora.
- ¡¿Cómo dices?! le pregunto
sorprendida su madre.
- No sólo se dedica a matar personas, ahora
lleva a Shinta a que lo acompañe y que vea
como asesina, y todo eso para que se convierta en
un asesino como él.
Ella escuchaba todo lo que le decía su hija
sin voltear a verla. Mientras la escuchaba, apretaba
sus manos sobre sus rodillas y apretaba con fuerza
sus dientes.
- ¿Cómo... Cómo lo supiste?
le preguntó con un tono de voz casi
de enojo, pero también con pena o vergüenza.
- Shinta me lo dijo, y cuando fui a hablar con mi
padre él me lo confirmo Satomi colocó
su mano en su mejilla, en el lugar en el que le había
pegado su padre y después me pegó.
- ¿Porqué Satomi? Mencionó
su madre de pronto ¿Por qué nunca
fuiste como una niña de tu edad?, ¿porqué
no pudiste quedarte callada y no meterte en estas
cosas?, ¿Porqué siempre tuviste que
ser más adelantada que todos y siempre estar
despierta a lo que pasaba?, a los demás niños
es fácil ocultarles las cosas, pero siempre
fuiste tan problemática en este asunto...
En ese momento, basándose en esos comentarios,
se dio cuenta de que su madre sí sabía
de ésto, y de seguro lo supo todo el tiempo.
- ¡Entonces si lo sabías! Le
gritó Satomi con sus ojos llenos de lagrimas
¡Sí sabías que todo esto
que pasaba!, ¡y no hiciste nada!, ¡¿Acaso
no te importa Shinta?!
- ¡No te atrevas a decir que no me importa!
le gritó su madre volteando a verla.
En ese momento, vio que también su madre estaba
llorando.
- ¡Mamá...!
- Tú y Shinta me importan más de lo
que tú crees. Ustedes dos son mi vida, son
mis hijos. Pero dime, ¿qué podía
hacer?, ¿qué querías tú
que hiciera?, sí hacía cualquier cosa
por detenerlo, temía por mi vida, y por la
tuya. Por eso tampoco te lo dije a ti. Lo único
que tu padre quería era un hijo varón,
y ahora que lo tiene nosotras ya no le importamos.
Un día de estos, cuando ya piense que no le
servimos, nos matará a nosotros y se irá
con Shinta ¿Acaso crees que ha sido fácil
para mí?, Tú no sabes lo que es despertar
cada día y pensar que posiblemente ese sea
el último día que tengas de vida. Ha
sido una maldición, una carga que debo cargar.
Pero eso a mí no me importa; lo que en verdad
me importa es que ustedes también tengan que
cargar con ella.
- No te preocupes por eso se escucho una voz
afuera de la casa si es un gran peso para ustedes
dos, yo las liberaré de él.
Las dos se giraron hacía la puerta de entrada
y vieron como Shinta entraba a la casa con su padre
frente a él. La expresión del hombre
estaba llena de malicia y su sonrisa inspiraba un
gran miedo, un miedo que casi congelaba los nervios
de las dos mujeres.
- ¡Padre, yo...! trató de decir
Satomi pero su padre no la dejo.
- ¡Silencio!, ya sabía que tarde o temprano
ustedes dos me comenzarían a estorbar. No son
más que un par de mujeres entrometidas y tontas
mientras decía eso, desenvainaba su
espada lentamente. pero ya no me estorbaran,
pues las mataré aquí mismo y me iré
con mi hijo a convertirlo en un verdadero hombre.
- ¡¿Y un verdadero hombre es el que
mata personas por diversión?! le respondió
su esposa con un grito de furia.
- ¡No te atrevas a levantarme la voz!
El hombre levantó su espada hacía arriba
justo frente a su esposa, listo para matarla de un
solo movimiento. Sin embargo, antes de que pudiera
hacerlo, Satomi se abalanzó contra sus piernas,
tumbándolo al suelo y dándoles una oportunidad
para que pudieran escapar. Satomi tomó a Shinta
de la mano, y junto con su madre, salieron corriendo
de la casa.
- Vamos tenemos que irnos ahora dijo Satomi
apuntando al bosque.
- ¿Adonde piensas ir hija? Le pregunto
su madre No tenemos otro lugar a donde ir.
- ¡Madre...! La madre de Satomi se arrodillo
frente a sus hijos, dándole un beso en la frente
a cada uno.
- Por favor Satomi dijo de pronto llévate
a tu hermano lo más lejos que puedas. Tienes
que protegerlo.
- Pero madre...
- Escucha, pueden salvarse ustedes y me puedo salvar
yo, pero no los tres. Mi vida ya no tiene ninguna
importancia, pero la de ustedes apenas esta comenzando.
Tienes que irte Satomi, irte y vivir.
Antes de que Satomi pudiera contestar algo, pudo
ver a través de la puerta como la figura de
su padre se ponía una vez más de pie.
Su madre también lo vio, así que rápidamente
se paró y le gritó a sus hijos que se
fueran ahora. Satomi, aún con sus ojos llorosos,
tomó a su hermano y se fueron en dirección
al bosque. Cuando él hombre salió, su
esposa se encontraba de pie frente a la puerta, evitando
que pasará.
- ¡Quítate de mi camino! Le gritó
él ¡Él es mi hijo y no
puedes evitar que haga de él lo que yo quiera!
- Exacto, talvez no puedo dijo ella
pero mientras mi cuerpo se mantenga de pie, podré
evitar que avances y hacer que Shinta se alejé
de ti cada vez más.
- Sí así lo quieres...
El filo de su espada atravesó el vientre de
su esposa por completo, hasta salir por su espalda.
De su boca surgió un poco de sangre que resbalaba
por un lado de su mentón. De un jalón,
el hombre retiró su arma del cuerpo de la mujer.
Ella llevó su mano derecha a su herida, manchando
ésta con su sangre. Sin embargo, aún
no se resignaba a caer muerta.
- Siempre fuiste una tonta, y una terca...
Para acabar de una vez, el hombre movió su
espada de izquierda a derecha de manera horizontal,
haciéndole una larga cortada en el abdomen.
Ya no pudo resistir y cayó muerta, pero se
las arregló para caer al frente, y caer sobre
su esposo. Él la empujó con fuerza hacía
el frente, haciendo que cayera boca arriba, completamente
muerta.
El traje del asesino había quedado manchado
con la sangre de su victima, así como el arma
con el que la mató. Pero esto pareció
no importarle. Pasando por encima de su ya muerta
esposa, se fue rápidamente al bosque, en busca
de sus dos hijos.
Satomi y Shinta corrían por entre los árboles
del bosque, tratando de escapar de su padre. Satomi
volteó a ver a su pequeño hermano mientras
lo sostenía con fuerza de su mano. La cara
de Shinta reflejaba tristeza, también preocupación.
De seguro él no sabía muy bien lo que
estaba pasando.
Shinta y Satomi se pararon detrás de un árbol
para tomar aliento. Ella sabía que su padre
podría alcanzarlos en cualquier momento. Recargó
la cabeza de su hermano contra su pecho y lo abrazó
con fuerza. Volteó hacía abajo y podía
ver el miedo en su rostro.
- Shinta dijo la niña corre
al pueblo lo más rápido que puedas.
- ¿Qué dices?
- Si corremos los dos nos moveremos muy lento. Tú
solo puedes correr más rápido, y si
yo lo detengo te daré tiempo de escapar.
- ¡No hermana!
- Escúchame Shinta, él no te quiere
matar a ti, me quiere matar a mí y llevarte.
Si nos atrapa a los dos, me matará y te convertirá
en un asesino. Mi madre no quiere que eso pase, y
yo tampoco. Si lo distraigo tú puedes huir,
y así no cumplirá su cometido. Es mejor
que me mate y que tú huyas a que me mate y
te lleve con él. Tú debes de irte, ser
libre y decidir tu propio destino
- Pero Hermana Satomi...
- ¡¡Shinta deja de contradecir a tu hermana
y vete ahora!!
Los gritos de su hermana asustaron al niño,
quien cayó sentado en el suelo. Después
de unos segundos, decidió hacerle caso y salir
corriendo en dirección al pueblo. Satomi bajó
la cabeza y comenzó a llorar; sabía
que iba a morir y que no volvería a ver nunca
más a su pequeño hermano. Que triste
debe de ser para un niño de sólo diez
años saber que va a morir.
Levantó la mirada de pronto al escuchar unos
pasos que se acercaban, aplastando la hierba del suelo.
Sentía su corazón latir con fuerza mientras
que escuchaba como se acercaba poco a poco. Ella sabía
muy bien que era él. Lentamente le dio la vuelta
el árbol y volteó en dirección
a donde se encontraba su casa, en dirección
de donde venía su padre.
La figura de su propio padre aparecer entre los árboles
por primera vez le causaba un verdadero terror. Él
se acercaba a donde estaba ella, con su espada en
su mano, con la hoja de ésta manchada con la
sangre de su última victima. Al ver su arma,
Satomi supo que él había matado a su
madre.
- ¡La mataste... la mataste...! dijo
la niña con la mirada perdida en el arma que
sostenía su padre.
- Así es le contestó con una
sonrisa llena de malicia. Era una mujer terca
y sobre todo tonta y débil, así como
tú. En serio creyó que podía
detenerme; pobre ilusa. Ahora tú sufrirás
el mismo destino. Dime, ¿dónde esta
Shinta?
- No te lo diré, no dejaré que conviertas
a Shinta en un hombre malo como tú. Yo, Yo...
- ¡¿Tú que?! la interrumpió
con un tono agresivo. Entonces la niña levantó
la cara hacía su padre, llena de decisión.
- Yo te detendré...
Ante tal decisión por parte de su hija, él
sólo pudo responder con una risa de burla.
Se reía de ella mientras de un movimiento rápido
hacía un lado su espada, haciendo que parte
de la sangre que había en ella cayera sobre
la hierba del suelo. Luego, lentamente caminó
hacía donde estaba la pequeña, aún
riéndose por sus palabras.
- ¿Qué tú me vas a detener?,
no me digas, ¿tú?, ¿una débil
mocosa que solo tienes diez años y para lo
único que sirves es para hacer mandados?, debí
haberte matado desde el día en que naciste,
en el momento en que me enteré que eras una
mujer. Pero no, no lo hice, y ahora voy a corregir
ese error.
Satomi no se movió, ni tampoco trató
de evitar que su padre la ataque. Ella se quedó
ahí, parada entre su padre y el árbol,
mientras él se acercaba lentamente. Cuando
ya estuvo frente a ella, Satomi bajó la cabeza
y cerró los ojos con fuerza, esperando recibir
el golpe que acabaría con ella.
- ¿No piensas correr? le preguntó
su padre.
- No respondió ella si lo hiciera
deshonraría el sacrificio de mi madre y probaría
que lo que tú dices es verdad.
- ¿Qué cosa?
- Qué yo soy débil...
- Bien, parece que empiezas a agarrar valor niña.
Lastima que sea tan tarde para eso en ese momento,
levantó su espada hacía arriba, listo
para hacer un golpe vertical de arriba a abajo, directo
a la cabeza de Satomi. Salúdame a tu
madre agregó como último.
Iba abalanzar la espada contra su hija, la hoja ya
estaba prácticamente sobre su cabeza, pero
algo la salvó. La hoja del arma se detuvo a
pocos centímetros de la cabeza de Satomi. Ella
abrió los ojos y levantó la cabeza.
Al voltear a ver a su padre, vio que este estaba viendo
hacía atrás, por encima de su hombro
derecho.
- Los Pecados de una persona que disfruta matar a
las personas... se escuchó de pronto
detrás del Asesino y esté se dio media
vuelta rápidamente - ...Solo son superador
por los Pecados de una persona que disfruta matar
a su familia...
Entre todas las sombras de la noche, por entre todos
los troncos de los árboles del bosque, como
si se tratará de un espectro a la mitad del
camino, aparece la figura de una persona que camina
lentamente hacía el frente, hasta colocarse
frente a Satomi y su padre.
- Dios es muy sabio y bondadoso agregó
el hombre que acababa de llegar él tuvo
que hacer que mi camino esta noche cruzará
por aquí. Y esto es para que por fin recibas
el Castigo del Cielo, Kenjiro Himura...
Se trataba de un joven; no podía tener más
de quince años. Su cabello era rubio, muy claro,
casi parecía blanco. Su piel era blanca, casi
transparente. Tenía puesto, lo que parecía
ser, un abrigo largo que le llegaba casi a los tobillos,
de color negro, con unos guantes blancos en sus manos
y unos anteojos frente a sus ojos que parecían
reflejar por completo la luz de la luna. En su mano
izquierda, traía una espada, enfundada en una
vaina de color café, aparentemente hecha de
madera fina, más alargada que las fundas normales,
por lo que el arma también tenía que
ser larga. El protector de la mano de la empuñadura
parecía ser de oro, así como la punta
de está, que parecía además tener
gravada un figura de dos palos, uno horizontal y otro
vertical que se entrelazaban; una cruz.
La voz del misterioso joven era profunda, pero hermosa;
parecía radiar una gran ternura. Con el dedo
medio de su mano derecha, se acomodo los anteojos
y levantó la mirada hacía el frente.
- ¡¿Quién rayos eres tú?!
le preguntó el padre de Satomi gritándole.
A pesar del tono agresivo del hombre, el joven no
pareció perder la serenidad.
- Yo soy el mensajero de Dios, el encargado de aplicarles
a personas como usted el Castigo del Cielo.
- ¡¿El Castigo del Cielo?! dijo
Satomi en el voz baja. Ella se encontraba observando
con gran detenimiento lo que estaba pasando.
- ¡¿El Mensajero de Dios?!, no me hagas
reír, ¿acaso eres uno de esos tontos
frailes europeos que vienen a evangelizar a las personas?,
mejor vete de aquí niño, ve a rezar
a otro lugar.
- Me temo que no es posible respondió
el joven no puedo dejar que siga manchando
la Tierra Sagrada del Señor con la sangre de
inocentes. En el nombre del padre, el hijo, y el Espíritu
Santo... mientras decía esto, movía
su mano derecha hacía su frente, luego en línea
recta hasta su vientre, a su hombro izquierda y luego
a su hombro derecho - ... qué el Castigo del
Cielo caiga sobre usted...
El joven tomó con su mano derecha la empuñadura
de su espada y lentamente la fue desenfundado. La
hoja de la espada era más alargada de lo normal
y brillaba como si fuera diamante pulido, limpio y
puro, como si se fuera un tesoro de color blanco.
El padre de Satomi, al ver que el joven parecía
tener intención de atacarlo, se comenzó
a reír burlándose de él.
- No me digas, ¿ahora los religiosos juegan
a ser asesino?, pobre diablo. Veamos que tan fuerte
es tu Dios muchachito.
El hombre se acercó al extraño con
una mirada de malicia, sosteniendo con fuerza su arma.
El joven no perdió la serenidad al ver como
el asesino se acercaba a él; al contrario,
se quedaba tranquilo, parado sin moverse. El padre
de Satomi abalanzó su espada contra el joven,
el cual rápidamente, sin mover ninguna otra
parte de su cuerpo, levanto su mano derecha en la
que tenía su espada, cubriéndose el
ataque con su arma.
El atacante se encontraba muy sorprendido al ver
como detenía su ataque sosteniendo su espada
con una sola mano y sin moverse siquiera de su lugar.
- ¡¿Cómo?! mencionó
sorprendido Himura.
- Mientras el poder de Dios me proteja, el arma de
los pecadores no tocará mi cuerpo le
respondió el joven con una voz profunda.
El extraño empujo con su espada el arma de
su atacante, para luego abalanzarse hacía a
él, embistiéndolo con movimientos rápidos
de su arma, los cuales Himura trataba de detenerlos
con todas sus fuerzas. Después de cubrirse
los ataques del joven durante algún tiempo,
Kenjiro dio un salto hacía atrás, colocando
a varios metros del joven.
- ¡Mocoso Insolente!, ¡Ahora verás
de lo que es capaz Kenjiro Himura!
El Padre de Satomi se abalanzó hacía
el joven, con su espada colocada de su lado izquierdo.
Con un movimiento circular de izquierda a derecha,
trato de dar un corte justo a la altura del estomago.
Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos, el joven
desapareció del frente del hombre sin dejar
rastro.
Para cuando Kenjiro se dio cuenta de la ubicación
de la persona a al que había atacado, esté
ya se encontraba justo sobre su cabeza, impulsándose
hacía el frente, para luego caer justo detrás
de él, y a pocos metros frente a Satomi. De
pronto, el joven alzó su mirada al frente,
mostrándole a la pequeña unos hermosos
ojos azules a través del cristal de sus anteojos.
- No te resistas Kenjiro Himura. Le comenzó
a decir el misterioso joven sin voltear a verlo
mejor acepta y castigo del Cielo para que así,
tus pecados sean limpiados.
- ¡¿Qué acaso estas loco?!
le gritó enojado mientras se giraba hacía
él. Deja de decir tonterías.
Mejor tú no te resistas para que te de una
muerte rápida.
Una vez más, Kenjiro se abalanzó rápidamente
hacía el joven, el cual seguía dándole
la espalda sin importarle que él estaba decidido
a tratar de atacarlo otra vez.
- ¡Cuidado! Le gritó Satomi con
preocupación.
- Así lo ha decidido usted... le dijo
el voz baja para luego girarse hacía él
a gran velocidad, moviendo su espada de izquierda
a derecha en un movimiento circular. ¡Hebuntsurugi...
Tenrai Kai!
La espada del joven hizo una cortada horizontal justo
a la mitad del estomago de su atacante, haciendo una
profunda herida en esta área. El hombre cayó
al suelo, muerto de inmediato, descendiendo a escasos
centímetros de donde Satomi estaba parada.
La pequeña cayó de rodillas en la hierba,
admirando el cuerpo de su padre con cierta tristeza
en su vista.
Después de haber terminado este combate con
gran rapidez, el ganador acercó su mano izquierda
a uno de los bolsillos de su saco. De aquí,
sacó un pequeño pañuelo de color
blanco, que tenía bordada en una de sus esquinas
la figura de una cruz dorada.
- Si piensas llorar por él, no te detendré
Decía el joven, al tiempo que pasaba
su pañuelo por toda la hoja de su espada, limpiándola
por completo de la sangre perteneciente a la última
victima de su filo. Pero un hombre que mata
a su esposa y luego trata de matar a su propia hija
no merece las lágrimas de nadie.
La pequeña alzó su mirada tímidamente
hacía su salvador, deseando casi con todas
sus fuerzas gritarle las gracias, pero su voz parecía
no poder salir de su boca. El extraño guardó
de nuevo su espada en la funda y luego caminó
hacía el frente, colocándose frente
a ella. Una vez ahí, extendió su mano
derecha, ofreciéndosela.
- Mejor dale gracias a la Luz de Dios por haberte
salvado la vida esta noche Tímidamente,
Satomi extendió su mano derecha, colocándola
sobre el blanco guante de su salvador.
F I N
NOTAS: Una historia poco usual que narra una parte
de la historia muy poco tratada por fans de la serie,
y que puede que no todos comprendan a la perfección.
Para cualquier comentario o queja al respecto, escribirme
a mi correo.
Atte.
Wing Beelezemon Wingzemon X
The last power of this Revolution
azor_cometa@hotmail.com
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