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La chica está dentro de la cabaña
cuando escucha a su amiga Bra lanzar un grito de horror,
como si a la de ojos azules se le hubiera aparecido
la muerte y estuviera a punto de rebanarle el cuello
con la hoz. Todo pasó muy rápido, suelen
decir aquellos que atraviesan por situaciones de extremo
peligro y horror. Para Pan, es totalmente al revés.
En cuanto comienza a correr, se siente inmersa en
una masa invisible que le impide moverse con naturalidad.
Está debajo del agua.
Había entrado a la cabaña por encargo
de Bra, quien, con la ayuda de Uub, se ocuparía
de encender el fuego. Pan no recordaba dónde
había dejado los bombones la última
vez, así que tardó algunos minutos buscándolos
en la cocina, los gabinetes y los cajones. No tenía
apuro: dedujo que sus amigos no se apresurarían
a juntar la leña y prenderla. Todo eso dejó
de importar cuando escuchó el estruendo y el
alarido. Ahora, a pesar de que todo lo vive como en
cámara lenta, tropieza con una de las sillas,
cuando hubiera sido muy sencillo rodear la mesa en
vez de correr en línea recta. Cae de bruces
contra el suelo, pero sus brazos llegan primero a
la madera; el golpe no resulta tan doloroso ni la
detiene por mucho tiempo, aunque a ella le parece
que los segundos se resisten a avanzar. Lo que encuentra
al abrir la puerta no tiene relación alguna
con todo aquello que ha pasado por su cabeza.
¡Esta blusa la acababa de comprar! ¡Es
el colmo que no puedas encender una fogata como debe
ser! grita Bra, en un tono que parece haber
heredado de su padre.
Disculpe, señorita Bra dice Uub.
Pensé que sería más fácil
hacerlo si utilizaba mis poderes.
Cuando la nube de humo se dispersa, Pan puede ver
a tus compañeros con claridad. Sólo
manchas de cenizas. Nada de sangre, cadáveres
o seres malignos cuyo objetivo fuera eliminarla a
ella y a sus seres queridos; eso vendrá después.
Negando con la cabeza, regresa al interior de su hogar
provisional. Ahora Bra puede gritar todo lo que quiera:
ella ya no perderá la calma.
Tendremos que usar esa otra leña dice
Bra, mientras se sacude el polvo. Señala un
montón de maderos que han colocado cerca de
ahí. Pero esta vez, haremos la fogata
de un modo más tradicional.
Encontrar la bolsa de bombones le toma a Pan algunos
minutos más, mismos que han sido aprovechados
por Uub, para prender los leños, y por Bra,
para asearse y cambiar su atuendo. Ya pronto, se encuentran
los tres sentados alrededor de las cálidas
llamas que los salvan del frío cobijo de la
noche.
Fue una muy buena idea esto de acampar y lo
de poner la cabaña dice Bra; come su
primer bombón derretido.
Claro, lo de poner la cabaña
fue tu idea alega Pan, quien también
pasa un bombón por la lumbre; de hecho,
tú la trajiste en una de tus cápsulas...
Por eso digo que fue una muy buena idea.
Además, tanto lujo llega a cansar a veces,
¿sabes?
Es impresionante murmura Uub, absorto
en las esferas del dragón. Las ha acomodado
sobre la tierra, ordenándolas por número
de estrellas. Ya sólo nos falta una.
¿La que tiene sólo una estrella?
pregunta Pan, cerrando su mano y levantando
sólo su dedo índice. Después
masticó un bombón chamuscado y empalagoso.
Así es contesta Uub, sentándose
a un lado de las esferas y encajando una salchicha
en una rama.
Es curioso comenta Bra, las hemos
encontrado en orden inverso, como si se tratara de
una cuenta regresiva: siete estrellas, seis, cinco,
cuatro, tres, dos...
Uno completa la otra chica.
Lo más extraño y mejor de todo es que
las hemos conseguido con rapidez y sin mayores complicaciones.
¡Eso lo dices porque a ti no te acosó
ese pervertido! dice Bra, cuya furia se refleja
en la manera de encajar en la rama su segundo bombón.
¿Ésta esfera? preguntó
el anciano, pasándose sus dedos por las barbas
Es muy valiosa, toda una reliquia tomó
la de cinco estrellas entre sus manos, separándola
así de un montón de cachivaches que
exhibía en su puesto de maravillas invaluables.
No puedo dársela por menos de cinco mil monedas
de oro o su equivalente.
¡¿Qué?! gritaste,
indignada. Ese viejo te vio cara de jugosa naranja
y ahora quería exprimirte hasta la última
gota ¡Ese es un precio absurdo!
Claro que no lo es te aseguraba el muy
canalla, con una sonrisita cínica. Esta
esfera es única te mentía; tú
ya tenías otras dos en tu poder. Es un
poderosísimo amuleto que le traerá fortuna,
señorita; esas cinco mil monedas las recuperará
en un parpadeo.
Sólo si fueras igual de embustera y la vendieras
recuperarías tu dinero, pensaste, ya que esa
esfera por sí sola no tenía ninguna
clase de poder. Con las otras seis, la historia era
distinta, pero aún así, tu deseo nada
tendría que ver con monedas de oro. Ese mercader
se estaba interponiendo en tu camino y era necesario
atropellarlo.
Por supuesto, podemos llegar a otro tipo de
acuerdo te dijo, con el más prosaico
descaro. Rió maliciosamente y después
posó su sucia mano arrugada sobre tu hombro.
Tu cuerpo vale más que todo el oro de Oriente,
jovencita.
Y después de decir aquello, se dio el lujo
de sonreír, de mostrarte esa dentadura incompleta
y pestilente mientras te dirigía una mirada
enferma que te hizo sentir sin ropa ante sus ojos.
Lo pagó caro. Qué rabia sentiste. Tu
puño le cayó como piedra justo en la
nariz y le hizo perder el equilibrio; con todo y su
gordura fue a caer encima de aquella inservible mercancía,
destrozando por completo su puesto. Y así fue
como conseguiste la esfera de cinco estrellas.
A veces creo que todo lo quieres solucionar
con la violencia, Bra dice Pan. No hemos
conseguido una sola esfera sin robar, estafar, mentir
o golpear. Lo de ese sujeto fue el colmo.
¡Vaya puñetazo que le diste!
exclama Uub.
Era lo menos que se merecía ese tipejo
dice más calmada, mientras se acomoda
sus azules cabellos.
¿Recuerdan cómo conseguimos
la esfera de seis estrellas? les pregunta Pan,
riendo.
¡¿Cómo olvidarlo?! ¡Iack!dice
Bra, con asco, cuando pasa una salchicha por el fuego
Haces que se me quite el apetito; ahora no sé
si podré comerme esto...
¿Cómo es que ese enorme reptil
pudo haber pensado que la esfera era comida? se
pregunta Uub. Menos mal que llegamos a tiempo
y hasta pudimos ver cómo la tragaba.
Sí dice Pan, a quien los bombones
no hartan. Y me impresionó que lo hicieras
vomitar con tan sólo darle un golpe en el estómago.
¡Basta! ¡Esto es asqueroso! se
queja Bra, aunque de algún modo también
se divierte.
Pues no sé que decirte continúa
Uub. Sólo imaginé que eso podía
servir.
¿Crees que la hubiera digerido? pregunta
Pan, curiosa.
No lo creo contesta el joven,
pero de haber llegado más tarde, hubiéramos
tenido que esperar a que...
¡Suficiente! lo interrumpe Bra,
irritada ¿No podemos hablar de otra cosa?
Realmente tengo hambre, pero ustedes dos no me dejan
comer a gusto.
Uub suelta la carcajada y Pan le hace segunda. Bra
no puede hacer otra cosa más que seguirles
el juego también, reír y comer tratando
de borrar de su mente la imagen de aquel grotesco
animal.
Me divertí cuando fuimos por la esfera
de cuatro estrellas.
¿Sí? Yo me sentí muy
nerviosa dice Pan.
La fiesta dio comienzo. Los invitados pronto inundaron
el lugar con una embriagadora sonoridad, producto
de su escandalosa plática y risa interminable.
Los bailes y la diversión no se hicieron esperar.
Al ritmo del pandero, las flautas y los tambores,
muchos de los presentes entonaban cantos y danzaban
casi frenéticos. Dos jóvenes totalmente
fuera de lugar, pero perfectamente camufladas, se
abrieron paso entre la gente. Pudieron haber sido
más discretas, pero, horas antes, se dejaron
arrastrar por la vanidad en el zoco, escogiendo las
vestimentas más caras y atrevidas que encontraron.
Caras, por las telas con que fueron confeccionadas
y los accesorios metálicos que las acompañaban,
y atrevidas, porque dejaban al descubierto el ombligo
y mostraban un tentador escote frontal. Qué
divertido, qué bonito, qué costoso,
pero mi mamá paga, así que nos lo llevamos.
Sí, pero inadvertidas no pasaron y, supuestamente,
no llamar la atención era parte del plan. Las
mujeres encontraban aquella combinación de
colores y estilos tan ridícula como vulgar,
y no podían hacer otra cosa más que
reírse de las dos muchachitas. Pero a la par,
las chicas recibían miradas lascivas. Los hombres
veían en ellas una piel más blanca y
bella que la luna que alguna vez hubo en el planeta
y muchos de ellos hubieran colmado de riquezas a las
dos extranjeras porque obviamente no vivían
en la localidad con tal de que se quitaran el
velo y dejaran su rostro al descubierto. Lástima:
mantener el velo en su lugar también formaba
parte de lo planeado. Éste les cubría
los cabellos, la nariz y la boca, y por ningún
motivo debían deshacerse de él, o hubieran
despertado innumerables sospechas. Siguieron caminando
hacia una de las tiendas y oyeron lo que la gente
decía. Así como lo escuchas, este hombre
es muy afortunado, aunque parezca loco por tanto derroche;
sucede que ha encontrado un objeto de valor incalculable
y se ha dado el lujo de organizar este banquete, ya
que desea subastar lo que encontró, Mucha gente
importante está aquí esta noche, no
dudo que lo logre, Si no, quedará en bancarrota
y endeudado hasta el cuello, La esfera tiene poderes
curativos, Entonces por qué quiere vender algo
capaz de procurarle buena salud o, incluso, vida eterna,
Es un amuleto de la buena suerte, Si alguien va a
ser el nuevo dueño de ese tesoro, seré
yo, nadie puede ofrecer tanto, Cuándo empieza
la subasta, Esas damiselas, seguramente, han venido
por la esfera, He oído que, aparte de ésta,
hay otras seis esferas, y que, al juntarlas todas,
aparece un dragón, el cual puede cumplirte
tus deseos, Pero qué tontería, quién
te va a creer eso, Esta gente no sabe nada de nada,
Bra, No me digas, Pan.
Pasen, pasen las invitó un hombre
maduro, de negras barbas, para que entraran al interior
de la tienda en la que se exhibía el objeto
de la subasta.
Sobre un pedestal, hundida en un cojincillo púrpura,
se hallaba la esfera de cuatro estrellas. No entrarían
más personas a verla hasta que las chicas salieran,
así que estaban a solas con el hombre y dos
gigantescos guardias. Uub sólo acudiría
en caso de emergencia pudo haberlas acompañado
sin ningún problema, pero Bra era quisquillosa
a la hora de organizar una estrategia así
que mejor para ellas que todo saliera a la perfección.
¿No es bella? les preguntó
el hombre.
¿Cuál será el precio
inicial? inquirió Bra, sólo por
curiosidad.
Cinco mil monedas de oro, no menos dijo
sonriente el que había encontrado la esfera.
Nosotras podemos conseguir con esta esfera
algo mucho más valioso que todas las monedas
de oro del mundo aseveró Pan.
¿Puedo saber qué es eso?
Recuperar a nuestra familia contestó
la chica, en el momento que dejaba caer al suelo una
cápsula activada.
El gas somnífero lo facilitó todo,
mas tuvieron que darse prisa. Ya caídos los
tres sujetos dentro de la tienda ellas no se
durmieron gracias a las máscaras contra el
gas que llevaban debajo del velo, Bra procedió
a esconderse la esfera debajo del faldón. Cuando
los guardias en el exterior se enteraron del crimen,
ya fue muy tarde para arrestar a las chicas.
Ahora vuelvo dice Bra, al momento de
ponerse de pie y caminar hacia la cabaña.
Después de haber hecho uso del sanitario,
y al encontrarse por segunda vez en la habitación
que compartirá esa noche con su amiga, ve que
la muy distraída ha dejado un objeto sobre
una de las camas. Es un portarretrato metálico;
al sentarse, Bra lo toma y lo mira con detenimiento.
No podemos fallar: todos están contando
con nosotros susurra dulcemente, al ver la foto
en la que Gohan, Videl y Pan posan sonrientes.
Tú también, hermano...
* * * * * * *
¿Mamá? ¿Puedes escucharme?
Sí, te escucho, hija... contestó
Bulma, a través del teléfono ¿Están
bien?
Así es, no te preocupes.
¿Y las esferas? ¿Ya las tienen?
Sí, aunque nos hace falta sólo
una.
¡Vaya, es... sí... buenas noti...
Bra!
¿Hola? ¡Rayos! refunfuñó
la chica. La comunicación se había cortado.
¿Qué sucedió? preguntó
Pan, quien tenía en sus manos el radar de las
esferas del dragón.
Es extraño... Ya no tenemos señal.
Y algo anda mal con los monitores.
Dígitos inexistentes se paseaban por las
pantallas mientras las luces comenzaban a vibrar,
al igual que la nave. Seguramente Bra no deseaba caer
en medio del océano sobre el que volaban, mas
no saber qué ocasionaba las fallas en la máquina,
imaginando que alguien podría ser el responsable,
fue la principal causa de su temor.
Ustedes dos localicen la esfera, yo me encargo
de esto decía, intentando ocultar una
inseguridad revelada por la fuerza con la que sostenía
el volante.
No la veo... susurró Pan, procurando
que Bra, quien ya tenía bastantes problemas,
no la escuchara.
No es posible, tiene que estar en alguna parte
dijo Uub.
¡¿Qué?! gritó
Bra, molesta; había oído al joven
¿No me digan que no saben usar el radar?
¡Ya está!
Pan pudo observar la localización exacta
de la esfera en la pantalla del aparato, pero, unos
instantes después, aquel minúsculo punto
titilante desapareció.
Esto es inusual musitó Pan.
¿Cómo interpretar lo que indicaba
el radar? La esfera parecía estar un momento,
desaparecer otro y al siguiente aparecer de nuevo,
sólo que en distinto lugar, lejano respecto
al anterior. Habrían podido intentar y
sólo intentar entender la razón
del extraño comportamiento del radar o
de la esfera si no hubiera sido por aquella
repentina turbulencia que les hizo a los tres castañear
la mandíbula antes de que apretaran los dientes.
¡Se detuvo! ¡La esfera se detuvo!
exclamó la del radar, una vez que la
nave se estabilizó.
No sé que sucede ahí atrás,
pero háganme el favor de explicármelo
decía Bra,
La esfera comenzó a decir Uub...
Está justo enfrente de nosotros. Y se encuentra
cerca.
Fue entonces cuando la descubrieron. La isla parecía
haber emergido de las aguas inesperadamente, pero
fueron ustedes los que, en medio de tanta agitación,
no la alcanzaron a ver antes. ¿Por qué
tragar saliva entonces? ¿No estaban, acaso,
las gaviotas revoloteando y volando cerca de la costa,
dándoles un ameno y tranquilizador espectáculo
de bienvenida? ¿No se hallaba, ahí también,
una verde y fresca vegetación que los invitaba
a disfrutar de un paraíso tropical? No. No
era así. Por eso, y porque forzosamente tendrían
que aterrizar ahí, hicieron más que
tragar saliva; respiraron hondo y se sujetaron fuertemente
de sus asientos, menos Bra: ella se asía del
volante. Los rayos del sol no hubieran podido atravesar
esa espesa capa de nubes que flotaba sobre sus atormentadas
cabecitas, por lo que la poca luz emitida por el cielo
le daba a todo el agua, las rocas, su piel
una tonalidad grisácea, mortecina.
Aterrizaremos en esa parte plana, en la cima
del acantilado les dijo Bra a sus compañeros,
cuando se hallaron lo suficientemente cerca del peñasco.
El peor aterrizaje de tu vida, jovencita. A pesar
de todo, no te preocupaba demasiado la posibilidad
de que la nave hubiera quedado completamente inservible
al estrellarse contra el suelo de roca tan estrepitosamente
como lo hizo. Para eso estaba Uub, ¿no?, para
sacarlas de cualquier aprieto en el que se hallaran
metidas tú y tu adorable amiga. A la vista,
la máquina presentaba algunos daños,
y no supiste con certeza si saldrías de allí
como esperabas o sujetada por uno de los brazos del
joven. ¿Por qué, durante esos cortos
instantes, estuviste segura de que ibas a salir con
vida? Hubieras hecho como Pan: la chica, desde el
momento en que pisó tierra, no dejó
de observar a su alrededor, e inmediatamente notó
lo que tú no viste desde el principio. Los
pocos árboles en la isla se hallaban completamente
secos, chamuscados, casi parecían estarse retorciendo
del sufrimiento; tal y como si hubiera llovido fuego.
Ningún par de alas surcando el cielo, ni un
solo ruido; únicamente el tenue rumor de las
aguas marinas encontrándose con las rocas.
¡¿Quién es él?!
gritó Pan, con horror, al ver a ese sujeto
que parecía haber aparecido de la nada. No
se atrevió a señalarlo con el dedo.
Quédense aquí ordenó
Uub Yo me encargo.
Otra vez el viento gimió. La muerte. La muerte
está cerca. Claro que sí y claro que
no. La muerte, en esta situación, se habría
cortado el cuello a sí misma de haber sido
posible. No se presentaría a ese lugar voluntariamente.
No era tan estúpida como el muchacho que ahora
caminaba hacia aquel individuo con aspecto de monje.
El hombre misterioso tenía la cabeza y el rostro
ocultos debajo de la blanquísima vestimenta
que llevaba puesta. Sólo se le veían
las manos... Y en una de ellas, sostenía la
última esfera.
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