| 18
Después de la media noche en aquella parte
de la Tierra, salió el Kamisama del Templo
Sagrado con la esfera entre sus manos, pues imposible
le había resultado soltarla en las últimas
horas, intrigado hasta la última neurona por
el misterio detrás de ella; menos se separaría
del objeto ahora que las amenazas y las tragedias
habían elegido ese día y esa específica
posición de las manecillas del reloj para comenzar
a manifestarse en preocupante sincronía. Llegó
a pensar que la maldición era en realidad un
engaño y que las esferas del Dragón
podrían unirse sin que pasara otra cosa que
no fuera la aparición de Shen Long y la resurrección
de los muertos, si ése era el deseo, pero ése
hombre envuelto en el misterio así como en
manto blanco, como se lo habían descrito, tuvo
la esfera en su poder nadie sabe cuánto tiempo
y la hubo entregado no sin antes darle un baño
de sangre perteneciente a un humano reencarnación
de demonio; además, todo aquel que estuvo en
contacto con ella desde ese día y tuviera suficientemente
desarrollado el sentido de la percepción, había
dicho sentir algo inusual en la esfera. El rito efectuado
por El Hombre de Blanco parecía precisamente
eso, un rito, tal vez parte de un intrincado plan:
difícil pensar que hubiera sido un acto improvisado
o, incluso, un mero capricho, aunque lo que ahora
ocupaba la mente de Dendé era lo que ocurría
en esos momentos y habría de suceder después.
Se acercó al borde del suelo, para ver con
sus propios ojos los acontecimientos que allá
abajo se daban, Aquí todavía hay tiempo,
se dijo, porque en otros lugares, como ya le habían
anunciado, ése se había agotado por
completo, como en aquellos planetas donde la vida
era cosa del pasado. En algunos sitios, la extinción
aún se estaba realizando: el Cielo sin residentes
se quedaba, el Infierno, sin condenados, de igual
modo; los Kaiohsamas pronto serían nada, y
si él Kamisama se llamaba todavía, era
sólo la suerte, de seguro.
¿Quién está ahí?
La pregunta en el aire se quedó: sólo
fue respondida por unos pasos sobre el suelo, cada
vez más cerca, y el ausente Ki de quién
a espaldas de Dendé estuviera. El Kamisama,
dando un trago de saliva y apretando la esfera contra
su pecho, giró como si no tuviera prisa por
conocer la identidad del visitante. Cuando lo hizo,
ya no tuvo tiempo de pronunciar palabra alguna.
Y la que antes era una esfera del Dragón,
cayó al suelo convertida en una inútil
piedra.
* * * * * * *
Por la sangre del Hombre de Blanco sean todos redimidos,
que todo esto es liberación y nada más,
háganse sordos a cualquier otra teoría
y a los gritos de quienes ahora perderán la
vida, ellos nada saben y todo lo suponen, insensatos
siempre y hasta el último momento, ahora pagarán
con el dolor y la muerte su nacimiento, pues nadie
ha dicho que el Salvador deba evitarle al salvado
las penurias por haber y por sufrir, son éstas
partes del mismo proceso de redención; voces
necias las que afirmen lo contrario. Incluso La Muerte
se equivoca y lo ha hecho desde el término
de la primera vida, por qué ha de ser ella
el final de los seres sin alma y el inicio de la existencia
plenamente espiritual de aquellos que sí la
poseen, sólo ella se entiende, ya que en realidad
nadie la ha designado para que realice tal función,
apareció un día en el pasado como consecuencia
de un hecho tan común aquí y en todos
los mundos y hasta hoy permanece. Pero se ha dado
cuenta de una terrible verdad, o más bien ha
querido ignorarla desde que ella es Muerte y la otra
es Vida propiamente, pero dadas las circunstancias
ya no puede hacerlo más y ahora el miedo que
siente es parecido al que los humanos le han tenido
a ella a través de los siglos, miedo a extinguirse,
miedo a dejar de ser al pensar que eso es inevitable
a fin de cuentas; de ahí el respeto y adoración
que los seres con alma le tienen hasta ahora, aunque
ya no sea La Segadora la que decida el destino de
todos ellos, sino La Hecatombe.
Ya ha comenzado, como cualquiera puede ver, pues
la sangre del Hombre de Blanco ha brotado y pronto
se ha convertido en ráfagas de luz y energía
que así como infinitas parecieran tener voluntad
propia, pues directo va cada una de ellas a perseguir
a los humanos y a cualquier ser vivo, destruyendo
todo lo que se encuentra en su camino, una ventana,
la pared de un edificio, a las luces les da lo mismo.
Que no quede ninguno, parecen decir, De nosotras no
hay refugio, pudieran amenazar. Ya caen los primeros
rascacielos, entre escombros yacen algunas personas,
ciudadanos comunes y corrientes, eso dicen, inocentes,
se supone, sólo porque no han podido hacer
nada para cambiar el rumbo de los acontecimientos,
pero todos y cada uno de ellos carga a cuestas grandes
culpas: esta mujer, por ejemplo, que ahora grita no
se sabe para qué, causaría la pena de
cualquier otro humano que no estuviera ocupado corriendo
para prolongar su propia vida, pues no sólo
llora e intenta huir, sino que su vientre lo tiene
abultado, y de éste pronto iba a salir, porque
eso ya no sucederá, un varón que en
cuarenta años ya tendría dos hijos,
ambos facultados para procrear a su vez; he ahí
la necesidad de detenerla, a ella y a todas las mujeres,
a todos los hombres, a cada uno de los niños,
a los no natos y también a los seres no pensantes,
que lo único que hacen es prolongar la tragedia.
Las ráfagas no han dejado de expandirse,
y llega el momento en que la Capital del Oeste, como
le llaman a esta ciudad, centro de repugnantes equivocaciones,
no es más que una gigantesca explosión
de la que se desprenden haces luminosos que salen
disparados en todas direcciones; incluso algunos atraviesan
el pavimento y el planeta recorren por debajo del
suelo a una velocidad similar a la que viajan los
dos únicos saiyas que viven todavía
tratando de salvar la vida, pues el instinto de conservación
ha sido más grande que el orgullo esta vez,
y no tuvo tiempo alguno de los dos para siquiera percatarse
de lo que sucedía, mucho menos para entenderlo;
simplemente una cosa llevó a otra, no iban
a dejarse alcanzar por las ráfagas, aquel monje
blanco pronto desapareció entre tanta luminosidad
y cuando menos lo esperaron, ya se hallaban ambos
fuera de la ciudad, intentando alejarse lo más
posible; uno lamenta no haber podido hacer nada por
nadie hasta este momento, y el otro, maldice en voz
alta el destino que tuvieron madre e hija, ambas de
azules ojos y cabellos, engullidas por las ráfagas,
sin que nada ni nadie, ni él mismo, pudiera
evitarlo.
Y La Muerte, que antes segaba La Vida con la hoz
como si fuera ésta un campo de trigo, ahora
se ve rodeada por las llamas, pronto sólo cenizas
quedarán de ella y de todo el sembradío,
y ésa es la terrible revelación que
tuvo en los últimos días, que sin vida
no hay muerte, que ella será una víctima
más de La Hecatombe y cuando el fuego la alcance
también apretará los dientes. Bien merecido
lo tiene, que desde el principio se creyó con
la facultad de decidir quién seguía
vivo y quién no, cuando ya hubo seres pensantes
elegía quiénes gozaban de la dicha eterna,
del interminable castigo o la infinita espera, siendo
la base de sus juicios por demás arbitraria;
ahora ya no tiene poder alguno, como es justo, y anuladas
han sido todas sus decisiones anteriores, pues por
lo que pasa la Tierra ya han pasado el Cielo, el Infierno
y el Limbo, sin que para ello tuviera que presentarse
el hombre de vestiduras blancas, y no hubo distinción
alguna entre las almas que en aquellos lugares se
encontraban, pues todas tuvieron el mismo destino.
Ahora los saiyas, que cabellos rubios ya no tienen,
de pie se hayan en un lugar desolado, lejos por el
momento de los haces luminosos, Esto no puede ser,
Kakarotto, actuamos como unos malditos cobardes, reniega
uno, Y qué podíamos hacer, contesta
el otro, en vez de discutir deberíamos pensar
qué haremos ahora, Yo no sé que harás
tú, pero yo iré a destrozar a esos malditos
asesinos en mil pedazos, me oyes, no los dejaré
escapar como tú, Pero no sabes en dónde
se encuentran, Claro que lo sé, acaso no lo
sientes, porque yo sí, será tal vez
que uno de ellos, el muy maldito, me reta revelándome
su presencia, pero qué te ocurre, Kakarotto,
No lo sé, de pronto siento que voy a perder
la conciencia, Eres un débil, todo se va al
demonio y a ti no te importa desmayarte, Vegeta, será
mejor que pienses bien lo que harás, ya viste
de lo que es capaz nuestro enemigo, de nada nos sirve
lanzarnos a la muerte ahora, Me das asco, si quieres
morir como un miedoso entonces busca dónde
esconderte, no seguiré perdiendo mi tiempo
contigo, dice y se va volando, Tú no entiendes,
Vegeta, dice el otro saiyajin, mientras hace esfuerzos
por mantenerse en pie y se ve rodeado por los seres
de luz carentes de rostro, No entiendes nada, y yo
tampoco, dice y desfallece.
* * * * * * *
Las luces se apagaron de repente poco después
de que la oscuridad obligara a Milk a encenderlas,
lo cual sólo vino a agravar su estado de ánimo,
pues ya antes se encontraba presa de la congoja, dispuesta
a pasar la noche en vela, como lo estaría la
esposa de un soldado que va a la más corta
y peligrosa de las guerras, Si al amanecer no regresa
ya no lo hará nunca, podría pensar cualquier
mujer en esta situación. En cuanto a lo de
la electricidad, al principio pensó que era
una falla exclusiva de la casa en la que estaba, pero
al salir de ésta para verificarlo se encontró
con una realidad muy distinta: hasta donde su vista
alcanzaba, la única luz encendida era la de
las estrellas; que Ciudad Satán estuviera totalmente
a oscuras sólo indicaba la gravedad del asunto,
pero si aquello era una cuestión de cables
y generadores, entonces ella podría seguir
preocupándose sólo por su marido, el
alma de sus seres queridos y el destino del mundo,
que no eran éstos vanos asuntos.
Entonces comenzó temblor, que sólo
llegó a ser un tenue rumor para el oído
y muy leve movimiento para el cuerpo; en algún
momento desaparecía y empezaba de nuevo, imposible
para la mujer acostumbrarse a eso, pues era mal augurio,
de seguro. Pensó que lo mejor era permanecer
en el exterior, no fuera a venir un terremoto tal
que se derrumbara la casa con ella ahí dentro.
Pero estar sola en medio de la fría oscuridad
la hacía desear estar en otro lugar, y en otro
tiempo también, con su amado tal vez, correteando
entre los árboles bañados por la luz
y el calor del mediodía, ella huyendo, el persiguiendo,
entre carcajadas y miradas cómplices; o tal
vez en un día de campo, un mantel de cuadros
rojos y blancos y canastas repletas de comida, pues
seguramente habría saiyas involucrados, y su
nieta, sonriéndole mientras el viento removía
sus cabellos, Qué ricos pasteles preparaste
hoy, abuelita; o qué tal en la Facultad de
Ciencias, noche de entrega de diplomas, la madre más
contenta de todas, Mención honorífica,
debe estar orgullosa señora Son, Lo estoy,
yo siempre supe que mi hijo tenía un gran intelecto;
incluso sentada a la mesa esperando a ese muchacho
cada vez más incorregible, Pero qué
horas son éstas, mira que me tenías
en vela, Goten, No pasa nada mamá, ya estoy
aquí, un beso en la frente y podía dormir
tranquila de nuevo, pero una vez ya no regresó,
la noche en que todo había comenzado y ahora
ella se hallaba ahí, sin saber qué esperar.
Al escuchar cómo el rumor de la tierra aumentaba,
y ver aquellas luces engullendo Ciudad Satán,
y a todos sus habitantes, no supo si era su imaginación
o realidad los gritos que escuchaba, pensó
Milk que cualquier cosa podría pasarle a ella
y a su marido, y presintió que las oportunidades
de ver a su nieta y hablar con ella, y de pasar tiempo
con sus hijos, se habían extinguido el día
en que cada uno de ellos murió, Goku, tú
no, por lo que más quieras, no mueras, que
si tuviera que elegir entre tu vida y la mía,
prefiero que conserves la tuya, pero más daría
por verte otra vez, y morir, no me importaría
ya, si tan sólo fuera entre tus brazos, así
que te esperaré aquí, como te dije que
lo haría, porque sé que vendrás,
y me vas a decir que todo está bien, que venciste
al enemigo, llamarás a Shen Long y todos estaremos
juntos otra vez y podremos vivir en paz hasta el último
de nuestros días; pero no moriremos así,
Goku, no así.
|