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¿En dónde te encuentras? En primer
lugar, no sabes si aún existes. Tomar su mano
fue transportarte lejos y en un instante; recuerdas
su desnudez y sus alas desplegadas, no sabías
que formaban parte de ella, pero ahora esto es muy
claro para ti: no hay mejor modo de bajar del cielo
que con la ayuda de dos alas, lo cual convierte a
quien sea en un ser angelical con el poder de tomar
de la mano a un agonizante y llevarlo arriba, o fuera,
porque no sabes si debajo de las nubes que te sirven
de suelo se halla tu cuerpo abandonado, una masa de
carne que, a pesar de los ataques recibidos, se afianzó
a tus huesos para conservar su forma, pero no a ti,
que estás aquí, donde la luz todo lo
llena y es como el aire que tus pulmones ya dejaron
de respirar.
Su sonrisa lo intrigó. Esa misma mañana
habían compartido menos palabras de lo habitual,
un buenos días y cómo amaneciste mientras
ella preparaba el desayuno y, tal vez, nada más;
el recuerdo, si de eso se trata, es confuso, se lo
ve a través de un cristal empañado.
Cuando se despertó, al encontrarla a su lado,
sentir el beso cálido en su mejilla y ver como
se levantaba como si los relojes no existieran, él
no notó nada inusual en su mujer y así
todos los pequeños detalles reveladores le
pasaron inadvertidos, como ese canturreo inconsciente
que de aquella garganta brotaba y terminó por
sazonar el desayuno. No fue sino hasta que ella sonrió
al estar sentada a la mesa, dejando el bocado suspendido
en el aire unos instantes, casi nada, cuando él
dedujo que aquella ligereza tenía detrás
una razón.
Algo tienes.
Alas no hay en tu espalda, ni aureola sobre tu cabeza,
y ahora piensas que la posibilidad de que te encuentres
en el cielo es remota. La decepción aquí
y por esa razón, aunque no lo entiendas, carece
de sentido; si fueras testigo de lo que ocurre en
el auténtico cielo, entonces sería ése
el último lugar a dónde el alma quisieras
enviar. Recuerda que cuerpo ya no eres, tu carne quedó
atrás, pero aún ves, crees escuchar
y el tacto pronto volverá, aunque parezca conjuro,
es sólo la verdad, o más bien, parte
de ella, ya que ni tú ni nadie la conoce por
completo. ¿Ya la has visto? No a la verdad,
que se es parte de ella, se comprende o tergiversa,
pero a la mujer que frente a ti se encuentra, por
así decirlo, ya que no está tan cerca
si sigues pensando en términos físicos
y corporales, a ella sí la puedes ver. ¿La
reconoces? Por supuesto. Y también corres.
Ella hace lo mismo, huyendo de ti.
Él saiya se halla tendido sobre la humana,
ambos desnudos, como ya varias veces se ha visto en
el otro mundo y se seguirá viendo allá
hasta los días de la Hecatombe. La mujer toma
del suelo una hoja y juguetea con ella entre sus dedos
mientras siente la respiración cada vez más
agitada y los besos de su amado amante, del que dicen,
y ella reconoce, es su marido. Roza la piel del saiya
con la punta de la hoja, queriéndole provocar
unas leves cosquillas, y finalmente la deja caer ahí,
donde el cuello termina y empieza la espalda. El miembro
masculino, dentro de ella en incompleta erección,
comienza a erguirse, no de nuevo, sino por primera
vez desde que el acto comenzó. Lo hace lentamente,
y le da tiempo a ella de apreciar cómo es que
esa hoja en la espalda de su amante de pronto se eleva,
seguramente para ir a formar parte de uno de tantos
árboles que rodean a la pareja. Después
se entera de las gotas de agua que de los charcos
y el césped sobre el que se haya tendida comienzan
a elevarse hasta desaparecer de vista, primero pocas,
luego más. Por su propia piel algunas comienzan
a trepar, se despegan de ella sólo para pasarse
a la del saiya, convertirse por unos momentos en líneas
de agua y por ahí resbalar hasta finalmente
desprenderse de ésta, de la tierra y todo cuanto
en ella se encuentra. Una sensación cálida
entonces la recorre de pies a cabeza, pero no se concentra
con la misma intensidad en las varias zonas que tiene
su cuerpo, sino que justo ahí, donde su marido
se alberga ya con la rigidez suficiente, la sensación
se multiplica, cuántas veces, dos, tres, diez,
tantas como se pueda, a ella no le importa, siempre
que el saiya arda y la encienda como ahora lo hace,
todo estará bien, es lo único que piensa
en el momento, y él también algo muy
parecido, no se engañe nadie, que el éxtasis
enfoca y limita el pensamiento a un solo centro y
no hay nada de malo en ello, por lo menos no en este
caso, pues ambos están de acuerdo y de fondo
está el amor mientras tanto olvidado. Más
rápido de lo que cualquiera esperaría,
el clímax del encuentro termina, pero no se
piense que por ello el acto lo hace también:
el fuego y la explosión son sustituidos por
tensión, urgencia pélvica y orgásmica;
hombre saiya y mujer humana muerden los labios y la
piel del otro con sus besos, pasan sus manos por el
cuerpo ajeno, porque ajeno es aunque crean pertenecerse
mutuamente, como si esperaran vivir de nuevo la culminación
placentera que ya sucedió y dentro de algunas
horas no volverán a experimentar. Él
se entretiene con un par de senos que conservan su
volumen y no lo perderán hasta que pasen los
años y esta mujer, la cual ahora sus manos
restriega y sus uñas clava en la espalda de
su marido, pase de mujer a niña y de niña
al vientre, ciclo que aquí se repetirá
probablemente hasta el infinito, pues si una mujer
al interior de otra se refugia y ahí desaparece,
esta última también tiene a donde ir
para terminar su existencia, es sólo concebible
de este modo y de ningún otro. Y como todo
buen caballero, el saiya, ahora más firme que
al principio, y si no se ha entendido lo antes dicho,
se aclara, sin morbosa intención, que la firmeza
la tiene tanto en la actitud como entre las piernas,
ayuda a la mujer a vestirse de nuevo, es ésta
la verdadera culminación del acto; primero
la ropa interior, ella ya no necesita tener las partes
pudendas al descubierto, y nadie entendería
realmente por qué el saiya ahora se encarga
de cubrírselas, pues al hacerlo, sólo
lo asaltan las ansias por verlas de nuevo, quizá
por eso le besa con tanta profusión las piernas,
el ombligo y las nalgas aún al descubierto
gracias al diseño de las prendas, que para
eso están hechas. Él da los últimos
besos al pecho de la mujer, sabe que en cuestión
de nada un sostén del suelo se desprenderá,
los senos va a cubrir, ella ya lo abrocha por su espalda
y sin que nadie se diera cuenta cómo, el saiya
completamente desnudo ya no está. Ahora es
ella quien come a mordiscos un pecho que de igual
manera se vestirá con ropa empapada como el
resto del cuerpo mientras un brazo la aprisiona y
esa mano revuelve sus cabellos, la otra no se ve en
dónde está, seguramente tocando la carne
que haya por tocar e incluso aquella que esté
debajo de la ropa interior recién puesta. Ya
seco el césped, casi terminada la lluvia en
la que nadie reparó hasta ahora, ellos vestidos,
casi secos, alborotados cada vez menos, el acto termina
y cada cual vuelve a lo suyo; él se aleja caminando
de espaldas, no necesita ver por dónde va,
lo sabe bien y no puede apartar la vista de su esposa,
y ella se queda sentaba en medio de los árboles,
viendo cómo algunas gotas de agua todavía
vuelan hacia el cielo. Al abrirse la mano de la mujer,
la última de todas ellas se libera.
Miras las nubes en el suelo, miras el azul del cielo.
Estiras tu brazo, esperando con ello alcanzar una
de sus manos. La fatiga ya no es uno de tus padecimientos,
recuérdalo, no te sorprenda haber corrido todo
este tramo y seguir haciéndolo sin problema
que, aunque tu condición era buena, tendrías
tus pulmones trabajando más de lo normal, igual
a tu corazón que ya reventó, no aquí
sino allá abajo, y entonces todo ese sentir
físico te invadiría y no solamente las
ansias propias de un alma que espera entrar en contacto
con otra. Corre y no te detengas, te dice, pero no
la escuchas, Si tras de mí has de irte eternamente,
hazlo sin dudar, cualquier cosa será mejor
que permanecer aquí, ahora lo entiendo, y cuando
pase tu confusión, lo harás también.
Y cuando menos lo esperaste, dejó que tomaras
su mano, como antes lo había hecho, sólo
que ahora no tiene alas, no está desnuda, viste
de blanco y no sabes si eso significa algo, mas no
te importan otras cosas que no sean sus cabellos alborotados
por la carrera, esa mano que ahora ya no te suelta
y el azul de los ojos que te miran con verdadero amor,
concepto impreciso para el cual ya tienes una definición;
no te das cuenta que tus ojos la ven igual, pues sólo
las almas, una vez liberadas del estorbo corporal,
podrían compartir una mirada de tal profundidad.
De nuevo esa sonrisa. Con ella aceptó ocultar
algo que, sin duda, era de la incumbencia del marido.
Guardó silencio unos momentos más, queriendo
con ello aumentar la expectación del saiya
por la respuesta de la cuestión antes planteada.
Algo tienes y ella contestó, burlona,
cómplice a la vez:
No. Me dejaste a alguien adentro.
De las nubes emergen. Parecieran ser dragones de
luz y pronto se contarán por centenares. Tú
no puedes ni quieres saberlo, sólo tienes ojos
para ella. No temas: ya estamos cerca, te dice aunque
oídos ya no tienes, Lo sé, lo presiento
y lo deseo, nuestro destino será diferente.
Esos haces de luz vuelan cerca, como si pretendieran
amenazarte con su presencia, No hay escapatoria posible,
te dicen, No existe la prudente rebeldía, insisten,
No hay senderos por transitar, de Él, huellas
indelebles en todos hallarán, advierten. Es
cuando te percatas de una presencia más, aparte
de la tuya, la de ella, y la de los cientos de luces
que alrededor de ambos vuelan. Va justo detrás
de ti, corriendo del mismo modo, y cuando la sientes
lo suficientemente cerca, hacia atrás volteas,
estiras el brazo que antes tenías libre y sólo
esperas que ella tome tu mano. Corre, pequeña,
corre, y lo hace, con una voluntad más fuerte
que la mostrada en vida, como si de ello dependiera
todo lo que ya ha perdido. Y al fin, los tres unidos
por sus manos, en realidad por sus almas, recuerda
que estos cuerpos que ahora ves son sólo producto
de la nostalgia que siente el espíritu por
los auténticos, por la carne y el hueso que
ahora de nada sirven, van juntos por un camino y hacia
un destino sin definir, desde ahora será así.
Salvos serán si nada los detiene jamás.
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