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Esta vez no escaparás pensó
Piccolo, cuando caminaba hacia el enemigo. Horas atrás
el sol se había ocultado detrás del
horizonte lo comenzaba a hacer en ese mismo
momento en el lugar donde una pareja sentada en un
tronco observaría el último de sus atardeceres
y la oscuridad predominaba a pesar de la cercana Capital
del Oeste; modificaba los colores y las formas, menos
la del humanoide. Ahí, de pie, inmóvil,
El Lumínico era la pieza que no encajaba con
el resto del rompecabezas. Parecía estar superpuesto
sobre todo lo demás, como si no debiera estar
ahí. El nameku detuvo sus pasos. Llamó
su atención que el ente estuviera vuelto hacia
él, cuando momentos antes parecía darle
la espalda. Torció los labios en una media
sonrisa, No importa, de seguro notó mi presencia
antes de que llegara aquí; además, no
soy yo el que está jugando al escondite.
¿Puedes escucharme? preguntó
el nameku.
Piccolo interpretó el silencio de el otro
como un sí, te escucho mejor de lo que
tú crees, aunque no supo la razón.
Sintió al viento ondear su capa mientras éste
arrastraba un polvo que parecía humo salido
de la tierra y en su silbido pregonaba la muerte,
aunque La Divina Clemencia ya no hallaba bajo qué
piedra esconderse. Caminó de nuevo algunos
pasos más hasta que estuvo lo suficientemente
cerca para ver a su oponente con nitidez. Notó
que éste no poseía rasgos faciales,
sólo una nariz sin fosas, unos labios difusos
que no se abrirían, eso dedujo, y luz, como
la del resto de ese cuerpo, en lugar ojos.
No sé que clase de aberración
seas, pero acabaré contigodijo Piccolo,
mientras una esfera de energía se formaba sobre
la palma de su mano. No creas que he olvidado
los destrozos que has hecho y mucho menos la manera
cómo asesinaste a Goten y a Trunks... ¡Ha!gritó,
lanzando su ataque.
La esfera luminosa se abrió paso entre las
nubes de polvo, dispersándolas hacia los lados
y creando un túnel momentáneo que el
viento no tardó en deshacer. El nameku quedó
sorprendido al ver lo que sucedía: su contrincante
recibió el energy ha de lleno, sin realizar
un solo movimiento para esquivarlo, y después
se estrelló contra el suelo, dejando un surco
a su paso.
Demasiado fácil... ¿A quién
quieres engañar? lo retó Piccolo,
sabiendo de antemano que no recibiría una respuesta.
Vio que su adversario no tenía la intención
de levantarse y trató de entender la razón,
mas sus intentos no fueron del todo fructíferos,
o no lo llevaron a una conclusión acertada.
Decidió acercarse como lo había hecho
momentos antes y, a cada paso, sentía que se
adentraba más y más en la trampa tendida
por su enemigo. Tuvo la convicción, en contra
de su habitual sensatez, de que eso esperaba el humanoide
y por lo tanto así habría de hacerlo
para que el combate pudiera continuar.
Levántate.
Lo tenía ya a unos cuantos metros de distancia
y habría podido acabarlo sin dificultad, mas
pudo predecir con claridad al ente luminoso emergiendo
de la nube de polvo ocasionada por el impacto de su
ataque y realizando un rápido contraataque,
así que no lo hizo; se quedó ahí,
desafiándolo con la mirada, pensando que la
figura que ahora yacía boca arriba lo podía
ver, tuviera o no tuviera un par de ojos con los cuales
hacerlo. El viento, cuyas últimas apariciones
parecían estar motivadas por una incomprensible
necesidad de infundirle dramatismo a cualquier situación
que se prestara para ello, sopló de nuevo en
ese susurro que a Piccolo comenzaba a crisparle los
nervios, pues ya lo había escuchado antes cuando
el olor predominante era el de la espantosa muerte.
¿Qué te propones? preguntó
el nameku, al ver de reojo el lugar que los rodeaba.
¿No era este el mismo sitio donde había
encontrado los cadáveres de Goten y Trunks?
Sí que lo era, no le quedó ninguna duda.
La ubicación exacta, el escenario de su última
y definitiva derrota. Ya que no había pasado
mucho tiempo desde entonces, a Piccolo se le ocurrió
la innecesaria idea de que tal vez el viento no se
había llevado consigo o enterrado bajo tierra
todos los restos de la sangre y carne que habían
perdido los jóvenes saiyas en su fallido intento
por salvar al mundo de lo que se avecinaba, aunque
ellos no hubieran estado concientes de esto. El nameku
sabía que la concentración era clave
para derrotar al enemigo, así que trató
de sacudirse estos pensamientos, mas lo que notó
a continuación marcó el inicio de su
abatimiento.
No lo creo.
Si momentos antes se había mostrado incrédulo
al ver que el humanoide era incapaz de esquivar un
ataque tan sencillo como el energy ha, ahora no sabía
como reaccionar ante su más reciente descubrimiento:
El Lumínico no se hallaba completamente boca
arriba, por así decirlo, sólo su cabeza
dirigía su parte delantera hacia Piccolo, pues
el cuerpo le daba la espalda y el cuello, el bendito
cuello, se torcía en una media vuelta que a
cualquier persona, o saiyajin, hubiera dejado sin
vida, mas no a un maquiavélico ente hecho de
energía luminosa, como ahora se daba el caso
de éste que, adoptando la misma postura en
la que el joven saiyajin llamado Goten había
pasado de víctima a cadáver, hubiera
podido levantarse en ese momento sin dificultad alguna.
No lo hizo: deseaba, o al menos así parecía,
permanecer en esa posición el tiempo suficiente
para provocarle al nameku una furia que le revolviera
el estómago, le quemara la garganta y lo privara
de todo buen y certero juicio.
¡Pelea de una vez! gritó
Piccolo, al momento de lanzar varios energy ha a su
contrincante.
Vio como una nube de polvo se alzaba y, recordando
su anterior predicción, esperó que el
humanoide emergiera de ella intentando realizar un
contraataque sorpresivo, mas lo último que
vio fue un destello y luego nada, o más bien,
una serie de imágenes separadas por varios
lapsos de intermitente inconciencia y ceguera en las
que aparecía el ente luminoso atacando con
sus puños, casi frenético; así
lo recordaría el nameku tan sólo unos
minutos después cuando se pusiera de pie nuevamente.
Por el momento, no sintió los golpes ni supo
cómo es que había evitado algunos a
pesar de su breve e involuntaria torpeza. Una vez
que se recuperó de aquel trance, tuvo la oportunidad
de observar sus ropas desgarradas y los numerosos
impactos que tenía sobre su cuerpo; parecía
que su enemigo estaba hecho de metal ardiendo, pues
en las zonas donde recibió los puños
la tela se evaporó dejando unos bordes chamuscados,
y peor se encontraba la piel, en los lugares donde
aún permanecía en su lugar porque hubo
otros tantos sitios donde ésta ya no estaba
y los músculos del nameku quedaban al descubierto,
en el sentido literal de la frase. El humanoide, quien
ya no tenía el cuello torcido, guardaba ahora
una prudente distancia mientras veía correr
por los brazos y piernas de Piccolo ríos de
líquido azuloso que llegaban hasta el suelo
como si intentaran nutrir, con la vida existente en
ellos, aquel paraje casi desértico que en realidad
no prosperaría por más sangre que vertieran
en él, cosa que, dicho sea de paso, nunca se
supo si El Lumínico comprendió alguna
vez, pues de las aberraciones aparecidas en los últimos
días, era precisamente él quien hasta
el momento se había mostrado más interesado
en el derrame de sangre ajena sobre suelos infértiles.
¡Ah! Diablos... dijo Piccolo,
al momento de resentir los impactos sobre su cuerpo,
como si le pusieran hierro al rojo vivo y él
pudiera ver el humillo brotar, escuchar el siseo de
la piel y músculos convirtiéndose en
materia inútil.
Era, sin embargo, una quemadura que no cauterizaba;
de haber sido así, no habría perdido
la sangre que estaba perdiendo ahora. El más
mínimo movimiento intensificaba un dolor paralizante
que no había sentido en mucho tiempo aunque,
siendo él un nameku, no había razón
para preocuparse, eso pensó, deducción
claramente equívoca si se toma en cuenta que
cualquier sujeto que enfrenta a El Lumínico
tiene la excusa perfecta para angustiarse el resto
de su vida, lo cual se reduce a minutos en todos los
casos, salvo en extraordinarias ocasiones como ya
se ha visto, sin importar la increíble capacidad
que posea el valiente contrincante para regenerar
los propios tejidos y miembros lastimados o perdidos,
misma que Piccolo usaba en aquellos momentos, invirtiendo
un poco de su energía restante para conseguir
a cambio un cuerpo que se moviera con más soltura.
Mis puños no servirán decía
en voz alta, pero no son la única arma
que tengo... ¡Makanko Sappo!
Un rayo de energía envuelto en un perfecto
resorte de la misma naturaleza salió disparado
de la mano de Piccolo, como si se tratara de un taladro
infinito que no deja de aumentar su longitud hasta
que ha alcanzado su objetivo y, aún así,
sigue avanzando una vez que lo ha perforado. Podría
ser también que dicho objetivo diera un paso
hacia la izquierda o derecha, mas nunca hacia delante
o atrás por obvias razones, o bien que saltara
muy alto evitando ser taladrado. Ni una ni otra cosa
ocurrió. No consideró el nameku una
tercera y ya muy acontecida situación: dos
ataques de energía continua impactándose
el uno con el otro de manera tan increíblemente
precisa, que no desvían su trayectoria y hasta
parecieran consumirse mutuamente.
¡Muere de una vez!gritó
Piccolo, aumentando la intensidad del Makanko Sappo.
Pero sucedió que el ente luminoso puso más
empeño en su ataque de igual modo y los pocos
metros que el nameku lograba aventajar los perdía
al siguiente instante. Ambos combatientes estaban
unidos por un tenso cordón en cuya mitad explotaba
una considerable cantidad de energía indecisa
que al parecer no sabía en cuál de los
dos extremos efectuar su estallido final.
¡No me vencerás! gritó
Piccolo, tan alto como si procurara ser escuchado
por el ente a pesar del fuerte rumor causado por el
continuo choque de dos energías incompatibles.
Jamás estuvo menos convencido de lo que decía.
Mientras veía girar los círculos inconclusos
del Makanko Sappo, de los cuales no se podía
decir aquí comienza uno y allá termina
el otro, pues en realidad no había ninguno,
y que ya empezaban a ejercer sobre él un efecto
hipnótico por ser tanta su simetría
y repetición, Piccolo pensaba que su muerte
podía estar cerca, terrible posibilidad, antes
remota, ahora tan palpable como minutos antes lo habían
sido sus músculos heridos; se hubiera concentrado
en el enemigo de haber podido verlo, obvio es que
era incapaz, la explosión ocultaba a uno de
sus creadores detrás de aquel fulgor también
suyo.
Oh, no... ¡¿Qué diablos
estás haciendo?!
El pánico, que no dejó a Piccolo otra
opción más que lanzar aquel grito, le
había entrado por los ojos, antes por ese séptimo
sentido que poseen los guerreros bien entrenados o
nacidos con esta capacidad: la percepción,
aquella que les permite conocer la localización
exacta de su enemigo y cuán peligroso es éste,
y no el sexto: el raciocinio, el poder de la mente,
y no se sabe, no se sabrá nunca y a nadie le
importaría ya si éste es un sentido
en realidad, si ambos eran uno sólo o si en
ese orden estaban dichos sentidos en el universo donde
El Lumínico enfrentaba a un nameku, el más
destacado de todos, si no el más destacable,
un ejemplo de auténtica conversión,
poder e inteligencia, al menos algunas veces sin duda
lo fue; lástima que no se pueda decir lo mismo
de aquel que decía ser Kamisama, a quien fue
entregada una esfera maldita con la que nunca supo
qué hacer el muy incompetente, presa del pánico
igual que Piccolo, el cual ahora no entendía
la naturaleza de lo que acontecía en el combate:
era como si, en lugar de destruirse y disiparse, el
poder de los ataques se hubiera concentrado íntegro
dentro de la explosión luminosa que causaban,
misma que ahora se dirigía hacia el nameku
a gran velocidad, imparable, ominosa, es decir, abominable,
aparentemente destructiva y letal, el tipo de cosa
con la que nadie quisiera estrellarse, por eso, ominosa
en éste sentido, terminó por desatar
toda su fuerza contra Piccolo. No quedó éste
tan devastado, ni fue tan grande el impacto, pero
de nuevo le faltaban retazos de piel, de su capa ya
no quedaba rastro y halló su cuerpo entorpecido
por el dolor una vez que se hubo puesto de pie.
Maldición... dijo, esperando
que Gohan pudiera escuchar su llamado a tiempo.
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