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Sus ojos habían tenido ya más de una
hora para acostumbrarse a la oscuridad, por eso, cuando
aquella figura humana entró a su habitación,
Gohan pudo distinguir su movimiento entre las sombras.
Si tuvo los ojos abiertos hasta el momento, a pesar
de estar metido en la cama demasiado grande
para él sólo, eso le parecía
y ser ya hora de dormir, fue por el reincidente insomnio
que venía sufriendo desde hace días.
Ese enemigo, ese maldito cobarde que, en lugar de
hacer gala descarada de sus poderes como lo habían
hecho bastantes engendros del mal en el pasado, se
escondía y sólo aparecía para
llevarse a alguien más con él, le quitaba
el sueño y el poco que le permitía se
lo atrofiaba con escalofriantes pesadillas que imitaban
lo ya ocurrido o intentaban predecir el futuro de
la manera más pesimista. Llegó a pensar
que lo mejor era permanecer despierto, pues en sus
sueños sólo vería un desfile
de cadáveres, siempre encabezado por el cuerpo
sin vida de su hija y dirigido por ese humanoide luminoso
al que nunca había visto y el cual, seguramente,
seguiría teniendo el cinismo de aparecérsele
durante las dos o tres horas de sueño que lograra
conciliar.
¿Qué ocurre, Pan?
No puedo dormir decía la chica,
mientras se subía a la cama y gateaba sobre
el colchón ¿Puedo quedarme aquí
contigo?
Claro que sí, ven dijo él,
que ya abrazaba a la joven que se había agazapado
junto a él. Yo tampoco podía dormirme.
Extraño a mi mamá... Nos dejó
hace muy poco, pero siento que no la veré nunca
más.
No digas eso dijo él, estrechándola
con más fuerza. Cuando todo esto termine,
llamaremos a Shen Long y tendremos a tu madre de vuelta,
aquí con nosotros.
Tengo un mal presentimiento, papá.
Todo estará bien hubiera querido
decirle, mas no pudo hacerlo. Él también
tenía esa sensación. El enemigo no sólo
había extirpado del cuerpo de Videl hasta la
última gota de vida, también parecía
haber succionado su alma, la cual, hasta ese momento,
no descansaba plácidamente en los jardines
del cielo. Acaso deambulaba por el mundo terrenal
tratando de manifestarse y anunciar su existencia.
Si así fue, no habría podido lograrlo
ni siquiera restaurando como por arte de magia aquella
habitación en la que su marido, ahora
viudo, y su única hija intentaban consolarse
el uno al otro y descansar. Aquí estoy,
dijo, pero no la oyeron. Tendría que hacer
algo más porque su tiempo se agotaba.
Yo estoy contigo, Pan. No dejaré que
nada malo te pase.
Te quiero mucho, papá. Sé que
casi nunca te lo digo, y menos últimamente.
Pero quiero que lo sepas. Te quiero. Ojalá
se lo hubiera podido decir a mi mamá más
a menudo.
Ella volverá. Ya verás sonrió.
Y yo también te quiero a ti.
¿Durmieron aquella noche? No realmente, pero
ya no dijeron nada más. Permanecieron acostados,
en un abrazo cálido que les dio una sensación
de protección y compañía. Todo
saldrá bien, se decían mutuamente, sin
palabras.
* * * * * * *
El plazo había terminado y, mientras cruzaba
la puerta que la llevaría al balcón,
Bulma tuvo la certeza de que ya no podría modificar
el desenlace de los futuros acontecimientos; ya no
estaba en sus manos determinar qué le ocurría
a la esfera con una sola estrella. Había pasado
las últimas veinticuatro horas tratando de
revelar ese misterio que se ocultaba, se resistía
y hasta parecía burlarse de ella y de todos
los métodos utilizados para analizar la esfera.
Bulma no hubiera podido decir por cuántos aparatos
y laboratorios había pasado hasta el momento
ni cuantas horas de sueño fueron las que omitió,
pues en aquellos espacios de la corporación,
iluminados sólo artificialmente, y bajo la
fuerte presión que sobre ella ejercía
el factor tiempo, la mujer no quiso enterarse de horas
ni de calendarios hasta aquel momento, cuando le avisaron
que un nameku llamado Piccolo la esperaba. ¿Obtuvo
algún resultado después de todos aquellos
extenuantes análisis y experimentos, muchos
de los cuales, cuando no los supervisó, había
efectuado ella misma? No, por supuesto. Ninguno. Si
el enemigo le había hecho algo a la esfera,
Bulma dedujo que no era ella quien podría determinar
en qué consistía ese algo.
Me rindo dijo al fin, al mismo tiempo
que le entregaba la esfera a Piccolo.
El nameku observó el objeto unos instantes,
sin decir una sola palabra. Habría querido
entrar al edificio e irrumpir en la habitación
en la cual se hallaban las otras seis esferas, reunirlas
con su corrompida compañera y averiguar qué
sucedería entonces. Por un momento, no le importó
la posibilidad de que apareciera algún otro
dragón en lugar de Shen Long o que las esferas
se partieran en mil pedazos; hubiera sido preferible
a tener que tragarse la duda una vez más y
actuar con sensatez. Pero eso fue lo que hizo, pues
pasado ese momento, recuperó la cordura...
y el habla.
Seguramente has hecho todo lo que podías,
Bulma. Puedo notar que te hacen falta algunas horas
de sueño.
Ahora podré descansar, no te preocupes.
Mintió. Pasaría las próximas
horas, o días tal vez, lidiando con unos párpados
que se negarían, con extrema terquedad, a cerrarse,
como si detrás de ellos se hallaran un par
de ojos ansiosos por ver todo aquello que pudieran
pues las horas, los minutos y las víctimas
estaban contadas.
Piccolo, ¿quién ha hecho esto?
¿Tú lo sabes?
No. No conozco a nuestro enemigo en persona.
Es curioso... En cierto modo, extraño
la manera en la que Freezer, Cell y Majin Boo amenazaron
alguna vez la paz en este planeta sonrió,
pero sus ojos contradecían con amargura el
gesto de sus labios Una de sus características
fue también su mayor error: siempre estar ahí,
a la vista, dispuestos a pelear, esperando el momento
de su aniquilación...
Él puede esconderse todo lo que quiera,
Bulma. Cuando menos lo espere, lo destruiremos. Por
el momento dijo el nameku, dándose la
media vuelta, tenemos que llevarle la esfera
a Dendé. Agradezco tu esfuerzo.
Aquí estaré; no duden en venir
si necesitan algo.
Cuando vio que Piccolo emprendía el vuelo,
la mujer se preguntó si, en verdad, llegaría
el momento en el que las siete esferas reunidas hicieran
aparecer a Shen Long. Seguro que así será,
pensó, Lo que las máquinas no han podido
explicar, no estará fuera de la comprensión
del Kamisama. ¿No habría sido mejor
entregarle la esfera a Dendé un día
antes? Tuvo razón en considerar esta posibilidad.
Veinticuatro horas es demasiado tiempo si en un solo
instante todo lo que conoces puede convertirse nada
y uno, igual que todo, llegar a ser nada también.
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