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El Proyecto Eva
Por: Gus

Capítulo Nueve: La Creación Humana

La luz del crepúsculo se cuela por la ventana del cuarto, y al atravesar el cristal ocasiona que el recinto se torne de un color rojizo. En las paredes, claramente se puede distinguir pintarrajeado el árbol de la vida, parte de la cábala judía, que entre muchas otras cosas se le atribuye la invención del automóvil. Seguramente, el viejo lobo de Ikari debió haberle encontrado algún uso en beneficio de su proyecto. El diagrama abarca desde el techo al suelo, reptando por las paredes. En las sombras, el hombre respira con sigilo, atento a todo lo que acontece a su alrededor. Sentado sobre su confortante asiento de cuero, reclinable, con una oreja pegada a la bocina del teléfono, escucha con atención todo lo que le transmiten desde el otro lado de la línea. Lo ponen al tanto de los acontecimientos, de todas las movidas que se suscitan en su contorno. El otrora investigador se humedece los labios, y recarga su quijada en su puño, mudo, absorto en todas las nuevas que le comunican. Cuidadosamente, echando mano a su astuta y filosa inteligencia, al momento de escuchar lo que pasaba, también comenzaba a planear sus movimientos. Previsor. Estratega brillante. Los años lo habían curtido, le habían dado la suficiente experiencia como para estar un paso delante de sus adversarios. Cómo diría el populacho, cuando ellos van, él ya viene de regreso.

— Dímelo una vez más— interrumpe de tajo su meditabundez, al escuchar algo que hace que campanitas suenen en sus oídos.

— Ya se lo dije, estamos recibiendo un extraño disturbio electromagnético. El radar lo ubica en la Antártida, señor. Las lecturas concuerdan con las de hace 15 años.

El semblante del japonés se frunce, denotando gran preocupación, ó por lo menos, consternación. Un escalofrío le recorre la espalda, y le hace quebradiza la voz. Su sangre comienza a hervir, mientras se siente colapsarse en sí mismo. Ah, sí, el miedo. Nunca podremos extrañarte. Nuestra condición humana nos tiene tan pegados a ti. Fiel compañero, nunca nos abandonas, ni de noche ni de día, desde el nacimiento hasta la muerte. Viejo conocido, cómo te gusta zarandearnos cada vez que la oportunidad te lo ofrece.

Con la mano sudorosa, Ikari sostiene el auricular, mientras trata de sobreponerse. Con trabajos, pregunta:

—¿Creen que pueda tratarse... de ÉL?

—Aún no hay nada dicho, pero existen muchas evidencias para aventurarme a decir que es muy alta la posibilidad de que así sea.

—De ser así, el plan podría sufrir graves modificaciones.

El comandante toma una carpeta que se encontraba en su escritorio, frente a él. Tiene una consigna en la portada: “ Secreto clasificado”. Gendo la abre y observa su contenido; a simple vista no se distingue muy bien qué es lo que dice, más hay unas letras resaltadas en negro, que se distinguen perfectamente: Proyecto de complementación humana.

Tras darle una ojeada rápida, se toma un momento para meditar y decidir la acción a seguir. Después de unos cuantos instantes, finalmente decide.

— Bien— responde éste, con voz segura— Vayan e investiguen todo lo que puedan. Con extrema cautela. Deberán estarse reportando cada 12 horas, empezando desde que comiencen la búsqueda. ¿Entendido? Y sé que será muy difícil, pero traten de evitar que el viejo se entere, por lo menos el mayor tiempo posible...

— Está muy bien. Otra cosa: fuentes fidedignas aseguran que el gobierno japonés está trabajando en un proyecto que planean presentar a las Naciones Unidas. Por la mañana, mandé un paquete al respecto, que espero haya recibido— el jefe lo abre, corroborando la versión de su lacayo, para que éste pueda continuar —De tener éxito, es definitivo que nuestro subsidio podría verse gravemente amenazado.

—No te preocupes, ya me he encargado del asunto.— contesta Ikari, volviendo a tener la sangre fría, y su característica seguridad y confianza.

—También hemos recibido informes que del mismo proyecto están haciendo numerosos intentos de reclutar al joven Katsuragi en sus filas. La férrea vigilancia que hemos mantenido sobre el sujeto nos lo ha confirmado. De realizarse, también representaría una gran amenaza para los intereses de la organización. ¿Desea que procedamos cómo de costumbre?

—No te preocupes— responde del mismo modo el hombre —Ya me he encargado del asunto.

La noche llega, poco a poco e inevitablemente. El sol, viejo y agonizante, da su último suspiro y desaparece por el occidente, por aquel valle de la muerte y perdición. El reinado de las sombras, el imperio de la oscuridad comienza y su dominio lo abarca todo, tapando el firmamento por completo con el ejército de sus innumerables estrellas. Cada una de ellas esconde una historia, un misterio. ¿Cuántas habrá? Tantas cómo el hombre pueda imaginarse. Los habitantes de la ciudad en penumbras, temerosos corren y se apresuran a encender su luz artificial, luz de los focos, lámparas, televisores, y todo lo que pueda cortar las tinieblas, que amenazantes se ciernen sobre de ellos. Huyen desmesuradamente a esconderse en sus almohadas, en sus lechos en sus aposentos, se desean las “buenas noches” para después escudarse en sus sábanas y bloquearse a sí mismos, y dormir, dormir y no despertar hasta que la noche muera y el sol naciente reine de nueva cuenta. Así, sólo quedan en pie los espíritus chocarreros, que con tanta urgencia solicitan la atención de los vivos, seguir vivos en sus memorias. Ellos comparten el terreno con los valientes, los decididos ó los que sufren desesperadamente por el insomnio.

Todo ocurre sin ningún incidente, y la noche da paso al día. Los que despiertan, con felicidad notan que aún siguen con vida, que podrán estar en el mundo por lo menos un día más. Una noticia así debería persuadirlos de disfrutar cada segundo de la vida intensamente, cómo si fuera el último de su existencia. Pero eso es mucha responsabilidad. Temerosos corren y se apresuran a sus televisores, a sus autos, a sus oficios, a sus escuelas, a todo aquello que pueda escudarlos de la vida, y la mejor forma de hacerlo es ignorarla, desconocerla. Despiertan del sueño de la noche, para dormir el sueño del día.

Los jóvenes de la casa ya se han levantado, listos a incorporarse a su labor matutina, la escuela. Pero antes, necesitan un buen mantenimiento, cambiar el aceite, tirar el agua sucia y recargar el combustible. Shinji es un cocinero, y digo uno por que él es el único que cocina, por lo que él prepara el desayuno, por lo general. De no ser por él, madre e hijo seguirían sobreviviendo a punta de puras comidas pre-preparadas. Aunque hay ocasiones sobresalientes, especiales, anormales. Cómo ahora. Yendo contra su conducta habitual, Kai se ha ofrecido amablemente, y voluntariamente, a hacer el sustento alimenticio de la mañana.

Hasta Pen-Pen, el pingüino, los acompaña diario en su desayuno. Profesa mejores modales en la mesa que los dueños de la casa. En estos tres meses que llevan de vivir juntos, la costumbre hace que se imponga la rutina. Primero, los chicos, y el pingüino, toman sus alimentos matinales. Después Misato despierta, desperezándose con un gran bostezo. Era algo lindo, bonito, poder verla así, al natural, recién desempacada. Aún sin maquillaje, despeinada y con lagañas, era una mujer hermosísima. Cómo un sol, irradiaba calidez a su alrededor, y eso era lo que hacía que la gente se le prendiera. A pesar de esa enorme pijama de dos piezas, que le colgaba de todas partes, e impedía que se pudieran apreciar sus sensacionales muslos, su magnífico torso, su cintura de avispa, la belleza natural de la hembra se las arreglaba para emerger a la vista del ojo ocioso y observador.

— Buenos días niños— saluda ésta, rascándose la axila y dirigiéndose después a la cocina para apoderarse de una cerveza en el refrigerador, que la toma en la mesa junto a los muchachos, recobrando por completo la conciencia. Un generoso eructo no se hace del rogar, trepando desde su estómago, pasando por la garganta para escapar por la boca.

—¿No te tomas mejor un café?— le pregunta Ikari, con más tono de sarcasmo que otra cosa.

Misato rehuye, moviendo la cabeza de un lado para otro, con los párpados cerrados, cómo si estuviera indignada.

—Una mañana al estilo japonés siempre empieza con arroz cocido— decía, enumerando con los dedos los platillos —sopa de miso, y claro ¡sake!— para darle otro buen sorbo al recipiente que tenía entre manos, con más satisfacción y orgullo que antes.

El muchacho estaba dispuesto a cuestionar si era válido comparar el tradicional vino con la amarga bebida que ella estaba degustando, cuando, saliendo de la cocina, Rivera los interrumpió de improviso.

Traía una pañoleta blanca atada a la cabeza, y estaba ataviado con un singular mandil del mismo color, con la leyenda “Kiss the cheff”, y en las manos cargaba una charola con el desayuno ya listo para ser ingerido. La deslizó hasta el centro de la mesa, ante la mirada curiosa e inquisitiva de los comensales, que estaban en ascuas por averiguar qué era lo que había cocinado aquella mañana. Sin hacerlos esperar más, el ahora atento muchacho develó su obra, mientras las servía a ambos en sus respectivos platos.

—Y una mañana al estilo mexicano— emuló a su guardiana en su anterior comentario, sirviendo los mencionados alimentos —empieza con café de olla, frijoles fritos y, claro no podían faltar ¡chilaquiles!

Los dos nipones se quedaron impasibles en sus asientos, un tanto cuanto desconfiados, picando la comida para asegurarse que ya no se movía. Kai, ignorándolos, retiró la charola y se dispuso a lavar todos los trastes y cazuelas que había empleado para hacer y sazonar los energéticos matinales.

Decididos, ambos tomaron la resolución de ingerir de una buena vez por todas los exóticos manjares, humeantes, desafiantes, burlones, que tenían frente a ellos. El café estaba algo fuerte, pero bueno. Los frijoles, comibles. Los chilaquiles, cómo su nombre lo indicaba, estaban bastante picantes. Al poco rato les empezaron a salir lágrimas de los ojos. A Katsuragi, más que a nadie le beneficiaba aquello. Los humos, del calor de la enchilada, le ayudaban a despejar los humos del alcohol mejor que cualquier otro remedio casero.

—Bueno, por lo menos no es tan picante cómo esa “torta ahogada” que nos dio el otro día, ¿te acuerdas?— pronunció.

—Preferiría no hacerlo— contestó el joven —jamás tuve tantos problemas para ir al baño.

—Ajá— corroboró la militar —Al parecer, el pepto se va a volver una tradición aquí.

—¿Además de la tuya?

—¿Qué quieres decir?

—¿Recuerdas a quién le tocaba lavar los platos ayer?

—¡Ay, de veras!— exclamó, dándose un golpecito en la frente, al percatarse de su error.

—Ahora sé por que a tu edad aún sigues soltera.

—Pues me disculpo si mis modales te ofenden de alguna manera.— pronunció despectivamente Misato, mientras acababa con el contenido de su plato. Aunque no lo admitiera, le gustó aquel desayuno, y estaba dispuesta a repetir su ración.

—¿Y también por ser tan floja?— respondió en tono de guasa su acompañante.

—¡Oh, ya déjame en paz!— prorrumpió agobiada la dama, haciendo una mueca bastante curiosa con sus labios.

A lado del comedor, en la cocina, pacientemente se encontraba su pupilo, lavando la pila de trastos que había en el fregador. El lavatrastes se había descompuesto, y tenía que emprender la tediosa tarea a la antigüita, con fibra y jabón a la mano, tallando duro para poder remover toda la grasa y el cochambre pegado a las ollas y sartenes. Pero aún si no hubiera estado averiado el aparato, hubiera obrado del mismo modo. Nunca había sido amante de dejar que las máquinas hicieran todo el trabajo; temía que el potencial humano se desvaneciera, rodeado de comodidades, y dejar que otros hagan lo que le corresponde, sin esforzarse salvo por apretar un botón. Aún para las tareas más sencillas. Se mostraba renuente al movimiento que se había suscitado en los últimos años del siglo veinte y primeros del veintiuno, hasta la fecha. Tecnología de la comodidad cada vez más vanguardista. Cada día salía algo nuevo, listo para suplir el esfuerzo que realizaba el hombre, sustituyéndolo para las obras más tediosas, chiquiándolo, amorrodándolo y dejando que se duerma en su cómodo sillón, al observar el televisor, sin hacer nada más con su tiempo libre ó con su vida.

Lo hacía también para distraerse. Para no detenerse a contemplar la marejada de sentimientos encontrados que bullían en su interior, se revolcaban y lo arrastraban con ellos, lo zarandeaban, lo llenaban y pretendían ahogarlo en sus inmensas profundidades. Para complementar su propósito, y para no empezar a enfadarse de estar parado, comenzó a silbar, y después, a cantar en español: “De la Sierra Moreeena, cielito lindo, vengo bajando yaaa...”

Sus alaridos llegaron hasta la mesa, donde Katsuragi se servía más chilaquiles, hasta dejar vacía la cacerola donde se encontraban. Shinji, con los oídos lastimados, se puso las manos en ellos, y sólo acertó a decir:

—Pero qué mal canta este cuate...

Su tutora no pensaba así. Era cierto que la voz de Kai no era nada preciosa cantando, por lo menos en ese momento, ya que más bien parecía que lo hacía adrede; pero la tonada era bonita, y pegajosa, fácil de recordar. Una vez que terminó de engullir su ración, y acabando de beber el café, sostuvo la taza entre los dedos, e imitó a su protegido, comenzando a silbar y a tararear la melodía. Y también el ave ártica, una vez que degustó del exquisito arenque fresco que le había traído Rivera, comenzó a oscilar su cabeza de un lado a otro, al ton de la cantada.

Intentando acallar aquellos horripilantes sonidos, que parecían de gato siendo atropellado, el joven japonés quiso tapar con su propia voz aquel desastroso concierto.

—¿De veras vas a ir a la escuela hoy?— interroga, aún incrédulo.

—Claro que sí— contesta, sacándolo de toda duda. —Hoy es el día de la orientación vocacional...

—No tienes que ir, si no quieres.— confiesa el muchacho, creyendo que lo hacía más por obligación que por gusto.

—Pero sí quiero ir— lo tranquiliza, viéndolo fijamente en sus ojos azules —Además, es cuestión de responsabilidad. Kai y tú están bajo mi cuidado, ¿recuerdas?

“Responsabilidad” repitió para sí mismo el infante, calándole esa palabra en lo más hondo. Lo había acosado desde que llegó a Tokio 3. Su responsabilidad para con el mundo, para con la especie humana. Su responsabilidad al tener que ser piloto, casi a la fuerza, a pesar de todos los ánimos que le habían infundido los Katsuragis. Su responsabilidad para llevar el control de su vida entera. Y también estaba la responsabilidad de su padre para con él, de la que parecía huir constantemente. ¿No era su responsabilidad ir él a esas juntas? ¿No era su responsabilidad haber estado allí, en esos momentos perdidos de la niñez? Para cuidarlo, aconsejarlo, formarlo. ¿No era su responsabilidad amarlo, aunque sólo fuera un poco? A simple vista, sus demás responsabilidades lo absorbían y lo dejaban sin tiempo ni disposición para él.

—No sé para qué te molestas en ir— pronuncia Rivera, al salir de la cocina, enjuagándose las manos, y desembarazándose del mandil y la pañoleta. Acto seguido, se reunió con los comensales, sentándose él también a la mesa —Es pura pérdida de tiempo.

—¿Cómo puedes decir eso?— interrogó la mujer, sorprendida de la nueva actitud que mostraba su protegido —Se trata de su futuro...

—¿Cuál futuro?— preguntó, contestando a la cuestión. Su mirada empezaba a tomar el modo con el que a veces asustaba a la gente. Esa manera de quedársele viendo a los objetos y personas, ponía los pelos de punta.

Misato, aturdida, se percató de que aquella situación estaba destanteando a Shinji, quien apenas había empezado a tener piso. Sobreponiéndose, retándolo, clavó la mirada en la suya, no sin mucho esfuerzo, y contraatacó.

—Tú no puedes creer eso— dijo, muy segura de sí misma —Si eso fuera cierto, si en verdad todos pensáramos de ese modo, ni Rikko, ni el comandante, ni yo estaríamos haciendo todo lo que hacemos a diario. Ni existiría el Proyecto Eva, ¿no crees? Es de lo que se trata todo este asunto. Hacer un futuro para todos. No, mijo, cómo dirían por allí: “La esperanza muere al último” y cuando la dejamos morir sin antes haber peleado, desde ahí ya lo perdimos todo. Pero aún así, es algo bonito. La esperanza en el ser humano. En todos los desastres, en las condiciones más difíciles, cuando más le aprietan, es cuando emerge ese espíritu del ser humano, luchando desesperadamente contra la adversidad, por sobrevivir, por prevalecer. Agotar todas las posibilidades, y cuando esto haya pasado, buscar y rebuscar aún más oportunidades de seguir luchando. Es lo que nos motiva y nos impulsa a crear cosas cómo los Evas, ó la misma organización para la que trabajamos. Lo triste es que, sólo en los momentos de dolor y pena intensa es cuando echamos mano de él. Lo que el hombre hubiera podido lograr si cada momento de su vida lo hubiera vivido cómo si éste fuese el último. Pero lo tuyo no es que hayas perdido la fe. A mí no me engañas— lo amenazó con el dedo índice —Esa postura tuya no es más que eso, una fachada autoimpuesta. De no ser así, si de veras crees en lo qué dijiste ¿porqué sigues en el proyecto, enano?

Cuando acabó, todos callaron, enmudecidos por el breve, pero alentador, discurso que se acababa de echar. Aunque demasiado optimista.

—Touche— masculló el muchacho, tragándose sus palabras y sintiéndose miserable. Su mirada volvía a ser humana. Pero la beldad de cabello negro no tenía idea de cuánto se había acercado con su último comentario. Se anduvo por terreno peligroso.

Los dos muchachos quedaron reflexivos, pensando en todo el alud de buenas intenciones vertido por la militar. Aunque tal vez muchas de sus ideas fueran exageradamente idealistas, lo cierto era que ella sí sabía cómo levantar el ánimo caído. Prueba innegable de su calidad cómo persona. Siempre tenía palabras de aliento para los momentos más difíciles. Sabía cómo hacer sentir bien a alguien. No dudaba en demostrar su cariño a quienes amaba. Y era bastante sincera. Ambos, uno más que otro, agradecieron el sólo hecho de tener el privilegio de conocer a aquel magnífico espécimen, llamado Misato Katsuragi. Cómo ella, no había dos.

En eso suena el timbre, interrumpiendo la adoración de la japonesa. Son Toji y Kensuke, que vienen a recoger a Shinji y Kai para ir juntos camino a la escuela, como siguiente paso en la rutina. En realidad, el par lo hacía más por morbo, más que por otro motivo. Gozaban enormemente al poder contemplar en unos cuantos fugaces instantes, lejanos destellos de la hermosura de la guardiana de sus amigos. Esperaban impacientes y con ansia el momento de poder vislumbrarla en el quicio de la puerta. Casi salivaban en su lugar, de pie, esperando la visión por la que tanto suspiraban.

—Oh, son ustedes...— pronuncia la mujer por el interfon —En seguida estoy con ustedes; ¡Shinji, Kai, ya vinieron por ustedes!

Hizo ademán de levantarse para abrir la puerta, cuando fue interceptada por Ikari:

— Misato... por favor, ya no salgas a saludarlos en pijama, ¿Quieres? Es embarazoso.—

— ¡Vamos Shinji! — exclama Rivera— Ya sabes que verla en pijama es la única diversión que tienen esos pobres diablos, ¿Y quieres despojarlos de eso?

— Bueno, si tanto te molesta, Shinjito, no hay problema. Aquí me quedo— contesta la mujer.

— Gracias. Ya vámonos, Kai, se nos va a hacer tarde— dice el infante, tomando su mochila del suelo mientras se despide de su tutora. Después de eso, salió del apartamento, ante la desilusión de Aida y Suzuhara.

—Ahorita voy, me estoy lavando el hocico— le avisa el joven Katsuragi, desde el baño.

Una vez terminado con el cepillado, forma un buche con la pasta dental en su boca, la cual escupe luego de enjuagarse con un trago de agua, misma que sostenía en la mano con una pequeña taza. Repite la operación una, dos, tres, cuatro veces, hasta vaciar el contenido del recipiente. Suspira, estrenando su aliento fresco. Le sonríe al reflejo en el espejo, comprobando así el éxito de la cepillada.

—Qué perro pelo tengo— constata, mientras toma el cepillo para cabello.

Y muy dócil. En tres alisadas, su melena estaba completamente aplacada, sin ningún rebelde cabello que no estuviese en su lugar.

—¡Kai, ya vas retrasado!— advierte su tutora, observando el reloj de la sala —Además, tus amigos ya te largaron. Luego te castigan por llegar tarde y después le andas echando de maldiciones al pobre maestro...

—Ah, enseguida los alcanzo, no sabes qué lento caminan esos sujetos. En una carrera hasta los rebaso, no te preocupes— la tranquiliza, saliendo del sanitario y localizando su mochila con todos sus útiles escolares, la cuelga en su espalda y se dispone a partir. A modo de despedida, deposita un afectuoso beso en la mejilla de la nipona: “Ya me voy” pronuncia el muchacho “Que te vaya bien” le contestan. Y así, desaparece del hogar detrás de la puerta, cuando ésta se cerró.

Desde su lugar, Misato contempla la fría puerta de metal, en silencio. Nada pasa por algunos segundos, hasta que el umbral se abre de nueva cuenta, con el silbido que hacía siempre al cortar el aire.

—Se me olvidaba darte las gracias— dijo el joven, desde el marco de la puerta, de pie —Por darme ánimos siempre que te necesito. La verdad, no sé que hubiera sido de mí sin que tú hayas estado siempre a mi lado.— incomodado en demasía por estar revelando sus sentimientos tan abruptamente, algo no común en él, torció la cara, dio media vuelta y emprendió la marcha de nuevo —¡Te amo!— pronunció, antes de perderse de vista.

—¡Y yo a ti!— le contestó la mujer, asomando la cabeza por la entrada a su casa, observando cómo corría por el corredor su pupilo, apurado.

Después de eso, ingresó de nuevo al apartamento. Desde la entrada, lo contempló en casi toda su extensión. Tan desolado cómo se veía siempre que él no estaba allí. Ella también le estaba agradecida, ya que había llenado un enorme vacío que existía anteriormente en su vida. Le dio a ésta una dirección, un propósito, un porqué. Algo por lo que valiera la pena regresar a aquella solitaria vivienda, de no desaparecer bajo la tierra.

—¿Qué te parece, Pen?— preguntó al pingüino, derrumbándose en una silla. El ave la miró fijamente, sin entender el modo en el que se dirigía a él. Se limitó a menear la cabeza, en señal de duda. Katsuragi aclaró —Creo que sí le pude infundir ánimos a ese muchacho. Mucho mejor de lo que lo hubiera hecho ella.

Había una vez una jovencita, desvalida, desesperanzada, abandonada súbitamente y sin ninguna idea de que hacer. Ante sus ojos su niñez le fue arrebatada cruelmente, sin compasión alguna, cómo el huracán que arrastra una vivienda; fue transportada de su mundo seguro y sano a una realidad gris, y a veces hasta sádica. Confundida y aterrada cómo estaba ella, hubo alguien que se apiadó de ella, extendiéndole la mano para evitar que cayera en un precipicio sin fin. La jaló, la arrastró a la vida otra vez. La rescató del desencanto y la resignación. Infundió nuevos bríos a su quebrantado corazón, y lo hizo palpitar calurosamente otra vez, lleno de buenos sentimientos. Y esa jovencita se enamoró perdidamente de su salvador, a manera de gratitud. Pero, los dos no pudieron vivir felices para siempre.

Algo desganada, la japonesa se levanta de su asiento, dirigiéndose al refrigerador, lista para apoderarse de otra lata de licor. Se detuvo al contemplar un pedazo de papel, pegado a la puerta del aparato con un imán en forma de Pikachu, popular personaje de una animación y juego de video japonés, hacía unos tres lustros atrás.

“Má:

Debajo de la mesa te dejé una sorpresa. ¡Que te aproveche!

Atentamente:
Yo”

Curiosa por saber qué era el regalo de su protegido, se dirigió al sitio indicado, expectante. Efectivamente, ahí estaba, bajo de la mesa, una caja de cartón, sellada con cinta en la tapa superior. Tenía algunos timbres postales del extranjero. En su meditabundez, no se había dado cuenta que allí estaba. Además, la cubrían también otros tiliches desbalagados por allí. Con un cuchillo de la cocina, rompió el sello de la caja. Al ponerla sobre la mesa, había conocido su procedencia: México. Ya empezaba a intuir qué era. Algo comenzó a pujar en su interior, mientras ella se sacudía con unos horribles escalofríos, casi llegando a convulsiones. Al sacar su contenido, confirmó su teoría. Una caja llena de botellas de cerveza Corona. Sacó una de ellas, y la sostuvo frente a su rostro por un buen rato. Recordaba la primera vez que probó la cerveza mexicana, de hecho, la primera que había probado en su vida. La melancolía y la tristeza la invadieron de repente, sacudiéndola violentamente desde el espinazo. Antes de desvanecerse, colocó el recipiente en la mesa. Se recostó sobre ella, ocultando la cara con los brazos. Con la voz quebrada, y las lágrimas a punto de desbordarse en sus ojos, apenas si alcanzó a pronunciar:

—José... Joe... ¡Cómo te extraño!

Una vez que pronunció aquellas palabras, empezó a llorar a moco tendido. Sus sollozos, su llanto se esparció por toda la casa, llenando la inmensa soledad y calma que en ella se sentían. Las lágrimas le surcaban una y otra vez las mejillas, sin que a Katsuragi le importara, yéndose a estrellar sobre la madera de la que estaba construida la mesa. Quería desahogarse, sacar todo lo que tuviera dentro, vaciarse por completo, por lo menos hasta la siguiente vez. Casi disfrutaba de aquella sensación, con un extraño placer. Sabía que después de aquel valle de lágrimas, se sentiría muy bien, recobrada. Pero mientras tanto, sufría, sufría cómo los seres humanos lo hacen.

Pen-Pen, a su lado, observaba el dolor de su dueña, sin entender qué era lo que pasaba, y cómo hacer algo para ayudar en algo. La miraba con extrañeza, pero sólo eso hacía. No podía ofrecer palabras de consuelo, ni apoyo alguno, nada de eso. Sólo estaba ahí, para presenciar la escena. Pen-Pen, testigo mudo de todos los dramas personales de aquella casa.

Misato continuó llorando un buen rato más, ante la vista atónita del animal.

Ignorantes del dolor que agobiaba a su guardiana, los niños continuaban sin ningún percance el camino al centro de enseñanza; Ikari caminaba despacio y sin prisas por la banqueta, escoltado por los dos amigos. Ya ni siquiera escuchaba sus constantes quejidos y lamentos, sus pataleos de ahogado. Concentraba la vista en el camino, que se abría ante él en tonos grises pálidos y azules claros. El asfalto frío de la ciudad se unía por una leve línea (el horizonte) con el azul brillante del firmamento, formando así una curiosa dicotomía. Cielo y Tierra. Tan lejos y tan cerca el uno del otro. Y no obstante, compartían un lazo en común, algo que les impedía separarse por completo. Hipnotizado por la escena, haciendo un profundo análisis, casi no se daba cuenta que debía hacerse a un lado, para dejar pasar a ese repentino bólido, hasta que casi lo atropella. Apenas si se alcanzó a tirar pecho a tierra para evitar el encontronazo. Desde allí, sólo alcanzó a visualizar a Rivera, quien volteando hasta donde se encontraban, sacó la lengua, pronunciando un “Bip, Bip” y prosiguió con su carrera, ante la mirada atónita de todos los transeúntes.

—Exhibicionista— musitó Shinji, enfadado, viendo cómo el muchacho se perdía de su rango visual, a lo lejos.

La siguiente vez que lo encontraron, ya fue en la escuela, en su propio salón. Él ya estaba cómodamente instalado en su pupitre, con las piernas recargadas en otro. No podía quitar esa sonrisa de su rostro cuando los tres entraron por la puerta, y lo observaban, impávidos, rencorosos.

—¿Porqué se tardaron tanto?— les interrogó burlonamente.

No obtuvo respuesta. Los demás decidieron ignorarlo por el resto del día.

El tiempo continuó su imparable marcha, cómo la de una aplanadora. ¿Cuántas vidas había visto ir y venir desde que inició su andar? Para él, cada una de ellas debió durar un suspiro. Tantos y tantos suspiros, tantos cómo estrellas y cuerpos celestes en el universo, en el espacio infinito. Otro aspecto más de Él que se encontraba en su creación sin fin. Pero estaba tan solo, sin nadie que pudiera correr a su lado. Dieron las once de la mañana.

La horda de infantes que plagaban las instalaciones se dio un suspiro, abandonados a su suerte momentáneamente por sus maestros, mientras salían a atender a los padres de familia recién llegados. Libres por un rato del yugo opresor del estudio incesante, de la fábrica de mano de obra del Estado, disfrutaban lo mejor que podían los pocos ratos de esparcimiento que les quedaban. Sin preocupación aparente que los embargara, todos sentían el avasallador paso del tiempo en ellos, unos más que otros. Hoy, eran jóvenes, fuertes e idealistas. El mundo estaba a sus pies, y no había nada que no pudieran hacer. Mañana, serían hombres, y tendrían que redituarle a la sociedad, ese sagaz monstruo siempre hambriento, a esa creación humana, todo lo que había invertido en su entrenamiento, tendrían que estar encadenados a ella por el resto de sus días. Y además, tenían que asegurarse de engendrar futuros trabajadores que tomaran su lugar, para seguir alimentando a la criatura, siguiendo con el ciclo hasta quien sabe cuando. Nadie lo sabía. Ya había sobrevivido a varios holocaustos. El tiempo corría. Y tenían que vivir la poca vida que les quedaba intensamente. Todos ellos, menos Kai, quien se encontraba castigado afuera del salón, producto de otro de sus muy comunes desplantes para con la autoridad. Le obligaban a cargar dos cubetas llenas de agua en ambos brazos, los cuales tenían que estar extendidos a los lados; y como una medalla, cargaba con una humillante leyenda que decía: “Me castigaron por insultar a mi profesor”.

En cambio, Toji y Kensuke se dejaban arrastrar por la corriente, para que los llevara hasta donde ella lo quisiera. A veces era el mejor modo, que gastar en vano energías al luchar contra ella, cosa que era casi imposible; y aquellos que lo hacían, y lo lograban, eran los considerados héroes, y eran exaltados por encima del montón, y por siempre recordados, mientras aún hubiera Historia.

Cómo si de un importante evento se tratase, desde temprano ya estaban apartando su lugar, adivinando el bullicio y el tumulto que pronto se suscitaría. Esperaban tranquila y pacientemente su llegada, junto a la ventana, sentados en sus asientos para no cansarse. De un momento a otro tendría que llegar. Su compañero comprobó lo poco que conocían a Katsuragi. Ella siempre llegaba con retraso a todos sus compromisos.

Esperaron cerca de media hora, desde las diez con cincuenta minutos de la mañana. Y a cada segundo parecían desesperarse más y más. Creyeron que Ikari los había engañado, infundándoles al par falsas esperanzas, y que la mujer jamás vendría a la sede escolar. Los dos lo rodearon, sin darle salida de escape, y la situación se tornaba peligrosa para la integridad física del muchacho.

Pero antes que pudieran hacerle ó decir algo, se oye un repentino frenar de neumáticos, característico de la invitada, que a Shinji le sonó cómo salvación. Sin perder tiempo, señala la ventana que daba vista al estacionamiento, y anuncia la llegada de su tutora. Desconfiados, los chiquillos se asomaron por donde les indicaban y efectivamente, del auto ven salir a la despampanante mujer, con sus medidas casi perfectas y su ajustada ropa. En todo el tiempo que duró su contemplación, no cerraron por ningún motivo la boca. Hasta el muchacho que vivía a su cuidado quedó asombrado, perplejo de lo hermosa que podía ser la militar. Embelecido con la belleza femenina encarnada en una sola persona. Sus movimientos parecían todos que se daban en cámara lenta. Su larga cabellera lacia, negra, retozaba en la espalda y terminaba en su cintura, moviéndose cómo si tuviera vida propia cada vez que daba un paso. Qué decir de sus piernas largas, con los muslos con las curvas tan pronunciadas, tan peligrosas para el viajero distraído, todo ello regalo de la corta falda que tenía embarrada en las pronunciadas caderas, que a pesar de la mortaja en la que estaban envueltas, podían distinguirse tan claramente cómo el fondo de un vaso de vidrio, cuando éste se encuentra lleno de agua común. Ni qué decir de su cintura de avispa, tan pequeña que hasta se antojaba posar las manos allí para retener a esa Venus mortal, aún si fuera en contra de su voluntad y poder reposar la ingle en esas nalgas tan imposiblemente perfectas, tan redondas y tan delineadas. Cómo alabar ese torso, inaudito poder describir con palabras aquellos pechos, esos senos tan levantados y firmes. Parecían unas frutas prohibidas que no se podían ni debían tocar, cómo las que comió cierto antepasado común. Cómo describir ese par de labios, rojos y carnosos, los cuales cualquier hombre moriría por llegar a beber de su néctar, saborearlos en su propia boca. Su rostro, aún joven y sin rastro de arrugas. Sus pómulos redondos y salientes, coloreados por el maquillaje. Lo único que negaba al mundo era el observar los dos luceros de sus ojos, ocultándolos con sus gafas oscuras. No quería que nadie se percatara que los traía hinchados, rojos por tanta lágrima que había derramado. Pero no era gran problema. En esos instantes, quizás eran sus ojos lo último que querrían admirar todos sus espectadores.

Intrigados por la asidua atención con la que se asomaban al exterior, los condiscípulos del trío los acompañaron, esperando averiguar que era lo que había allá afuera que los tenía tan absortos. La voz se corrió deprisa, por todo el recinto, cómo pólvora. En el acto, todos los varones estudiantes se encontraban pegados al cristal de la ventana, en ocasiones hasta luchando por un lugar en ella. No podían creer lo que sus mismos ojos estaban viendo en esos instantes, tan real cómo cualquier otra cosa que les hubiera pasado. Pero también parecía un sueño; la mujer que admiraban y contemplaban se movía cómo si estuviera en uno. Flotando entre nubes, rodeada de un halo de luz intenso. Su inaudita belleza calaba, amenazaba los cimientos de la razón de los jóvenes. Pronto, el espectáculo no sólo se limitó a esa aula en especial. El escándalo y estrépito que emitían los compañeros de Ikari traspasó los muros del salón, hacia donde estaban sus vecinos, y de igual modo éstos hicieron lo propio con sus aledaños. En un parpadeo, todos los estudiantes de ese edificio se encontraban pegados a los ventanales, alabando a aquella diosa de la belleza y del amor encarnada. El furor que ocasionaba la mujer era enorme. Todos los murmullos y las alabanzas, los chiflidos y los gritos de deseo y angustia se fusionaban en uno solo, semejando a un vendaval. Sabiéndose observada, Misato sonríe con una cruel malicia, y empieza a contornear aún más su figura, a balancear con más ritmo sensual sus caderas, de lado a lado, y a caminar aún más lento para alargar la agonía de los muchachos, quienes con cada movimiento suyo enloquecían gracias a su sexualidad naciente, que burbujeaba en su interior, quemándolos, calándolos horriblemente. En aquel momento, la mujer los tenía en la palma de su mano. Y lo disfrutaba, consciente de todas las pasiones que desataba en los juveniles corazones. Gozaba, cómo sólo saben hacerlo las mujeres, al manipular la razón y la voluntad de un hombre, aunque éste estuviese apenas comenzando a utilizar su aparato reproductor. Cuando su cabello comenzó a estorbarle, y aún si no lo hubiera hecho, con la mano lo empujó hasta su espalda, para acto seguida estirar el cuello y levantar la mirada hacia la jauría de párvulos jadeantes y hambrientos de su físico. Al reconocer a su protegido, apretujado por la muchedumbre, levantó la mano, saludándolo enviándolo un beso. Aquello alborotó aún más al montón de muchachos, pues cada uno creía que era a él a quien iba dirigido ese beso.

—¿Vieron? ¡La traigo loca!

—¡Tu madre! Yo soy el único al que ama.

—¡Qué buena estás, preciosa!

—¡Quiero, quiero!

—¿A qué hora sales por el pan?

—How much?

—¡Hazme tuyo por siempre!

—¡Bendita la verga que la llene!

Comentarios aún más ofensivos que éstos retumbaban en las instalaciones, proferido a toda voz por los enloquecidos chiquillos, con la esperanza que la beldad de cabello negro pudiera escucharlos, reconocerlos. Pero si lo hubiera hecho con uno de ellos, lo más probable es que éste se hubiese desmayado de la impresión.

—¿Quién es la muñeca?

—¿No lo sabes? Es la mamá de Katsuragi.

—Siempre he dicho que soy el padre de ese imbécil.

—¿Perdón? ¿Me hablabas?

Al reconocer la voz, todos los infantes se paralizaron del terror. De reojo, el interrogado lo volteó a ver. Estaba de lado, con su mano haciendo de bocina, cómo si no escuchara bien. Al corroborar de quién se trataba, el muchachito pareció desvanecerse cómo fantasma, palideciendo al extremo. Casi se podía mirar a través de él.

—¿K- Kai?— tartamudeó, presa del miedo.

—¿Qué no se supone que estás castigado?— le preguntó otro más, que estaba hasta el otro lado del cuarto.

—¿Ves a algún maestro por aquí? Además, ustedes, niñas, hacían tanto barullo que quise venir a ver quien se las estaba cogiendo.

—Pero sabes muy bien que todo lo que dijimos es broma.

—Me parece que se me olvidó desde eso de “Bendita la verga que la llene”.

No dijo ni una palabra más. Con su mirada esmeralda, atizó a la muchedumbre de chiquillos. Éstos, agitados, empezaron a moverse sin dirección de un lado para otro, todos confundidos y espantados. En lo único que pensaban era en alejarse lo más posible de Rivera. Pero estaban confinados al salón de clases. Eran ovejas sin pastor, moviéndose cómo una masa tonta por todas partes.

Paladeando el temor que infringía en sus corazones, el cazador comenzó a actuar con insólita frialdad. Empezó a rodear al rebaño, acechándolo, pero conjuntándolo, uniendo a los rezagados con los demás. Poco a poco comenzó a compactar el grupo, reduciendo su espacio paulatinamente, amontonándolos para que no pudieran escapar. Haciendo círculos alrededor, con la finta de aventársele al primero que se saliera del montón. Razón de más para que las presas se apretujaran más y más las unas a las otras. Presentían que el primero que quedara solo sería la primera víctima.

Una vez que estuvieron todos juntos, en el centro del recinto, y lejos de las niñas, que sólo estaban de testigos mudos en la cacería, el agricultor recogió el producto de su cosecha. Sin previo aviso, y cuando nadie se lo esperaba, el depredador se abalanzó sobre el ganado, dispersándolo en el acto. Al primero que agarró fue al que bendijo al órgano que habría de introducir el semen en la vagina de su madre adoptiva. A éste lo lanzó por los aires, con una llave de judo, haciendo que se estrellara estrepitosamente en el piso, cortando por completo su ritmo respiratorio. La próxima vez lo pensaría mejor antes de alabar genitales. Los demás sólo recibieron unas bofetadas que se antojaban un poco suaves y consideradas, tomando en cuenta la constitución del atacante. A los que corrían los tacleaba por la espalda, arrastrándolos por el suelo, sin darle oportunidad a nadie de que escapara hasta que él así lo decidiera.

Los que estaban fuera de la contienda, sólo divisaban la confusión de la masacre. Los gritos de clemencia de los chiquillos resonaban en las paredes, sin nadie que pudiera atenderlos. Los vecinos estaban bastante ocupados adorando a la causante de la tragedia de aquellos desdichados. Sus compañeras, sentadas todas en conjunto, se compadecían de ellos, cruzando los brazos, pero sin hacer nada para socorrerlos:

—Pobres diablos.

Y una vez más comprobaban la supremacía de Rivera sobre los demás, aumentando su admiración por el extranjero.

Shinji sólo alcanzaba a ver una humareda desde donde estaba, y lo único que le indicaba qué era lo que pasaba en aquel caos tan desordenado eran los atronadores lamentos de los infelices que estaban involucrados en la revuelta. Sólo él, Toji y Kensuke habían escapado del ajuste de cuentas de su compañero. Sentados uno al lado del otro, observando todavía el deambular de la mujer causante de tantas desdichas, Suzuhara, sin quitarle los ojos de encima a la japonesa, le susurró en el oído a su confidente:

—¿Ahora lo ves? Te dije que nos iba a ser de utilidad hacernos sus amigos.

El muchacho asintió, con un monosílabo, concentrándose completamente en enfocar con su cámara de video portátil toda la andanza de su amor platónico por el colegio. Una vez que ésta desapareció de la vista, internándose en el edificio de a lado, el chiquillo se aseguró que todo se hubiera grabado, hasta el más ínfimo detalle. Junto con sus dos amigos, revisó y evaluó su trabajo final. Descontando la innegable belleza del tema de la grabación, el ángulo en que la había captado era bastante bueno, y la nitidez de la imagen lo era también. Él lo desconocía, pero un corazón de cineasta de gran prestigio palpitaba en su interior.

Mientras tanto, de seguro las copias de su obra se venderían bastante bien. Ya comenzaba a pensar en todo ese dinero extra, y en qué lo iba a gastar. Su inseparable compañero, cómo socio de la tercera parte de las ganancias, de igual modo imaginaba y hasta contaba el dinero que sería recaudado, mientras se frotaba ambas manos con un gesto de codicia en su cara.

Ikari los dejó divagar y perderse en sus locos planes. Se volvió hacia el lugar del conflicto, y alcanzaba a divisar a Kai entre tanto barullo y chicos que querían alejarse de él a toda costa. Luego, dirigió su mirada hacia donde se encontraban sus compañeras de clase, que de la misma manera contemplaban la carnicería, cuchicheando entre ellas, seguramente enalteciendo al ya de por sí inalcanzable joven piloto. Qué tan fácil, se puso a reflexionar el infante, qué tan fácil le hubiera resultado a su camarada, en aquellos días, quitarle el mote de “señorita” a cualquiera de esas chicas, si no es que a todas ellas. Y quizás, hasta juntas. De un cierto modo perverso, lo envidiaba. Podía hacer tantas cosas que él nunca podría realizar. Tenía tanto poder y tanta influencia sobre quienes le rodeaban. Todo siempre le salía bien. Todo le resultaba bastante fácil. Nació superdotado. Jamás se tuvo que esforzar ni tantito en aprender todos los conocimientos que poseía. Nunca hacía tareas, pero sin embargo, en todos los exámenes aprobaba con la máxima calificación. Ni qué decir de su desempeño físico. Todos lo admiraban cuando demostraba sus habilidades para casi cualquier deporte. Las niñas enloquecían con cada gesto suyo, los chicos lo respetaban. Tenía tanto, ¿y en qué era en que lo utilizaba? En dormitar casi toda la clase. Todo lo que representaba no le importaba en lo más mínimo, ni hacía nada para sacarle provecho.

Del mismo modo en que lo envidiaba, también lo detestaba. Siempre perfecto, siempre sabio y fuerte, joven y saludable. Lo que daría por ser cómo él. Por tener todo lo que él tenía. Qué cosas tan maravillosas realizaría con todos esos poderes, esos dones. El tipo de poder que tenía Rivera era el que siempre había anhelado, desde aquella infancia tímida y solitaria. Quizás, cuando lo veía, miraba en lo que pudo haberse convertido, de haber tenido un hogar estable, sano y feliz. Con una mamá y un papá que lo amaran y lo formaran, con toda una base educacional debajo de él. Era eso lo que más le enardecía.

Ignoró a las pequeñas hembras, para peinar el resto del salón con los ojos. Buscaba algo en específico. Allí estaba ella. Tan callada, quieta y distante como siempre. Con sus pupilas carmesí clavadas en ninguna parte, en su trance tan adorable. Su cuerpo se encontraba en su pupitre, pero su conciencia, su espíritu se encontraba recorriendo las estrellas y galaxias más lejanas. Otro motivo para odiar a Kai. El payaso tenía cómo su novia a la joven más hermosa y más seductora que hubiera visto jamás. La deseaba con cada fibra de su ser. Ya casi no dejaba de pensar en ella desde aquella primera vez que le sonrió. Sólo eso bastó para que controlara por completo su voluntad, sus más íntimos anhelos. No, no era cierto, La amaba aún antes de conocerla, cuando tuvo esa visión de ella en la estación del tren, a su llegada al Proyecto Eva. Desde entonces, ese fantasma había invadido sus sueños. No descansaría hasta que la poseyera, cómo su padre ó el mismo Kai. Kai. Su nombre, no importaba en qué, siempre salía a relucir. Aparte, el maldito era el único con el que se sinceraba Ayanami, el único que la conocía tal y cómo era, y no a esa fachada que proyectaba al exterior, para defenderse. Cuantos de sus más secretos pensamientos y sentimientos le habrían sido revelados. Cuantos gestos, cuantas sonrisas, cuantas miradas amorosas le habría dirigido, le habría obsequiado aquella deidad. Hubiera dado lo que sea, con tal de que tan solo una de esas miradas hubiera sido para él, tan siquiera una suave caricia de ella se posara en su piel.

¿Y qué era lo que hacía el afortunado dueño de tantos y tantos valiosísimos obsequios? Lo que hacía con todo lo que tenía: desperdiciarlos. Cuando no estaban a solas, siempre la ignoraba, la rechazaba, la negaba. Renegaba de tan encantadora muchacha, y la desdeñaba cómo muñeca rota. Se le antojaba hacerse de una silla, la que tenía a su lado, dirigirse al centro de la reyerta, hacia donde él estaba, levantarle en todo lo alto, y romperle con ella el cráneo por completo. Y seguir ensañándose con él, hasta que ya solo quedara una mancha ensangrentada embarrada en el piso. Se le adelantaron. Alguien más ya lo había intentado. La silla se estrelló en el piso, sin dar en el blanco. No le había costado la gran cosa a Rivera desarmar a su atacante. Y en cuanto a éste, tampoco fue mucho trabajo encargarse de él. Antes que se pudiera dar cuenta, ya estaba doliéndose en el suelo. Shinji no dijo nada, y solamente tragó un poco de saliva. Dejó de tentar el respaldo del asiento a su lado.

De nuevo se concentró en Rei. Ahora, había abandonado su estado estático, y observaba la riña, de la cual su pareja era protagonista. Ikari esperaba ver en su mirada los mismos destellos que iluminaban la de las demás chicas. No era así. En cambio, parecía cristalina, con una expresión aún más triste y melancólica de lo acostumbrado. Parecía que estaba a punto de desbordarse en lágrimas. Sus labios temblaban, al mismo tiempo que su tristeza se hacía más y más evidente, rebasando los límites de su cuerpo e impregnando con ella todo el cuarto, al grado que hasta sus mismas condiscípulas se habían dado cuenta de su inusual estado de ánimo. De hecho, era el primer estado de ánimo que tenía Rei, la bella silenciosa, cómo la llamaban. Su compañero se preguntaba porqué, si siempre había sido a la inversa. Rivera siempre la rescataba de su taciturnidad, sí, pero para bien. Nunca la había visto así. Ignoraba que su amigo y ella habían tenido una fuerte discusión, por primera vez desde que se conocieron, se enamoraron y se amaron. Pero eran muchas las cosas que el joven Ikari ignoraba del mundo que le rodeaba y giraba a pesar suyo.

—Eh, Kensuke— pronuncia Toji, sacando a su otro compañero de sus reflexiones en el proceso —Tenemos suerte que Shinji sea un bebé, ¿no? No es mucha competencia para nosotros.

—Ajá— asiente el muchacho, moviendo la cabeza —Definitivamente, está fuera de la carrera.

Por un momento, el aludido pensó que se encontraban hablando de Rei, por que era en eso en lo que estaba pensando en esos momentos. Pero después recordó a la capitana Katsuragi. “Cómo se nota que ni la conocen” pensó enardecido de la excesiva y obsesiva actitud del curioso par.

—Una chica cómo Misato bien podría ser mi novia— continuó Suzuhara conversando con su acompañante, bastante emocionados los dos.

—Yo que tú, mejor esperaba sentado— participó Ikari de una vez en la plática.

—Muy bien, señor— pronunció el otro joven, tomándolo de los hombros y sentándolo —Tú cuida de la paz y la Tierra...

—Nosotros cuidamos a Misato— complementó Aida, en complicidad con su compañero, mientras los dos chocaban las manos en lo alto.

El infante ya no dijo nada. Resignado, lo único que le quedó fue reconocer la sincronía de aquellos dos.

—Unidad 01 comenzando sincronización con el piloto.

Envuelto, rodeado de aquel tibio y espeso líquido rojo, Shinji hizo caso omiso de la fría voz en el receptor de audio. Se sentía tan bien en su cabina, siempre y cuando no tuviera que trabar un combate. Tan relajado, y tan libre de preocupaciones. Con sus ojos cerrados, deleitaba la sensación de poder inhalar y exhalar oxígeno dentro de aquel caldo. Aquellas ocasiones le permitían seguir meditando. Aún resonaban en su mente las palabras de los muchachos. No tenían idea de lo que hablaban, y no obstante, lograron dar en un punto clave, en sus incursiones a ciegas.

“La Tierra y la paz” pensaba “Uso a Evangelion para su seguridad. Pero, ¿Qué es Eva, en realidad? Y está toda esta sustancia, impregnada con el olor a sangre. Y alguien llamándome dentro de la cabina. Nada. Eso es todo lo que sé de este relajo: nada.”

Quiso callar la voz que lo llamaba, que le decía por su nombre. Parecía no venir de ningún lado, ó más bien dicho, de todas partes de la cabina. Apenas si la escuchaba. Cómo un suave murmullo, parecido al de una ligera llovizna. Y aún así, aunque no pudiera determinar por medios convencionales su localización ó su procedencia, de todas maneras la sentía íntima, cercana, lo que es más: muy familiar. Desde hacia varias semanas que la oía, pero no quería revelárselo a nadie, por temor a que descubrieran que muy posiblemente se estaba sumergiendo en la más abismal locura. Desde un principio intentó ignorarla, convencerse de que era resultado de su imaginación, y con esa confrontación con la realidad, así se negaría y se desvanecería por completo. Pero no le había dejado muchos resultados. Ahora mismo luchaba internamente por convencerse que no era cierto que alguien lo estaba llamando, en un tono cálido y conciliador, tranquilizante, casi somnífero. Sentía cómo con cada día que pasaba su cordura se iba desmoronando y cayendo en fragmentos a sus pies. Pero él no quería estar loco. Tal vez era demasiado tarde. Buscando refugio en su incertidumbre, recurrió a su amigo. Volteó al frente, hacia donde estaba la Unidad Z. Allí, en el interior del casco del robot, y en la misma cabeza de éste, se encontraba realizando el mismo ejercicio que él. No muy convencido, tomó el radio entre sus manos, listo para comunicarse con él. Aunque horas antes estaba considerando el matarlo, ahora al único que podía acudir era a Kai. Sólo él podría ayudarlo. Pero, ¿y si no era así? Era un hombre de ciencia, un investigador, un médico. De seguro de inmediato lo catalogaría de demente y lo mandaría a encerrar bajo llave. Antes de que pudiera emitir una sola palabra, ya había depositado el aparato en su lugar, arrepentido y temeroso. Cansado, sólo se dejó llevar por el melodioso tono de quien lo estaba llamando. Se reclinó en su asiento, y volvió a dejar caer los párpados, dejándose llevar por la corriente, volviendo a su punto máximo de relajación, bordeando la iluminación.

“Maldita sea. Qué gacho hiede el LCL. Si tan sólo pudiera colgar uno de esos pinitos aromatizantes” se decía a sí mismo Rivera, mientras se tapaba la nariz con los dedos, en señal de repulsión. Quería seguir distrayéndose en algo, ocuparse de cualquier cosa, por insignificante que ésta resultase. No quería estacionarse, no quería quedarse sin hacer nada. Y es que sólo si se mantenía ocupado la mayor parte del tiempo evitaría pensar en sus penas personales.

Pero no estaba funcionando bien. Poco a poco se iba quedando sin pretextos para poder distraerse en pensamientos ociosos. Las cáscaras de su consciente caían al suelo una detrás de otra desnudando por completo a su subconsciente, con todo y su tormenta interna. Le disgustaba confrontarse con sus pensamientos más íntimos, poner en duda su juicio personal; no quería admitir que se había equivocado en algún punto de su vida, ó de que en ese mismo instante estuviese haciendo erróneas decisiones. Que todo en lo que siempre había creído estaba mal, no existía. Si lo hacía, negaría entonces su propia personalidad, todo lo que lo definía, y se precipitaría a un abismo del que no había regreso.

No es justo. No es justo. No es justo. Era lo que tenía en mente, repitiéndolo hasta el cansancio. Luego de tantos y tantos baches en el camino, no era posible que a una cuadra antes de llegar a su destino, las llantas del carro reventaran. No era posible que, ahora que su relación con Rei parecía ir viento en popa, de repente todo se lo llevara el demonio. ¿Cómo permitió que todo el asunto se le escapara de las manos? Creía tener todo bajo control, y cuando bajó la guardia, le comieron el mandado. Y ahora tenía que vivir noche y día con este tormento interno que le calaba las entrañas, lo devoraba por dentro, carcomiéndolo hasta dejarlo vacío. La débil y delgada cuerda en la que colgaba y se aferraba al piso se reventó de pronto. Todo el mundo entero pareció desmoronarse en pedazos, quebrarse cómo un cristal roto dejando pedazos de todos tamaños por doquier. Esos pedazos lo cortaron y desgarraron por completo sus carnes. Sintiendo que le iba a explotar, sujetó fuertemente su cabeza con las manos, apretando fuertemente los cabellos que habían quedado entre sus dedos. ¿Porquéporquéporquéporquéporquéporquéporquéporquéporquéporquéporquéporqué?

¿PORQUÉ?

Su grito agónico, ronco, que le raspó horriblemente la garganta y debilitó sus cuerdas vocales, quedó encerrado, atrapado en la cabina del gigantesco robot, encontrando un magnífico eco que se propagaba con rapidez gracias al fluido en el que estaba envuelto todo el compartimento. Nadie más pudo escucharlo, allí, destinado al confinamiento. Sólo su autor era su único testigo, oyéndolo a unos segundos después de haber sido regurgitado.

—El ritmo cardíaco del Segundo Niño de pronto se incrementó notablemente. Parece estar sufriendo un colapso nervioso.— pronunció Maya, al ver los datos que aparecían en su consola, comunicándoselo a su superior inmediato, la doctora Akagi.

—Sí, era de esperarse— le respondió ésta, casi sin darle la debida relevancia al asunto, cómo si de antemano supiese la causa que lo originó, y también esperase sus consecuencias, previamente avisada —Borra el registro de la bitácora de la máquina— le ordenó descaradamente, cruzada de brazos, con la vista bien fija en la Unidad Z. “Esto fue sólo una muestra, mocoso” pensó, al mismo tiempo que esbozaba una discreta sonrisa en sus labios “La próxima vez, no sabrás ni qué te golpeó”. Si hubiese estado ahí sola, hubiera reventado. en carcajadas, motivada por el triunfo. Pero cómo ahí se encontraba Ibuki, decidió sólo reír por dentro, deleitando secretamente el sabor de la victoria sobre su enemigo caído.

Cómo tremendas descargas eléctricas, sacudiéndolo por completo, así acudían los recuerdos a su torturado cerebro. Una feroz tormenta eléctrica que se abatía impecable en su ser. Y todos los rayos que cortaban el firmamento le daban a él, que actuaba cómo un pararrayos humano. Uno tras otro lo siguieron golpeando salvajemente, hasta dejarlo indefenso, tendido en el lodo, sin la más mínima idea de qué hacer. Quería arrancarse su corazón, y patearlo lejos de ese lugar, para no volverlo a ver jamás. A lo mejor sólo así se iría también el dolor. Se revolcaba de un lado a otro de su cabina, sin que no hubiera nadie allí que pudiera socorrerle en esos difíciles instantes. Notándolo, el joven se dio cuenta que sólo él podía ayudarse. Recordando todos sus entrenamientos, se dejó caer en su asiento, recostándose y acomodándose lo mejor que podía. Respiró profundo, inhalando por la nariz, exhalando por la boca. Paulatinamente se fue tranquilizando, a la par que aplicaba distintas terapias de relajamiento. No los dejes ganar, no los dejes ganar, así es cómo te quieren ver esos malnacidos, pero tú no les vas a dar el gusto. No te dejes vencer, continúa en la carrera. Trataba de darse ánimos, para cultivar el optimismo en su interior. Todo su semblante se normalizaba, retornando a la habitual tranquilidad. La tormenta ya había pasado. Continuaba respirando hondo. Marcando ritmo. 1, 2. 1, 2. 1, 2. 1, 2. 1, 2. 1, 2.

Tranquilo al fin, reconoció que luchar con sus impulsos no iba a resolver nada. Se desvaneció en la paz que reinaba en el interior de esa cabina.

¿Pero qué era lo que le agobiaba tanto? ¿Qué oscuros espectros lo acechaban en las noches de sus sentimientos? ¿Qué ardiente llama lo quemaba en el interior?

Los crisoles de su agonía se habían forjado apenas un día antes. En el seno de su recinto de amor, en donde, curiosamente, era donde se sentía más a salvo.

El fresco verde del enorme y viejo roble los resguardaba del calante sol primaveral. La atmósfera que se respiraba, tibia y tranquila, con ese hermoso paisaje a sus pies, con la negra estructura de la ciudad por allá, en el horizonte, invitaba a dormitar allí mismo, tendidos en el húmedo pasto, con las gigantescas ramas del árbol extendiéndose en el firmamento azul.

En efecto, el sopor y la abundante calma típicas e inherentes del lugar, tenían en la lona a Rivera. Sólo se afianzaba de Ayanami, rodeándola con los brazos, mientras ésta recargaba su espalda contra el pecho del joven, y a la par él hacía lo propio con el ancho tronco del antiguo roble.

Soñaba con la gente de los caballitos de madera, cuando comían pays. La chica de los ojos de caleidoscopio lo saludaba, cuando de repente, la banda dejó de tocar.

—¿Kai?

La dulce y encantadora voz de la chiquilla, aún susurrando, lo hubiera sacado de inmediato de un coma. No fue la gran cosa expulsarlo de la tierra de los sueños, cuando tomaba su siesta ligera. La inquisidora mirada carmesí de la muchacha, con ese gesto de confusión y curiosidad en su máscara era la imagen perfecta para despertar. Admirando su angelical belleza, el adolescente sonrió lleno de ternura y de amor. No obstante, todo lo que sube, tiene que bajar, y en los consecuentes minutos él experimentaría una caída libre desde la nube en la que se encontraba.

—¿Para qué querían hablar contigo los federales?

La pregunta lo sacó de balance. Para poder recuperar el equilibrio, liberó a la cautiva y se puso de pie, bostezando y desperezándose por completo.

—¿Y tú cómo te enteraste de eso?

—Todos en el Cuartel no hacían más que hablar de eso. Pero aún no me contestas.

—¿Y porqué la curiosidad, pregúntome yo?— interrogó con cierta inseguridad, presintiendo los rumbos que estaba tomando la conversación.

—Nomás por que me interesa todo lo que tenga que ver contigo.

Aquella respuesta lo dejó indefenso, sin argumentos para seguir resistiéndose a las constantes preguntas de su novia. Se encaminó al pie de su guarida contra el calor, a donde estaban encimadas sus mochilas una de otra. Mientras esculcaba la suya, buscando por algo, le contestó, sin atreverse a voltear a verla.

—Pues verás... — pronunció en un tono seco, áspero, cómo si aún no se decidiera por completo — Al parecer, les gustó tanto el concepto de los robots gigantes, que ya se quieren copiar la idea. Ahorita andan en un proyecto que ellos llaman el “Jet Alone”, básicamente es un autómata ahora sí completamente mecánico, dirigido a control remoto, lo que representa cero riesgos para su operador. Esa es la meta, en estos momentos el “Jet Alone” se enfoca solamente a la fuente de energía que requeriría una máquina de esas dimensiones y para que realice todas las funciones que pretenden; lo que ellos están haciendo es diseñar una especie de reactor nuclear para que sirva de pila al juguete ese.

—¿Entonces?

—Bueno... — vaciló, rascándose la nuca —Para lo que me ocupan es para diseñar el resto del armatoste, con las especificaciones generales que me dieron de su batería nuclear. Y fíjate que no me parece tan descabellada la idea, después de un rato de estarlo meditando. Creo que un reactor nuclear ambulante es muchísimo más seguro que los Evangelions, aparte que ya te dije que funciona a control remoto, así no tendríamos que estarnos partiéndonos la madre en cada salida— encontró la libreta que estaba buscando, y sacando de ella varios apuntes y bocetos los sostuvo en sus manos para que Ayanami pudiera observarlos con claridad, sin animarse a dárselos —De hecho, ya tomé la decisión, y voy a darle todo mi apoyo al proyecto, mira, ya hasta tengo algunas ideas para el diseño. Tengo algo en mente, ya lo verás cuando lo desarrolle bien, se llama Gigantor ó a lo mejor le pongo Iron Man 28 (aunque no tengo ni idea de dónde diablos saqué el 28), hace de todo, hasta vuela. Y estoy pensando en una longitud de radio que pueda emitir para bloquear el campo A.T, creo que los datos que he sacado al construir a Z me pueden ayudar a lograrlo...

No pudo decir nada más. La muchacha, enardecida al extremo con cada palabra que salió de su boca, y aún más al notar la desconfianza que tenía para prestarle sus apuntes, no supo canalizar correctamente su ira, y de un manotazo limpio le tiró todos los garabatos al suelo, ante la mirada atónita de su pareja, escena que se congeló por un rato que parecía eterno. La veía, y no la veía cómo siempre lo hacía, cómo sólo él la conocía. En esos momentos observaba a la chica cómo todo el mundo siempre lo hacía. Alejada, distante, fría cómo el hielo, inmutable, casi cómo si no estuviera allí, parecía un fantasma. Aquella visión le destrozó el corazón.

Ante la incertidumbre de su compañero, la chiquilla, que pese a todo lo que se pudiera imaginar a simple vista, su interior era un caldero humeante (al parecer, más nuevas emociones ocasionadas directamente por Rivera, sólo que ahora en un polo diametralmente opuesto) declaró:

—Eres un maldito desgraciado— le reveló, con ese timbre de furia y rencor tan inusual en ella —¿Te has dado cuenta de lo que le pasaría al proyecto para el que trabajamos si te vas con los federales? La organización para la que trabajas retiraría los fondos económicos para meterlos a donde tú vayas. Todo por lo que tanta gente ha trabajado tantos años se iría al carajo en un dos por tres. Y toda la maldita ciudad con todo y los pobres diablos que aún quedan en ella también. ¿Pero te has puesto a pensar en ellos? No, claro. Tú sólo piensas en cómo chingarte al comandante, ¿no es así?

Los dientes de Kai rechinaron al chocar unos contra otros. En un instante más, sin hacer nada para impedirlo, el enojo ya había nublado también su entendimiento.

—Óyeme bien, mocosa imbécil, y que te quede bien claro— replicó, acalorando todavía más el ambiente —Todo este pinche asunto no se trata ni de espionaje industrial, ni de competencia entre empresas. Se trata de la supervivencia de la raza humana. ¿Me entiendes? Y a mí me vale un puto comino de quién se trate, yo siempre buscaré la manera más segura que ese propósito llegue a realizarse, y no nada más para estar mamando del presupuesto de las Naciones Unidad para andar financiando otros proyectos personales, que quién sabe y pongan en riesgo precisamente a la humanidad, nomás por ser un necio egoísta y obstinado, cómo lo hace tu amado comandante Ikari. Pero de una vez te digo: más vale que te vayas despidiendo de él, porque cuando le dé el visto bueno al proyecto japonés, Ikari y toda su pinche organización de maleantes van a caer. Y adiós Gendo, que te vaya bien.

—¡Pues yo también de una vez te voy diciendo que si lo haces, si de veras se te atreves a hacerlo, yo me voy junto con él, aún así sea a la chingada!

—¡¡Entonces, yo que tú, empezaba a empacar, y que te aproveche acompañar a ese bastardo a todas partes!! Que al fin y al cabo, fue él mismo el que te ordenó me vinieras a hacer todo este relajo, ¿ó no?

Había dado justo en el clavo. Rei vaciló un poco en sus argumentos, pero no quería darle la razón al muchacho, así que siguió defendiendo su punto de vista.

—¿Porqué lo odias tanto? ¿Porqué le tienes tanto miedo, tanta envidia? Después de todo lo que él ha hecho por todos nosotros...

—¡¡¡A mí no me vengas con esa basura!!!— aquél último comentario, sobre todo la parte final, llevó al extremo de la rabia al extranjero, y hecho una furia, abofeteó dos veces a la adolescente, una para torcerle el rostro, la otra para enderezárselo. —¡Ese malnacido hijo de perra no ha hecho absolutamente nada por mí! Él me quitó... me quitó...

La frase se le atoró en la garganta. Ya había dicho suficiente, y si hubiera continuado unos segundos más, se hubiera desembarazado de la pena más grande de su corta vida. Pero, además, entró cómo en un shock al percatarse de lo que acababa de hacer. Al contemplar el rostro enrojecido sobre la pálida piel de la muchacha, sintió asco de sí mismo, y no podía creer que había sido él, él que prodigaba amarla tanto, quien levantó su mano con saña en su contra. Las pupilas rojas de la chiquilla, clavadas en él cómo navajas, le hicieron resquebrajarse al confrontar la dura realidad. Habían terminado. Tan sencillo cómo eso. Y absolutam