| Por: Gus
Capítulo Nueve: La Creación Humana
La luz del crepúsculo se cuela por la ventana
del cuarto, y al atravesar el cristal ocasiona que
el recinto se torne de un color rojizo. En las paredes,
claramente se puede distinguir pintarrajeado el árbol
de la vida, parte de la cábala judía,
que entre muchas otras cosas se le atribuye la invención
del automóvil. Seguramente, el viejo lobo de
Ikari debió haberle encontrado algún
uso en beneficio de su proyecto. El diagrama abarca
desde el techo al suelo, reptando por las paredes.
En las sombras, el hombre respira con sigilo, atento
a todo lo que acontece a su alrededor. Sentado sobre
su confortante asiento de cuero, reclinable, con una
oreja pegada a la bocina del teléfono, escucha
con atención todo lo que le transmiten desde
el otro lado de la línea. Lo ponen al tanto
de los acontecimientos, de todas las movidas que se
suscitan en su contorno. El otrora investigador se
humedece los labios, y recarga su quijada en su puño,
mudo, absorto en todas las nuevas que le comunican.
Cuidadosamente, echando mano a su astuta y filosa
inteligencia, al momento de escuchar lo que pasaba,
también comenzaba a planear sus movimientos.
Previsor. Estratega brillante. Los años lo
habían curtido, le habían dado la suficiente
experiencia como para estar un paso delante de sus
adversarios. Cómo diría el populacho,
cuando ellos van, él ya viene de regreso.
Dímelo una vez más interrumpe
de tajo su meditabundez, al escuchar algo que hace
que campanitas suenen en sus oídos.
Ya se lo dije, estamos recibiendo un extraño
disturbio electromagnético. El radar lo ubica
en la Antártida, señor. Las lecturas
concuerdan con las de hace 15 años.
El semblante del japonés se frunce, denotando
gran preocupación, ó por lo menos, consternación.
Un escalofrío le recorre la espalda, y le hace
quebradiza la voz. Su sangre comienza a hervir, mientras
se siente colapsarse en sí mismo. Ah, sí,
el miedo. Nunca podremos extrañarte. Nuestra
condición humana nos tiene tan pegados a ti.
Fiel compañero, nunca nos abandonas, ni de
noche ni de día, desde el nacimiento hasta
la muerte. Viejo conocido, cómo te gusta zarandearnos
cada vez que la oportunidad te lo ofrece.
Con la mano sudorosa, Ikari sostiene el auricular,
mientras trata de sobreponerse. Con trabajos, pregunta:
¿Creen que pueda tratarse... de ÉL?
Aún no hay nada dicho, pero existen
muchas evidencias para aventurarme a decir que es
muy alta la posibilidad de que así sea.
De ser así, el plan podría sufrir
graves modificaciones.
El comandante toma una carpeta que se encontraba
en su escritorio, frente a él. Tiene una consigna
en la portada: Secreto clasificado. Gendo
la abre y observa su contenido; a simple vista no
se distingue muy bien qué es lo que dice, más
hay unas letras resaltadas en negro, que se distinguen
perfectamente: Proyecto de complementación
humana.
Tras darle una ojeada rápida, se toma un momento
para meditar y decidir la acción a seguir.
Después de unos cuantos instantes, finalmente
decide.
Bien responde éste, con voz segura
Vayan e investiguen todo lo que puedan. Con extrema
cautela. Deberán estarse reportando cada 12
horas, empezando desde que comiencen la búsqueda.
¿Entendido? Y sé que será muy
difícil, pero traten de evitar que el viejo
se entere, por lo menos el mayor tiempo posible...
Está muy bien. Otra cosa: fuentes fidedignas
aseguran que el gobierno japonés está
trabajando en un proyecto que planean presentar a
las Naciones Unidas. Por la mañana, mandé
un paquete al respecto, que espero haya recibido
el jefe lo abre, corroborando la versión de
su lacayo, para que éste pueda continuar De
tener éxito, es definitivo que nuestro subsidio
podría verse gravemente amenazado.
No te preocupes, ya me he encargado del asunto.
contesta Ikari, volviendo a tener la sangre fría,
y su característica seguridad y confianza.
También hemos recibido informes que
del mismo proyecto están haciendo numerosos
intentos de reclutar al joven Katsuragi en sus filas.
La férrea vigilancia que hemos mantenido sobre
el sujeto nos lo ha confirmado. De realizarse, también
representaría una gran amenaza para los intereses
de la organización. ¿Desea que procedamos
cómo de costumbre?
No te preocupes responde del mismo modo
el hombre Ya me he encargado del asunto.
La noche llega, poco a poco e inevitablemente. El
sol, viejo y agonizante, da su último suspiro
y desaparece por el occidente, por aquel valle de
la muerte y perdición. El reinado de las sombras,
el imperio de la oscuridad comienza y su dominio lo
abarca todo, tapando el firmamento por completo con
el ejército de sus innumerables estrellas.
Cada una de ellas esconde una historia, un misterio.
¿Cuántas habrá? Tantas cómo
el hombre pueda imaginarse. Los habitantes de la ciudad
en penumbras, temerosos corren y se apresuran a encender
su luz artificial, luz de los focos, lámparas,
televisores, y todo lo que pueda cortar las tinieblas,
que amenazantes se ciernen sobre de ellos. Huyen desmesuradamente
a esconderse en sus almohadas, en sus lechos en sus
aposentos, se desean las buenas noches
para después escudarse en sus sábanas
y bloquearse a sí mismos, y dormir, dormir
y no despertar hasta que la noche muera y el sol naciente
reine de nueva cuenta. Así, sólo quedan
en pie los espíritus chocarreros, que con tanta
urgencia solicitan la atención de los vivos,
seguir vivos en sus memorias. Ellos comparten el terreno
con los valientes, los decididos ó los que
sufren desesperadamente por el insomnio.
Todo ocurre sin ningún incidente, y la noche
da paso al día. Los que despiertan, con felicidad
notan que aún siguen con vida, que podrán
estar en el mundo por lo menos un día más.
Una noticia así debería persuadirlos
de disfrutar cada segundo de la vida intensamente,
cómo si fuera el último de su existencia.
Pero eso es mucha responsabilidad. Temerosos corren
y se apresuran a sus televisores, a sus autos, a sus
oficios, a sus escuelas, a todo aquello que pueda
escudarlos de la vida, y la mejor forma de hacerlo
es ignorarla, desconocerla. Despiertan del sueño
de la noche, para dormir el sueño del día.
Los jóvenes de la casa ya se han levantado,
listos a incorporarse a su labor matutina, la escuela.
Pero antes, necesitan un buen mantenimiento, cambiar
el aceite, tirar el agua sucia y recargar el combustible.
Shinji es un cocinero, y digo uno por que él
es el único que cocina, por lo que él
prepara el desayuno, por lo general. De no ser por
él, madre e hijo seguirían sobreviviendo
a punta de puras comidas pre-preparadas. Aunque hay
ocasiones sobresalientes, especiales, anormales. Cómo
ahora. Yendo contra su conducta habitual, Kai se ha
ofrecido amablemente, y voluntariamente, a hacer el
sustento alimenticio de la mañana.
Hasta Pen-Pen, el pingüino, los acompaña
diario en su desayuno. Profesa mejores modales en
la mesa que los dueños de la casa. En estos
tres meses que llevan de vivir juntos, la costumbre
hace que se imponga la rutina. Primero, los chicos,
y el pingüino, toman sus alimentos matinales.
Después Misato despierta, desperezándose
con un gran bostezo. Era algo lindo, bonito, poder
verla así, al natural, recién desempacada.
Aún sin maquillaje, despeinada y con lagañas,
era una mujer hermosísima. Cómo un sol,
irradiaba calidez a su alrededor, y eso era lo que
hacía que la gente se le prendiera. A pesar
de esa enorme pijama de dos piezas, que le colgaba
de todas partes, e impedía que se pudieran
apreciar sus sensacionales muslos, su magnífico
torso, su cintura de avispa, la belleza natural de
la hembra se las arreglaba para emerger a la vista
del ojo ocioso y observador.
Buenos días niños saluda
ésta, rascándose la axila y dirigiéndose
después a la cocina para apoderarse de una
cerveza en el refrigerador, que la toma en la mesa
junto a los muchachos, recobrando por completo la
conciencia. Un generoso eructo no se hace del rogar,
trepando desde su estómago, pasando por la
garganta para escapar por la boca.
¿No te tomas mejor un café?
le pregunta Ikari, con más tono de sarcasmo
que otra cosa.
Misato rehuye, moviendo la cabeza de un lado para
otro, con los párpados cerrados, cómo
si estuviera indignada.
Una mañana al estilo japonés
siempre empieza con arroz cocido decía,
enumerando con los dedos los platillos sopa
de miso, y claro ¡sake! para darle otro
buen sorbo al recipiente que tenía entre manos,
con más satisfacción y orgullo que antes.
El muchacho estaba dispuesto a cuestionar si era
válido comparar el tradicional vino con la
amarga bebida que ella estaba degustando, cuando,
saliendo de la cocina, Rivera los interrumpió
de improviso.
Traía una pañoleta blanca atada a la
cabeza, y estaba ataviado con un singular mandil del
mismo color, con la leyenda Kiss the cheff,
y en las manos cargaba una charola con el desayuno
ya listo para ser ingerido. La deslizó hasta
el centro de la mesa, ante la mirada curiosa e inquisitiva
de los comensales, que estaban en ascuas por averiguar
qué era lo que había cocinado aquella
mañana. Sin hacerlos esperar más, el
ahora atento muchacho develó su obra, mientras
las servía a ambos en sus respectivos platos.
Y una mañana al estilo mexicano
emuló a su guardiana en su anterior comentario,
sirviendo los mencionados alimentos empieza
con café de olla, frijoles fritos y, claro
no podían faltar ¡chilaquiles!
Los dos nipones se quedaron impasibles en sus asientos,
un tanto cuanto desconfiados, picando la comida para
asegurarse que ya no se movía. Kai, ignorándolos,
retiró la charola y se dispuso a lavar todos
los trastes y cazuelas que había empleado para
hacer y sazonar los energéticos matinales.
Decididos, ambos tomaron la resolución de
ingerir de una buena vez por todas los exóticos
manjares, humeantes, desafiantes, burlones, que tenían
frente a ellos. El café estaba algo fuerte,
pero bueno. Los frijoles, comibles. Los chilaquiles,
cómo su nombre lo indicaba, estaban bastante
picantes. Al poco rato les empezaron a salir lágrimas
de los ojos. A Katsuragi, más que a nadie le
beneficiaba aquello. Los humos, del calor de la enchilada,
le ayudaban a despejar los humos del alcohol mejor
que cualquier otro remedio casero.
Bueno, por lo menos no es tan picante cómo
esa torta ahogada que nos dio el otro
día, ¿te acuerdas? pronunció.
Preferiría no hacerlo contestó
el joven jamás tuve tantos problemas
para ir al baño.
Ajá corroboró la militar
Al parecer, el pepto se va a volver una tradición
aquí.
¿Además de la tuya?
¿Qué quieres decir?
¿Recuerdas a quién le tocaba
lavar los platos ayer?
¡Ay, de veras! exclamó,
dándose un golpecito en la frente, al percatarse
de su error.
Ahora sé por que a tu edad aún
sigues soltera.
Pues me disculpo si mis modales te ofenden
de alguna manera. pronunció despectivamente
Misato, mientras acababa con el contenido de su plato.
Aunque no lo admitiera, le gustó aquel desayuno,
y estaba dispuesta a repetir su ración.
¿Y también por ser tan floja?
respondió en tono de guasa su acompañante.
¡Oh, ya déjame en paz! prorrumpió
agobiada la dama, haciendo una mueca bastante curiosa
con sus labios.
A lado del comedor, en la cocina, pacientemente se
encontraba su pupilo, lavando la pila de trastos que
había en el fregador. El lavatrastes se había
descompuesto, y tenía que emprender la tediosa
tarea a la antigüita, con fibra y jabón
a la mano, tallando duro para poder remover toda la
grasa y el cochambre pegado a las ollas y sartenes.
Pero aún si no hubiera estado averiado el aparato,
hubiera obrado del mismo modo. Nunca había
sido amante de dejar que las máquinas hicieran
todo el trabajo; temía que el potencial humano
se desvaneciera, rodeado de comodidades, y dejar que
otros hagan lo que le corresponde, sin esforzarse
salvo por apretar un botón. Aún para
las tareas más sencillas. Se mostraba renuente
al movimiento que se había suscitado en los
últimos años del siglo veinte y primeros
del veintiuno, hasta la fecha. Tecnología de
la comodidad cada vez más vanguardista. Cada
día salía algo nuevo, listo para suplir
el esfuerzo que realizaba el hombre, sustituyéndolo
para las obras más tediosas, chiquiándolo,
amorrodándolo y dejando que se duerma en su
cómodo sillón, al observar el televisor,
sin hacer nada más con su tiempo libre ó
con su vida.
Lo hacía también para distraerse. Para
no detenerse a contemplar la marejada de sentimientos
encontrados que bullían en su interior, se
revolcaban y lo arrastraban con ellos, lo zarandeaban,
lo llenaban y pretendían ahogarlo en sus inmensas
profundidades. Para complementar su propósito,
y para no empezar a enfadarse de estar parado, comenzó
a silbar, y después, a cantar en español:
De la Sierra Moreeena, cielito lindo, vengo
bajando yaaa...
Sus alaridos llegaron hasta la mesa, donde Katsuragi
se servía más chilaquiles, hasta dejar
vacía la cacerola donde se encontraban. Shinji,
con los oídos lastimados, se puso las manos
en ellos, y sólo acertó a decir:
Pero qué mal canta este cuate...
Su tutora no pensaba así. Era cierto que la
voz de Kai no era nada preciosa cantando, por lo menos
en ese momento, ya que más bien parecía
que lo hacía adrede; pero la tonada era bonita,
y pegajosa, fácil de recordar. Una vez que
terminó de engullir su ración, y acabando
de beber el café, sostuvo la taza entre los
dedos, e imitó a su protegido, comenzando a
silbar y a tararear la melodía. Y también
el ave ártica, una vez que degustó del
exquisito arenque fresco que le había traído
Rivera, comenzó a oscilar su cabeza de un lado
a otro, al ton de la cantada.
Intentando acallar aquellos horripilantes sonidos,
que parecían de gato siendo atropellado, el
joven japonés quiso tapar con su propia voz
aquel desastroso concierto.
¿De veras vas a ir a la escuela hoy?
interroga, aún incrédulo.
Claro que sí contesta, sacándolo
de toda duda. Hoy es el día de la orientación
vocacional...
No tienes que ir, si no quieres. confiesa
el muchacho, creyendo que lo hacía más
por obligación que por gusto.
Pero sí quiero ir lo tranquiliza,
viéndolo fijamente en sus ojos azules Además,
es cuestión de responsabilidad. Kai y tú
están bajo mi cuidado, ¿recuerdas?
Responsabilidad repitió para sí
mismo el infante, calándole esa palabra en
lo más hondo. Lo había acosado desde
que llegó a Tokio 3. Su responsabilidad para
con el mundo, para con la especie humana. Su responsabilidad
al tener que ser piloto, casi a la fuerza, a pesar
de todos los ánimos que le habían infundido
los Katsuragis. Su responsabilidad para llevar el
control de su vida entera. Y también estaba
la responsabilidad de su padre para con él,
de la que parecía huir constantemente. ¿No
era su responsabilidad ir él a esas juntas?
¿No era su responsabilidad haber estado allí,
en esos momentos perdidos de la niñez? Para
cuidarlo, aconsejarlo, formarlo. ¿No era su
responsabilidad amarlo, aunque sólo fuera un
poco? A simple vista, sus demás responsabilidades
lo absorbían y lo dejaban sin tiempo ni disposición
para él.
No sé para qué te molestas en
ir pronuncia Rivera, al salir de la cocina,
enjuagándose las manos, y desembarazándose
del mandil y la pañoleta. Acto seguido, se
reunió con los comensales, sentándose
él también a la mesa Es pura pérdida
de tiempo.
¿Cómo puedes decir eso?
interrogó la mujer, sorprendida de la nueva
actitud que mostraba su protegido Se trata de
su futuro...
¿Cuál futuro? preguntó,
contestando a la cuestión. Su mirada empezaba
a tomar el modo con el que a veces asustaba a la gente.
Esa manera de quedársele viendo a los objetos
y personas, ponía los pelos de punta.
Misato, aturdida, se percató de que aquella
situación estaba destanteando a Shinji, quien
apenas había empezado a tener piso. Sobreponiéndose,
retándolo, clavó la mirada en la suya,
no sin mucho esfuerzo, y contraatacó.
Tú no puedes creer eso dijo, muy
segura de sí misma Si eso fuera cierto,
si en verdad todos pensáramos de ese modo,
ni Rikko, ni el comandante, ni yo estaríamos
haciendo todo lo que hacemos a diario. Ni existiría
el Proyecto Eva, ¿no crees? Es de lo que se
trata todo este asunto. Hacer un futuro para todos.
No, mijo, cómo dirían por allí:
La esperanza muere al último y
cuando la dejamos morir sin antes haber peleado, desde
ahí ya lo perdimos todo. Pero aún así,
es algo bonito. La esperanza en el ser humano. En
todos los desastres, en las condiciones más
difíciles, cuando más le aprietan, es
cuando emerge ese espíritu del ser humano,
luchando desesperadamente contra la adversidad, por
sobrevivir, por prevalecer. Agotar todas las posibilidades,
y cuando esto haya pasado, buscar y rebuscar aún
más oportunidades de seguir luchando. Es lo
que nos motiva y nos impulsa a crear cosas cómo
los Evas, ó la misma organización para
la que trabajamos. Lo triste es que, sólo en
los momentos de dolor y pena intensa es cuando echamos
mano de él. Lo que el hombre hubiera podido
lograr si cada momento de su vida lo hubiera vivido
cómo si éste fuese el último.
Pero lo tuyo no es que hayas perdido la fe. A mí
no me engañas lo amenazó con el
dedo índice Esa postura tuya no es más
que eso, una fachada autoimpuesta. De no ser así,
si de veras crees en lo qué dijiste ¿porqué
sigues en el proyecto, enano?
Cuando acabó, todos callaron, enmudecidos
por el breve, pero alentador, discurso que se acababa
de echar. Aunque demasiado optimista.
Touche masculló el muchacho, tragándose
sus palabras y sintiéndose miserable. Su mirada
volvía a ser humana. Pero la beldad de cabello
negro no tenía idea de cuánto se había
acercado con su último comentario. Se anduvo
por terreno peligroso.
Los dos muchachos quedaron reflexivos, pensando en
todo el alud de buenas intenciones vertido por la
militar. Aunque tal vez muchas de sus ideas fueran
exageradamente idealistas, lo cierto era que ella
sí sabía cómo levantar el ánimo
caído. Prueba innegable de su calidad cómo
persona. Siempre tenía palabras de aliento
para los momentos más difíciles. Sabía
cómo hacer sentir bien a alguien. No dudaba
en demostrar su cariño a quienes amaba. Y era
bastante sincera. Ambos, uno más que otro,
agradecieron el sólo hecho de tener el privilegio
de conocer a aquel magnífico espécimen,
llamado Misato Katsuragi. Cómo ella, no había
dos.
En eso suena el timbre, interrumpiendo la adoración
de la japonesa. Son Toji y Kensuke, que vienen a recoger
a Shinji y Kai para ir juntos camino a la escuela,
como siguiente paso en la rutina. En realidad, el
par lo hacía más por morbo, más
que por otro motivo. Gozaban enormemente al poder
contemplar en unos cuantos fugaces instantes, lejanos
destellos de la hermosura de la guardiana de sus amigos.
Esperaban impacientes y con ansia el momento de poder
vislumbrarla en el quicio de la puerta. Casi salivaban
en su lugar, de pie, esperando la visión por
la que tanto suspiraban.
Oh, son ustedes... pronuncia la mujer
por el interfon En seguida estoy con ustedes;
¡Shinji, Kai, ya vinieron por ustedes!
Hizo ademán de levantarse para abrir la puerta,
cuando fue interceptada por Ikari:
Misato... por favor, ya no salgas a saludarlos
en pijama, ¿Quieres? Es embarazoso.
¡Vamos Shinji! exclama Rivera
Ya sabes que verla en pijama es la única diversión
que tienen esos pobres diablos, ¿Y quieres
despojarlos de eso?
Bueno, si tanto te molesta, Shinjito, no hay
problema. Aquí me quedo contesta la mujer.
Gracias. Ya vámonos, Kai, se nos va
a hacer tarde dice el infante, tomando su mochila
del suelo mientras se despide de su tutora. Después
de eso, salió del apartamento, ante la desilusión
de Aida y Suzuhara.
Ahorita voy, me estoy lavando el hocico
le avisa el joven Katsuragi, desde el baño.
Una vez terminado con el cepillado, forma un buche
con la pasta dental en su boca, la cual escupe luego
de enjuagarse con un trago de agua, misma que sostenía
en la mano con una pequeña taza. Repite la
operación una, dos, tres, cuatro veces, hasta
vaciar el contenido del recipiente. Suspira, estrenando
su aliento fresco. Le sonríe al reflejo en
el espejo, comprobando así el éxito
de la cepillada.
Qué perro pelo tengo constata,
mientras toma el cepillo para cabello.
Y muy dócil. En tres alisadas, su melena estaba
completamente aplacada, sin ningún rebelde
cabello que no estuviese en su lugar.
¡Kai, ya vas retrasado! advierte
su tutora, observando el reloj de la sala Además,
tus amigos ya te largaron. Luego te castigan por llegar
tarde y después le andas echando de maldiciones
al pobre maestro...
Ah, enseguida los alcanzo, no sabes qué
lento caminan esos sujetos. En una carrera hasta los
rebaso, no te preocupes la tranquiliza, saliendo
del sanitario y localizando su mochila con todos sus
útiles escolares, la cuelga en su espalda y
se dispone a partir. A modo de despedida, deposita
un afectuoso beso en la mejilla de la nipona: Ya
me voy pronuncia el muchacho Que te vaya
bien le contestan. Y así, desaparece
del hogar detrás de la puerta, cuando ésta
se cerró.
Desde su lugar, Misato contempla la fría puerta
de metal, en silencio. Nada pasa por algunos segundos,
hasta que el umbral se abre de nueva cuenta, con el
silbido que hacía siempre al cortar el aire.
Se me olvidaba darte las gracias dijo
el joven, desde el marco de la puerta, de pie Por
darme ánimos siempre que te necesito. La verdad,
no sé que hubiera sido de mí sin que
tú hayas estado siempre a mi lado. incomodado
en demasía por estar revelando sus sentimientos
tan abruptamente, algo no común en él,
torció la cara, dio media vuelta y emprendió
la marcha de nuevo ¡Te amo! pronunció,
antes de perderse de vista.
¡Y yo a ti! le contestó
la mujer, asomando la cabeza por la entrada a su casa,
observando cómo corría por el corredor
su pupilo, apurado.
Después de eso, ingresó de nuevo al
apartamento. Desde la entrada, lo contempló
en casi toda su extensión. Tan desolado cómo
se veía siempre que él no estaba allí.
Ella también le estaba agradecida, ya que había
llenado un enorme vacío que existía
anteriormente en su vida. Le dio a ésta una
dirección, un propósito, un porqué.
Algo por lo que valiera la pena regresar a aquella
solitaria vivienda, de no desaparecer bajo la tierra.
¿Qué te parece, Pen? preguntó
al pingüino, derrumbándose en una silla.
El ave la miró fijamente, sin entender el modo
en el que se dirigía a él. Se limitó
a menear la cabeza, en señal de duda. Katsuragi
aclaró Creo que sí le pude infundir
ánimos a ese muchacho. Mucho mejor de lo que
lo hubiera hecho ella.
Había una vez una jovencita, desvalida, desesperanzada,
abandonada súbitamente y sin ninguna idea de
que hacer. Ante sus ojos su niñez le fue arrebatada
cruelmente, sin compasión alguna, cómo
el huracán que arrastra una vivienda; fue transportada
de su mundo seguro y sano a una realidad gris, y a
veces hasta sádica. Confundida y aterrada cómo
estaba ella, hubo alguien que se apiadó de
ella, extendiéndole la mano para evitar que
cayera en un precipicio sin fin. La jaló, la
arrastró a la vida otra vez. La rescató
del desencanto y la resignación. Infundió
nuevos bríos a su quebrantado corazón,
y lo hizo palpitar calurosamente otra vez, lleno de
buenos sentimientos. Y esa jovencita se enamoró
perdidamente de su salvador, a manera de gratitud.
Pero, los dos no pudieron vivir felices para siempre.
Algo desganada, la japonesa se levanta de su asiento,
dirigiéndose al refrigerador, lista para apoderarse
de otra lata de licor. Se detuvo al contemplar un
pedazo de papel, pegado a la puerta del aparato con
un imán en forma de Pikachu, popular personaje
de una animación y juego de video japonés,
hacía unos tres lustros atrás.
Má:
Debajo de la mesa te dejé una sorpresa. ¡Que
te aproveche!
Atentamente:
Yo
Curiosa por saber qué era el regalo de su
protegido, se dirigió al sitio indicado, expectante.
Efectivamente, ahí estaba, bajo de la mesa,
una caja de cartón, sellada con cinta en la
tapa superior. Tenía algunos timbres postales
del extranjero. En su meditabundez, no se había
dado cuenta que allí estaba. Además,
la cubrían también otros tiliches desbalagados
por allí. Con un cuchillo de la cocina, rompió
el sello de la caja. Al ponerla sobre la mesa, había
conocido su procedencia: México. Ya empezaba
a intuir qué era. Algo comenzó a pujar
en su interior, mientras ella se sacudía con
unos horribles escalofríos, casi llegando a
convulsiones. Al sacar su contenido, confirmó
su teoría. Una caja llena de botellas de cerveza
Corona. Sacó una de ellas, y la sostuvo frente
a su rostro por un buen rato. Recordaba la primera
vez que probó la cerveza mexicana, de hecho,
la primera que había probado en su vida. La
melancolía y la tristeza la invadieron de repente,
sacudiéndola violentamente desde el espinazo.
Antes de desvanecerse, colocó el recipiente
en la mesa. Se recostó sobre ella, ocultando
la cara con los brazos. Con la voz quebrada, y las
lágrimas a punto de desbordarse en sus ojos,
apenas si alcanzó a pronunciar:
José... Joe... ¡Cómo te
extraño!
Una vez que pronunció aquellas palabras, empezó
a llorar a moco tendido. Sus sollozos, su llanto se
esparció por toda la casa, llenando la inmensa
soledad y calma que en ella se sentían. Las
lágrimas le surcaban una y otra vez las mejillas,
sin que a Katsuragi le importara, yéndose a
estrellar sobre la madera de la que estaba construida
la mesa. Quería desahogarse, sacar todo lo
que tuviera dentro, vaciarse por completo, por lo
menos hasta la siguiente vez. Casi disfrutaba de aquella
sensación, con un extraño placer. Sabía
que después de aquel valle de lágrimas,
se sentiría muy bien, recobrada. Pero mientras
tanto, sufría, sufría cómo los
seres humanos lo hacen.
Pen-Pen, a su lado, observaba el dolor de su dueña,
sin entender qué era lo que pasaba, y cómo
hacer algo para ayudar en algo. La miraba con extrañeza,
pero sólo eso hacía. No podía
ofrecer palabras de consuelo, ni apoyo alguno, nada
de eso. Sólo estaba ahí, para presenciar
la escena. Pen-Pen, testigo mudo de todos los dramas
personales de aquella casa.
Misato continuó llorando un buen rato más,
ante la vista atónita del animal.
Ignorantes del dolor que agobiaba a su guardiana,
los niños continuaban sin ningún percance
el camino al centro de enseñanza; Ikari caminaba
despacio y sin prisas por la banqueta, escoltado por
los dos amigos. Ya ni siquiera escuchaba sus constantes
quejidos y lamentos, sus pataleos de ahogado. Concentraba
la vista en el camino, que se abría ante él
en tonos grises pálidos y azules claros. El
asfalto frío de la ciudad se unía por
una leve línea (el horizonte) con el azul brillante
del firmamento, formando así una curiosa dicotomía.
Cielo y Tierra. Tan lejos y tan cerca el uno del otro.
Y no obstante, compartían un lazo en común,
algo que les impedía separarse por completo.
Hipnotizado por la escena, haciendo un profundo análisis,
casi no se daba cuenta que debía hacerse a
un lado, para dejar pasar a ese repentino bólido,
hasta que casi lo atropella. Apenas si se alcanzó
a tirar pecho a tierra para evitar el encontronazo.
Desde allí, sólo alcanzó a visualizar
a Rivera, quien volteando hasta donde se encontraban,
sacó la lengua, pronunciando un Bip,
Bip y prosiguió con su carrera, ante
la mirada atónita de todos los transeúntes.
Exhibicionista musitó Shinji,
enfadado, viendo cómo el muchacho se perdía
de su rango visual, a lo lejos.
La siguiente vez que lo encontraron, ya fue en la
escuela, en su propio salón. Él ya estaba
cómodamente instalado en su pupitre, con las
piernas recargadas en otro. No podía quitar
esa sonrisa de su rostro cuando los tres entraron
por la puerta, y lo observaban, impávidos,
rencorosos.
¿Porqué se tardaron tanto?
les interrogó burlonamente.
No obtuvo respuesta. Los demás decidieron
ignorarlo por el resto del día.
El tiempo continuó su imparable marcha, cómo
la de una aplanadora. ¿Cuántas vidas
había visto ir y venir desde que inició
su andar? Para él, cada una de ellas debió
durar un suspiro. Tantos y tantos suspiros, tantos
cómo estrellas y cuerpos celestes en el universo,
en el espacio infinito. Otro aspecto más de
Él que se encontraba en su creación
sin fin. Pero estaba tan solo, sin nadie que pudiera
correr a su lado. Dieron las once de la mañana.
La horda de infantes que plagaban las instalaciones
se dio un suspiro, abandonados a su suerte momentáneamente
por sus maestros, mientras salían a atender
a los padres de familia recién llegados. Libres
por un rato del yugo opresor del estudio incesante,
de la fábrica de mano de obra del Estado, disfrutaban
lo mejor que podían los pocos ratos de esparcimiento
que les quedaban. Sin preocupación aparente
que los embargara, todos sentían el avasallador
paso del tiempo en ellos, unos más que otros.
Hoy, eran jóvenes, fuertes e idealistas. El
mundo estaba a sus pies, y no había nada que
no pudieran hacer. Mañana, serían hombres,
y tendrían que redituarle a la sociedad, ese
sagaz monstruo siempre hambriento, a esa creación
humana, todo lo que había invertido en su entrenamiento,
tendrían que estar encadenados a ella por el
resto de sus días. Y además, tenían
que asegurarse de engendrar futuros trabajadores que
tomaran su lugar, para seguir alimentando a la criatura,
siguiendo con el ciclo hasta quien sabe cuando. Nadie
lo sabía. Ya había sobrevivido a varios
holocaustos. El tiempo corría. Y tenían
que vivir la poca vida que les quedaba intensamente.
Todos ellos, menos Kai, quien se encontraba castigado
afuera del salón, producto de otro de sus muy
comunes desplantes para con la autoridad. Le obligaban
a cargar dos cubetas llenas de agua en ambos brazos,
los cuales tenían que estar extendidos a los
lados; y como una medalla, cargaba con una humillante
leyenda que decía: Me castigaron por
insultar a mi profesor.
En cambio, Toji y Kensuke se dejaban arrastrar por
la corriente, para que los llevara hasta donde ella
lo quisiera. A veces era el mejor modo, que gastar
en vano energías al luchar contra ella, cosa
que era casi imposible; y aquellos que lo hacían,
y lo lograban, eran los considerados héroes,
y eran exaltados por encima del montón, y por
siempre recordados, mientras aún hubiera Historia.
Cómo si de un importante evento se tratase,
desde temprano ya estaban apartando su lugar, adivinando
el bullicio y el tumulto que pronto se suscitaría.
Esperaban tranquila y pacientemente su llegada, junto
a la ventana, sentados en sus asientos para no cansarse.
De un momento a otro tendría que llegar. Su
compañero comprobó lo poco que conocían
a Katsuragi. Ella siempre llegaba con retraso a todos
sus compromisos.
Esperaron cerca de media hora, desde las diez con
cincuenta minutos de la mañana. Y a cada segundo
parecían desesperarse más y más.
Creyeron que Ikari los había engañado,
infundándoles al par falsas esperanzas, y que
la mujer jamás vendría a la sede escolar.
Los dos lo rodearon, sin darle salida de escape, y
la situación se tornaba peligrosa para la integridad
física del muchacho.
Pero antes que pudieran hacerle ó decir algo,
se oye un repentino frenar de neumáticos, característico
de la invitada, que a Shinji le sonó cómo
salvación. Sin perder tiempo, señala
la ventana que daba vista al estacionamiento, y anuncia
la llegada de su tutora. Desconfiados, los chiquillos
se asomaron por donde les indicaban y efectivamente,
del auto ven salir a la despampanante mujer, con sus
medidas casi perfectas y su ajustada ropa. En todo
el tiempo que duró su contemplación,
no cerraron por ningún motivo la boca. Hasta
el muchacho que vivía a su cuidado quedó
asombrado, perplejo de lo hermosa que podía
ser la militar. Embelecido con la belleza femenina
encarnada en una sola persona. Sus movimientos parecían
todos que se daban en cámara lenta. Su larga
cabellera lacia, negra, retozaba en la espalda y terminaba
en su cintura, moviéndose cómo si tuviera
vida propia cada vez que daba un paso. Qué
decir de sus piernas largas, con los muslos con las
curvas tan pronunciadas, tan peligrosas para el viajero
distraído, todo ello regalo de la corta falda
que tenía embarrada en las pronunciadas caderas,
que a pesar de la mortaja en la que estaban envueltas,
podían distinguirse tan claramente cómo
el fondo de un vaso de vidrio, cuando éste
se encuentra lleno de agua común. Ni qué
decir de su cintura de avispa, tan pequeña
que hasta se antojaba posar las manos allí
para retener a esa Venus mortal, aún si fuera
en contra de su voluntad y poder reposar la ingle
en esas nalgas tan imposiblemente perfectas, tan redondas
y tan delineadas. Cómo alabar ese torso, inaudito
poder describir con palabras aquellos pechos, esos
senos tan levantados y firmes. Parecían unas
frutas prohibidas que no se podían ni debían
tocar, cómo las que comió cierto antepasado
común. Cómo describir ese par de labios,
rojos y carnosos, los cuales cualquier hombre moriría
por llegar a beber de su néctar, saborearlos
en su propia boca. Su rostro, aún joven y sin
rastro de arrugas. Sus pómulos redondos y salientes,
coloreados por el maquillaje. Lo único que
negaba al mundo era el observar los dos luceros de
sus ojos, ocultándolos con sus gafas oscuras.
No quería que nadie se percatara que los traía
hinchados, rojos por tanta lágrima que había
derramado. Pero no era gran problema. En esos instantes,
quizás eran sus ojos lo último que querrían
admirar todos sus espectadores.
Intrigados por la asidua atención con la que
se asomaban al exterior, los condiscípulos
del trío los acompañaron, esperando
averiguar que era lo que había allá
afuera que los tenía tan absortos. La voz se
corrió deprisa, por todo el recinto, cómo
pólvora. En el acto, todos los varones estudiantes
se encontraban pegados al cristal de la ventana, en
ocasiones hasta luchando por un lugar en ella. No
podían creer lo que sus mismos ojos estaban
viendo en esos instantes, tan real cómo cualquier
otra cosa que les hubiera pasado. Pero también
parecía un sueño; la mujer que admiraban
y contemplaban se movía cómo si estuviera
en uno. Flotando entre nubes, rodeada de un halo de
luz intenso. Su inaudita belleza calaba, amenazaba
los cimientos de la razón de los jóvenes.
Pronto, el espectáculo no sólo se limitó
a esa aula en especial. El escándalo y estrépito
que emitían los compañeros de Ikari
traspasó los muros del salón, hacia
donde estaban sus vecinos, y de igual modo éstos
hicieron lo propio con sus aledaños. En un
parpadeo, todos los estudiantes de ese edificio se
encontraban pegados a los ventanales, alabando a aquella
diosa de la belleza y del amor encarnada. El furor
que ocasionaba la mujer era enorme. Todos los murmullos
y las alabanzas, los chiflidos y los gritos de deseo
y angustia se fusionaban en uno solo, semejando a
un vendaval. Sabiéndose observada, Misato sonríe
con una cruel malicia, y empieza a contornear aún
más su figura, a balancear con más ritmo
sensual sus caderas, de lado a lado, y a caminar aún
más lento para alargar la agonía de
los muchachos, quienes con cada movimiento suyo enloquecían
gracias a su sexualidad naciente, que burbujeaba en
su interior, quemándolos, calándolos
horriblemente. En aquel momento, la mujer los tenía
en la palma de su mano. Y lo disfrutaba, consciente
de todas las pasiones que desataba en los juveniles
corazones. Gozaba, cómo sólo saben hacerlo
las mujeres, al manipular la razón y la voluntad
de un hombre, aunque éste estuviese apenas
comenzando a utilizar su aparato reproductor. Cuando
su cabello comenzó a estorbarle, y aún
si no lo hubiera hecho, con la mano lo empujó
hasta su espalda, para acto seguida estirar el cuello
y levantar la mirada hacia la jauría de párvulos
jadeantes y hambrientos de su físico. Al reconocer
a su protegido, apretujado por la muchedumbre, levantó
la mano, saludándolo enviándolo un beso.
Aquello alborotó aún más al montón
de muchachos, pues cada uno creía que era a
él a quien iba dirigido ese beso.
¿Vieron? ¡La traigo loca!
¡Tu madre! Yo soy el único al
que ama.
¡Qué buena estás, preciosa!
¡Quiero, quiero!
¿A qué hora sales por el pan?
How much?
¡Hazme tuyo por siempre!
¡Bendita la verga que la llene!
Comentarios aún más ofensivos que éstos
retumbaban en las instalaciones, proferido a toda
voz por los enloquecidos chiquillos, con la esperanza
que la beldad de cabello negro pudiera escucharlos,
reconocerlos. Pero si lo hubiera hecho con uno de
ellos, lo más probable es que éste se
hubiese desmayado de la impresión.
¿Quién es la muñeca?
¿No lo sabes? Es la mamá de Katsuragi.
Siempre he dicho que soy el padre de ese imbécil.
¿Perdón? ¿Me hablabas?
Al reconocer la voz, todos los infantes se paralizaron
del terror. De reojo, el interrogado lo volteó
a ver. Estaba de lado, con su mano haciendo de bocina,
cómo si no escuchara bien. Al corroborar de
quién se trataba, el muchachito pareció
desvanecerse cómo fantasma, palideciendo al
extremo. Casi se podía mirar a través
de él.
¿K- Kai? tartamudeó, presa
del miedo.
¿Qué no se supone que estás
castigado? le preguntó otro más,
que estaba hasta el otro lado del cuarto.
¿Ves a algún maestro por aquí?
Además, ustedes, niñas, hacían
tanto barullo que quise venir a ver quien se las estaba
cogiendo.
Pero sabes muy bien que todo lo que dijimos
es broma.
Me parece que se me olvidó desde eso
de Bendita la verga que la llene.
No dijo ni una palabra más. Con su mirada
esmeralda, atizó a la muchedumbre de chiquillos.
Éstos, agitados, empezaron a moverse sin dirección
de un lado para otro, todos confundidos y espantados.
En lo único que pensaban era en alejarse lo
más posible de Rivera. Pero estaban confinados
al salón de clases. Eran ovejas sin pastor,
moviéndose cómo una masa tonta por todas
partes.
Paladeando el temor que infringía en sus corazones,
el cazador comenzó a actuar con insólita
frialdad. Empezó a rodear al rebaño,
acechándolo, pero conjuntándolo, uniendo
a los rezagados con los demás. Poco a poco
comenzó a compactar el grupo, reduciendo su
espacio paulatinamente, amontonándolos para
que no pudieran escapar. Haciendo círculos
alrededor, con la finta de aventársele al primero
que se saliera del montón. Razón de
más para que las presas se apretujaran más
y más las unas a las otras. Presentían
que el primero que quedara solo sería la primera
víctima.
Una vez que estuvieron todos juntos, en el centro
del recinto, y lejos de las niñas, que sólo
estaban de testigos mudos en la cacería, el
agricultor recogió el producto de su cosecha.
Sin previo aviso, y cuando nadie se lo esperaba, el
depredador se abalanzó sobre el ganado, dispersándolo
en el acto. Al primero que agarró fue al que
bendijo al órgano que habría de introducir
el semen en la vagina de su madre adoptiva. A éste
lo lanzó por los aires, con una llave de judo,
haciendo que se estrellara estrepitosamente en el
piso, cortando por completo su ritmo respiratorio.
La próxima vez lo pensaría mejor antes
de alabar genitales. Los demás sólo
recibieron unas bofetadas que se antojaban un poco
suaves y consideradas, tomando en cuenta la constitución
del atacante. A los que corrían los tacleaba
por la espalda, arrastrándolos por el suelo,
sin darle oportunidad a nadie de que escapara hasta
que él así lo decidiera.
Los que estaban fuera de la contienda, sólo
divisaban la confusión de la masacre. Los gritos
de clemencia de los chiquillos resonaban en las paredes,
sin nadie que pudiera atenderlos. Los vecinos estaban
bastante ocupados adorando a la causante de la tragedia
de aquellos desdichados. Sus compañeras, sentadas
todas en conjunto, se compadecían de ellos,
cruzando los brazos, pero sin hacer nada para socorrerlos:
Pobres diablos.
Y una vez más comprobaban la supremacía
de Rivera sobre los demás, aumentando su admiración
por el extranjero.
Shinji sólo alcanzaba a ver una humareda desde
donde estaba, y lo único que le indicaba qué
era lo que pasaba en aquel caos tan desordenado eran
los atronadores lamentos de los infelices que estaban
involucrados en la revuelta. Sólo él,
Toji y Kensuke habían escapado del ajuste de
cuentas de su compañero. Sentados uno al lado
del otro, observando todavía el deambular de
la mujer causante de tantas desdichas, Suzuhara, sin
quitarle los ojos de encima a la japonesa, le susurró
en el oído a su confidente:
¿Ahora lo ves? Te dije que nos iba a
ser de utilidad hacernos sus amigos.
El muchacho asintió, con un monosílabo,
concentrándose completamente en enfocar con
su cámara de video portátil toda la
andanza de su amor platónico por el colegio.
Una vez que ésta desapareció de la vista,
internándose en el edificio de a lado, el chiquillo
se aseguró que todo se hubiera grabado, hasta
el más ínfimo detalle. Junto con sus
dos amigos, revisó y evaluó su trabajo
final. Descontando la innegable belleza del tema de
la grabación, el ángulo en que la había
captado era bastante bueno, y la nitidez de la imagen
lo era también. Él lo desconocía,
pero un corazón de cineasta de gran prestigio
palpitaba en su interior.
Mientras tanto, de seguro las copias de su obra se
venderían bastante bien. Ya comenzaba a pensar
en todo ese dinero extra, y en qué lo iba a
gastar. Su inseparable compañero, cómo
socio de la tercera parte de las ganancias, de igual
modo imaginaba y hasta contaba el dinero que sería
recaudado, mientras se frotaba ambas manos con un
gesto de codicia en su cara.
Ikari los dejó divagar y perderse en sus locos
planes. Se volvió hacia el lugar del conflicto,
y alcanzaba a divisar a Kai entre tanto barullo y
chicos que querían alejarse de él a
toda costa. Luego, dirigió su mirada hacia
donde se encontraban sus compañeras de clase,
que de la misma manera contemplaban la carnicería,
cuchicheando entre ellas, seguramente enalteciendo
al ya de por sí inalcanzable joven piloto.
Qué tan fácil, se puso a reflexionar
el infante, qué tan fácil le hubiera
resultado a su camarada, en aquellos días,
quitarle el mote de señorita a
cualquiera de esas chicas, si no es que a todas ellas.
Y quizás, hasta juntas. De un cierto modo perverso,
lo envidiaba. Podía hacer tantas cosas que
él nunca podría realizar. Tenía
tanto poder y tanta influencia sobre quienes le rodeaban.
Todo siempre le salía bien. Todo le resultaba
bastante fácil. Nació superdotado. Jamás
se tuvo que esforzar ni tantito en aprender todos
los conocimientos que poseía. Nunca hacía
tareas, pero sin embargo, en todos los exámenes
aprobaba con la máxima calificación.
Ni qué decir de su desempeño físico.
Todos lo admiraban cuando demostraba sus habilidades
para casi cualquier deporte. Las niñas enloquecían
con cada gesto suyo, los chicos lo respetaban. Tenía
tanto, ¿y en qué era en que lo utilizaba?
En dormitar casi toda la clase. Todo lo que representaba
no le importaba en lo más mínimo, ni
hacía nada para sacarle provecho.
Del mismo modo en que lo envidiaba, también
lo detestaba. Siempre perfecto, siempre sabio y fuerte,
joven y saludable. Lo que daría por ser cómo
él. Por tener todo lo que él tenía.
Qué cosas tan maravillosas realizaría
con todos esos poderes, esos dones. El tipo de poder
que tenía Rivera era el que siempre había
anhelado, desde aquella infancia tímida y solitaria.
Quizás, cuando lo veía, miraba en lo
que pudo haberse convertido, de haber tenido un hogar
estable, sano y feliz. Con una mamá y un papá
que lo amaran y lo formaran, con toda una base educacional
debajo de él. Era eso lo que más le
enardecía.
Ignoró a las pequeñas hembras, para
peinar el resto del salón con los ojos. Buscaba
algo en específico. Allí estaba ella.
Tan callada, quieta y distante como siempre. Con sus
pupilas carmesí clavadas en ninguna parte,
en su trance tan adorable. Su cuerpo se encontraba
en su pupitre, pero su conciencia, su espíritu
se encontraba recorriendo las estrellas y galaxias
más lejanas. Otro motivo para odiar a Kai.
El payaso tenía cómo su novia a la joven
más hermosa y más seductora que hubiera
visto jamás. La deseaba con cada fibra de su
ser. Ya casi no dejaba de pensar en ella desde aquella
primera vez que le sonrió. Sólo eso
bastó para que controlara por completo su voluntad,
sus más íntimos anhelos. No, no era
cierto, La amaba aún antes de conocerla, cuando
tuvo esa visión de ella en la estación
del tren, a su llegada al Proyecto Eva. Desde entonces,
ese fantasma había invadido sus sueños.
No descansaría hasta que la poseyera, cómo
su padre ó el mismo Kai. Kai. Su nombre, no
importaba en qué, siempre salía a relucir.
Aparte, el maldito era el único con el que
se sinceraba Ayanami, el único que la conocía
tal y cómo era, y no a esa fachada que proyectaba
al exterior, para defenderse. Cuantos de sus más
secretos pensamientos y sentimientos le habrían
sido revelados. Cuantos gestos, cuantas sonrisas,
cuantas miradas amorosas le habría dirigido,
le habría obsequiado aquella deidad. Hubiera
dado lo que sea, con tal de que tan solo una de esas
miradas hubiera sido para él, tan siquiera
una suave caricia de ella se posara en su piel.
¿Y qué era lo que hacía el afortunado
dueño de tantos y tantos valiosísimos
obsequios? Lo que hacía con todo lo que tenía:
desperdiciarlos. Cuando no estaban a solas, siempre
la ignoraba, la rechazaba, la negaba. Renegaba de
tan encantadora muchacha, y la desdeñaba cómo
muñeca rota. Se le antojaba hacerse de una
silla, la que tenía a su lado, dirigirse al
centro de la reyerta, hacia donde él estaba,
levantarle en todo lo alto, y romperle con ella el
cráneo por completo. Y seguir ensañándose
con él, hasta que ya solo quedara una mancha
ensangrentada embarrada en el piso. Se le adelantaron.
Alguien más ya lo había intentado. La
silla se estrelló en el piso, sin dar en el
blanco. No le había costado la gran cosa a
Rivera desarmar a su atacante. Y en cuanto a éste,
tampoco fue mucho trabajo encargarse de él.
Antes que se pudiera dar cuenta, ya estaba doliéndose
en el suelo. Shinji no dijo nada, y solamente tragó
un poco de saliva. Dejó de tentar el respaldo
del asiento a su lado.
De nuevo se concentró en Rei. Ahora, había
abandonado su estado estático, y observaba
la riña, de la cual su pareja era protagonista.
Ikari esperaba ver en su mirada los mismos destellos
que iluminaban la de las demás chicas. No era
así. En cambio, parecía cristalina,
con una expresión aún más triste
y melancólica de lo acostumbrado. Parecía
que estaba a punto de desbordarse en lágrimas.
Sus labios temblaban, al mismo tiempo que su tristeza
se hacía más y más evidente,
rebasando los límites de su cuerpo e impregnando
con ella todo el cuarto, al grado que hasta sus mismas
condiscípulas se habían dado cuenta
de su inusual estado de ánimo. De hecho, era
el primer estado de ánimo que tenía
Rei, la bella silenciosa, cómo la llamaban.
Su compañero se preguntaba porqué, si
siempre había sido a la inversa. Rivera siempre
la rescataba de su taciturnidad, sí, pero para
bien. Nunca la había visto así. Ignoraba
que su amigo y ella habían tenido una fuerte
discusión, por primera vez desde que se conocieron,
se enamoraron y se amaron. Pero eran muchas las cosas
que el joven Ikari ignoraba del mundo que le rodeaba
y giraba a pesar suyo.
Eh, Kensuke pronuncia Toji, sacando a
su otro compañero de sus reflexiones en el
proceso Tenemos suerte que Shinji sea un bebé,
¿no? No es mucha competencia para nosotros.
Ajá asiente el muchacho, moviendo
la cabeza Definitivamente, está fuera
de la carrera.
Por un momento, el aludido pensó que se encontraban
hablando de Rei, por que era en eso en lo que estaba
pensando en esos momentos. Pero después recordó
a la capitana Katsuragi. Cómo se nota
que ni la conocen pensó enardecido de
la excesiva y obsesiva actitud del curioso par.
Una chica cómo Misato bien podría
ser mi novia continuó Suzuhara conversando
con su acompañante, bastante emocionados los
dos.
Yo que tú, mejor esperaba sentado
participó Ikari de una vez en la plática.
Muy bien, señor pronunció
el otro joven, tomándolo de los hombros y sentándolo
Tú cuida de la paz y la Tierra...
Nosotros cuidamos a Misato complementó
Aida, en complicidad con su compañero, mientras
los dos chocaban las manos en lo alto.
El infante ya no dijo nada. Resignado, lo único
que le quedó fue reconocer la sincronía
de aquellos dos.
Unidad 01 comenzando sincronización
con el piloto.
Envuelto, rodeado de aquel tibio y espeso líquido
rojo, Shinji hizo caso omiso de la fría voz
en el receptor de audio. Se sentía tan bien
en su cabina, siempre y cuando no tuviera que trabar
un combate. Tan relajado, y tan libre de preocupaciones.
Con sus ojos cerrados, deleitaba la sensación
de poder inhalar y exhalar oxígeno dentro de
aquel caldo. Aquellas ocasiones le permitían
seguir meditando. Aún resonaban en su mente
las palabras de los muchachos. No tenían idea
de lo que hablaban, y no obstante, lograron dar en
un punto clave, en sus incursiones a ciegas.
La Tierra y la paz pensaba Uso
a Evangelion para su seguridad. Pero, ¿Qué
es Eva, en realidad? Y está toda esta sustancia,
impregnada con el olor a sangre. Y alguien llamándome
dentro de la cabina. Nada. Eso es todo lo que sé
de este relajo: nada.
Quiso callar la voz que lo llamaba, que le decía
por su nombre. Parecía no venir de ningún
lado, ó más bien dicho, de todas partes
de la cabina. Apenas si la escuchaba. Cómo
un suave murmullo, parecido al de una ligera llovizna.
Y aún así, aunque no pudiera determinar
por medios convencionales su localización ó
su procedencia, de todas maneras la sentía
íntima, cercana, lo que es más: muy
familiar. Desde hacia varias semanas que la oía,
pero no quería revelárselo a nadie,
por temor a que descubrieran que muy posiblemente
se estaba sumergiendo en la más abismal locura.
Desde un principio intentó ignorarla, convencerse
de que era resultado de su imaginación, y con
esa confrontación con la realidad, así
se negaría y se desvanecería por completo.
Pero no le había dejado muchos resultados.
Ahora mismo luchaba internamente por convencerse que
no era cierto que alguien lo estaba llamando, en un
tono cálido y conciliador, tranquilizante,
casi somnífero. Sentía cómo con
cada día que pasaba su cordura se iba desmoronando
y cayendo en fragmentos a sus pies. Pero él
no quería estar loco. Tal vez era demasiado
tarde. Buscando refugio en su incertidumbre, recurrió
a su amigo. Volteó al frente, hacia donde estaba
la Unidad Z. Allí, en el interior del casco
del robot, y en la misma cabeza de éste, se
encontraba realizando el mismo ejercicio que él.
No muy convencido, tomó el radio entre sus
manos, listo para comunicarse con él. Aunque
horas antes estaba considerando el matarlo, ahora
al único que podía acudir era a Kai.
Sólo él podría ayudarlo. Pero,
¿y si no era así? Era un hombre de ciencia,
un investigador, un médico. De seguro de inmediato
lo catalogaría de demente y lo mandaría
a encerrar bajo llave. Antes de que pudiera emitir
una sola palabra, ya había depositado el aparato
en su lugar, arrepentido y temeroso. Cansado, sólo
se dejó llevar por el melodioso tono de quien
lo estaba llamando. Se reclinó en su asiento,
y volvió a dejar caer los párpados,
dejándose llevar por la corriente, volviendo
a su punto máximo de relajación, bordeando
la iluminación.
Maldita sea. Qué gacho hiede el LCL.
Si tan sólo pudiera colgar uno de esos pinitos
aromatizantes se decía a sí mismo
Rivera, mientras se tapaba la nariz con los dedos,
en señal de repulsión. Quería
seguir distrayéndose en algo, ocuparse de cualquier
cosa, por insignificante que ésta resultase.
No quería estacionarse, no quería quedarse
sin hacer nada. Y es que sólo si se mantenía
ocupado la mayor parte del tiempo evitaría
pensar en sus penas personales.
Pero no estaba funcionando bien. Poco a poco se iba
quedando sin pretextos para poder distraerse en pensamientos
ociosos. Las cáscaras de su consciente caían
al suelo una detrás de otra desnudando por
completo a su subconsciente, con todo y su tormenta
interna. Le disgustaba confrontarse con sus pensamientos
más íntimos, poner en duda su juicio
personal; no quería admitir que se había
equivocado en algún punto de su vida, ó
de que en ese mismo instante estuviese haciendo erróneas
decisiones. Que todo en lo que siempre había
creído estaba mal, no existía. Si lo
hacía, negaría entonces su propia personalidad,
todo lo que lo definía, y se precipitaría
a un abismo del que no había regreso.
No es justo. No es justo. No es justo. Era lo que
tenía en mente, repitiéndolo hasta el
cansancio. Luego de tantos y tantos baches en el camino,
no era posible que a una cuadra antes de llegar a
su destino, las llantas del carro reventaran. No era
posible que, ahora que su relación con Rei
parecía ir viento en popa, de repente todo
se lo llevara el demonio. ¿Cómo permitió
que todo el asunto se le escapara de las manos? Creía
tener todo bajo control, y cuando bajó la guardia,
le comieron el mandado. Y ahora tenía que vivir
noche y día con este tormento interno que le
calaba las entrañas, lo devoraba por dentro,
carcomiéndolo hasta dejarlo vacío. La
débil y delgada cuerda en la que colgaba y
se aferraba al piso se reventó de pronto. Todo
el mundo entero pareció desmoronarse en pedazos,
quebrarse cómo un cristal roto dejando pedazos
de todos tamaños por doquier. Esos pedazos
lo cortaron y desgarraron por completo sus carnes.
Sintiendo que le iba a explotar, sujetó fuertemente
su cabeza con las manos, apretando fuertemente los
cabellos que habían quedado entre sus dedos.
¿Porquéporquéporquéporquéporquéporquéporquéporquéporquéporquéporquéporqué?
¿PORQUÉ?
Su grito agónico, ronco, que le raspó
horriblemente la garganta y debilitó sus cuerdas
vocales, quedó encerrado, atrapado en la cabina
del gigantesco robot, encontrando un magnífico
eco que se propagaba con rapidez gracias al fluido
en el que estaba envuelto todo el compartimento. Nadie
más pudo escucharlo, allí, destinado
al confinamiento. Sólo su autor era su único
testigo, oyéndolo a unos segundos después
de haber sido regurgitado.
El ritmo cardíaco del Segundo Niño
de pronto se incrementó notablemente. Parece
estar sufriendo un colapso nervioso. pronunció
Maya, al ver los datos que aparecían en su
consola, comunicándoselo a su superior inmediato,
la doctora Akagi.
Sí, era de esperarse le respondió
ésta, casi sin darle la debida relevancia al
asunto, cómo si de antemano supiese la causa
que lo originó, y también esperase sus
consecuencias, previamente avisada Borra el
registro de la bitácora de la máquina
le ordenó descaradamente, cruzada de brazos,
con la vista bien fija en la Unidad Z. Esto
fue sólo una muestra, mocoso pensó,
al mismo tiempo que esbozaba una discreta sonrisa
en sus labios La próxima vez, no sabrás
ni qué te golpeó. Si hubiese estado
ahí sola, hubiera reventado. en carcajadas,
motivada por el triunfo. Pero cómo ahí
se encontraba Ibuki, decidió sólo reír
por dentro, deleitando secretamente el sabor de la
victoria sobre su enemigo caído.
Cómo tremendas descargas eléctricas,
sacudiéndolo por completo, así acudían
los recuerdos a su torturado cerebro. Una feroz tormenta
eléctrica que se abatía impecable en
su ser. Y todos los rayos que cortaban el firmamento
le daban a él, que actuaba cómo un pararrayos
humano. Uno tras otro lo siguieron golpeando salvajemente,
hasta dejarlo indefenso, tendido en el lodo, sin la
más mínima idea de qué hacer.
Quería arrancarse su corazón, y patearlo
lejos de ese lugar, para no volverlo a ver jamás.
A lo mejor sólo así se iría también
el dolor. Se revolcaba de un lado a otro de su cabina,
sin que no hubiera nadie allí que pudiera socorrerle
en esos difíciles instantes. Notándolo,
el joven se dio cuenta que sólo él podía
ayudarse. Recordando todos sus entrenamientos, se
dejó caer en su asiento, recostándose
y acomodándose lo mejor que podía. Respiró
profundo, inhalando por la nariz, exhalando por la
boca. Paulatinamente se fue tranquilizando, a la par
que aplicaba distintas terapias de relajamiento. No
los dejes ganar, no los dejes ganar, así es
cómo te quieren ver esos malnacidos, pero tú
no les vas a dar el gusto. No te dejes vencer, continúa
en la carrera. Trataba de darse ánimos, para
cultivar el optimismo en su interior. Todo su semblante
se normalizaba, retornando a la habitual tranquilidad.
La tormenta ya había pasado. Continuaba respirando
hondo. Marcando ritmo. 1, 2. 1, 2. 1, 2. 1, 2. 1,
2. 1, 2.
Tranquilo al fin, reconoció que luchar con
sus impulsos no iba a resolver nada. Se desvaneció
en la paz que reinaba en el interior de esa cabina.
¿Pero qué era lo que le agobiaba tanto?
¿Qué oscuros espectros lo acechaban
en las noches de sus sentimientos? ¿Qué
ardiente llama lo quemaba en el interior?
Los crisoles de su agonía se habían
forjado apenas un día antes. En el seno de
su recinto de amor, en donde, curiosamente, era donde
se sentía más a salvo.
El fresco verde del enorme y viejo roble los resguardaba
del calante sol primaveral. La atmósfera que
se respiraba, tibia y tranquila, con ese hermoso paisaje
a sus pies, con la negra estructura de la ciudad por
allá, en el horizonte, invitaba a dormitar
allí mismo, tendidos en el húmedo pasto,
con las gigantescas ramas del árbol extendiéndose
en el firmamento azul.
En efecto, el sopor y la abundante calma típicas
e inherentes del lugar, tenían en la lona a
Rivera. Sólo se afianzaba de Ayanami, rodeándola
con los brazos, mientras ésta recargaba su
espalda contra el pecho del joven, y a la par él
hacía lo propio con el ancho tronco del antiguo
roble.
Soñaba con la gente de los caballitos de madera,
cuando comían pays. La chica de los ojos de
caleidoscopio lo saludaba, cuando de repente, la banda
dejó de tocar.
¿Kai?
La dulce y encantadora voz de la chiquilla, aún
susurrando, lo hubiera sacado de inmediato de un coma.
No fue la gran cosa expulsarlo de la tierra de los
sueños, cuando tomaba su siesta ligera. La
inquisidora mirada carmesí de la muchacha,
con ese gesto de confusión y curiosidad en
su máscara era la imagen perfecta para despertar.
Admirando su angelical belleza, el adolescente sonrió
lleno de ternura y de amor. No obstante, todo lo que
sube, tiene que bajar, y en los consecuentes minutos
él experimentaría una caída libre
desde la nube en la que se encontraba.
¿Para qué querían hablar
contigo los federales?
La pregunta lo sacó de balance. Para poder
recuperar el equilibrio, liberó a la cautiva
y se puso de pie, bostezando y desperezándose
por completo.
¿Y tú cómo te enteraste
de eso?
Todos en el Cuartel no hacían más
que hablar de eso. Pero aún no me contestas.
¿Y porqué la curiosidad, pregúntome
yo? interrogó con cierta inseguridad,
presintiendo los rumbos que estaba tomando la conversación.
Nomás por que me interesa todo lo que
tenga que ver contigo.
Aquella respuesta lo dejó indefenso, sin argumentos
para seguir resistiéndose a las constantes
preguntas de su novia. Se encaminó al pie de
su guarida contra el calor, a donde estaban encimadas
sus mochilas una de otra. Mientras esculcaba la suya,
buscando por algo, le contestó, sin atreverse
a voltear a verla.
Pues verás... pronunció
en un tono seco, áspero, cómo si aún
no se decidiera por completo Al parecer, les
gustó tanto el concepto de los robots gigantes,
que ya se quieren copiar la idea. Ahorita andan en
un proyecto que ellos llaman el Jet Alone,
básicamente es un autómata ahora sí
completamente mecánico, dirigido a control
remoto, lo que representa cero riesgos para su operador.
Esa es la meta, en estos momentos el Jet Alone
se enfoca solamente a la fuente de energía
que requeriría una máquina de esas dimensiones
y para que realice todas las funciones que pretenden;
lo que ellos están haciendo es diseñar
una especie de reactor nuclear para que sirva de pila
al juguete ese.
¿Entonces?
Bueno... vaciló, rascándose
la nuca Para lo que me ocupan es para diseñar
el resto del armatoste, con las especificaciones generales
que me dieron de su batería nuclear. Y fíjate
que no me parece tan descabellada la idea, después
de un rato de estarlo meditando. Creo que un reactor
nuclear ambulante es muchísimo más seguro
que los Evangelions, aparte que ya te dije que funciona
a control remoto, así no tendríamos
que estarnos partiéndonos la madre en cada
salida encontró la libreta que estaba
buscando, y sacando de ella varios apuntes y bocetos
los sostuvo en sus manos para que Ayanami pudiera
observarlos con claridad, sin animarse a dárselos
De hecho, ya tomé la decisión,
y voy a darle todo mi apoyo al proyecto, mira, ya
hasta tengo algunas ideas para el diseño. Tengo
algo en mente, ya lo verás cuando lo desarrolle
bien, se llama Gigantor ó a lo mejor le pongo
Iron Man 28 (aunque no tengo ni idea de dónde
diablos saqué el 28), hace de todo, hasta vuela.
Y estoy pensando en una longitud de radio que pueda
emitir para bloquear el campo A.T, creo que los datos
que he sacado al construir a Z me pueden ayudar a
lograrlo...
No pudo decir nada más. La muchacha, enardecida
al extremo con cada palabra que salió de su
boca, y aún más al notar la desconfianza
que tenía para prestarle sus apuntes, no supo
canalizar correctamente su ira, y de un manotazo limpio
le tiró todos los garabatos al suelo, ante
la mirada atónita de su pareja, escena que
se congeló por un rato que parecía eterno.
La veía, y no la veía cómo siempre
lo hacía, cómo sólo él
la conocía. En esos momentos observaba a la
chica cómo todo el mundo siempre lo hacía.
Alejada, distante, fría cómo el hielo,
inmutable, casi cómo si no estuviera allí,
parecía un fantasma. Aquella visión
le destrozó el corazón.
Ante la incertidumbre de su compañero, la
chiquilla, que pese a todo lo que se pudiera imaginar
a simple vista, su interior era un caldero humeante
(al parecer, más nuevas emociones ocasionadas
directamente por Rivera, sólo que ahora en
un polo diametralmente opuesto) declaró:
Eres un maldito desgraciado le reveló,
con ese timbre de furia y rencor tan inusual en ella
¿Te has dado cuenta de lo que le pasaría
al proyecto para el que trabajamos si te vas con los
federales? La organización para la que trabajas
retiraría los fondos económicos para
meterlos a donde tú vayas. Todo por lo que
tanta gente ha trabajado tantos años se iría
al carajo en un dos por tres. Y toda la maldita ciudad
con todo y los pobres diablos que aún quedan
en ella también. ¿Pero te has puesto
a pensar en ellos? No, claro. Tú sólo
piensas en cómo chingarte al comandante, ¿no
es así?
Los dientes de Kai rechinaron al chocar unos contra
otros. En un instante más, sin hacer nada para
impedirlo, el enojo ya había nublado también
su entendimiento.
Óyeme bien, mocosa imbécil, y
que te quede bien claro replicó, acalorando
todavía más el ambiente Todo este
pinche asunto no se trata ni de espionaje industrial,
ni de competencia entre empresas. Se trata de la supervivencia
de la raza humana. ¿Me entiendes? Y a mí
me vale un puto comino de quién se trate, yo
siempre buscaré la manera más segura
que ese propósito llegue a realizarse, y no
nada más para estar mamando del presupuesto
de las Naciones Unidad para andar financiando otros
proyectos personales, que quién sabe y pongan
en riesgo precisamente a la humanidad, nomás
por ser un necio egoísta y obstinado, cómo
lo hace tu amado comandante Ikari. Pero de una vez
te digo: más vale que te vayas despidiendo
de él, porque cuando le dé el visto
bueno al proyecto japonés, Ikari y toda su
pinche organización de maleantes van a caer.
Y adiós Gendo, que te vaya bien.
¡Pues yo también de una vez te
voy diciendo que si lo haces, si de veras se te atreves
a hacerlo, yo me voy junto con él, aún
así sea a la chingada!
¡¡Entonces, yo que tú, empezaba
a empacar, y que te aproveche acompañar a ese
bastardo a todas partes!! Que al fin y al cabo, fue
él mismo el que te ordenó me vinieras
a hacer todo este relajo, ¿ó no?
Había dado justo en el clavo. Rei vaciló
un poco en sus argumentos, pero no quería darle
la razón al muchacho, así que siguió
defendiendo su punto de vista.
¿Porqué lo odias tanto? ¿Porqué
le tienes tanto miedo, tanta envidia? Después
de todo lo que él ha hecho por todos nosotros...
¡¡¡A mí no me vengas
con esa basura!!! aquél último
comentario, sobre todo la parte final, llevó
al extremo de la rabia al extranjero, y hecho una
furia, abofeteó dos veces a la adolescente,
una para torcerle el rostro, la otra para enderezárselo.
¡Ese malnacido hijo de perra no ha hecho
absolutamente nada por mí! Él me quitó...
me quitó...
La frase se le atoró en la garganta. Ya había
dicho suficiente, y si hubiera continuado unos segundos
más, se hubiera desembarazado de la pena más
grande de su corta vida. Pero, además, entró
cómo en un shock al percatarse de lo que acababa
de hacer. Al contemplar el rostro enrojecido sobre
la pálida piel de la muchacha, sintió
asco de sí mismo, y no podía creer que
había sido él, él que prodigaba
amarla tanto, quien levantó su mano con saña
en su contra. Las pupilas rojas de la chiquilla, clavadas
en él cómo navajas, le hicieron resquebrajarse
al confrontar la dura realidad. Habían terminado.
Tan sencillo cómo eso. Y absolutam |