La Web

Fanarts

Varios

El Proyecto Eva
Por: Gus (jabarajas@hotmail.com)

Capítulo Siete: Rei I

“—Eso no puede ser— respondió Don Quijote —: Digo que no puede ser que haya caballero andante sin dama, porque tan propio y natural les es a los tales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que no se haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores...”

Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes Saavedra

El silencio se prolonga indefinidamente en la habitación, fuertemente iluminado por la bombilla en el techo, derramando su haz de luz por toda la habitación. Kai se intenta tapar de la cegadora luz con su mano, mientras continúa acostado, boca arriba.

Aún es temprano: no pasan de las 9:00 de la noche; sin embargo, los últimos acontecimientos lo han puesto en una actitud meditabunda, de reflexión interior total. Cada vez que cerraba los ojos le parecía volver a escuchar la atronadora detonación de la pistola, y ver el gesto contraído de su tío mientras caía al piso, con su sangre salpicándole el rostro. Había pasado una semana desde ese entonces, una semana desde que el Comandante Chuy, cabecilla de las Fuerzas Rebeldes había sido acorralado y muerto durante el enfrentamiento entre las valerosas tropas de las Naciones Unidas y el grupo de guerrilleros. Por lo menos eso fue lo que dijeron en el noticiero de la tele, la noche de ese horrible día. Lo que habían omitido era la forma tan cobarde en lo que lo asesinaron, por la espalda, ó cómo fue que le tendieron la emboscada, sacrificando a tres batallones completos de soldados de infantería, más bien reclutas de infantería, unas 150 personas, sumando a las que asesinó la guerrilla en su breve incursión al Cuartel General vendrían siendo en total unas 200 bajas, redondeando. Y para los comunicados oficiales, esa gente nunca existió.

También le intrigaba, y hasta cierto punto le preocupaba, aquellas últimas palabras del guerrillero agonizante en sus brazos: “Él ya vendrá por ti”

¿A quién se refería? ¿Quién vendría por él? En un principio le pareció que quería decir algo más, sin embargo su muerte se lo impidió. Parecía tener algo que ver con la familia Rivera. Pero sólo podía hacer conjeturas al respecto, y aquello lo molestaba, pues no podía prepararse contra lo inesperado.

Con extrema delicadeza, con la punta del dedo tienta el morete que todavía tenía en el ojo; dolía, pero ya estaba menos inflamado que antes. Había tenido mucha suerte, sólo salió con unas cuantas contusiones y raspones. Nada que un buen trozo de bistec no pudiera arreglar. Para su fortuna, no hubo desprendimiento de retina ó pérdida de la córnea, ni siquiera de piezas dentales, que milagrosamente se habían salvado y continuaban íntegras. Hubiera sido lamentable que su apuesto rostro (modestia y aparte, Kai reconocía su propia apostura) hubiese quedado marcado por siempre con alguna cicatriz ó algo por el estilo. Y no tanto por él, sino por todas sus admiradoras que de seguro no podrían recuperarse de la impresión que les causaría ver su cara en semejante estado. Aunque, pensándolo bien, ese detalle no era tan importante ahora, quizás lo hubiera sido hace unos dos años, pero no ahora que tenía a Rei a su lado.

Qué cosa tan extraña, hasta ahora se daba cuenta lo importante que era para él su contra parte femenina, su media naranja en este vasto mundo. ¿Cómo había sido que él, ciclón entre las semejantes del sexo opuesto, con tantas admiradoras, todas tan diferentes, haya decidido asentarse con una sola compañera? ¿Qué era este sentimiento que lo hacía pensar muchas veces, cuando se encontraban solos ó cuando la observaba detenidamente, que ya lo conocía desde siempre? Era como una fuerza no física, que controlaba sus destinos, entre lazándolos el uno con el otro, para siempre. Por supuesto se rehusaba a creer que una fuerza ajena a él estuviera controlando en todo momento sus acciones.

La asociación de ideas rápidamente le lleva al pasado, y por más que intenta resistirse, finalmente sucumbe ante lo inminente, y de inmediato, poco a poco empieza a recordar y a reconstruir la escena en su percepción.

En esa misma noche, pero en otro lugar, cómo una coincidencia muy extraña, la niña de sus ojos, Rei, se encuentra nuevamente abstraída en una tarea similar.

Se encuentra completamente sola en aquella oscura habitación, únicamente con la luz de la luna iluminando escasamente el ambiente; la tenue luminosidad es opacada en consideración con las penumbras que reinan en el lugar.

Un tren se escucha a lo lejos, y causa un ligero temblor al pasar; lo último que interrumpió aquella paz, como la de una tumba.

Y en medio de todo eso, se encuentra ella. Su cabello azul claro, húmedo por el reciente baño, reposa sobre sus suaves hombros; sólo trae puesto un camisón blanco, que delata sin tapujos la rotundidad hipnótica de sus formas. Acostada también boca arriba, con sus ojos carmesí fijos en el techo del cuarto, no observa nada en especial y al contrario, tiene con un mucho en que pensar: Kai.

Ninguna otra persona le importaba tanto ni la mantenía tanto tiempo ensimismada, ni siquiera Gendo. Era extraño. Ella, que desde que tenía conciencia, jamás le había interesado nada en particular y la vida entera le era por completo indiferente, tener este tipo de relación. Y lo peor de todo, según ella, era que lo disfrutaba y no se arrepentía en lo absoluto.

Cada mirada, cada caricia, cada beso, en fin: cada segundo que pasaba con él, eran un tremendo alivio, un suspiro, de entre su gris y monótona situación. ¿Porqué? ¿Porqué sentía ese magno sentimiento, que desconocía por completo su procedencia y su propósito, cada vez que él le hablaba ó estaba con ella?

No podía entender el curso que los acontecimientos tomaron para terminar en tan feliz situación; y aunque se rehusaba a analizar los hechos acontecidos, ya que le bastaba el mero placer de disfrutarlos, no obstante comienza lentamente a recordar.

“¿Cuándo fue que pasó? Me parece que hace unos seis meses... al diablo con eso, al fin y al cabo es intrascendente. Lo que sí recuerdo muy bien fue la rabia que sentí, al darme Misato la noticia. Digo, cómo si no fuera suficiente el haberme unido al ejército personal de Ikari, el haberme “invitado” a diseñar una unidad Eva con mejoras excepcionales, el descubrir que yo también podía manejar uno de esos armatostes, y todo un sin fin de atropellos más, ahora resultaba que YO, Kai Rivera, niño prodigio, con un montón de diplomas de las mejores universidades, iba a tener que asistir a la secundaria. Era de lo más humillante que me hubiera podido imaginar.

La secundaria. Con todos esos estúpidos mocosos allí, con sus insignificantes problemas y su débil concepción de la vida. Con una sola palabra los podría haber definido en esos momentos: INFERIORES. El ir allí, eso sí que no lo iba a soportar, ¿Y todo para qué? En palabras de Misato: “ Para que te puedas coordinar a la perfección con el Primer Niño”

Ese maldito Primer Niño me las iba a pagar todas, en cuanto se me cruzara en el camino ó eso por lo menos pensaba en aquellos momentos.”

“Hace siete meses de todo eso. No me acuerdo muy bien los detalles anteriores a aquel día; en ese entonces seguía sin importarme todo lo que pasara a mi alrededor. “A la chingada con todo” era mi filosofía en esos desesperantes días. Diez años de vivir en un convento, siempre con las mismas comidas, las misma rutinas, las misma ropas y recluida en todo ese ambiente religioso me asfixiaba por completo; así que cuando llegó ese hombre, el comandante Ikari, a sacarme de todo eso, lo agradecí en silencio.

Por lo tanto no me importó en nada lo descabellado que sonaba todo aquello de las unidades Eva, que los Niños esto, el Segundo Impacto, los Angeles, nada de eso me perturbó en lo más mínimo.

Lo que me importaba es que finalmente era libre. Tenía mi propio apartamento, por fin podía vestirme cómo se me diera la gana, escuchar la música que yo quisiera, levantarme a tal hora. Pero, ¿de que sirvió? Nunca lo disfruté a plenitud. Vi con indiferencia que me era imposible relacionarme con las personas ó establecer una plática normal, tener amigas... ó un novio.

Y de todos modos no me preocupé cuando me dijeron que tendría que asistir a una escuela, con todos esos chicos de mi edad. Nada en esos días me importaba, ni siquiera morir.”

“Y por fin después de todas las misivas e indirectas de Misato y Ritsuko, al fin dejé que me presentaran al dichoso Primer Niño, cómo insistían en llamar a aquella persona, y claro que me ofusqué al enterarme que a mí me denominaban cómo Segundo Niño. En realidad todo me molestaba en ese entonces, desde que había entrado a NERV.

Pero por lo menos no era un esclavo de Ikari, al menos no por el momento. Mi rango cómo “Especialista de la O.N.U y Coordinador General en la construcción del Modelo Especial ” me permite gozar de ciertos privilegios sobre otros miembros de NERV.

Al fin conocería al responsable de que tuviera que volver al jardín de niños. En cuanto me quedara solo con el maldito, lo iba a hacer sufrir cómo nunca antes a nadie se le hubiera ocurrido. Me divertía en pensar en las tantas y tantas formas tan bellas de castigarlo, cuando de repente, esta... chica está frente a mí.

Quedo pasmado, ¿una chica? Nunca imaginé que fuera una chica. Y menos una tan, tan ¿cómo decirlo? ¿Hermosa? ¿Extraña? No sabría describir mi impresión en ese momento.

Me dirige una mirada con esas pupilas rojas, y entonces me siento flotando entre nubes. Claramente puedo escuchar resonar el himno a la Primavera en mis oídos. Mi estómago parece estar lleno de mariposas y mis pies se sienten sin fuerzas. Mi mente se vacía de cualquier pensamiento lógico y solo quedan estupideces empalagosas; y aún así, no me resistí a todo lo que me pasaba en ese rato. De todas maneras, no hubiera podido hacerlo.

Casi no presté atención a lo que dijeron Misato ó Ritsuko, solo recuerdo una frase que le oí a mi mentora:

— Kai Katsuragi— dijo ella — te presento a Rei Ayanami, el Primer Niño.

Repito y grabo mentalmente el nombre de tan encantadora criatura. Bien podría haberse llamado Pánfila, y aún así hubiera sentido lo mismo: una devoción total.

El tiempo ni nada pasa ya para mí en aquel instante; todo se congela y sólo estamos ella y yo. Y este... sentimiento... tan raro y desconcertante. Cómo si ya la conociera desde mucho antes. Todo era tan extraño. ¿Qué fregados era lo que pasaba conmigo?

Ritsuko me saca de ese trance, con un empujón. Reaccioné instintivamente tendiendo mi mano, hasta que se encuentra con la suya. Es tan suave, tan tersa.

— Mucho gusto— balbuceo, mientras ella me responde.

Hasta ese segundo, creía que ella estaba indiferente, pero en ese breve y pequeñísimo momento distinguí claramente el sonrojo iluminando sus mejillas.

Quedo paralizado.”

“Nada me importaba en aquellos tiempos. Por lo tanto, no mereció mi atención el anuncio que la doctora Akagi me hacía de que iba a conocer al Segundo Niño. Lo mismo me daba a mí, me era por completo indiferente el conocer o no a aquel imbécil.

Ya antes había oído de él, por los cuchicheos y las impertinencias de los empleados, cuando estaban borrachos; por lo general siempre hablaban bien de él, que era parrandero y amistoso, vivaz y nada dejado. Siempre circulaban sus mitos enalteciéndolo en variadas anécdotas, desde cómo manejaba al comandante Ikari hasta su inusual genio en todo. Una vez les escuché que podía transformar las piedras en oro.

Así que fiándome de todas aquellas descripciones, pensé que sería otro de esos pinches científicos con aires de grandeza, de esos que se creen la Divina Gracia. Malditos imbéciles sabelotodos.

Pero nuevamente adopté mi postura “vale madrista” y ya no me importó en nada. Así que me dejé conducir por la doctora Ritsuko sin ninguna queja al respecto, al tan “ansiado” encuentro. De haber sabido lo que pasaría, tal vez hubiera puesto una objeción al asunto. Tal vez.

Me ponen enfrente del chico. A la lejanía, parecía molesto por algo, claramente lo pude ver discutiendo con la capitana Katsuragi. Desde ese momento me cautiva por completo; el ver a una persona tan diferente a mí, que nunca estaba conforme con nada y a todo le tenía que poner un pero. Al principio fue sólo eso, pero conforme me acercaba a él, pude sentir cómo por primera vez este fuego se originaba dentro de lo más profundo de mi ser, sentí cómo se extendía e incendiaba todo mi cuerpo. Era un sentimiento, de eso estaba segura, pero nunca antes había experimentado algo así. Era cómo una mezcla de devoción y de conocimiento. Cómo si ya lo conociera desde mucho tiempo antes.

Me doy cuenta que esta inhibido. Un agradable escalofrío me recorre por completa. Es apuesto, en cierto modo. Casi sonrío; jamás había pensado de ese modo por un hombre. Alto, con esa complexión deportista, su cabello castaño y esa agradable forma de vestir casualmente con tenis, jeans y camiseta. Me da la impresión de que es uno de esos antiguos amantes del “rock and roll” que había visto en fotografías de documentales del siglo pasado; después pude comprobar su gusto por las bandas de rock de las últimas décadas del siglo veinte.

Pero entonces dirijo mi vista a esos hermosos ojos verdes, tan desacordes con toda su apariencia. Sí, claro... miren quien habla. Y al mismo tiempo, él también me dirige la mirada y estoy segura que ambos nos congelamos en ese instante; de inmediato me olvido de todas mis suposiciones anteriores. Las leyendas de esos ebrios nunca le hicieron justicia: nunca les había oído que fuera tan... celestial. Ahora estaba segura que podía hacer todo lo que decían y aún mucho más, muchísimo más.

En ese momento, tímidamente extiende su mano hacia mí, profiriendo algunas palabras. Todo da vueltas a mi alrededor, y por más que trato de resistir, mis labios esbozan una sonrisita mientras mi mano se estrecha con la suya; y me siento tan segura estando con él. Quedo paralizada.”

“Y desde aquel momento tan emotivo (lo sé, se oye bien cursi, pero ¿qué le vamos a hacer? Es la mera y pura verdad.) quise estar lo más cerca que se pudiera de ella. Conocerla, saber sus gustos, sus odios, sus costumbres... sus medidas... en serio, es despampanante a sus catorce años... y sobre todo cuando se viste con ese ajustado traje de conexión, cielos, tengo que hacer un esfuerzo monumental para que no se me pare... err... el cabello. Pero eso es lo de menos.

Así me di cuenta de la enfermiza relación que llevaba con el pendejo de Ikari, de “Sí amo, cómo ordenes”, de que entre sus escasos gustos estaban el agua (los baños y la natación) y su inclinación al heavy metal y a la música deprimente. Creo que encajaría a la perfección con la descripción de los viejos “dark” de los 90. Por lo tanto, en su cumpleaños me pareció prudente regalarle una chamarra de cuero, negra. Casi me deshago por completo al dársela, y sobre todo cuando me agradeció: con una sonrisa. Nadie la había visto sonreír, por lo menos eso era lo que me decían, así que cuando me sonrió con aquel resplandor en su rostro... creí que moriría de la emoción. Se veía tan hermosa cuando sonreía.

Absolutamente todo lo que hacía ella me “apendejaba”, y creo que todavía causa ese efecto en mí. A lo mejor si les pregunto a Shinji ó a Misato... ya será después.

En todos esos meses mi fascinación por ella siguió creciendo más y más, y una cosa era segura: a ese ritmo, yo no iba a aguantar más. Tenía que decirle, demostrarle lo que ella significaba para mí. Resistiéndome vanamente a ese impulso me repetía a mi mismo mi estúpida creencia de mis años mozos: No existe el amor, sólo la atracción física; un cúmulo de reacciones químicas e instintivas.

No sabía si era amor lo que sentía por ella, pero era obvio que la fascinación que ejercía en mí era producto de algo más que el resultado de reacciones químicas de mi pubertad; era algo más superior que viles instintos. Un sentimiento grandioso, casi divino.

Así que después de varias y pequeñas luchas internas, entre mi sentido común y este sentimiento que no me dejaba en paz ni por un momento, finalmente ganó el último. Y me decidí a todo.

Tenía que decirle lo que ella significaba para mí.”

“Desde entonces, dejé de lado mi actitud indiferente ( por lo menos con él) y empecé a interesarme en todo lo que tenía que ver con aquel muchacho que me hacía sentir en las nubes. (Sí, sé que suena cursi ¿y qué?)

Con emoción me di cuenta que él también estaba atento a todas mis actividades; me sentía tan... querida. Por primera vez en mi vida parecía importarle a alguien. Y me sentía tan emocionada, con temor a parecer estúpida... por eso nunca dejé que se diera cuenta de mi emoción interna.

Supe entonces por varias fuentes (siempre escuchando y nunca sin preguntar), sobre todo de la doctora Ritsuko, que vivía con la capitana Katsuragi, había recogido su apellido, que le gustaban los juegos de vídeo (¿), el rock y ver televisión hasta tarde. Y lo más importante: iba a asistir a la escuela conmigo, ¡Y sólo por mí!

Todos esos días, tan cerca, pero ni uno ni otro quería saltar esa barrera que nos alejaba. Así que nos conformamos con esas miradas indiscretas en medio de la clase, los mutuos sonrojos y nervios. Me di cuenta con algo de celos, y miedo tal vez, que era todo un galán ante los ojos de mis estúpidas condiscípulas. Quise que no me importara, pero esa idea me dejó muchas noches sin pegar un párpado. Afortunadamente para mí, él fue quien dio el primer paso en nuestra relación.

En ese día, después que cumplía mi rutina en los cuarteles, me dirigía al departamento, como de costumbre. Entonces, él me alcanzó... y me dirigió la palabra. Apenas si podía salir de mi sorpresa. Casi no pudo pronunciar un “Hola”. Supongo que eran por los nervios, que a mí me mantenían muda, cómo una tarada. Luego de varios intentos, al final me dijo:

— Hoy es tu cumpleaños, ¿no?

Mi cumpleaños. Hasta yo ya me había olvidado de mi fecha de nacimiento: 14 de febrero. Y no le pregunté cómo diablos lo supo. Luego me extendió el paquete que llevaba consigo. Abrí con una falsa calma la caja, para encontrarme con una chamarra de cuero, negra. Estaba bárbara, cómo siempre la había querido. De seguro costó una fortuna. Apenas si pude pronunciar un “Gracias”. Instintivamente, sin oponer resistencia (no tenía fuerzas ni para eso), una sonrisa se dibujó en mis labios, mientras una discreta lágrima recorría mi mejilla. Pero, ¿Porqué? ¡Si estaba... feliz! Me impresionó mucho mi reacción, pero creo que a él le agradó.

Y sin embargo, nunca tuve el valor de hablarle. Pero tenía que decirle todo, absolutamente todo lo que él significaba para mí. Aún tenía mis dudas, que se disiparon al pasar lo que ocurrió, y entonces estuve segura de todo lo que sentía por él.”

“Desde que entré a NERV me paso todo el tiempo tratando de disuadir al comandante de los peligros innecesarios que conllevan algunos experimentos, pero claro, nunca me hace caso, y cuando lo hace me tacha de loco y me manda directo a la chingada. Creo que es por mi edad, le caigo mal ó desconfía de mí; el sentimiento es mutuo, claro, pero ciertamente yo soy el que le da muchas más razones para ignorarme. ¿Qué puedo hacer? Soy un sabio atrapado en este cuerpo de niño... supongo que debo aprender a controlar mis acciones. Creo que puedo tratar.

Así pues, como era de esperarse, Ikari no me hizo mucho caso cuando le sugerí... no, le ROGUÉ que parara en las pruebas con el Prototipo Cero.

Ya teníamos el Modelo de Pruebas y el diseño de los Modelos de Producción y Especial, entonces ¿para qué seguir enfrascándose con las peligrosas pruebas de la Unidad Cero?

Había revisado los planos de esa cosa, y estaba toda llena de defectos que la convertían en una trampa mortal para todo aquel que fuera lo suficientemente estúpido cómo para pilotearla. En un principio no me importó, porque jamás consideré que la fueran a usar: yo creía que era sólo cómo un “cáliz” para hacer las demás unidades y después la iban a desechar. Pero no era así. Ikari estaba encaprichado en usarla; y casi se me sale el corazón al enterarme que Rei era la piloto designada.

Me hubiera gustado advertirle, disuadirla de no hacerlo, pero nunca me animé. Además, ya sabía de esa actitud taciturna que tenía. En todas mis observaciones que hice de ella, me di cuenta con un poquito de asombro del poco instinto de auto conservación que tenía. Pareciera cómo si deseara morir. Eso me aterraba un poco; el que ella muriera en uno de esos actos casi suicidas.

Durante todos esos meses de pruebas, me pasé mordiéndome las uñas, es espera del desastre que de un momento a otro iba a ocurrir. Siempre preocupado por ella... sólo por ella.

Y por fin, hace dos meses, pasó lo que tanto me temía.

Ya casi había desistido de mis advertencias, así que en esos momentos observé el experimento con una calma que no había tenido en meses, que supieron apreciar los que estaban en ese entonces conmigo; alguien me dijo que le extrañó que no haya hecho ni una sola queja en toda la prueba. Aún si lo hubiera hecho, no habría servido de nada.

Rei abordó tranquilamente el Entry Plug, cómo siempre. No podías verle ni un ápice de duda ó temor. En algunas ocasiones he admirado esa cualidad, que la hace indispensable para los locos proyectos del comandante.

Encienden todos los controles del Eva y empieza la prueba de coordinación entre piloto y máquina. Todos los medidores se encuentran en un rango aceptable. Cuando comienzan a quitar poco a poco los “candados” de la conciencia del prototipo, todo sigue a la perfección. Y justo cuando iban a dar por terminada la prueba, comenzó lo inevitable. La escala de la conciencia de la Unidad Cero sale de control.

Miré enfrente de donde estaba: el Evangelion parece cobrar vida y cómo consecuencia entra en el estado BERSERKER; se vuelve completamente loco y comienza a golpear el muro que nos separa de él, mientras claramente puedo oír sus gruñidos de rabia.

Apenas si alcancé a escuchar las órdenes de Ritsuko y del comandante, el ruido de los golpes era ensordecedor. Al mirar de reojo, me doy cuenta que han expulsado el Entry Plug, que rebota horriblemente en las paredes cómo pelota de raquetball; eso debió doler, pero aún así, la Unidad Cero operaba por sí misma ¿Cómo era posible?

El cristal comienza a ceder ante los continuos ataques del monstruo, cuando faltan escasos segundos para que acabe el suministro de energía al Eva. El comandante Ikari sigue ahí, de pie, sin siquiera inmutarse un poco. No sabía si estaba en shock o no, pero si no se quitaba de ahí pronto, no la iba a contar. Por muy tentador que me haya parecido dejarlo ahí, me sobrepuse a aquello e inmediatamente salté hacia dónde estaba él; los dos caemos al piso mientras el cristal estalla en miles de pedazos, cubriéndonos.

Siento mi cabeza un poco húmeda y después de eso, la tranquilidad total. Todo de repente está muy tranquilo. Me di cuenta que estábamos vivos, al mismo tiempo que comenzaba a escuchar varios murmullos; me incorporé al mismo tiempo que Ikari, que aparentemente salió ileso. El muy ingrato apenas si me dio las gracias por haber salvado su asqueroso pellejo. En fin, ésta será otra de esas incontables ocasiones que terminan con un “Te lo dije” mío. Pero al ver delante de mí a la ya inmóvil Unidad Cero, me acuerdo de la horrible forma cómo rebotó la cápsula donde se encontraba Rei. Con la mirada interrogo a quemarropa a Gendo, pero el maldito sólo está preocupado por el prototipo, y no parece importarle en algo el ser humano de allá abajo. No faltaba más, de todos modos no esperaba mucho de él, y salgo cómo bala para ver cómo se encuentra Rei.

En el camino, que me pareció eterno en esos momentos, me asolaron incansablemente las imágenes que esperaba encontrar cuando la viera, en el peor de los casos, muerta. Todas las fotos que observé en la facultad de medicina, todos esos libros de guerra con fotografías, todos los cadáveres tiesos que había cortado y deshecho durante mi carrera, todas aquellas rojas imágenes se me venían a la mente.

No, ella no podía estar muerta, me lo repetía varias veces, tratando de obtener un falso alivio en el tortuoso camino. Cuando finalmente llego a donde yacía la cápsula, noto que soy el primero en llegar. ¿Dónde estarían los paramédicos? Me encontraba desesperado en esos momentos, al saber que era el único que podía prestarle ayuda en esos momentos.

Sabía de lo caliente que iba a estar el Entry Plug, pero no me importaba nada en esos segundos, mi juicio se nubla y me lanzo sobre la palanca para abrir la cápsula, con mis manos completamente desnudas. Trato de no gritar mientras doy vuelta al hirviente pedazo de metal.

Por fin la maldita palanca cede a mis esfuerzos y la puerta se abre de golpe. El LCL comienza a fluir desde adentro y cómo si fuera una pinche caricatura, meto de repente mis quemadas manos al líquido, aliviado aunque sólo sea por esos momentos.

Me metí cómo pude por el estrecho agujero que era la puerta, y fue cuando la vi. Ahí estaba ella, inmóvil, con los ojos cerrados. La tranquilidad del momento no hacía mas que irradiar su belleza por todos lados. Al verla en esa rigidez temo que esté muerta y acerco mis dedos a su cuello para tomarle el pulso. Afortunadamente aún tenía sensibilidad en las manos, pasando de las quemaduras; tome su pulso: estaba bien y constante.

Su respiración estaba muy bien, así que me doy a la tarea de examinar su cuerpo, en busca de hemorragias ó fracturas, por lo que no quise moverla de ahí hasta que llegaran los paramédicos.

Mi cabeza de nuevo se siente mojada, pero lo ignoré otra vez.

Examinando a esa diosa frente a mí, me doy cuenta que el traje de conexión absorbió casi todo el impacto, pasando de las magulladuras y uno que otro moretón.

Pero el traje no ha conseguido salvarla de una palanca que se ha incrustado horriblemente en su costado derecho. Unos borbotones de sangre fluyen esporádicamente, manchando su inmaculado traje blanco. Introduzco los dedos por la herida, para indagar su gravedad; al parecer los órganos internos se han salvado, pero aún así es mucha sangre la que está perdiendo. Tenía que arrancarle aquella estaca e impedir que se desangrara.

Justo cuando pienso arrancar la palanca, ella se despierta. Me observa desconcertada con sus hermosos ojos y de nuevo me siento lento. Le dije algunas palabras de alivio, al mismo tiempo que me aprovechaba de la situación y me di el lujo de acariciar su bella cara y cabello, mientras ese agradable escalofrío recorría mi cuerpo.

Le di mi mano para que se sujetara de ella, y sin decir nada más comencé a arrancar la causa de la herida, poco a poco; Rei aprieta fuertemente mi mano, mientras cerraba sus ojos y boca en un intento por no reflejarme su dolor, eso creo.

El pedazo de metal por fin sale de su perfecto cuerpo, y mientras lo tiro a un lado llego a la terrible conclusión que no tengo venda preparada para contener la sangre que parecía emanar rápidamente. Era un completo imbécil es esos momentos. Estaba seguro que iba a morir, y todo por mi maldita culpa. Recuerdo mi entrenamiento de médico de combate, pero muy tarde. Aunque no sabía si me estaba permitido, rezo al Dios de mis padres, el único en el que creo, para que la salve. Rasgo mi bata de médico en grandes tiras, una de ellas la utilizo para obstruir el flujo de sangre y de inmediato comienzo a apretar la herida, tratando de parar la hemorragia, mientras seguía rogando cómo un pequeño niño. Sea cómo sea, parece que alguien me escuchó. La cintura de la muchacha ya no parecía una fuente. Con los demás restos de la prenda, improviso un burdo vendado, que parece dar resultado.

Y cuando he acabado con los primeros auxilios, por fin se les ocurre salir a los malditos paramédicos. Bonita hora para llegar. Me despido de ella con más palabras para confortarla, mientras un fulano me hace bruscamente a un lado, al mismo tiempo que ella vuelve a caer inconsciente.

Al revisar los bolsillos de mi rasgada bata me di cuenta de la pérdida de mis lentes oscuros, que acababa de comprar. Seguro se habrán roto durante toda la conmoción, pero aún así los busco vanamente por el piso y de repente un velo rojo cubre mi vista. Sangre. Al parecer no salí tan ileso cómo pensaba, un pedazo de cristal alcanzo a cortar levemente mi frente.”

“No recuerdo bastante bien los detalles anteriores al accidente, pero supongo que fueron los normales, por eso no les puse demasiada atención. Lo único que noté es que Kai ya no le estaba dirigiendo sarcasmos al comandante... eso sí era algo extraño, tal vez un augurio de lo que iba a ocurrir. Abordé tranquilamente la unidad cero, me comienzo a sincronizar con ésta y entonces empieza el experimento.

Todo iba bien, hasta que de pronto puedo escuchar claramente los lastimosos ¿quejidos? del Evangelion, la pantalla enfrente de mí se llena de las señales de alarma.

No pude darme cuenta de que pasaba, todo era confusión: gritos por aquí, todo mundo dándose órdenes, desorden total, etcétera.

De repente, un violento jalón me hace golpearme en la cabeza con los controles, haciendo que se nuble mi sentido, entregándome por completo a esa nada que me cubrió en aquel instante.

Tampoco puedo precisar con exactitud el tiempo que estuve inconsciente, tal vez fueron unos tres o dos minutos, según creo yo.

Fue cómo volver al hogar: el tiempo no corría y no podías darte cuenta de nada en lo absoluto. Por que no pasaba nada. Una nostalgia me invade, y deseo quedarme ahí para siempre, en ese lugar oscuro y frío, pero a la vez tan tranquilo.

Un constante y fuerte punzón en todo mi cuerpo me hace volver a la realidad, al dolor, al sufrimiento. Cómo volver a nacer.

Cuando abro difícilmente mis ojos apenas si podía entender lo que había pasado. Miré a mi alrededor, confundida, y todo parecía estar bien: la cabina parecía en buen estado y todo estaba intacto, todo excepto yo. En aquel momento me dolía todo y apenas si podía moverme; con trabajos podía mantenerme coherente. Siento un dolor en especial, en mi costado, que parece estar ardiendo; me rehuso a gritar.

Pero en todo ese largo túnel de lamentos, pude observar una luz al final.

— Hola— me dijo suavemente.

Era él. No me había fijado que estaba conmigo, por lo que me sorprendí. Después de sobreponerme, no tuve más remedio que interrogarlo con la mirada; al parecer lo ha captado y de nuevo me habla.

— ¿Te duele algo?

Con un gesto respondo afirmativamente. Kai me observa compasivamente, y entonces, en un intento por hacerme sentir mejor acaricia mi cabello y cara, mientras me habla suavemente.

— No te preocupes, chiquita, todo va estar bien. En un momento van a venir a ayudarte, ¿eh? De mientras yo estoy aquí.

— Gracias— pronuncié con dificultad, cómo un suspiro.

— Shh... — respondió, mientras ponía su dedo índice sobre mis labios.— No digas nada. Ahora, quiero que sujetes mi mano, ¿quieres? Lo que voy a hacer va a ser un poquito doloroso, así que quiero que la aprietes fuertemente.

Lo obedezco en silencio, y cuando observo su mano me doy cuenta que está quemada. Después me dirían el porqué tenía sus manos en ese estado. Quiero observar lo que va a hacer, así que volteo mi mirada hacia abajo. Pero él me detiene en ese instante.

— No, no, no... mejor no mires aquí. — y me indica nuestras manos enlazadas. — Quiero que te concentres aquí, ¿O.K?

Sin decir nada, de nuevo, dirijo la vista adónde se me indica. Entonces, un agudo punzón vuelve a asolar mi costado; el dolor me hace cerrar los ojos, a la par que aprieto fuertemente mis dientes y su mano, mientras me esfuerzo en no gritar.

El sufrimiento dura unos cuantos segundos más, para luego desaparecer por completo.

Cuando por fin abrí los ojos otra vez, pude ver a Kai rasgando su bata en tiras, ¿Para qué? Miro a un lado mío (justo donde él no quería que viera) y me encuentro una mancha roja. Sangre, eso era, mi sangre. De algún modo, esperaba que así fuera.

¿No sería mucho mejor que me dejaran descansar para siempre? No le importo a nadie.

Pero él me hace darme cuenta de mi error. A él sí le importo, y él también empieza a importarme.

Suavemente comienza a vendarme con las tiras que antes era su bata; cuando lo hace, noto que un objeto cae del bolsillo de la prenda desgarrada. Son unos lentes, unos lentes para el sol. Quería decirle, pero no tuve fuerzas ni para hablar, entonces estiré mi brazo para alcanzarlos y por lo menos dárselos. Sin embargo, una vez que estaban en mi poder, las brumas vuelven a cubrir mi mente y todo parece dar vueltas a mi alrededor.

No distingo si ese hilo rojo que cubre su frente es producto de mi imaginación o no. Lo último que pude ver en esos instantes, ya que sin previo aviso vuelvo a caer desmayada. Pero había tanto por hacer... sus lentes.

Un suave murmullo comienza a despertarme. Mientras abro los ojos distingo claramente ese olor a hospital. Poco a poco comienzo a incorporarme a la realidad, al barullo de la conciencia.

Estaba en lo cierto: era un hospital. Ahora me siento mucho mejor, más fresca y lúcida.

Me permito dar un largo suspiro de alivio, mientras recorro con la vista el lugar dónde me encuentro. Por esa puerta abierta puedo ver ir y venir una gran cantidad de personal médico. El cuarto está algo fresco y muy bien iluminado, lo que en un principio me molesta, hasta que logro acostumbrarme a la luz.

Examino mi cuerpo y mis heridas. Cómo lo veo yo, al parecer tengo el brazo izquierdo roto, tengo la cabeza y un ojo vendado, además de la herida en el costado, que me da la sensación de que tuvo que ser cosida. Creo que no podré moverme de aquí por un buen rato. Que enfado.

No había podido percibir la presencia de esa otra persona que me acompañaba. Pero pude distinguirlo a primera vista... estaba recostado cómodamente en una silla, dormitando cómo si fuera un bebé. Era mi Kai. Al parecer el hilo de sangre que pude observar en su cabeza, no era mi imaginación, ya que tenía en la cabeza una venda. Nada parecía poder perturbar sus sueños en aquel instante

— Katsuragi— pronuncié en un tono muy quedo.

Él seguía sin despertar, en un fuerte sopor. Entonces me pregunto si lo dejo así... no sé, se veía tan... tan... tierno... increíble que pueda discernir que es tierno y que no.

Pero en un tremendo ataque de malicia que tuve (¡estaba empezando a experimentar toda clase de sentimientos, desde que estaba con él!) comprimí un pedazo de papel, hasta hacerlo una pequeñita bola. Apunté hacia donde él estaba y la lancé ... sólo la lance. Apenas si podía aguantarme la risa, al ver su expresión de sorpresa.

Después de desperezarse, se dirigió a mí:

— Ah, que bien... parece que ya te sientes mejor, ¿no?— lo dijo al notar mi expresión risueña.

— Bueno...— vacilé— creo que algo así. No estoy muy segura.

Él ya no dijo nada, y sólo se limitó a contemplarme, en un silencio total; esa mirada que tenía, cómo si me estuviera analizando, me desconcertó bastante. Tiempo después me di cuenta que utiliza esa misma expresión al conocer a las personas. ¿También al menso de Ikari le habrá pasado igual?

Una vez que hubo concluido el “examen” dirigió su atención al buró que estaba al lado de la cama. Y ahí estaban, envueltos en las tiras ensangrentadas, sus lentes oscuros. Decepcionado, los contempló por un buen rato. Estaban rotos. Lo último que recuerdo sobre ellos era que los sostenía fuertemente; es increíble que los paramédicos no me los hayan quitado... pero, ¿Y las tiras? ¿Por qué se preocuparon en envolver con ellas las gafas, y ponerlas aquí? Mis reflexiones fueron abruptamente cortadas.

— A la basura— dijo él, refiriéndose a los objetos, claro.

— No, espérate... — lo interrumpí. — ¿Me los puedo quedar?

De nuevo se quedó sorprendido, a lo que debió parecerle una propuesta tonta. Ni yo misma supe que era lo que estaba haciendo; así pues, sin decirme nada, deslizó las gafas en mis manos. Las vendas, por cuestión de higiene, no pude quedármelas, pero sí conseguí los lentes para sol. Los admiré por un largo rato, en mis manos. Ahora creo que me los quise quedar para tener algo que me sirviera para recordar aquel día, en que los dos nos dimos cuenta de nuestros sentimientos.

Él seguía ahí, de pie, observándome fijamente. Entonces yo también lo logré contemplar, y esta cosa creció en mí... y ni uno ni el otro nos pudimos negar a eso, sea lo que sea.

Y sellamos el pacto con un largo beso, con lo que comenzaría nuestra relación.

Sólo espero que nunca acabe... ¿podrá hacerlo?”

“Después de todo en lo que me metí, ya no tenía fuerzas para nada. Todo pasó muy rápido para mí y al final estaba cansadísimo, por lo que no opuse mucha resistencia a que me llevaran al hospital a curarme esa cortada. En realidad no era la gran cosa, fue muy superficial, por lo que no habría cicatriz ni nada. Lo que me preocupaba un poco eran mis manos, que perdieran sensibilidad y precisión por la quemada; aunque con esto tampoco hubo mucho problema.

Los médicos de NERV emplearon conmigo una nueva clase de tratamiento, aún en fase experimental (serví cómo un estupendo conejillo de indias ¡Ja!) : “La piel de serpiente”. Un microtejido que simula bastante bien la epidermis humana; se coloca en la quemadura y reconstruye la piel quemada mientras al mismo tiempo, la “Piel de serpiente” la oculta. Aún hoy la sigo usando, y sigue sirviendo bastante bien. Las personas que no supieron del accidente ni siquiera la han notado; así es mucho mejor, me evito bastantes preguntas engorrosas, que ni yo sé las respuestas a ellas.

Después que hubieran acabado conmigo, ya no quería saber nada de nada. Fui bastante estúpido al dejarme llevar por mis sentimientos personales... ahora todo mundo estaba inventando, a mis espaldas, toda clase de chismes y ridículas historias de pasión desbordada entre ella y yo. “Eso me saco por menso” pensé molesto, mientras recorría los pasillos del hospital.

En ese momento me pregunté en que estado se encontraría. Cuando la dejé se veía bastante mal, según yo. Mi apresurado diagnóstico indicaba traumatismo en el brazo izquierdo y en algunas partes del cráneo, varios raspones y moretones, sin contar la profunda herida que tenía en el costado, que debió necesitar de cirugía.

Me debatía conmigo mismo en si ir a verla o no cuando (oh, capricho del destino) cuando casualmente pasé por su habitación. Quise enfadarme, hacerme el indiferente y pasar de largo. Pero no pude. Me asomé tímidamente por el umbral de la puerta, para poder ver su condición. Todo era cómo me lo esperaba: tenía el brazo izquierdo enyesado, la cabeza y un ojo vendados, y de seguro tras esas sábanas se ocultaban los restos de la cirugía.

El cuarto estaba oscuro y desolado, sin nadie en su interior, salvo la paciente. Al preguntar a la enfermera de guardia supe que el comandante Ikari estuvo un momento con ella, pero sólo por un tiempo muy breve, y después se fue. Mal nacido, ahora se hace de lágrimas de cocodrilo, cuando en un principio todo lo que le importó era su preciosa trampa mortal. Ya quisiera haberlo visto hacer lo que yo hice.

Quise que no me importara, después de todo ya no era mi problema. Había cumplido con mi deber de buen samaritano, y hasta allí. Ahora ya no me interesaba lo que le pasara o no le pasara. Me engañaba a mí mismo al pensar así, ya que de inmediato, y sin oponer ninguna clase de resistencia, entré con una silla y me senté a lado de ella.

Aún estaba dormida, bajo los efectos de la anestesia. Se veía tan tranquila, tan tranquila y hermosa como un sueño. Sus labios estaban tan cerca de mí, al igual que su cuerpo... me acerqué a ella muy lentamente, estaba tan cerca que sentía su tranquila respiración. Un mezquino pensamiento atraviesa mi mente. Después de todo, ella me debía algo, ¿o no? me veo tentado a realizar aquella barbaridad a mi diosa. Pero lo que siento por Rei fue mucho más solemne y superior que esa vulgar sensación de deseo, así que me quedé quietecito en la silla, esperando a que se despertara... ¿Para qué? Quién sabe...

Entonces pasaron los segundos, los minutos... las horas. Así que no inhibí toda la güeva que llevaba arrastrando desde mucho rato, y me quedé bien jetón en la silla, sin tener la menor idea de cómo me acomodé para mi objetivo.

No recuerdo si soñé en aquella ocasión. En realidad no me gusta mucho soñar, y tengo mis razones... no, tranquilo... no pienses en eso, cuate... no quieres recordar eso, ¿verdad? Así está mejor. Si de por sí no quería recordar esto... en fin, la verdad creo que no soñé esa vez, si no lo recordaría. Pero dormí bien a gusto, eso que ni qué.

No supe cuanto tiempo pasó exactamente; yo le calculo unas dos horas, más o menos. El caso es que un ligero golpecito me despertó de súbito: era Rei, que me había arrojado una bolita de papel. Sorprendente, nunca la creí capaz de hacer algo así, cómo divertirse. Esta muchacha era una caja de sorpresas.

Al ver su cara radiante, todas mis molestias anteriores se desvanecen cómo si fueran humo, y nuevamente me enfrasco en la contemplación de tan preciosa criatura; aún estando vendada se veía tan hermosa, bella como el sol. Ella es mi sol.

Tratando de recuperar la calma, le dirijo una ó dos palabras. Fue inútil, no podía reprimir lo que sentía estando junto a ella, a ese sentimiento tan grande cómo un planeta entero; no, simplemente no podía ni quería hacerlo, ya no más. Ese día era el definitivo.

Resignándome a mi decisión, intenté desviar un poquito el tema, volteando forzosamente la vista de aquella belleza, hacia cualquier otro lado. Tenía que respirar y escoger cuidadosamente mis palabras. Ella no era cómo esas chiquillas mensas con quienes había tratado en el pasado, así que tenía que proceder con precaución.

Al recorrer el buró junto a la cama, me doy cuenta de mis lentes perdidos. ¿Quién los habrá puesto ahí? Y tan cuidadosamente envueltos en lo que fuera mi bata. Los observo, abatido; estaban rotos... y ni siquiera pude estrenarlos, maldición. Eran nuevos.

Creo que serían cómo un monumento a los sacrificios que se tienen que hacer por un ser amado; a lo que son mis prioridades. Lástima.

— A la basura— pensé en voz alta, mientras me dirigía al bote.

Cuando estaba a punto de desecharlos, Rei me detiene, con su dulce voz:

— No, espérate— pronunció en un tono un tanto suplicante— ¿me los puedo quedar?

Me quedo pasmado ante la descabellada súplica... ¿Para que quería esa basura? Ya no era de utilidad. En realidad era un poco extraña, aunque eso la hace más atractiva; de hecho, no pude rehusarme a lo que me pedía. Si así era feliz...

Deslicé sobre sus manos los anteojos, mientras que las tiras tuve que desecharlas, por higiene más que nada.

Cuando la vi añorar aquel pedazo de basura, las palabras salieron volando. La miré fijamente por todos lados y ya no pude renegarme a mí mismo. Es tan hermosa, pero lo que siento trasciende el aspecto físico (que también tiene mucho que ofrecer), es mucho más que eso. No tengo palabras para describirlo.

Entonces ella también me ve; algo así cómo un lazo se establece entre los dos. Ni el uno ni el otro dijo nada... sólo nos acercamos, y mis labios pudieron estar con los suyos.

En ese momento, sólo nosotros dos existíamos en el mundo, y nadie más. Ya nunca más nos reprimiríamos a nosotros mismos. Desde ese momento, los dos tendríamos un futuro juntos. No voy a permitir que esto se acabe jamás.”

Así, y de una manera casi insólita, los jóvenes amantes terminan sus reflexiones al mismo tiempo. Aún quedaban muchas dudas en el aire, que sólo el tiempo respondería, pero mientras tanto, los dos se tenían el uno al otro. Era lo que importaba.

Ha pasado más de una semana desde la invasión al Cuartel, y poco a poco, la vida comienza a cobrar su habitual normalidad. Toda esta experiencia fue una lección para muchos de los jefes de NERV, y se han venido suscitando varias reformas en cuanto a organización interna se refiere. Habrá heridas que nunca cicatrizaran, y amigos que no volverán, pero es un nuevo amanecer, y la vida tiene que continuar.

Después de una semana, las tropas de la O.N.U. por fin han decidido quitar la guardia que tenían sobre el cuerpo del Cuarto Ángel, y debido en gran parte gracias a las insistencias del comandante Ikari al consejo de las Naciones Unidas, la custodia volvió a manos de su organización, a partir de ese día, una vez que los oficiales científicos de la Junta de Seguridad determinaron que el estudio del espécimen sería mucho más eficiente en las instalaciones del Geofrente. Además que no obtuvieron gran cosa por su propia cuenta.

El cuerpo había sido conservado impecablemente por los científicos, por lo que a más de dos semanas de haber fallecido, aún no presentaba rastros de putrefacción.

En efecto, todo el personal científico, dirigido por la doctora Akagi, debe recuperar el tiempo perdido, en lo que a investigación se refiere. El estudiar a los ángeles era una valiosísima oportunidad para Gendo, y era claro que no la iba a dejar escapar.

La mañana era fresca, mientras el astro rey iluminaba todo desde lo alto del firmamento. Los pajarillos hacían uso de sus cánticos matutinos, mientras las chicharras hacen notar su presencia en el ambiente, con su característico sonido. Las nubes se paseaban cándidamente de aquí a allá, dejándose mecer por los caprichos del viento; en fin, era una hermosa mañana y Shinji se lamentaba el no poder disfrutarla, estando dentro del hangar que servía de mesa de autopsia para los ángeles.

¿Qué se le podía hacer? No tenía clases, sino hasta la tarde, cuando iba a hacer deportes. Entonces, no tenía absolutamente nada que hacer, por lo que tuvo que ofrecerse a acompañar a Misato y Kai, aunque sólo fuera por matar el tiempo hasta la tarde.

Con el casco reglamentario en su cabeza, y con un vaso de café caliente en su mano, observaba distraídamente a todos lados, sin interesarse en nada; seguía a Misato y a Ritsuko de un lado a otro, conforme ellas se desplazaban.

No entendía gran cosa de todos los tecnicismos científicos a los que se referían, salvo uno ó tres conceptos que trataban, nada en especial. Ojalá terminara pronto, ya que lleva más de dos horas recorriendo toda la instalación, lo que ha minado sus fuerzas, interés y entusiasmo. Agradece el que hayan entrado al cuarto de control, donde por fin se deja caer pesadamente en una silla, mientras pronuncia un largo suspiro de frustración.

— ¿Aburrido?— pregunta Misato.

— Algo— suspira nuevamente el niño.

— No te preocupes, creo que ya mero acabamos, ¿eh?

Sonriéndole, la mujer le da ánimos y le voltea la espalda. Shinji no puede hacer nada más que dirigir su mirada al techo, en busca de algo que pudiera entretenerlo. No puede conseguirlo, en el techo no había nada, salvo una lámpara, que lo más que hacía era atraer insectos voladores.

Cuando reconoce a lo lejos la voz de Kai, se incorpora y se asoma tímidamente por la puerta, buscándolo con la mirada. En ese momento, él estaba sirviendo cómo guía para el comandante Ikari y Fuyutski, acompañados por Rei.

— ¿Eso de allá es el núcleo?— preguntó Gendo, señalando hacia el frente.

— Ey... — asentó tranquilamente Kai, mientras dirigía al compacto grupo hacia esa dirección. — Cómo puede ver, querido comandante, este núcleo se pudo conservar más o menos intacto... eso facilitará bastante su análisis...

Gendo se inclina levemente, para poder examinar él mismo el núcleo, tocando su contorno con las manos. Kai se da cuenta de la intromisión de Shinji, a lo lejos, y aprovecha la situación para hacerlo quedar bien frente a su padre.

— Shinji hizo muy bien al obtenerlo... ¿No cree? Él siempre está calculando todos esos detalles— sonrió maliciosamente Kai. — Es muy capaz.

— ¿Lo crees así?— preguntó el comandante, sin voltear la vista.— Ya veremos con que lo recompensamos.

Shinji volteó la vista, avergonzado por la ayuda de su amigo. No creía que hubiera necesidad de todo aquello, y de contar aquella versión tan distorsionada y en nada parecida a la verdad.

— ¿Qué te pasa?— le preguntó Misato, al ver su reacción.

— No... nada, no me pasa nada...— negó el chiquillo.

— ¿En serio?— remató Ritsuko.

Derrotado, el niño se rindió, aunque no plenamente.

— Bueno, es que vi a Kai allá afuera, con mi padre.

— Ah, sólo eso... — musitaron las mujeres al mismo tiempo.

Las dos se asomaron por la puerta, en el mismo lugar donde antes se encontraba Shinji. En ese momento, el comandante y su grupo estaban por abandonar la instalación. Luego de despedirse de Misato y Ritsuko, se fue sin voltear atrás ó sin siquiera dirigirle la mirada a su hijo.

Kai entra despreocupadamente a la habitación, saludando a los presentes, mientras se da el lujo de bromear con ellos. Según parece, está de buen humor.

— ¡Qué onda, pandilla!— saluda a las damas, mientras le da una palmada en la espalda a Shinji.— ¿Qué hay, pequeño amigo? ¿Aún seguimos haciendo aerobics?

El niño pasa alegremente del chiste, cuando se da cuenta de algo en la mano de su compañero.

— Kai, ¿qué te pasó en la mano?

— ¿De que hablas?— preguntó desconcertado.

Ritsuko tomó la mano del chico, para examinarla. Ahora toda la atención estaba centrada en su mano. La doctora sonrió despreocupada.

— Ah, según parece, se te cayó antes de tiempo la piel de serpiente... pero ya no es necesario, esto puede sanar normalmente.

— Órale...

— ¿Dónde te hiciste eso?— preguntó Shinji, extrañado.

El aludido, obviamente nervioso por la pregunta, pasó de lado:

— Oigan, ¿Ya acabaron? Ya me cansé de estar aquí.

De ese modo, los cuatro abandonan la instalación, precedidos por Kai, quien se encontraba muy adelante del grupo; entonces Shinji le sacó provecho a la situación, volviendo a hacer la misma pregunta a sus acompañantes. Así conoció la historia del accidente del prototipo cero, quedando desconcertado especialmente en la parte en la que Kai le proporcionó primeros auxilios a Rei. Dirige su mirada hacia su amigo, preguntándose a sí mismo qué tipo de relación era la que llevaba él con aquella callada muchacha.

Descartó toda posibilidad de que fuera una relación del tipo sentimental... se rehusaba a creer que alguno de ellos dos pudiera sentir lo que es el amor; eran tan fríos, tan indiferentes... ¿cómo iba a ser posible que quisieran a alguien? No, no era posible. Tal vez su padre lo había designado algo así cómo el guardaespaldas de Rei... eso debía ser.

El calor de la despedida del sol, antes del ocaso, envuelve a los infantes en sus actividades deportivas; los sofoca, los duerme, los acoge maternalmente y los envuelve en un agradable sopor, que sólo es superado por la agitación del repentino ejercicio.

Shinji intenta recobrar el aliento, mientras intenta liberarse del engorroso calor bebiendo a sus expensas en el bebedero de la cancha. Intenta disipar el sudor que emana a chorros de su rostro y articulaciones, al mismo tiempo que su respiración se vuelve más tranquila y constante, cuando se deja caer pesadamente sobre el césped a sus espaldas, contemplando fijamente un punto perdido en el firmamento. Una voz familiar se acerca a él.

— ¡Eh, Shinji!— gritó Toji, acompañado del inseparable Kensuke.— ¿Ya te cansaste tan pronto?

— Por lo menos yo, ya...— suspiró vagamente el delicado Kensuke, a la vez que se dejaba caer junto a Shinji.— El calor está de la fregada...

— Qué delicados son, ni aguantan nada.— exclamó Toji, e imitando su ejemplo, se recostó pesadamente en el fresco pasto, recién regado.

Los tres observan distraídamente a las nubes desfilar por entre el cielo azul, sin ninguna preocupación en su conciencia, salvo la de descansar. No obstante, Aida puede notar una inusitada curiosidad en Ikari, quien se encontraba mirando ladera arriba, en donde se encontraba la piscina escolar. Allí se encontraban las muchachas del salón, entrenando para las olimpiadas escolares. Vestidas con unos ajustados trajes de baño, dejando al descubierto sus piernas y resaltando algunas otras de sus partes.

—¡Oye, Ikari!— pronuncia con suspicacia el muchacho, dándole un codazo a Toji —¿Qué tanto es lo que estás viendo allá arriba?

—Eh... nada...— contesta el chiquillo, atrapado en la movida, alzando los brazos delante de sí, al mismo tiempo que su cara tomaba un color rojizo.

En ese justo instante, a través de la alambrada se podía observar a Ayanami incorporarse y dirigirse hacia la alberca, ajustándose su vestimenta por detrás. Tanto Suzuhara cómo Kensuke, al percatarse de su presencia, no les costó bastante trabajo imaginarse a quién específicamente espiaba su compañero. Los dos sabían de antemano el interés que Rei despertaba en su congénere.

—De seguro que no estabas espiando a Ayanami, ¿verdad?— dijo Toji, con cierto dejo de malicia en su tono de voz.

—Mirando las piernas de Ayanami— continuó Aida en un tono meloso, con una expresión por demás lasciva en su rostro.

—Ó los pechos de Ayanami— siguió Suzuhara, imitando a su amigo en la expresión, remojándose los labios con la lengua.

—Ó las nalgas de Ayanami— concluyeron los dos, acercándose peligrosamente a Shinji.

—No, nada de eso...— se disculpaba a cada rato, rojo como un tomate.

—Oye, no tienes por qué avergonzarte— le dijo Toji —No es tan mal prospecto...

—Si tan sólo hablara un poco más— complementó Kensuke, cruzándose de brazos.

—En realidad, pensaba en otra cosa— respuso Ikari ante el acoso de sus condiscípulos —¿No han notado que Kai se comporta un poco extraño con ella?

—¿De que hablas?— inquirió a su vez Suzuhara, con extrañeza —¡Nunca le habla! Por lo menos no que yo haya notado...

—Para mí, eso es muy normal, no sé tú...— finalizó Aida, observando a lo lejos cómo el profesor se dirigía hacia donde ellos estaban.

Casi responden automáticamente a la reprimenda del profesor, al darse cuenta de su ociosidad, y vuelven a emprender la marcha alrededor de toda la cancha, cómo todos los demás. Shinji aún se encuentra meditabundo acerca de sus dos compañeros pilotos. Dirige la vista colina arriba, a la piscina de las chicas. Rei Ayanami. Era todo lo que sabía de ella, su nombre... ¿Porqué era tan misteriosa? ¿Y porqué despertaba en él tanta curiosidad? ¿Qué era lo que tenía que ver con Kai?

— Oigan, ¿dónde está Kai?— volvió a preguntar a sus compañeros, quienes trotaban junto a él, igualmente entrenándose para el evento deportivo de su escuela— No lo he visto desde que llegamos.

— Tienes razón... — expresó Toji. — La última vez que lo vi, se dirigía a la piscina...

Al mismo instante, una idea cruza por sus cerebros.

— No creerán que... — dijo Kensuke, sin terminar, mientras el trío dirigía la mirada hacia arriba, donde el objeto de su búsqueda los observa, a lo lejos.

— ¡Eso es, mensos!— se dijo a sí mismo.— Sigan dando vueltas sin parar, cómo ratas de laboratorio... yo aquí estoy muy cómodo. ¡Lero, lero!

Kai se recuesta levemente sobre la gruesa rama que le sirve de asiento, mientras se pone a disfrutar de la agradable sombra del árbol, que se encuentra justo al lado de la alberca, dónde las chiquillas tienen su clase; el escondite perfecto, y gracias a ese mismo follaje que lo ocultaba a la vista de los académicos también podía estar a salvo del inclemente sopor ambiental. “Ay, nomás me hacen falta unas chelas, y podría pasarme toda la vida aquí”, pensó mientras se imaginaba a sí mismo en un paradisíaco paisaje tropical. Cierra los ojos mientras en sus oídos resuena una canción, entiende y repite perfectamente letra por letra, en un inglés muy pausado:

“That's me in the corner, that's me in the spot light,
Losing my religion.Trying to keep up with you.
And I don't know if I can do it.
Oh no, I've said too much, I haven't said enough.”

Las repite en su mente, mientras toca una guitarra imaginaria, moviendo sus dedos en el aire, encontrando sólo el vacío; sin embargo, el niño se envuelve en un éxtasis musical, ante un público inexistente. “That was just a dream, just a dream” termina por decir la canción, con las notas melancólicas de la guitarra, apagándose poco a poco.

La música se extingue completamente, y él se queda en silencio. “Demasiado bueno para que durara”, piensa, mientras desconecta los aparatos receptores en sus oídos y los deposita junto con el reproductor en su mochila. Todo el equipo es muy compacto y fácil de llevar: los receptores apenas si rebasan el tamaño de un arete, y el reproductor cuando mucho tiene unos quince escasos centímetros de longitud, por unos diez de ancho.

Cuelga su mochila en una pequeña rama, lo bastante fuerte para sujetarla sin romperse, y vuelve a recostarse en la enorme rama que lo sostiene, buscando dormir. Apenas cuando cierra los ojos, las voces de las niñas en la alberca lo distraen. “Qué lata con estas muchachas” piensa, mientras atraviesa la rama hasta su final, dónde se distingue claramente la alberca y sus ocupantes. “¿Qué tanto se traen?”, se pregunta al mismo tiempo que observa la alberca sin nadie en su interior.

— ¡Pero Hikari!— reclama una chiquilla a la representante de grupo— ¿Por qué no nos podemos meter aún? Está haciendo mucho calor...

— Acaban de sacar el agua de los depósitos— responde serena y autoritariamente— por lo que tenemos que esperar a que las calderas la calienten un poco.

— ¡¿Con este calor?!

— Ay, sí... a ver, tócala...

La muchachita obedece, y asoma tímidamente la punta del pie derecho al agua.

— Brr... de veras, está bien helada...

Kai ya no pone atención a su charla, sino a sus esbeltos cuerpos, vestidos con el traje de baño morado, reglamentario de la escuela. Sus delgadas líneas juveniles deleitan las dilatadas pupilas del chico, mientras sus hormonas se activan y sus labios esbozan una sonrisa de malicia, más que de otra cosa. Se acerca un poco más al final de la rama.

— Ay, mamacita... — balbucea quedamente el niño— Hikari, ¿de dónde sacaste todo eso?

Al darse cuenta de su patético estado, el niño se reprocha con un ligero golpe en la cabeza; “No, mi cuate, esto no está bien” piensa, cerrando los ojos. “Tu ya tienes la luz de tus ojos, así que ya no tienes que interesarte por otras, sería bastante estúpido, ¿no lo crees? Hm... ahora que, hablando de la niña de mis ojos...” Sin más idea en su cabeza que la de ver a Rei en traje de baño, el chico no objeta nada a su propósito, y vuelve al final de la rama, protegido con el espeso follaje. “¿Dónde estás, corazón?” se pregunta interiormente, mientras peina el paisaje con la mirada, hasta dar con ella.

Ahí estaba, como siempre, apartada de las demás, con sus propios asuntos en su cabeza; callada y seria, cómo de costumbre, recostada en la malla de alambre, con los brazos cruzados y su tierna pero indiferente mirada clavada en las aguas de la alberca.

El chiquillo queda petrificado donde está, encandilado por tan encantadora visión; ya antes la había visto en traje de baño, claro, y en muchos más cortos, y aún así siempre daba el mismo resultado, tranquilidad total. Al ver sus finas y delineadas piernas, su dulce cara semiescondida en los brazos, sus provocativas curvas, sus hermosas pupilas rojas pensaba: “Baboso afortunado, eres el tipo más suertudo al tenerla” y dando un profundo suspiro de enamorado, se acostó completamente en la rama, podrida por dentro gracias a las plagas.

Sin siquiera decir “Agua va”, la rama se rompe sin ningún tipo de aviso, dejando caer a su sorprendido ocupante a las heladas aguas de la piscina.

— ¡¡¡CHINGUIASUMADRE, ESTÁ FRÍA!!!— es lo primero que vocifera, al salir cómo de rayo de la alberca, tiritando de frío, chorreando agua helada por todas partes.

Las niñas, y su propia maestra, se sorprenden al darse cuenta de la presencia de aquel inesperado intruso.

— ¡Katsuragi!— gruñe la profesora— ¿Qué se supone que estás haciendo aquí?

Todas las miradas se clavan en él, mientras sereno y sin ninguna preocupación aparente, se sacude inútilmente los chorros de agua.

— Bueno, verá...— exclamó al fin— hacía tanto calor, y el agua se veía tan refrescante, que no me pude aguantar las ganas y me eché un clavado desde el árbol... je je, ¿cómo la ve?

La explicación se oía bastante convincente, así que la situación no pasó de un mero regaño y con la indicación de volver a su grupo de inmediato.

Mientras se alejaba tranquilamente, colina abajo, las demás chiquillas lo contemplaban a lo lejos, maravilladas por las ocurrencias de aquel singular muchacho.

— ¿A poco no está guapísimo?

— Pues claro, mensa, ¿Qué crees que estoy ciega?

— Ay, lo que no daría por que me diera un beso...

— Uhhh, tarada, a qué poco llega tu imaginación...

Todas sueltan a cándidas carcajadas, ante el disgusto de Rei, que continúa observando a Kai alejarse cómo si nada hubiera pasado. “Taradas” piensa de sus compañeras, sin cambiar su seria expresión. De seguro se sorprenderían mucho al verlos a los dos en uno de sus ratos.

El sol, semejante a un gran plato dorado, poco a poco es engullido por el crepúsculo, exhalando su último aliento antes de dar paso a la noche; entonces, los niños toman el camino a casa, al hogar. Toji y Kensuke aplauden la travesía de su condiscípulo.

— ¡Tú, viejo zorro!— exclama lleno de alegría Toji— ¡Lo pudiste hacer!

— ¡Es increíble!— continúa Kensuke— ¡Eres mi héroe!

— No es para tanto, niños... — se burla el alabado.

— Y cuéntanos, ¿Qué fue lo que viste, eh?

— Sí, cuenta, vamos, cuenta...

— Bueno, pues les diré que hay que poner especial atención en Hikari... ¡Guau, está de pelos la chamaca! Y las otras no están nada mal... ¿eh?— decía sin detenerse, salvo cuando surcaba el aire con las manos, delineando las figuras, ante la creciente emoción de sus escuchas. — Todo aquello parecía el paraíso...

Shinji interrumpe abruptamente su silencio, señalando un comentario que se venía formulando desde que comenzó a escuchar la anécdota.

— ¿Creen que esté bien el espiar de esa forma a las personas?— pronunció con un aire de regaño y enojo, con los ojos cerrados.

Sus tres compañeros callan de repente, reprochándolo con la mirada, ante la incertidumbre cada vez mayor del indefenso muchacho. Los tres explotan al mismo tiempo.

— ¡No puedes estar hablando en serio, Ikari!— reclama Kensuke.

— ¡Lo dices por qué tú y Kai viven con esa nena de Misato, pero nosotros tenemos que conformarnos con sólo esto!— remata Toji al acribillado chico.

— ¡Shinji, tú me preocupas! Creo que tenemos que hablar sobre los pájaros y las abejas— ultima Kai, tomándolo por la cabeza y frotándola con los nudillos.

— ¡Está bien, ya entendí!— se defiende Shinji— ¡Perdón!

— Así está mejor— suspira triunfalmente su captor, al mismo tiempo que lo suelta— ¿Ves que así es mejor?

Caminan sin ninguna otra preocupación por el asfalto, ante la inminente tapizada de estrellas en el cielo, colorándolo de negro. Kai aún sigue sacudiéndose el agua fugitiva en su ropa y cabello. Salpicando ligeramente a sus compañeros, bañándolo de reclamos al instante. La brisa nocturna lo hace estornudar de improviso.

Shinji y Kai se despiden de sus amigos al tomar caminos separados hacia sus moradas. Al alcanzar su edificio comienzan a subir las escaleras en silencio, hasta que Kai pronuncia:

— Shinji... ¿Qué día es hoy?— pregunta sin tapujos...

— Bueno... 6 de junio... — suspira tristemente su acompañante.

— ¡Tu cumpleaños! ¿Verdad?

— Pues... sí, pero creo que nomás tú lo sabes...

Kai pasa alegremente la tarjeta de identificación por la ranura de la puerta y mientras la abre, pronuncia alegremente:

— ¡Feliz cumpleaños, cuate!— dice mientras le da una pequeña palmada en la espalda, invitándolo a pasar.

Imposiblemente, el alegre departamento está en perfecto orden, sin ninguna basura que empañe su limpieza. Sobre la mesa, están colocados varios platillos, todos caseros y nada preparado, que tanto le fascinan a la dueña de la casa. En el centro de la mesa está, en plano dominante, un decoroso pastel (sin velas), adornado con fresas y crema de betún, cómo la tradición lo indicaba. Y en ambos lados de la pequeña mesa se encuentran Misato y Ritsuko, con una sonrisa en sus caras.

— ¡Feliz cumpleaños, muchacho!— expresa alegremente la militar.

— Lo mismo digo yo— pronuncia la abochornada doctora.

Shinji apenas cabe de asombro. Todo er