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El Proyecto Eva
Por: Gus (jabarajas@hotmail.com)

Capítulo Seis: ¡Hasta la victoria siempre!

“¡Hasta la victoria siempre!

Comandante Ernesto “Che” Guevara

El sonido de la grúa subiendo el pequeño cubículo inunda el interior de éste. Dentro del ascensor, una pequeña, más sin embargo, importante junta se lleva a cabo entre dos personas.

El comandante Ikari escucha pacientemente al emisario del Consejo de Naciones de la O.N.U, al mismo tiempo que éste le enseña varios documentos y fotografías que avalaban su identidad.

— ¿Seguro que nadie puede oír todo esto?— pregunta Gendo a su acompañante. El no estar en la cómoda seguridad de su propia agencia lo ponía tenso. No ignoraba lo impopular que era entre algunos sectores de la Junta de Seguridad, por tanto siempre estaba latente el temor de ser baleado por la espalda cuando se atrevía a abandonar sus dominios.

— Revisamos todo el ascensor. No hay micrófonos ó cámaras ocultas; está limpio.— se apresura a decir el hombre; de una mediana estatura, complexión robusta y vestido con un traje negro, mientras sus ojos los ocultan unas gafas para sol. En su acento para hablar japonés se distingue inmediatamente su procedencia americana.

Gendo vuelve a oír desinteresadamente todo los asuntos que aquel hombre ha venido a tratar, mientras observa su calzado y los alrededores. Finalmente, escucha algo de vital importancia y que, naturalmente, capta su atención total.

—Por último, en un hecho sin precedentes— anuncia con cierta emoción en su voz, deslizando sobre las manos de Ikari una carpeta con varios documentos, todos ellos referentes a las tropas rebeldes, mejor conocidas cómo el Frente de Liberación Mundial —Desde hace dos meses ha ocurrido una fragmentación en la dirigencia rebelde, cuyas causas hasta ahora son difíciles de precisar. Se distinguen dos tendencias: una, al parecer la más radical, es la que más adeptos ha ido ganando con una rapidez insólita; sin embargo, también la identidad del cabecilla de este grupo es un misterio. Al contrario, en el otro lado se encuentra la postura conservadora, la más débil y falta de seguidores, encabezada ni más ni menos que por nuestro reconocidísimo Comandante Chuy— enfatizó el sarcasmo al describir a ese personaje —Según la información que hemos recabado, la creciente fuerza de este nuevo grupo ha obligado al famoso guerrillero a abandonar el auspicio de su antiguo ejército, retirándose con los pocos hombres de confianza que le quedaban hacia un destino desconocido. Todo esto sucedió en el corazón de África, cerca de la frontera del Congo con Sudán, en dónde presumiblemente se encuentra la última base de operaciones del Frente, luego de que numerosos y fallidos enfrentamientos con los Cascos Azules los obligaron a replegarse de sus posiciones. Se cree que las abundantes bajas sufridas durante éstos últimos enfrentamientos fueron también una de las principales causas de la destitución del Comandante Chuy cómo General en Jefe de las fuerzas rebeldes, cargo que había venido desempeñado desde su misma fundación, hará ya unos catorce años.

Todo eso era muy interesante, fútil para él, pero un dato bastante curioso al fin y al cabo. ¿Pero qué era lo que tenía qué ver con él? Notando su bien disimulada impaciencia, el mensajero se apresuró a continuar con su relato.

—Hace apenas una semana que una de nuestras bases en México, ubicada en Guadalajara, el puerto con mayor afluencia del Oceáno Pacífico— hizo notar, por si alguien no estaba enterado de ese hecho tan de todos conocido. Hasta los niños de primaria lo sabían —fue atacada en un asalto relámpago. Los agresores capturaron abundante y muy diverso armamento, además de varias provisiones y equipos de telecomunicaciones, para después escapar hacia el mar en varios barcos balleneros de la industria local, igualmente hurtados. Debido al tamaño de sus naves, además de que empleaban parte del equipo robado para interferir con las señales del radar y satélite fue muy difícil encontrar su localización. No obstante, la última señal que tuvimos de ellos indicaba que por la latitud que tomaban estaban en camino hacia el Japón; además de la identificación del cadáver de un agresor caído durante el asalto, identificado ya cómo el Teniente Cirilo un alias para Daniel Santillán, conocido colaborador del Comandante Chuy.

—¿Me tratan de decir que ese hombre se dirige al GeoFrente?— lo interrumpió el nipón, harto de escuchar tantos rodeos, además de una inquietud que se apoderó de él de súbito —¿Qué les hace suponer que ese sujeto está tan desesperado cómo para intentar tomar por asalto el refugio subterráneo mejor protegido del planeta? ¡Es absurdo! ¡Sería un auténtico suicidio! Hay mucho que no sé acerca del tipo, pero una cosa la tengo por segura: el tal Comandante Chuy no es ningún imbécil, sino, no habría sobrevivido tantos años combatiendo a sus Fuerzas Armadas.

—Estamos bien enterados de esa situación— murmuró con desgano su interlocutor, sustrayendo de entre los bolsillos de su saco una fotografía —Pero a pesar de todo, también estamos seguros que precisamente es en ese lugar donde se encuentra el último recurso que le queda. En ningún otro punto del globo le podrían prestar ayuda para su tan precaria situación, acosado por todas las organizaciones militares y de inteligencia de todo el mundo, rechazado por su propia gente. ¿Cómo es eso posible? Bueno— dijo, a la vez que ponía la foto por encima de todos los documentos que Gendo se encontraba examinado en ese momento —No hace mucho también que, luego de años y años de intentar afanosamente develar de una vez por todas la verdadera identidad del Comandante Chuy, laboriosamente guardada en el hermetismo en que operaba, además de ocultar su rostro en su característica capucha, por fin hace un mes logramos conocer su verdadera identidad. Gracias, en gran parte a lo descuidado que se ha vuelto, a raíz de los conflictos internos ya antes referidos. Fue así que conseguimos esa fotografía que ahora sostiene en sus manos, en dónde se distingue con toda claridad el rostro del Comandante, instantes después de haberse retirado su capucha. Me parece que al ver esta fotografía todo le será más claro. Es cierto que hace tiempo que no aprecia ese rostro, pero al reconocerlo podrá entender de lo que se trata todo esto.

Ikari hizo caso de la instrucción. Hurgando en todos los rincones polvorientos de su memoria, intentó afanosamente reconocer al sujeto que le presentaban en el daguerrotipo. Sin mucho éxito, cabe destacar. Por más que lo buscaba no lo lograba relacionar. La larga cabellera, sucia y maltrecha, producto de la abundante exposición al polvo y al sol, esa barba tan espesa y tan abundante, el rostro moreno y curtido. No, no lograba recordarlo. Entonces, posó su vista sobre sus ojos. Sí. Había algo de familiar en esos ojos. Más que en los ojos, en esa mirada tan llena de desesperanza, tan sombría, tan sin ninguna fe en el mañana. Entonces, con un sobresalto que no pudo ocultar, por fin pudo identificar con plenitud al sujeto de la foto. Haciendo a un lado todos esos detalles, enmarcando al rostro más allá de todos ellos, lo reconoció por completo. Pero no era posible. Estaba viendo el rostro de un hombre muerto.

—¿Pero... pero... c-cómo?— atinó a decir, en medio de su confusión.

—Al reverso— indicó el emisario, impávido cómo bloque de piedra —Allí está escrito su verdadero nombre, y por ende, su parentesco.

El japonés obedeció la orden, volteando la fotografía al reverso, leyendo detenidamente las letras allí plasmadas. En cuanto lo hizo, la calma resurgió en su rostro, tranquilizándose poco a poco. Finalmente, suspiró:

—Pero claro. No podía ser de otra manera.

—Ahora entiende nuestra posición— agregó su acompañante —Durante dos décadas, este cabrón hijo de puta ha sido una piedrita en nuestro zapato— pronunció con un notable desprecio hacia el guerrillero — Ahora, que su influencia se ha disipado casi en toda su totalidad, es el momento de liquidarlo... para ello, necesitaremos de manera indispensable de su total apoyo.

—No sé— vaciló aún un poco el comandante, rascándose la barbilla —Sería mucho riesgo para las instalaciones y para mis empleados... ¿y qué tal si...?

No pudo terminar de expresar sus temores, porque fue interrumpido de tajo.

—Por cierto— continuó el otro sujeto —El Secretario General y los otros líderes del Consejo de Naciones ya han visto la grabación del primer combate de la Unidad Z. Están muy emocionados con su desempeño tan satisfactorio. Ya hay una corriente entre los dirigentes que considera muy seriamente el optar asignarle completamente a su equipo la tarea de eliminar a los Ángeles. Eso implicaría la disolución absoluta de NERV, ni qué decir del enorme presupuesto que se les tiene asignado. Pero no hay de qué preocuparse, por ahora —aclaró, al ver el gesto contrariado de Ikari —El Secretario sabe muy bien de sus valiosos servicios a lo largo de estos quince años. Y también eso de “Favor con favor se paga”. ¿Usted no lo cree así?

Apesadumbrado, el rostro del japonés se ensombreció. El mensajero había dado justo en el clavo. Gendo necesitaba indispensablemente de ese presupuesto, de esa enorme cantidad de dinero que le asignaban periódicamente a su agencia para llevar a cabo sus planes secretos. Sin el dinero, nada se podía llevar a cabo. Entonces, la decisión le resultó fácil, desde ese punto de vista: la cabeza del rebelde tenía que rodar. A final de cuentas, el que no arriesga no gana, cómo dicen por ahí.

—De acuerdo— asintió lacónicamente, al mismo tiempo que el elevador se detenía y las puertas de éste se abrían. Ya habían llegado a su piso.

—Sabíamos que un hombre de tanta visión cómo usted entendería— remataba el otro individuo, esbozando una sonrisita burlona mientras el comandante le daba la espalda para abandonar el elevador. Y mientras las puertas se cerraban delante de él, culminó —Sus instrucciones llegarán una vez que esté de vuelta en Japón. Un gusto hablar con usted.

—Miserables— murmuró entre dientes Ikari, caminando por el solitario pasillo hasta la puerta de su habitación. Tenía que volver cuanto antes a Tokio 3. Era un largo viaje desde los Alpes suizos.

Así que, mientras que en Berna era apenas poco antes de mediodía, al otro lado del mundo, en Japón, la noche reinaba, cubriendo con su manto de oscuridad todo, hasta las aguas que delimitaban la extensión de tierra firme.

Eludiendo a toda costa cualquier tipo de luz, mucho más la eléctrica, una pequeña lancha de motor se abre paso por la marea hasta llegar a un pequeño muelle abandonado, y por lo tanto, poco vigilado. Sus siete ocupantes se apresuran a bajar de su vehículo y a refugiarse de inmediato entre las sombras de los muelles, cargando con dificultad su carga, varias valijas, maletas y cajas que llevaban sobre sus espaldas hasta que avistaron a su contacto, quien con una seña les indicó un viejo almacén que, al igual que todo en los alrededores, se encontraba abandonado.

En tiempos mejores, aquella área recibía el nombre de Yokosuka, una ciudad del país del Sol Naciente, en la provincia de Kanagawa, situada al SO. (Sudoeste) de la bahía de la antigua ciudad de Tokio, en la isla de Honshu. Había sido una importante base naval, ahora sólo era una ruina más en un país en ruinas.

Los forasteros, con sigilo extremo se introdujeron al interior del almacén, siempre con el temor latente de ser descubiertos de un momento a otro, y una vez acomodados vislumbraron por las ventanas sucias y quebradas aquél fulgor inusitado, que se divisaba allá, a lo lejos en el horizonte. Tal hecho indicaba que el último de los barcos balleneros hurtados, mismo que utilizaron para llegar hasta allí, explotó con cualquier evidencia que delatara su presencia en ese país, según lo planeado.

—Quiubo, Paco— saludó en español uno de los encapuchados, al parecer el de mayor rango, a su guía, estrechando las manos —¿Cómo están las cosas por acá?

—Según parece, bien— contestó Paco, que al igual que todos los allí presentes tenía el rostro oculto —Todo va de acuerdo al plan.

—¿Llegaron todos los muchachos?

—Sanos y salvos. Aquí ya nomás queda tu gente, 34, incluyendo a los que estamos aquí. A los que llegaron antes que ustedes los acomodé en los almacenes vecinos, para que descansaran un rato. Los vehículos ya están cargados y listos para cuando ordenes partir.

—Muy bien— repuso el primer encapuchado, volviéndose a sus subordinados —Órale raza, trepen todo al carro y traten de descansar los más que puedan; en 45 minutos tenemos que estar dejando este muladar.

Todos asintieron y en cuanto antes pusieron manos a la obra. Y mientras ellos se encargaban de cargar el jeep que los transportaría por las frías y oscuras carreteras de Japón, su líder se encaminó hacia una de las ventanas, buscando aire fresco del exterior. Estaba extenuado. Cargaba sobre sus hombros un gran peso. Su allegado se le acercó.

—Oye, Chuy— le dijo, casi susurrante.

—¿Sí?— musitó el guerrillero, con la vista clavada en las estrellas que tapizaban la noche.

—Las cosas nunca debieron llegar hasta este punto. ¿Cómo fue que permitimos que la cosa se nos saliera, así de control? Lo más importante: ¿Crees que podamos detenerlo, antes de que sea tarde?

—Ni yo lo sé, Paco— respondió descorazonado, en su misma pose, con la mirada en alto, perdida, y una mano apoyada contra la desvencijada pared.

—Esto está de la fregada, mano— continuó lamentándose su viejo compañero de armas, notablemente nervioso —Entre todos, aún contando a los que ya se nos adelantaron, no pasamos de la centena. Si nos topamos con alguna brigada de las Naciones Unidas, que es lo más probable, nos las vamos a ver negras. ¡Esto es una puta mierda, Chuy, una puta mierda!— prorrumpió, desesperado, dándole un golpe a la misma pared en donde estaba recargado su compañero —La avanzada que mandé en primer lugar ya se reportó. Me dicen que la pinche ciudad está igual que aquí. Desierta, muerta. Todo el pinche país es un enorme pueblo fantasma. ¿Cómo se supone que vamos a poder cubrir nuestra presencia, si no hay nada con qué taparnos? No sé tú, compadre, pero a mí me huele a que hay gato encerrado aquí. De seguro esos cabrones ya nos están esperando. ¡Nos están esperando, te digo!

Su jefe por fin se movió, bajando la vista y quitando la mano de la pared. Respirando profundo, se volvió hacia él, tratando de infundirle ánimos.

—Por eso mismo es que tenemos que ser más listos que ellos, Paco— puso una mano sobre su hombro, dándole unas palmaditas de apoyo —Acuérdate que el mecate se rompe por el hilo más delgado. Mejor sería que descansaras un poco, ¿no crees? Has estado en friega estos últimos dos días.

Sin ademán de querer decir algo más, el comandante Chuy abrió la puerta de aquella pocilga, queriendo respirar una última vez la brisa salina del mar que quedaba atrás de él. Pero antes que abandonara el recinto, su camarada lo contuvo una vez más.

—¿Toño?— dijo, a sus espaldas —Nos la vamos a pelar, ¿verdad? Es decir, aquí se acaba todo... todo por lo que peleamos tanto tiempo...

El comandante permaneció estático en su lugar. Una marejada de emociones, de añejas sensaciones lo inundaban. Hacía ya toda una vida que nadie se dirigía a él con su verdadero nombre: Toño, un apelativo para Antonio. Recuerdos de esa vida perdida acudían a él en grandes porciones.

—Eso parece, mi Oscar— contestó en tono lúgubre, cabizbajo —Pero con todo, hay que chingarle hasta el final: Patria ó muerte, ¿te acuerdas?

—Patria ó muerte... — repitió su amigo, murmurando. En esos momentos, aquellas palabras sonaban tan vacías, aquel ideal lucía tan lejano.

—Descansa— insistió el cansado guerrillero otra vez, mientras se encaminaba a un costado del almacén, en dónde podía observar el Océano Pacífico y escuchar sus olas romperse en la arena de la playa contigua.

Sacó de entre sus ropas una vieja y maltratada pipa de madera, pero que aún con todos los años encima, continuaba haciendo gala de su elegancia y de su fino corte artesanal. También sustrajo de uno de sus bolsillos una bolsita con tabaco, vaciando algo de su contenido sobre el recipiente, para después de haber guardado la bolsita en su respectivo bolsillo, encenderlo con un cerillo y empezar a degustar su aroma. Todo el procedimiento lo realizaba con extrema reverencia, casi era un ritual para él.

Mientras fumaba, con los ojos anclados en el mar, hizo a un lado todas las precauciones, y en un arrebato temerario se quitó la capucha del rostro, tirándola al piso. Después de todo, no había podido matar a Nelson, ese bastardo traidor, y para estas alturas ya todas las agencias deberían tener en su poder la fotografía que le tomó sin su máscara. Ahora ya era obsoleta, un peso muerto.

Tan muerto cómo esos parajes. Tan muerto cómo todo lo que alguna vez le importó. Entonces, así es cómo se acaba todo. 21 años de rebelión y de lucha continua e intensa, no sólo batallando contra el imperialismo capitalista, la voraz globalización neo-liberalista, sino también en contra del hambre y la miseria, climas inclementes, paludismo y cólera, aún contra a aquellos a los que quería defender, esforzándose por hacerles ver que su camino era el correcto, que su lucha era su lucha. Aguantando condiciones extremas, meses sin poder asearse, a veces sin poder cambiarse de calzones cuando la diarrea te agarraba y tenías que cagarte en ellos, soportando la maldita pestilencia de tu propio trasero; durmiendo junto con las más terribles alimañas que el Señor en su infinita sabiduría haya creado. ¡Los pinches zancudos! Despertar y encontrar que más de una veintena de ellos te ha picado en todo el cuerpo, rascándote con uñas rotas y maltratadas. ¡Qué diferente era todo al principio! Lleno de esperanzas e ideales, sueños guajiros en donde salvabas al mundo de la opresión y lo dirigías a una utopía, donde todos compartieran la producción del trabajo en forma equitativa, de manera que nadie tuviera más que alguien. La eliminación del excedente y de la plusvalía. ¡Qué maravilloso se escucha toda esa sarta de idioteces!

Pero los años se van. Y también la juventud. Y con ella todos aquellos sueños a los que ofrendaste casi toda tu vida para verlos hechos realidad. De pronto te ves viejo, enojado y muy cansado, pestilente y sucio. ¡Ropa limpia, por favor, y un cambio de calzones, por el amor de Dios! Un baño con shampoo y una barra de jabón tampoco estaría nada mal. Y un rastrillo y tijeras para la barba llena de piojos. No importa lo que Paco diga, no puedo esperar para llegar a la ciudad, con todos sus lujos y comodidades.

Todo se acabó. Y tenía que ser aquí, precisamente aquí en este pedazo de roca en dónde tú moriste. Y ahora llega mi turno. Ya estoy en la tierra en donde dejaste de existir. Todo este territorio en el que gastaste los últimos años de tu vida. Me imagino que, al igual que yo, en algún instante de tu vida te posaste en alguna de estas playas, a escuchar la voz del mar hablándote, a observar esas olas espumosas estrellarse en el rompeolas, sentir la fría agua salada golpearte la cara, oler esta brisa salina... cómo yo, en ti debió haberse despertado un sentimiento de entrañable melancolía, que inevitablemente te condujo a aquellos días junto a mis padres. Ciertamente, es el mismo océano que nos vio nacer, pero la playa no es la misma. En lugar de reflejar el calor y la alegría por la vida, esos inolvidables días de fugaz infancia, aquí no puedo ver más que muerte y desolación. Una soledad abrumadora, que amenaza con engullirte a la menor oportunidad, con devorar tu corazón y no dejar nada de él. ¿Tú también sentiste lo mismo? Apuesto que sí. También miraste a este mismo mar que estoy viendo ahora, y tampoco pudiste encontrar nada más que desesperanza y tristeza. No, esta tierra extranjera no es y nunca será la nuestra. El nuestro fue un reino ahora extinto, engullido por los hambrientos elefantes del Norte. La nuestra fue una ciudad con olor a tierra mojada, de bellas y flamantes rosas en sus caminos y veredas, de una sociedad de mojigatos, de pinches mochos que se santiguaban hasta en el puto baño. Nuestra playa era una playa de turistas pendejos a los que podíamos tranzar fácilmente y sacarles la dolariza, de prostitutas y rateros en el malecón, una playa que se construyó sobre la sangre y carne podrida de los antiguos caciques de la localidad, vencidos por un enemigo al que ni ellos pudieron vencer: su propia ambición. Pero estos parajes extraños, éstos no son los nuestros, jamás nos pertenecerán ni podrán ser parte íntegra de nosotros cómo la tierra que nos dio a luz y nos vio crecer. Esto no es Puerto Vallarta. Esto no es Guadalajara.

¿Qué fue entonces lo que te obligó a continuar? ¿Qué te hizo levantarte y seguir tu camino, a pesar de que todo estaba perdido? Sí, ya lo sé. Seguramente fue esa mujer tuya, y el hijo que engendraste con ella. Lo sé, porque es lo mismo que me motiva a seguir a mí. Querías que estuviera a salvo, querías algo mejor para él, todo lo que ni tú ni yo pudimos poseer cuando teníamos su edad. Deseabas, con el anhelo más ferviente de tu alma, que tu hijo pudiera vivir, sin importar el precio que tuvieras que pagar. Salvarlo de su cruel destino, que le deparaba a él y todos los demás. Pero, ¿sabías qué le esperaba, de lograrlo? ¿Todo lo que le aguardaba en este mundo profano y corrupto? ¿Todo lo que tendría qué sufrir? ¿No hubiera sido más benévolo simplemente dejarlo morir? Ya no importa. De alguna manera, tengo que llegar con él, cueste lo que cueste, y advertirle. Advertirle sobre el peligro que se cierne sobre él, sobre todo el jodido mundo.

Porque, a diferencia de nosotros, esta tierra sí es suya. Estos parajes estériles son parte de él, aquí es en donde pertenece, el lugar que lo vio crecer y muy probablemente lo verá morir. Son suyos todos estos desiertos infranqueables, todas estas modernas ciudades sin habitantes, este país sin un espíritu ó un alma, sin gente que lo habite. Pero es suyo, lo tiene grabado todo en su memoria, almacenado en su alma y que de alguna manera u otra influye en lo que él es. Es lo que representa, es el futuro.

De pronto, me invade un lejano recuerdo de la niñez, de ese mundo que nos pertenecía y que ya se ha ido. Este olor, este olor que precisamente aquí, aquí en esta lejana tierra extranjera, viene a mí y me es tan familiar. Trae a mí viejas memorias de mi niñez, del panteón al que tantas veces tuve que visitar, primero para ir a la tumba del abuelo, después para ver donde reposaban los restos de mi propio padre. Hace más de treinta años que murió, pero aún tengo conmigo todas las impresiones de un niño descorazonado que cada 2 de Noviembre, el día de los muertos, llevaba a la tumba de su padre flores. Flores que expelían este mismo aroma que percibo en estos momentos, con todo un mar de por medio. Flores de xempaxochitl. ¿Aquí, en Japón, a estas horas de la madrugada?

Volteo hacia todas partes, queriendo colegir el origen de este extraño fenómeno, cuando de reojo observo en una callejuela al lado del almacén la silueta de una figura que se aproxima a donde me encuentro, de pie. Instintivamente me llevo la mano a la pistola que guardo en su funda, oculta bajo mi chaleco. Al compás del avance de la sombra, la saco de su escondite y la cargo, quitando el seguro y deslizando el dedo sobre el gatillo, listo para mandar al infierno a cualquier malnacido que intente detenerme en mi misión. Me refugio en una de las desvencijadas paredes de mi escondite temporal y apunto a donde me supongo emergerá el dueño de la sombra que, gracias a esta bendita luna que me ilumina, se refleja sobre el piso. No es muy corpulenta, más bien es insignificante, a primera vista. Su andar es dificultoso, lento, pareciera que tiene llagas en los pies ó algo por el estilo.

Y entonces, la escucho. Yo, que peleé por todo el mundo, que fui testigo de inenarrables horrores, que no en pocas ocasiones pude empaparme del sonido del campo de batalla, de espantosos gritos de agonía, gente sin entrañas rogando por ayuda, el llanto desesperado de las mujeres que sostienen a sus hijos muertos en brazos, el motor de los bombarderos sobre nuestras cabezas, las terribles explosiones que te ensordecían y que aún hasta de noche creías apercibir, yo que he visto al horror cara a cara, no puedo evitar que el sonido de esta aterradora voz me provoque un escalofrío hasta lo más profundo de mi médula, se trepe y enrosque por el tuétano hasta llegar a mi corteza cerebral y vuelvo a sentir lo que es el miedo, el terror absoluto. Mi pulso se acelera, tiembla junto con mi mano que sostiene la pistola, mi corazón late con más fuerza amenazando atravesar mi caja torácica, este sudor frío recorrer mis sienes, al mismo tiempo que la sigo oyendo, anunciando con su voz lúgubre, cómo un lamento continuo, que parece nunca acabar:

—¡Flores! ¡Flores para los muertos! ¡Floooooores para los muertos! ¡Flooooooooreeeeees para los muertos! ¡Para los muertos! ¡Para los muertooooooos! ¡Flores para los muertos!

¡En español! En español, clarito y sin acento extranjero. ¡Aquí, en Oriente, a miles de kilómetros de distancia de México ó de cualquier otro país de habla hispana! No me cabe ya la menor duda que esto es obra del mero diablo. ¡El mismo diablo en persona, que ha venido por mí para arrastrarme a su reinado de tinieblas y perdición!

Sea quién sea, por fin aparece ante mis ojos, prosiguiendo su tétrico canto, con su voz trémula y desgarradora:

—¡Flores! ¡Flores para los muertos! ¡Floooooores para los muertos! ¡Flooooooooreeeeees para los muertos! ¡Para los muertos! ¡Para los muertooooooos! ¡Flores para los muertos!

Se trata de una mujer. Una mujer vestida completamente de negro, con vestido largo y velo que me oculta su rostro, pero que aún a través de él se le ve pálido, casi transparente. El color de sus manos, descuidadas y maltratadas, con largos dedos rematando en unas uñas de igual condición, es moreno. Tez morena. No, no morena. Dorada. Piel de bronce. Definitivamente es paisana nuestra. Pero eso no hace que mi temor disminuya. Permanezco en mi sitio, congelado de pavor, sin que mi dedo acierta a jalar del gatillo. ¿Qué hace por estos lares? ¿Vestida de esa manera, recorriendo las vacías calles del vacío puerto, cantando de esa manera, cargando esa canasta tejida de mimbre con sólo cuatro flores de xempaxochitl? Vendedora no es, de seguro.

Reviso el contenido de la bolsita que guardé en uno de los bolsillos de mi chaleco. La huelo con sumo detenimiento. No, pues sí es tabaco lo que he estado fumando. Esto no puede ser una alucinación, producto de un viaje de marihuana.

Y otra vez, otra vez esa misma flor de xempaxochitl que ahora avienta a mis pies y que cae con un rumor seco, sustrayéndola de su canasta para después mirarme de pies a cabeza, con continente severo, sin jamás dirigirme una palabra, darme la espalda y continuar con su penoso deambular por el desierto puerto, entonando en aquellos gritos que perturbaban la tranquilidad de la noche:

—¡Flores! ¡Flores para los muertos! ¡Floooooores para los muertos! ¡Flooooooooreeeeees para los muertos! ¡Para los muertos! ¡Para los muertooooooos! ¡Flores para los muertos!

Esta flor de xempaxochitl, esta flor a mis pies que ahora estoy recogiendo, mientras sigo con la mirada a aquél espectro perderse en la oscuridad, camuflada con su atuendo, a la vez que escucho los últimos ecos de sus lamentos:

—¡Para los muertooooos! ¡Flores para los muertos! ¡Para...!

Esta flor de color anaranjado, de delgados y abundantes pétalos, de tallo verde y largo, esta flor de xempaxochitl, flor consagrada al culto de los muertos en mi tierra natal, para reverenciarlos y rendirles memoria, para guiarlos en su viaje al más allá, esta misma flor que ahora estoy sosteniendo en mi mano, que inunda mis fosas nasales con su peculiar aroma, es esta misma flor la que me hace finalmente acordarme de algo, por allá desvalagado en el viejo baúl de las memorias perdidas. Un recuerdo que me remonta hará treinta y algo años, cuando mi padre aún seguía con vida, cuando era mi padre quien nos llevaba de la mano al cementerio, a rendirle honor al venerable abuelo caído en batalla. Cuando al pie de la tumba de su propio padre, nos advirtió que a los dos, incluso a él, nos llegaría este momento. Cuando nos confió un secreto que había pasado en nuestra familia de padres a hijos, una tradición legendaria, seguida a través del paso de los años, incluso de los siglos. Éramos tan jóvenes, tan ingenuos y desinteresados. La muerte parecía algo tan lejano, que quizás no le prestamos la suficiente atención mientras nos revelaba con una solemnidad marcial el más grande secreto de la familia. Un secreto de vida y muerte, que ahora cobra vida y más credibilidad que nunca. ¡Padre, qué tontos fuimos al no atenderte!

—Xóchitl— murmuro ese nombre, esbozando en mi memoria el antiguo relato que mi padre nos confió a ambos.

¿Tú también pasaste por lo mismo? ¿También tú viste a esa florista ambulante, tirar una flor de xempaxochitl a tus pies? ¿También tú te quedaste paralizado por el pánico que embargaba todo tu ser? ¿También tú recordaste ese viejo relato, olvidado hace ya tantos años? ¿También tú te percataste, al igual que yo, que tu fin estaba próximo? ¿Por eso hiciste lo que hiciste?

Con mayor razón debo apresurarme a cumplir con mi cometido. Debo encontrarlo. Debo encontrar a ese hijo tuyo y hacer todo lo que quede en mis manos por salvarlo de su destino, del destino de toda nuestra familia. El mensaje debe ser entregado.

—¿Chuy?— pregunta Paco, desconcertado por mi actitud, a mis espaldas. Está muy claro que él no vio nada, ni escuchó esos desgarradores aullidos de alma en pena. Sólo yo pude verla —Estamos listos para irnos, cuando tú quieras dar la orden.

—Sí— contestó, pasando mis manos por mi cara, despavilándome por entero, para luego volverme hacia mi alterno —Vámonos de una buena vez— suspiro mientras que tiro al suelo la flor. Ya no hay nada que pueda hacer.

—¿Y eso?— me vuelve a interrogar mi segundo, haciéndome caer en la cuenta que la flor era muy real, si es que él era capaz de verla —¿De dónde la sacaste?

—De por allí— salgo al paso, escabulliéndome hacia el jeep que está en el interior del almacén. Él no tiene qué saber lo que nos aguarda en Tokio 3.

Al siguiente día, sin conocer la existencia de la charla anterior e ignorando también el drama que vivía una de las figuras políticas y sociales más reconocidas de su época, en otro salón de las instalaciones de NERV, Ritsuko y Misato observan la batalla anterior, tomada gracias a múltiples cámaras en la ciudad, obteniendo así un sin número de vistas desde donde analizar el debut de la unidad Z.

—Bien, muy bien— repetía la doctora Akagi a cada toma de la grabación —Bastante bien, para ser la primera vez. La capacidad de combate de la unidad Z sobrepasa en mucho a lo que esperábamos. Las mejoras genéticas y mecánicas que realizó el muchacho en una unidad Evangelion ordinaria son asombrosas— la cinta termina, pero no por esto la conversación debería hacerlo también, así lo creyó Ritsuko, permaneciendo en su asiento y continuar —En circunstancias normales, deberíamos alegrarnos de ese hecho, pero dada la situación tan comprometida en la que NERV se encuentra...

—Te comprendo— asintió Misato, que a diferencia de su compañera se puso en pie y se cruzó de brazos, con una expresión muy seria —Y es que si el Consejo de Naciones ya ha visto esta grabación, y ya se dieron cuenta del potencial que tienen entre manos, es decir, con su propio equipo y personal, ¿para que querrían a NERV? Se ahorrarían mucho, eso sí.

—Quizás fue por eso que el Comandante Ikari salió corriendo a la junta que sostendría el Consejo en Berna, ¿no lo crees?

—Apostaría por eso— señaló Katsuragi, con una discreta sonrisa en los labios —Debe estar muy preocupado por no perder su trabajo...

—Cómo todos nosotros— recalcó la científica —Por otro lado, hay algo que me sigue inquietando— pronunció contrariada, rascándose la barbilla —Y eso es la sincronización del piloto con el Eva Z. Es que me parece increíble que pudiera alcanzar fácilmente ese insólito nivel en la primera vez que lo tripulaba, al igual que Shinji. El sólo sincronizarse a un nivel satisfactorio les tomó al Primer y Tercer Niño siete meses aproximadamente. Pero en cambio, el Segundo y el Cuarto Niño consiguieron un radio de sincronía de 100 y 98 por ciento, respectivamente, la primera vez que subieron a sus Evas. Pero el asunto no termina allí, sino que, por si no fuera suficiente, el piloto de la Unidad Especial logró aumentar tres veces y media su nivel de sincronización perfecta; poniéndolo en porcentaje, sería de un 350%. ¡La segunda cantidad más alta de sincronía alcanzada en el proyecto! También está esa capacidad de alterar y manipular a voluntad el campo A.T de Eva.

—¿Cómo es eso posible?— interrogó la militar, en actitud reflexiva —¿Qué factor produce que estos dos pilotos en específico posean esa capacidad para pilotar por primera vez un Eva y alcanzar ese nivel de sincronía? ¿Qué es lo que los hace diferentes de los otros dos pilotos?

—No lo sé con exactitud— contestó Akagi —Bien podría ser el sexo. Tal vez la presencia de los cromosomas X tengan algo que ver. Probablemente también el ciclo menstrual intervenga en el desempeño del piloto a los mandos de una Unidad Eva. Sin embargo, creo que en el caso concreto de Kai existe un factor determinante en su habilidad para manipular tanto su sincronía cómo el campo A.T del Evangelion, y me supongo que ya debes imaginarte a lo que me refiero. Y las consecuencias que este hecho desencadenaría de seguir en su empeño.

—Sí, ya sé de lo que me estás hablando— musitó Katsuragi, cabizbaja —Pero cuando hablé al respecto con Kai fue muy tajante al aclararme que estaba decidido a llegar hasta el final, sin importar lo que pasara con él. Es su decisión, y por mucho que me duela, debo respetarla.

—Después de todo, cada quién debería tener derecho a elegir de qué manera morir, ¿no?

Con el alma hecha nudos, Misato ya no respondió a aquél comentario de mal gusto, saliendo apuradamente de aquella sala.

“¿La primera?” pregunta Shinji mediante ese extraño sistema de señas que inventó Kensuke, específicamente para los exámenes. Esperando la respuesta de Kai, se pone a meditar si esto es lo realmente correcto; él debería haber estudiado con más esmero los días anteriores a la prueba, así no sentiría este sentimiento de culpabilidad que ahora siente, y así tampoco tendría que abusar de la buena fe de su amigo.

“No, menso. La tercera” responde Kai con el mismo sistema, después de verificar la pregunta, lo que tomo sólo unos cuantos instantes.

Apenado, Shinji agradece la ayuda y voltea a la hoja en su pupitre, jurándose a sí mismo que sería la última vez que haría trampa en los exámenes. El tener por mejor amigo a un genio, era una navaja de doble filo en los estudios. Por un lado, problema ó pregunta que no alcanzaras a comprender, él podría explicártelo nuevamente hasta que lo entiendas, pero por el otro lado, en los exámenes siempre estaba presente la tentación de una ayuda extra, lo cual, conforme al sistema educativo, es trampa, y sólo los delincuentes hacen trampa.

Kai voltea la mirada, mientras un hondo suspiro de desesperación escapa de su boca, al mismo tiempo que se vuelve a reclinar sobre su lugar. Estaba aburrido. Hacía una hora que había comenzado el examen, y hacía cincuenta y seis minutos que lo había acabado. Todo eso para él era como un regreso al jardín de niños, todo le aburría y absolutamente todo era de lo más sencillo para él. ¿Por qué estaba ahí? Mira hacia la ventana, a lado de él, y observa el reflejo de Rei, quien contestaba tranquilamente la prueba a diferencia de la mayoría de sus condiscípulos; y entonces lo recuerda. Ella era la razón, ella y Shinji. Pero por ella podía soportar todo aquello y mucho más castigo, si era necesario. Ella, y sólo ella era lo único que existía en el mundo en esos momentos. Sus heridas ya estaban sanando, por fin. Ya le habían quitado la gasa de su ojo derecho, dejando ver la peculiar belleza de éste. Y dentro de algunos días le quitarían el yeso del brazo. Le daba gusto por ella, había pasado por tantas y tantas cosas. “Dios, hasta su manera de mover el lápiz es encantadora” pensaba Kai, mientras furtivamente dirigía su mirada a donde la chiquilla y se daba a la tarea de examinar toda la anatomía de su bien amada. La recorrió con la mirada una y otra vez, enfrascado en la belleza celestial, según él, de la muchacha. ¿Cómo fue posible que se desarrollara a tal grado en un orfanato? No importa, lo único que importaba es que estaba ahí en esos momentos, junto con él, y eso nadie se lo podía quitar.

Aquel trance fue abruptamente cortado en el momento que ella se levantó del asiento para entregar su examen concluido, mientras Shinji lo movía por la espalda.

— Kai, ya despiértate, ya acabamos.— dice éste mientras continúa agitándolo.

— ¿Eh?— murmura Kai.

— ¡Qué ya nos podemos ir!— pronuncia Shinji, intentando hacerlo reaccionar.

Kai observa a Rei en la puerta, y a Shinji delante de él. Entonces nuevamente recuerda que deben ir a NERV un poco más temprano de lo acostumbrado; lo había olvidado por completo, y feliz y aliviado de dejar aquel agujero del aburrimiento, cómo designaba al salón de clases, se incorpora de inmediato.

— Ah, de veras— pronunció Kai mientras se desperezaba, y de inmediato, cogió su mochila y guardó en ella sus cosas.— Muy bien, vámonos.

Los dos se despiden del maestro y de la clase, para luego desaparecer por el umbral de la puerta, precedidos por la chiquilla.

Toji y Kensuke, impotentes, ven su oportunidad para pasar el examen desvanecerse en la puerta, junto con Kai, y no pueden hacer más que lamentarse.

Los tres caminan sobre la desierta acera, mientras el cálido y afectuoso sol los saluda con sus rayos en sus espaldas, calentándolos y disipando el gélido fresco de la mañana, dando paso al caluroso mediodía. No había ni una sola nube en cielo que amenazara con opacar aquel brillante y hermoso día.

El ambiente parece reflejarse en el estado de ánimo de Kai, que trae una sonrisa dibujada en el rostro desde que salieron de la escuela; ora juega con una lata, ora sólo se dedica a observar los alrededores ó simplemente tararea una canción, pero parecía no poder quedarse quieto en un solo lugar, moviéndose por todos los alrededores tal cómo una especie de espíritu chocarrero.

Rei siente de repente cómo unas manos sujetan sus caderas, y cómo suavemente es levantada unos centímetros por encima del suelo. Instintivamente, ella voltea hacia abajo. Es Kai, quien la está sujetando y moviendo de aquí a allá cual muñeca de trapo, pero a la vez con suma delicadeza. Era una acción muy atrevida, nada discreta, cómo le gustaba que fueran todos sus tratos con el muchacho, pero al observar la felicidad en el rostro de Kai, de ésa del que sabe que tiene todo lo que alguna vez deseó en la vida, por más que luchó y se contuvo, finalmente se rindió a la innegable sensación que crecía en su interior y una risa se escapa de entre los labios de la niña, no pudiendo contenerse más.

Así siempre era su relación. Rei tranquilizaba y extasiaba a Kai, mientras éste con toda su vitalidad, la contagiaba y la hacía sentirse feliz, viva.

Shinji no puede hacer más que extrañarse frente a la anormal reacción de Ayanami a la acometida de Kai. Aquello le resultó raro, ya que en sus anteriores encuentros, a simple vista Rei no parecía disfrutar de nada en la vida y solía estar siempre con esa misma expresión de soledad en su rostro. Pero ahora, mientras Kai la sostenía, ella parecía disfrutarlo, estar feliz con ello; en estos momentos parecía disfrutar de la vida por primera vez desde que la conoció, en aquel muelle de la unidad 01. Eso le indicaba que lo que suponía desde días antes, que la aparente ausencia y melancolía que siempre reinaba en el semblante de la muchacha era una máscara, una barrera que utilizaba para cubrirse del mundo exterior, era correcta.

Mucho más extraño le resultó que pudiese existir algún tipo de relación entre esos dos, dado sus caracteres tan disímbolos uno de otro. Pero Kai no se permitiría tanta familiaridad con alguien que no estuviera dentro de su círculo. De hecho, con él se permitía ese comportamiento hace apenas unos cuantos días, una semana a lo mucho, a pesar que ya había pasado más de un mes desde que llegó a Tokio 3. No obstante, ellos dos ya estaban de compañeros mucho tiempo antes de su llegada. Tenían historia antes de él. ¿Qué tipo de historia sería ésa?

Suavemente, Rivera deposita a Rei en tierra firme, mientras que desconcertado, observa a lo lejos las instalaciones de NERV. La muchacha también se da cuenta de aquel singular detalle y sin pronunciar palabra alguna, los dos miran con atención algo a lo lejos. Shinji, quien se había quedado rezagado, al ver la taciturna actitud de sus compañeros, se detiene junto a ellos.

— ¿Qué pasa? — pronuncia el recién llegado.

— Eso— murmura Kai a la vez que señalaba un punto— Mira...

La mirada de Shinji se dirige al punto señalado, frente a los cuarteles de NERV, y puede ver a aquellas personas vestidas con un verde oscuro bloquear la entrada. Se trataba de un cerco militar, instalado en todo el perímetro del cuartel general y en distintos puntos de éste. Él ve a esa decena de soldados en el cerco, revisando a cualquier vehículo ó persona que quisiera entrar. Es extraño. En los pocos meses que llevaba aquí, jamás había pasado algo cómo esto y presiente que algo muy grande sucederá, si no es que ya pasó.

— ¿Qué es lo que vamos a hacer?— vuelve a interrogar Shinji.

— Nada— pronuncia firmemente Kai, mientras avanzaba hacia los militares delante de él.

Sin vacilar, el niño se abre paso entre los uniformados, seguido por los otros dos chicos, hasta que llega al cerco en sí, dónde un soldado le corta abrupta y amenazadoramente el paso.

— ¿Qué quieren aquí, mocosos?— pregunta de forma tosca y violenta el militar,

Kai ignora la ruda pregunta, y se dispone a examinar a la persona delante de él.

Era un novato, cuando mucho un soldado raso, el cual no rebasaba los veinte años de edad. De estatura baja y cabellos color negro, de entre su boca desfilaban unas encías mal cuidadas. Era una minucia de persona que ofrecía un patético espectáculo de gallardía militar. Y lo más probable es que fuera tan inexperimentado cómo su apariencia lo indicaba. A lo mucho, tendría tres meses en servicio. ¿Entonces qué hacía en una operación de este tipo? Era bastante inusual que mandaran a novatos a cuidar la instalación más importante de NERV en todo el mundo, sea la razón que fuera. ¿Qué tramaba esta vez Ikari?

— ¿Qué no me oíste, tarado?— volvió a musitar el soldado, aprovechando la corta edad de Rivera para insultarlo.

— Aquí trabajamos, genio— expresó el niño con desprecio, mientras le pasaba su tarjeta de identificación. Luchaba por contenerse. “Después de todo, sólo está haciendo lo que sus superiores le ordenaron” pensaba, intentando mantener la calma “¿Cómo es que este adefesio puede imaginarse que los pilotos Eva son sólo chiquillos de catorce años?”

Frunciendo el ceño, el militar examina de mala gana aquel pedazo de papel enmicado, y luego de dar una descuidada mirada a la tarjeta, prorrumpió:

— ¡Mientes! ¿De dónde te has robado esto, escuincle?— gruñó mientras arrojaba la tarjeta violentamente al suelo, al mismo tiempo que Kai la recogía serenamente y pasando del berrinche del novato.

—¡Te he hecho una pregunta, miserable!— gritó enardecido por la indiferente actitud del niño, sujetándolo por el brazo y agitándolo con fuerza— ¡ Si no me respondes te arrojaré al calabozo, maldito sordo!

Complementó su amenaza al picarle la boca del estómago con la punta del cañón de su

M-21 que portaba por encima del pecho. El joven retrocedió, sintiendo el frío metal al contacto con su piel, aún a través de su ropa. En esos momentos, aquella arma parecía aún más peligrosa en manos de ese tipo de persona, sin ningún tipo de criterio. Seguro que era de los que disparaban primero y preguntaban después.

—¡Muy bien, animal! ¿Por qué no telefoneas al cuartel para que te lo verifiquen?— responde con el mismo tono el muchacho, mientras de un fuerte manotazo se zafa del opresor brazo del militar, enfurecido.— ¿Crees que le tengo miedo a tu pistolota, imbécil? ¡Anda, baboso! Dispárame, si es que tienes los güevos para hacerlo, ó llama a tu superior, pero decídete ya. ¿Ó es que no sabes usar el teléfono, inútil?

— ¡Eso mismo voy a hacer, pequeña sabandija!

Entre gritos y maldiciones, el soldado se abre paso hasta su puesto, desde donde coge un auricular y marca violentamente las teclas para comunicarse con su superior, mientras de reojo continúa observando a Kai, con esos ojos que parecían echar grandes bocanadas de fuego.

— Maldito imbécil, berrinchitos a mí.... — murmura molesto Kai, mientras se acomoda su camiseta arrugada, al tiempo que sus compañeros se le unen— Pero ahorita mismo me las vas a pagar, desgraciado...

Los niños dirigen sus miradas hacia la caseta a donde fue a posarse el malhumorado novato. Éste, sentado, por fin logra comunicarse con su respectivo superior.

— Sí señor.— pronuncia el soldado.— Lamento molestarlo, señor, pero lo que pasa es que aquí hay tres mocosos que dicen trabajar aquí. Sí claro, espero.— dijo mientras hizo una pausa y volvió a dirigir su rencorosa mirada hacia los niños, hasta que al fin contesta de nuevo su superior por la otra línea.— Sí señor, continúo aquí. ¿Qué? ¿Cómo dijo? Sí, sí, enseguida... lo siento señor, no tenía ni idea, sí, sí... sí claro, le juro que no se volverá a repetir.— concluyó espantado, mientras colgaba el teléfono, y con los ojos bien abiertos, se dirigía hacia dónde estaban los niños.

Su faz entera había cambiado completamente. En estos momentos estaba pálido, y sus ojos profundamente abiertos asomaban a todas luces su desesperación interior, mientras seguía caminando automáticamente por el camino, hasta encontrase nuevamente con los chiquillos.

— Siento mucho este penoso incidente, señor. — balbuceó mientras levantaba la baya que imposibilitaba el paso.— Usted sabe cómo es este asunto de la seguridad, discúlpeme por mi actitud.

— Muy bien, cuate, acepto tu disculpa— pronunció triunfalmente Kai, mientras pasaban al interior.— Pero cuidado conque se vuelva a repetir, ¿entendido?

— Sí señor, cómo usted diga.— pronunció aquel novato, mientras los observaba alejarse. Extrañado, rendido y humillado cómo estaba, no tuvo más remedio que dejarse caer pesadamente en el piso y lanzar un profundo suspiro de alivio.

El niño dirigió una última mirada a aquel pobre soldado, lamentándose que en manos de ese tipo de personas estuviera la seguridad del cuartel. Se limitó a vocear a los cuatro vientos la ineptitud de aquel hombre, y de todos sus compañeros.

— ¡Cabrones!— ladraba fuertemente— ¡Nomás para eso sirven, hijos de la chingada! ¡Para estar fregando!

En realidad no se los decía a sus compañeros, sino a sí mismo, para ratificar el odio que les tenía a todos los grupos armados: el ejército, la policía, la guerrilla, el narcotráfico, los cascos azules, la Gestapo, en fin, todo grupo numeroso y armado era para él lo mismo, y todos tenían un solo propósito para él: chingar a la gente indefensa, apoyándose en su gran numero y en sus enormes armas.

Pero a pesar de todo, el muchacho rápidamente volvió a recuperar su anterior sentido del humor, no dejando que aquél incidente le arruinara el dia. No tardó mucho el pequeño grupo en encontrarse con Misato.

— ¡Hola chicos! — saludó alegremente la militar, al darse cuenta de la presencia de los niños.

— ¡Schalom alekh hem...!— devolvió el saludo Kai, con un antiquísimo saludo judío, que significa “La paz sea contigo”. Todo esto con una enorme sonrisa en su rostro, y levantando la mano.

Todos los demás voltean muy extrañados, observando atónitos al niño. Éste, al darse cuenta, después de unos momentos, volvió a repetir el procedimiento, empleando otra frase, un poco más conocida.

— ¡Qué onda!— pronunció alegremente, volviendo a levantar la mano y estirando considerablemente los labios.

— Hola...— murmuró Misato, continuando observándolo, atónita. Había veces que Kai podía ser tan raro.

— Eh.. Misato— dijo Shinji, saliendo de su sorpresa.— ¿Qué es todo ese relajo de allá?

— Lo ignoro por completo... Cuando pregunté, sólo me dijeron que tenía algo que ver con la seguridad interna— respondió la mujer, mientras volvían a emprender el camino por los pasillos del cuartel.

— De pérdida se hubieran conseguido guardias de mejor calidad... ¿Éstos venían a peso la veintena?— preguntó sarcásticamente Kai a la par que la seguía.

Intentaba relajarse con ese tipo de comentarios, pero en realidad estaba muy inquieto por esa situación. Y es que no sólo era por el soldado en reciente servicio, todas las tropas que pudo observar cuidando la entrada acusaban el mismo problema: la falta de experiencia y organización. No le extrañaría nada que la mayoría fueran reclutas. No podrían repeler una auténtica amenaza. Y ese singular detalle debía tener su razón de ser, pero no podía imaginarse cuál. Algo muy grande se estaba tramando, y no tenía idea de qué era.

Detestaba eso.

El compacto grupo continúa su camino por los corredores, y al poco tiempo, el incidente es olvidado por la mayoría, por no considerarlo digno de recordarse. Para la mayoría, pero no para el joven extranjero, quien se mostraba muy mortificado al respecto. Y es que tenía un raro presentimiento, de esos infalibles, de que muy pronto algo desagradable, algo muy doloroso iba a suceder.

—Oye, Kai, ¿porqué esa cara?— preguntó Takashi, su alterno, notando su estado cuando apenas llegó a su cuarto de controles, en donde aún le aplicaban diversas pruebas a la Unidad Z —¿No dormiste bien, te caíste de la cama?

—No, para nada— respondió el infante, alzando la mano y cambiando repentinamente de gesto, para no demostrar más su aflicción delante de sus hombres —Nomás andaba pensando... ¿Viste a los monos que están en las puertas? ¿Qué estarán haciendo aquí, eh?

—Según tengo entendido, son gente nuestra...— contestaba el oficial a la par que checaba algunos datos en la tabla que tenía en sus manos.

—O sea, ¿de la O.N.U.?— interrogó el chiquillo de nueva cuenta.

—Así parece, pero no sé nada más al respecto— aclaró Kenji, desviando por un momento la vista de sus datos, para voltear con el niño, intrigado —¿Quieres decir que los jefes no te han entregado ninguna notificación al respecto? ¿No te dijeron nada, ni siquiera te avisaron?

—No hasta donde yo recuerdo— pronunció confundido el muchacho, deslizándose en una silla hasta llegar a su consola —Aún no reviso mi correo, que es por donde me envían mis instrucciones... déjame ver... — decía, desplegando en la pantalla el contenido de su buzón electrónico —No, no hay algo que se parezca a una notificación de despliegue de tropas, pero... ¿Qué diablos es esto?— consternado, leyó con atención el mensaje, parafraseando en voz alta —“Operación de cooperación mutua y de trabajo coordinado y conjunto con las fuerzas de NERV” ¿Qué clase de basura es ésa?

—¿Vamos a trabajar más de cerca con esta gente?— se extrañó también el japonés, mirando la pantalla por encima del hombro del joven —Qué extraño, y yo que pensaba que ya nos iban a dar nuestra propia agencia.

—Y cómo no, si los malditos líderes estaban que se morían de la emoción apenas vieron la grabación del debut de Z. ¿Qué los hizo cambiar de postura?— corroboró Rivera, cruzándose de brazos, con el ceño fruncido, observando detenidamente su consola, reflexionando —Simplemente no los entiendo. ¿Porqué construir una Unidad Evangelion y todo un departamento en torno a ella al margen de NERV, si a final de cuentas los de NERV se van a encargar de las operaciones? ¡Es absurdo! ¿Para qué diablos me hicieron venir aquí, en ese caso?

—Bueno, tampoco creo que les estén dando la dirección total de la Unidad Especial a los de NERV, tú leíste bien que se trata de “cooperación mutua y trabajo coordinado con las fuerzas de NERV”...

—No te dejes llevar por el nombrecito ridículo— repuso Katsuragi —No es más que una fachada. Por lo que leí entre líneas, puedo entender que en las hostilidades en contra de los Ángeles, el Eva Z se coordinará con los demás Evangelions de NERV, pero toda la maldita operación táctica correrá a cargo de ellos. En resumidas cuentas, a nosotros sólo nos permitirán guardar nuestro Eva y dejarlo bien limpiecito después de cada pelea.

—El comandante Ikari quiere desquitar su sueldo, ¿eh?— comentó Takashi, volviendo, en lo que eran peras ó manzanas, a su labor —¡Oye! ¿No tendrá esto que ver con el viaje que hizo hace unos días a Europa? Acuérdate que el Consejo de Naciones se estaba reuniendo en Berna por esos días...

—¡Ja!— se mofó el chiquillo, levantándose de su asiento —No me extrañaría en nada que ese cretino haya ido a lamer unas cuantas botas para salvar su pellejo. Ahora que lo pienso, tiene bastante sentido. Sólo así me explico que conservara su posición y su puesto. Pero ya sabes cómo se las gastan en el Consejo, ellos nunca dan algo sin esperar nada a cambio.

—¿Las tropas de la entrada?— infirió Kenji.

—Podría ser— asintió el muchacho —Pero la pregunta sigue en el aire: ¿para qué?

—Al piloto de la Unidad Z, Kai Katsuragi, se le solicita en la sala de controles principal. Al piloto de la Unidad Z, Kai Katsuragi, se le solicita en la sala de controles principal— se oyó anunciar en el sonido local, interrumpiendo las cavilaciones del joven.

—Tal parece que la esclavitud da comienzo— pronunció, observando con mirada fulminante a las bocinas del techo —Aún así, pienso hablar con el Secretario muy seriamente de toda esta chingadera, es inaudito que esto esté pasando... — pronunció con evidente enfado al mismo tiempo que se dirigía a la salida.

—Al parecer, el Secretario te tiene en muy alta estima, ¿no es así?— preguntó su segundo, de espaldas a él.

—Óyeme, de algo tiene que servir ser el hijo del tipo que le salvó la vida, ¿no?— terminó diciendo al salir de la sala, cerrándose las puertas detrás de él.

Al llegar al cuarto de controles, se les da instrucciones a tanto a Kai cómo a Shinji para la práctica de hoy: será la primera vez que hagan juntos el entrenamiento. El personal espera ver cómo será la sincronización entre los dos, en especial Ritsuko y Misato, quienes consideran muy importante para las batallas futuras el que estos dos se compenetren satisfactoriamente, y con justificada razón. Ya en nada importaba lo que Rivera tuviera que replicar al respecto. La gente de NERV le empezaba a sacar jugo a su acuerdo recién hecho desde muy temprano.

El breve alivio que Shinji sintió en los días siguientes a la primera aparición de la unidad Z, se desvaneció por completo al recibir la noticia por labios de Ritsuko. Ahora se sentía nervioso y temeroso.

“Maldición” pensaba “Ya me esperaba algo así, pero, ¿por qué tenía que ser tan pronto? Ahora, de seguro él se encargará de las estrategias y de la mayoría de la responsabilidad. Al principio me sentía bien con eso, pero ahora que lo pienso, será mucho peor para mí. Antes, sólo tenía que cuidar de mí mismo, pero ahora también tendré que cuidar su espalda. Es mucha responsabilidad, no creo estar preparado todavía para trabajar en equipo, y mucho menos con este sujeto. Digo, ahora ya somos amigos y todo, pero eso no le quita ese carácter tan volátil que tiene. Se enoja con tanta facilidad. Nunca admite errores. Y siempre está esperando que uno dé su máximo esfuerzo en todos lados. ¿Qué pasara si me equivoco? ¿Si por mi culpa algo saliera mal? Ya me imagino cómo se pondría. Simplemente no estoy listo para su nivel, siempre está esperando tanto de mí; que acepte sus ridículos ideales de salvar a la humanidad, sin chistar, que sea desinteresado de mi propia vida, que no espere nada a cambio. ¿Cómo podría una persona hacer todo eso, por un montón de gente que ni conoce? ¡Es absurdo! Es una estúpida y arcaica moralidad, vacía y sin ningún fundamento. Que ni espere que yo me lance al precipicio junto con él, está loco.” Ikari observa la aparente serena actitud de Kai mientras se encaminan a los vestidores. “ Mírenlo, él nunca parece estar inseguro de nada, tiene nervios de acero y en su mente nunca hay lugar a vacilaciones. Siempre tan confiado y arrojado. De seguro ésa será su perdición, no lo dudo. Diablos, sólo obsérvalo, diario tan tranquilo. ¿En que demonios estará pensando?”

Kai, a pesar de las suposiciones de su compañero, se trazaba en su mente pensamientos no muy distintos.

“Esto no me gusta para nada” pensaba al tiempo que caminaba por los pasillos a lado de su compañero, en absoluto silencio “Cómo si no fuera suficiente arriesgarme la vida allá afuera, ahora también tendré que ser la niñera de este zoquete. ¿Y yo dónde quedo? Que Kai se vaya a la chingada, ¿ó no? Sí, está bien, ya somos amigos y todo eso, pero la verdad es que este tipo no es una persona de fiar. Por lo menos, yo no le daría la espalda. Esos dos combates que ha sostenido los ha ganado de pura cagada. Es lo único que tiene: suerte. Pelea sin disciplina, sin estrategia, sin valor. No tiene nada. Uy, espérense, que eso no es todo. ¿Recuerdan la pelea con el Tercer Ángel? Allí sí que estaba para dar miedo, el cabrón loco desgraciado. ¿Y si vuelve a perder el control de esa manera? Este fulano se deja llevar mucho por sus emociones negativas, es incapaz de canalizarlas cómo es debido. Es una bomba ambulante. Eso sí, yo no voy a pagar sus platos rotos. Y por si no fuera poco, se supone que debo confiar en él para cuidarnos las espaldas. ¡Ja, ja! Aún no se me olvida ese ladrillo que me arrojó el otro día. Yo soy un maldito, pero por lo menos no ataco por la retaguardia, siempre lo hago de frente, no cómo una sucia hiena traicionera. Cómo sea, la anterior vez estuvo muy cerca, demasiado. ¿Qué pasará ahora cuando tenga que cuidar de los dos? ¿Y cuando ya no tenga que cuidar de dos, sino de tres? Todos creen que soy un súper ser ó algo así, y tal vez tengan razón. Pero en el fondo, tengo miedo que se equivoquen respecto a mí, que al final resulte que no soy lo que todos creen que soy. Mucha gente confía plenamente en mí, se sienten seguros porque creen que nunca voy a fallar, pero ¿Qué tal si lo hago? Los defraudaría. A Misato, Kenji, Pen-Pen, el señor Secretario y a todas esas personas que han confiado en mí... ¿Qué diría Rei si fracaso? ¿Cambiará lo que siente por mí al verme así? De seguro el comandante Ikari y Ritsuko tendrían su excusa para echarme a patadas de aquí. Sí, me tienen miedo esos dos, porque saben que con un solo movimiento puedo arruinar sus viles planes... su futuro, su futuro está en mis manos, lo saben, y por eso me temen, y por eso quieren deshacerse de mí a toda costa... pero nunca lo lograrán, nunca lo conseguirán, soy demasiada cosa para esos dos ruines.” Al darse cuenta que empezaba a divagar, se propina un pequeño golpecito en la cabeza. “ Calma, calma amigo... estás volviendo a hablar contigo mismo... disipa todo esas dudas de tu cabeza, es sólo cuestión de que tengas más confianza en ti mismo... ten fe, ten fe... demuéstrales a Misato y a los demás que no están equivocados, nunca les voy a fallar, jamás lo voy a hacer. Prepárate mundo, que aquí te voy” Al recuperar su confianza habitual, el chico se da cuenta que su compañero tiene la mirada fija en él. “ ¿Y ahora? Me pregunto qué tanto me está viendo éste... ¿En qué cuernos estará pensando?”

Con sus respectivas dudas alejadas de su conciencia, los dos pilotos alcanzan los vestidores, donde se quitan su ropa habitual y se visten con los trajes especiales de pilotaje ó “trajes de conexión”. El traje se ajusta a sus cuerpos y de inmediato alcanzan los sincronizadores, un par de pequeños adminículos cuya utilidad era monitorear el nivel de sincronía entre piloto y Evangelion, mismos que los sujetan a su cabeza, en ambas zonas parietales. Por fin están listos, y de inmediato se dirigen a los muelles de abordaje de los Evas. Al abordar a las cápsulas, el recuerdo de aquellas dudas que los asolaron se ve ya muy lejano, y ahora no hay ni una vacilación respecto a su compañero.

En la sala de controles, todos los preparativos concluyen y por fin, después de unos cuantos instantes, todo está listo para la primer prueba.

Antes de abordar los Evangelions, un empleado con una cámara fotográfica los detiene.

— Por favor, una foto antes de que comience la prueba, muchachos— suplica éste.

— ¿Foto?— pregunta Kai, extrañado por la repentina acometida.

— Pero... ¿Para qué?— interroga a su vez Shinji.

— Órdenes del comandante, quiere empezar a documentar las pruebas con imágenes también. Parte del archivo...— responde el empleado.

De buena gana, los muchachos aceptan, después de todo, es sólo una fotografía... así que de inmediato posan para el retrato, uno junto al otro.

El empleado ajusta la mira y oprime el flash del aparato. Una leve luz asola la visión de los muchachos durante un breve momento y enseguida la vista vuelve a la normalidad.

— Gracias, chicos.— agradece el fotógrafo.— Si no la consigo, de seguro mi superior me mata...

— No hay de qué, joven.— disculpa Shinji.

El sujeto hace una leve reverencia, y se aleja a paso moderado del muelle, ante la vista de los muchachos.

Cosa rara, notó Rivera. ¿Desde cuándo andaba Gendo haciendo una recopilación fotográfica? Tenía entendido que no le gustaban las fotografías. Además, no recordaba haber visto antes a ese empleado. Aunque claro, eso podía entenderse, en NERV trabajaban infinidad de personas, era imposible reconocerlas a todas. Pero qué curioso, a ése en particular sí debería reconocerlo: tenía acento latinoamericano, más especificamente, de México. Eran casi paisanos, y él conocía a los pocos empleados mexicanos que había en el proyecto, la mayoría trabajando con él. ¿Porqué a éste no lo conocía?

“Ya cálmate, muchachote” se dijo a sí mismo, meneando la cabeza “Ya te estás haciendo un miedoso, un paranoico. Sólo un vejete senil desconfiaría tanto de todo.”

Sin ningún tipo de prisa, ambos abordan sus unidades Eva y es entonces cuando la prueba comienza.

Todo va a pedir de boca, empezando por la pareja sincronización entre los pilotos y las unidades, hasta el desempeño de equipo en el simulador de batallas. Ambos parecen complementarse a la perfección y en armonía; así tan opuestos cómo se distinguían a primera vista, nunca se presentó un problema por falta de coordinación entre los niños. Simplemente, los dos semejaban a un ying-yang que sostenía todo, un claro ejemplo de dicotomía: blanco – negro, principio – fin, vida – muerte; los dos se necesitaban para formar una unidad, un todo.

Y así fueron pasando los días, entre prácticas y pruebas, ante la total satisfacción de todo mundo en NERV.

Pasó una semana en completa tranquilidad, pero al parecer, aquella situación estaba predestinada a no poder durar.

En los días que habían pasado, varios empleados habían empezado a desaparecer, mientras que el número de desaparecidos aumentaba, había quien aseguraba haber visto moverse maquinaria pesada en los alrededores, al filo de la madrugada. Todo aquello se tomó cómo un mero y llano rumor, aunque, no obstante, la situación se tornó más pesada y tensa entre todo el personal. Se les recomendaba entrar y salir de las instalaciones en grupos; por la misma sugerencia y ante el inminente hecho de los múltiples secuestros, se procedió a recoger a los pilotos en sus propios hogares, absteniéndose esos días de asistir a la escuela, hasta que, por lo menos, la situación se normalizara.

Ya era muy noche cuando estaban terminando de hacer el bosquejo del plano del Cuartel General de NERV, trazado de acuerdo a las descripciones que les habían arrancado a base de barbáricas torturas a los empleados secuestrados, para después pegarles un tiro en la nuca e irlos a arrojar en parejas al desierto que antes fue la zona urbana del antiguo Tokio. El comandante Chuy no lograba pasar por enfrente de la puerta de aquel cuarto miserable sin iluminación sin que la carne se le pusiera de gallina. Allí, dentro de ese cuartucho sin ventanas, sin ningún tipo de ventilación, amarrados de pies a cabeza a una silla, amortajados y maniatados, uno de sus hombres más robustos y hoscos les arrancaba a la gente que tenían secuestrada cualquier informaci