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El Proyecto Eva
Por:Gus

Capítulo Cinco: El arma perfecta

“Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos.”

Don Quijote de la Mancha

La felicidad se desborda por todos los rincones del lugar. La satisfacción podía verse en los rostros de los hombres, incluso se podría respirarla en el aire acondicionado. Era una magna celebración, acorde con las dimensiones del logro que todos ellos habían obtenido. Se felicitaban y congratulaban mutuamente, pero a la vez no podían ocultar cierta sensación de incertidumbre por el porvenir.

Aquello era un auténtico bacanal. La cerveza, la champaña, el brandy, incluso el tequila eran los invitados de honor. Prueba de ello daban las innumerables botellas que residían en las vinateras, y otras más que yacían tiradas en el pegajoso piso, vacías.

Las voces se fundían en un solo grito de entusiasmo colectivo, mientras los brazos se tomaban unos a otros, brincando alternativamente al ritmo de:

OoooEeeeeeOoooEOEOEeeeeeOEeeeeeOEeeeee

Una épica borrachera, ofrendada a los largos meses de trabajo que todos los presentes habían tenido que realizar, algunos más que otros; en ocasiones una labor ardua, extenuante, pero que ahora recibía una grata recompensa a todos los sacrificios realizados a lo largo de esos tres años que duró su trabajo. Aunque fuera una muy breve, y aunque después de eso, los correrían con una patada en el trasero. Por lo menos ése era el temor que tenía la mayoría de los empleados.

Entonces, erigiéndose en lo alto de la fiesta, el máximo orquestador reclama la atención momentánea de sus subordinados, misma que consigue casi de inmediato. A pesar de su corta edad, su sola presencia se imponía sobre todas las demás. Era una de esas personas que no podían pasar desapercibidas. Más aún por el lugar en donde se encontraba, en la cumbre del festejo.

—¡Oigan, vagos!— con una botella de fría champaña en la mano, Kai Rivera, jefe del proyecto, se dirige a la muchedumbre —Necesito que me presten poquita atención, después siguen empinando el codo. ¡Escuchen!

Una vez que obtuvo la total atención de todos los presentes, con las miradas clavadas en él, continuó, aclarándose la garganta.

—Hasta mi persona han llegado algunas de sus inquietudes, las cuales me es imposible desapercibirlas. Para no hacerla mucho de emoción, iré al grano: ¿Quieren saber qué pasará con todos ustedes, ahora que concluimos el trabajo? ¿Quieren saber si no los vamos a echar a todos de una patada en el culo, ahora que se han vuelto inservibles? ¿Eh?

—¡¡¡Sí!!!— fue el grito unísono.

—Aquí mismo tengo— pronunció, sacando de entre sus bolsillos una hoja de papel doblada, extendiéndola a la vista de todo mundo —La respuesta a una petición que le hice llegar a mis superiores de las Naciones Unidas. Y firmada con puño y letra del mismísimo Secretario General de la O.N.U. se me ha autorizado a que todos ustedes continúen en la nómina, en labores de mantenimiento.

—¡Bravo!— estalló la multitud en júbilo, al recibir la buena nueva.

—En verdad que estoy muy contento de tenerlos en mi equipo, muchachos. Han sido tres años de trabajo continuo y constante en los que nos hemos conocido, y no creo que haya personas más calificadas que ustedes para mantener funcionando a este cacharro. Se lo merecen, ya que es tanto suyo cómo mío. Y déjenme aclararles que seguiremos siendo un grupo dependiente única y exclusivamente de las Naciones Unidas, por lo tanto no tenemos que rendirle cuentas a nadie más, mucho menos a cierto cascarrabias mal afeitado, y por lo tanto eso se verá reflejado en sus cheques, en comparación a los otros esclavos de por aquí.

La muchedumbre entera explota en ovaciones, vítores y hurras para su líder. La aprobación era general.

—¡Kai! ¡Kai! ¡Kai! ¡Kai! ¡Kai!

Alzaban sus copas y brindaban en honor de su salvador, de su fiel guardián que velaba por sus intereses y derechos laborales. Era toda una celebridad en el ámbito, que se extendía mucho más allá de con sus hombres. Todos en el GeoFrente conocían y hablaban de él. El niño genio. El niño al que el comandante temía y se empeñaba en mantener a raya. No sin cierto hálito de respeto e incluso temor, era como se transmitían de boca en boca sus obras, sus acciones, sus hazañas.

En contraparte, la estima que les tenía a sus empleados era auténtica, fraternal y no esperaba nada a cambio, salvo ver precisamente esas expresiones, de júbilo, de satisfacción, de alivio, de seguridad que les producía al hacerles saber que podrían seguir alimentando a sus cochinitos. Pretendía que cada hombre realizara su proyecto de vida, y le sacara el mayor jugo posible a ésta, y si eso consistía en mantener a una familia, que así fuera. Era una de las cosas que con tanto ahínco él anhelaba. Y que nunca iba a poseer. Toda su ascendencia terminaría en él.

—¡A ver señores, un momento, por favor!— realizó un gesto con la mano, para que todos guardaran silencio de nuevo —Ya va siendo hora de bautizarlo, ¿no creen?

—¡Sí!— volvió a clamar la entusiasta multitud, alzando su bebida.

—Te habrás de llamar...— pronunció volteándose a sus espaldas, y fiel a la tradición marítima, tomó la botella de champaña para darle nombre a su “barco” —Unidad Evangelion Especialmente diseñada para Combate: ¡Eva Z!— dijo ante el clamor general, quebrando el recipiente con vino en el muro de metal, que en realidad era parte de otro gigantesco robot Eva.

Tres años de labor culminaban en ese momento. ¿Qué nuevas aventuras les depararía la fortuna, el destino, tanto a la máquina cómo al tripulante?

El sol se levanta por las colinas del horizonte, al amanecer. Rápidamente ahuyenta a la oscuridad de la noche. Todas las criaturas nocturnas se retiran a su refugio, a esperar nuevamente la noche; mientras que las diurnas se preparan para empezar un nuevo día. Vayamos pronto, pues, con uno de estos hijos de la noche que se dirigen a su guarida, resguardándose de la cálida luz del día.

Kai siente sus párpados y pies cómo si fueran de plomo, mientras que lucha por poder llegar al edificio departamental. El mundo entero parece un enorme y desenfrenado carrusel que da vueltas y vueltas incansablemente. Caminaba con sigilo, paso a paso para no tropezar. Quizás, después de todo, debió haber aceptado el aventón que le ofrecían para llegar a su morada, aún cuando el conductor estaba tan borracho cómo él. En numerosas ocasiones el sueño lo vence y cae desplomado hacia el suelo, incorporándose al instante y emprendiendo de nuevo la penosa marcha. A tientas, logra llegar a la escalera y ubicarla.

A la vez, en el hogar al que intenta desesperadamente retornar, su joven compañero ya se ha levantado, temprano cómo era su costumbre. Al no encontrarlo en la habitación, el desconcierto se apoderó de él, y buscando aliviarse, recurrió a su superior inmediato, quien aún se encontraba roncando, boquiabierta, en su cómoda colchoneta en el piso.

— Misato, Kai no llegó a dormir— informa Shinji a la mujer, quién aún se encuentra soñolienta en su lecho.— ¿Crees que le pasó algo?

—De seguro se quedó trabajando toda la noche— asiente ésta, restregándose los ojos y pronunciando un gran bostezo.

—No ha ido a clases en toda la semana— reveló el chiquillo —Contando sus faltas acumuladas, podría ser motivo para que lo den de baja. La concejal me dijo que si no iba ahora, que lo mejor sería que ya no volviera a ir.

—No hay problema— dice la mujer, incorporándose —No creo que falte ya más de tres días. Pronto se le turnará a la dirección de la escuela un aviso especial.

Lo que Ikari no sabía, era que su colegio seguía funcionando a pesar de todo, era precisamente por los cuantiosos donativos que NERV depositaba en su tesorería mes con mes. Al fin y al cabo, su razón de ser desde un principio fue albergar a los pilotos, y nada más. Lo demás era una elaborada fachada.

De pronto, un golpe se oye, justo atrás de la puerta. Los dos se extrañan, y se dirigen hacia la entrada del departamento, encontrándose a Kai, tirado sobre del piso, tendido boca arriba completa y absolutamente dormido. Sus ronquidos daban constancia de ello. Hasta la puerta fue lo más lejos que pudo llegar sin que la fatiga lo derrotara.

Con dificultad, los dos logran cargarlo hasta su cama. No podía quedarse dormido en el suelo todo el día, y despertarlo sería algo más que imposible. Misato lo asía por entre los brazos, mientras que el chiquillo le sujetaba las piernas. Desde donde estaba, la mujer podía distinguir nítidamente el hedor del alcohol que emanaba del aliento del muchacho.

—¡Carajo, se ve que estuvo buena la parranda y este miserable no invitó!— se quejaba Katsuragi, recreando en su mente la que debió ser una magna fiesta. Detestaba perdérselas. De hecho, era una excelente animadora en todas ellas.

Acostaron al joven en el mueble, y mientras que Ikari recobraba el aliento, la capitana le retiraba los zapatos y lo cobijaba, realizando todo esto con suma dulzura, cómo sólo una madre podría hacerlo. Depositó un amoroso beso en su frente poco antes de dejarlo allí, y cerrar la puerta de la habitación.

Shinji ya estaba desayunando cuando el teléfono timbró. La fémina contestó al llamado en el teléfono de la cocina, molesta por ser interrumpida cuando se disponía a dormir por otro rato más.

—Maldita sea— mascullaba a la vez que encendía el aparato y lo colocaba en el oído, recargado sobre de su hombro —¿Bueno? ¡Rikko! Buenos días, ¿cómo dormiste?— hizo silencio por unos momentos, permitiendo que su amiga hablara —No, no me ha podido decir nada aún. ¡El pobrecito llegó tan cansado! ¡Hasta se quedó dormido en el piso! Hubieras visto que lindo se veía tumbado en el piso— de nuevo, calló por un momento, atendiendo a lo que le decían —¿Lo dices en serio? ¿Es decir, que ya está listo? ¡Eso tengo que verlo con mis propios ojos! Muy bien, te veré allá en una media hora. ¡Nos vemos!

Colgó el auricular con premura, y dirigiéndose al infante que la veía curioso sentado en la mesa, le advirtió:

—Creo que sí te voy a acompañar a desayunar, después de todo.

Observaba con el ceño fruncido detenidamente a través del grueso cristal que tenía frente a él. Le parecía tener al diablo cara a cara, aunque sólo lo pensó por unos momentos. Eso no era cierto, a menos que éste tuviese diferentes formas y rostros.

De cualquier manera, no lograba evitar sentir una especie de incomodidad al mirar a través del diáfano cristal. Sabía de antemano el inminente peligro que se cernía sobre de él y sus planes, y tenía que estar preparado para todo.

Posiblemente Fuyutski compartía con él ese estado de ánimo de ansiedad. No lo demostraba con palabras, pero se notaba cuando el viejo se estiraba, tan largo cómo era, y todo su cuerpo se tensaba. Su manzana de Adán danzaba cuando pasaba un poco de saliva.

Ambos estaban de pie, uno a lado de otro, examinando ese elemento que no estaba contemplado en la ecuación desde un principio. Eso era un inconveniente, tan grande cómo él. Gendo mira desconsolado a su viejo compañero de armas, buscando una respuesta, como siempre. Pero su consejero estaba en el mismo predicamento que él.

— Así que— dice el primero, con aire funesto — por fin Rivera ha terminado. Debo admitir que subestimé la capacidad del mocoso.— toma aire, para luego concluir: — Es algo sorprendente lo que el ingenio humano es capaz de realizar. ¿No lo crees así?

— En efecto— asiente Fuyutski— Sorprendente, pero aterrador. Es algo maravilloso lo que el muchacho puede lograr. Pero no veo el porqué tendríamos que maravillarnos, a final de cuentas, tanto tú cómo yo conocíamos de antemano los alcances de la habilidad del chiquillo. Obra con la eficacia que se esperaba de él... justo igual que su padre... ¿recuerdas?

Los ojos del comandante parecen avivarse ante los recuerdos. Acomodándose sus anteojos, responde ante la misiva, sin poder distinguir si estaba siendo sarcástico ó no, debido a su semblante inexpresivo.

—Cómo poder olvidarlo...

Y suspirando profundamente, casi cómo un lamento, guarda silencio por un largo rato, cabizbajo y pensativo.

—¿Y... — pronunció Kozou, sin darle más tiempo para retrospectivas — ...cómo afectará esto al plan original?

—No mucho, espero— confesó el comandante —Le sacaremos provecho mientras sirva a nuestros propósitos. Después, lo destruiremos.

—¿Tendremos el poder necesario para hacerlo?

—Ojalá. Si no, todo lo que hemos planeado durante todo este tiempo se vendrá abajo.

Los dos callan, mirando una última vez hacia fuera, el motivo de sus zozobras y sinrazones.

—En cualquier caso— continuó, enfilándose por los incontables corredores del cuartel —Tendremos que estar listos; esta situación tan precaria, además del regreso del Cuarto Niño al proyecto cambian por completo la perspectiva. Lo primero que tenemos que hacer, es reactivar a Cero.

—¿A Cero?— preguntó su acompañante, inquietado —¿Piensas utilizarlo de nuevo, aún después de lo que pasó? Sería muy peligroso.

—No nos queda otra opción— contesta Gendo —Mucho depende de nosotros.

—Es una lástima— admite el viejo —Una verdadera lástima, que una jovencita así tenga que sufrir tanto.

—Ése es su propósito en la vida— advierte, con la sangre fría —Para eso fue creada.

En la escuela, Shinji platica con sus amigos recién hechos. Son unos minutos antes de que empiecen las clases, y todos los alumnos ya se encuentran en el salón. La vida continúa sin detenerse un solo instante, sobre todo en aquellos muchachos, cuya generación había tendido que pasar por las más grandes catástrofes mundiales; aún así, seguían siendo tan joviales cómo todos sus demás predecesores, ó tal vez, incluso más.

El tema central de su conversación es la ausencia de Rivera. Entre ellos, se encuentra también la representante de grupo, Hikari Hokkari, quien desde hace tiempo trataba de atraer la atención de Toji, cosa que aún no pasaba. Pero mientras eso ocurría, habría que seguir intentándolo, hasta que resultara.

— ¿Y por que fue que no vino?— pregunta ésta.

— Se quedó a dormir— responde Shinji, en medio de la reunión.

— Bueno, no es tanta la diferencia de lo que hace aquí— bromea Toji, causando la risa de todos. Tal vez era tan gracioso por que era verídico. Al fin y al cabo, a las únicas que les importaba que asistiera a la escuela era al séquito de admiradoras a las que les había robado el corazón. Y quizás a alguien más.

—Entonces, me parece que será irrevocablemente dado de baja del plantel, en ese caso— advirtió con gesto adusto y serio la jovencita, cruzándose de brazos. No creía que hubiera una persona que no le prestara la debida importancia a sus estudios, a tan delicado asunto. Eso, hasta la irritaba.

—La señorita Misato dijo que después mandarían un “aviso especial” a la dirección, aunque no sé a qué se refería al decir eso— confesó Ikari.

—¡Ah, la señorita Misato!— Suzuhara y Aida repitieron sus palabras, suspirando con aire soñador.

—¿Quién es esa “señorita Misato”?— preguntó Hikari con cierto dejo de molestia en su tono de hablar, al ver la reacción que provocaba en Toji la mención de esa persona.

—Pues... — vaciló el chiquillo por un instante, antes de responder —Es mi jefa: Misato Katsuragi. Vivo con ella, ¿sabes?

—¿Katsuragi?— dijo extrañada —¿Acaso es la mamá de Kai?

—¡Claro que no!— replicaron casi de inmediato los otros dos muchachos, sumamente indignados de tal acusación —¡Ella es muy joven cómo para tener un hijo de catorce años! ¡Debe ser su hermana!

Los tres voltearon hacia donde estaba Shinji, amagándolo con la mirada para que aclarara todo el misterio que planteaba tan peculiar parentesco.

—Verán... — pronunció otra vez indeciso. No estaba bien que estuvieran hablando a sus espaldas —Creo que es adoptado. Me parece que su verdadero apellido es “Rivera”.

—¿“Rivera”?— dijo el trío, incomodados por las cuestiones de su lenguaje natal, en donde no existe el sonido de la “r” fuerte. Trataban en vano de pronunciarlo del modo correcto, incluso Shinji era incapaz de hacerlo del todo bien.

—Me quedo mejor con “Katsuragi”— acertó a decir Toji, ante la aprobación de los demás.

Ikari ya se había quedado callado. Pensaba en cómo reaccionaría su compañero de cuarto si se enterara que estaban hablando de él cuando se encontraba ausente. Conociéndolo, de seguro se enfadaría. En ocasiones, era más conveniente que no estuviera presente.

De repente, sintió que alguien más lo estaba observando. Casi le calaba la mirada que creía tener clavada. Barrió el área con la vista, en busca del espía. Se detuvo al llegar al lugar de Ayanami, unos asientos a lado de él. Era ella, no cabía duda alguna, quien lo estaba viendo fijamente, penetrándolo de lado a lado con las llamaradas que tenía en sus ojos. Su rostro no reflejaba expresión alguna, recargado en su mano izquierda, sin embargo, eran sus ojos los que hablaban por ella. Parecía estarlo contemplando con cierta curiosidad, pero a la vez con un despecho inexplicable, de origen desconocido.

Apenas se percató que el infante se había dado cuenta de lo que estaba haciendo, rápidamente desvió la mirada hacia el frente, ignorándolo una vez más.

“Rei Ayanami” murmuró Shinji, casi derritiéndose. Aquella había sido la experiencia más perturbadora, más excitante de su joven vida. También él había notado ese fuego que ardía y se consumía en su mirada, ese misterioso calor interno que irradiaba sólo a través de esa mirada, tan seductora, tan hipnótica. Luchaba por no ir a postrarse a sus pies.

Antes, no le prestaba demasiada atención, precisamente por el carácter tan austero y distante de la muchacha. Ciertamente, fue por ella que se había decidido a pilotar al Eva 01, la primera vez. También era cierto que ya la conocía poco antes, aunque hubiese sido en una enigmática visión que tuvo en esa estación de tren. Pero la frialdad con la que trataba la chiquilla a sus semejantes, no sólo a él, había conducido a que se distanciara de ella, tomando la resolución de mantener sus distancias.

Sin embargo, ahora era diferente. Ahora sabía que eso era sólo una pantalla, que había levantado quizás por protección. Ahora tenía por lo menos vestigios de la existencia de esa llama que ardía en su interior. Ahora notaba lo hermosa que era, a su manera. Era su extraña naturaleza y apariencia la que la hacía única, la que la hacía tan bella. Su figura esbelta, sus pechos nacientes, esas piernas largas y aquél cabello azul claro. Pero sobre todo esos ojos carmesíes, esas antorchas que eran el espejo en el cual se reflejaba su alma, su verdadero yo. Ahora, era precisamente ese hálito de misterio que la rodeaba lo que la hacía tan atractiva. ¿Qué era lo que escondía detrás de esa máscara autista? ¿Qué oscuro y apasionado ser moraba en su interior, en sus profundidades abismales e insondables?

En ese momento entra el maestro al salón, cortando de tajo la cumbre de su éxtasis.

— ¡Maestro en el salón! ¡Todos de pie!— ordena Hikari, tomando de inmediato su rol de guardiana del orden y la disciplina.

Shinji se detiene a observar fijamente la espalda de Rei mientras ésta se ponía de pie, obedeciendo la indicación. Un pensamiento cruza cómo flecha silbante por su cerebro. ¿Kai también sabría la verdad acerca de Ayanami? Los dos ya estaban elegidos cómo pilotos antes de su llegada al Proyecto Eva. ¿Qué habría sucedido entre los dos en ese lapso de tiempo?

Nada, nada, trataba de calmarse. En dado caso, no creía que Kai fuera tan observador cómo para darse cuenta de ese aspecto, y en última instancia, aún si sí lo fuera, lo más probable era que la jovencita no le había permitido acercarse, dado sus personalidades tan dispares. Rivera debía ser repelente para ella.

Hace varios y repetidos esfuerzos por contenerse, arrugando la nariz y todo su gesto. Fracasa completamente. Con gran estruendo, Kai estornuda a pesar de sus intentos por evitarlo. La fuerza con que lo hizo fue tal, que lo deportó de inmediato del país de los sueños.

“Alguien debió estarse acordando de mí” indagaba las causas de su estornudo, frotándose suavemente su compungida nariz, un poco irritada. Expele un profundo y grave bostezo, asemejándose bastante a un león macho, mientras también estiraba los brazos por encima de su cabeza, cómo si estuviera sacudiéndose de encima la pereza.

No quería hacerlo. Pretendía quedarse a dormir durante todo el día, sin hacer nada más que caer en un profundo estado de inercia, desatendiéndose de la realidad. “Ay, mejor no” piensa, restregándose los ojos y rascándose el cuero cabelludo, “luego en la noche no voy a poder dormir”. Entonces, poniéndose de acuerdo consigo mismo, procede a levantarse y a desperezarse, saludando al nuevo día, aunque ya fuera bastante tarde. El sol ya estaba muy entrado en la bóveda celeste cuando se dignó a incorporarse a al vida. Serían algo así cómo las tres ó cuatro de la tarde, más ó menos, según sus cálculos, cuando abrió el balcón de la habitación y se asomó al exterior, para recibir un poco de calor de primavera.

La boca le daba un sabor cobrizo, le daba la impresión que tenía un centavo en la lengua. Eran los devastadores efectos de la resaca. Siente la imperiosa necesidad de hacer algo tan siquiera por amenizar sus síntomas, por lo que se dirige a la cocina, en busca de algunos analgésicos y algo que estuviera caliente; lo de los medicamentos podía encontrarlos en abundancia dentro del botiquín que se encontraba en el baño, debido a que dados los hábitos de la señora de la casa, eran tan indispensables cómo el agua misma, sin embargo lo de encontrar algo caliente sería algo más que imposible, por lo menos en esa casa.

Luego de haber vomitado copiosamente con la cabeza metida en el excusado, efectivamente pudo hacerse sin ningún problema de un par de Alka-Seltzer, los cuales disolvió sin contemplaciones en un vaso con agua, vaciándolo todo de un solo trago. Un poco más repuesto, se dirige hacia la cocina, en busca de algo caliente que echar en el estómago. Sin muchas esperanzas, abre el refrigerador, esperando encontrar algo decente que pudiera recalentar. En él se encuentra lo habitual, las latas de cerveza de Misato, y comida instantánea. Al ver las latas, el estómago protesta, rugiendo furioso. Con sólo observarlas le volvieron las ganas de vomitar, por lo que se apresura a cerrar la puerta del electrodoméstico, reponiéndose cómo pudo de las náuseas. En esos momentos no tenía apetito para la comida fácil de preparar, por lo que finalmente se decide sólo por una taza de café, sin ninguna cucharada de azúcar. Muy pronto lo tuvo listo, gracias a las bondades de la cafetera. Lo bebe de tres sorbos, respirando aliviadas sus entrañas por el líquido caliente con el que las alimentaba. Le cayó de perlas, en su estado.

Después, más despabilado, con la cafeína surtiendo efecto en su sistema, imagina que es una buena hora para regresar al cuartel. A lo mejor en el comedor de empleados habrían preparado algún estofado ó guiso que pudiera ayudarle a su condición. Aparte, le preocupaban los que se habían quedado de turno y quería supervisar los pendientes que restaban, cómo el traslado de la unidad a su muelle de embarque.

Se estira y pronuncia un largo bostezo para ahuyentar de nueva cuenta al cansancio, y se encamina a tomar una ducha. El agua estaba fría, sin embargo la siente deliciosa, ayudándolo a despejarse por entero. Paseaba alegremente el jabón sobre su cuerpo, mientras entonaba alegremente:

“Si te vienen a contar

cositas malas de mí,

manda a todos a volar,

diles que yo no fui”

“Yo te aseguro que yo no fui,

son puros cuentos de por ahí,

¡ay mamá, que yo no fui!”

El departamento se encuentra absolutamente solitario, a excepción del niño en el baño, y del pingüino que se encontraba correteando por toda la casa, por lo que nadie más que el intérprete podía escuchar la alegre y pegajosa tonada, célebre por la interpretación de Pedro Infante, legendario actor del cine de oro mexicano.

—¿Y tú que me ves?— pregunta el muchacho al animal, luego de salir de su regadera, después de que el avechucho lo observara detenidamente por largo rato, para al final ser perseguido por todo el lugar por el joven.

Al acabar de asearse y vestirse, el niño sale del departamento, dejándolo ahora sí, solo con su emplumado guardián.

—No le abras la puerta a desconocidos, ¿entendido?— fue su recomendación, antes de salir del recinto, despidiéndose —Ahí te ves, Pen.

Se dirige hacia el Cuartel General, donde llega luego de caminar por las desiertas calles de la ciudad por un rato. Pasa por el identificador de la entrada su tarjeta de acceso, permitiéndole entrar a las instalaciones. Corre por los pasillos y elevadores emocionado, al punto de chocar con unas personas que iban bajando las escaleras.

—¡Oye, Kai!— le dijeron, al reconocerlo, mientras seguía con su carrera —¡Si vas a tu hangar, ya no hay nada allí! ¡Ya movieron a Zeta a su muelle!

—¡Muchas gracias!— respondió el chiquillo, levantando la mano y modificando su curso, torciendo a la derecha.

¡Qué grande era el cuartel! Era un complejo sistema de corredores y accesos conectados todos entre sí, con una cantidad considerable de cuartos y bastantes niveles y subniveles. Si uno no estaba familiarizado con las instalaciones, fácilmente podría perderse. Una razón más para que las visitas estuvieran estrictamente acompañadas por un guía. Hasta había un departamento especial en la organización para búsqueda y rescate de las personas extraviadas.

Después de una extensa caminata, y ya que le quedaba de paso el cuarto de control, el joven pensó que sería bueno pasar un rato en visitar a los viejos amigos. Luego de haber atravesado varios accesos, pudo introducirse a la sala. Y ahí estaban, sentados en sus respectivas consolas, sin ocuparse de nada en específico.

Tres jóvenes técnicos, quienes apenas comenzaban sus carreras, y sin embargo, dadas sus capacidades y aptitudes habían sido seleccionados de entre todo el personal para ser los operadores de los sistemas más esenciales de NERV. Ninguno pasaba de los 25 años, pero ya trabajaban estrictamente bajo las órdenes de los oficiales mayores del proyecto.

De derecha a izquierda, primero se encontraba la linda Maya, Maya Ibuki, la simpática y amable asistente de la doctora Akagi, y por lo consecuente, era con quien menos trato de los tres tenía; sin embargo, su relación siempre fue muy cordial, gracias en parte al carácter tan afable de la chica. Era una oficial científica, encargada del mantenimiento de los Evas.

Continuando, al centro, se encontraba instalado Makoto Hyuga, encargado de las comunicaciones y logística, subordinado inmediato de la capitana Katsuragi. Tampoco tenía mucho trato con él, pero ya lo veía tanto que al final terminó por acostumbrarse a él. Un muchacho alto, que usaba gafas, de un metro ochenta y cinco, de complexión robusta debido a su entrenamiento militar. De hecho, tenía rango de cabo. Tipo algo serio y reservado a la distancia, pero a pesar de eso conocía bien sus sentimientos para con Misato. Cómo casi todo aquél que trabajaba de cerca con ella había enloquecido por ella. Sólo esperaba el momento idóneo para revelarle a su jefa sus verdaderos sentimientos, y por ende, al igual que todos los otros sujetos, se esforzaba por fraternizar con él. Eso estaba bien, ya que se había acostumbrado a esos admiradores secretos desde hace tiempo.

Y al último estaba Shigeru Aoba, con quien más identificado y familiarizado estaba. Su relación era muy fraternal, bastante cercana. Ambos disfrutaban sobremanera la compañía del otro, así como las constantes y amenas charlas melómanas que sostenían cada que tenían la oportunidad. Tenía el cabello largo, cortado hasta los hombros, lacio y suelto, de carácter liberal y desinhibido, no obstante sabía desempeñar y acatar sus funciones con una eficiencia inaudita, aunque en ocasiones, al igual que sus otros dos compañeros, no estaba de acuerdo en la manera en que sus superiores se manejaban. Era el encargado del monitoreo de signos vitales y sincronía de los pilotos, además de ser subordinado del subcomandante Fuyutski, cuyas ideas tan conservadoras muchas veces chocaban con las de su alterno. Y no en pocas ocasiones se lamentaba al ver el largo de su cabello, negando en silencio con la cabeza.

Por esa razón congeniaban Kai y él, ya que los dos eran espíritus libres, radicales, que no se sometían tan fácilmente a la autoridad, rompiendo esquemas preestablecidos e instituyendo nuevos. Contaban con la fuerza, el fuego que les proporcionaba la juventud. Corrían juntos por las extensas llanuras de la libertad.

Los tres, además de ser compañeros de trabajo, tenían algo en común: todos ellos habían sido alumnos de Rivera en la universidad, cuando éste impartía algunas clases, antes de entrar al proyecto. A todos los había conocido en sus años de colegiales, y a todos había recomendado para que ingresaran a NERV, debido a su sobresaliente desempeño y demás habilidades.

Los había agarrado en su descanso, que estaba por concluir.

—¡Hola, chamacos y chamacas!— saludó Rivera al entrar —¿Cómo andamos por acá?

—¡Qué tal!— respondieron los tres al saludo, casi al mismo tiempo.

—¿Puedo tomarles una taza de café?— dijo el chiquillo, al observar en sus manos recipientes con el apetitoso líquido negro, que despedía un tentador halo de humo, dando constancia de su provechosa temperatura.

—Seguro— le contestó Maya, señalando con el índice una mesa pegada a la pared —Ahí está la cafetera, y también unas galletas, por si quieres.

—Muchas gracias— suspiró aliviado, dirigiéndose a donde le señalaban —Mataba por un sorbo de buen café.

Fue y tomando un vaso de fieltro lo llenó hasta el tope. También, atendiendo a la invitación, tomó en una servilleta varias galletas dulces.

—Qué bien le cae a un estómago vacío una bebida caliente— les confesó, parándose en la entrada y deleitando la infusión, dándole de sorbos.

—Más cuando uno trae la cruda que te cargas, ¿no?— añadió Shigeru, al notar las perrillas en sus ojos, levantando las sonrisas de sus colegas —¿Qué tal estuvo la fiesta ayer?

—A toda madre— pronunció, orgulloso de haberla organizado. Lo único malo había sido la resaca que ahora mismo sufría, pero aparte de eso, se había divertido de lo lindo con sus borrachines camaradas.

—Sí, ya nos platicaron como estuvo todo— intervino Makoto, dándole de sorbos a su infusión.

—Me hubiera gustado invitarlos, muchachos, pero no se podía. Era sólo para los de mi equipo, y cómo ustedes no quisieron entrarle... —añadió Rivera, reprochándoles de una manera bastante sutil que, en su momento, declinaran aceptar ser sus colaboradores.

—Por cierto, qué malvado eres, Kai Katsuragi— advirtió Maya, enojada —¿Cómo está eso que también designes un equipo especial de mantenimiento? ¿No nos tienes confianza? ¿Crees que no podemos cuidar cómo se debe a tu Eva?

—No, no es nada de eso— pronunció aturdido el chiquillo, queriendo salir por la tangente para no herir más susceptibilidades —Lo hice más que nada para no recortar tan drásticamente la nómina, además que pienso que tal vez la Unidad Z va a necesitar cuidados un poquito diferentes a las otras, y para no descuidar a las demás, pensé que sería lo mejor tener técnicos especializados.

—De acuerdo, eso puedo comprenderlo— dijo Maya, pero sin quitar el dedo del renglón —Pero no creas que esto se arregla tan fácil, aún no acabo— agregó, amenazándolo con el dedo mientras cruzaba las piernas.

—Oigan, ¿ustedes no sabrán dónde está Misato?— preguntó de inmediato el joven, queriendo desviar el tópico de la conversación para quitarse de encima a la ofendida asistente —Lo que pasa es que no la he visto desde ayer...

—Está abajo, revisando los estatutos de sincronización con la doctora Akagi— respondió en el acto Hyuga, señalando al subnivel que estaba tras él.

Asomándose por la barandilla de la planta alta (que eran donde se encontraban ellos) del cuarto de control, saludó desde allí a su tutora.

—¡Miss!— a veces la llamaba así, haciendo un juego de palabras con su nombre —¡Acá arriba! ¡Hola!

—¡Hola, cariño!— contestó la mujer al saludo de su protegido, agitando el brazo derecho animosamente —¡Después nos vemos!— le dijo, mandándole un beso.

—No deberías mimarlo tanto— inquirió Ritsuko, un tanto molesta de escuchar el tono meloso que Katsuragi empleaba.

—¡Oh, tu sólo déjame ser!— respondió pronta, volteándose otra vez hacia la consola que ella y su confidente vigilaban celosamente.

Rikko no estaba muy conforme con los datos que desplegaba el monitor que tenía frente a sí. Chasqueó la lengua, negando con la cabeza.

—Era lo que me esperaba— suspiró, abatida —La sincronización de Shinji con la Unidad 01 se ha visto afectada de manera considerable. Mira los resultados de las últimas pruebas.

—Muestran una tendencia a la baja— pronunció, contrariada —¿Cómo pudo suceder? Después de que Shinji resolvió todos sus conflictos, pensé que su sincronización se vería beneficiada, pero...

—Pero Eva no lo está tomando de la misma forma— explicó la científica —Verás, al interrumpir Shinji el entrenamiento que venía realizando tuvimos que reajustar todos los sistemas a Rei, y comenzar desde un principio. Pero ahora que regresó, otra vez tuvimos que reconfigurar TODOS los sistemas, y seguir con el entrenamiento que había dejado trunco. No obstante, el comandante insistió que Shinji fuera reasignado a la Unidad 01, pese a que ya me anticipaba algo así. Los resultados de las pruebas de la última semana me lo confirman.

—No lo entiendo— repuso la capitana —La primera vez que el chico piloteó a Eva pudo lograrlo sin ningún problema, a pesar de no tener un entrenamiento previo, ¿por qué ahora tiene que ser diferente?

—Porque la primera vez no teníamos configurado el sistema para una persona en específico, así que fue relativamente fácil que el Eva 01 asimilara a Shinji, pero ahora... parece ser que se muestra un tanto confundido por los cambios tan repentinos.

—¿Quizás mejoraría algo si volvemos a instalar a Rei?

—No lo creo. Para el caso, resultaría lo mismo que ahora; además, comparando las pruebas, parece ser que Shinji tiene más posibilidades de volver a adaptarse.

—Pero aún no está listo para una situación de combate—culminó Misato.

—No— contestó, terminante, incorporándose —Sólo espero que no se les ocurra a los ángeles atacar por estos días; tampoco Kai está preparado para pelear.

Una vez que abandonó la sala de controles, no tardó mucho tiempo en arribar al muelle en donde reposaba su creación. Quería ver que tal se veía en pie, aunque fuese rodeada por líquido conservador y sólo fuese visible la cabeza y el cuello.

“Las pruebas comienzan mañana” pensaba “Más vale que me vaya familiarizando con mi material de trabajo, todavía más”.

Traspasó varias vallas y enormes puertas de seguridad antes de poder llegar a su destino.

La emoción infantil que poseía momentos antes, desapareció cómo neblina al contemplar la enorme máquina ante él. Por eso había venido aquí. A reflexionar.

A lo largo de su corta vida, para muchos, Kai Rivera había creado bastantes atrocidades, todas ellas con el firme y único propósito de lastimar y dañar al prójimo; claro que, la mayoría de las veces, lo hizo sin el conocimiento pleno de lo que pudiera causar cómo consecuencia. Una de las más grandiosas mentes del planeta, que bien pudo, ó mejor dicho, debió haber sido aprovechada para ayudar a todo el género humano, para poder encontrar las curas a muchas de las enfermedades intratables, ó restaurar el ecosistema del planeta después de la catástrofe, ó simplemente para hacer la vida más sencilla; en lugar de realizar aquellas maravillas que tan sólo se consideran sueños, por culpa del mal manejo, no se dedicó mas que a crear nuevas y más atroces formas de asesinar, muchas más de las ya existentes en ese entonces.

Pero todo aquello, bien pudo habérsele sido perdonado, ya que no actuaba en forma consciente, y jamás podía imaginarse los horrores que desataría con lo que él consideraba un simple juego. Después de todo, en esos días aún era un pequeño inocente, ignorante de la barbarie que reinaba en el mundo exterior, en el mundo real.

Pero ahora, ahora no había motivo ni excusa. Actuó con premeditada deliberación, a sabiendas de lo que iba a ocurrir después de hacer su obra maestra. El arma definitiva. La máxima máquina de matar que se había creado en la historia. La observaba de frente, aborreciéndola. La odiaba profundamente. Pero en cambio, el robot se mantenía indemne, mirándolo también fijamente a través de sus visores color rojo, majestuoso y digno cómo una estatua. No muchas cosas pueden darse el lujo de tener a su creador cara a cara.

Después de todo: ¿Qué era, en principio, un arma? Un instrumento destinado para defenderse ó atacar. Una ramificación del impulso humano creativo, motivado en gran parte por el instinto de la supervivencia. El hombre, indefenso ante sus depredadores, tuvo que esforzarse, empeñarse en hacerse de un lugar en la rama evolutiva. Fue su ingenio natural, un don fomentado a través de millones de años de evolución hasta derivar en la ciencia, el que lo impulso a crear esas herramientas. Objetos de los cuales el ser humano se vale para lograr diversos objetivos. El de las armas ya ha quedado estipulado. Defensa. Ataque. Defenderse de sus agresores, mejor dotados por la naturaleza con dientes afilados, garras y músculos fuertes y tensos, ágiles. Pero desprovistos de la inventiva del género humano. El hombre de las cavernas tuvo que hacer mano de lo que estaba a su alcance, huesos, palos, piedras, y haciendo una combinación de éstos elementos, ó bien utilizándolos individualmente, fue cómo ideó el garrote, la lanza, el arco y las flechas.

Sin embargo, ¿qué fue también lo que propicio cruzar ese umbral tan delgado, tan diáfano que separa a la defensa del ataque? En un principio, quizás fue la necesidad de comer. La recolección de frutos y granos bien pudo haber pasado a un segundo plano en momento que los seres humanos percibieron las ventajas y bondades de la caza. Entonces sus utensilios derivaron a ser utilizados en el ataque, posicionándose del rol del cazador, en lugar de ser la presa. No obstante su inventiva con la que fue provisto, también contaba con un instinto animal. Los animales no saben de ética ó de derecho, ellos sólo saben de supervivencia. Un grandulón abusivo ó una manada vecina intentando apoderarse de la comida, el agua, el refugio ó las hembras tal vez propiciaron conflictos. En ese momento se quebró la frágil línea que separaba de utilizar un arma para defenderse y para cazar de infringirle un daño a alguno de tu propia raza por la competencia. Y allí se originó la ambición. Y ésta dio a luz al asesinato. El pensamiento humano fue evolucionando, y por consecuencia sus indispensables armas. Los palos y piedras dieron lugar al hierro candente, y éste a la pólvora y la pólvora al poder del átomo. Nuevas y mejores formas no sólo para protegerse del enemigo, sino para liquidarlo por entero, sin dejar rastro de él en la faz del planeta.

En ese caso, desde los huesos hasta los rayos láser de alta intensidad, todos ellos no dejaban de ser simples objetos que permanecían inertes hasta que alguien los usara. Una metralleta no podía levantarse sola y escupir toda su carga contra una familia entera de campesinos. Concluyendo entonces, la verdadera arma, el arma perfecta era precisamente la propia inteligencia del ser humano. Era ella la que convertía los restos óseos de un animal de gran tamaño en un garrote que podía aplastar un cráneo cómo una nuez ó la que utilizaba un simple rayo de luz continua en un láser que era capaz de rebanar el acero cómo mantequilla, y ni qué decir de las carnes de un ser humano.

En aquellos días no habría de qué preocuparse, ya que por el momento, sólo se dedicarían a combatir ángeles. El problema sería tiempo después, cuando los militares se dieran cuenta del potencial destructivo de las Unidades Eva, y entonces comenzaría una nueva carrera armamentista en todo el mundo. De hecho, a estas tempranas horas ya había comenzado. Sabía que se construían ya Evas en muchas partes del mundo: América, China, Alemania, Japón...

¿Qué le garantizaba que la humanidad no cruzaría de nuevo ese umbral, y saltar de defenderse de extraños agresores, a atacar a su propia especie, motivada por la ambición?

Se podía imaginar las guerras del futuro. Con sus mecanoides, las bajas de la milicia se sostendrían al mínimo, claro está, y los únicos que sufrirán será la población civil. Ellos serán los afectados, cuando las batallas de los gigantes destruyan sus ciudades y sus edificios. Sus hogares. Y de nueva cuenta, los únicos que sacarán provecho serán los gobiernos, y claro está, las compañías constructoras de los mensajeros de la muerte, quienes cobrarán puntualmente sus honorarios. La vida de miles, por unos cuantos millones de dólares. Mundo tan estúpido.

Con dificultad, trepó hasta el hombro del robot, evitando caerse en el líquido que tenía a su alrededor. Mucho dependía de él. De él dependía evitar todo aquello. Era por eso que saboteaba las operaciones, que destruía planos e instalaba programas secretos en las computadoras de todo el Geo Frente. Cuando todo acabara, destruiría los Evangelion, borraría toda la información de los bancos de datos y acabaría con todo vestigio físico que pudiera darles una idea de cómo construir a los titanes de acero. Y él, se llevaría el secreto a la tumba.

Siguió observando detenidamente a su creación, casi con pesar. Y es que, ¿En realidad era esa desdichada criatura sin alma, la culpable de todo aquel peligro? Claro que no. Era la misma raza humana, que con su ignorancia, la utilizaría para destruirse. Aunque sonara trillado, era cómo dejarles las llaves de un arsenal nuclear a unos niños pequeños. No estaban listos para algo cómo esto. Aún no.

Miraba a la máquina, y en ella no sólo encontraba metal y conexiones. El creador podía encontrar un reflejo, un vestigio de sí mismo en su creación. Y quizá eso era lo que más le molestaba. Entonces... ¿Esa sería una manifestación de su verdadero ser? ¿Su naturaleza estaba presente, aunque sólo fuese en parte, en aquél monstruo de acero?

No podía encontrar la respuesta.

—Perdóname— susurró Kai, acariciando la aleación de la máquina, a la altura del rostro—Nada ha sido culpa tuya.

El Eva de Kai no es muy diferente al que pilotea Shinji, sólo que es un poco más grande en cuanto a altura y volumen. Mediría, a lo sumo, unos 120 metros de altura. También, al igual que la Unidad 01, tenía integrado consigo un Motor S2, un sistema generador de energía basado en la teoría de supersolenoides defendida por un tal Dr. Katsuragi. Cuando EVA está cargada con este motor, supuestamente su tiempo activo podría ser extendido al infinito. Aunque esto aún no se había comprobado, ya que aún le faltaban varias pruebas por hacer, y además nunca en toda la historia del Proyecto una Unidad Evangelion había alcanzado ese inmenso nivel de energía.

Y en lo único en que se diferencian a primera vista son en los colores, ya que este es verde oscuro, con algunas franjas amarillas. En donde debieran estar las orejas, (basándose en un modelo humanoide) se encuentran dos formas ovoides, con dos barras verticales sobre ellas. Este modelo también tiene los ojos al descubierto por el yelmo, aunque a diferencia del de la Unidad Uno, es de una sola pieza.

Ojos rojos cómo las llamas del infierno, y unos dientes enormes y afilados, cómo los de un tiburón. Un trío de espolones adornaban las placas que protegían ambos antebrazos, completando así su diferencia física con el Eva 01. Una apariencia bastante aterradora, al primer vistazo, que era lo que más impresionaba. Parecía un demonio que había podido escapar de su cautiverio, listo para producir pesar y condenación a los mortales.

El muchacho está muy sumido en sí mismo, con sus pensamientos, pero aún así denota la presencia de un visitante, quien apenas había ingresado al muelle de embarque. Voltea hacia dónde está ella y la ve. Siempre que la veía pensaba que era la criatura más hermosa sobre la faz del mundo. Rei caminaba con ligereza y gracia, sin ninguna prisa, con las manos juntas detrás de su espalda, mirándolo trepado sobre el hombro del coloso. Su gesto era el cotidiano, serio y formal. Su tono de voz era idéntico, uniforme, impidiéndole demostrar algún tipo de emoción; empero, era tan suave, tan melodiosa y sensual, que siempre se perdía por ella. Se desvivía por hacerla hablar, para que sus oídos se regocijaran en tan hermoso sonido. Sin embargo, en esta ocasión no tuvo que esforzarse mucho para lograr su objetivo.

—“Dios terminó su trabajo el séptimo día, y en él descansó de todo lo que había hecho”— parafraseó una cita bíblica, sin quitarle la vista de encima ni a él ni al titán, confundiéndose y fusionándose en uno solo por un momento. También había notado que existían varios aspectos del creador en su obra.

—Pues por lo menos un rato, cuando menos— respondió, casi susurrante, pensando en lo bella que se escuchaba la palabra de Dios de sus labios —Desde mañana van a ser días bastante cansados, con todas esas tediosas pruebas de sincronización que voy a tener que hacer...

—Ojalá pudiéramos cambiar lugares— confesó la chiquilla, descorazonada. Ahora que Ikari había regresado a ser piloto del Eva 01, y que la Unidad Cero aún no era reparada, no tenía muchas cosas que hacer.

—No creo que pudieras pilotarlo— le dijo el muchacho, a sabiendas de lo que le acontecía —Para ser honesto, dudo mucho que alguien más que yo pueda pilotar este armatoste.

La jovencita lo observó unos cuantos segundos, desconcertada. No pretendía ser arrogante, eso era seguro, entonces lo que enunciaba el chiquillo era cierto. ¿Pero cuál era, entonces, la causa de ello? ¿Otra característica distintiva de ese “Modelo Especial”?

—¿No quieres subir?— le preguntó, sacándola de su confusión por un momento, sólo para sumirla aún más en ella, cuando pronunció: —Ven, pásale con confianza— y de inmediato la mano derecha del gigante emergió del tanque y se colocó a la altura de los pies de Ayanami.

Ésta, sorprendida, no pudo evitar lanzar un apagado grito de exclamación, debido a lo repentino del movimiento. El corazón le daba de tumbos. Estaba asustada.

—No tengas miedo, no pasa nada— la tranquilizó, volviendo a instarla a acompañarlo arriba —Sube, no hay de qué preocuparse.

Precavida, aun con ciertas reservas al respecto, abordó la palma del coloso, con sumo cuidado y muy, muy despacio. El titán entrecerró sus dedos cuidadosamente, para que la muchacha pudiera asirse de ellos mientras la subía. Era increíble. De seguro aquella mano podía pulverizar roca sólida con relativa facilidad, y sin embargo, ahora la albergaba a ella con tanta delicadeza, transportándola suavemente hasta su destino.

—Con cuidado— le advirtió Kai una vez que estuvo a la altura del hombro izquierdo, que era donde él estaba —No te me vayas a caer— ofreciéndole su mano para que se apoyara al pasar de su transporte hasta su lado.

—¿C- Cómo?— acertó Rei a decir, vacilante y atónita, cuando estuvo junto a Rivera, y la mano del robot retornó a su lugar original.

—No tengo la más mínima idea— reveló despreocupado, pasándole el brazo por la cintura y estrechándola contra él —A lo mejor estamos más unidos de lo que parece— pronunció, refiriéndose a la máquina y a él.

Se dejó querer. No le afectaba en mucho. Recargó ligeramente la cabeza sobre el hombro del chico, permitiéndose apreciar más a fondo las características físicas del Eva Z. Reparó en los ojos.

—¿Ojos rojos?— inquirió, intrigada por el curioso detalle. Eran del mismo color que los suyos.

—Puedes decir que es un homenaje en tu honor— confesó sin tapujos —Además, se ve más macabro, ¿no lo crees?

—¿Pretendes utilizar una guerra psicológica contra esos seres?— preguntó al percatarse de los ángulos agudos, los tonos terciarios y las líneas inclinadas que prevalecían en el diseño del gigante —Podría funcionar con seres humanos, no lo dudo, pero: ¿Cómo estar seguro que esas criaturas pueden percibir la realidad del mismo modo que nosotros lo hacemos?

—No puedo asegurarlo, pero tenía que hacer el intento— respondió —Aún así, servirá cómo advertencia a la población, para que mantenga su distancia.

—Les prestas mucha atención a esas minucias, ¿No es así?

Bastó una sola expresión de Rivera, tan solo un gesto, para que pronto la mano del robot les sirviera de nueva cuenta de elevador. De veras que se comenzaba a acostumbrarse a su material. Era todo lo que esperaba, y más.

—Sólo trato de no perder de vista el objetivo principal de este proyecto— contestó mientras la ayudaba a subir a la palma del robot —Hay que tenerlo siempre bien presente, sino será muy fácil desvirtuar nuestra misión.

—¿Ah, sí?— dijo la chiquilla, ya en el piso, tomada de la mano del muchacho —¿Y qué misión es esa?

—Salvar a la humanidad, qué más.

—Tienes tus directrices bien trazadas, no puedo negarlo. Pero, ¿en serio piensas que ése es el verdadero propósito de Eva? ¿Salvar al mundo todos los días, y permitirles a toda esa gente que ni siquiera conoces continuar con sus existencias, con sus trabajos en las fábricas y sus crías en la casa para alimentarlas, sólo para que a su vez éstos crezcan y tengan a su vez descendencia que alimentar, y entonces trabajar para lograrlo? ¿No se te hace muy cíclico, tan inservible? ¿Y dónde entras tú en todo eso?

—Pues podrá parecerte muy poca cosa— pronunció apesadumbrado por el tono que usaba al hablar de esa vida, a la vez que los dos se sentaban, aún tomados de la mano. Guardaba ciertas esperanzas de poder participar en ello, junto con Rei. Él, en el trabajo, consiguiendo el pan de cada día, ella en la casa cuidando a los retoños. —Pero para todas esas personas es su razón de ser. Después de todo, ésa es la razón de ser de los seres vivos, ¿no? Nacer, desarrollarse, reproducirse y morir. Cosas bastante simples al primer vistazo, pero que en realidad son la esencia de la vida misma. Son las cosas por las que vale la pena vivir. Es gracias a ese ciclo tan monótono al que te refieres que los organismos, absolutamente todos, han podido evolucionar a través de las épocas, marchando cada vez más y más cerca de la perfección. Todo en esta naturaleza va encaminado a ella.

—Sin embargo, en ocasiones los seres vivos no pueden llegar a ella con la rapidez debida; es decir, no pueden adaptarse al medio ambiente por que su evolución se estanca. ¿Ó me equivoco? Y entonces viene la extinción. Es cuando entra en vigor eso de “supervivencia del más apto”.

—Supongo que eso es verdad.

—Pero aún no me has respondido del todo: ¿Dónde entras TÚ en todo eso?

—Me parece que soy un organismo obsoleto en el sistema— reveló, cabizbajo —Moriré, sin haber vivido en realidad. Yo no podré reproducirme, ni siquiera lograré desarrollarme por completo. Estoy condenado al olvido.

Al palpitar su pesar, no obstante su rígida apariencia, Ayanami se enterneció con sus palabras, logrando solidarizarse con su pena. Su corazón latía con fuerza, mientras se acercaba más y más al joven, y paseaba su mano por su rostro.

—Eso no es cierto— le dijo amorosamente —Yo nunca podría olvidarte— para terminar dándole un apasionado beso en los labios.

Permanecieron inertes de esa manera por algunos breves segundos más. Entonces, con el rabillo del ojo la jovencita se percató de que alguien se estaba acercando a paso veloz. Apenas y pudo reaccionar, arrojando a Kai lejos de sí, empujándolo con las manos por el pecho. El infante no evitó darse un golpe en la cabeza con el piso, preguntándose que había hecho ahora de malo. Al mismo tiempo que un sujeto largo y macilento entraba al muelle, Rei se alisaba los pliegues de su falda y se aprestaba a salir pronto de ese lugar.

El tipo, que traía uniforme de oficial científico, seguía con la mirada a la muchacha, boquiabierto. Después, con la misma expresión en su rostro, observó al chiquillo aún tendido en el suelo.

—¿Acaso vi lo que creí ver?— lo interrogó, atónito, una vez que la niña se había marchado.

—Seguro, y los futbolistas profesionales sólo jugaban por amor a la camiseta— le dijo, un tanto molesto por su inoportuna interrupción, poniéndose de pie y acariciándose la nuca —¿Qué me tienes de nuevo, Takashi?

Kenji Takashi, de unos treinta años, individuo que cómo ya se ha dicho era alto y delgado, pero con una higiene pulcra e íntegra en toda su persona, lucía su uniforme con orgullo y porte, enseñoreándose a su paso; era ni más ni menos que la mano derecha de Rivera en la planeación y construcción de la Unidad Z, su segundo al mando. Sin su presencia, sin su rigurosa disciplina y puntualidad muchas cosas no hubieran podido realizarse. Un auténtico perfeccionista, se vislumbraba a primera vista en su apariencia. Un enajenado del trabajo y de la superación laboral. Pero no era tan rígido y serio en el fondo, permitiéndose en ocasiones a él y a sus empleados ciertas libertades, sabedor de que el trabajo excesivo no conduce a nada.

Los dos se habían conocido en la universidad, cuando Kai apenas cursaba sus primeros estudios superiores, aunque más bien su estadía en la institución fue corta, concluyendo con el curso con bastante rapidez. Al principio, Takashi, dado su carácter, se había empecinado en superar a aquél niño que a la tierna edad de seis años ya era universitario. Debido a los tiempos tan adversos que enfrentaba el mundo, no podía darse el lujo de ser un profesionista promedio, y para eso tenía que igualar al mejor, y superar al mejor. Hizo el intento, eso no puede reprochársele. Sin embargo, pronto se dio cuenta que era bastante difícil, por no decir imposible, competir en contra de una esponja que absorbía y se llenaba de conocimientos en cuestión de minutos, por lo que al final se vio abatido y derrotado en muy poco tiempo.

Se dejó abrumar por el fracaso, sumiéndose en un montón de angustias y traumas emocionales que a punto estuvieron de hacer que perdiera la cordura, de no ser por la oportuna intervención del mismo chiquillo. Quizás fueron las palabras tan llenas de sinceridad que le dirigió, ó que el muchacho se enterneció con el infante, el caso fue que Rivera le hizo darse cuenta que en un mundo que necesitaba a gritos ser reconstruido, no tenía mucho caso obsesionarse ni encerrarse en una tarea tan enfermiza cómo la de ser mejor que todos los demás, y que más convenía que usara sus ánimos e ínfulas en algo más productivo. Al fin y al cabo, al único que debería superar, día con día, era a él mismo y no a nadie más.

Desde en ese entonces, una fuerte amistad los dejó prendados uno del otro, y aunque no se vieron en mucho tiempo, siempre recordaban con gran estima y aprecio a su amigo de la universidad. El destino, ó más bien la disposición y el deseo de Kai de trabajar a su lado, los había unido de nuevo.

Encajaban muy bien como equipo, siempre lo habían hecho. La disciplina y la responsabilidad indeleble del japonés le daban un cauce para su realización, además de practicidad a los diseños, a la creatividad e ingenio del muchacho, que valga la redundancia no era ningún adicto al trabajo.

—Nada importante, sólo para entregarte la cédula de las actividades y pruebas de sincronización que tienes para mañana— pronunció Kenji entregándole una carpeta repleta de hojas —Uy, camarada, me parece que ahora sí te vas a tener que alinear por la derecha y aplicarte, porque ahora sí te van a traer corto.

—¡Ja!— se mofó el infante, revisando los horarios de la carpeta —¿Quiénes?

—Todos— contestó de inmediato —Desde el comandante Ikari hasta el Secretario General. Las Naciones Unidas van a querer ver de inmediato que su inversión les dé dividendos.

—Tengo mis prioridades en orden, créeme— dijo, negando con la cabeza al ver las horas de práctica que tendría para el día de mañana.

—Pues no sé, yo que tú tendría cuidado— le advirtió —Esto ya no es la escuela, y podrías hacer enojar a mucha gente, gente importante, poderosa.

—No te preocupes, todo va a salir bien— respondió, cerrando la carpeta —Mejor debieras ocuparte en hacer algo por esta pinche agenda, si la sigo por lo menos una semana me va a matar.

—Te dije que los jefes quieren darse prisa. No creo que se pueda hacer mucho al respecto, así que ni modo, te vas a tener que aguantar.

—Ya veremos. Voy a intentar que me recorten el tiempo que uso en la mañana para la escuela, y aprovecharlo para distribuir mejor las horas de trabajo. ¿Quién te la dio?— preguntó agitando el bonche de papeles en su mano —¿Ritsuko?

—No. Maya— contestó con aire soñador, de enamorado.

—Ya veo— pronunció Rivera con una sonrisa de picardía en los labios —Así que todavía no te has dado por vencido, ¿eh? Me lo esperaba de ti.

—Por lo menos ya di el primer paso. Ella ya sabe que existo. Y a propósito— le dijo, haciéndole un candado a la cabeza con el brazo —Muchas gracias por presentármela, amigo. No hubiera podido hacerlo sin tu ayuda.

—Y yo que creí que cuando te la presentara ni le ibas a hablar después— musitó con dificultad, aprisionado en aquél castigo —Aún así, no te confíes, que la competencia está muy reñida. Te lo digo para que después no vayas a chillar.

—Lo sabía— alarmado, con cara de espanto, soltó en el acto al muchacho —Era cierto lo de Shigeru y ella...

—Andas mal, compañero, muy, muy leeeejos. No es por allí la cosa.

Kai miraba a su mejor amigo en el mundo, ilusionado y a la vez sufriendo por el amor. ¿Cuántos había cómo él? A todos los hombres y mujeres les llegaba el momento de enamorarse, aunque sólo fuese una vez en la vida. Empero, cada vez que hablaban al respecto le producía tanta lástima, tanto pesar que su camarada estuviera enamorado de una lesbiana, sin saberlo.

Se hacía de noche en el Oriente. Y amanecía en el Occidente. La mitad del mundo se iba a la cama, mientras que la otra mitad se prestaba a salir de ella y a reemplazarlos en la frenética producción mundial, que no podía ser detenida jamás, a riesgo de un colapso económico total.

Precisamente en el hemisferio Sur, en el lado donde la madrugada empezaba a menguar y el alba a despuntar, se encontraba una pequeña isla volcánica, con apenas unos quince años de edad. Magma solidificado alrededor de un volcán que permanecía inactivo desde el Segundo Impacto, fecha que lo vio nacer, constituía el sedimento de aquella pequeña balsa de apenas unos tres kilómetros de diámetro en el Océano Pacífico; razón por la cual no era merecedora siquiera de ponerle nombre.

No parecía nada importante, salvo un montón de roca fundida que amenazaba con ser devorada por el mar de un momento a otro. Bastaba un solo movimiento telúrico para que fuera engullida por las aguas y no dejar ni rastro. Nada a lo que se le pudiera sacar provecho.

No obstante, no debemos olvidar que la grandeza se encuentra precisamente en la humildad, en la sencillez. Justamente, un pequeño sismo hace que la isla se desintegre y se precipite al océano, mientras el coloso de fuego rugía furioso y escupía lava y ceniza a los cielos, al ser devorado y consumido por el mar, todo esto en cuestión de unos cuantos minutos, diez a lo mucho. Nadie presenció el ocaso del lugar, cómo tampoco nadie había sabido de su existencia. Pero el sacrificio de aquella insignificante porción de tierra ha rendido un fruto, algo por lo que valió la pena desquebrajarse y precipitarse al lecho marino. Algo se ha liberado, y algo se mueve, se desplaza con una gracia celestial por entre las corrientes, tomando un rumbo predeterminado, trazado por líneas invisibles que lo llevarían hasta su destino final.

Ignorantes de todos estos sucesos, los hombres y mujeres de la tranquila Tokio 3 duermen apaciblemente, auspiciados por un falso y frágil sentimiento de seguridad y confort. Y de la misma manera, despiertan al siguiente día, sin saber lo que el futuro les tenía deparado.

Eran las 7:30 de la mañana, en punto, cuando el reloj despertador sonó a todo volumen:

“¡¡Pi-ka-chuuuuuuu!!”

—¡Ay, cabrón!— vociferó Rivera, despertándose sobresaltado por el intenso volumen del aparato electrónico.

Cubriéndose el rostro con su mano izquierda, con algo de sueño aún a cuestas, deslizó la otra mano, y a tientas logró apagar la alarma de su despertador, que en la pantalla plana mostraba a una simpática especie de ratón amarillo y brillantes mejillas rojas, que invitaba a su propietario a levantarse con sus estruendosos chillidos.

“No voy a poder soportar todo esto” pensaba mientras luchaba por que sus ojos no se volvieran a cerrar; si lo hacían, era seguro que se volvería a quedar dormido. ¿Cómo le hacía Shinji para levantarse tan temprano, sin ninguna ayuda? Media hora antes se levantaba sin problema alguno, y eso que se habían acostado a la misma hora.

Maldecía a los jefes, por obligarlo a pasar por ese martirio. Le escupía mentalmente a la doctora Akagi toda sarta de insultos y blasfemias, odiándola aún más cuando ella y el comandante se habían negado a acceder a su petición. “Es vital para el desarrollo de la misión que te compenetres lo más que se pueda a tus compañeros pilotos”. Todo eso no era más que un montón de inmunda y fétida mierda. Lo hacían sólo por fregarlo, y nada más.

Con lentitud, entre bostezo y bostezo, se enfundó en su uniforme escolar, cuya camisa dejó sin abotonar para dejar al descubierto su camiseta de color que tenía puesto debajo de ella, para contrastar con los grises tonos de la vestimenta estudiantil. De la misma manera, se puso sus sandalias para andar por la casa y se dirigió directo al baño, a empaparse la cara de agua fría, lo que ahuyentó en definitiva el cansancio que presentaba anteriormente.

Cuando salió del baño notó que su compañero de cuarto no quiso esperarlo y se fue a la escuela sin él. Era evidente que aún quedaban vestigios de rencor en su contra, provocados por los anteriores roces entre ellos dos. Tal vez sería necesario hablar con él un poco. Después de todo, si ya era definitivo que se quedaría a vivir con ellos, convenía limar asperezas para poder llevar todos la fiesta en paz.

Y a pesar de todo, le había preparado el desayuno, que se encontraba en una bandeja en la cocina, despidiendo un suculento aroma a recién hecho. Quizás había una leve esperanza, después de todo, para que pudieran entenderse y hasta agradarse. Dio un muy buen primer paso, que era darle de comer. Posiblemente algún día sería capaz de perdonar su estupidez, si seguía en ese plan. Una vez que ingirió sus alimentos se sintió lleno, rebosante de energía para gastarla a sus expensas durante todo el día.

Propósito que se evaporó tan rápido cómo llovizna de verano al caer sobre el ardiente asfalto; ya que apenas cuando llegó a la escuela y entró al salón de clases, se apiló sobre su asiento y se puso a dormitar despreocupadamente. Un breve rato después ya se encontraba profundamente dormido, ante el manifiesto enojo de la concejal de grupo, que le dirigía miradas de ira extrema cada vez que alguno de sus ronquidos llegaba hasta sus oídos, al igual que algunos maestros.

El reclamo no se hizo esperar a la primera oportunidad que la joven tuvo, en el primer descanso de ese día. Apenas sonó el timbre, marcando su inicio, cuando la muchacha enfiló resuelta hacia el problemático estudiante, y armada con una regla de plástico, le atizó un golpe en la base del cráneo, suficiente para despertarlo.

—¡Oye, eso duele!— despertó al fin, quejándose.

—¡Escúchame muy bien, Katsuragi!— pronunció Hikari con voz airada, haciendo caso omiso de su lamentos —¡Tal vez a ti no te interese en nada tu porvenir académico, pero todos nosotros tenemos que estudiar si queremos trabajar y comer!—le recriminaba, amenazándolo con la regla en mano—¡Así qué te agradecería mucho que mostraras por lo menos un poco de respeto a esta institución y dejaras de distraer a tus compañeros de clase! ¡Por Dios, eres un c&ia