| Por:Gus
Capítulo Cuatro: Paria
Fulminante. Así era por completo el continente
de Misato. Ella solamente estaba allí, de pie
frente al chiquillo, y sin embargo, éste casi
podía sentirla encima. Por un tiempo no había
dicho ni hecho nada, salvo mantenerse allí,
de pie, de manera inquisidora.
Apenas el niño había salido de los
vestidores cuando se la encontró junto a su
locker, en dónde guardaba sus pertenencias
mientras estaba en el Geofrente. La noche ya asaltaba
a este último y Katsuragi aún no decía
palabra alguna.
Incómodo, todavía con la toalla húmeda
en la cabeza, Shinji se sentó en una banca
que estaba en medio del pasillo de casilleros, acomodándose
como le era posible y aguardando a lo que la mujer
parecía tener que decir. La respiración
agitada de Ikari, quien aún presentaba cierto
grado de excitación, resonaba en el lugar y
por mucho rato fue un sonido solitario, hasta que
la militar, cansada de esperar, profirió de
manera hosca:
¿Porqué desobedeciste mis órdenes?
Tan pronto escuchó aquellas palabras el infante
volvió la mirada a un lado, tanteando el curso
que seguía todo eso. No se equivocaba, ya que
la capitana continuaba:
Puedo pasarte por alto que dejaras entrar a
esos dos, pero... y aquí en el pero
marcó una pausa un tanto melodramática,
quizás para agregarle más gravedad a
su sentencia ¿Qué piensas que
hubiera pasado si no derrotas al ángel? ¿Eh?
¿Te pusiste siquiera a reflexionar en ello
en ese momento?
Perdón musitó desganado,
queriéndosela quitar, enfadado por la manera
en que lo hostigaba. A fin de cuentas, él conocía
muy bien su negocio y no necesitaba que nadie le reprochara
por eso.
¿Crees que con pedir perdón ya
está todo arreglado? Siguió la
mujer, advirtiendo el tono del joven ¡Yo
soy la responsable de tus estrategias! ¡Por
lo tanto, tu deber es obedecerme! ¿Lo entiendes?
Sí lo entiendo la retó,
mirándola fijamente y frunciendo el ceño,
harto que siempre le estuvieran hablando así
Entiendo que para ti sólo soy un piloto...
un simple subordinado, y nada más.
¿Qué estas diciendo? Precisó
a preguntar, desconcertada por entero.
¿Así que lo de vivir juntos era
para controlarme más fácilmente?
Contestó a su vez, formulando una hipótesis
un cuanto absurda, pero bastante creíble entonces
para su mente en brumas En un principio creí
que lo hacías porque te compadecías
de mí, pero ya veo que no era así.
¡Cállate de una buena vez, si
no quieres que te obligue a hacerlo! Contravino
Misato, ofendida en extremo, y dándose media
vuelta, remató No sabes lo que dices.
¡Ya déjame en paz! Respondió
hastiado, golpeando con estrépito una puerta
de lámina de un casillero que tenía
detrás de él Total, ya lo liquidé,
tal y cómo querían.
Fustigada por la insolencia arrogante del jovenzuelo,
de aquél alfeñique que apenas y le llegaba
al hombro, la joven mujer en un arrebato de ira incontenible
depositó una tremenda cachetada en el rostro
del muchacho, quien sólo se cimbró en
su lugar. No estaba acostumbrada a golpear a menores,
a decir verdad, ésa era la primera vez que
tenía que emplear un correctivo de ese tipo
con un niño.
Shinji, por su parte, tampoco estaba habituado a
aquella forma de reprimenda, y permaneció petrificado
en su asiento, sin saber si llorar ó enojarse,
ante los resoplidos de Katsuragi.
¡Imbécil! le dijo enfurecida
¡¿Quién te crees que eres
para hablarme así?!
Al verlo todo acongojado, tal cual un ratoncillo
asustado, a punto de desbordarse en lágrimas,
la militar no pudo más que sentir asco y repulsión
de sí misma, pero sin reprocharse ó
arrepentirse de su obra.
No obstante, tuvo que volver a darle la espalda,
para evitar verle sus ojos enrojecidos y vidriosos.
Ya está bien... masculló
casi suspirando Ve a casa a descansar.
El muchacho ya ni le respondió. Solamente
tomó su mochila con sus cosas del interior
de su locker y salió del lugar, envuelto en
un mutismo impenetrable.
Todavía se escuchaban sus pisadas en el corredor
contiguo cuando Misato no podía librarse de
una opresión que embargaba su pecho, como quien
sabe que hizo una cosa muy reprobable en aras del
deber. El lastimero estado en que había dejado
al chiquillo la conmovió de sobremanera, y
buscaba alguna forma de compensar el castigo. Al no
hallar ninguna, con la mente en blanco, sólo
acertó a pronunciar para sí misma, cómo
queriéndose justificar:
Él empezó...
A su vez, el joven caminaba como sonámbulo
por entre los pasillos de la instalación, siguiendo
inconscientemente el camino a casa. Bastante ocupado
se encontraba con tener que lidiar con el dolor, tanto
espiritual cómo físico, y en contener
el llanto que amagaba con encharcar su faz y su enrojecida
mejilla. Su cabeza era un caldero hirviente, en el
cual, en medio de todo el hervor comenzaba a cocinarse
una oscura determinación, que se fijó
firmemente en la voluntad del infante, resuelto a
cumplirla a cómo diera lugar.
Ya las tinieblas se habían asentado por completo
en la bóveda celeste cuando Ikari arribó
al departamento. Se había hecho algo tarde
en su itinerario cotidiano, puesto que se había
detenido en el supermercado antes de llegar. Con dificultad,
cargando una abultada bolsa de papel repleta de víveres,
deslizó la tarjeta de identificación
por la ranura de la puerta, abriéndose ésta
en el acto. De la misma manera se introdujo el muchacho
al interior del aposento, cerrándose otra vez
el portal detrás de él.
No había llegado aún a la cocina donde
planeaba descargar el cargamento cuando ya Pen-Pen
lo estaba acosando con su enorme curiosidad, al ver
llegar a su huésped. Incomodado, pensando en
que jamás se hubiera acostumbrado al animal,
trataba de sacarle la vuelta, con temor de arrollarlo.
El ave se quedó inmóvil en su lugar,
observando detenidamente al visitante.
Desorientado, con la vista obstruida por su carga,
el infante no pudo evitar que el contenido de ésta
se desbordara, cayendo hacia el piso un paquete de
carne seca. No logró completar su trayectoria,
ya que ágilmente el pingüino lo atajó
en pleno vuelo, con una de sus aletas, para después
echar a correr muy alegre en dirección a la
habitación de Misato, con la carne bajo la
aleta.
¡Oye, tú! le recriminó
Shinji, apurándose a dejar la bolsa sobre la
mesa de la cocina para darse a la persecución
del extraño animal ¡Deja eso, no
es tuyo!
Lo alcanzó en dicha habitación, abriendo
la puerta sin tocar. Pen estaba sentado cómodamente
sobre la cama de la dueña de la casa, degustando
plácidamente un trozo de carne seca (lo confundía
con unas tiras de pescado ahumado que de vez en cuando
le daban, a modo de premio).
Con violencia, el muchacho le arrebató el
paquete de su aleta, no sin cierto enfado.
¡Misato debía sentirse muy sola
para tener de mascota a alguien cómo tú!
pronunció, aún molesto con la mujer,
y cómo si el pajarraco pudiera contestarle.
Éste, agitado por la súbita impresión
otorgada, emitía unos lastimosos chillidos,
como llanto en la noche, y aleteaba fuertemente dando
la impresión de querer emprender el vuelo.
¡Cállate! ordenó
enérgicamente el chiquillo, sumamente enfadado.
El animal no hacía caso, y seguía lamentándose
en su lugar, hasta que alguien fue a rescatarlo de
sus penas.
¡Oye, tú! dijo en el mismo
tono de voz Kai, entrando de improviso al cuarto ¡Deja
en paz a mi pingüino!
De inmediato el recién llegado abrazó
al perturbado avechucho y lo cargó, oprimiéndolo
contra su pecho para que se calmara, a sabiendas del
gusto que le provocaba eso. Pen-Pen temblaba intermitentemente
a la vez que Rivera paseaba su mano sobre su emplumada
cabeza y lo arrullaba, tratando de consolarlo, terminando
por darle un beso en el pico.
Ya, ya le decía mientras salían
de la habitación Deja a ése flaco
desnutrido con su pinche comida, no la queremos...
Siguió paseándolo por toda la extensión
del apartamento, al mismo tiempo que Shinji sacaba
enrabiado una de sus valijas y en ella empezaba a
depositar ropa y la comida que había llevado,
ofendido en sobremanera por las mofas de su compañero,
las cuales pretendía no escuchar nunca más.
Esa camisa es mía advirtió
mesuradamente Rivera desde el quicio de la puerta
de su cuarto, aún con el pingüino en brazos.
Al percatarse de ello, casi con desprecio y sin decir
nada Ikari la arrojó sobre su cabeza, retornando
ésta a su lugar de origen, el suelo. Se percibía
una cierta atmósfera cómo de una tensión
apremiante; ninguno de los dos jóvenes había
olvidado el incidente con el ladrillo, ni su pequeña
discusión previa. No habían pasado ni
diez horas de eso.
¿Ya te vas? interrogó su
acompañante, sin haberse movido de su lugar.
Mañana, en cuanto despunte el alba
respondió secamente, no queriendo alargar las
conversaciones con él. Además, se imaginaba
que pretendía disuadirlo de su decisión.
Se equivocó rotundamente.
Mejor de una vez me despido, no quisiera levantarme
temprano para hacerlo: Que te vaya bien, te vas por
la sombrita recomendó para después
darle la espalda nuevamente y continuar cargando a
su mascota por toda la estancia, ante la creciente
molestia de su congénere.
Cuando Katsuragi por fin hizo acto de presencia,
ni siquiera saludó a su huésped. Se
limitó a ver de paso la puerta cerrada del
cuarto antes de que ella se internara en el suyo.
No quería verlo en toda la noche, a manera
de castigo. Quizás en la mañana, después
de descansar, pensaría mejor las cosas y mejoraría
su comportamiento.
Al día siguiente la inactividad en la casa
a tan temprana hora (alrededor de las siete) la despertó.
Para ese entonces Shinji ya debía estarse preparando
su desayuno, alistándose para la escuela. Perturbada,
aún en pijama, una camiseta blanca de gran
talla que le llegaba a los muslos y ocultaba su ropa
interior, salió para averiguar que era lo que
sucedía.
Comprobó que efectivamente, el apartamento
estaba en plena calma, con todas las luces apagadas.
Con prontitud deslizó la puerta del cuarto
de los muchachos, sólo para percatarse que
sólo uno de ellos seguía en él,
y ése no era precisamente Ikari.
Ha huido murmuró la militar, contemplando
a Kai en su placentero sueño, con un calcetín
en la boca, como tapón para sus ronquidos No
debería sorprenderme.
Como un mero acto de compasión le quitó
a su protegido la prenda de la boca, permitiéndole
así roncar a su completo antojo. Al fin y al
cabo a ella no le molestaba.
Examinó los alrededores, en busca de cualquier
pista que pudiera sugerirle el paradero de su subordinado.
Lo que encontró, sin gran esfuerzo, fueron
sus tarjetas de identificación, tanto la de
la casa cómo la de NERV. Además de una
carta adjunta que venía letrada para ella.
Era la letra del joven. Sin muchos ánimos la
abrió. Ya sabía su contenido de antemano.
Srita. Katsuragi:
Después de mucho pensarlo he decidido
que lo mejor es regresar con mi tío. Muchas
gracias por todas sus atenciones, y disculpe las molestias
que le pude haber causado.
Atentamente:
Shinji Ikari.
El escrito era breve y escueto, además se
notaba que el autor se encontraba enojado con la destinataria,
al referirse a ella de usted. Pero era
precisamente cómo Misato se imaginó
que sería la despedida del chiquillo.
Miró por la ventana, aún sosteniendo
la hoja de papel entre sus manos, el aguacero que
caía afuera. ¿Qué estaría
haciendo en esos momentos, con semejante clima? ¿En
dónde estaría?
Shinji idiota acertó a pronunciar,
sentándose sobre la cama.
En realidad, estaba muy bien fundamentada aquella
suposición. No había podido escoger
un día peor para irse de una vez por todas,
para correr de sus problemas. Llovía a cántaros,
además de que las espesas nubes no dejaban
entrever que el sol pudiese salir en aquél
día. Los faros seguían encendidos en
las calles, a pesar que ya eran las nueve de la mañana.
Las gruesas gotas de lluvia se estrellaban una por
una contra el vidrio del tren, manteniéndose
dentro seco por completo. La enorme mole metálica
se deslizaba con velocidad sobre del riel, sin importarle
las condiciones climáticas, ni a él
ni a ninguno de sus pasajeros, no hasta que lo abandonaran.
Una a una recorría ágilmente las estaciones,
dejando gente por aquí y subiéndola
por allá. Las personas se movían en
muchedumbres, confundiéndose en una gran masa
gris de múltiples rostros y voces. Todos ellos
sabían a dónde querían ir, y
cuando deberían hacerlo, todos a excepción
de uno.
Ikari miraba desconsolado a sus semejantes, como
con envidia de su seguridad. Deseaba tener esa certeza
acerca de su futuro inmediato, pero nomás no
podía decidir qué hacer. No quería
regresar con su tío, el ebrio. Tampoco quería
regresar al Proyecto Eva, a la responsabilidad y deberes
que le achacaban sin siquiera pedírselo.
Simplemente no encajaba en ningún lugar. Era
un hombre sin patria y sin hogar.
Un vagabundo.
Sentado sobre el incómodo asiento de fibra
de vidrio, se aferraba a sus pocas pertenencias, todas
ellas en su valija. La mayoría era ropa y comida.
Además de eso, lo único que tenía
eran sus discman, que traía puestos, queriendo
alejar con la música sus zozobras. No funcionaba
mucho, la música era algo mala. Alegre, pero
vacía. Sin mensaje ni alma. Diseñada
especialmente para pasar el rato, pero no para levantar
el ánimo, ni consolar.
Mientras hacía esto, sus acompañantes
se revolvían en el interior del vagón.
Aún con la melodía en sus oídos,
alcanzaba a escuchar parte del murmullo que parían
las conversaciones entre las personas.
...vaya que se soltó el diluvio, ¿verdad?
...y a mí que se me olvidó el
paraguas...
...si lo trajeras, de seguro no estaría
lloviendo...
...tendremos que tomar un taxi, si es que no
queremos mojarnos...
...ya comenzaron las lluvias de verano...
...la cosecha será buena este año...
...¿qué cosecha?...
...¿viste a ese mocoso?...
...pediré que me transfieran...
...no hay donde...
...todo el mundo es un caos...
...guerra por doquier...
...¿qué no debería estar
en la escuela?...
...esos rebeldes necios...
...¿qué si extranjeros desean
explotar sus tierras?...
...ellos sólo las desaprovechan...
...los americanos sí que supieron hacerla,
al correr a esos sombrerudos dormilones...
...parece que está drogado...
...aquí tenemos nuestra propia guerra...
...¿de dónde habrán sacado
dinero para hacer ese robot?...
...parece costoso...
...y más los daños que ocasiona...
...el distrito Tokai quedó como una
zona de desastre...
...ó a lo mejor está perdido...
...todo por culpa de esos malditos rebeldes...
...a la horca con todos ellos...
...¿no será una de esas bombas
humanas?...
Los dejaba continuar, al igual que el aguacero de
afuera aquellos comentarios no se podían detener.
Más que con la porquería que escuchaba,
se deleitaba al apreciar y distinguir ese suave murmullo,
uniforme y rítmico, con tonos emotivos y hasta
extasiantes. Personas se iban, personas llegaban,
personas se restaban a la vez que otras se sumaban.
La muchedumbre era un animal de tamaños y características
que variaban muy seguido.
Así pasó gran parte del día,
sin saber qué hacer, sin ninguna precisa idea
de adónde sería bueno ir. ¿Cuántas
vueltas a su ruta hizo el transporte, con el paria
dentro? No se podría saber con certeza. Sin
embargo, ya era noche cuando dio su último
suspiro, deteniéndose en la estación
final, a orillas de la urbe:
Gracias por usar el sistema de trenes de Tokio
3. La última parada de esta unidad es en esta
estación. Por favor, revisen que no olvidan
nada al salir...
El gélido y mecanizado tono de la grabación
no daba solución al dilema del joven, al despertarlo
abruptamente. Como un autómata abandonó
su refugio, cabizbajo.
Afuera hacía frío y aún seguía
lloviendo, aunque ya parecía amainar. Al salir
de la estación de inmediato buscó refugio,
el cual encontró en un pequeño cine
nocturno, de dudosa calidad. Por lo menos allí
estaría caliente.
Había acertado. La oscuridad de la sala, los
suaves pero sucios asientos acolchonados, el tenue
fulgor de la pantalla y además de lo tediosa
que era la temática de la película en
proyección contribuyeron en mucho para que
el fugitivo se sintiera arropado, en momentos hasta
arrullado, cabeceando de cansancio en seguidas ocasiones.
La poca concurrencia optaba por distintas opciones,
pero ninguna de ellas era observar el filme. Filas
atrás de dónde el muchacho se había
acomodado se encontraba una joven pareja de unos veinte
y algo años, bastante concentrados en conocer
la respectiva anatomía del otro. Sus resoplidos
como de animales de corral resonaban por todo el cuarto,
sin que a nadie en particular le molestase.
A su lado se encontraba otra pareja, aunque ésta
era un poco más mayor que la anterior. El hombre
parecía bastante molesto, notándose
su semblante malhumorado aún entre las penumbras,
aparte que una ó dos maldiciones se le solían
escapar en voz alta piruja barata, hija
de la chingada, eran de los adjetivos que con
mayor frecuencia recurría para describir a
su, aparentemente, amante; para luego descontarle
una buena bofetada cuyo eco se imponía aún
a los pujidos de los jóvenes. La mujer, una
comadrona ya de unos cuarenta años, contestaba
con un chillido autoreprimido, que aspiraba a ser
una queja de dolor. Las lágrimas le escurrían
por sus abultadas mejillas mientras el tipo la jalaba
del cabello.
Adelante, un sujeto rancio y macilento se entretenía
en fumar una especie de cigarro, al parecer hecho
en casa, que además despedía un humo
de un olor bastante extraño, pero que hacía
sentirse muy alegre. La tos áspera del individuo
le hacía acompañamiento de vez en cuando
a las maldiciones del señor de atrás,
mientras golpeaba a su flácida mujer. Su cabeza
parecía levitar encima de sus hombros, mientras
oscilaba alrededor de su cuello.
Y aún más delante, en primera fila
se encontraba un viejo harapiento, un desposeído,
ocupado en darle fin a una enorme botella de alcohol
medicinal. Era el único que en algunas ocasiones,
entre trago y trago, parecía ver aunque fuera
de pasada, la pantalla que tenía enfrente de
él. Carraspeaba profundamente para poder pasar
el buche de aquél líquido ardiente,
que quemaba su garganta en el camino al estómago.
Pero por lo menos eso lo calentaba y le hacía
olvidar que estaba empapado.
Tales eran los hijos de la noche, los habitantes
olvidados de la futurista ciudad, una utópica
fortaleza en contra de la miseria que plagaba a todo
el mundo. Eran ellos los olvidados, los rezagados
y los ignorados, que sólo se atrevían
a salir de su refugio cuando sus contrapartes diurnas
se ocultaban de las sombras. Eran ellos el precio
a pagar por la ilusión de desarrollo y destellos
de crisol de la magnífica urbe medio abandonada.
Entre parpadeo y parpadeo, los cuales se hacían
cada vez más largos proporcionalmente, Ikari
más ó menos alcanzaba a distinguir los
diálogos de la película, aunque estuviesen
cortados. En la pantalla, cuatro personas, tres hombres
y una hermosísima mujer rubia se debatían
encerrados en una habitación, un laboratorio
burda y hasta podría decirse que ofensivamente
reproducido.
¿En serio pudo detectar eso? pregunta
el primer hombre, al que llamaremos A.
Sí. Un objeto celeste de un diámetro
de centímetros se estrelló contra la
Antártida a más de diez por ciento de
la velocidad de la luz. responde el que parecía
de más rango que todos los otros. Vestía
una bata blanca de laboratorio, además que
estaba caracterizado como el típico estereotipo
del científico, viejo, con gafas y calvo. Por
lo tanto, designemos a este efímero personaje
como el doctor.
Con nuestro simple conocimiento científico
no pudimos ni detectarlo, ni mucho menos prevenirnos
agregó A de nuevo.
¡Hay un infierno allá afuera!
¡¿Para qué es que la ciencia existe,
en ese caso?! pronunció aterrorizada
y sobreactuando la bella mujer de generosas proporciones.
En estos momentos, la baja atmosférica
causada por la transición del eje de la Tierra
se ha decrementado intentó calmarla A,
generando una confusión que el rostro de la
dizque actriz no pudo ocultar.
Entonces... ¿se ha calmado un poco?
preguntó suplicante, acercándose muy
convenientemente a A.
No. Una ola gigantesca se está aproximando
a una velocidad de 230 metros por segundo por
fin el otro actor, quizás el asistente del
doctor, intervenía. Él es B,
aunque no valdría la pena ni mencionarlo, dada
su somera participación.
Doctor, debemos escapar mientras aún
tengamos tiempo concluyó A, quien no
pudo resistirse de asir con el brazo a la fémina
por la cintura y de juntar sus sexos aún cuando
sus ropas le impedían hacerlo cómo a
él le hubiese gustado.
No. Es mi deber permanecer en este lugar
respondió solemne el doctor, e igual que sus
acompañantes, de manera muy poco convincente.
Cabe destacar que todos, todos los personajes de esa
espantosa película, apenas terminaban de decir
su ridículo diálogo tenían que,
por obligación, voltear a ver hacia la cámara.
De seguro moriría; además, tiene
la obligación de cuidar de este mundo infernal...
Shinji no pudo resistir más, y con sus fuerzas
menguadas cayó profundamente dormido.
¿Aún no hay noticias del muchacho?
preguntaba Ritsuko, a la par que revisaba los últimos
informes acerca de las reparaciones a la Unidad 01.
Al verla tan ajetreada, estudiando detenidamente
las carpetas de reportes, cualquiera hubiera pensado
que en realidad aquella cuestión no le importaba
en demasía. Quizás era cierto, pero
de igual modo Katsuragi contestó:
No. Ya han pasado dos días desde que
se fue, y aún no he sabido nada de él
confesó un poco mortificada El ambiente
en la casa se había tensado un poco... pero
de eso, a llegar escaparse... suspiraba angustiada,
recargada contra una pared, ataviada con su ya característica
chamarra roja de plástico. Una blusa con cuello
de tortuga, una minifalda de ésas levanta muertos
y unos botines complementaban su atuendo.
¿Qué no eras tú la responsable
de él? arguyó Akagi, lanzándole
una mirada desdeñosa.
¡No me lo digas de esa manera!
se defendió, muerta de la vergüenza.
Te lo advertí desde un principio...
continuó la doctora con la reprimenda,
haciendo a un lado los reportes y amenazándole
con el dedo índice Te dije que no era
nada conveniente exponer a Shinji al trato con tu
pequeña fierecilla. Seguro que fue él
quien lo espantó para que huyera de ese modo.
Bueno... sí vacilaba Misato, apabullada
por entero Me parece que los dos discutieron
un poco ese día... pero yo... yo no creo que
se haya ido por eso...
Ni hablar sentenció Rikko, tomando
el teléfono del escritorio Tendré
que notificarlo a los superiores.
¡No, no lo hagas aún! quiso
su compañera disuadirla, agitando las manos,
alarmada ¡Por favor!
¡Será muy tarde cuando le haya
pasado algo, Misato! replicó de inmediato,
justificando su accionar ¿O es que vas
a ir tú misma a buscarlo?
Es que yo no sé en dónde puede
estar. ¡No lo sé! expresó
impotente, mientras su compañera hacía
la tan temida llamada telefónica Pero
sé de alguien que tal vez sí lo puede
saber... murmuró para si misma en un
momento de iluminación, rascándose la
barbilla.
El sol se encontraba en su cúspide, observando
desde su trono en los cielos todo su reino, el cual
abarcaba todo cuanto pudiese ver. La oscuridad huía
a su paso, dejándolo como un conquistador implacable.
Cómo si fueran su cortejo, las nubes que parecían
motas de algodón desfilaban una a una ante
él, inclinándose en señal de
reverencia. La temperatura estaba en su punto, unos
veinticinco grados Celsius. Era un bello día
soleado.
Y sin embargo, Toji no parecía disfrutarlo.
Al contrario, parecía perturbado, como si algo
lo molestase. Recargado contra el ventanal del salón,
no se permitía gozar del excelente ambiente,
y sí que la duda y la incertidumbre lo acosaran
en todo momento.
Ese chico por fin se animaba a decir
algo, aunque aún guardando distancias ¿Qué
estará haciendo?
¿Quién? le preguntó
Kensuke, algo confuso. Él también estaba
distraído con sus pensamientos, examinando
minuciosamente un modelo de avión caza a escala,
que acababa de ensamblar. Sabía muy bien como
utilizar su tiempo libre.
El nuevo, Ikari se explicó el
infante, con la vista aún clavada en el horizonte
Es muy extraño continuó
Desde lo que pasó, no ha vuelto a la
escuela.
¿Estás preocupado? volvió
a preguntar Aida, siguiendo el curso de la conversación.
Hasta ese momento, los amigos habían charlado
sin distraerse de lo que estaban haciendo, cada quién
en lo suyo; pero debido al último comentario
vertido por su acompañante, Suzuhara no tuvo
más remedio que hacerle frente, poniéndose
estrepitosamente de pie.
¡Yo no estoy preocupado por nadie!
reclamó enfadado ¡Yo sólo
digo que es algo muy raro!
¿Qué, para el caso, no es lo
mismo? le aclaró Kensuke, dejando de
lado su pasatiempo No estás siendo sincero
contigo mismo.
Hm masculló el chiquillo, cruzándose
de brazos Ojalá Kai estuviera aquí
para aclararnos todo...
Tampoco él ha venido desde ese día
dijo el otro Pero después de todo lo
que pasó, ¿De veras quisieras verlo?
No, ahora que lo pienso, para nada reveló
Toji, moviendo la cabeza en señal de negación.
Bueno, si tanto te preocupa continuó
su compañero ¿Porqué no
le preguntas a Ayanami? sugirió, señalando
a Rei, quien se encontraba unos lugares detrás
de ellos, con la nariz pegada a un libro.
Parecía una buena idea, en principio. Ambos
quedaron inmóviles por algún tiempo,
volteando hacia la dirección señalada;
pero apenas la jovencita escuchó su nombre
, bajó un poco su libro para encarar a sus
condiscípulos. Con su único ojo disponible
(el derecho aún conservaba la gasa sujeta con
vendaje) les lanzó una de sus miradas congelantes,
que los dejó petrificados en su lugar. A leguas
se notaba que no deseaba que nadie se le acercara.
Pregúntale tú pronunció
Suzuhara, notando aquél hecho Yo no me
atrevo terminó descorazonado.
Yo menos agregó su confidente
Ni modo.
Consumadas sus tareas en el Cuartel General, la
capitana Katsuragi emprendió el viaje de regreso
al hogar, algo que esperaba, sin mucha fe, hiciera
a su vez Shinji. Muchas cosas pasaban por su mente
mientras conducía por las tranquilas calles
de la ciudad. Muchas de ellas se relacionaban directamente
con el prófugo; que si estaría bien,
que si tendría hambre, que si estaría
pasando frío... la ignorancia de su estado
la estaba sumiendo en una desesperación profunda.
La noche se estaba asentando cuando su auto cruzaba
cómo un bólido la ruta hacia su apartamento.
Descorazonada había estacionado su auto en
el cajón correspondiente, y de la misma forma
subido las escaleras hasta su puerta y cruzado por
ésta. Cuando el portal se cerró detrás
de ella, la devastadora soledad que imperaba en el
lugar la abrumó por entero. La presencia de
Pen-Pen, que presuroso corría hacia su lado,
graznando de felicidad, contribuyó un poco
a consolarla, aunque no mucho.
¡Hola, corazón! saludó
la mujer, extendiendo los brazos para que su mascota,
ni tarda ni perezosa, pudiera sujetarse de ellos para
que lo cargaran.
Misato lo oprimía contra su pecho mientras
acariciaba cariñosamente su cabeza, ante la
complacencia del pajarraco, que gozaba de lo lindo
dejándose apapachar por su dueña. Ella
le daba gusto a granel, paseándolo por toda
la casa.
Con suma tristeza miraba el cuarto de los muchachos,
ahora ocupado por uno solo, como era originalmente.
Desliza el fusuma de la habitación, permitiéndole
que se adentrara en la terrible desolación
de ésta, ya en penumbras. Cómo podía
distinguía las siluetas de la cama y el escritorio,
único mobiliario que había. Allí
sobre del escritorio aún se encontraban, tal
y cómo los había dejado en la mañana,
los papeles que Ikari había dejado como único
legado.
Este muchacho pronunció, como
si estuviese platicando con el animal en sus brazos
Me pregunto si tampoco piensa volver ahora...
Obviamente, el pingüino no le contestó
de alguna manera, y no tuvo más remedio que
volver a cerrar la puerta corrediza, volviendo a sumergir
al recinto en la oscuridad total.
Con paso lento se enfiló hacia sus aposentos,
que se encontraban justo a lado de la habitación
de Rivera. Con pesadumbre se dejó caer en su
silla giratoria, aún con el ave abrazada. Miró
fijamente su reflejo en el espejo de su tocador, y
casi gritó de espanto, impresionada al notar
su preocupado semblante. La aflicción la embargaba,
eso era evidente y emergía por todos los poros
de su cuerpo.
¡Dios mío! se lamentó
viéndose en el espejo, palpando con su dedo
índice todo rincón de su rostro ¿En
serio ésa soy yo, Pen?
De nuevo no recibió respuesta, y de cualquier
modo, no la necesitaba. Sabía perfectamente
que la persona enfrente de ella, era sin lugar a dudas,
ella misma. Ahora tenía un nuevo dilema que
achacarle a la ausencia del joven: la preocupación
le estaba deshaciendo su belleza, que en gran parte
radicaba en su carácter tan alegre y jovial.
El estar muriéndose de la preocupación
no le favorecía mucho. Continuó observando
detenidamente a su otro yo en el espejo.
Bueno comenzó a platicar consigo
misma, como reprochándose por sus acciones
pasadas Quizás fui muy dura con él.
Para después evocar sus pensamientos a la
figura del chiquillo fugado, ahora firmemente fijada
en su mente.
Shinji repetía incesantemente
¿Dónde diablos estás? ¿En
qué fregados estás pensando?
En eso, el sonido de la puerta de entrada abriéndose
la sacó de sus cavilaciones. Pronto se dirigió
al pasillo para comprobar quién era el recién
llegado, albergando aún una pequeña
esperanza de que por fin el hijo prodigo hubiera regresado.
¡Vilma! aquella manera de saludar
la disuadió de sus primeras suposiciones, pero
igual se alegró al ver llegar a Kai.
¿Qué hay para cenar? preguntó
el muchacho, hurgando en el refrigerador Traigo
un hambre de perros... confesó, mientras
comenzaba a mordisquear una zanahoria.
Enseguida pongo en el micro unos burritos
dijo la mujer, sacando del aparato los mencionados
platillos instantáneos, la especialidad de
la casa.
Burritos deshidratados se saboreó,
aún sin terminar con su vegetal ¡Qué
exquisito manjar, mi bella dama, digno de la realeza!
Se le notaba muy feliz, en contraste de su tutora,
mucho más de lo acostumbrado. Quizás
era por verse liberado de sus ocupaciones que lo mantuvieron
ajetreado durante todo el día, y ahora sólo
estaba agradecido por estar de nuevo en casa. Quizás.
Si era así, podía entender cómo
se sentía.
El chiquillo engullía con avidez todo lo que
estaba sobre el plato, tal como un condenado a muerte.
Le parecía que habían pasado siglos
desde la última vez que pudo tener en verdad
una cena familiar con la mujer a su lado.
¿Y... cómo te fue hoy?
preguntó ella desganada, sin apetito y apenas
mordisqueando su cena. Eso sí, bebía
generosamente de su lata de cerveza. No iba a cesar
hasta dejarla seca.
Huy, de poca madre le contestó
el muchacho muy animado. Eso significaba que le fue
muy bien en su día Por fin terminamos
de forjar esa cabrona armadura; ya nada más
falta montarla y encender los sistemas para ver que
tal funcionan...
Ya veo musitó su acompañante
del mismo modo que antes, dándole de tragos
a su bebida.
Si todo sale según lo planeado, ya habremos
terminado en unas dos semanas continuó,
aunque esta vez un poco desconfiado, dada la actitud
de Misato. Algo se traía entre manos Claro
que tendríamos que hacer turnos dobles durante
todas esas dos semanas y es probable que no pueda
venir en un buen rato, así que... ¿porqué
mejor no finges un poco de entusiasmo y disfrutamos
del tiempo que nos queda juntos?
Ah, lo siento se disculpó la capitana,
saliendo de su estupor Estaba distraída...
pensaba en qué estará haciendo Shinji
ahorita.
Créeme, está mucho mejor de lo
que pudiera estar aquí pronto respondió
el muchacho.
En serio así lo crees, ¿verdad?
Fue lo mejor para todos, de veras. A la larga
resultaría bastante peligroso si ese loco continuaba
pilotando a Eva.
Tal vez está pasando hambre ó
frío...
Lo dudo bastante. Se mostraba muy firme en
cuanto a racionar su comida. Por poco y descuartiza
a doble Pen por un miserable pedazo de carne seca,
el muy avaro.
Puede ser; pero de cualquier modo, no debió
haberse ido así nomás. Ritsuko ya notificó
a los altos mandos, y no creo que lo vayan a dejar
ir así cómo así.
Esa maldita bruja de cabello pintado
gruñó molesto Rivera, blandiendo sus
palillos chinos como armas Méndiga vieja
chismosa.
Ya los de Seguridad Interna deben estarlo buscando
continuó la beldad de largo cabello negro,
recargándose en su silla y mirando fijamente
el techo Ya sabes cómo se las gastan
esos fulanos... no quiero ni pensar en lo que le harán
para obligarlo a regresar. ¡Dios proteja a quien
esté con él en esos momentos! Es una
lástima que nadie tenga ni una maldita idea
de dónde se encuentra, para traerlo a salvo
antes que aquellos matones lo encuentren...
Las mujeres son depredadores por naturaleza. Dotadas
de una aguda inteligencia, saben cómo acechar
a su presa, dependiendo de cual sea ésta. Son
pacientes; lanzan su anzuelo (y saben muy bien en
dónde lanzarlo) y pueden esperar eternidades
a que el pez pique la carnada, la cual puede ser muy
variada y de diversa especie. Es entonces cuando enrollan
el cáñamo y recogen su trofeo.
Misato había empleado los dones que se le
habían otorgado al nacer hembra. En cuanto
su pupilo la escuchó referirse a los pistoleros
de Seguridad Interna toda su humanidad se cimbró,
quedando estupefacto en su asiento. Había sabido
darle mucha cuerda para que él no sospechase
nada y al final engancharlo cuando más desprevenido
estuviera. Además, conocía a Kai cómo
a la palma de su mano, y sabía muy bien cuáles
eran sus puntos flacos.
Hoy te toca lavar los platos, ¿no?
pronunció el joven levantándose de su
lugar, una vez que terminó con todo lo que
estaba en el plato y en su vaso, queriendo esconder
con un semblante desinteresado su preocupación
Yo tengo que enviar unas indicaciones por correo
electrónico...
Le tocaba a Shinji puso el dedo sobre
la llaga Pero no te preocupes, haz lo que tengas
que hacer: yo los lavo, sólo por hoy
añadió en un tono pícaro, recuperando
su jovialidad, esbozando una sonrisita de satisfacción.
Sabía bien que era lo que se proponía
su protegido.
Que detalle dijo Rivera, enfilándose
a su cuarto No te hubieras molestado.
Ya para el amanecer del siguiente día el chico
había terminado de mandar especificaciones
a su mano derecha en el proyecto, para instruir adecuadamente
a qué se deberían enfocar los trabajos
para ese día y para el siguiente. Ya para las
ocho tenía todo listo para su pesquisa, todo
dentro de su práctica mochila que llevaba a
sus espaldas, la cual no estaba muy cargada y por
tanto no resultaba incómoda para trasladarla.
Ya para las ocho y media se había desayunado
hasta quedar satisfecho, y quince minutos más
tarde, después de ultimar los preparativos
restantes, estaba dejando el apartamento, cargando
consigo el susodicho equipaje. Apenas su tutora lo
alcanzó antes de que se fuera.
Asomando la cabeza por la puerta de su cuarto, aún
amodorrada preguntó sabiendo de antemano la
respuesta:
¿Adónde vas?
A buscar al flaco le contestó
el muchacho, agitando la mano a señal de despedida
Para mañana ya estaré de regreso.
Entonces te deseo mucha suerte. Cuídate.
Gracias, eso haré.
Mientras el portal se cerraba tras él todavía
alcanzó a escuchar sus últimas palabras
al irse, a pesar del sonido que desplegaba tal operación.
Extenuada, se dejó caer de espaldas en su cama,
dando un hondo suspiro. Observaba fijamente hacia
la nada. Otra vez se encontraba sola, y eso la desgarraba
por dentro.
El planeta continuaba con su movimiento de rotación,
como siempre lo hacía, muy a pesar de sus habitantes.
Aquella hermosa perla azul en medio de la vastedad
del cosmos continuaba con su viaje girando sobre su
eje, con la misma belleza y gracia que una bailarina
de ballet.
Ikari, con el sol agonizante a su lado, era incapaz
de percatarse de tal hermosura, de aquél espectáculo
tan magnífico. Inmerso en sus pensamientos,
se negaba a admirar el paisaje que se abría
antes sus ojos. Caminaba sobre un campo abierto, rebosando
de verde, que con la luz mortecina del astro sobre
de él daba una sensación de ser color
dorado. Nada de eso le importaba al infante, atravesando
maquinalmente aquél paisaje de fotografía.
Nada de eso le ayudaba a resolver sus conflictos.
Hacía ya unas dos horas que había abandonado
el camión que lo había transportado
a unos kilómetros de allí, a unas modestas
cabañas de retiro que no había podido
solventar con lo reducido de su presupuesto. Nada
había cambiado desde entonces. Decidió
pasar la noche al aire libre, pero no podía
encontrar un buen lugar para acomodarse. Y quizás
no lo encontraría.
Era entonces cuando se ocupaba en reprocharse a sí
mismo. Pensaba en lo tonto que había sido.
Que por más vueltas que diera jamás
llegaría ningún lugar. Y cómo
no, si era un vago. Un vago, es lo que soy. A partir
de ahora sólo me queda ir huyendo de un sitio
a otro. Porque vaya a donde vaya siempre dejo todo
a medias. Y es por eso que no le importo a nadie.
A Misato y a mi padre sólo les interesaba cómo
piloto del cachivache ese, y ahora que he dejado de
serlo no tienen por qué preocuparse de mí.
Cómo si alguien quisiera hacerlo, si siempre
decepciono a las personas. Nunca puedo terminar bien
con alguien. Tarde ó temprano siempre se dan
cuenta de la clase de gente que soy, a pesar de mis
intentos por ocultarlo. Cómo ese maldito de
Kai. Miserable. Tenía que echarlo todo a perder.
¿Y qué es eso de por allá?
Se detuvo en sus cavilaciones al distinguir un poco
más hacia delante, al pie de un árbol
solitario en ese inmenso valle, una fogata que despedía
un humo que prometía refugio contra la húmeda
brisa que empezaba a soplar sobre su espalda. Y a
lado de la fogata, una tienda de campaña, instalada
por sabrá Dios quién.
Apresuró el paso, para averiguar más
de cerca la procedencia de aquél oasis, un
poco entusiasmado por la idea de no tener que dormir
a la intemperie, con el temor que la lluvia pudiera
desatarse sobre de él. Cosechaba la idea que
tal vez alguien hubiera olvidado la tienda y apagar
la fogata. Como si tuviera tan buena suerte.
Pero al menos eso parecía. Al llegar al lugar
pudo percatarse que había una pequeña
olla sobre del fuego, que en su interior se cocinaba
algo ya que despedía un delicioso aroma. Los
sentidos de Shinji agradecieron aquella sensación,
y mucho más su estómago que rugió
ya fuera por emoción ó por reclamo de
que no se le estuviese llenando desde ese momento.
Apenas el día anterior se le habían
terminado las provisiones. Ó más bien
había tenido que entregárselas a un
salteador de caminos que lo había atacado,
para poder escapar sin algún daño. Lo
había logrado, pero entonces el fantasma del
hambre empezó a corroer sus entrañas,
desatando en él la más salvaje y antigua
de las desesperaciones.
Se puso en cuclillas para poder examinar más
a gusto el estofado que se estaba preparando. El ruido
del agua hirviendo era cómo música celestial
para sus oídos. La boca se le estaba haciendo
agua de las ansias. Se prestó a tomarla entre
sus manos y salir corriendo lo más rápido
que pudiera. Después de todo, él no
tenía la culpa de que algún crédulo
incauto dejara así su comida nada más.
Eso le serviría de valiosa lección para
el futuro.
Apenas había extendido los brazos para cumplir
con su cometido, una súbita sensación
de estrépito lo amagó a quedarse petrificado
en su posición. Los cabellos se le erizaron
del espanto de sentir el frío cañón
de una pistola en su espalda, con el que lo estaban
piqueteando para instarlo a que se diera la vuelta.
¿Quién es el que se iba a robar
mi comida? preguntó su atacante mientras
lo hacía.
En primera instancia, Ikari no pudo vislumbrar el
rostro de aquél sujeto, que le era vetado al
auspiciarse éste en las sombras que le proporcionaba
el árbol y el casco que traía en la
cabeza. Pero su voz le pareció aniñada,
y su estatura algo corta. Estaba enfundado en un traje
de soldado de infantería, de ésos color
verde olivo. Calzado militar, cómo el que usaba
Misato en algunas ocasiones. El cristal de sus lentes
resplandecía con la poca luz que ya había.
No fue sino hasta que se quitó el casco y pudo
ver su cabello castaño que reconoció
por completo a un conocido suyo.
¡Ikari! pronunció alegre
Kensuke, dejándole de apuntar con su rifle
de asalto M-16 ¡Pero qué sorpresa!
¿Aida? acertó a pronunciar
Shinji en medio de toda su confusión, bajando
las manos de la cabeza ¿Qué...
qué se supone que estás haciendo en
este lugar, así cómo estás?
Juegos de guerra ó algo por el estilo
respondió el chiquillo frotándose el
índice contra la nariz. Una especie de tic
nervioso que sufría ya hace bastante ¿Qué
más se podría hacer con estos juguetes?
señaló la metralleta que para nada parecía
uno de esos objetos, y también a su atuendo,
su battle-dress.
Esa arma que traes; ¿está...?
No, para nada lo tranquilizó en
el acto, antes que hiciera su pregunta No está
cargada. El cargador está vacío, además
que el mecanismo del gatillo no sirve. Fue por eso
que logré conseguirla. A pesar de todo, es
una lindura, ¿cierto? dijo al mismo tiempo
que posaba con la pistola.
Más bien era aterradora, pensaba su acompañante,
a pesar de estar descompuesta cómo afirmaba
el escuincle. Con su enjutez apenas y si podía
cargarla sin caerse de bruces contra el suelo. Los
hombros y las rodillas le temblaban cuando intentaba
cargarla con una sola mano, y no obstante seguía
con esa enorme sonrisa de satisfacción en su
cara. Parecía que de veras disfrutaba todo
eso.
¿Viniste solo? reanudó
el cuestionario el recién llegado. Temía
que Aida hubiese traído a su amiguito, y lo
menos que quería era toparse con él,
no después de todo lo que provocó con
su insignificante venganza. Mientras lo decía
inspeccionaba detenidamente los alrededores para asegurarse
que no hubiera nadie más.
Sí contestó, disipando
cualquier inquietud que tuviera su imprevisto invitado.
Él farfulló algo inadaudible, cabizbajo,
algo así como una expresión de alivio
para después quedarse totalmente callado. Fue
entonces que Kensuke se atrevió a hacer conjeturas
por su propia cuenta:
¿Y qué estás haciendo
por estos rumbos? le preguntó, usando
su juguete de bastón y mirar las
primeras estrellas que ya comenzaban a asomarse.
El rostro del otro se ensombreció por completo,
encogiéndose aún más de lo que
ya estaba. A leguas se notaba que no deseaba hablar
del asunto, ni explicar las razones de encontrarse
vagando errante por ningún lugar. Su anfitrión
comprendió eso al instante, en gran parte debido
a que él fue testigo y partícipe de
los acontecimientos que habían degenerado en
la situación en la que se encontraban. Queriendo
enmendar el daño que había provocado,
cambió drásticamente de tema.
¿Quieres... comer algo? ofertó,
tomando la cacerola que tenía en el fuego.
Shinji asintió moviendo la cabeza.
La leña atizaba al arder, haciendo un sonido
que semejaba al de huesos rompiéndose. Las
chispas quemándose eran levantadas en vilo
por el viento y empujadas a las alturas hasta perderse
de vista, cuando caían al otro lado de la fogata.
Ikari continuaba picando el recipiente donde le habían
servido su modesta comida en cuanto a tamaño
de porción se refería, buscando no dejar
ni una migaja sin devorar. El campista tuvo que verse
en la necesidad de compartir con él la ración
que le quedaba para esa noche, ideal para uno sólo
pero insuficiente para satisfacer dos apetitos.
Toji estaba preocupado dijo Kensuke,
intentando que ambos se olvidaran del tamaño
de su porción Por que no has ido a la
escuela.
Ikari se limitó a observarlo de reojo, sin
emitir ningún ruido, mientras se aseguraba
que ya nada quedara dentro de su plato, por así
decirlo. En realidad se trataba de una lata de vegetales
vacía.
Él dijo que su hermana menor lo había
regañado continuó, sin importarle
si tenía la atención de su huésped
ó no Ella le dijo que fue el robot el
que había salvado nuestras vidas. Es vergonzoso
que lo regañara una estudiante de escuela primaria,
¿no es así?
Ajá masculló su compañero,
dejando la lata, ya sin nada comestible en su interior,
en el suelo.
Después de esa batalla de hace días
pensaba que deberías estar cansado siguió
Aida Pero estás mejor de lo que me suponía.
Gracias.
¿Sabes? Aunque sé que lo que
haces es muy duro, ¡yo te envidio mucho!
confesó el niño ¡Poder pilotar
una máquina tan magnífica cómo
ésa! suspiró al mismo tiempo que
se daba el lujo de soñar, apoyando la barbilla
en las manos y sin dejar de ver el cielo oscurecido
de la noche A mí, aunque sólo
fuera por una vez, me gustaría poder hacerlo.
Debe ser algo increíble.
Shinji enmudeció al oír todo eso. Él,
que achacaba todas sus penas a aquél artefacto
infernal, jamás se hubiera imaginado que existiera
alguien tan loco que disfrutara con la simple idea
de estar en su lugar. Y justamente allí lo
tenía, a su lado. Era una lástima que
no pudiesen cambiar de lugares, pero de todos modos
se rió por la ironía.
Me gustaría pensar cómo tú,
pero... finalmente empezó a entablar
una charla con su condiscípulo, al mismo tiempo
que se enjuagaba una lágrima. Había
pasado mucho tiempo desde la última vez que
rió de la manera cómo se hizo.
Ah musitó el chico de las gafas,
contento de que por fin Shinji se hubiese dignado
a placticar ¿Tú no crees lo mismo?
Bueno, no, en realidad aclaró
el joven, cruzándose de brazos pero sin quitar
la sonrisa de su cara.
Claro que no pronunció de súbito
alguien que estaba escondido.
Los dos se sobresaltaron enormemente al escuchar
esa voz, poniéndose de pie y volteando a todas
partes. No lograban dar con el origen de aquella voz,
por más que buscaran; no había nadie
a la vista hasta donde la luz de la fogata les permitía
observar. Pronto se les vino a la mente todas aquellas
historias de terror acerca de fantasmas que asediaban
a campistas en despoblado. El recuerdo de aquellas
películas de Viernes 13, ya todas clásicas
en esa época, tampoco se hicieron esperar.
No tardaron en imaginarse siendo sádicamente
mutilados por un asesino inmortal con una máscara
de hockey en la cara. La mera idea de que un espíritu
chocarrero los estaba acechando hizo que el color
huyera de sus rostros y de inmediato ya estaban invocando
a Dios, con las rodillas temblándoles y el
corazón latiendo tan fuerte cómo un
tambor. Sólo esperaban que éste no se
les saliera del pecho.
Lo que hacemos no debe ser divertido
se escuchó de nuevo, sólo que ésta
vez Kai saltó de entre las frondosas ramas
del árbol que estaba a espaldas de la tienda,
dónde había permanecido oculto por un
rato.
Aún cuando hubieran querido hacerlo, ninguno
de los dos pudo evitar lanzar un profundo suspiro
de alivio al reconocer al muchacho, y no a alguna
clase de espíritu demoniaco.
¡Kai, viejo! exclamó Aida
limpiándose el sudor de la frente, y acomodándose
el corazón en el pecho ¡Por poco
nos matas de un susto! ¿Cuánto tiempo
llevas allí?
El suficiente le contestó parcamente,
cuando se dirigía a ellos Sólo
estaba esperando a que terminaran de comer.
Cuando avanzó a la fogata no pudo evitar notar
el frío brillo del metal que estaba recargado
en un costado de la tienda de campaña. Casi
cómo un reflejo natural, instintivo, asoció
la metralleta con el concepto de la muerte, del asesinato
brutal. Un horrible estremecimiento le recorrió
tal cual una avenida la médula.
Esa cosa... preguntó sin ocultar
el notorio desprecio hacia a aquél vil y odioso
objeto ... ¿acaso está?...
Está descompuesta respondió
de mala gana Shinji, antes que Rivera pudiera terminar
su frase. También era evidente el desdeño
con el que el japonés veía al recién
llegado. Apenas lo vio salir de entre la enramada,
todo su semblante transpiraba el disgusto que le provocaba
el advenimiento del visitante. El muy maricón
le tenía miedo a las pistolas. ¡Increíble!
Kensuke comprendió en el acto que estaba a
punto de presenciar una réplica de lo que había
pasado en la jardinera de la escuela, así que
se apresuró a mantenerse apartado de la escena,
quedando meramente de espectador.
Ambos permanecieron en silencio por algunos minutos,
de pie uno frente a otro. Parecía que las palabras
se les atoraban en la garganta, prolongando una de
por sí incómoda situación. Ikari
sabía muy bien a qué venía el
piloto Eva.
Y... ¿Cómo pudiste encontrarme?
pronunció de una buena vez, apresurando el
ritmo de las cosas.
No fue fácil confesó Pero
pude rastrear tu tarjeta de crédito cuando
la usaste para comprar un boleto de camión.
Luego pregunté por ti en la comisaría
legal y allí tenían arrestado a un payaso
que atracaba a los excursionistas. Tenía tus
cosas, además que pudo darme muy buenas señas
de ti. Después, sólo tuve que seguir
el rastro que dejaste en la hierba desde el lugar
donde te asaltaron; vi el humo de la fogata y supuse
que habrías llegado aquí. Aunque debo
admitir que no esperaba que tuvieras tan distinguida
compañía.
¿Piensas...? titubeó un
poco ¿Piensas llevarme de vuelta?
Sí.
Creí que no te importaba si me quedaba
ó no.
Las cosas se han complicado algo carraspeó
el chico mientras revolvía la tierra suelta
que había debajo de él con su bota Pero
debes creerme, estarás más seguro si
vienes ahora conmigo. Todos estaremos más seguros
si me acompañas de regreso a NERV.
No me interesa. No quiero regresar. Me harté
de que siempre me estén manipulando lo
volvía a confrontar, tal y cómo pasó
ese día en el colegio.
El extranjero observó con claridad ese detalle,
y harto de su infantil desinterés y rebeldía,
reaccionaba de la misma manera que su guardiana, violentándose
un poco.
¡Maldita sea! rugió mientras
lo tomaba con lujo de rudeza por los hombros ¡¿Porqué
siempre tienes que ser tan imbécil, tan egoísta?!
¡¿Qué no estás viendo todo
el esfuerzo que estamos haciendo por ti, mocoso ingrato?!
¡A ver si ya vas madurando, pendejito!
¡Déjame en paz! Ikari parecía
muñeco de trapo movido a merced del inclemente
viento, y sin embargo, sabrá Dios de dónde
sacó la fuerza suficiente para asestarle un
buen puñetazo en el rostro a su agresor, que
fue directo al suelo estrepitosamente ¡Qué
me sueltes... te digo! balbuceó agitado,
con la sangre galopándole en las sienes, apenas
creyendo que había derrumbado a Rivera.
Ay se lamentó éste en el
piso, boca arriba Ya aprendiste a golpear
dijo como queriendo felicitarlo y se puso de pie,
escupiendo saliva con sangre. El labio superior comenzó
a inflamársele, levantándose de una
manera que al verlo provocaba gracia. Muy bien,
ya te divertiste. Era eso lo que querías, ¿no?
Desquitarte conmigo de todo lo que te pasa. Pero lo
creas ó no, nadie más que tú
eres el responsable de todo lo que te acontece. Sería
muy bonito querer echarme la culpa a mí, pero
la verdad mi buen es que no es así. A ver si
tan siquiera ya te vas responsabilizando de ti mismo...
¡Cállate, maldición!
explotó el muchacho, lanzándosele encima.
A Kai, quien ahora sí se encontraba alerta
y en guardia, no le costó mucho trabajo en
arreglárselas para contenerlo y entonces lo
empujó a la tierra con fuerza.
... si no quieres que te obligue a hacerlo.
culminó el chiquillo, contemplando a su agresor
a sus pies.
Shinji maldecía al mismo tiempo que intentaba
recuperar el aliento que lo había abandonado
al caer de espaldas. No distinguió en primera
instancia si la luz que le empezó a pegar de
lleno en el rostro era real ó no. Tampoco pudo
colegir si el sonido de aspas metálicas cortando
el aire, poderosos motores rugiendo y de suelas caminando
presurosas sobre la hierba pertenecía a la
realidad. Sólo cuando logró ponerse
en pie pudo reconocer que los hombres que estaban
ante él en efecto eran muy, muy tangibles.
¿Eres Shinji Ikari? preguntó
el que se encontraba más cercano a él,
mirando de reojo una fotografía que sostenía
en su mano izquierda, cotejándola con el muchacho
que tenía a unos pasos de distancia; mientras
que con la otra mano sostenía la lámpara
con la que lo seguía aluzando para iluminarle
bien el rostro, aún ante la molestia que tal
acción le pudiera causar al chiquillo.
S- Sí respondió este último,
protegiéndose la vista con la palma de su mano,
esperando que así lo dejaran en paz y apagaran
ese estúpido aparato.
Maldita sea murmuró Rivera, estremeciéndose
de pies a cabeza al contemplar la avanzada de un escuadrón
de Seguridad Interna de NERV, la sección específica
de Servicios Secretos.
Impotente, gruñó al mismo tiempo que
rechinaban sus hileras de dientes. Los conocía
muy bien. Más bien de lo que le hubiera gustado,
Los veía llegar en dos potentes helicópteros
de reciente diseño militar, especializados
en tareas propias de espionaje y reconocimiento. Eran
por lo menos una docena, sujetos de excelente robustez
física, ninguno medía menos de uno ochenta,
la mayoría de mandíbula cuadrada; ataviados
con chamarras de rompe vientos negra, con la insignia
de NERV implantada a la altura del corazón
y en los hombros. Y conocía de antemano qué
era lo que traían bajo de ella. Sus pistolas,
con el calibre reglamentario: 45. Capaces de hacer
un agujero de tamaño considerable al chocar
el plomo con la carne de una persona. Capaces de segar
de tajo una vida. Y ninguno de ellos dudaría
un solo instante en usarlas si alguien osaba interponerse
en su camino. No se detendrían ante nada, más
bien ante nadie, hasta ver culminada su misión.
Kensuke, desvalido ante el frenesí de acontecimientos
que se desbordaban uno tras otro, interrogaba con
la mirada a Kai para saber cómo debía
proceder. De la misma manera, le indicó que
ocultara su juguete en la tienda. Quizás no
servía, pero eso no lo iban a saber los perros
de guerra, el mote que les indultaba a aquellos
individuos. Ellos primero disparaban y después
preguntaban.
Según el reglamento de seguridad, cláusula
ocho, debemos llevarte de vuelta al Cuartel
pronunció el mismo sujeto, una vez que estuvo
seguro que con quien estaba hablando era, en efecto,
su objetivo ¿Queda claro? sentenció
con grave voz.
Acto seguido lo agarró violentamente por el
brazo, amagándolo a que se moviera y fuera
con él. Tal operación no fue muy del
agrado del muchacho, quien sentía que unas
pinzas de presión hidráulica le amputaban
el antebrazo.
¡Oiga, deténgase! reclamaba
el chiquillo, haciendo muchos esfuerzos por liberarse
de la presión de acero que el gigantón
ejercía sobre de él ¡Me
estás lastimando, estúpido!
Miserable mocoso pronunció molesto
su captor, metiendo la otra mano debajo de la chaqueta.
Iba a sacar su arma.
¡Alto ahí! ordenó
de inmediato Rivera, dejando que su boca pensara por
él.
Con un movimiento tan rápido como el rayo,
las demás serpientes enseñaron sus colmillos.
El infante pronto se vio amenazado por el numeroso
grupo de pistoleros, apuntándole con aquél
mil veces maldito objeto de metal. Tirititando de
espanto, comprendió cabalmente el error que
había cometido. Rogaba por tener la oportunidad
de enmendarlo.
Soy Kai Katsuragi, gorilón dijo
haciendo un esfuerzo descomunal para que en su voz
no se notara lo nervioso que se encontraba. No le
gustaba mucho que le apuntaran con un arma Supervisor
designado por las Naciones Unidas para vigilar todas
las operaciones de NERV lentamente sacó
su credencial que lo acreditaba cómo tal, enseñándola
con ambas manos arriba Y cómo tal, he
de asegurarme que lleven a cabo su misión sin
atropellar los derechos de ninguno de los presentes.
Con el Jesús en la boca, el muchacho permaneció
por unos momentos en esa posición, congelado,
esperando para ver cómo iban a proceder los
matones.
En todo ese tiempo, también ellos mantuvieron
su pose, sin dejar de apuntarle al chiquillo. Semejando
a estatuas vivientes, ninguno emitió sonido
alguno. ¿Qué pasaba por su mente en
esos angustiantes momentos? Imposible decirlo. Sus
lentes oscuros parecían ocultar, igual que
con sus ojos, sus pensamientos, sus emociones. La
dichosa credencial se reflejaba en los opacos cristales.
Finalmente, hastiados en absoluto, decidieron poner
fin a su juego.
Puta madre farfulló el primer
tipo, que al parecer era el vocero de todos, enfundando
de nuevo su pistola y poniéndose a disposición
de su superior en rango. Sus demás compañeros
le imitaron.
El niño respiró aliviado, y sus rodillas
dejaron de una vez por todas de temblarle. Esperen
aquí fue la indicación, mientras
se apartaba para poder conversar con Ikari.
Rodeándole el cuello con el brazo, lo condujo
unos pasos más adelante. El joven pudo sentir
el estremecimiento que aún no dejaba de sacudir
a su compañero. A decir verdad, se aferraba
a él para no derrumbarse.
Si en algo aprecias la hospitalidad de Kensuke
le murmuró bajo al oído Será
mejor que vengas conmigo. Debes creerme, por lo que
más quieras en el mundo, estos infelices no
se van a detener por nada con tal de llevarte de regreso.
Ni por nuestras vidas, ¿entiendes lo que digo?
¡Ni por nuestras vidas!
En verdad se oía muy convincente. Se reflejaba
en sus ojos verdes, aquellas esmeraldas que saltaban
inquietas y volteaban frecuentemente a donde se encontraban
los sicarios, esperando de pie con un aire impaciente.
Intercambiaban constantemente frases por la radio
ajustada en su cabeza con la brigada que esperaba
en los helicópteros. No parecía que
iban a seguir así por mucho tiempo más.
Esta bien pronunció por último
Shinji, convencido que eso era la mejor opción.
Gracias vociferó Rivera lleno
de satisfacción y de alivio, dirigiéndose
de nuevo a los agentes ¡Muy bien chicos,
vámonos! indicó levantando el
brazo y seguido por Ikari.
Muchas gracias por la comida, Aida se
despidió de su anfitrión cuando pasó
junto a él, al que tenía que abandonar
inusitadamente Nos veremos después.
De acuerdo dijo éste con voz temblorosa
¿Seguro que estarás bien?
Eso espero sentenció para luego
apresurarse a abordar la aeronave que esperaba por
él y su escolta.
Se elevó magnífica por los cielos,
secundada por su semejante y así ambas partieron
hacia el horizonte, llevando consigo su valiosa carga.
El muchacho los siguió con la mirada hasta
que los perdió de vista, no tanto por la distancia,
sino por lo oscuro de la noche. Observó a su
alrededor, y notó que de nuevo estaba solo,
solo él y su alma. Decidió que lo mejor
era ir a dormir, para poder madrugar. Mañana
debía ir a la escuela.
De nuevo se sentía incomodado por ser observado
fijamente. Sólo que en esta ocasión
no era Kai quien lo molestaba, ni el Eva 01, valga
la redundancia ni siquiera se trataba de un ser vivo.
En una de las esquinas del techo, apuntando directamente
a él se encontraba instalada una cámara
de vigilancia, que aguzando y reajustando seguidamente
su frío ojo de cristal, inexpresivo y sin rastro
de compasión, lo acosaba a cada momento. Tal
vez era por eso que permanecía quieto, sentado
en una de esas incómodas sillas de aluminio
que se doblan para su transporte. Únicamente
había una sola luz en el angosto cuarto, que
estaba justo encima de él, pegándole
de lleno en la espalda. Por lo demás, todo
estaba cubierto por las sombras. Los de Seguridad
Interna no habían sido muy amables con él
al arrojarlo en aquel miserable escondrijo, a falta
de calabozos y mazmorras más adecuados para
la ocasión.
De hecho, sí había ese tipo de instalaciones
en el GeoFrente, sólo que él no estaba
destinado a ocupar uno de esos aposentos. Alguien
había especificado concretamente que se dejara
al chiquillo en ese espacio, para entrevistarse con
el personal adecuado y definir de una vez por todas
su situación en el proyecto.
Se escucha la puerta abrirse para dejar entrar un
poco de luz en el mal iluminado cuarto. Junto con
ella, también se introduce Misato al interior,
con la mirada fija en su subordinado capturado. Contrario
a lo que el joven hubiera pensado, se le veía
serena, tranquila, despreocupada.
Pero de lo que el infante no se dio cuenta fueron
de las profundas ojeras que padecía, producto
de noches en vela, ni del cansancio que acusaba, el
cual había minado todas sus fuerzas. Más
que nada, de la preocupación por su bienestar
y la incertidumbre de saber si estaba en buenas condiciones;
la misma que la había sumergido en ese lastimero
estado. Hacía lo más que podía
para mantener esa pose desinteresada, pero le costaba
mucho trabajo a pesar de todo.
Bienvenido de nuevo pronunció
la mujer en tono mesurado.
Ah... Hola contestó el niño,
vacilante.
¿Y bien? le preguntó sin
cambiar el modo de hablar, cruzada de brazos y recargándose
en la fría pared de metal para descansar un
poquito ¿Escaparte de la casa y vagabundear
durante todo este tiempo te ha hecho ver las cosas
más claras?
Pues... no lo sé dijo en serio
desconcertado. La actitud de la capitana lo estaba
asustando, mucho más que cuando se enojaba.
Sólo quiero preguntarte algo más
advirtió ella ¿Aún quieres
ser piloto, ó no?
El niño se encogió ante la estocada
que le acababan de propinar. Lo único que deseaba
era hacerse pequeño y desaparecer de ahí
lo más pronto posible. No obstante, al no ocurrir
tal miniaturización, tuvo que resignarse a
responder, ó de lo contrario los dos se quedarían
en ese estrecho cuarto mal iluminado toda la noche.
Ya lo había dicho antes, ¿no?
Si por mí fuera, la respuesta sería
no, no quiero serlo. Desde un principio no salté
de gusto ante la idea divagó por un rato,
nervioso de que Katsuragi no se alterara por todo
lo que estaba diciendo ¿Qué le estaba
pasando? Pero todo eso no tiene importancia,
¿verdad? Porque yo soy el único piloto.
Y si yo no piloteo esa cosa todos van a estar en problemas.
Todo mundo me dice que debo hacerlo, y yo...
¡No te estoy preguntando qué piensan
otros, sino tú! acotó firmemente
la mujer, pero nunca sin alterarse, mucho menos enfadarse
Si tú no quieres hacerlo, con eso es
suficiente.
El jovenzuelo la miró como conejo asustado,
asustado por su desconcertante e inusual proceder.
No podía entender porque actuaba de esa manera.
Shinji continuó con una profunda
dosis de tristeza en su voz, que él por fin
había notado Vuelve con tu tío.
Angustiado, la inquirió con la mirada, aferrándose
a la fría silla para no despeñarse en
un abismo profundo que le parecía se abría
ante sus pies.
Si lo haces sin ganas, no servirá de
gran cosa. ¡Sólo para adelantar tu muerte!
Además, alguien cómo tú, con
el espíritu de dejar las cosas a medias, estás
de má |