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El Proyecto Eva
Por: Gus (gus_charizard@yahoo.com.mx)

Capítulo Diecisiete: SEELE, El Trono de las Almas

—¡Maldito seas, pedazo de imbécil! ¡¿Me oyes?! ¡¡Te odio, te odio con toda el alma, estúpido Kai!! ¡Muérete y púdrete en el infierno! ¡Desgraciado!

El poderoso puñetazo derecho de Asuka fue a incrustarse justo en medio de la sonrisa complaciente del muchacho, partiéndola en dos pedazos cuando la fotografía de Kai que estaba pegada en el saco de boxeo se rompió debido al golpe. La muchacha continuó vociferando presa de la ira, para variar, mientras que entre resoplidos e improperios de tal índole dirigía sendos golpes y patadas al aporreado saco, el cual se mecía violentamente de lado a lado con cada nueva agresión de la chiquilla, que creía ó más bien quería ver en él a la atolondrada humanidad de Kai Katsuragi.

¡El muy idiota! ¡Todavía que ella había tomado la iniciativa, invitándolo a salir toda la tarde a Tokio 2! ¡Toda una tarde junto a ella! Comenzando por una inspiradora película romántica, pasando por alguna discoteca para mover el esqueleto en serio, luego una apacible caminata por algún parque cercano para entonces terminar con broche de oro en algún restaurante italiano con una cena a la luz de las velas. En, conclusión, la cita perfecta. ¿Tenía una idea de cuántos pobres diablos siquiera soñaban con una oportunidad así? ¡Y aún así, se atrevió a rechazarla, el estúpido infeliz! ¡Siendo que era él quien debió habérselo propuesto, en primer lugar! Había sido muy cruel, sin duda alguna; seguramente ni siquiera tomó en cuenta sus sentimientos al momento de rechazar su invitación. Ella tan sólo quería despedirlo de la manera más emotiva posible, ahora que iba a estar tan lejos durante tanto tiempo. Mañana a primera hora el joven Katsuragi tomaría su vuelo con destino a la fortaleza de Nueva York, sede de las Naciones Unidas, a rendir su informe semestral al Secretario General de dicho organismo. Estaría fuera del país durante tres días. Tres días sin ver a la persona amada es toda una eternidad para cualquier enamorado. ¡Pero aquello no parecía importarle en lo absoluto a ese perfecto imbécil! Setenta y dos largas horas en las que no podrían verse ni estar juntos y Kai estaba tan tranquilo, como si fuera cosa de chiste. Quizás... tal vez quizás... él no la quería tanto como ella a él.

Cuando ese pensamiento cruzó su cabeza la jovencita europea lanzó un hondo grito de desesperación para luego desquitar su ansiedad con una patada tan fuerte que terminó por romper el saco frente a ella. El relleno de éste se desplomó rápidamente al piso mientras que Langley se encargaba de recuperar el aliento, sin importarle la gran cosa haber roto equipo del gimnasio, tan inmersa como estaba en sus propios pensamientos. Eso no podía ser verdad... simplemente no podía ser cierto... ¿ó sí? Pero eso explicaría muchas cosas, entre otras porque Kai se mostraba tan evasivo y distante cuando estaban los dos solos.

—¡Ay, caramba!— masculló Rivera asombrado, al entrar al gimnasio y contemplar la escena —¡No quisiera estar en el lugar de ese pobre saco de boxeo!

Más oportuno no podía haber sido. El que el joven llegara en esos momentos era justo un regalo de los dioses para la muchachita, quien, en cuanto lo vio llegar, se le lanzó encima como una tigresa, derribándolo en el piso tal y cómo lo hubiera hecho con una pobre gacela. La joven rubia se trepó encima de él, maniatándolo de brazos y piernas.

—Maldito imbécil— gruñó Asuka en tono amenazante cuando chocaba su frente contra la de él —Mira que atreverte a venir así nomás, cómo si nada hubiera pasado. Dime, ¿qué me impide romperte tu estúpido cuello en este mismo instante?

A pesar del aterrador semblante de la chiquilla, que demostraba la veracidad de sus palabras, Katsuragi no se amedrentó en lo absoluto; de hecho, incluso parecía bastante divertido, para estar en una posición tan peligrosa.

—Que si lo haces, no podría darte la sorpresa que tengo para ti— en cuanto terminó su frase aprovechó la enorme cercanía de los labios de la muchacha para poder robarles un beso cándido y travieso.

La joven alemana retrocedió enseguida, con el rostro encendido, sumamente abochornada. Nunca se hubiera esperado un gesto así, no tan de repente. Era muy raro que Kai se permitiera ese tipo de comportamiento con ella. Pero de todos modos, ese detalle había sido... podría decirse que muy placentero... y sobre todo, reconfortante, pues despejaba con suma claridad las dudas que tan sólo un momento atrás aquejaban a su adolorido corazón, el cual ahora saltaba de emoción dentro de su pecho.

—Ni... ni creas que con tus trucos baratos me vas a comprar— musitó la muchachita para luego darle la espalda, todavía en el piso. No quería que se diera cuenta de la reacción que le había provocado. Podría sacarle ventaja después.

Por su parte, Rivera aprovechó la confusión de su captora para liberarse y entonces ponerse de pie, reponiéndose del fuerte golpe que se había sacado cuando Langley lo derribó. ¡Qué fiera era la que tenía entre manos! Había olvidado lo dañino para la salud que podía ser hacerla enfadar.

—No me digas que todavía estás enojada conmigo. En serio me hubiera encantado escaparme contigo toda la tarde a Tokio 2, pero ya te dije que tenía que atender muchos asuntos aquí antes de irme. Además, tenía que prepararte tu sorpresita... ¿no te da ni un poquitín de curiosidad saber de qué se trata?

—Me tiene sin cuidado lo que te traigas entre manos— respondió la jovencita rubia haciendo un puchero y cruzándose de brazos —Ya te dije que a mí no me vas a poder comprar con trucos baratos.

Antes de contestarle, Kai se concedió unos momentos para poder contemplar con más detenimiento a la hermosa joven que tenía junto a él. Su piel, fresca y tersa estaba perlada de pequeñas gotas de sudor, producto del intenso ejercicio que había estado haciendo que a su vez había torneado ese cuerpo juvenil y arrebatador con el paso de los años. Llevaba puesto encima un top negro que dejaba muy poco a la imaginación, tan ajustado como estaba a su torso, lo cual le permitía apreciar casi en su totalidad sus formas tan curvilíneas, tan torneadas para alguien de su edad, ni qué decir de esa cinturita de avispa y el abdomen tan bien trabajado que se cargaba. Y aunque en esos momentos no podía verlas tan bien como en otras veces, sabía que debajo de ese pants rojo y blanco que traía puesto estaban unas piernas muy bien formadas en toda su extensión. A diferencia de la mayor parte del tiempo, sus cabellos dorados estaban bien acomodados en una coqueta cola de caballo, sin duda para que su larga cabellera no le estorbara en sus ejercicios. Mientras tanto, sus ojos castaños lo interrogaban ansiosamente con la mirada a la vez que sus labios, tan dulces y suaves, que apenas acababa de probar, permanecían trémulos ante la creciente expectación que se iba apoderando de ella. ¡Simplemente era bellísima! Las palabras no alcanzaban a describir la visión de aquel ejemplar tan magnífico del género femenino, en el cual se conjugaban juventud y algo de inocencia, pero también algo de candidez y de lujuria, de muchas pasiones prohibidas.

Pero además de todo, era endemoniadamente lista, ocurrente, simpática, atrevida, encantadora. Una persona en cuya compañía podía sentirse a gusto, sabiéndose comprendido por alguien tan similar a él. Definitivamente, tenía que estar haciendo lo correcto. Todo le apuntaba a que los dos debían estar juntos, era lo más natural. Ya no había más razones para vacilar.

—Entonces creo que no habrá problema alguno, preciosa, porque conseguirte este permiso de tres días no me salió para nada barato— dijo finalmente, sacando un sobre de su chamarra verde oscuro de algodón —Sólo necesita que lo firmes...

Los ojos castaños de la muchacha resplandecieron con un brillo poco usual en ellos al mirar fijamente el sobre en las manos del muchacho, a la vez que sus labios comenzaban a esbozar una enorme sonrisa.

—No me digas que...— apenas si atinó a decir, sumamente emocionada, mientras de un brinco se ponía de pie para tomar el mencionado sobre y revisar con avidez su contenido.

—Espero que tu visa esté vigente todavía... porque me gustaría muchísimo que fueras mañana conmigo a América. Bueno, eso si quie...

No pudo terminar bien su enunciado pues ya tenía nuevamente encima a Langley, aunque de una manera muy diferente a la vez anterior, pues le había saltado encima colgándosele del cuello y sujetándose de su espalda con las piernas cruzadas.

—¡América! ¡No puede ser, voy a ir a América contigo!— gritaba emocionada, casi histérica, la linda jovencita rubia mientras que lo besaba repetidamente en todo el rostro — ¡Kai, mi amor! ¡Ay, qué emoción! ¡Te amo, te amo, te adoro, eres lo máximoooo!

Fuera de balance, tomado completamente por sorpresa por la eufórica reacción de la chiquilla, el muchacho una vez más fue a derrumbarse sobre del suelo en una posición casi idéntica a la vez anterior, es decir, de espaldas al piso y con Asuka encima, sólo que en esta ocasión en lugar de amenazarlo no dejaba de besarlo un solo momento.

Para él se trataba de toda una nueva experiencia, ser tratado con tanta efusividad y sin reserva alguna, tal y cómo lo hacía aquella joven europea. A diferencia de otra persona, ella no tenía problema en demostrarle su afecto sin tapujos, en cualquier momento, en cualquier lugar. Pese a que lo disfrutaba en cierto modo, aún no terminaba de acostumbrarse a semejante trato. Esperaba lograrlo durante el viaje que les esperaba a ambos.

—Hmmmm— carraspeó la Mayor Katsuragi desde la entrada del gimnasio, sorprendiendo a los dos muchachos en el acto —Quizás cometí un grave error al darle ese permiso a Asuka después de todo— su rostro estaba contraído en un gesto entre malhumorado y desconfiado, con su ceja izquierda visiblemente arqueada —Todavía ni se han subido al avión y ya están encima el uno del otro...

Sin moverse de su lugar ambos dirigieron la mirada hacia donde se encontraba su guardiana, percatándose de que Shinji también estaba allí, viendo desconsolado como la jovencita europea tenía abrazado a Kai, en esa pose tan comprometedora. No dijo palabra, pero su expresión lo decía todo. Aún así, ninguno de los dos quiso darle importancia a los sentimientos de su compañero. Ya estaban hartos de su actitud timorata, sumisa y hasta cobarde podría decirse, y sobre todo, ya estaban cansados de sentir lástima por él y que precisamente eso les impidiera disfrutar a tope de su creciente relación. Tanto Asuka cómo el mismo Kai le habían dado bastantes oportunidades para que actuara, pero por su carácter indeciso aquél pusilánime las había desperdiciado todas. Así que ya era tiempo de que dejaran de preocuparse por ese pelmazo y empezar a ocuparse más de ellos mismos.

“Ni modo, viejo, te dormiste, y bien gacho” pensaba Rivera cuando observaba el semblante alicaído de su compañero de cuarto. Había hecho cuanto estaba en sus manos para ayudarlo, pero aparentemente Ikari estaba más allá de toda ayuda.

—¡Asuka!— pronunció la Mayor en voz alta, pues al parecer nadie estaba dispuesto a moverse de su sitio. Había detectado atinadamente lo tirante de la situación entre los tres jóvenes pilotos —¡Su avión sale mañana temprano y tú ni siquiera has empacado! Así que sugiero que te apures a cambiarte para poder irnos a casa y puedas empezar a hacer tus maletas…

—¡Sí!— respondió la jovencita, tan entusiasmada como una niña pequeña.

De inmediato se puso en pie y dando brinquitos de felicidad salió disparada hacia las regaderas, silbando una alegre melodía. También Shinji, cabizbajo y con los hombros caídos, emprendió la marcha hacia el estacionamiento donde estaba el automóvil de Misato. Seguramente el viaje de regreso a casa sería un infierno para él. La Mayor Katsuragi pronto lo siguió, no sin antes dirigirle una mirada escrutadora a su hijo adoptivo, no muy convencida de lo que estaba permitiendo. Fue un diálogo sólo de gestos, sin palabra de por medio. “¿Estás seguro de lo que estás haciendo?” parecía preguntar la mujer al verlo de esa manera. “Absolutamente” contestó el muchacho del mismo modo, asintiendo con la cabeza “Así es como las cosas deben de ser”. Resignada, Misato se dio la vuelta para seguirle el rastro a Shinji, quien ya iba muy adelante.

Por su parte Kai permaneció a la entrada del gimnasio a disposición de los empleados de NERV, esperando a que su novia saliera del baño. Ocurrió entonces que en una desafortunada coincidencia Rei Ayanami caminara por ese pasillo en específico, justo cuando Asuka salía al encuentro del muchacho y lo tomaba por el brazo. Langley no se percató del hecho, ni siquiera de la presencia de su odiada rival. Quizás fue mejor que no lo hiciera, pues de haber sido así lo más seguro es que hubiera aprovechado la ocasión para ufanarse de su viaje con Kai.

Éste se encontró con la mirada de Rei por un solo y fugaz momento, que no obstante pareció durar días enteros. Al verlo partir del brazo con otra mujer el rostro de ella no reflejaba emoción alguna, tan bello pero tan frío como una estatua de hielo. Tampoco el semblante de Kai sufrió cambio alguno en presencia de su antiguo amor. Sin embargo, ambos parecieron decir lo mismo, al tiempo que los dos comenzaban a tomar rumbos separados y los engranes del destino que también los apartaba comenzaban a girar lenta y torpemente: “Adiós”.

Se yergue tan alto como es en una tierra devastada por la guerra y las inclemencias del clima. No parece experimentar alguna clase de incomodidad en aquél ambiente hostil, pese a su ropaje negro y los fuertes rayos solares, que calcinaban todo lo que tuvieran a su alcance, sin otorgar cualquier clase de refugio en ese desierto desolado y sin vida.

El viento levantaba grandes cantidades de arena que amenazaban con tragarlo entero, pero aún así él no manifestaba molestia alguna, inmóvil en su sitio como si se tratara de una estatua de un ídolo profano.

Ni una gota de sudor, ni un solo gesto de malestar. Su larga cabellera plateada era mecida a merced del viento junto con su enorme gabardina, que en esos momentos parecía ser una especie de capa ceñida a sus espaldas cómo enormes alas negras de cuero que nacían en éstas. Su enmarañada barba atrapaba cuanto grano de arena tuviera a su alcance, pero sus ojos de lobo solitario no eran molestados al respecto, con la mirada fija enfrente de él.

Viento, arena y sol, los tres parecían estar protestando por su sola presencia en ese pasaje inhóspito, no obstante el visitante se mantenía indiferente a sus reclamos, con la vista clavada en la ciudad que se extendía a la lejanía, en el horizonte.

Las ruinas de lo que alguna vez fue la capital del país conocido como Irak. Bagdad. Una y otra vez devastada por la guerra y las ambiciones humanas. Y en esos tiempos presentes tampoco era la excepción, sólo que en aquella ocasión parecía que la ciudad había tomado mucho más daño del que podía soportar.

Había sucedido hace diez años. Poco después del Segundo Impacto, el naciente Imperio Americano puso sus ojos en aquél país, tan rico en recursos petrolíferos siendo la segunda reserva mundial en este preciado combustible; así que bajo pretexto de combatir el terrorismo alentado por su déspota dictador, el ejército americano no tardó en invadir territorio iraquí, por tierra, mar y aire.

El tirano tampoco tardó mucho en caer, no así los habitantes de aquél país, que como en todas partes del globo se resistieron al voraz imperialismo al que las naciones del así llamado “Primer Mundo” se habían lanzado vertiginosamente. Aprovechando el caos y la confusión causados por el desastre, territorios enteros eran invadidos y anexados indiscriminadamente, lo que desencadenaba cruentas guerras de exterminio, de purga racial que terminó por consumir a más de mil millones de personas en todo el mundo.

En aquél “Nuevo Orden Mundial” regido por las Naciones Unidas, curiosamente los miembros sobrevivientes del Consejo de Seguridad de esta organización, Estados Unidos, Alemania, China y Rusia, eran quienes se repartían entre sí todo el pastel del poder global.

Bueno, pues tras cinco largos años de resistencia civil de parte de los iraquíes, en lo que se había consolidado como una guerra de guerrillas, finalmente sucedió lo inevitable. Enfurecido por la destrucción de sus preciados oleoductos y de la aún más apreciada reserva de petróleo de parte de las milicias guerrilleras, el Imperio Americano decidió lanzar un ataque decisivo contra Bagdad, refugio de la mayor parte de las guerrillas. Para tal propósito utilizó las flamantes y previamente probadas Minas N2. Una sola bastó para reducir en cenizas la ciudad y todo lo que estuviera en ella, poniéndole punto final al conflicto, por lo menos en esa región.

Hoy en día aquellos parajes no eran considerados, en absoluto, de importancia, por lo que las tropas de las Naciones Unidas no opusieron resistencia cuando el Ejército de la Banda Roja decidió tomarlos como suyos. Y es que, a no ser que se le pudiera tomar como ruta de paso hacia Israel y Europa, ese territorio, y en especial la devastada Bagdad no tenían valor alguno. ¿O sí?

Él parecía saber algo que todos los demás no, ni siquiera sus allegados, que se sorprendieron en sobremanera cuando decidió tomar aquél desierto sin vida. Una amplia, pero siniestra sonrisa se dibujó en su rostro, enseñando aquella dentadura que semejaba a la de un tiburón, al tiempo que un tenue movimiento comenzaba a registrarse en el suelo en el que posaba sus pies. Movimiento que cada vez se iba haciendo más y más notorio, a la vez que violento. Ante su vista la tierra se iba abriendo en enormes grietas que se iban extendiendo desde la ciudad hasta poco antes de donde se encontraba. La arena inexorablemente iba cayendo en ellas, formando espectaculares cascadas de color ocre.

El Medio Oriente, aquél lugar en el que las siempre antagónicas culturas occidental y oriental se encontraban, chocaban y establecían violentamente sus fronteras, siempre había sido un terreno propicio para ellos. Tantos conflictos, tantas guerras, tantas muertes y tanto odio, acumulados en aquella región durante todo ese tiempo, tanto como la Historia misma. ¿Y aún así había quien se atrevía a decir que en esa porción de tierra había sólo la nada? Por supuesto que no. Quedaban las cicatrices. Y con ella los recuerdos, los fantasmas, el rencor y sobre todo, el odio. El odio que era su sustento, el odio del cual se alimentaban y el odio que ellos mismos sembraban y cosechaban. El odio que los hacía tan fuertes en este mundo. El odio que los colocaba como los dueños de este mundo.

La tierra se sacudía frenéticamente cómo aquel que busca afanosamente expulsar de su garganta aquello que lo está asfixiando. Y pese a la conmoción, él seguía firme en su lugar, inmóvil con aquella tétrica sonrisa en el rostro. ¿Por qué tendría que estar asustado? Presenciaba el nacimiento de nueva vida en ese sitio de muerte y destrucción. ¿No se le podría considerar como algo bello, acaso? De aquél agujero pestilente, que tan sólo había servido como abono, emergería triunfante un nuevo soberano para gobernar este planeta de condenados. Algo magnífico, soberbio. Poderoso. Así que, ¿qué estás esperando para romper esa cáscara que te aprisiona y salir a este mundo que te aguarda para que lo hagas tuyo? ¡Vamos! ¡Empuja con más fuerza! Derriba todo aquello que te estorba, que te impide salir a contemplar tus dominios, todo aquello que tu vista alcance a divisar. Sé fuerte, sé orgulloso. Sé soberbio, al saber que aquí tenemos más poder que cualquiera. Nada puede dañarnos, todo nos pertenece. ¡Sal de tu prisión y prepárate a sembrar el terror y la muerte por todo el globo! ¡Únete a mí, mi hermano, en esta vida que nos aguarda para conquistarla! ¡Ahora es el momento! ¡El mundo nos pertenece, así que levántate y anda!

Al momento una cruenta explosión abatió lo que quedaba de las ruinas, lanzando por el aire enormes cascajos de escombros que fueron a estrellarse como proyectiles al suelo, mientras que los cielos se tornaban rojos como la sangre. Un aterrador rugido se entremezclaba con el estruendo del estallido mientras una gigantesca figura parecía emerger dentro de la nube de polvo que no terminaba por asentarse, justo en el centro de la ciudad. El piso se estremecía de nueva cuenta, pero ésta vez no por movimientos telúricos, sino por las pisadas de un coloso alzándose. Seis en total. De entre la nube de escombros pulverizados apenas si se alcanzaba a percibir una sombra dispersa moviéndose serpenteante, amenazadora. Algo como una cola oscilaba en el aire, mientras un nuevo rugir se escuchaba en medio del barullo.

—Muy bien, te tomó algo de tiempo, pero ya estás aquí— pronunció ese extraño individuo con voz grave y portentosa, admirando el macabro espectáculo de destrucción que tenía delante de sí —Contigo ya somos cinco, y sólo nos falta un Jinete más.

El gigante recién emergido pareció responder con otro bramido, mucho más fuerte que los demás, que sin embargo no consiguió amedrentar un poco al personaje que se dirigía tan irrespetuosamente a él.

—¡Deja de quejarte tanto y apúrate!— dijo dándole la espalda a la devastación, observando el reloj en su muñeca —Ya me has entretenido bastante tiempo, y empieza a hacérseme tarde para mi pequeña reunión en Japón.

Y mientras esa persona se preparaba a visitar el Japón, dos residentes ya lo habían dejado atrás, a bordo de un avión de primera clase de las Naciones Unidas, destinado sólo para los más altos dignatarios, lo que le daba una idea muy general a la emocionada Asuka del alcance de las influencias de su novio.

Tras un muy placentero vuelo de unas seis horas cruzando el Pacífico de lado a lado ahora se encontraba pisando suelo norteamericano, lo que la llenaba de una emoción inmensa, rayando en lo infantil. Aspiró profundamente el aire invernal que comenzaba a llegar a sus pulmones, satisfecha. Observó cuidadosamente el moderno aeropuerto de la ciudad de Phoenix, en el Estado de Arizona, siempre tan bullicioso y activo, tan lleno de vida aún a esas horas de la noche. Desde que se había mudado a Tokio 3 hacía bastante tiempo que no apreciaba una escena urbana de ese tipo. Sonrió satisfecha al saberse visitando una sociedad cosmopolita tan activa como lo era la estadounidense, por la cual sentía muchos vínculos y simpatía.

América, tierra de las oportunidades, pero también del consumismo indiscriminado. Cadenas de restaurantes, cines y demás centros de esparcimiento la aguardaban por donde quiera que posara la mirada. Casi salivaba de pensar en todo lo que había que visitar en ese país tan vasto, el cual se extendía por todo el continente desde la franja polar justo encima del meridiano 55 hasta lo que quedaba de la cordillera de los Andes, en el extremo sur. Pero sobre todo, las tiendas por visitar. Erigida como el templo del capitalismo en el mundo, en aquella nación se encontraban ubicadas las matrices de las mejores tiendas de ropa y accesorios, y era precisamente desde allí donde se marcaba el rumbo de la moda en todo el globo.

¡Y el ambiente de Primer Mundo que allí se vivía! Con todas las galerías, museos y discotecas. Tantos lugares por visitar hacían que se lamentara del poco tiempo del que disponían y de su itinerario tan apretado. Pasarían aquella noche en Phoenix, para al día siguiente partir al Geofrente de NERV en Norteamérica, justo en medio del desierto de Nevada. Lo más seguro es que se llevarían todo el día en ese lugar, pues Kai debía ponerse al tanto de los avances de la construcción del nuevo Modelo Especial para Combate. Solamente dispondrían del día siguiente para gastarlo en recreación y para tal efecto ambos habían escogido de común acuerdo San Antonio, Texas. Allí, ella se quedaría a esperarlo mientras su amado partía por fin a la fortaleza de Nueva York, el único lugar del recorrido al que ni siquiera su privilegiada posición como piloto de Eva le permitía acceso. De todos modos no había mucho que ver en aquél cubo de hielo y concreto flotando en el Atlántico, a no ser montón de barricadas y de tropas armadas hasta los dientes.

Apenas si podía esperar para continuar el viaje, lo que se demostró en la manera tan apurada en la que bajó la escalerilla del avión, queriendo aprovechar al máximo aquella experiencia tan especial que apenas daba comienzo: un viaje por esa tierra de ensueño en compañía de su galante y apuesto novio. ¿Qué más podía pedir?

Por el contrario, Kai no compartía del todo su entusiasmo, tomándose su tiempo apara abandonar el vehículo y encontrar lo primero de lo cual quejarse.

—¡Maldita sea, siempre tiene que hacer tanto frío en este país!— masculló cuando el aire gélido del norte lo golpeaba en pleno rostro.

Su reacción instintiva fue cubrirse con los brazos y castañear los dientes, pese a que iba bien abrigado con una enorme chamarra y dos suéteres debajo de ésta, un gorro de lana cubriéndole la cabeza, guantes, y la obligatoria bufanda.

—¡Vamos, no seas tan chillón!— lo alentó Asuka, tomándolo por el brazo, quien, como era esperarse dada su ascendencia sajona, se sentía como pez en el agua en ese ambiente de baja temperatura —¿Pues qué esperabas? ¿Clima cálido y tropical?

—Es que odio el estúpido frío— respondió el muchacho cuando empezaban a andar al autobús que los llevaría a la terminal, rodeados siempre de un ejército de guardaespaldas desde que llegaron, aunque éstos mantenían su debida distancia de la joven pareja —Me siento mucho mejor en climas calurosos…

—Me parece que deberías estar un poquito más animado… es decir: ¡Míranos! ¡Estamos en la nación líder del mundo! Aquí se produce lo mejor que la humanidad tiene que ofrecer. ¿No hace que se te enchine aunque sea un poquito la piel?

—Sí, de lo congelado que me estoy poniendo en este inmundo refrigerador…— repuso el muchacho de nuevo, frotando sus manos.

—Velo por el lado positivo, allá en Japón sería muy difícil que me vieras vestida así, ¿no te parece?— y para que pudiera apreciarla mejor la jovencita le hizo el favor de dar una vuelta sobre sus tacones, modelándole su bonito conjunto de ropa invernal.

Rivera asintió sonriendo con complacencia. Ella tenía razón. A no ser que fueran hasta el extremo norte en la provincia de Hokkaido, allá en casa sería muy difícil que Asuka tuviera la oportunidad de ponerse aquellas prendas invernales que se le veían tan bien, como esa chamarra café de cuero con relleno afelpado y sus botas de gamuza pintadas de rojo. Unos ajustados pantalones negros de tela térmica completaban su atuendo. Simplemente estaba espléndida. Había hecho bien en traerla.

—¿Lo ves? ¡Te quedaste con la boca abierta!— observó Langley, complacida, mientras ambos subían al camión —Aunque se me hace extraño…— continuó una vez que los dos tomaron asiento y el vehículo emprendía el camino a la terminal —¿No tendrías que sentirte a tus anchas en este país? Después de todo eres mitad norteamericano.

Se interrumpió a sí misma al terminar esa observación, al hacerla recordar el penoso incidente apenas unos meses atrás, cuándo insultó a la madre de Kai, lo que desencadenó el salvaje enfrentamiento entre los dos con sus Evas.

Su acompañante se dio cuenta de lo apenada que se puso, pues también él había recordado la pelea con su comentario. Suspiró, desganado, sin estar seguro de qué hacer ó decir en esos momentos. También él se avergonzaba de su comportamiento en el pasado, sobre todo en esa ocasión en específico. ¿Pero qué se le iba a hacer? Lo pasado ya había quedado muy atrás y ninguno de los dos podía hacer algo para remediarlo.

—Pues… creo que sí debería… ¿verdad?— pronunció torpemente, mirando de reojo por la ventana detrás de él. Finalmente se decidió y pasó su brazo derecho por los hombros de la muchacha, atrayéndola hacia él.

Asuka, un tanto sorprendida al principio, luego se dejó llevar por la situación, aliviada por el repentino gesto de afecto que le decía que había sido perdonada, descansando sobre el cuerpo de su novio mientras lo abrazaba con ternura.

—Es muy raro cómo me siento al respecto, ¿sabes?— continuó Kai, más en confianza. La calidez del cuerpo de la jovencita había ahuyentado el frío que momentos antes le calaba hasta los huesos —Pese a que siempre tuve una mejor relación con mi madre no me siento muy identificado con el lugar en el que nació. Siempre que vengo no dejo de sentirme fuera de lugar. Mi corazón siempre busca el sur… hacia la tierra de mi padre… quien no era precisamente mi persona favorita en todo el mundo…

—Tienes razón, es muy raro… aunque puedo imaginarme por qué te sientes de esa manera.

—Yo he estado pensando un poco al respecto, últimamente. ¿Será porque en realidad soy una persona sin patria? Tú eres alemana, todos los demás son japoneses, pero yo, que he vivido en tantos lugares, en realidad no pertenezco a ninguno. No soy japonés, ni americano, ni siquiera mexicano… En resumidas cuentas, podría decirse que soy, cómo dice una canción, el hombre de ningún lugar.

—En realidad lo que yo iba a decir es que aún buscas acercarte a tu padre de cualquier manera… comprenderlo para poder llegar a quererlo… es por eso que sigues afanosamente cualquier cosa que pueda ayudarte a sentir que estás cerca de él. Además, no creo que sea del todo cierto eso de que seas un paria, es sólo que aún no te has dado cuenta de tu verdadera nacionalidad.

—¿De veras? ¿Y se puede saber cuál es?— preguntó el muchacho, sumamente intrigado.

—Bueno, naciste en la Antártica, ¿no es así? Entonces, ¡felicidades! Eres un orgulloso ciudadano antártico. Quizás el único en todo el mundo. ¿No te da emoción?

Enseguida ambos se echaron a reír a bocajarro, aliviados de la incómoda tensión de unos cuantos momentos atrás.

—Qué honor, pero en ese caso— añadió Kai —¿No debería sentirme más a gusto en este ambiente bajo cero? ¡Y aún así me estoy haciendo una paleta en este lugar!

—Ya no te apures por eso— le dijo la muchacha, estrechándolo más en sus brazos —Que yo me voy a encargar de mantenerte calientito todo el tiempo que estemos aquí.

—¡Genial! Precisamente eso era lo que quería escuchar…

—¡Tonto! ¡No me refería de esa manera!

—¡Ah! ¿Pero es que hay otra?

El mundo parecía un lugar tan vacío y deprimente en esos días. Sin control, sin dirección, sin un propósito bien definido. Un horrible sitio gris al cual le era indiferente, plagado de un montón de personas sin rostro a las cuales les importaba un comino lo que pasara con su vida. Ya no quedaba esperanza alguna, no desde que ella se fue. Sin ella ya nada en esta pinche vida valdría la pena. Sin ella, en definitiva el mundo entero era una reverenda y auténtica mierda, a fuerza de ser sinceros.

Ó por lo menos eso era lo que pensaba Shinji Ikari de su mundo por aquellos días. Deambulando como un fantasma por los pasillos del Geofrente, el buen Shinji, siempre tan dispuesto a la depresión y maniático de la autocompasión, gastaba afanosamente su tiempo en sumirse en su propia inmundicia, tan inmerso en sus mezquinos pensamientos que el mundo, ese mundo real que le rodeaba, le era indiferente ó en caso contrario le parecía sumamente hostil hacia su afligida persona.

Por lo tanto no quiso responder al animoso saludo de Misato cuando ésta pasaba a unos cuantos metros de él, junto con Hyuga, Maya y Shigeru. Ella también lo había traicionado, permitiendo que aquellos dos se fueran así nada más. De hecho estaba casi seguro del lado de quien estaba, pues obviamente le había estado ayudando todo ese tiempo y ahora le quedaba más claro que nunca. Haberle dado ese permiso a Asuka de tres días, justo a tiempo para que pudiera irse a otro continente con ese desgraciado de Kai. Que coincidencia, ¿no es así? Además, si le importara en algo su situación hubiera hecho algo más que saludarlo de manera tan hipócrita. Una amiga de verdad se hubiera detenido a conversar con él, a buscar alguna forma de aliviar su dolor. Pero no. Ella ni siquiera le dio importancia al asunto, siguiendo su camino y dejándolo atrás en el olvido, como siempre.

Qué importaba. De todas maneras no podía culparla por actuar de esa manera, después de todo así era como lo trataban todos. Para ellos el único valor que tenía como persona era ser un piloto Eva. No había nada más aparte de eso en su persona que mereciera alguna clase de reconocimiento o de aprecio. ¿Verdad? En todo este ancho, vasto y tan cruel y despiadado mundo no había una sola persona que se preocupara sinceramente por él. ¿En serio era una persona tan despreciable? Sin darse cuenta ya estaba llorando de amargura, con las lágrimas recorriendo raudas sus mejillas.

—Asuka— musitó lastimeramente, con la voz toda quebrada —¿Porqué? ¡Ni siquiera me diste una oportunidad!

—¿Qué te pasa, Ikari?

Cómo casi siempre que era ella quien le dirigía primero la palabra, en esos momentos tan oscuros y de necesidad la voz de Ayanami le pareció dulce y celestial. Una luz casi divina rasgó entonces las tinieblas en las que él mismo se había envuelto a manera de capullo protector, tan solo con observar su encantador rostro que tenía toda su atención puesta en él.

—Nada, nada— respondió el muchacho de prisa, apenado de que Rei lo hubiera visto llorar como un bebé —Me empezó a doler el estómago un poco, es todo…

—Entonces deberías tener más cuidado con lo que comes. Podría tratarse de una infección intestinal ó algo peor.

—Seguro— respondió Shinji, extrañado. La manera en que la jovencita le dijo que se cuidara… puede que fuera tan sólo un desvarío de su confundida mente, pero le pareció tener un tono algo… maternal.

—Nos vemos entonces— agregó la muchacha, queriendo seguir su camino.

El alivio momentáneo que sintió con su llegada comenzó a desvanecerse rápidamente mientras la veía darle la espalda y alejarse. Sus palabras salieron de su boca casi sin pensarlo, intentando que se quedara junto a él todo el tiempo que fuera posible.

—A… ¡Ayanami, por favor, espera!— pronunció casi gritando de desesperación, dándose tan solo una idea de lo suplicante y hasta patético que se escuchaba al hablar de esa manera.

No obstante consiguió lo que quería. Rei se había detenido en su displicente andar y en esos momentos lo observaba de reojo, interrogándolo con su silencio.

—¿Tú… ya te vas?— murmuró Shinji, cabizbajo, deshaciéndose de la vergüenza —¿Ya te vas a tu casa?

—Sí— respondió la jovencita, intrigada por la extraña actitud de su compañero.

—¿Podría… crees que podría… acompañarte?

Aquello tomó completamente por sorpresa a la joven piloto. Ikari debería tener algo más que un simple dolor de estómago para estarse comportando de esa manera. Aunque no era la primera vez que actuaba así, ya antes lo había hecho y siempre había sido por sus constantes episodios depresivos. Lo que a veces le hacía preguntarse qué era lo que él parecía buscar tan afanosamente en ella. ¿Comprensión? ¿Consuelo? ¿Cariño?

—¿No piensas irte con la Mayor Katsuragi, como siempre?

—Lo que pasa es que… bueno, preferiría no estar cerca de ella, por el momento. No estoy de humor.

—De acuerdo— asintió Ayanami. Después de todo, no era que Shinji le cayera mal ó algo por el estilo. Muchas veces su compañía podía ser agradable, inclusive —Si así lo quieres, entonces puedes venir conmigo.

Enseguida el muchacho se levantó de su lugar, recobrado y con muchos mejores ánimos, y se aprestó a seguirle el paso a su bella compañera, quien ya se encontraba caminando un par de metros delante de él.

Pese a los encomiables esfuerzos del muchacho por llamar su atención lo cierto es que ambos no habían conversado la gran cosa durante el corto trayecto a pie a la casa de Rei. Como siempre, la linda pero a la vez extraña jovencita se encontraba enfrascada en sus pensamientos, abstraída del mundo externo. No era para extrañarse, pero la muchacha sí detectó lo inusual de la actitud de Ikari, a quien tan sólo le hacía falta ponerse un anuncio luminoso para hacerse notar y así se lo hizo saber:

—Hoy estás muy parlanchín, Ikari.

—Oh— masculló Shinji, apenado —Perdona… no era mi intención molestarte. Tan sólo quería conversar un rato, es todo.

—¿Te sientes solo? No creí que fueras a extrañar tanto a Kai. Después de todo sólo se fue por tres días…

El muchacho apretó tanto los dientes como los puños apenas escuchó ese mil veces maldito y odiado nombre. De labios de ella sonaba aún peor.

—He notado algo, ¿sabes? Llamas a todas las personas por su apellido… excepto a él…

Rei no contestó, y aunque no pudiera ver su rostro al caminar detrás de ella, el joven estaba casi seguro que se había sonrojado.

—Creí que estarías molesta con él, por lo de Asuka, pero no lo pareces

—¿Debería estarlo? Lo siento, pero no comprendo muy bien esa clase de sentimientos a la que te refieres. Lo nuestro hace mucho que terminó y ahora él y yo tan sólo somos compañeros, al igual que tú ó la otra. No veo porqué deba afectarme lo que haga ó deje de hacer en su tiempo libre.

—Lo querías mucho, ¿verdad?— Ikari continuó con el asedio. “Quizás todavía lo haga” pensó “No llamó a Asuka ni siquiera por su apellido ó su puesto, la llamó “la otra” —¿Me puedes decir qué fue lo que le viste? Es que… no me lo tomes a mal, pero ustedes dos tienen nada en común. Y sin embargo… tú lo amabas… ó todavía…

—Primero dime algo— lo interrumpió Rei, deteniéndose en su camino para quedar cara a cara con él —Yo también he tenido mucha curiosidad al respecto, últimamente. Dime… ¿qué es lo que crees ver en mí? ¿Qué es lo que en realidad buscas, cuando estás conmigo?

—No te entiendo…— musitó su acompañante, estupefacto.

Su cara estaba muy cerca de la de él. Lo más cerca que había estado desde que se conocían. Ahora era él quien estaba nervioso. No era que estuviera enojada ó algo por el estilo. La actitud de Ayanami, indiferente, lejana, no había cambiado. Pero de todos modos temblaba como gelatina al estar tan cerca de ella, casi sintiendo su respiración encima de él.

—Ikari… tú… ¿tú me quieres? ¿Crees que me amas?

Shinji se quedó mudo al momento, sin poder conectar su cerebro con la lengua. Un montón de pensamientos se arremolinaban en su cabeza, atorándose unos contra otros al querer salir. Atónito como estaba, las palabras no atinaban a salir de su boca. ¿La amaba? No lo sabía con precisión. De alguna forma se sentía atraído a ella, pero, ¿en realidad la amaba? ¿Ó es que tan sólo buscaba consuelo en ella? Apenas hace un rato lloraba desconsolado por Asuka. Hasta entonces comprendía la pregunta que le había hecho con anterioridad. ¿Qué buscaba en ella? ¿A quién creía ver en ella? ¿Acaso a una chica triste y solitaria, cómo él, a quien le habían roto el corazón? ¿A ese alguien que le ayudaría a recuperarse de la caída, juntos? No lo sabía, por más que lo intentara no podía saberlo.

—Ayúdame a salir de la duda, por favor— pronunció Rei, ella tan tranquila ante la creciente indecisión del muchacho —¿Puedo…? ¿Puedo tocarte?

Con el rostro encendido, el muchacho asintió con la cabeza, al ser incapaz de hablar. Entonces la jovencita, lenta y cautelosamente, estrechó su mano con la suya. Algo como un escalofrío reptó por la columna de Shinji, al sentir el contacto con la delicada piel de su bella compañera. Y por si no fuera suficiente con eso, ahora Ayanami acariciaba su rostro con su mano libre y antes de que lo supiera ya estaba siendo besado por ella.

Sus ojos, abiertos de par en par, no daban crédito a lo que estaban viendo, a lo que todos sus sentidos le decían. Ayanami lo estaba besando. ¡Rei Ayanami lo estaba besando! Su corazón parecía querer salir de su pecho, dándole de tumbos en él. Aquél era su primer beso. ¡Y había sido justo con Rei! Esa dulce sensación en los labios era lo mejor que había probado en su joven vida. ¡Felicidad! ¡Cuánto te tardaste, pero al fin tocas a la puerta! ¡Gracias! ¡Gracias, Dios, por haberme dejado vivir hasta este día! ¡Muchas gracias!

Pero, por alguna razón, muy dentro de él, sentía que algo estaba mal con todo eso. Que no era lo correcto. ¿Pero porqué? ¿Qué había de malo en ser feliz?

Por su parte, habiendo terminado con “la prueba” Rei volvió a tomar su distancia. No, definitivamente no era lo mismo. Hacía falta algo…

—Ahora puedo responderte con certeza— hundida de nuevo en sus reflexiones, la jovencita de cabello azul volteaba de lado, viendo a la nada —Tienes razón: quise mucho a Kai. Lo amé como nunca lo había hecho con nadie más. Y eso fue porque sus sentimientos hacia mí eran auténticos. Cuando él me veía, yo sabía que no estaba viendo a nadie más en mí, no me usaba para remplazar a nadie. Él… él me quería justo como soy… y por eso es que yo lo amaba tanto.

Una vez aclarado el punto no les quedó de otra que seguir con su camino, en silencio, cada quien en sus propios pensamientos. Ella tenía razón, Shinji lo sabía, y se sentía avergonzado al respecto. Tan sólo la había visto como un premio de consolación, la segunda opción que le quedaba luego del rechazo de Asuka. Había creído ver en ella a alguien que, cómo él, buscaba con desesperación el cariño y comprensión de las personas que le rodeaban. Creyó ver en ella un reflejo de su propia situación, pero ahora sabía que no era así. Ahora sabía que si Rei se la pasaba siempre sola, es porque así es como ella quería estar. ¡Había sido tan estúpido! Tan estúpido y egoísta…

Pronto ya estaban a la puerta del departamento de la muchacha. Los dos se detuvieron en ese momento, justo frente a la entrada. En lo que restaba del trayecto no se habían dirigido la palabra, por lo que ahora Ikari no sabía bien qué decir.

—Lo lamento, pero no soy la persona que buscas— pronunció la muchacha, finalmente, cuando parecía que ninguno de los dos estaba dispuesto a hablar —Y también sé que esa rubia gritona tampoco lo es. Puede que quizás algún día la encuentres. A esa persona que será sólo para ti… esa mitad que te hace falta para estar completo.

—Ayanami… yo…

—Rei.

—¿Qué?

—Puedes llamarme Rei… Shinji— pronunció la joven luego de un momento de vacilación volviendo a sorprender a su acompañante —Quiero que me llames así. Después de todo, eres lo más parecido que tengo a un amigo.

—Muchas gracias… Rei— el muchacho estaba sumamente conmovido. Pensaba que estaría enojada con él, pero era todo lo contrario —No sé que decir…

—No importa. Cuando tengas algo que decir ven conmigo, y yo te escucharé.

—Muy bien, entonces así lo haré— respondió el chiquillo, con una plácida sonrisa, sonriendo como tenía tiempo que no lo hacía.

La muchacha lo miraba atentamente mientras abría la puerta.

—Muchas gracias por tus palabras, me ayudaste muchísimo, de veras— se empezó a despedir entonces el joven Ikari —Buenas noches, que descanses.

—¿Quieres…?— dijo la muchacha cuando Shinji ya estaba agarrando camino —¿Quieres quedarte un rato? Aunque no tengo mucho que ofrecerte. Creo que tengo guardado té por algún lugar… pero podemos ir a comprar algo, si quieres…

En ese momento Shinji se hubiera puesto a llorar de buena gana, de no ser porque ya había derramado muchas lágrimas ese día. Únicamente sonrió, agradeciendo la oportunidad que su nueva amiga le daba para compartir sus penas.

—El té estará bien, gracias.

—Ese muchacho me está empezando a preocupar, y bastante— afirmó la Mayor Katsuragi, luego de haber visto el deplorable estado en el que se encontraba Shinji.

Daba lástima el pobre. Parecía una piltrafa humana, ahí, derrumbado sobre la mesa del comedor de empleados. Ni siquiera había notado que lo saludó cuando pasaron a su lado. Tal vez pudiera animarlo de alguna forma, pero por el momento no se le ocurría alguna que fuera buena.

—Ha estado así desde que esos dos se fueron, ¿verdad?— dijo Makoto, mirando de reojo al joven Ikari y su lastimero estado.

—¡Pobrecito, debe sentirse muy solo!— observó Maya —¿Quién diría que iba a extrañar tanto a Kai?

—No creo que sea a Kai a quien extrañe tanto— dijo Shigeru entonces, riéndose burlonamente.

—¿Quieres decir que…? ¡No puede ser!— Maya se tapó la boca como si hubiere dicho algo indebido —¿Shinji está enamorado de Asuka?

—No estoy seguro, pero casi puedo afirmarlo. He visto muchas veces esa mirada antes, y siempre ha sido por lo mismo— contestó su compañero, muy seguro de sí mismo.

—¿Será verdad eso, Mayor?— preguntó Hyuga, intrigado por el asunto —Si alguien aquí puede decírnoslo, esa es usted.

—Todo parece indicar que sí, por desgracia— respondió Misato, apesadumbrada —Vivir con esos tres chiquillos últimamente ha sido como estar en una telenovela barata, y créanme que no es tan divertido estar en una que tan sólo verla en la tele…

—¡Qué tiernos!— suspiró Ibuki, imaginándose como debía ser aquello —El primer amor siempre es el mejor… los demás son sólo para olvidar…

—Hoy vienes inspirada, Maya— acuñó Makoto.

—Tal vez no deberíamos preocuparnos tanto por el que se quedó, sino por el que se fue— comentó Shigeru en un tono mucho más serio —¿No han escuchado los rumores?

—¿Qué rumores?— inquirió Katsuragi, escuchando atentamente.

—Son sólo rumores, por lo que no deberíamos tomarlos muy en serio— respondió Makoto, adoptando también la tónica de la conversación —Pero he escuchado que Kai llevaba consigo evidencia que comprometía a los altos mandos de la agencia. Que incluso podría costarle el puesto al comandante Ikari.

—Esas son sólo estupideces— afirmó Maya —¿Qué clase de evidencia podría ser esa? Y lo que es más, ¿cómo pudo haberla conseguido? Siempre es lo mismo cada vez que Kai va a rendir su informe semestral. Con este van a ser ya tres veces que lo hace y ya ven, hasta ahora no ha pasado nada.

—Tienes razón— asintió Katsuragi a su vez —Pero tratándose de Kai, todo puede pasar con ese muchacho. ¡Que si lo sabré! ¡Estoy segura que ese escuincle va a terminar sacándome canas verdes!

—De todos modos, no creo que nosotros tengamos que preocuparnos, ¿o sí?— Makoto hablaba despreocupado, como lo hace quien tiene la conciencia tranquila — Incluso si hay una reestructuración en la agencia, estoy seguro que Kai se encargará de que mantengamos nuestros puestos.

—Ó incluso que nos asciendan, ¿no crees?— completó Shigeru, para luego chocar las manos con su compañero en gesto cómplice.

—¡Sólo piensan en ustedes! ¿Pero qué pasará con el subcomandante Fuyutski… ó la doctora Akagi? Estoy casi segura que ella sería la primera a la que Kai haría que despidieran…— se lamentó la dulce Maya, al contemplar siquiera la posibilidad.

—No es tan fácil— respondió la Mayor —Si acaso los rumores fueran ciertos, estoy segura que el comandante no se quedará tranquilo con los brazos cruzados… ni tampoco esos intereses ocultos que lo mantienen al frente de NERV. Y eso es lo que más me preocupa.

Los cuatro siguieron caminando, en silencio, contemplando cada quien sus posibilidades en caso de que sucediera lo peor. Todos sabían que el comandante no era precisamente lo que llamaríamos un tierno corderito. Si acaso llegara a sentir sus intereses amenazados no dudaría un solo instante en utilizar los cuantiosos recursos a su alcance para neutralizar por completo a sus enemigos.

“Kai, no vayas a hacer algo tan estúpido, por favor” suplicó mentalmente la Mayor Katsuragi, temiendo por la seguridad de su hijo adoptivo. “Por una vez en tu vida, piensa antes de actuar”.

—Bueno, muchachos, los veré mañana— les dijo a los tres oficiales técnicos al momento de dar vuelta en otro pasillo —Aún tengo que arreglar unos cuantos detalles acerca del dispositivo de seguridad para los VIP que vendrán…

—Debe ser todo un fastidio, Mayor— exclamó Shigeru al ver la expresión cansada de su superior.

—¡Tú lo has dicho! Pareciera que ese montón de viejitos creen que no pueden dar un solo paso sin que alguien atente contra su vida… ¡Son nefastos a más no poder! Sobre todo ese general… perdón: General de División de cinco estrellas Lorenz.

—¡¿El General Lorenz también vendrá?! Ojalá no tenga que toparme con él, ese anciano se ve muy siniestro— pronunció Maya atemorizada, abrazándose a sí misma.

—Descuida, que no estarán mucho tiempo aquí— Misato la tranquilizó —Por lo que sé no están interesados en un recorrido por las instalaciones, sólo llegarán y se encerrarán en el cuarto de conferencias con el comandante… de seguro tendrán muchas cosas de qué hablar, con lo divertidos que son todos ellos…— pronunció sarcásticamente, para luego lamentarse, sujetándose la frente —¡Dios, pero yo tendré que estar en la comitiva que los recibirá! ¡Qué horror! Estaré en primera fila para el espectáculo de las momias vivientes…

—Pues buena suerte entonces, Mayor— dijo Makoto a manera de despedida, mientras seguía caminando con sus otros compañeros, agradecidos de no tener que compartir la suerte de Katsuragi.

Si bien el Geofrente de la rama de NERV de Estados Unidos no era tan extenso como su homólogo en Japón, no por eso dejaba de ser impresionante. Enclavada justo en el corazón del desierto de Nevada, cubierta tan sólo por llanuras áridas y estériles, se trataba de una instalación subterránea completamente militarizada, la cual había sido utilizada desde mucho antes del Segundo Impacto. Todo un logro de la ingeniería, bastante adelantado a su tiempo.

“El Área 51”. Así es como la llamaban algunas personas cuando la existencia de dicho complejo militar tan sólo se trataba de una clase de mito urbano sin comprobar. Por ende, toda clase de historias se desarrollaban en torno a ella, la mayoría de ellas con artefactos y seres de otros mundos, circulando en casi todos los medios de comunicación.

Anteriormente había sido utilizada para vuelos de prueba para todos los aviones nuevos que el ejército norteamericano desarrollaba, y durante el Segundo Impacto incluso le sirvió de búnker a los miembros de la cúpula política y militar de los Estados Unidos que alcanzaron a refugiarse en el lugar. Ahora, aprovechando la estructura tan práctica y resistente ya disponible, además de la generosidad del gobierno americano, NERV podía tener allí una de sus sucursales distribuidas a lo ancho de todo el globo.

En el transcurso de tantos años una enorme cantidad de armamento había sido desarrollado, probado y aprobado en aquella instalación. Así que continuando con la larga tradición, los presentes tiempos no podían ser la excepción, tal y cómo podían constatarlo Kai Katsuragi y sus acompañantes.

—¿Y bien?— preguntaba con ansiedad el director Miller, detrás suyo —¿Qué te parece?

—¿Qué puedo decirte, Bob?— suspiró el muchacho, mirando hacia arriba —Se me hace que autorizaste turnos extras sin consultármelo…

—¡No seas envidioso, y mejor admite que es una chulada!— pronunció entusiasmado su interlocutor, contemplando orgulloso el arduo trabajo de tantos meses.

Frente a sus ojos se encontraba casi terminado el nuevo Modelo Especial para Combate: el Evangelion Unidad Beta. Se trataba de un espectáculo impresionante, el cual Kai ya casi había olvidado: la construcción de un titán que comenzaba a cobrar vida. La vista le quitaba el aliento a cualquiera. Acomodado de pie sobre una plataforma, el gigante parecía estar aprisionado entre tantos puentes que tenía encima, los cuales le servían al personal para trasladarse a sus distintas áreas de trabajo en el armado de su colosal cuerpo, el cual los hacía verse a la lejanía como unas muy industriosas hormigas, en comparación del robot.

La estructura principal ya estaba casi terminada y tan sólo hacía falta armar y montar algunas piezas en la armadura, además del Entry Plug, observó Rivera haciendo el diagnóstico de los avances en el trabajo de construcción. Era mucho más de lo que esperaba, de hecho estaban adelantados por tres meses respecto al plan original. ¿Cuál era la prisa de esos tipos por terminar tan rápido? A ese paso completarían la construcción en unas cuantas semanas más.

—¿Envidia, yo?— preguntó, divertido —¿De qué? Te recuerdo que fui yo quien diseñó este armatoste y todas las especificaciones de construcción. Es mucho más mío que tuyo, si nos ponemos a verlo con frialdad.

“Pues a mí no me parece tan impresionante” pensó Asuka, harta de tener que estar en ese lugar tan hosco y aburrido, plagado de nerds y demás tipos raros que no dejaban de desnudarla con la mirada. Cuanto más rápido se fueran de ese agujero del demonio, mucho mejor. Olvidaba que nadie, ni siquiera Kai, la había obligado a ir.

—Vamos, vamos, ¿porqué no nos puedes dar algo de crédito, muchacho?— siguió el director Miller con su mismo tono emocionado —Si seguimos a este ritmo terminaremos lo que te llevo casi tres años en tan sólo unos cuantos meses.

—Aún no entiendo porqué tienen tanta prisa en terminar… se supone que Alfa sería el primero en terminarse, pero ustedes ya les llevan mucha ventaja a los chicos de por allá…

—Nos gustan los retos, es todo— fue lo único que obtuvo por respuesta de aquél sujeto tan pálido, macilento y desaliñado, el cual parecía que no había visto la luz del sol en mucho tiempo, al igual que un peine para su cabello rojizo que hirsuto se revolvía sobre su cabeza. El doctor Robert Miller encajaba perfectamente con el estereotipo del científico de cualquier película: ensimismado, descuidado en su apariencia personal y abocado completamente a su trabajo —Sólo tuvimos un pequeño inconveniente con una de las partes, pero ya está solucionado. Permíteme mostrarte de que te estoy hablando, síganme por aquí, por favor— les indicó a los dos muchachos, tomando una banda transportadora que los condujo a otra sección del complejo.

—Ay… mamá…— fue lo único que se le ocurrió decir al joven Katsuragi al momento de toparse con esa hoja en forma de espada de veinticinco metros de altura, la cual casi topaba con el techo.

—Hubieras visto por todo lo que tuvimos que pasar para poder moverla— Miller comenzó con las explicaciones —Rebanó dos grúas, un camión oruga y parte del tercer piso antes de que pudiéramos encontrar un procedimiento adecuado de transportación.

—Diablos, nunca pensé en eso— admitió Rivera —¿Se lastimó alguien?

—No, por fortuna, tan sólo fueron unos cuantos sustos. Nos dio muchos dolores de cabeza, pero ya la hemos terminado. Tan sólo falta el dispositivo de activación y podremos montarla a más tardar en una semana… ¿porqué no te quedas hasta entonces, para que puedas verla en su lugar? Todos aquí lo apreciarían bastante.

La mirada fulminante de Langley fue lo único que necesitó el muchacho para hacerlo desistir de cualquier intento por aceptar la invitación.

—Perdona, pero vamos con mucha prisa— se disculpó a duras penas —Tan sólo nos dieron tres días de permiso y todavía me falta reunirme con el Secretario…

—Entiendo. Supongo que el deber es lo primero, ¿cierto? Es una lástima que te lo perderás: yo apenas si puedo dormir pensando en cómo se verá esta hermosura montada y lista para rebanar ángeles.

—Ya tendré muchas oportunidades de verlo en vivo y a todo color allá en Japón— dijo Kai, un poco intimidado por la manera en que los inquietos ojos azules de Miller brillaban cuando observaban la enorme hoja de metal —Por cierto, ¿es verdad lo que me escribiste en el último reporte?

—Así es. La veta en Yucatán está completamente agotada. Utilizamos lo que quedaba para construir esta espada que tienes frente a ti.

—Es una lástima— suspiró Rivera —Esperaba que quedaría lo suficiente para armar algunas partes de repuesto para Zeta… aunque bueno, por lo que hemos visto a últimas fechas parece que la posibilidad de necesitar alguna es muy remota.

—Tienes razón— asintió Bob —Vimos el video de Zeta contra el último ángel, fue muy inspirador. ¡No puedo creer que haya salido de esa explosión con tan sólo rasguños! ¡Qué poder tiene esa máquina! ¡Si tan sólo…!— su celular timbrando lo interrumpió cuando parecía que iba a empezar a babear —Un segundo, por favor— se disculpó mientras atendía al aparato —¿Sí? Ah, ¿en serio? Bien, voy para allá. Me disculparán unos momentos chicos, hay unas personas que quiero que conozcan antes de que se vayan… ¿Porqué no me esperan por aquí? Enseguida regreso…

—Claro, aquí estaremos— consintió el muchacho para que entonces el director Miller los dejara solos.

—¿Estaban hablando de ese metal súper resistente con el que está construido el Eva Z?— preguntó Asuka cuando se fue aquél hombrecillo enfermizo, haciendo uso de la palabra por primera vez desde que llegaron —Pensé que tú habías hecho esa aleación…

—Soy un chico muy listo, lo admito— comentó Kai, divertido —Pero eso no me hace un mago ó alquimista, linda. A menos de que tuviera una especie de piedra filosofal, no hay forma de que pueda hacer esa cosa de la nada. Se trata de una aleación, en efecto, pero el componente principal fue un metal muy extraño que fue descubierto en la península de Yucatán hará no más de veinte años… y al parecer era tan extraño debido a lo escaso que era. Nos acabamos toda la veta en la armadura de Zeta y en esta espada de aquí.

—Así que sin ese metal, ya no habrá más aleación para los demás Modelos Especiales, ¿eh?

—Eso creo. Aunque por una parte me siento mucho más seguro de esa manera— confesó Katsuragi cuando los dos volvían a tomar la banda transportadora que los llevaría de regreso —Así me aseguro de que ningún geniecillo se aproveche del poder de los Evas, teniendo conmigo al más fuerte.

—¡Qué modesto!— pronunció con sorna la muchacha, advirtiendo la arrogancia en las palabras de su compañero, si bien no podía rebatir sus argumentos al haber experimentado en carne propia el poderío de dicho Eva —Pero tengo que admitir que esa espada de allá se veía bastante peligrosa, más ahora que sé que está construida con ese metal irrompible.

—Y eso que aún no la has visto montada, va a estar de poca madre. Estará enfundada en un dispositivo en el brazo derecho que cuando la saque la hará vibrar a una determinada frecuencia, justo como nuestros cuchillos progresivos y entonces: ¡zas!— pronunció el muchacho cuando cortaba el aire con la mano —Rebanará como mantequilla todo lo que se le ponga enfrente. Va a ser todo un show, ya verás, parecerá como si estuviera hecha de fuego ó de luz pura…

—Te oyes muy emocionado, guapo— observó Langley, sonriendo pícaramente.

—¿De veras? Puede que tengas razón. Debe ser porque me he involucrado mucho con este proyecto, mucho más que cuando construimos a Zeta. De hecho estos pueden considerarse que son los primeros Evas de mi propia creación…

—¿Qué quieres decir? ¿Qué no fuiste tú quien hizo el Eva Z?

—Más bien fue algo así como un trabajo en conjunto— admitió Kai, con aire soñador —Los planos ya estaban hechos desde mucho antes, grabados en unas ruinas mayas que mi padre descubrió… él se encargó de descifrarlos y yo de encontrar la manera de llevarlos a cabo.

—¡Imposible!

—¡De veras! Fue justo cuando comenzó todo este argüende con los Evas, incluso antes del Segundo Impacto. Aparentemente, según lo que contaban las ruinas, el planeta ha sufrido constantes ciclos de destrucción y renovación, llevándose de corbata civilizaciones enteras. Y según estos fulanos todos ellos han sido originados por un solo culpable. Se refieren a él como “El Gigante de Luz”.

—¿“Gigante”?— repitió Asuka, intrigada —¿Crees que se refieran a Adán, el ángel que ocasionó el Segundo Impacto?

—Probablemente, ó quizás así era como le llamaban a los meteoros masivos, no estoy seguro— contestó Katsuragi, rascándose la nuca para entonces continuar su conversación donde la había dejado —El caso es que estos muchachos, queriendo prevenir su extinción encontraron la forma de “aprisionar al gigante” y de esa manera crearon lo que podría considerarse como el antepasado de los Evas y el antecedente directo de Zeta: Nimrod.

—Si mal no lo recuerdo, Nimrod era el nombre del gigante que incitó a la humanidad a construir la Torre de Babel, ¿cierto?

—¡Tétrico! ¿No te parece? Todo empieza a encajar… pero lo chistoso del asunto es que el tal Nimrod y el otro fulano se dieron hasta con la cubeta, y su pelea fue tan sangrienta que de todos modos terminaron por devastar la civilización que tanto habían luchado por salvar.

—Qué bonito cuento, sobre todo el final… entonces, los antiguos dejaron los planos de Nimrod para las futuras generaciones…

—Así es, supongo que sabían que el ciclo comenzaría de nuevo y quisieron dejar algo de provecho a sus descendientes…

—Pues de mucho no sirvió, al parecer…

—Es cierto. No fue hasta después del desastre que comenzamos a tener una idea de a qué se referían los planos. Los tomaron como inspiración para el Prototipo Cero, pero sin comprenderlos totalmente. Y ya mucho después fue cuando le di una revisada al trabajo de mi padre y pude más ó menos dilucidar la tecnología de los antiguos; así que en lo que respecta al Eva Z no tengo mucho crédito que digamos, yo sólo terminé el trabajo de tantos años. Sí, le agregué unas cuantas modificaciones, pero es todo.

—Quién lo hubiera pensado… la tecnología para construir Evas data de hace tanto tiempo. Vaya que eran modernos los antiguos, ¿eh?

—Pero eso no quiere decir que estas nuevas unidades vayan a ser unos lindos cachorritos— continuó diciendo Rivera, entusiasmado —Ya verás todas las mejoras en las que he pensado, sobre todo para Alfa, con ese muchacho es donde pondré toda la carne en el asador… aunque por lo que veo Beta no está quedando tan mal, después de todo…

—Sí, ya puedo ver a qué te refieres— pronunció la joven europea cuando tenía de nuevo enfrente la construcción del susodicho Eva —Puedo ver que modificaste por completo las hombreras. Si quieres mi opinión como piloto, diría que hiciste muy bien…

—¿Verdad que sí? Esas pendejadas parecen alerones, arrastran consigo un enorme exceso de aire que impide mucho la maniobrabilidad. En cambio con este nuevo diseño incluso se podrá tener un mejor movimiento en los brazos.

—Se parecen bastante a las de una armadura de samurai…— observó Asuka —Te basaste en ese diseño, ¿cierto?

—En efecto… me pareció lo más adecuado… y también en el casco, aunque puedes ver que añadí una rejilla para los ojos. No le vayas a decir esto a nadie— el muchacho le murmuró al oído —Pero precisamente me di cuenta que ese fue un error fatal al momento de diseñar la armadura de Zeta: está cubierto de pies a cabeza, excepto por lo ojos. Es su único punto débil.

—¿Y me lo confías a mí? ¡Qué tierno! No sé que decir… que me tengas esa clase de confianza… habla mucho de cuál es el concepto que tienes de mí— le dijo cariñosamente, sujetando sus manos.

—Sólo quería agradecerte que me estés acompañando todo este tiempo— Kai contestó un poco avergonzado, pues todos los estaban viendo —Me imagino lo difícil que es para ti estar en este lugar.

La joven rubia negó vehemente con la cabeza, sin quitarle la mirada de encima.

—Cualquier lugar es grandioso, mientras que esté contigo.

La sangre volvió a agolparse en las mejillas de Katsuragi mientras que la chiquilla comenzaba a levantar los labios para poder besarlo. Preso por completo de su cautivador encanto, el muchacho hizo lo propio para atender el gesto, ya sin importarle en absoluto si tuvieran público ó no.

—Eh… disculpen, chicos— carraspeó el director Miller a sus espaldas, interrumpiéndolos antes de que sucediera algo más.

Sumamente apenados por la indiscreción, los dos muchachos se soltaron en el acto para al instante voltear a ver a Mi