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El Proyecto Eva
Por: Gus (jabarajas@hotmail.com)

Capítulo Catorce: Tinieblas

En algún lugar en el tiempo, una reunión profana se llevaba a cabo. ¿Cuál era la localización de aquél sitio? Imposible decirlo a primera vista. La ausencia de una sola rendija por la que se pudiera escabullir mantenía a la luz desterrada de ese lugar. Todo era oscuridad, por lo que también resultaba difícil suponer siquiera el acomodo y las dimensiones del sitio.

Únicamente se destacaban de la negrura seis grupos de letras rojas, sobre lo que parecían ser un igual número de monitores distribuidos en una hilera de dos, una de tres y al centro se colocaba probablemente el líder de ese extraño grupo, aunque dicha creencia sólo se basa en corazonadas y no en pruebas.

“SOUND ONLY” se leía en inglés en cada una de las pantallas, con su respectivo numeral por encima de aquella leyenda. Al parecer, los asistentes a la reunión eran demasiado tímidos como para presentarse en persona, ó por lo menos dejar su rostro al descubierto; ó quizás aquella era una sociedad tan exclusiva y secreta que ni los mismos miembros conocían las identidades de sus compañeros.

—Caballeros, hasta ahora todo va de acuerdo a lo planeado— pronunciaba el número 1 con su voz cavernosa, haciendo las veces de moderador —Sin embargo, existen dos variantes que no habíamos contemplado en un principio y que pueden alterar los planes de forma drástica si es que lo permitimos.

—Adán y el Evangelion Unidad Z— atajó el 5, adivinando las palabras de su compañero.

—Lilith es indispensable para nuestros propósitos, pero la presencia de Adán es un factor de riesgo innecesario— completó el número 2. Quedaba claro que a aquellas personas les aficionaba el terminar las frases de los otros.

—Si los rumores de nuestras fuentes son ciertos, si el gigante de luz continúa sobre este mundo, debemos eliminarlo inmediatamente— arguyó el 6, sin querer quedarse atrás —Con él aquí, quién sabe lo que podría pasar con la Tierra.

—En todo caso, también debemos apurarnos a tomar partido sobre el asunto del Eva Z. Considero que su intervención es igual de peligrosa que la del Primer Ángel— finalmente intervino el 3, que hasta entonces había permanecido expectante.

—Inclusive más, me aventuraría a decir— terminó el número 4, el último que restaba por tomar parte en la conversación —Ya que su presencia es un hecho, y el problema que representa es bastante real.

—No puedo creer que ese Ikari permitiera la creación de semejante monstruo en sus propias narices.

—Tal vez porque, como yo, vio la oportunidad de utilizar todo ese poder en beneficio propio— contestó el número 1 al comentario del 6 —En realidad, no pienso que por el momento atender esa problemática sea tan apremiante. Podemos aprovechar el poderío de Z en ventaja nuestra, pues él puede hacer más sencilla la labor de destruir a los ángeles, pese a ser sólo un vano esfuerzo de las Naciones Unidas de convencerse de que aún tienen el control de la operación; Schroëder jugó muy bien sus cartas con dicho proyecto.

—Concuerdo con esa teoría: por el momento Z servirá a nuestros propósitos— apoyó el número 2 —En estos momentos debemos confirmar qué tanto de lo que los espías nos han informado es verdad.

—Así es. Tenemos que averiguar cuanto antes si es cierto que Gendo Ikari mantiene oculto a Adán dentro de las instalaciones de NERV— advirtió el 6 — De nada servirá preocuparnos en estos instantes de ese armatoste de hojalata.

—¿Y cómo saber lo que queremos? ¿Introducimos a otro agente infiltrado a NERV?

Entonces, algo se agita en la oscuridad. De la nada, una enorme figura comienza a tomar forma y emerger del plano para delinear una silueta no muy clara, pero con volumen. Si alguien más hubiera estado en la sala hubiera notado que la atmósfera se hacía rancia y electrizante. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Había estado en ese sitio desde un principio? Quién sabe. El pesado calzado que llevaba puesto la enorme figura de casi dos metros, que cruzaba el salón, retumbaba por todo el recinto. Una larga cabellera plateada empezaba a distinguirse con cierta claridad, así como unos fieros ojos que cortaban la penumbra, pues parecían tener luz propia.

—Yo me haré cargo— pronunció el recién llegado con voz de trueno. Aquello no era una petición, sino una demanda, casi una orden.

—¿Usted? Pero…— en el tono del número 3 podía percibirse cierto dejo de temor, intimidado ante la imponente figura.

—La oportuna y reciente disminución de la flota de acorazados europeos me ha permitido instalar varias bases en diversos puntos del Mediterráneo, que me permitirán emprender el avance hacia el continente occidental— reveló el desconocido, para disipar las dudas de aquellos hombres —Desde cualquiera de esos puntos será relativamente sencillo intervenir en el sistema del Geofrente y obtener lo que queremos.

—Que así sea, entonces— respondió el número 1, sin alterar el tono de su voz. Aparentemente, la presencia del extraño no lo alteraba ni un ápice —Lo dejamos en sus manos, Doctor. Haga lo que sea necesario y utilice todos los recursos disponibles para llevar a cabo su empresa. En lo que a mí respecta, caballeros, me atrevo a dar por concluida esta sesión. Esperemos a los resultados de la investigación que haga nuestro buen amigo, aquí presente.

—De acuerdo— asintieron todos los demás integrantes, acatando las resoluciones de su líder y desconectándose casi al mismo tiempo.

Sólo permaneció en aquél lugar ese sujeto, cuya mirada perforaba la más completa oscuridad, meditando en absoluto silencio y calma sobre el rumbo a seguir, rodeado de monitores apagados. En la negrura, sus blancos y firmes dientes brillaron al mostrarlos al momento de sonreír, en un gesto por demás macabro.

La ciudad se había sumido en un periodo de cierta paz que se estaba prolongando para beneplácito de sus habitantes. Era ya el mes de Septiembre, 19 de Septiembre, para ser exactos. Hacía unas dos semanas que las clases habían comenzado, casi un mes desde la última vez que alguna zona de la ciudad hubo de ser evacuada y unos dos meses que ningún monstruo gigante asomaba sus fauces por allí.

La gente ya se estaba malacostumbrando al sosiego, incluso había quien empezaba a pensar que Tokio 3 era un lugar pacífico y placentero para residir. Esto se hacía evidente al dar un vistazo a sus calles, que comenzaban a presentar indicios de actividad propia de una urbe de tales proporciones. Había un poco más de tráfico, tanto de carros como de gente, sobre todo en el centro. Más comercios se propagaban por la ciudad y abrían sus puertas a la clientela. Los edificios habitacionales se estaban ocupando. Y los niños jugueteaban alegremente por las calles, sin ninguna preocupación en mente, sin temor alguno que se asomara por el horizonte. Sólo la vida, la buena vida que debía ser disfrutada mientras se pudiera.

Dos pequeños párvulos, ataviados en uniforme escolar, pasaron a un lado de Shigeru, rozándolo al momento en que corrían alborozados uno tras de otro en medio de risas entrecortadas; el que iba a la cabeza llevaba fuertemente sujeto en su mano derecha un cordón, en cuyo extremo estaba atado un globo con helio.

Aoba fijó su atención en ellos, por unos instantes, mientras recogía de la máquina expendedora su refresco enlatado. Esbozó una ligera sonrisa, enternecido por la escena.

—¡Vamos, ya es mi turno! ¡Préstamelo!

—¡Sólo si me alcanzas primero, tortuga!

Los pequeñines, con las mochilas en sus espaldas, sus pantalones cortos, su delantal y gorrito de marino sobre la cabeza se perdieron de vista a las dos cuadras. El joven técnico de NERV recogió su largo cabello y lo hizo retroceder, al tiempo que ingresaba a la lavandería a sus espaldas.

Iba de civil, ataviado con camiseta blanca de algodón, sin ningún tipo de imagen en ella, pantalones de mezclilla azules, botas y un chaleco negro sin mangas. Además de que en sus espaldas llevaba cargando el estuche donde estaba guardada su guitarra eléctrica. Ahora tenía más tiempo que nunca para practicar sus habilidades, debido a la calma incierta que reinaba en la metrópoli; aparte, no podía darse el lujo de quedarse a la zaga, sobre todo cuando ese desgraciado de Kai había mejorado tanto en su manejo del instrumento. Por alguna extraña razón, de un día para otro fue capaz de tocar “Imagine” como si de un Beatle se tratara.

La paz que se había adueñado de la ciudad también ocasionaba estragos en el personal de NERV, provocando un cierto estado de relajación en casi todos los empleados. De hecho, desde aquella pelea entre los pilotos de las Unidades 02 y Z, ningún incidente de relevancia había acontecido en el Cuartel General. Tal situación provocaba que el personal se distrajera con algunas tareas calificadas como “de menor relevancia”, mientras que los días transcurrían sin traer nada nuevo, aunque siempre con el reflejo predispuesto de aguardar a cualquier circunstancia.

—Vaya, lavar la ropa afuera resulta muy caro— resoplaba la doctora Akagi en el interior de la lavandería, percatándose del costo total de una carga de dos lavadoras y una secadora, al mismo tiempo que sacaba sus prendas del artefacto, las doblaba e introducía en una bolsa hermética.

—Sí que lo es— asintió Maya a un lado suyo, afanada igualmente en la misma tarea —Me gustaría mucho tener tiempo de poder lavarla en casa, doctora.

Ambas también iban vestidas en ropa de civil. Ritsuko llevaba puesta una blusa rosa de mangas cortas, pantaloncillos blancos que le llegaban a la rodilla y unas sandalias, que aunque cómodas, no combinaban con su conjunto. Por su parte, Maya vestía aún de manera más confortable, con una amplia camiseta amarilla, estampada, que dejaba todo a la imaginación, así como unos shorts deportivos negros y unos tenis blancos calzando sus pies.

—Ah, podría ser peor— comentó Shigeru cuando entraba (había salido cuando las dos mujeres empezaron a sacar a relucir las prendas íntimas) y extendía un par de latas con soda a sus acompañantes —Por lo menos aún podemos ir a dormir ahí.

Los dos técnicos, Shigeru y Maya, además de ser colegas, eran amigos muy íntimos. Solían pasar gran parte del tiempo juntos y salir a distintos lugares de esparcimiento, lo que en muchas ocasiones se prestaba a mal interpretaciones que llevaban a pensar a todos aquellos que en verdad no conocían a Ibuki que los dos eran pareja romántica; así cómo a Allison, la novia de Aoba, que casi enloquecía de los celos.

Ambos habían ido a lavar su ropa, aprovechando uno de los descansos en el trabajo, y por casualidad se habían topado en la lavandería con la doctora Akagi.

A decir verdad, parecía que al personal del Geofrente le estaba dando por tomar una pose mucho más relajada, pues el grupo también se encontró en el metro al segundo al mando, Kozoh Fuyutski, quien leía el rotativo matutino quitado de la pena, con la pierna cruzada y cómodamente instalado en uno de los asientos del vagón.

—Subcomandante Fuyutski— pronunció Ritsuko con cierta familiaridad, asomándose por encima de su bolsa de lavandería —Qué sorpresa encontrarlo aquí.

Los oficiales de menor rango prefirieron no descuidar las formas y los dos saludaron en tono marcial casi al mismo tiempo, cuadrándose por mero reflejo:

—¡Buenos días, señor!

A su vez, Fuyutski miró con desdén a los recién llegados por encima de su periódico, frunciendo el ceño y refunfuñando tal cual lo haría un anciano malhumorado, para después mascullar entre dientes:

—¿Qué tienen de buenos?— y luego sumergirse de nuevo en el diario, en cuya primera plana anunciaban las ya próximas elecciones para el Concejo Ciudadano.

Enseguida la rubia fue a sentarse como si nada a lado del viejo, mientras que sus acompañantes, intimidados por su presencia optaron por quedarse de pie, en señal de respeto más que otra cosa.

—Se deja usted mostrar más temprano de lo acostumbrado— observó la científica, en tono cargado con un poco de ironía.

—Me dirijo al centro en representación del comandante— confesó con tal de que aquella mujer lo dejara leer en paz.

—Ya veo. La junta del Comité es ahora, si no me equivoco, ¿cierto?

—Es un desperdicio de tiempo— escupió el viejo con sumo desprecio —Ese Ikari siempre me relega los asuntos sin importancia; aunque a decir verdad, no sabría como sobrellevarlos sin la ayuda de MAGI.

—Así que las elecciones para el Concejo Ciudadano están próximas— señaló Akagi, leyendo las letras grandes en el periódico, sin saber la gran cosa acerca de ese asunto. En realidad, al igual que el subcomandante, no prestaba mucha atención a esas trivialidades, pues sabía de antemano quién era el que en realidad llevaba la batuta en esa ciudad.

—Sabes bien que eso es una fachada— la reprochó el anciano, agotada su paciencia —Quien en verdad está a cargo de esta ciudad es MAGI.

—¿Nuestras tres súper computadoras?— exclamó Maya, asombrada.

—Así es— asintió Kozoh, resignado a la compañía por lo que le quedaba del viaje, guardando la prensa —Las tres computadoras deliberan entre sí y deciden por mayoría. De esta manera se siguen exactamente los fundamentos del sistema democrático.

—Entonces, ¿el Concejo solamente se guía por las decisiones de MAGI?

—Eso es correcto. Hasta ahora ha demostrado ser una forma muy efectiva de gobierno, y minimiza los gastos.

—La ciencia sostiene por completo a esta ciudad— notó Ibuki, con aire soñador —Vivimos en una época en la que la ciencia lo es todo.

—Y yo que fui a votar— se lamentó Shigeru, olvidando las formalidades y recargándose en la asidera.

—Por cierto— pronunció Fuyutski, dirigiéndose a la mujer a su lado —Me parece que ahora tienen programado un experimento en la Unidad Cero, ¿no es así?

—Efectivamente— corroboró la oficial, despreocupada —El segundo experimento para extender su período de activación se llevará a cabo el día de hoy a las 10: 30 de la mañana.

—Hum, espero recibir buenas noticias— murmuró el viejo, para luego taparse su apergaminado rostro con el diario, reanudando su lectura.

Claro, que más hubieran querido Akagi y todo su equipo de colaboradores sino entregar buenas cuentas a la comandancia sobre las pruebas que estaban efectuando a encargo expedito del mismo Ikari. Sólo que a veces las circunstancias, como ocurrió en este caso, no permiten cumplir con lo planeado en el tiempo requerido. Esta situación se acrecentaba aún más al tener como material de trabajo a un Eva tan caprichoso cómo lo era Cero, que oponía siempre todo tipo de resistencia a colaborar con sus creadores.

La señal de “Emergencia” que surgía en los paneles de la estación, con sus tonos estridentes y sus luces amarillas y rojas, ya comenzaba a sonar monótona, a unas cuantas horas de haber empezado el experimento; el cual, por cierto, realizaban sin la presencia de la piloto.

—¡Aborten la prueba!— ordenó Ritsuko, con continente cansado —¡Apaguen los circuitos! ¡Y de una vez, esa desgraciada alarma también!

—Circuitos apagados— indicó Maya, al tiempo que el hangar donde se encontraba de pie la Unidad 00 se ponía a oscuras.

—Energía restablecida— anunció otro oficial técnico, a la vez que las luces exteriores volvían a encenderse.

—Hay un problema, tal y como me lo suponía— notó la mujer rubia, al observar su panel de control.

— Es verdad— corroboró Maya, al comprobar los datos —La eficiencia de conversión está al 0. 0008 por ciento debajo de lo estimado.

—Está exactamente en el punto de tolerancia. ¿Qué es lo que haremos ahora, doctora?— preguntó un joven técnico de bajo rango, como su uniforme color naranja lo indicaba.

—Bajen la conversión recíproca al 0.001 por ciento e inténtenlo de nuevo.

—De acuerdo— asintió todo el personal presente, desde sus puestos de trabajo, en su mayoría parte del equipo de oficiales técnicos a las órdenes de Ritsuko.

—Muy bien, empecemos con esto… de nuevo— pronunció con cierto hastío la científica.

Y mientras sus subordinados ponían manos a la obra cuanto antes, Akagi se dio el lujo de sumergirse en sus propias reflexiones, cruzándose de brazos cuando observaba por el grueso cristal frente a ella al monstruo azul que se erguía en toda su extensión allá afuera. ¿Qué era lo que en realidad estaban haciendo allí? Oficialmente, intentar prolongar el período de activación del Prototipo sin el cable umbilical. Sin embargo, la doctora no era ninguna neófita, ni mucho menos ingenua, para no suponer que la ausencia de la piloto obedeciera a un propósito, el verdadero de ese inusual experimento que llevaban a cabo en esos momentos: el comandante estaba tratando de poder activar los Evangelions prescindiendo por completo de los pilotos. ¿Porqué y para qué? De eso no estaba segura, pero una cosa era cierta: No era por la seguridad de los niños que tenían que tripular a aquellas bestias mecánicas.

Existía la posibilidad de que se tratara de una medida desesperada para mantenerse bien parado en el Consejo de Naciones, una vez que el plan de la producción de más Unidades Especiales para el Combate, a cargo de Kai Katsuragi, estaba ya puesto en marcha. Si el experimento tuviera éxito, el encontrar pilotos ya no sería ningún obstáculo y esa ventaja superaría incluso al ambicioso proyecto que tenía entre manos Katsuragi.

Quizás en parte se debiera a eso, pero conocía bastante bien a Gendo como para presentir que había un motivo oculto en su proceder. Algo aún más allá de la enorme comodidad que supondría el poder operar a los Eva casi a control remoto.

De nuevo la alerta irrumpió en la sala con estrépito, con sus luces rojas intermitentes.

—¡Les dije que apagaran ese fregadera!— rugió Akagi, reincorporándose de lleno a la investigación.

—¡Misato!— Kaji corría desesperadamente por el corredor, en cuyo final estaba el ascensor que toda costa quería alcanzar —¡Por favor, espérame! ¡Misato, haz que se detenga!

La mujer en el interior del elevador pretendió hacerse oídos sordos, ignorando las súplicas del pobre hombre que corría hacia el artefacto como alma que lleva el diablo. Las puertas estaban por cerrarse justo en su cara, cuando en cuanto apenas alcanzó a detener el movimiento, poniendo la mano sobre el sensor, lo cual permitió retrasarlo sólo un poco, el tiempo suficiente para introducirse en él pese al evidente enojo de la capitana Katsuragi.

—Uf, un poco más y no lo lograba— comentó el hombre, recuperando el aliento, una vez que el artefacto se puso en movimiento —Bueno, a decir verdad, tú también te ves de malas el día de hoy, querida Misato.

—Sí, y eso es porque tuve la desgracia de toparme contigo— masculló la susodicha, cuando se cruzaba de brazos y se recargaba sobre una de las paredes.

Ryoji continuó de pie en su sitio, tan largo como era y con esa imborrable sonrisa socarrona que le caracterizaba y que tanto enfurecía a la militar, no obstante que antaño ese era uno de los detalles que tanto le atraían de él. Aquellos dos tenían mucha historia juntos, aunque no quisieran admitirlo directamente. A fuerza de ser sincero, ambos entrañaban con cierta melancolía y añoranza aquellos días mágicos en los que sólo estaban ellos dos, y el camino libre por delante. Eran como el viento, con la libertad de ir a donde les placiera, hasta que el deber, las obligaciones de una vida atareada los encadenaron. Pero sobre todo, el tener que cuidar a un infante de apenas cuatro años de edad fue lo que se interpuso entre ellos.

Repentinamente el ascensor empezó a vacilar, sin estar muy seguro de querer llegar a su destino, hasta que se detuvo completamente. Por mero reflejo los dos voltearon hacia el techo, sólo para atestiguar como las luces se apagaban y la energía de desvanecía por completo.

—Vaya, una falla de energía— suspiró Kaji, resignándose a quedar atrapado en el reducido cubículo.

—Es imposible que eso suceda— le respondió Katsuragi —Esto es algo muy extraño… ¿habrá sucedido algún accidente? ¿Ó no habrás tocado algún botón equivocado?

—¿Yo? Para nada… quizás Ritsuko echó a perder algún experimento.

—El sistema de energía principal no está operando. El voltaje marca cero— comunicó en el acto un técnico del equipo de Akagi, minutos después de que la oscuridad invadiera las instalaciones tan abruptamente.

—No me vean así. Yo no hice nada— pareció disculparse la científica, cuando todo el personal volteó a verla como buscando una respuesta.

La mano sostenía con dificultad el auricular, acalambrada y sudorosa. Había constituido un esfuerzo titánico el introducir la tarjeta con el crédito por la ranura del aparato y marcar en él el número deseado. Mientras que el aparato daba el tono de marcado, Shinji volvió la vista hacia el exterior de la apretujada cabina telefónica, hacia la acera de enfrente en donde Rei aguardaba pacientemente, con su misma actitud parsimoniosa y desinteresada de todos los días.

—Muchas gracias por hablar a los cuarteles generales de NERV: “Con Dios en Su Cielo, todo está bien en el mundo”— respondió la máquina contestadora con voz fría y mecánica, desde el otro lado de la línea —Si desea pedir informes acerca de nuestra organización, marque el 1, ahora… si desea comunicarse con nuestro departamento de quejas, marque en su teléfono el 2, ahora…

El nerviosismo lo consumía, pero era preferible a tener que soportar un momento más la caminata hacia el cuartel en compañía de Kai y de Asuka. Resultaba repugnante apreciar cómo al cabo de apenas unas tres semanas su relación parecía mejorar día con día. Las conversaciones tan animadas que sostenían (de las que, por supuesto, era excluido), los jugueteos entre los dos, las miradas tan tiernas que se dirigían, el tono con el que a veces hablaban y se acercaban cada vez más al hacerlo… en una ocasión sus labios casi se rozan. Todo aquello resultaba un golpe muy fuerte para el joven Ikari, que impotente atestiguaba como una vez más volvían a hacerlo a un lado. Justo ahora, hace unos cuantos minutos, mientras los cuatro pilotos caminaban apaciblemente por la calle, de la escuela a sus sesiones de entrenamiento, Langley se tomó la suficiente confianza como para pasarse por encima del hombro el brazo de Rivera, y desde luego, éste no tuvo objeciones al respecto, olvidando convenientemente que días atrás lo único que deseaba era ahorcarla. En ese momento, los una vez rivales a muerte paseaban tranquilamente uno junto al otro, felices de la vida.

—… si desea ser atendido por una de nuestras operadoras, espere en la línea, ó si por el contrario, conoce el número de extensión al que quiere llamar, marque asterisco, ahora…

El muchacho marcó apuradamente la tecla que se le indicaba, temiendo permanecer esperando allí toda su adolescencia.

De nuevo Shinji perdía la carrera por el corazón de una jovencita, debido en gran parte a su actitud timorata y al declararse a sí mismo incapaz de competir seriamente con su compañero para conquistar a Asuka. Así que pretendía eludir la realidad a toda costa, por lo que se las ingenió para excusarse de la compañía de los demás chicos, arguyendo que debía hacer una llamada telefónica. Para su desgracia (ó buena fortuna, depende desde donde se le quiera ver) Ayanami se ofreció a esperarlo. Ayanami. Una vez más, miró hacia fuera, a donde ella se encontraba. Hasta ahora pensaba en ella. ¿Cómo se sentiría al ver a su ex novio con otra, enfrente de sus narices? Podría preguntárselo, pero en realidad no era capaz de armarse de tanto valor como para hacerlo tan abiertamente. Una cosa era segura: si aquella circunstancia le molestaba en algo, se lo guardaba muy bien, como lo hacía con el resto de sus sentimientos. En el trayecto no había pronunciado palabra, observándolos distraídamente, como si no estuvieran allí. Ni un gesto de molestia alguna, ó inconformidad. Nada. Sólo su máscara habitual de frialdad y ausencia.

Quizá no era tan malo, después de todo. Ya que Kai se había alejado totalmente de ella y disfrutaba de lo lindo con la alemana, eso le dejaba el camino despejado justo hasta con Rei, y hasta se había ahorrado la penosa tarea de decidir a cuál de las dos escoger, cuando las tenía a ambas más o menos al alcance.

Además, ya tenía tiempo queriendo hacer esta llamada y…

—Oficina de Gendo Ikari, ¿en qué podemos servirle?— contesto otra voz femenina, pero esta vez sí era una persona al habla.

—Ah, buenos días… disculpe, habla Shinji Ikari… ¿podría decirme si el comandante Ikari se encuentra en estos momentos?

—Sí, espere, por favor. En un momento se lo comunico.

El chiquillo tragó saliva, esperando de un momento a otro escuchar la voz gruesa de su padre por el auricular. Se frotó la mano empapada de sudor en su pantalón escolar, al tiempo que seguía esperando.

—¿Qué es lo que quieres?

—Ah… eh… yo…— comenzó a balbucear el infante, sorprendido por lo súbito de la pregunta, sin ninguna formalidad de por medio.

La triste verdad era que, pese a todo lo que intentara dijera ó pensara a solas, confrontar a su padre seguía siendo bastante difícil para él, sino que imposible. Sentía un pavor paralizante con tan solo escuchar su voz.

—Estoy muy ocupado, si quieres algo, dilo de una vez— terció de nuevo su progenitor, cada vez más impaciente.

—Ah… b- bueno… ahora… en la escuela… nos pidieron que informáramos a nuestros padres… de una reunión vocacional que habría con los maestros… es un asunto sobre aprovechamiento académico y…

—Es deber de la capitana Katsuragi atender todo ese tipo de cuestiones, así que no te atrevas a volver a quitarme el tiempo con tus tonterías, ¿entendido?

Y entonces la línea se cortó. No, para qué hacerse ilusiones, lo más probable es que hubiera colgado. Por su parte, Shinji hizo lo mismo, mirando cabizbajo la punta de sus zapatos tenis mientras retiraba su tarjeta de la máquina. Habían trascurrido ya casi seis meses desde que llegó a Tokio 3 y su objetivo primordial al ir a dicho lugar, la tan anhelada reunión con su padre, aún no se cumplía. Lo cierto es que él se esforzaba y se esforzaba en llamar su atención (tripular un monstruo mecánico sería un claro ejemplo de ello), en crear vínculos entre ellos, en acercársele, pero su padre siempre terminaba por hacerlo a un lado. Para él, sólo era un piloto Eva más, sin ningún mérito propio. Tan sólo una herramienta más para llevar a cabo sus propósitos.

Más desmoralizado que antes de entrar, salió de la cabina, listo para reunirse con Ayanami, quien había estado esperando pacientemente todo ese tiempo. Su padre. Para él, era un perfecto desconocido. Una barrera imponente se alzaba entre ellos dos, y esa barrera había sido levantada por él, por él y su obsesión disparatada hacia el trabajo. Su figura, tan distante y extraña, era un impedimento para poder sincerarse con él y decirle lo que de veras pensaba. Resultaba impotente no poder dirigirse a alguien que supuestamente debería ser tan cercano, cómo aquél que se encargó de engendrarlo. Hablar con él, eso era lo que más quería en esos momentos. Una oportunidad de estar a solas y entonces desembarazarse de tantos pensamientos ocultos, tantas cosas enterradas entre los recuerdos de la infancia.

Emprendieron de nuevo la marcha, él y Rei. Ella no le hizo pregunta alguna, limitándose a seguirlo mientras caminaba como en trance por la banqueta. Unos cuantos pasos después se detuvo, volteó a verla, como si apenas se percatara de su presencia y luego continuó con su andar. Fue Shinji el que preguntó en ese instante:

—Ayanami, ¿de qué hablas siempre con mi padre?

Más que un reclamo, la interrogante estaba cargada de una curiosidad insaciable, y así fue como lo entendió la jovencita, que, un tanto sorprendida, y aún a sabiendas de que no se debe responder una pregunta con otra, igualmente revirtió, en ese tono tan dulce que usaba:

—¿Porqué quieres saberlo?

—Pensaba que… quizás podría conversar un poco con él, uno de estos días— dijo el joven Ikari, reflexivo —Pero parece que nunca sé qué decirle….

—Entonces… ¿lo que quieres es platicar con tu padre?

El muchacho vaciló un poco, antes de responderle, no tan convencido al respecto:

—Eh… supongo que sí— y después, aclaró, cuando atrapaba una hoja marchita en pleno vuelo —Ya sé que si hablamos nada va a cambiar… pero es sólo que, en estas condiciones, es decir, detestando de esta manera a mi padre… me es bastante difícil seguir siendo un piloto de Eva. Después de todo, él es la razón por la que me metí en todo esto.

—En ese caso, deberías decírselo— le aconsejó la muchachita, plantándose firmemente en su lugar, obligando que Shinji volviera la vista a donde estaba —Sería mejor que le dijeras lo que piensas en verdad.

—¿Tú crees?

—Sí. Si no se lo dices, todo seguirá igual que siempre.

Ambos permanecieron donde se encontraban por un rato, mirándose fijamente el uno al otro. Una brisa refrescante comenzó a silbar sobre sus cabezas. Cuando sus ojos se encontraron, los dos voltearon, apenados, decidiendo continuar con sus andanzas.

Caminando cuesta arriba, sobre una calle empinada, Ikari no podía pensar en otra cosa cuando miraba a escondidas a Rei que: “Dios, cuánto la amo. ¡Simplemente es perfecta! Y ya se está empezando a preocupar por mí”.

—Y bueno, ya que estás tan interesado en saberlo— prosiguió la joven japonesa, una vez repuesta de la impresión —Sólo hablamos de trabajo. Nada más de trabajo, pese a lo que puedan pensar tú ó tu amigo. Aunque parece que se preocupa por mí, en realidad sé que está pensando en otra persona, no sé quién. Pero, en lo que a mí respecta, ese detalle me tiene sin cuidado.

Acabadas de pronunciar estas palabras, los dos guardaron silencio nuevamente. Caminaban calladamente uno al lado del otro, por las desiertas banquetas, con un montón de pensamientos ocupando sus mentes. Al chiquillo, sobre todo, le desconcertaba eso de “la otra persona” que su padre parecía ver en Ayanami. Era un asunto muy raro todo ése.

—Lo siento— se disculpó Rei, algo avergonzada por haberse explayado de esa manera —No era mi intención contarte todo esto. Creo que sólo te confundí, y para serte sincera, ni yo misma me entiendo; pero, por favor, no vayas a comentarle nada de esto a Kai, ¿sí?

—Claro que sí, pero explícame…

—¡Ah, con que al fin llegan!

El tono burlón de Asuka los atajó desprevenidos. Al instante voltearon a la fuente del sonido, percatándose que tanto ella como Katsuragi se habían quedado esperándolos, sentados en una parada de autobús.

—Ojalá que no estemos interrumpiendo nada íntimo entre los dos— continuó la joven europea, poniéndose de pie, lista para reanudar la marcha —Pero Kai insistió en que los esperáramos, aún cuando sólo se quedaron atrás sin decir nada.

La muchacha se acercó cándidamente a Ikari, guiñándole un ojo en gesto cómplice.

—¡Vaya, vaya! ¿Quién lo hubiera pensado? ¡El pequeño Shinji y la chica maravilla! Y hablando de parejas disparejas…

El japonés se ruborizó con la sola idea de él y Ayanami juntos, quedando indefenso ante las acometidas de su compañera, a la cual sólo le respondía con monosílabos, mientras se rascaba la nuca. ¡Diablos! Sí que era impertinente esa mocosa. Y parecía disfrutarlo. ¿Porqué carajos habrán tenido que esperarse allí? Pues claro, si fue idea del maldito Kai. De seguro Rei ya no se le iba a querer acercar.

—Eh… no… yo… eh… ella… tú…

—Ya párale, Asuka— intervino Rivera por primera vez, cuidando su tono con tal de no ofender a nadie. Observó de reojo a Rei, que se mantenía al margen de la situación, interrogándola con la mirada. La indiferencia fue su única respuesta —Sólo estás poniendo nervioso a Shinji. Además, lo que ellos dos quieran hacer a solas no es asunto que nos incumba. Mejor sigamos adelante.

Y acabadas de pronunciar estas palabras volvió a cargar con su mochila en las espaldas, poniéndose de pie y continuando su camino hacia el cuartel. Todos los demás imitaron su ejemplo, siguiéndolo por la banqueta.

—Supongo que tienes razón— dijo Langley, poniéndose las manos sobre la nuca mientras caminaba —Sería una pérdida de tiempo interesarse por la vida amorosa de estos dos.

—Ya no sean malpensados— se excusó Shinji, agitando los brazos —Lo único que hice fue hablar por teléfono.

—Ah, con que para eso querías saber el número de extensión de la comandancia, ¿eh?— adivinó su compañero, un poco más adelantado que el resto, recordando que su amigo le había preguntado por ese dato unos días antes —¿Y…? ¿Qué pasó? ¿Pudiste hablar con tu papá?

—Pues… no…

—Lo sabía— pronunció Rivera, volteando a verlo —Pude habértelo dicho antes. Que te atienda por teléfono es algo muy difícil… usualmente, es él el que llama a las personas, y no al revés.

—Bueno, eso es entendible— continuó Asuka, jugueteando con su maletín —Ya que el comandante es un hombre muy ocupado.

—Lo que pasa es que…— Ikari quiso pretextar algo, lo que fuera, con tal de no quedar en ridículo con sus acompañantes —La llamada pareció cortarse antes de que estuviera al habla… eso debió ser.

“Sí, claro” pensó su compañero piloto, guardándose ese pensamiento con tal de no herir todavía más las susceptibilidades de su afligido camarada.

—Siendo hombre no deberías preocuparte tanto por esas pequeñeces, ¿sabes?— comentó la jovencita rubia, avergonzada por el comportamiento de su colega.

—No me digas— le respondió Shinji, fastidiado de esa conversación.

Los minutos pasaban uno tras otro, y ellos seguían estancados allí, sin poder moverse ni avisar de su situación. Lo bueno es que sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra, por lo que podían distinguirse fácilmente tanto el uno al otro como donde estaban ubicados todos los controles.

Al parecer de Kaji, la situación no pintaba tan mala, después de todo, pese al innegable malestar de Misato al tener que permanecer encerrada con él por un periodo de tiempo indefinido. La oportunidad bien podría ser aprovechada.

—¿Y? ¿Qué opinas, capitana?— pronunció con su imborrable sonrisa, cruzándose de brazos —¿Qué piensas que deberíamos hacer ahora?

—Nada— respondió apuradamente la militar, adivinando por donde quería ir con aquella pregunta —Es obvio de de un momento a otro se activarán los transformadores de reemplazo, ya lo verás.

“Atrapada en este mugroso elevador con este miserable” refunfuñaba la impaciente mujer, retorciéndose. “¿Qué más puede salir mal?”

Pero, pese a la confianza de Katsuragi en el sistema de energía alterno, en la Sala de Mando Shigeru le tenía malas nuevas, una vez que revisó sus datos. Cosa harto complicada en la oscuridad casi total en la que tenían que desenvolverse los atareados técnicos, indagando las causas del desperfecto y buscando una solución lo más pronto posible.

—Los transformadores de reemplazo tampoco se encuentran operables— le comunicó a su superior, el subcomandante Fuyutski, que respiraba malhumorado detrás suyo.

—¡No puede ser!— profirió, furioso con el resultado —¿Qué circuitos son los que están funcionando?

—Únicamente el 1.2 por ciento— le contestó una técnica de menor rango que se encontraba en el nivel inferior, por lo que tuvo que hacer bocina con una mano para que la pudiera escuchar —Tan sólo 9 de 2567 circuitos.

—La energía disponible debe ser utilizada para mantener alimentado a MAGI y al Dogma Central, Aoba— decidió inmediatamente el viejo, dando las órdenes pertinentes.

—Señor, eso interferirá con los sistemas de soporte de vida.

—¡Eso no importa!— reclamó al instante, hecho una fiera. La verdad es que estaba muy asustado por la inevitable catástrofe que se avecinaba —Háganlo, es una prioridad.

¿Qué es lo que le estaba sucediendo al Geofrente? ¡Esa situación era imposible! Ni siquiera en el peor escenario de pesadilla se habían imaginado que algo así pudiera acontecer, por lo menos no sin que fuera deliberado.

“Que el Cielo nos ayude” pensó el anciano con la frente perlada de un sudor frío. Aunque después se puso a cuestionar la validez de su súplica. ¿Acaso cualquiera de ellos estaría permitido a pedir un auxilio de esa naturaleza?

El estilo de vida de los ciudadanos de Tokio 3 parecía estar imperturbable. Quizás lo único que interrumpiera aquél trance fuera el ambiente propagandístico propiciado por las próximas elecciones, que se acercaban. Pese a lo que dispusiera MAGI, los participantes en dicha contienda ponían todo su empeño en representar un papel digno en aquella farsa.

Así pues, un innumerable ejército de mantas, carteles y consignas tapizaban las principales avenidas de la metrópoli, queriendo convencer a la gente de votar por el candidato X ó por el contrario, por el Y.

Era curioso poder contemplar de lejos el ambiente casi festivo instaurado en la urbe por dicho proceso electoral. Las campañas traían algo de color a las enormes estructuras grises que decoraban el centro urbano, además de que rompían con lo tediosa monotonía que generalmente reinaba en toda la ciudad.

—Recuerden, en las próximas elecciones voten por su amigo, el candidato Takahashi Nozumo— pregonaba incesantemente un carro de campaña, compacto y vistoso, con un altavoz adaptado en el techo, cuya letanía era recitada por una entusiasta joven contratada para tal efecto —El candidato Takahashi Nozumo, el amigo del pueblo, agradece de antemano su apoyo, sabiendo que con éste se podrá conseguir el triunfo en su propuesta.

Sin hacer gran caso de la constante petición que le hacían, Hyuga salió apuradamente de la misma lavandería a la que Ritsuko y sus alternos habían acudido un par de horas antes. Ya era mediodía y se le comenzaba a hacer tarde para el principio de su turno.

Cargando con sendas bolsas llenas de ropa, esperaba del otro lado de la calle a que el semáforo le diera luz verde para cruzarla y dirigirse cuanto antes a la estación del metro, el medio más rápido y efectivo para llegar a su empleo.

Si estuviera cargando con su propia ropa no estaría tan inquieto, pero no era así.

—Vaya mujer que es la capitana Katsuragi— suspiró, aunque en esta ocasión no lo hizo con tono de enamorado, como solía hacerlo, sino mas bien como un reclamo a sí mismo por dejarse manipular tan fácilmente —En mi opinión, ella misma debería llevar su ropa a lavar.

Observó con detenimiento el bulto que cargaba en sus brazos, y al reconocer algunas de las prendas de su superior, sintió un tumbo en el corazón. Las oprimió contra su pecho. Pese a todo, aquella resultaba una espléndida forma de tener al objeto de su adoración de alguna manera cerca de él. Después de todo, ella había usado esas vestimentas. Su cuerpo había estado alguna vez dentro de ellas. Aspiró el aroma de las telas limpias, aún impregnadas con la fragancia del detergente. Y en realidad, era muy poca cosa lo que hacía por ella, ahora que lo pensaba. Después de todo, la capitana tenía muchas otras obligaciones que atender, y esos chiquillos haraganes que plagaban su casa no ayudaban mucho.

—Bueno, pues qué se le va a hacer— pronunció abatido, rindiéndose a la confortante sensación que le proporcionaba la ropa de Misato contra su pecho.

Todo fuera con tal de ganarse su valiosísimo afecto, pensaba. Posiblemente, con un poco de esfuerzo y paciencia, algún día ella notaría que existía.

Sin embargo, pasar todo ese tiempo con la cabeza en las nubes le había impedido percatarse hasta ese momento que el semáforo había dejado de funcionar inexplicablemente; eso, y que ya se le habían hecho diez minutos tarde.

—¿Estará descompuesto?— se preguntó a si mismo, ajustándose sus anteojos, para luego voltear a ver su reloj en la muñeca —¡Oh, no! ¡Llegaré tarde!— y entonces salir disparado hacia donde se encontraba el metro, una vez que se aseguró que no había carros a la vista.

Por suerte, Shinji ya no había tenido que soportar más comentarios hirientes durante el recorrido hasta la entrada al cuartel. Una vez dentro, encontraría la forma de volver a escabullirse, así en el entrenamiento ya no habría forma alguna de que lo molestaran.

Pero, ¿acaso podría escapar por siempre de la triste verdad? Su mejor amigo acaparaba por completo la atención de la chica a la que quería con desesperación. ¿Cómo evadir aquella realidad, que tenía que sufrir a diario, que lo golpeaba en la cara cada vez que dirigía dolorosamente la mirada hasta donde se encontraban? ¡Y tenía que verlo todos los días!

Era insoportable, pese a ya vivir en un espacio más grande, con cuartos separados (de todos modos, debía seguir compartiendo cuarto con Kai). Su apesadumbrado corazón ya no podía más. Primero Rei, ahora Asuka. ¿Porqué se empeñaba tanto en arrebatarle a toda muchacha en la que pusiera sus ojos? ¿Es que era una especie de entretenimiento cruel para él?

Su afligida alma lloraba muy en su interior, mientras que él observaba impotente como Langley era apartada de su lado, inevitablemente, por alguien con mucha más presencia, talento y carisma que él. ¿Qué podía hacer él para evitarlo? Nada. Tan solo mirar. Mirar impávido como sus sueños se hacían añicos, junto con su corazón. ¡Estaba harto de todo! ¡Tenía tantos deseos de gritar, de desquitar la rabia de su frustración con cualquier cosa! ¿Porqué debía siempre perder en la carrera del amor? ¿Porqué razón debía ser el eterno desafortunado en las cuestiones sentimentales?

Pasó su identificación por la ranura de entrada, listo para escapar y perderse en cuanto la imponente puerta blindada le permitiera el acceso. No obstante, nada ocurrió. Creyendo que había cometido algún error en el procedimiento, volvió a pasar la tarjeta magnética por la ranura, esta vez con mucho más cuidado que la anterior. Y sin embargo, nada sucedió. La imponente pared fortificada con acero de un metro de espesor no se movió ni un ápice. El dispositivo de la entrada ni siquiera se encendió.

Percatándose de su predicamento, sin mediar palabra Ayanami repitió por su parte el proceso, obteniendo los mismos resultados nulos. Aquello comenzaba a tornarse perturbador. Sin encontrar explicación alguna para el desperfecto, Rei solamente observó detenidamente su tarjeta de identificación, que casi siempre le permitía el acceso al complejo de instalaciones secretas. Sin embargo, ahora no era así.

Impaciente como de costumbre, Asuka intervino, haciendo a un lado a su compañera de un empellón, lista para volver a salvar la situación o tan sólo empeorarla aún más.

—¡A un lado! ¿Qué se supone que están haciendo? Llegaremos tarde por su culpa, despistados...— refunfuñaba mientras pasaba violentamente su tarjeta sobre la ranura.

De nuevo, nada. Pero eso no podía dejar satisfecha a la chiquilla europea, quien insistió una y otra vez, desesperada ante su fracaso. Y así se lo hizo notar a sus acompañantes.

—¡¡¡Arghhhh!!!— gruñó hecha una furia, para luego asestarle una patada al aparato —¡Maldita chatarra inservible! ¡De seguro se descompuso!

—No lo creo— pronunció Rivera, frente a otra puerta de a lado —Ninguna de estas otras entradas funciona. Algo debe haber pasado allí adentro. Síganme los buenos, hay que ir a ver qué le pasa a Misato y al barbas de chivo.

Otra vez Kai tomó la punta del grupo, dirigiéndose a otro acceso por donde sería más probable que pudieran entrar. Tenía prisa por llegar, pues de nuevo tenía esa extraña sensación en su interior, aunque pretendía ocultarla tan bien como pudiera con sus comentarios chapuceros.

—¡Kai! ¡Espérame!— gritó la joven alemana a la vez que se apuraba a darle alcance.

—Muy bien, ya escuchaste a Don Perfecto— murmuró Shinji, molesto al observar como la muchacha corría al lado de su compañero.

Rei se limitó a observarlo con esos grandes ojos escarlata, parpadeando varias veces, guardándose cualquier posible comentario.

Las comodidades tecnológicas de las que gozaban, y a las que tan fácilmente se habían acostumbrado los empleados del Geofrente se extrañaban más que nunca en esos agobiantes momentos. Incluso la acción más sencilla, como el abrir una puerta, se tornaba toda una faena en esas condiciones tan precarias, sin suministro alguno de energía.

Así que tenían que arreglárselas como pudieran, a la antigua. Y como siempre, los técnicos de más bajo rango eran los que tenían que ensuciarse las manos. En ese mismo instante una cuadrilla completa de ellos intentaban forzar la puerta que permitía el ingreso al laboratorio, procedimiento que habitualmente era automático, pero sin electricidad...

Los hombres resoplaban, empujando con todas sus fuerzas el extremo de las varas metálicas que sostenían, mientras que la puerta valientemente se resistía. Al final, con un sonido hueco, ésta cedió completamente, abrumada por la fuerza superior que ejercía sobre ella el gran número de técnicos; quienes, por cierto, debido a lo súbito del acto, cayeron derribados unos sobre otros como pinos de boliche al desaparecer el punto de resistencia.

Abriéndose paso dificultosamente sobre los caídos, la doctora Akagi y Maya se encaminaron al pasillo, sosteniendo la primera una linterna de pilas, lista para desentrañar el misterio que había detrás de la repentina falla de energía.

—Tenemos que llegar cuanto antes a la Sala de Mando, a averiguar qué es lo que está pasando— dijo Ritsuko, encaminándose confianzudamente en la oscuridad —Aún no puedo creer que el sistema alterno aún no se haya activado.

—No, esto no puede ser posible— Misato se puso seria después de un cuarto de hora atrapada, presionando el botón del ascensor varias veces como para sustentar su hipótesis —Esto no es normal. Algo muy malo está pasando.

—¿Qué clase de sistema de respaldo tenemos en NERV?— interrogó su acompañante, no muy enterado en cuanto a esos pequeños detalles.

—Hay tres sistemas de respaldo de energía en estas instalaciones— le contestó la militar, volteando a verlo con una mirada inquisidora. Aquella repentina curiosidad por los aspectos técnicos del Geofrente era muy conveniente. Mucho más de la cuenta.

Katsuragi no sabía que pensar respecto al sujeto que tenía frente a sí, y sobre todo de sus verdaderas intenciones. Sabía mejor que nadie que Ryoji Kaji era experto en disimular sus objetivos, todo un maestro del engaño y la persuasión. ¿De veras se podría confiar en él?

—De cualquier manera— continuó, haciendo sus dudas a un lado, por el momento —Es imposible que los tres sistemas fallen al mismo tiempo...

Al decir esto lo encaró fieramente, como queriendo dar a entender un significado oculto en sus palabras, significado que iba dirigido precisamente a su persona.

Kaji se sonrió por la ocurrencia de la capitana, dándose cuenta que comenzaba a levantar sospechas muy pronto, y eso no le convenía en lo absoluto. Misato era un mujer mordaz, tan brillante como la recordaba. Incluso todavía más.

—Entonces, lo que estás tratando de insinuar es que...

—Que no se trata de un simple desperfecto: esto fue intencional.

Gendo le respondió, aún cuando se encontraban separados por varios pisos de acero y concreto, pero no fue precisamente a Ryoji para quien iba dirigido el comentario. De hecho, todavía nadie sabía de la situación en la que se encontraban la capitana Katsuragi y Kaji. Muy probablemente su situación era compartida por muchos otros empleados del complejo.

El comandante reflexionaba sentado sobre su puesto, en su ya inmortalizada pose, esto es, con el mentón ligeramente recargado sobre sus manos entrelazadas a la altura de su rostro, apoyando los codos sobre su escritorio. Posiblemente en esa posición la sangre le circulaba mejor al cerebro.

Sea como fuera, sus instintos le permitieron no tardarse demasiado en deducir qué era lo que en realidad pasaba en el cuartel, minutos después de su arribo al centro de mando, no sin uno que otro traspié en la oscuridad profundo.

Y, una vez llegado a dicha conclusión, así se la hizo saber a su socio, el enjuto ex - profesor Fuyutski, quizás la persona en la que más confiaba en todo el planeta.

—¿Te imaginas si acaso a un Ángel se le ocurriera aparecerse por aquí en este preciso momento?— planteó el anciano, más en tono de chanza que otra cosa, al tiempo que sacaba su viejo encendedor del bolsillo de su chaqueta gris y prendía una vela, que ya se estaban empezando a repartir por toda la sección —Eso sí que completaría nuestro día.

De todos modos, mofarse de la situación en la que se encontraban era mucho mejor que ponerse a pensar en el daño que sufrían sus preciadas instalaciones, con todos esos secretos que tan bien tenían guardados en ellas.

Y es que si el corte de energía había sido deliberado, era también de suponerse, por consecuencia, que dicha interrupción de energía obedecía a un propósito. ¿A cuál? Era eso lo que restaba por averiguar.

Pobre sensei Fuyutski, si supiera que a veces es mejor quedarse con la boca cerrada para no meter la pata. Ignoraba lo profético que resultaba su despectivo vaticinio. Según parece, ese fatídico día la ciudad de Tokio 3 y todos sus habitantes tenían la fortuna en su contra, pues por si no fuera poco la falta de electricidad que estaba sufriendo, todavía tenía otra amenaza más con qué lidiar. Los primeros en saberlo fueron los de la Base Aérea Militar en la región de Chubu, en la cercana isla de Honshu, enclavada en el sistema montañoso típico de esa región, una de las pocas cosas en el territorio que no había cambiado con el Segundo Impacto.

A partir del ataque del Tercer Ángel, y una vez que NERV asumió completamente las acciones hostiles en contra de esta clase de seres, las labores del ejército japonés al respecto eran más bien ociosas, pese a que dichos monstruos amenazaban directamente su territorio nacional. Precisamente una de dichas labores consistía en tan sólo monitorear el avance enemigo y mantenerse al margen. Aquello les ahorraba muchos recursos, tanto económicos como humanos, sin embargo la milicia japonesa no podía hacer a un lado su orgullo propio tan fácilmente, por lo que aún quedaban ciertos rastros de resentimiento en contra de NERV y su comandancia en algunos de los altos mandos de los castrenses nipones.

No era, por tanto, de extrañarse la actitud que tomaron los generales una vez que fueron notificados de la novedad, a la par que tomaban sus respectivos puestos en la Sala de Guerra, en donde de inmediato se desplegó una pantalla donde se mostraba un mapa de la zona circundante a Tokio.

—Un objeto no identificado ha sido detectado por el radar, ingresando a tierras japonesas.

El diagrama ubicaba, por medio del satélite, la posición exacta del objetivo y su continuo avance por el Japón. Lo que apenas hace unos años antes hubiera significado poner en alerta roja a todas las fuerzas armadas, debido a un peligro inminente a la soberanía nacional, ahora sólo era motivo de hastío y recelo, tal y como se reflejaba en aquellos hoscos generales.

—Debe tratarse del Noveno Ángel— masculló uno de ellos, ajustando el nudo de su corbata.

—Sin ninguna duda— aseveró el que estaba a su lado, recargando la mejilla izquierda sobre su puño cerrado.

—¿Qué se supone que deberíamos hacer?— preguntó con sarcasmo y hasta con algo de enfado un tercero, sin poder disimular su molestia.

—Lo normal sería ponernos en alerta y desplegar gente, pero en una situación de este tipo...

—De cualquier manera, es evidente que su destino es Tokio 3.

—Eso significa que no hay mucho que podamos hacer, en este caso— carraspeó uno de ellos, como queriendo dar a entender algo.

—Es una verdadera lástima— respondieron los demás, casi suspirando, en gesto burlón.

Los tres volvieron a resignarse, tragándose todo su orgullo, honor y valor en el campo de batalla, dispuestos una vez más a seguir sus órdenes y solamente presenciar el encuentro por los monitores, sin hacer algún intento por defender a su patria.

Ciertamente, las relaciones entre la agencia de las Naciones Unidas y las fuerzas armadas de aquél país no eran, para nada, muy cordiales que digamos, si el ánimo de aquellos generales reflejaba en mayor ó menor medida el pensamiento predominante entre los militares japoneses con respecto a NERV.

Justo en esos momentos, el Noveno Ángel paseaba tranquilamente por los frondosos bosques al sureste de la capital, sin que nada ni alguien o molestara, a unos cuantos kilómetros de la costa (por donde había arribado, imitando el ejemplo de todos sus antecesores) y unas vez que sorteara una serie de cerros y colinas de pequeña altitud que se interponían en su camino estaría justo enfrente de Tokio 2, que parecía estar en medio de la ruta que lo conduciría hasta su verdadero destino.

Un lago cristalino de unos cuantos metros de profundidad, ubicado en lo que antiguamente era una central hidroeléctrica, definitivamente no representaba contratiempo alguno en el itinerario para una criatura de las dimensiones colosales de aquél monstruo, que se desplazaba a lo largo de su recorrido auxiliado por sus dos pares de largas y estrechas patas, que representaban por sí solas casi la totalidad de su tamaño. Una sola de sus articulaciones fácilmente podía medir unos cuarenta metros de alto.

Si alguien lo hubiera visto en ese momento, la comparación con una araña normal hubiera sido inevitable, debido a la enorme semejanza del ser con el arácnido. Sin embargo, al primero le faltaban un par más de extremidades para caminar con la gracia del bicho, por lo que su avance resultaba algo torpe.

Otro aspecto que cabe resaltar a propósito de su apariencia, era el de que a la primera impresión toda su estructura transmitía una sensación de suma fragilidad en su estructura; a diferencia de la mayoría de sus hermanos, todos ellos bien constituidos en su singular forma, este nuevo titán parecía no poder mantenerse en pie sin un gran esfuerzo, mucho menos constituir una seria amenaza en una lucha cuerpo a cuerpo.

¿Cómo es que aquella ridícula criatura podría lanzar un ataque? Por lo menos su arsenal no estaba a la vista en su raquítico cuerpo de color negro ubicado justo en el centro donde convergían sus delgadas y trémulas patas del mismo tono. Sólo se distinguía que estaba dotado de un buen número de ojos, que cubrían casi por completo la pequeña extensión de su cuerpo, en comparación a sus larguísimas patas. Éstos abrían y cerraban a destiempo, y se movían de manera independiente a los demás en un efecto por lo demás nauseabundo. Esa cosa sí que tenía ojos en la espalda, pero de todos modos no parecía representar un oponente de respeto, por lo menos no para un Evangelion en buenas condiciones.

Conforme transcurría el tiempo, el desinterés de los altos mandos militares en el asunto se iba transformando lentamente en preocupación, casi en una angustia desesperante. El monstruo seguía internándose cada vez más y más en el país, y a ese paso muy pronto alcanzaría Tokio 2. A esa altura ya debía haber sido interceptado por alguna Unidad Eva, pero aún no había rastro a la vista de cualquiera de ellas, ni siquiera de la presencia de NERV ni de algo, lo que sea que pudiera indicar que ya estaban trabajando en el caso.

—El Ángel continúa avanzando hacia Tokio 2— anunció fatídicamente una joven oficial en el altavoz, ilustrándose con el inamovible mapa que ubicaba la posición enemiga y su creciente avance.

—¿Qué sabemos del personal en Tokio 3?— quiso preguntar uno de los generales, el más viejo y condecorado de los tres, poniéndose de pie; evidentemente, estaba muy inquieto, percatándose de lo extraño de la situación.

—Sigue sin haber respuesta— contestó de inmediato la voz de la oficial por el enlace.

—¡Maldición! ¿Qué demonios creen que están haciendo esos cretinos de NERV?— espetó por su parte otro general, restregando con fuerza la colilla de su cigarro en el cenicero, provocado por su desesperación y sobre todo por la impotencia de tener las manos atadas para evitar la catástrofe que se avecinaba a paso veloz.

Por su parte, los jóvenes pilotos también hacían todo lo que estuviera de su parte para llegar al cuartel, pese a que aún no estaban enterados completamente de los eventos que estaban transcurriendo en distintas partes. Quizás era lo mejor, ya que el estar previamente informados de las actuales circunstancias los hubiera presionado aún más. Por ahora, su única preocupación en mente era que llegarían tarde a su entrenamiento y que Misato los reprendería.

Guiados por Kai, al poco tiempo pudieron llegar a otra serie de accesos que llevaban a una sección distinta de la suya, pero que igual podrían servir a su propósito de ingresar al Geofrente por cualquier ruta posible.

Mientras sus compañeros perdían el tiempo probando las puertas al lado del corredor en el que se encontraban, Rivera aprovechó la pausa para marcar varios números con su teléfono celular, haciendo caso omiso de los esfuerzos de sus colegas.

—Esta tampoco funciona— suspiró Asuka, decepcionada, luego de varios intentos por abrir el ingreso. Incluso su tarjeta de acceso se había arrugado en uno de esos desesperados intentos por forzar la cerradura electrónica. Aquellas puertas, aunque no eran tan imponentes como las de la entrada principal, también se mostraban reacias a ser abiertas.

—Ninguna de las instalaciones parece funcionar— señaló Rei, luego de haber hecho lo mismo con otra puerta, obteniendo los mismos resultados —Qué extraño.

—Ya no le hagan al cuento— intervino Rivera, desde el otro extremo del corredor, sin dejar de marcar en su aparato —A estas alturas, y por lo que hemos descubierto, es obvio que se trata de una falla de energía. Ningún mecanismo eléctrico funcionará en tales condiciones.

—¿Falla de energía?— repitió Langley, extrañada —Pensé que era imposible que algo así sucediera... ¿Habrá pasado algo en el Geofrente?

—Suena lógico, para mí— contestó a su vez Ayanami.

—¿Qué pudo haber pasado?— preguntó Shinji, inquieto por no saber lo que estaba ocurriendo allí dentro ni si era seguro intentar entrar ó permanecer afuera —¿Se tratará de otra invasión?

—Lo dudo. No hay rastros de violencia— lo tranquilizó su amigo, guardando por fin su celular luego de haber fracasado en todos sus intentos por comunicarse vía telefónica —Las líneas telefónicas tampoco sirven, ni siquiera el servicio celular. De veras que esto resulta muy, muy raro. Es como si alguien, deliberadamente, hubiera cortado toda conexión con el Geofrente para aislarlo del mundo exterior. Perturbador, ¿no les parece?— pronunció burlonamente cuando vio la expresión mortificada en el rostro de todos sus acompañantes, una vez que escucharon su teoría. La verdad es que no quería que el grupo entrara en pánico, pese a que resultaba evidente que estaban en medio de una crisis.

—Como sea, debemos encontrar algún modo de entrar— sugirió Ikari, tragando saliva.

—Es exactamente lo que indica el manual para emergencias— explicó la joven japonesa, quien se sabía el librito de cabo a rabo —Dice que en caso de una situación de este tipo es imperativo que encontremos la manera de llegar hasta el cuartel.

—Si es lo que viene en el manual...— murmuró la alemana, resignada, colocándose las manos en la nuca y mirando hacia el firmamento. Se estaba reprochando no haberlo podido recordar antes que la chica maravilla.

—Hum, pues me parece que en este caso en particular, la ruta de acceso número 7 podría sernos de utilidad. ¿Tú que opinas... Rei?

Aquella era la primera vez que Kai le dirigía directamente la palabra luego del altercado que tuvieron un mes atrás. El muchacho no podía ocultar su bochorno, pues sus mejillas de inmediato se encendieron tan sólo con pronunciar su nombre y voltear hacia donde ella estaba. La chica también experimentaba una sensación similar, clavando la vista en el piso, sonrojada después de que sus miradas se cruzaron.

—Supongo... supongo que podría ser de utilidad— contestó con dificultad, evitando sus ojos a toda costa.

Shinji y Asuka permanecieron a la expectativa, ésta última analizando con más detenimiento e interés la situación. La relación entre la Primera Elegida y Rivera resultaba aún una incógnita para ella, por lo que quería despejarla lo más pronto posible. Existía una atracción mutua entre ambos, eso era obvio. Pero, ¿hasta qué grado llegaba dicho sentimiento? ¿Alguna vez habían tenido un contacto más cercano? ¿En qué términos se conducía su relación? Y quizá lo más importante, lo que era de mayor interés para los propósitos de la joven alemana: ¿debía considerar a Ayanami como una auténtica rival por el corazón del codiciado muchacho? De ser así, estropearía todos los avances que había conseguido, ahora que todo marchaba tan bien entre los dos. ¡Maldita entrometida! Además, el tarado de Shinji parecía saber algo que ella no. Ya hallaría el momento oportuno para sacarle la verdad.

Mientras tanto, había que moverse rápido, y concentrarse en la meta inmediata.

—Me parece muy bien— intervino Langley con tono severo —Pero antes que nada, tenemos que nombrar a un líder entre nosotros. No podemos estar vagando de aquí por allá así nada más...

—Déjame adivinar— atajó Ikari, poniéndose el dedo índice en la barbilla —Y ese líder... ¿acaso serás tú?

—No lo había pensado. Pero ya que insistes, será todo un honor guiarlos— dijo para de inmediato asumir el mando del reducido grupo, utilizando en su propio beneficio el endeble sarcasmo de Shinji —¡En marcha! ¡Síganme!

La joven rubia señaló al extremo del corredor y enseguida comenzó a andar hacia esa dirección. No había dado ni tres pasos siquiera cuando fue interrumpida por Kai, quien todavía se preguntaba que tan buena idea era contravenirla:

—Pues... Asuka, no es por llevarte la contra pero, de hecho, ese camino no es...

—Lo que él quiere decir es que la ruta de acceso número 7 queda hacia el otro lado— completó Rei, decidida, en un timbre mucho más frío y cortante de lo acostumbrado.

Al percibir dicho tono, la europea se volteó como de rayo hacia donde se encontraba su compañera, tan imperturbable como siempre, de pie a sus espaldas. Le lanzó una funesta mirada, frunciendo el ceño, gesto que rebotó en la pared de hielo en la que se había convertido Ayanami. La alemana sólo se encogió de hombros ante lo que consideraba un acobardamiento por parte de la muchacha, para luego corregir el rumbo como si nada hubiera pasado.

—Por eso digo, que es mejor ir hacia el otro lado— contestó, juguetona, colgándose del brazo de Rivera mientras comenzaban a caminar —Después de todo, yo no tengo aquí tanto tiempo como ustedes. ¿Sabes, Katsuragi? Si te portas bien, quizás te deje ser mi segundo al mando. ¿No te gustaría?— le dijo al muchacho, al que le llegaba un poco encima del hombro, al tiempo que pellizcaba mimosamente su mejilla.

—Ah, sí, claro— por su parte, Rivera le dio por su lado, aunque también algo perturbado, por así decirlo, por la actitud de su acompañante —Me encantaría...

Los dos continuaron por el estrecho pasillo, trenzados como estaban, a lo mejor sin suponer los recelos que provocaban en aquellos a los que dejaban a la zaga, cuando los veían alejarse tan cerca uno del otro. Por un momento, los ojos color escarlata de Rei se avisparon, y su semblante pareció transmitir algún tipo de emoción, algo que parecía ser, muy probablemente, rencor. ¿Hacia quien iba dirigido? Quién sabe. Tal vez a los dos.

De cualquier modo, tanto a Ikari como a Ayanami no les quedaba más remedio que seguirlos, y así lo hicieron, aunque fuera de mala gana. Pronto llegaron al final del pasaje, en donde nuevamente una puerta les impedía el paso. Y si no habían podido abrir ninguna de las puertas anteriores, ¿qué les hacía pensar que podían hacerlo con esta? Y así se los hizo saber a sus compañeras, evidenciando la fragilidad de la idea que en primer lugar había propuesto Kai.

—¿Y cómo se supone que entraremos por aquí? De seguro esta puerta también está cerrada.

Su amigo no dijo palabra, limitándose a señalar con el dedo una manivela que estaba instalada justo a un lado de la puerta gris de metal.

—Ya veo... tiene un cerrojo manual— observó Asuka, asombrada de que en el Geofrente pudiera existir un acceso tan inseguro y primitivo —¿No es eso peligroso? Con eso, cualquier hijo de vecino podría entrar.

—En realidad, sólo funciona