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El Proyecto Eva
Por: Gus

Capítulo Trece: Día de Duelo

Tell me, why this is a land of confusion?

GENESIS

21 de Agosto del 2000

Parecía un día como cualquier otro en la capital argentina de Buenos Aires, en la región de Palermo. Era un Lunes igual que cualquier otro Lunes pasado, inicio de la jornada laboral semanal, en hora pico, con los millones de personas que la poblaban yendo de aquí para allá, abarrotando calles y avenidas cuando regresaban al hogar a almorzar con la familia, con la pareja y los pibes recién salidos del colegio. Seguía siendo invierno en aquella región del Cono Sur, pero los fríos ya comenzaban a menguar. De hecho, una inusitada onda cálida proveniente de la Antártida, por muy extraño que a todos les pareciese, había adelantado el verano y convertido a Buenos Aires en un enorme caldero húmedo a orillas del Río de la Plata, cuando las dos masas de aire frío y caliente se habían encontrado. No tardaría mucho en desatarse un chaparrón.

Martín ya no quería pensar en ello, conduciendo su Chevy blanco del 99 que apenas hacía un mes había logrado sacar en un crédito bancario, desajustando su apretada corbata obligatoria en la oficina de Gobierno en la que trabajaba, para luego empezar a desabotonar su sudada camisa de manga larga arremangada hasta los antebrazos, color azul claro, ya empapada de transpiración por las axilas y cuello.

Pensaba en el rico guiso de carne que su mujer preparó y que estaba sirviendo en esos momentos, junto con Pablito sentado a la mesa, esperando sólo a su llegada, por lo que no debería tardar demasiado ó aquella delicia se enfriaría. Transitaba por la Avenida Sarmiento, pero luego dio vuelta en la Avenida Colombia, transversal a ésta, para salir a la Avenida del Libertador y poder cortar camino. No quería arriesgarse a un embotellamiento tan usual en aquellas calles, a esas horas. Sólo que su intención fue cortada por un junior al que se le había olvidado ponerle líquido para frenos a su Mustang del año, regalo de su papi el influyente, yéndose a estrellar en contra de un volkswagen que conducía una vieja italiana cuando daba vuelta, en plena avenida, deteniendo completamente el tránsito mientras que se ponían de acuerdo los gendarmes y una grúa venía a recogerlos.

De nada serviría tocar como poseído el claxon, eso también lo sabía Martín, a diferencia de los otros conductores, que hechos una furia, arremetían con el sonido de sus bocinas, cómo si eso le diese al automóvil la habilidad de volar por encima del accidente. La fila de carros se extendía indeterminadamente, por lo que no podía ver con certeza el origen de la congestión, aunque ya de poco serviría. Parecía que, pese a sus esfuerzos por llegar temprano, esa comida se le enfriaría, y su mujer y Pablito tendrían que almorzar solos.

Pablito a últimas fechas había demostrado un buen toque de balón en la cancha del colegio, y también cuando jugaba en la calle fútbol con sus amigos. Y era buena edad para probarlo en las fuerzas básicas de algún club de renombre del fútbol argentino, el mejor del continente, pese a lo que opinaran esos mexicanos y brasileños mugrosos, que se creían que podían quitarle el trofeo de la Libertadores a Argentina. Qué curioso detalle, pues notó que precisamente estaba atorado en la Avenida del Libertador. Qué lástima que fue para el Boca, ese equipo de maricones. Si Pablito quería incursionar en el fútbol, debería hacerlo en un equipo de hombres hechos y derechos como lo era el Ríver Plate, máximo monarca de la Liga Argentina, con sus veintisiete títulos. Dios quisiera que el pibe se lograra colar hasta el primer equipo, y mantenerse después de titular, para que así un gran equipo europeo se fijara en él y pagara varios millones de dólares por su transferencia, como ese otro Pablito Aimar ó Saviola, y así ya nunca más tendría que volver a trabajar en esa oficina asfixiante, llena de jefes gruñones y secretarias coquetas que lo enloquecían con sus minifaldas y esas piernas tan largas que tenían.

Sí, su hijo podía ser su boleto a una mejor vida, solamente habría que esperar un par de años a que se desarrollaran plenamente las habilidades del muchacho, pensaba Martín ilusionado al mismo tiempo que prendía la radio, viendo que aquello iba para rato. Abrió también un poco la ventanilla, dejando que se colara un poco del aire húmedo proveniente del Río de la Plata, muy cerca de donde se encontraba.

“Un vocero de la marina rusa informó que era muy remoto que pudiesen haber sobrevivientes en el submarino nuclear Kursk, hundido el pasado día 12, aún cuando algunos de los marinos hayan logrado refugiarse en alguna escotilla de la cámara de controles. También confirmó que cualquier peligro de contaminación radiactiva se ha desechado ya, por lo que un desastre nuclear en la zona es improbable. Aún se investigan las causas que pudieron provocar la pérdida del submarino...”

Martín, un escuálido sujeto de tez blanca y con una rubia barba en el mentón, del tipo caucásico, agobiado se dejo recostar por unos momentos en el volante de su vehículo, sumamente fatigado. Y eso que apenas era Lunes. Faltaba mucho todavía para el Domingo, día que podía tirarse en el sillón para ver la televisión mientras estuviera despierto, que no era mucho tiempo. La vida en este tiempo es muy trajinada, nunca hay tiempo para nada, todos parecen ir a algún lado y con mucha prisa.

“Pasando a las noticias deportivas, el Boca Juniors, flamante campeón de la Copa Libertadores de América al imponerse a su rival brasileño, el Palmeiras, se dice listo y preparado para enfrentar la Copa Intercontinental en Tokio, Japón, disputándosela con el equipo alemán Bayern Munich, campeón de la Liga de Campeones europea...”

Molesto, con un rudo ademán y una maldición entrecortada decidió de mala gana cambiar de estación, a la primera que se encontrara en el cuadrante. No tardó para poder empezar a escuchar una tonada familiar en la estación del recuerdo.

“I must've dreamed a thousand dreams

Been haunted by a million screams

But I can hear the marching feet

They're moving into the street.”

No era una de sus favoritas, pero pasaba mejor que escuchar a ese pelagatos alabando a esos maricones hijos de puta. Además no era tan mala, pese a que ya era muy viejita, los clásicos nunca pasaban de moda.

“There's too many men

Too many people

Making too many problems

And not much love to go round

Can't you see

This is a land of confusion?”

Y pese a ser tan anticuada, seguía siendo tan cierta como cuando era un hitazo comercial en todos lados, pese a que ahora el contexto era muy diferente a cuando la habían escrito. La Guerra Fría había acabado, el régimen comunista había caído y Rusia se había rendido tristemente al capitalismo, pero el peligro seguía latente. Era en aquellos instantes, entre el tumulto del tráfico, inmerso de ruidos de estruendosas bocinas que aullaban furiosas, cuando reflexionaba qué tan cierto era lo que esa melodía pregonaba, ahora y siempre. Parecía que estaba predestinado todo aquello, que justo allí, en ese lugar, bajo esas condiciones estuviera escuchando esa canción en particular. Le agradaba sentirse parte de un intrincado plan que involucraba todos los factores que lo rodeaban sólo para que él, Martín Andaluz, escuchara precisamente aquella canción en esos momentos.

Siguió escuchando.

This is the time

This is the place

So we look for the future

But there's not much love to go round

Tell me why, this is a land of confusion?

Qué cosa tan interesante, prosiguió con su meditación, apoyando la barbilla sobre sus brazos entrecruzados, mirando por el parabrisas al atestado camino delante de él. ¿Cómo sería un mundo sin tanta gente? No podía imaginárselo. Pero, vamos, todas las personas, incluyéndose él mismo, en algún momento desesperado de su vida habían deseado que paradójicamente todos desaparecieran para por fin encontrar algo de paz y escapar de los problemas. ¿Ó acaso no era cierto? Si todos, menos él, simplemente murieran, ya no tendría que preocuparse por los impuestos a la luz y al teléfono, por la comida y el agua, por el taller ó la gasolina, por el dinero o por el fútbol. Se encontraría de repente, en la más absoluta libertad jamás soñada. Pero también se encontraría solo, y más atado a su miedo que nunca. El hombre era un animal social por naturaleza, y necesitaba de otros para subsistir, ¿no era así? ¿No era por eso que había recurrido a la sociedad y a la ciencia para que lo protegieran de lo que había más allá, de aquello a lo que temía más que a cualquier otra cosa enfrentarse?

“This is the world we live in

And these are the hands we're given…”

La canción se interrumpió de súbito, cuando la radio se apagó al mismo tiempo que todos los sistemas del automóvil. Y cuando giró la llave en la ranura para encenderlo de nuevo, ni siquiera le dio marcha. Ahora sí que el día estaba completo, pensó Martín fastidiado, suponiendo que la batería del carro estaba muerta. Ya se imaginaba el numerito que harían todos los fulanos que tenía detrás suyo cuando la circulación volviera a la normalidad y él se quedara allí parado.

Sin embargo, todo estaba muy callado. Ya no se oían los cláxones. Y el semáforo de la esquina estaba apagado. Miraba hacia los demás conductores y todos tenían la misma cara de consternación que él se había visto en el espejo retrovisor. Algo había, algo había en el ambiente de pronto, que hacía que los animales huyeran y las hojas de los árboles dejaran de moverse, incluso las nubes. Todos podían sentirlo en lo más recóndito de sus almas. Salió de su auto, comprobando que su condición era idéntica a la de todos los demás que estaban varados en esa calle. Todos los motores se habían detenido, y no podían volver a encender por más que lo intentaran los conductores. Otros más imitaron su ejemplo, bajando de sus vehículos y mirándose confundidos unos a otros.

—¿Pero Ché, qué es lo que está pasando aquí?

Los perros que estaban en los alrededores comenzaron a aullar lastimosamente al unísono, mientras que una inmensa parvada de gaviotas oscureció el cielo por unos momentos en su frenética huida, quedándose incrustadas varias de ellas en los espejos de los carros, manchando éstos con sangre y plumas.

—¿Es que todos están locos, ó qué?— pronunció alguien cuando los que estaban fuera de sus carros se protegían como podían de los pájaros que escapaban desesperadamente de lo que fuera que los hubiera espantado de tal forma.

Uno de ellos fue a estrellarse a gran velocidad justamente en la cabeza de Martín, rebotando con el cuello roto mientras que el hombre era derribado al suelo, con una copiosa herida en la nuca que comenzaba a sangrar profusamente.

Pese al intenso dolor y desorientación que sentía, cómo pudo se levantó y comenzó a correr hacia el parque, tapándose la herida con las manos, intentando llegar a como diera lugar llegar al hospital más cercano antes de que muriera desangrado. Ignoraba que era inútil aquella lucha contra el tiempo, pues en el hospital también carecían de energía eléctrica, por lo que no disponían de recursos para atender a los pacientes. Ni qué decir de los que se encontraban en esos momentos en quirófanos, en plena cirugía. Y aquella situación se extendía rápidamente no solo en Argentina, sino en todo el mundo.

Reinaba la confusión total. Sin energía eléctrica, el hombre estaba desprovisto de todos los artefactos a su servicio y que le protegían con ahínco. De pronto se vio al desamparo de su preciosa tecnología, impotente y asustado ante lo que estaba a punto de sucederle, incomunicado de todos sus congéneres.

Martín corría desesperado hasta donde pudo, antes de que se resbalara por el pasto húmedo del parque y diera con toda su humanidad a besar el suelo. Entre los gritos de angustia que comenzaban a surgir de todas partes, mientras trataba de incorporarse, sin éxito, tendido boca arriba se percató de la extraña coloración que empezaba a tomar el firmamento, como si todo el cielo estuviera incendiándose, arrasando el color rojo con todo el azul que encontraba a su paso. El clamor fue subiendo de tono, y la gente también comenzó a huir, asustados ante aquél extraño fenómeno. ¿Qué era lo que estaba sucediendo? Sin radio, televisión, computadoras ni teléfonos, nadie podía saberlo.

No hubo tiempo para recobrar la calma ó la cordura ante las señales que se estaban sucediendo una tras una, porque entonces se dejó venir un gran terremoto que sacudió la ciudad entera con una espantosa magnitud de 8.1 grados en la escala de Ritcher: cataclismo total, daño completo a todas las edificaciones de la zona. El piso comenzaba a cuartearse y a abrirse, engullendo a todos aquellos desprevenidos que se lo permitieran, mientras que los edificios y construcciones caían derrumbados como castillos de naipes. Ahora el pánico era general, y por todas partes se extendían los gritos de dolor y espanto, llenando todo con su desgarradora melodía.

Su familia, Martín allí, tumbado sobre el pasto, con una enorme herida en la nuca y un grueso árbol que había caído justo sobre de él, no podía dejar de pensar en su familia, en si habían sobrevivido al holocausto, ó lo que era más, si volvería a verlos. Con todas las costillas hechas polvo y varias arterias rotas, se preguntaba si alguna vez volvería a besar a su mujer ó a escuchar la risa infantil de su hijo. El dolor no le permitía mentir, sabía que ése era el fin. Quizás no el fin del mundo, pero sí de su mundo. Su muerte había llegado.

Un momento antes, vivía un día normal en su tranquila vida. Todos ellos lo hacían, al fin y al cabo, pero de repente fueron transportados a otro lugar en el que reinaba la incertidumbre, el dolor y la muerte. Su mundo entero les había sido arrebatado de súbito, condenándolos al olvido, a la extinción absoluta. Alguien había volteado al planeta de cabeza, ¿pero quién? ¿Y porqué?

Todavía no dejaba de temblar cuando el lecho oceánico del Río de la Plata retrocedió varios miles de metros para darle vida a aquella enorme ola de un centenar de metros que con su fuerza y tamaño terminaría por arrasar la ciudad entera y sumergirla en las profundidades submarinas. Era inevitable, nada podía hacerse, pese a que todos corrían despavoridos buscando refugio. No podía culparlos. Él lo hubiera hecho también, de haber estado en condiciones para hacerlo. Pero de todos modos, era inútil hacerlo.

Poco antes de que llegara el fin, antes de que la ola que había roto en tierra y que ahora estaba devorando con su implacable furia lo que encontrara a su paso, antes de que esa imparable cortina de agua marina lo alcanzara y con ello ponerle fin a su dolor, Martín vislumbró, con toda claridad, allá por el Sur, una intensa luz que iba tomando forma. Parecían alas, alas deslumbrantes que batían el aire debajo de ellas. Fue lo último que alcanzó a ver, antes de abandonar la vida.

Más de tres mil millones de personas mueren alrededor del globo, al igual que Martín, en el transcurso de esas angustiantes horas. Y otras mil millones más morirían en los años venideros. El flujo electromagnético del planeta se vuelve loco, las placas tectónicas de los continentes parecen carritos chocones, reacomodándose por completo, la Tierra cambia de órbita y de eje, unos cuantos grados. Y en la Antártida, el punto de origen de todo el desastre, las gruesas capas de hielo se derriten en su totalidad, aumentando más de cinco metros el nivel de los mares, desapareciendo por completo el continente Antártico.

Y justo en medio de todo eso, entre el desastre, cinco pares de alas luminosas toman forma y se agitan con furia, levantando muerte y dolor que se extendían por los cuatro rincones del mundo. Al hacerlo la Tierra grita, se resquebraja y llora de agonía. Al igual que un infante recién nacido.

El Segundo Impacto había sucedido.

20 de Agosto del 2015

Casi quince años después...

I remember long ago

Ooh when the sun was shining

Yes and the stars were bright

All through the night

And the sound of your laughter

As I held you tight

So long ago…

La canción era reproducida por el láser del artefacto tan fielmente como si estuviera escuchando la versión original de hace treinta años, en uno de esos abarrotados conciertos nocturnos.

Sí, era de noche, pero ciertamente el cuarto en el que Kai se encontraba sentado, en actitud reflexiva en medio de la oscuridad, distaba mucho de estar abarrotado. Sólo él estaba allí, con las luces apagadas y las bocinas de su reproductor de compactos en los oídos, permitiéndole atender únicamente al melodioso sonido que tocaba. Sólo él se encontraba en medio de esa oscura habitación, sentado en la cama de Misato, con la espalda recargada en la pared. Sólo él y sus pensamientos, que lo llevaban por diferentes rumbos.

120 personas habían muerto. Más de un centenar de personas, buenas ó malas, habían perecido en un accidente, acaecido hace unos meses atrás. Y estaba seguro que NERV, explícitamente su comandancia en la persona de Gendo Ikari, estaba directamente involucrado. Nomás faltaba probarlo, para que toda esa gente pudiera descansar al fin en paz, y quizás redimir una parte de sus pecados, al mismo tiempo.

Estaba inmóvil, concentrado en absoluto, con la barbilla recargada en el pecho y sus brazos cruzados sobre del abdomen, mirando fijamente a la nada con esos ojos verdes que daban la impresión de brillar en la penumbra de la pieza.

I won't be coming home tonight

My generation will put it right

We're not just making promises

That we know, we'll never keep.

En realidad, obraba más por despecho que por un inquebrantable afán de justicia ó por la eterna búsqueda de redención. Y la razón de aquél despecho era también motivo de la mayor parte de las zozobras que lo aquejaban en la intimidad de su conciencia: Rei Ayanami, su antigua novia. Todavía no lograba acostumbrarse a la idea de que todo había terminado. Aún no podía soportar que ella le prodigara el mismo trato que a todos los demás en el cuartel. Le dolía sobremanera la manera tan distante con la que siempre se dirigía a él, en las pocas ocasiones que lo había hecho. Lo hacía sentirse miserable, sin ánimos para continuar. Deseaba con ahínco poder estrecharla entre sus brazos, fuertemente, sacudirla si era necesario sólo para recordarle que ellos dos estaban destinados a ser desde antes de conocerse, que no podía tratarlo como a todos los demás, no después de todo lo que había pasado entre ellos. ¿Ó es que ya había olvidado como ambos se estremecieron al primer contacto de sus miradas? ¿Ó ese primer beso, en el hospital? Los dos habían actuado automáticamente, casi por instinto, cómo si ya lo hubieran hecho docenas de veces antes. ¿Entonces porqué razón lo trataba cómo si fuera cualquier otra persona? ¿Porqué se estaba negando, entonces, a sí misma? ¡Él era el amor de su vida, demonios, y eso tenía que contar en algo! Quería despertarla a como diera lugar, hacerla recapacitar para librarse del influjo de Ikari y entonces reanudar su relación y volver a ser felices.

Ikari. Ese infeliz se había aprovechado de su cercanía para querer manipularlo a través de Rei, ahora se daba cuenta. Quiso aprovecharse del estrecho vínculo compartido por dos jóvenes amantes para salirse con la suya. Y en parte, lo había conseguido. Lo había mantenido a raya de sus otras operaciones, mientras se distraía en el amor. Fue él quien premeditamente le había producido ese colapso nervioso que finalmente lo había hecho desistir de abandonar el Proyecto Eva. Pero le había salido el tiro por la culata, pues ahora, ya sin ningún distractor, podía enfocarse a su tarea básica en la organización, que era precisamente la de detectar irregularidades en su accionar, y reportarlas al Consejo. Sólo necesitaba encontrar una mancha lo suficientemente sucia en el expediente para que destituyeran a Ikari del mando, y con ello liberar a la pobre de Rei de su dominio, y el incidente del Jet Alone se pintaba solo. El típico caso de espionaje industrial, lo que era más, sabotaje que costó la vida de muchas personas, algunas de ellas con rangos militares que no eran poca cosa. NERV era el sospechoso directo de aquella acción, y la única agencia con los suficientes recursos para llevar a cabo algo de esas proporciones. Lo sabía de sobra, ahora sólo restaba probar su culpabilidad en el asunto, cosa que podía hacer bastante bien en su posición, es decir, desde adentro.

No sería la primera vez que entrara a hurtadillas en el sistema MAGI, pese a todo lo que parloteara esa bruja de cabello pintado sobre su perfección, la verdad es que el código encriptado que utilizaba era bastante fácil de descifrar, cosa de niños para él.

Lo único que necesitaba eran las pruebas, algo que validara y comprobara la intervención directa del comandante Ikari en el sabotaje del Jet Alone, proyecto del gobierno japonés, y lo hundiría hasta el cuello en su propia porquería que había estado juntando desde hace tantos años. Aquella sería una caída espectacular, sin lugar a dudas. Sólo le faltaban pruebas, y cuando conseguirlas era el problema, no tanto el cómo y el dónde.

Now this is the world we live in

And these are the hands we're given

Use them and let's start trying

To make it a place worth fighting for.

Además, estaba presente esa molesta migraña de la chingada. Hacía años que no sufría una tan fuerte como la que lo estaba aquejando en esos días. No había porqué preguntarse la causa, sabía muy bien que todo era originada por la fastidiosa presencia de la joven alemana en su hogar, que iba de aquí para allá como vendaval, echando pestes y maldiciones a su paso. Ya no podía escuchar su agudo acento sin sobresaltarse y cada vez que la encontraba, fuera en la escuela, los entrenamientos ó en la casa, aumentaba ese fuerte dolor de cabeza en la sien. También parecía haber una presencia en el Geofrente que afectaba a su condición, de manera muy similar a lo que había padecido en el barco escolta del Eva 02, ó aquella vez que comieron con Kaji en ese mismo lugar. No podía precisar con exactitud su locación, por lo que llegó a pensar que estaba desarrollando cierto tipo de estado paranoico, mismo que se lo achacó de inmediato a su compañera rubia, la mayor causa de sus más recientes sinsabores. ¡Dios! Ojalá Misato lograra rentar ese apartamento de arriba antes de que su cerebro estallara. Convivir con Asuka tanto tiempo y en un espacio tan reducido estaba haciendo añicos a su sistema nervioso, más de la cuenta.

—¡¿Porqué aquí sólo hay comida instantánea?!— la oyó reclamar desde la cocina, pese a que traía sus audífonos puestos —¿Es que no tienen ningún concepto de lo que es nutrición, maldita sea? ¡Si sigo así perderé mi esbelta figura en poco tiempo!

Como se estaba haciendo costumbre la migraña punzó fuertemente sus sienes al punto de llegar a postrarlo en la cama, al solo sonido de la voz de la muchacha, apretando los dientes para sobrellevar el dolor.

¿Porqué su tutora, lo que es más, su mentora y amiga, casi una madre para él, había traído a aquella maldita chiquilla a su hogar? Sabía muy bien que gustaba y necesitaba de la calma y tranquilidad, en ocasiones de una soledad que ahora difícilmente podía encontrar con Langley asediando y fastidiando en cada esquina.

Ni hablar, no había más remedio que tomar la medicación. Detestaba hacer uso de las pastillas, puesto que corría el gran riesgo de llegar a crear cierta dependencia a ellas, además que su efecto era sumamente soporífero, sin embargo el dolor que sufría ya se había vuelto insoportable, y prefería mejor arriesgarse y quedarse profundamente dormido que tener que lidiar con él un segundo más. Con dificultad alcanzó el frasco en su mochila, para después abrir la tapa del recipiente con un solo movimiento y en el acto llevarse dos tabletas rectangulares a la boca, mismas que ingirió casi de inmediato.

Ahora lo único que quedaba por hacer era el conteo regresivo, a la par que se acomodaba en la cama: 5... 4... 3... 2... 1... 0...

El muchacho cayó pesadamente sobre la suave almohada, que amortiguó el golpe, completamente fulminado, respirando tranquilamente con la boca entreabierta.

Misato se revolvía desesperadamente entre los brazos de su captor, aunque para ser sinceros no estaba poniendo mucho empeño en liberarse. De hecho, parecía que tan sólo se estaba acomodando para estar más cómoda, cuando Kaji la estrechaba entre sus fuertes brazos y la besaba con una pasión desmedida por primera vez en ocho años. La mujer tampoco estaba disconforme con la situación, dejándose maniatar por su antiguo amante mientras recorría su boca con la lengua, reconociéndola una y otra vez, admitiendo también, aunque no lo quisiera, que extrañaba aquella sensación tan placentera, el calor que emanaban de los dos cuerpos juntos.

Los documentos que ambos llevaban consigo antes de subirse al elevador yacían desperdigados por todo el piso del cubículo, sin que les importara en lo más mínimo. En cuanto se habían cerrado las puertas Ryoji se había abalanzado sobre la mujer cual bestia furiosa, no pudiendo reprimir por más tiempo sus impulsos, para encontrarse, con sorpresa, que Katsuragi no se le resistía y que, al contrario, ella también buscaba el contacto físico.

Sus manos recorrían inquietas el escultural cuerpo de la mujer, mientras que ésta paseaba sus dedos por su espalda, clavándolos en ella en los momentos más candentes. Ya casi había olvidado lo bien que se sentía recorrer con el tacto la tersa piel de Misato, sentir aquellas formas por las que cualquiera enloquecería, incluso él, y besar su delgado pero firme cuello, tan sensual como toda ella. Su mano había llegado hasta debajo de su minifalda, acariciando sus nalgas y tentando el borde de la tela de sus pantaletas. Le valía pura madre las formas en ese momento de frenesí erótico, la volvería a hacer suya cuanto antes, allí mismo si era preciso.

—No... espera...— masculló entre suspiros y besos la mujer, presintiendo cómo acabaría aquello —No es correcto... alguien podría vernos... espera...

Kaji intentó acallarla con otra porción de besos mientras la arrinconaba y la llevaba de espaldas a la pared, para tener algo de donde recargarse al mismo tiempo que ya comenzaba a bajarle las pantaletas, sin atender a su llamado.

—Te digo que... no... este no es el lugar adecuado...

Su ropa interior ya le llegaba a la mitad de los muslos, con el sexo descubierto, cuando por fin pudo reunir la fuerza y determinación suficiente para oponérsele, empujándolo lejos de sí con ambos brazos.

—¡Dije BASTA!— gritó al tiempo que lo hacía, enfadada por haber sido tan débil y no haber hecho eso desde el principio.

Avergonzada de sí misma, resoplando se acomodó la ropa interior para después inclinarse y rejuntar su documentación que estaba tirada por el piso. Lo mismo hacía Ryoji, en silencio, pero con su característica sonrisa pícara en los labios.

La militar notó con alivio que ya llegaban al estacionamiento, en donde se bajaba, por lo que ya no tendría que pasar por más situaciones bochornosas en ese día. Con todos sus papeles reunidos bajo el brazo, acomodándose el revuelto cabello salió del ascensor cuando la puerta de éste se abrió frente a ella, sin voltear a ver al sujeto a sus espaldas.

—Aunque se haya tratado de un tonto capricho de adolescente— dijo, a manera de despedida, de espaldas a Kaji —Involucrarme contigo fue el peor error que haya podido cometer, y no pienso volver a repetirlo.

—Podrás decir lo que quieras— le contestó el sujeto, acariciándose la barbilla, todavía degustando el sabor de sus besos —Pero tus labios no te dejan mentir, Misato: ellos no me rechazaron.

La mujer ya no avanzó un paso más, sino que se quedó congelada en su lugar, cómo si una fuerte corriente eléctrica le recorriera todo el cuerpo.

—Tus labios ó tus palabras— continuó el sujeto, sintiendo que iba por buen camino —¿En quienes debería confiar?

—No sé de que hablas— se repuso Katsuragi, dándose la vuelta para encararlo —Te ruego que nunca más vuelvas a hacer esto. ¿Me oyes? ¡Jamás!

—No creo ser capaz de cumplir con esa promesa— remató, cuando las puertas del elevador se cerraban con él dentro —¿Y qué hay de ti, capitana?

Las puertas se cerraron y Ryoji por fin se había ido. Misato podía respirar aliviada de no haber perdido el control completamente y no haber cometido alguna estupidez. Miró con desespero su reloj de muñeca, percatándose que ya era muy tarde para alcanzar a ver la entrevista de Kai por televisión. Sin embargo, de cualquier modo se dirigió a su auto a toda prisa, maldiciendo entre dientes: “¡Estúpido Kaji!”

Mientras tanto, Shinji se relajaba viendo la televisión en la sala, convertida provisionalmente en su habitación, dado el caso que Rivera definitivamente se había mudado al cuarto de Katsuragi, con tal de tener una puerta que lo mantuviera alejado de la jovencita europea. Asuka revisaba la despensa en la cocina, buscando algo para complementar su raquítica cena y Misato se encontraba aún en el cuartel con trabajo pendiente y no llegaría sino hasta muy tarde, por lo que no disfrutaba de compañía en esos momentos. Observaba uno de esos programas especiales debido a fechas importantes que la televisión aún no lograba extirpar de sus entrañas. Aunque en ese caso, quizás se justificaba un poco, tratándose del Segundo Impacto la fecha que con tanta melancolía todo el mundo guardaba. “Quince años después” era como se titulaba el documental, lleno de imágenes lacrimógenas aderezadas de un fondo musical conmovedor, del mismo corte, que instaban a la aflicción.

—A quince años de la tragedia, mismos que se cumplirán el día de mañana, constatamos que a base de esfuerzo y mucho sacrificio el mundo ha logrado salir avante de la adversidad. La humanidad ha superado muchos cambios drásticos en su entorno, y sin embargo...— rezaba uno de los conductores, con su voz en off mientras transmitían imágenes de labores de rescate, y de reconstrucción, en las que destacaban las personas dándose las manos las unas a las otras, confortándose con prolongados abrazos en medio del llanto, etcétera —Ninguno de nosotros es ajeno a la pena, puesto que todos sufrimos por igual con la desgracia. Es por esa razón que cada 21 de Agosto recordamos a los que se han ido, y les pedimos que nos den fuerzas para continuar adelante en la reconstrucción del planeta mientras que también damos gracias que la especie humana haya podido sobrevivir y prosperar para continuar los avances...

—¿Qué es lo que estás viendo, kinder?— preguntó la joven alemana, quien finalmente había tenido que conformarse con una bolsa de granola y una manzana, cuando se instalaba cómodamente a un lado de él.

—Oh, nada en especial— contestó Ikari, recargando su brazo izquierdo en la mesita de centro —Es sólo este programa especial... parece que en la tele no hablan de otra cosa en estos días...

—No puedo creer cómo estos buitres trafican con el sufrimiento de la gente— repudiaba la extranjera, comiendo del contenido del sobre en sus manos —¡Es que mira cómo pretenden explotar el dolor de los demás con esos diálogos sosos y esa música tan cursi! Esto no es luto, es oportunismo. Hoy en día ya no hay ética periodística.

—No sé— vaciló un poco el muchacho, a quien sí le habían tocado el corazón —Me imagino que es algo difícil abordar un tema de este tipo con sobriedad, sin que las emociones intervengan; al final, supongo que el sentimiento le gana a uno. Debe ser muy duro para las personas que les tocó vivir todo eso reponerse y seguir con sus vidas.

—¡Vaya, el pequeño Shinji está conmovido hasta las lágrimas!— masculló la chiquilla en tono burlón, dejando de lado su comida para luego recargarse en la mesita y quedársele viendo como si lo acusara —¿Porqué, de alguna manera, eso no me sorprende?

—Déjame en paz— murmuró, a manera de disculpa.

—...así fuimos testigos de cómo la esperanza encuentra camino para renacer en medio del desastre, pese a tener, aparentemente, todos los factores en su contra: una nueva oportunidad que llega de la hecatombe...— continuaba una nueva conductora, ignorante de las discusiones que suscitaba con su manera de abordar el evento —...de la muerte también puede venir la vida, tal y cómo lo constató el equipo de investigación del programa, al descubrir el nacimiento de siete criaturas justo en medio del desastre. Tres de ellos sobreviven, y lo que es más, dos de ellos actualmente residen en nuestro Japón. Tal es el caso por todos conocidos de Kai Katsuragi, célebre chico superdotado, afamado por graduarse de la Nueva Universidad de Tokio a la edad de tres años, y un año más tarde obtener su primer doctorado en genética y otro en cibernética al año siguiente. Reconocido en todo el mundo por su aportación a la investigación en manipulación de los genes, permitiendo el transplante de muchos órganos del cuerpo humano, sin que dichos transplantes presentaran un posterior rechazo en el paciente, así cómo el encontrar la cura a muchas de las enfermedades crónicas; también trabajó en innovar y perfeccionar las técnicas de clonación, lo que a posteriori permitió traer de vuelta de la extinción a numerosas especies animales, cómo la ballena azul, el gorila de montaña, el tigre de Bengala ó incluso al extinto por más de 60 millones de años: el Parasaurolophus, dinosaurio herbívoro con cresta pronunciada, de carácter apacible y sociable. Todos estos organismos a la fecha prosperan en los ecosistemas reestablecidos de algunas partes de la Tierra, en el caso del último en completo aislamiento, salvo por las constantes revisiones médicas y científicas para estudiar su comportamiento. El que habla a continuación es el susodicho, en entrevista exclusiva para esta emisión especial, a quien por cierto saludamos y agradecemos la oportunidad que nos brindó de saber más acerca de su persona.

—¿Cómo se siente, Dr. Katsuragi, al mirar atrás, hacia todo lo que ha logrado en tan poco tiempo y al saberse cómo uno de los artífices en la recuperación de la humanidad de este difícil trance? Lo que es más, ¿qué se siente ser el símbolo de esperanza y renacimiento por excelencia, dadas las peculiares condiciones de su nacimiento?

—¿Doctor?— el muchacho mira consternado a la guapa reportera sentada junto a él, para después echarse a reír, pese a sus intentos por disimularlo —Ay, lo siento... je jeje... de veras, de veras lo siento... es que... jajaja... nunca antes se habían dirigido a mí con ese título, y suena muy curioso... bueno, entrando a lo que nos atañe en nuestro negocio. Me preguntabas tú por varias cosas (si me permites tutearte, ¿verdad?)— ante la respuesta positiva de la periodista, que también esbozó una sonrisita y se sonrojó frente a cámaras, ante el evidente galanteo del apuesto muchacho, éste continuó —Por la primera: No creas, cada vez que repaso mis supuestos logros, y los recapitulo y veo hacia adelante sólo puedo percatarme de lo poco que he hecho por ayudar a las personas, de tanto tiempo que he desperdiciado y que bien pude haber aprovechado para continuar ayudando a mis semejantes. Es el reto que yo mismo me he impuesto, superar metas y objetivos en beneficio de todos. En conclusión: me siento insatisfecho por tanto tiempo que he desperdiciado. Eh... ¿qué más dijiste? ¡Ah, sí! No creo que sea válido tacharme como símbolo y demás, después de todo lo único que hice fue venir a la vida mientras millones se iban. Me siento, a ese respecto, muy agradecido con Dios por la gran oportunidad que quiso brindarme, y todos los días rezo y hago lo posible por no defraudar su confianza en mí. Y también pido perdón... perdón por mis constantes errores, y por lo que he dejado de hacer. Siempre trato de ser digno de esta vida, regalo tan precioso que no muchos podemos apreciar— al pronunciar aquellas palabras, en tono tan serio y quedarse mirando a la pantalla fijamente cuando lo hacía, a Ikari le pareció, sorprendido, que esa oración iba dirigida precisamente a él —aunque para mí sea imposible el no hacerlo dado que cada minuto de mi existencia es prestado. Por eso trato de que ésta vida regalada sea constante testimonio de Su grandeza, viviéndola al máximo, sacándole el mayor jugo posible y no dejar pasar un minuto en vano...

“Lo dice el sujeto que se la pasa 12 horas al día dormido” pensó la joven alemana, tragando saliva, sin creer por completo todo lo que había visto y escuchado.

—Qué interesante que mencione ese aspecto tan espiritual... ¿Es usted cristiano, Doctor?

—Básteme decir que creo firmemente en Jesús, en Dios... por cierto, siéntete en toda confianza para decirme cómo los amigos: “Kai”— pronunció cándidamente el joven, guiñándole uno de esos ojos verdes.

—Eh... bien... Kai— acertó a decir la apuesta reportera, cruzando sus largas piernas, ruborizada —A últimas fechas hemos perdido un poco tu rastro... se rumora que ahora te encuentras trabajando para las Naciones Unidas en NERV, agencia que tiene a su disposición estos magníficos aparatos: los Evangelions. ¿Es verdad eso?

—Bueno, comprenderás que no pueda desmentir ni confirmar ninguna información al respecto, tengo que dejar todo en conjeturas. Aunque lo que sí puedo decirte a ti y al auditorio en general es que sí estoy trabajando para la O.N.U. en estos momentos...

Las imágenes siguieron corriendo, pero los muchachos ya no le prestaban atención alguna. Estaban pasmados en sus lugares, sin dar crédito a lo que habían escuchado por televisión. Ninguno de los dos atinaba a decir algo, hasta que al mismo tiempo los dos voltearon a verse, igualmente confundidos; su semblante lo decía todo.

—¿Viste... lo mismo que yo vi?— pronunció la chiquilla con la voz apagada, señalando al aparato frente a ellos.

—Sí... sí— respondió su compañero, mirando de reojo la puerta cerrada del cuarto de Misato, donde se había encerrado el mencionado —Kai... Kai nació en el Segundo Impacto. Es sorprendente... no tenía ni idea...

—¿Quieres decir que no lo sabías?— añadió la joven extranjera, poniéndose de pie con una mano en el pecho —Mein Gott! ¡Yo me estaba refiriendo a cómo ese desgraciado infeliz le coqueteaba a esa reportera! ¡Es el cumpleaños de tu mejor amigo! ¿Y no lo sabías? ¡Vaya amigo que resultaste ser! Por lo menos yo tengo la excusa que lo detesto y no me interesa lo que haga ó deje de hacer ese bicho... ¿Pero tú? No puedo creerlo...

—Él nunca mencionó nada al respecto... y yo siempre creí que éramos de la misma edad. Cómo va en nuestra clase...— intentó defenderse, encogiéndose en su lugar. Era inútil, él también se sentía fatal, no necesitaba que Langley lo recriminara.

—Te la vives disculpándote con todo mundo— continuó la muchacha, exasperada por la actitud tan pasiva de la que siempre hacía alarde su compañero piloto. Prefería mil veces trabarse en un combate verbal con Rivera que aguantar el carácter pusilánime de ese mocoso —Así nunca vas a llegar a ningún lado, ¿no lo entiendes? ¡Me desesperas!

—Hago lo que puedo— contestó Shinji, apenado, desviando la vista a otro sitio con tal de no encararse con su compañera —No me gusta perder tiempo discutiendo, ¿sabes?

Asuka calló por unos instantes, limitándose a permanecer en su sitio, de pie, con los brazos a los costados, resoplando mientras observaba cómo Ikari trataba por todos los medios posibles de evadir cualquier confrontación con ella. Era para dar lástima, pensaba. Estaba tan alejado del arquetipo de hombre fuerte que se le había inculcado con el ejemplo desde la infancia, el tipo de hombre que representaba su estándar ideal, y no esa parodia que tenía delante de él. Y le disgustaba sobremanera que precisamente él tuviera que comportarse de aquella manera, hubiera querido hacer algo para que todo no fuera así, pero aparentemente el muchacho estaba más allá de toda ayuda.

—Ni hablar. Simplemente no tienes remedio— suspiró la chiquilla, dándose la media vuelta para dirigirse al cuarto de Misato —Yo misma tendré que arreglar este relajo.

—Espera, Asuka, ¿qué es lo que piensas hacer?— pronunció el infante, incorporándose mientras que la europea avanzaba con paso firme hacia dicha habitación —¡Asuka, espera, no lo hagas!

Ikari suponía, con bastantes fundamentos, la segura reacción que Rivera tendría si es que era molestado, mucho más si estaba dormido en esos momentos, lo que era la opción más probable debido a que desde que se había encerrado no había hecho ruido alguno, algo raro en él. Temía además que en cualquier momento su amigo reventara, pues conocía los efectos adversos que la presencia de la muchacha estaban desencadenando en su persona, sobre todo que su hostilidad fuera en aumento; ya había visto cómo cada día las discusiones entre esos dos subían de ánimo más y más, llegaría el momento en que aquello que los dos se traían les explotara en el rostro. ¿Hasta qué punto podrían llegar, en ese caso? Algo era seguro: no tardarían mucho en alcanzar el límite, por lo que quería retardarlo lo más que fuera posible, pues también estaba convencido que tal evento desencadenaría consecuencias terribles para todos ellos.

—¡Oye tú, miserable!— dijo Langley al momento de deslizar la puerta con fuerza, ignorando las súplicas del joven nipón, puesto que, precisamente, aquella confrontación con Kai era lo que la chiquilla necesitaba más que nada en esos momentos, sobre todo para quitarse la decepción pasada —¿Podrías decirnos qué fue todo eso?

El susodicho no respondió cosa alguna, continuando profundamente dormido en la cama en la que se encontraba acostado, con el rostro oculto entre la almohada. Aquella situación desesperó aún más a la impetuosa jovencita, que ardía en deseos de reprocharle al muchacho su comportamiento para con sus amigos, que hipotéticamente eran ellos.

—¡Te estoy hablando, Van Rip!— prosiguió con su sarta de reclamos que no llegaban a su destino, y por lo tanto resultaban inútiles —¿Porqué razón nunca nos dijiste que te entrevistaron para la tele, eh? ¿Ó cuando era tu cumpleaños? ¿Al súper chico le daba vergüenza ó qué diablos? ¡Te estoy hablando, responde, maldición!— tuvo que llegar al extremo de sujetarlo fuertemente por la camiseta y sacudirlo violentamente, sólo para ver si provocaba alguna reacción en él, cosa que no sucedió.

El chiquillo sólo entreabrió los ojos, pestañeando confundido un par de veces pero sin pronunciar palabra alguna, entre los brazos de la chiquilla, para enseguida volver a dormirse como tronco, ignorando todo lo que pasaba a su alrededor.

—¡¿Cómo te atreves a ignorarme, maldito hijo de...?!— renegó la muchacha, rabiosa cómo nunca antes lo había estado, antes de que la dueña de la casa, recién llegada, la interrumpiera desde el recibidor.

—¿Pero qué significa todo este escándalo?— preguntó cuando se quitaba los zapatos y se enfilaba a su habitación, donde al parecer estaban todos reunidos.

—¡Es este insolente, que no quiere contestar a nuestras preguntas!— señaló la joven rubia, un tanto avergonzada de haber sido descubierta una vez que Misato entró a la pieza, percatándose de la situación.

—Ah, ahora entiendo— murmuró la beldad de cabello negro, mirando sobre su escritorio el frasco con la medicina que le habían recetado a su protegido para la jaqueca.

Lo sostuvo entre sus manos, observándolo con cierto aire de tristeza, pues los doctores ya le habían dicho que sólo serviría para ocultar algunos de los síntomas más molestos, cuando éstos se presentaran, pero que de todos modos aquello no cambiaba la situación en nada. También pasó la vista por el muchacho que estaba tendido en la cama, reposando plácidamente en un sueño profundo, inducido por la medicación. Eran tiempos difíciles para todos, y él últimamente se estaba poniendo bajo mucha presión; le hubiera gustado que volviera con Rei, por lo menos así podría relajarse un poco más y olvidarse momentáneamente de los problemas, pero ni siquiera sabía aún el motivo de dicha separación. Kai se había vuelto más huraño y reservado desde ese entonces, ni siquiera se sinceraba ya con ella.

—Vengan, será mejor que lo dejemos dormir por ahora— les dijo a sus subordinados, saliendo éstos del cuarto mientras que ella arropaba al muchacho —Ha tenido mucho trabajo en su sección durante éstos días, debe estar agotado. Ojalá pueda reponerse con el día de descanso de mañana.

—Me parece que lo mimas demasiado— enunció despechada Asuka cuando volvía a cerrar la puerta y apagaba la luz, para luego cruzarse de brazos y encogerse de hombros —Pero es tu casa, y tú sabrás lo que haces con ese engreído.

—Te agradezco la sugerencia, linda— sonrió Katsuragi, pasándose los dedos por el cabello.

—Misato— pronunció Shinji para tener la atención de su tutora —¿Tú sabías que Kai nació en el Segundo Impacto?

La militar palideció en primera instancia, sin saber qué responder. Obviamente le desagradaba tocar el tema y hubiera preferido no hacer comentario alguno, pero...

—Con que era eso— masculló, encontrando las palabras adecuadas —Sí... obviamente sí lo sabía... es sólo que... verás, yo aún tengo muy malos recuerdos de ese día en especial, y él ya está harto de escuchar la misma historia una y otra vez, ó de que la gente lo mire con extrañeza al saber su fecha de nacimiento... es por eso que a ninguno de los dos nos gusta hacer mucha alharaca al respecto, por lo que no le damos mucha importancia al asunto... no creí que a ustedes les fuera a impactar tanto la noticia... por cierto, ¿cómo se enteraron de eso? No creo que él se los haya dicho.

—No, no se tomó la molestia— intervino Langley señalando al televisor encendido —Tuvimos que saberlo por ese estúpido programa en donde lo entrevistaron.

—Oh, ¿quieres decir que me lo perdí?— se lamentó la mujer, cabizbaja —Y yo que estaba haciendo todo lo posible por salir temprano del trabajo para poder verlo... ni hablar.

Cómo ya no había nada más que decir, la noche transcurrió sin ningún otro percance, y a la mañana siguiente, como era costumbre, Shinji fue el primero de la casa en levantarse, ó al menos eso suponía. Si de por sí, ya tenía bastantes problemas para conciliar el sueño, el dormir en la sala no le hacía algún provecho para mejorar su padecimiento. Pero no se quejaba al respecto, pues ya no quería incomodar más a los demás ocupantes del departamento que no se daban abasto en conseguir un poco de espacio. Misato estaba desesperada ya por hacerse de ese penthouse del piso de arriba. Cuidándose de no hacer ruido enrolló su colchoneta y la guardó en la gaveta correspondiente del armario. Después se dirigió al baño para despojarse de su pijama y vestirse.

Cuando fue al lavabo con su cepillo de dientes y su vaso para enjuagarse la boca, notó que éste ya había sido utilizado antes, pues todavía conservaba gotas de agua que resbalaban por su porcelana hacia el desagüe. Y el agua no era lo único que iba hacia allí, sino también dos sendas gotas de sangre de las cuales se desprendían hilillos que parecían dedos estirándose. La sangre, tan roja y espesa, resaltaba a primera vista, contrastando con el blanco del lavamanos.

¿Quién había entrado primero al baño? No recordaba haber escuchado a alguien levantarse antes que él, a no ser que haya sido muy por la madrugada. Pero aquello resultaba muy improbable. Así que luego de enjuagar con un fuerte chorro de agua el lavabo, y de haberse cambiado de ropas y limpiado sus dientes, se asomó cauteloso por el quicio de la puerta del baño, buscando a la persona que lo acompañaba despierto ya tan temprano. Dio de nuevo un vistazo a la sala, al comedor y la cocina, pero desde antes ya sabía que nadie estaba allí, pues él se hubiera percatado de su presencia al momento de despertarse. Sin embargo, descubrió algo en lo que no había reparado antes: la puerta del departamento estaba abierta. La idea de un ladrón en esos tiempos, lo que era más, en ese país, en esa ciudad de por sí ya deshabitada, en donde el crimen era bajo, por no decir nulo, estaba más asociada a las leyendas urbanas que a la misma realidad. No obstante, al muchacho le dio un vuelco el estómago al imaginarse que un extraño había entrado a su casa sin su consentimiento, invadiendo su intimidad. Aquella sensación de horror se acrecentó ante la posibilidad de que aquél sujeto aún estuviera dentro del apartamento.

Con las rodillas temblándole, se dirigió al recibidor de la casa, para asegurarse de una vez por todas, empuñando una sartén, con la cual se había hecho al entrar sigilosamente a la cocina. En esos momentos era cuando tenía que ajustarse los pantalones, pues él era el único que estaba en pie para defender su hogar. ¿Ó no era así?

El alivio que sintió luego de aquellos angustiantes momentos se fundió con la sorpresa de ver a Kai sentado al borde de la puerta, lo que era más, despierto. Aquello era tan usual casi tanto como ver a un gato ladrándole a un perro trepado en un árbol, ó a los patos tirándoles a las escopetas, por así decirlo. Aún estaba vestido con su pijama: una camiseta de cuello redondo blanca, agujerada y sin mangas, pantalones deportivos negros, ya algo viejos, y sus pantuflas del Hombre Araña. Ni siquiera se había peinado, pues el cabello todo revuelto se le arremolinaba en la cabeza. Fumaba un cigarrillo despreocupadamente mientras miraba en dirección al pasillo, con la cabeza en las nubes.

—Eh— musitó Ikari, a sus espaldas, sin saber qué decir por la impresión que el sólo verlo le ocasionaba. Su joven amigo volteó hacia donde él estaba, interrogándolo con esos ojos verdes que perforaban almas —Buenos días... Kai...

—Buen día, Shinji— saludó éste colocándose el dedo índice y medio en la frente, para entonces apartarlos y señalarlo donde estaba, sin moverse de su lugar —Ah, veo que ya estabas por hacer el desayuno, ¿eh?— fue lo primero que se le vino a la mente al observarlo ahí de pie, desconcertado y sosteniendo esa sartén por el mango —Bien por ti, amigo.

—¿Esto? ¡Ah, sí por supuesto! Eso estaba por hacer...— pronunció, escondiendo su arma a sus espaldas, abochornado —Eh... ¿tú fumas?

—A veces... no suelo hacerlo muy seguido, sólo cuando estoy muy estresado. Lo siento, no quería darte un mal ejemplo— se disculpó mientras apagaba la colilla que había dejado en el piso y la tiraba en el bote de basura que había a su lado.

—No hay problema, en serio. No soy quien para juzgarte— le dijo, para que se sintiera en confianza —Pues... es raro verte despierto a estas horas.

—Sí lo sé. Últimamente no he podido dormir tan bien como antes, ¿sabes?— confesó con sumo pesar, todavía sentado en la puerta —Los nervios están acabando conmigo, Shinji. Y esta mendiga migraña— pronunció, acariciándose la sien —No quiere aplacarse... Pero no está tan mal. Por primera vez en mucho tiempo pude ver el amanecer. Casi había olvidado lo hermoso que era. Ciertamente es algo muy relajante.

—Es verdad, pero...— asintió su compañero, sólo para insistir de nuevo —¿Seguro que todo está bien? Vi manchas de sangre en el lavabo y...

—Ah, con qué era eso— lo interrumpió Rivera, a todas luces incómodo por aquél comentario, pues creía haber enjuagado muy bien el lavabo luego de que lo usó —Lo que pasó fue que me corté al rasurarme, ¿ves?— le enseñó la barbilla, poniéndose de pie para que la admirara mejor, sumamente orgulloso; aunque por más que Ikari buscó, no pudo encontrar ninguna cortada en esa piel recién afeitada —Sí, ya sé que casi no se me veían los pelitos que me estaban creciendo, pero creo que ya va siendo edad de irme afeitando. Además, Kaji me dijo que mientras más pronto lo hiciera más pronto crecería mi barba. Apenas si puedo esperar a que crezca para poder acomodármela en una bella barba de candado. Aunque tengo que admitir que nunca antes me había rasurado, y cómo era mi primera vez no pude evitar lastimarme. Pero creo que bien valió la pena: echando a perder se aprende, ¿ó no?

—Creces muy rápido— se admiró su camarada —Hoy cumples los quince, ¿no? Nunca se me ocurrió que fueras mayor que yo...

—Es nada más un añito— masculló el muchacho, algo sorprendido de que Shinji supiera que ese día era su cumpleaños, aunque después recordó la entrevista para la televisión y todo se aclaró —Sólo que a veces da la apariencia que tú eres el mayor. Eres muy maduro para tu edad, ¿sabes?

—¿En serio lo crees? Pues... muchas gracias— agradeció el comentario, adulado —De todos modos: ¿porqué nunca nos lo dijiste? Me refiero a tu fecha de nacimiento. Es que simplemente es algo increíble.

—Nunca me preguntaron por ello— respondió Kai, caminando a la cocina por un vaso de leche —Además no es la gran cosa. ¿Qué hay de bueno en haber nacido en el Segundo Impacto? Nada bueno, créeme cuando te lo digo, amigo mío. No te hacen una fiesta ni te felicitan pues toda la gente está llorando a sus muertos. ¿Tienes la más remota idea de lo que se siente? ¿Querer festejar mientras todos los demás están de luto, vistiendo de negro? No, por supuesto que no tienes idea. Es algo deprimente. Y luego está la reacción de asombro de todo mundo, cuando lleno un formulario y anoto la fecha de mi nacimiento. Se me quedan viendo como a un bicho raro, con una cara entre de asombro y espanto. Y yo estoy hasta la madre de eso. Qué bueno que estaba dormido cuando pasaron esa entrevista por televisión, así me ahorré verles la cara de sorpresa a ustedes dos.

—Debiste ver cómo se puso Asuka— comentó Ikari, sonriendo —Casi le da un ataque al corazón... aunque debo confesar que al verte en la tele... y al escuchar todo lo que has logrado en tan poco tiempo... me dio un poco de envidia... yo en toda mi vida no he hecho algo de provecho, y tú has hecho tanto por todos... me siento cómo un inútil. Me parece que Asuka sintió algo parecido. Se enojó bastante— desvió el tema, apenado, cuando se estaba poniendo en evidencia frente a su amigo de lo que en verdad le inspiraba.

—Ay, mira, ahorita no hablemos de esa tipa, ¿quieres?— se lamentó a su vez Katsuragi, volviendo a acariciarse la sien cuando sintió de nuevo aquél punzón. Ya se imaginaba que tendría que soportar a Langley durante todo el día; seguro que no lo iba a dejar en paz, si lo que suponía Shinji era cierto —Y tú no debes sentirte de esa manera, mi estimado. Se hace lo que se puede. Cada persona hace por las otras lo que está al alcance de sus capacidades, y si tomamos eso en cuenta, quiere decir que yo no he hecho nada... he desperdiciado tanto tiempo en vano... tiempo precioso...

—¡No seas modesto! Los dos sabemos que no cualquiera puede hacer lo qué tú en tan pocos años; así que no juegues a hacerte el humilde conmigo. Tienes todo el derecho de sentirte orgulloso por ello.

—¡Pero es que yo nunca hice algo que valiera la pena!— contestó levantando la voz, golpeando la mesa de la cocina con el fondo del vaso ya vacío que sostenía en su mano derecha —Todo lo que sacaron en la tele fueron vanos intentos que hice para tratar de olvidar mis errores... y ninguno de ellos consiguió llenar el vacío que sentía en mi corazón, ninguno me alivió de cargar con esta culpa tan pesada que llevo a cuestas... creí que al traer al mundo nueva vida podría expiarme de mis pecados anteriores, pero no fue así, en realidad sólo logré encadenarme aún más a mis remordimientos. ¿Quieres saber porqué? Porque en realidad, muy en el fondo, sólo lo estaba haciendo por mí. Para acallar el dolor de mi alma, que me atormentaba día y noche, incluso cuando cerraba los ojos. ¡No conseguí hacerlo porque todo ese tiempo pensaba solamente en mí, porque fui un hipócrita y un egoísta! No me interesaba el bien que le haría al mundo, sino el bien que me haría a mi mismo, a mi estúpida conciencia. ¡Qué imbécil! Y todavía se atreven a colgarme el título de “benefactor de la humanidad”. ¡Ja! ¡Mis calzones!

Cuando acabó volvió a golpear la mesita con el puño cerrado, como si ella fuera la culpable de su sufrimiento interno. Luego, los dos quedaron en silencio, estáticos en sus respectivos lugares. Ikari se quedó atónito ante aquella revelación. Siempre había visualizado a Kai como una persona desinteresada llena de paz interior, sin ningún cargo de conciencia por sus acciones; pero ahora que lo escuchaba hablar de ese modo, ya no estaba tan seguro. Sabía que gran parte de lo que escupió había sido a causa de la migraña, pero también había fragmentos de sentimientos verdaderos en aquellas frases. ¿Qué cosa tan terrible habría hecho para que sintiera tan grande culpa? Por su parte, Rivera sólo resoplaba, cabizbajo, intentando calmar el dolor de cabeza tan agudo que sentía. Los medicamentos no funcionaban, y si tomaba una dosis mayor caería en un estado comatoso por quién sabe cuánto tiempo. Y exasperarse de ese modo no le hacía provecho alguno. Resolvió por tomar más leche e ignorar a su acompañante si volvía a hacer una pregunta estúpida. Tomó el recipiente de cartón que tenía a un lado y procedió a vaciar parte de su contenido en el golpeado vaso que sujetaba con la mano derecha. El sonido que hacía el líquido al deslizarse de su contenedor original al vaso fue lo único que se interponía entre los dos muchachos, hasta que se le unió el ruido de la puerta del cuarto de Misato cuando se hacía a un lado para dejar pasar a esta última, que salía con gesto solemne e impecablemente arreglada con su uniforme negro y chaqueta roja, mientras se acomodaba su boina del mismo color sobre la cabeza y se metía al baño para darse los toques finales.

—Misato también se levantó temprano— murmuró el chiquillo japonés, cambiando de tema —¿Pero porqué está vestida así? Hoy le tocaba descanso, ¿no es verdad? Pensé que se la pasaría dormida hasta muy tarde.

—Es cierto, se me olvidaba— respondió su amigo desde la cocina, mucho más relajado y olvidándose por completo de lo que habían hablado; fue algo así como una especie de acuerdo tácito entre ambos —Hoy iremos a visitar al abuelo Katsuragi en el cementerio. Vamos todos los años en este día. Ahora, si me disculpas, tengo que arreglarme. A Misato no le gusta que vaya desaliñado a este tipo de cosas. “Respeto a los muertos” ó algo por el estilo, es cómo le llama. Yo digo que es pérdida de tiempo: si ya no pueden vernos, no sé en que les importaría la manera en que vayamos vestidos. Bien podríamos ir desnudos y ellos ni siquiera lo tomarían en cuenta. En fin...

Así, sin más, se refugió en su provisional habitación, cerrando la puerta una vez más, para que nadie le molestara. De esta manera lo entendió Shinji, quien depositó la sartén que sujetaba entre sus manos en la alacena de donde la había tomado, mientras recapitulaba, confundido, su conversación con Rivera. ¿Qué pudo haber hecho que le alentaba ese odio tan exacerbado por sí mismo? No se podía imaginar la respuesta a su pregunta.

Empleó mucho tiempo en ello, aunque fuera en vano, inclusive mientras se dirigían en automóvil al cementerio. Tan cordialmente como era posible en este tipo de situaciones, Misato invitó a sus dos inquilinos a unírseles para honrar a la memoria de su padre fenecido. Ninguno de ellos tuvo objeción alguna y accedieron casi de inmediato, pues la costumbre general en esa fecha era visitar el cementerio, sin importar gran cosa que no tuvieran parientes enterrados allí. Aunque a decir verdad, Shinji sí tenía parentela en ese mismo panteón; ahí se encontraba la hermana de su madre, Reika, como asimismo su abuela materna, Megumi (el abuelo había fallecido ya seis años antes del Segundo Impacto), por lo que aprovecharía la ocasión para visitar las tumbas.

Sólo Asuka era la que, por así decirlo, no tenía vela en el entierro, y sin embargo de igual modo acompañaba a los dolientes (unos más que otros, pero dolientes al fin y al cabo), muy a pesar de Rivera, que se vio en la necesidad de administrarse un par de calmantes para el camino, y así escuchar el ofensivo tono de la muchacha desde lejos, ausente, completamente embrutecido por la droga. Claro que el efecto no era permanente, sino sus problemas no serían tan graves.

La fila de vehículos en la carretera para tomar la desviación hacia el cementerio era insólitamente monstruosa. Gente de todas partes del país venían para visitar las tumbas de los familiares que habían sido enterrados en Tokio, además de que tal evento sacaba de su escondite a casi todos los escasos habitantes que permanecían en Tokio 3, causando un caos vial completamente ajeno a aquella metrópoli.

Así que, después de dos angustiosas horas atascados en la hilera de carros que parecía nunca se moverían de su sitio, lograron entrar al parque cementerio, y lo que es más, alcanzaron un lugar para estacionarse, en gran parte gracias a la maña y colmillo de Katsuragi como cafre al volante, aunque el vehículo hubiera quedado algo retirado de la entrada, pero nadie se quejaba al respecto. El camposanto de la zona urbana del viejo Tokio y sus dos hijas era una enorme extensión de terreno que se extendía por tres hectáreas, a lo menos. No había cruces de ningún tipo, ni losas, sólo pilotes de mármol con los nombres grabados en ellos, sin epitafios, que se distribuían por todo el lugar, con apenas metro y medio separándolos uno del otro, con veredas de dos metros de longitud para que los deudos pudieran pasar y ubicar al occiso que buscaban. Más que un cementerio, aquello se consideraba un monumento, algo así como el Arlington que había en Washington, D.C.

El cielo matutino estaba poblado de densas nubes que lo mantenían nublado, tapando así los rayos solares que se perdían en la alfombra de nimbos, dejando en esas condiciones a la tierra con poca luz, apagada y melancólica: algo muy conveniente para celebrar ese día, si se me permite apuntar, pues el paisaje reflejaba el ánimo de todo mundo. De hecho, parecía que las personas no lloraban la pérdida de un ser amado, ni daban las gracias por haberse salvado de la catástrofe y continuar con vida, sino que más bien daba la impresión de que se iban a lamentar por su suerte, envidiando la posición de los muertos pues eran ellos quienes en realidad se habían salvado, pues ya no sufrían, mientras que los vivos debían seguir arreglándoselas para sortear la vida en esos tiempos, que en vez de mejorar parecían ir cuesta abajo, cada vez más empinados. La situación estaba bastante difícil por todos lados: escasez, desempleo, guerras y revoluciones, gobiernos opresores, grupos terroristas, monstruos gigantescos que asolaban la ciudad y un sinfín de otras molestias similares, cosa que hacía suponer que los difuntos no tenían nada que envidiarles a los vivos.

Katsuragi también percibía dicho estado de ánimo, aunque se resistía con todas las fibras de su ser a ser partícipe de ello, de pie ante la tumba de su padre, aunque sólo fuera un pilote de mármol con su nombre, puesto que no había cuerpo enterrado. No había quedado mucho que enterrar, para ser honestos.

Miraba fijamente las letras inscritas en el delgado trozo de mármol incrustado en el piso, letras que en conjunto representaban el nombre del Dr. Yoshiro Katsuragi; leía la inscripción a través de sus lentes oscuros, mismos que traía puestos pese a las condiciones climatológicas. Ni siquiera en la muerte se había podido despojar de su título, que en vida portara con gran orgullo, como si fuera su segundo nombre. Siempre se había reducido sólo a eso: no era ni hombre, ni esposo, ni padre. Era doctor, era científico y eso era todo lo que le importaba. Nada más. Nada más. Estrujó sus manos y las guardó en puños, apretándolos fuertemente contra sus anchas caderas, luego de incorporarse una vez que depositó en el piso el ramo de flores blancas que traía para adornar la lápida. ¿Cómo pudiste hacerlo? Cada año se formulaba la misma pregunta, sin que alguien la contestara. ¿Pero es que cómo pudiste hacerlo, maldito imbécil? Dejar todo atrás, a tu esposa y a tu hija, a tu condición humana. Todo por tu ridícula búsqueda de conocimiento. ¿Era eso lo que te impulsaba? No lo creo, te engañas si es que llegas a pensar así. A decir verdad, papá, lo que te movía era miedo, ¿no es así? El miedo de saber que personas dependían de ti. La responsabilidad te agobiaba, y por eso te ocultabas, te refugiabas como una tortuga en su caparazón en tu investigación. Es cierto, papá, no trates de mentir. Nos abandonaste, a mi madre y a mí, cuando ya no soportaste más, cuando ya no pudiste con la presión, cobarde. ¿Y qué fue lo que obtuviste al final? Nada, salvo la muerte. La muerte, y el olvido eterno. ¿Era esto lo que querías? Una tumba vacía y un pedazo de piedra con tu nombre en ella. Esto es lo que buscabas con tanto ahínco en tus interminables libros apilados unos sobre otros, tus hojas de cálculo y todos los matraces en tu laboratorio. Huir a toda costa de nosotras. Porque no soportabas tener que cuidar de tu familia, como todo aquél que se precie de ser un hombre debiera hacerlo. Te resultó mucho más fácil querer salvar al mundo que a tu propia carne. Y sin embargo, al final tú... tú pudiste... hacer lo que hiciste... ¿porqué? ¿Porqué lo hiciste? Me sería mucho más fácil odiarte ahora si no l