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La Espada Asesina
CAPITULO VIII
MI SEGUNDA PERSONA AMADA

El sol empezaba a esconderse por completo cuando Kenshin terminó su trabajo en el plantío. Una vez de pie, alzó sus dos manos a la altura de su boca y expulsó un poco de su aliento hacía ellas. Pudo sentir con fuerza el calor de su propio suspiro contra sus frías palmas. Era evidente que el invierno estaba cada vez más cerca. Se acercó con pasos lentos hacía el interior de la choza, donde Tomoe lo esperaba.

Ya había pasado mucho tiempo desde las últimas noticias que había tenido por parte de Izuka, y también del comienzo de su plantío de nabos. Por parte del primer aspecto, esperaba recibir una visita del informante del clan cualquiera de esos días, de seguro antes del año nuevo. Por el segundo caso, el plantío de nabos iba relativamente bien. Se veía a simple vista que varios de ellos sobrevivirían a la ya muy próxima entrada del invierno, y esa era su principal preocupación en esos momentos.

Cuando el chico de cabellos rojizos entró a la casa, Tomoe estaba sentada frente a la hoguera, esperando a que la cena estuviera lista. No había volteado a ver a Himura hasta que éste comenzó a hablarle.

- Está comenzando a hacer frío en las noches. – Mencionó, mientras se cruzaba de brazos como señal del frío que sentía.

Tomoe compartía el mismo sentimiento. El clima en ese lugar parecía ponerse más frío con cada día que pasaba. Iba a ser la primera vez que pasaba un invierno fuera de Edo. La mujer se puso de pie y caminó hacía las despensas, tomando una pequeña botella blanca y girándose con ella hacía su compañero.

- La señora de las flores nos regaló esta botella de sake. – Comentó mientras le enseñaba la botella. Kenshin comprendió el mensaje de inmediato. Unas copas de sake serían lo adecuado para quitarse el frío, aunque él no estaba muy seguro de ello, ya que después de todo aún recordaba lo que era para él beber esa bebida. Curiosamente, en el tiempo que llevaban ahí el Otsu, eran muy pocas las ocasiones en las que había bebido, considerando que en Kyoto era algo más habitual.

Ambos se sentaron juntos a un lado de la hoguera, usándola más como iluminación que como fuente de calor. Tomoe tomó la botella con ambas manos, y la acercó hacía Kenshin, ofreciéndole servirle en su copa. El destajador alzó su mano hacía ella, dejando que vertiera el liquido transparente en la pequeño copa blanca. Viéndolo desde esa perspectiva, en verdad parecían marido y mujer, o al menos eso fue lo que pasó por unos segundos por la mente de Himura, aunque intentó olvidar dicho pensamiento lo más rápido que pudo.

Acercó su copa servida hacía sí y la contempló unos segundos, como dudando. Luego de un rato, la acercó a su boca y dio un largo sorbo. Los ojos del chico se abrieron de sorpresa al saborear el licor. Retiro la copa de sus labios y la miró extrañado.

- Sabe bien. – Exclamó con cierto desconcierto. – Hace mucho que no probaba algo tan bueno.

Tomoe se quedó algo sorprendida de escucharlo decir esas palabras. Recordaba que en algún momento de su estadía en Kyoto había escuchado que el sake nunca tenía un buen sabor para él. Himura por su parte estaba más sorprendido. Tal vez era la primera ocasión en la que saboreaba el verdadero sabor del sake. ¿Sería ese el sabor que su maestro tanto disfrutaba?

- ¿El sabor a sangre ha desaparecido? – Escuchó que Tomoe le preguntaba al tiempo que hacía memoria. Himura afirmó algo dudoso la pregunta. – La cicatriz tampoco ha vuelto a sangrar en todo este tiempo.

Battousai se asombró un poco por el comentario. Últimamente se olvidaba mucho de su cicatriz, a excepción de aquellas veces en las que alguien le preguntaba sobre ella. Era cierto, en todos los meses que llevaban escondiéndose ahí su cicatriz no había vuelto a sangrar. De hecho, ya había pasado mucho tiempo desde la última vez. Si se ponía a pensar al respecto, su herida no se había vuelto a abrir desde el tiempo en el que vivía con Tomoe en el hostal.

De igual manera no había desenfundado su espada en un largo tiempo, ni había tenido ningún combate. Y ahora en ese momento el sake no le sabía más a sangre, y su cicatriz no había vuelto a sangrar. ¿Qué significaba todo eso? Por un instante no pudo evitar sentirse muy confundido ante lo que estaba pensando.

Tomoe notó como el destajador contemplaba con demasiado detenimiento su copa. No podía evitar preguntarse que era lo que tanto lo perturbaba. Mientras Himura es taba concentrado en lo suyo, la mujer extendió su mano para tomar otra de las copas blancas. Al hacerse un poco más al frente, la mujer logró distinguir uno de los rincones de la choza, en el cual descansaba la espada enfundada de Battousai. A lado del arma se encontraba otra vez ese trompo de madera con colores. Lo miró unos segundos y luego pasó a servirse así misma.

- ¿Cómo va el plantío? – Preguntó de la nada, esperando poder sacarlo de sus pensamientos.

- Bien. No sobrevivirán todos, pero eso es común en todas las plantaciones. Aún así de seguro la mayoría crecerán sanos. Sólo espero que estén listos antes de la llegada del invierno.

- Parece que sabes más del tema de lo que dijiste. ¿Tu padre te enseñó como plantar nabos?

La pregunta fue casi como una estocada directa al estomago del destajador. La sola mención de su padre ameritaba ese horrible sentimiento que creía ya haber dejado atrás. Sin embargo, aunque pasaran diez o cien años, no podría evitar seguir teniendo esa ansiedad. Apretó con fuerza su copa y desvió su mirada hacía otro lado.

- No tuve la fortuna de nacer como hijo de un hombre trabajador que se dedicara a plantar nabos. A cambio de ello… nací como hijo de un asesino. – Himura pareció comenzar a hablar al respecto prácticamente de la nada. Tomoe se extrañó un poco de la reacción, pero a la vez se asombró más de lo que le decía. – Un asesino que mató a mi madre y a mi hermana, las únicas dos personas que yo realmente quería. Desde entonces no había tenido algo que realmente ameritara hacerme sonreír...

Ese comentario hizo que Tomoe recordara lo que había ocurrido hace algunos días, cuando los niños estuvieron jugando con ella. Himura prosiguió, volviendo sus ojos hacía el líquido de su copa.

- En lugar de eso sólo comencé a ver más muertes, una tras otra... y ahora por mi propia mano. Creí que jamás volvería a encontrar algo que me hiciera volver a sonreír como antes… al menos hasta ahora. – Los ojos de Tomoe se abrieron por completo después de escuchar las últimas palabras – Este estilo de vida es totalmente nuevo para mí... vivir en una casa, vender medicina… plantar nabos… y ahora que lo pienso, este cambio me está haciendo meditar mucho sobre la forma en la que he estado viviendo hasta ahora.

Tal y como ella comenzaba a creer. Toda esa vida estaba cambiando constantemente la forma de ser del Destajador. En tan sólo unos meses ya no era el mismo chico introvertido y enojón que había conocido aquella noche de lluvia. Estar todo ese tiempo alejado de todos los disturbios de la era lo había cambiado. Sin embargo, no podía evitar preguntarse si ese cambio era para bien… o era para mal.

Himura notó una extraña mirada de preocupación en Tomoe.

- ¿Qué sucede? – Le preguntó con seriedad. Tomoe reaccionó evitando el tema.

- No nada. – Contestó apresurada, y de inmediato le volvió a acercar la botella para llenar de nuevo su copa…

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- ¡Yo soy el gran líder Chosu Kogoro Katsura! – Exclamó con energía uno de los niños, alzando con fuerza la vara de madera que usaba como espada.

- ¡Y yo el poderoso Takasugi Shinsaku! – Agregó el segundo de ellos a la afirmación de su compañero.

Ambos chicos, armados con palos como si fueran espadas, comenzaron a atacarse el uno al otro jugando. Otras tres niñas se divertían por su lado, usando la misma pelota de colores del otro día. Como siempre el frente de la casa de Tomoe y Kenshin era habitado por esos pequeños, que con frecuencia iban a jugar en ese lugar.

En esa ocasión sin embargo, ninguno de los dos habitantes de la choza de madera se encontraba jugando con ellos. Tomoe estaba lavando algunas ropas, usando el agua de un pequeño río que pasaba justo detrás de la casa. Por su parte, Himura estaba al frente, trabajando en el plantío, y al mismo tiempo miraba a los niños jugar. El pelirrojo no pudo evitar reír por dentro al ver a los dos niños jugar con los palos, sobre todo al momento de escuchar la mención de ambos líderes Chosu.

- “Me pregunto que clase de imagen tendrán estos chicos de Katsura-sama y Takasugi-sama.” – Pensó para si mismo luego de oírlos. Era normal que los chicos estuvieran acostumbrados a ver ese tipo de cosas como un juego. Después de todo, la mayoría de los niños de clase baja tenían el sueño de algún día convertirse en un importante y hábil samurai. Claro que eso era algo que no cualquiera lograba alcanzar, sobre todo en esa época, y nadie sabía que clases de cosas vendrían para Japón en los siguientes años. Estando en ese lugar, Himura deseaba en silencio que esos dos niños nunca tuvieran que empuñar algo que no fuera uno palo como el que utilizaban para jugar.

- ¡Anda Kenshin! – Escuchó que uno de los muchachos le gritaba no muy lejos de él.

- ¡Deja esas plantas y vamos a pelear! – Exclamó otro, lanzándose hacía él.

Ambos chicos lo rodearon rápidamente y lo comenzaron a atacar con sus improvisadas armas. Kenshin rápidamente comenzó a intentar cubrirse los ataques con el pequeño objeto que usaba para su trabajo.

- ¡Esperen chicos! – Exclamó sobresaltado Himura, intentando protegerse.

Las niñas se reían a lo lejos al ver como los dos chicos acorralaban al vendedor de medicinas. De pronto, una de ellas divisa por el camino la figura de una persona. Al girarse por completo hacía ella, logra verlo con claridad. Al ver que una de ellas miraba con extrañes el camino, las otros dos voltearon a ver en la misma dirección, lo que llamó la atención de los chicos en el plantío.

Parado con firmeza en el camino se encontraba un chico de kendogi verde claro y algo gastado, y un hakama azul oscuro. Sus cabellos eran negros con un peinado de puntas, y su piel blanca. El chico miraba con seriedad en dirección a donde ellos se encontraban.

- ¡Miren! – Exclamó una de las niñas, señalándolo. Himura alzó su mirada hacía el chico. A simplemente no lo reconoció.

- ¿Quién es? – Preguntó confundido.

- No lo sé. Nunca lo había visto por aquí. – Le contestó una de las niñas.

- Tal vez quiera jugar con nosotros. – Agregó otra que estaba a su lado.

- ¡Iré a preguntarle! – Exclamó uno de los chicos, dirigiéndose rápidamente en su dirección.

El chico se acercó con pasos veloces al extraño, sosteniendo aún en su mano derecha el palo que usaba como su espada. A diferencia de él, parecía que el resto de los presentes no veía al recién llegado con tanta confianza.

Desde su posición, Kenshin y el resto no pudieron escuchar de lo que hablaban. Solamente vieron que su amigo se acercaba al extraño y éste lo volteaba a ver. Posiblemente el niño no le había pronunciado ni tres palabras cuando de repente el extraño alzó su puño izquierdo, golpeándolo con fuerza directo en el rostro. El resto de los chicos se sobresaltó tras ver tal reacción.

- ¡Oye!, ¡No hagas eso! – Gritó Kenshin mientras se acercaba rápidamente a donde ellos estaban. El chico de cabellos negros volteó a verlo con una expresión de furia. Cuando Himura se encontraba a unos pasos de él, se adelantó con fuerza en su dirección, lazándose en su contra. Sorprendido, el pelirrojo pudo ver como el muchacho se lanzaba hacía su lado, mordiéndole con fuerza su mano derecha. – ¡¡AAAAHHH!!

Himura gritó de dolor tras sentir esa fuerte mordida. Dio un par de pasos hacía atrás e intentó zafarse de la mandíbula del extraño, pero parecía que el chico no deseaba soltarlo.

Tomoe había estado algunos minutos el río, lavando las ropas de ambos. Como era de esperarse, su nueva forma de vida les hacía no tener mucha ropa que usar, y por supuesto no mucha ropa que lavar. Tomoe pensaba mucho en lo que Himura le había contado la noche anterior. Ya había escuchado en algunas ocasiones menciones que el joven pelirrojo hacía con respecto a su pasado. Sin embargo, nunca pensó la naturaleza tan horrenda de su vida.

- “¿Su madre y su hermana fueron asesinadas por su padre?” – Pensaba con inquietud la joven mientras realizaba su trabajo. Ese trompo que siempre traía consigo, ese había sido un regalo de alguna de ellas. Ahora comprendía en parte su apego a él. ¿Qué tanto lo habrá afectado la muerte de esas dos personas?, ¿y qué habrá sido de su padre?

- ¡Oye!, ¡Suéltalo! – Escuchó de pronto que los chicos comenzaron a gritar. Por un par de segundos todos se habían quedado muy callados, algo que no parecía ser muy normal, y ahora se escuchaba un gran revuelo.

Inconscientemente dejó lo que estaba haciendo y comenzó a caminar en dirección al frente de la casa. Mientras más se acercaba, más se hacían claros los gritos de los niños, así como lo que le pareció eran los quejidos de Himura. Una vez que pudo divisar lo que ocurría en ese sitio, lo primero que vio fue a Kenshin moviéndose de un lado a otro, con un chico aferrado a su mano derecha.

Los ojos oscuros de la joven se abrieron por completo tras divisar a ese chico. Su cabello negro, su piel blanca, sus facciones, pareció reconocerlo todo en cuanto puso sus ojos en él.

- ¡Enishi! – Exclamó intentando salir de su asombro.

La voz de Tomoe pareció traer el silencio de nuevo al lugar. Inmediatamente el chico de cabellos negros se apartó del vendedor de medicina y plantó sus pues de nuevo en la tierra. Su expresión seria y dura cambió drásticamente al ver a la mujer de kimono morado. Sus ojos brillaron y una larga sonrisa surgió en su rostro.

- ¡Hermana! – Exclamó sonriente el muchacho. Todos los demás se quedaron atónitos tras escucharlo.

- ¡¿Hermana?! – Dijeron todos los niños al mismo tiempo, al igual que Himura, que comenzaba a sentir un dolor punzante en su mano.

Los cinco niños se encontraban discretamente observando desde la puerta de la choza. Tomoe estaba de pie a lado de la hoguera, con el extraño chico parado frente a ella; la mujer tenía sus manos sobre los hombros del chico, casi de una manera protectora. Himura estaba frente a ellos, aún algo confundido por lo que había pasado.

- Éste es mi hermano menor, Enishi. – Informó Tomoe con cierta firmeza. A Kenshin pareció volverlo a confundir esa afirmación.

- ¿Tu hermano?

La reacción no se limitaba sólo a él, ya que al parecer los chicos también estaban algo extrañados.

- ¿Es el hermano de Tomoe-dono? – Preguntó extrañada una de las niñas.

- No se parece en nada a ella. – Afirmó con enojo el mismo chico al que había golpeado solamente unos minutos antes.

La llegada de ese chico era sin duda inesperada, pero Himura intentó recuperar la compostura.

- Ya veo. Entonces creo que tienen mucho de que platicar. – El pelirrojo se acercó a ellos, y alzó su mano derecha, colocándola sobre la cabeza del muchacho, lo cual pareció no agradarle en lo más mínimo. – No se preocupen, voy a trabajar...

Antes de que pudiera terminar de decir que saldría a trabajar en la hortaliza mientras ellos hablaban, una vez más sintió como los “afilados” dientes de Enishi se clavaban en su mano, haciéndolo retroceder de nuevo del dolor.

A pesar de que había dicho, o más bien había querido decir que iba a trabajar con los nabos, Himura no se encontraba trabajando en ello después de haber dejado a Tomoe y a su recién llegado hermano solos en la casa. Varios pensamientos comenzaron a rondar por la mente del pelirrojo cuando se sentó a la sombra de unos de los árboles. Miraba con atención su mano derecha, y sobre todo la marca que había sido provocada por las mordidas del extraño muchacho. Los niños habían reanudado sus juegos como si nada hubiera pasado, aunque ahora una de las niñas había pasado al lado de los varones, usando de igual manera un palo como espada.

Himura ya había pensando que de seguro Tomoe tenía familia en algún lugar de Japón, un padre o una madre, y de seguro hermanos, pero nunca pensó que alguno de ellos viniera a buscarlos. Además, hubo algo muy singular en los ojos de ese chico cuando la vio, un brillo y una alegría muy grande. Tal vez ya había pasado mucho tiempo desde la última vez que se vieron.

- “Con qué el hermano de Tomoe.” – Pensó para si mismo con seriedad. Tras admirar a hermano y hermana juntos, no pudo evitar pensar en si mismo por unos instantes. – “Si Satomi-neesan hubiera seguido convida y tuviera la edad de Tomoe... yo sería tal vez un par de años mayor que ese chico.”

La reunión de Tomoe y Enishi había provocado que Himura invocara de nuevo el recuerdo de su hermana mayor. Curiosamente había accedido a hablar de ese tema no hace mucho, y ahora ocurría este singular encuentro. Se comenzó a preguntar como se hubiera visto su hermana si tuviera dieciocho años. De seguro hubiera sido una chica muy hermosa, tal vez ya para esas alturas estaría casada. Su vida de seguro sería diferente si eso fuera así.

De pronto, otro tipo de pensamiento ocupó la mente del destajador, otro punto que lo había inquietado casi desde el principio.

- “Hay algo que no está bien. Se supone que sólo Katsura-sama e Izuka conocían que nos escondíamos en este lugar. ¿Cómo habrá sabido donde encontrarla? ¿Se habrá comunicado con él de alguna manera?”

Himura recordaba que constantemente durante las noches, Tomoe usaba la pequeña mesa para escribir. Normalmente él se dormía cuando comenzaba a usarla, y ella se acostaba tiempo después, pero recordaba haberla visto en varias ocasiones escribiendo en su diario. Ese diario ya lo había visto en el hostal, y constantemente lo traía consigo. Nunca lo había leído, después de todo era un diario. Ahora se comenzaba a preguntar si de igual manera durante las noches escribía cartas a sus familiares. Eso podría ser muy peligroso, pero esperaba que no mencionara la verdadera identidad de su compañero.

Entonces se le ocurrió que probablemente en alguna carta Tomoe le comunicó a su familia que se había casado con alguien. Posiblemente esa había sido una noticia muy impactante para ellos. Era evidente que su hermano tenía muy mala imagen de él, y lo miraba con gran furia. Tal vez estaba molesto por la situación de su hermana, cree que un vago vendedor de medicinas se la robó y ahora la tiene viviendo en condiciones que no están acorde a su estado social. Eso podría explicar la reacción del muchacho. ¿Habría él reaccionado igual si su hermana Satomi hubiera terminado en la misma situación?

- ¿Qué pasa?, ¿ya no vas a seguir jugando? – Le preguntó uno de los chicos con energía.

- Sí, enseguida voy... – Les contestó, poniéndose de pie. Una vez parado, alzó su mirada al cielo seminublado. – “Es mejor no preocuparme por eso. Se ve que Tomoe se sintió muy feliz de verlo de nuevo...”

En el interior de la casa, Tomoe y Enishi comenzaban a conversar después de tanto tiempo de no haberse visto. La mujer se encontraba agitando la comida en la hoguera con una cuchara de madera. El chico estaba a su lado, mirando con desprecio hacía la puerta, casi como si pudiera ver a través de ella al hombre pelirrojo que estaba afuera. Tomoe parecía no percibir ese rencor tan grande que brotaba de su hermano, o no le ponía mucha importancia, después de todo Enishi siempre había tenido un carácter demasiado fuerte.

- Ha pasado mucho tiempo Enishi. – Comunicó la mujer, volteándolo a ver con una sonrisa. – Esto fue una gran sorpresa, pero me siento feliz de todas formas. Te dije que nos volveríamos a ver dentro de poco, pero resultó ser más pronto de lo que esperaba.

Enishi la miró fijamente unos segundos y luego bajó su mirada. Es sonrisa que adornaba su rostro, seguía siendo tan falsa como lo había sido en aquel entonces, y eso lo hacía hervir la sangre por dentro. No estaba seguro si le enojaba más el hecho de que su hermana le sonriera de esa manera, o la razón por la que ella sólo era capaz de sonreír así en esos momentos.

- Sí Hermana... – Contestó, intentando reflejar tranquilidad.

- Debes de tener mucha hambre. Prepararé la cena dentro de poco, ¿de acuerdo?

El chico asintió, pero en realidad no tenía mucha hambre ni tampoco tenía pensado sentarse a comer tan tranquilo. Después de todo tenía una misión que cumplir.

- ¿Y cuando viniste para acá?, ¿cómo ha estado nuestro padre?

- No tengo idea... – Contestó Enishi con desganó, desviando su mirada para otro lado. – Yo vine para acá un poco después de que tú te fuiste, hace cerca de medio año.

La expresión de Tomoe cambió drásticamente al escuchar esas palabras. Sintió una gran impresión que le invadía el pecho. Volteó a ver a su hermano con sus ojos llenos de sorpresa.

- ¡¿Qué..?!, ¡Enishi!, ¡Me lo prometiste!

- Lo siento mucho... pero en verdad nunca tuve la intención de cumplir esa promesa. – Le contestó con firmeza el chico de cabellos negros. – No podía dejarte sola aquí en Kyoto. Nuestra madre nunca me lo perdonaría. – Tomoe de sobresaltó al escucharlo. Le parecía extraño que el chico hubiera mencionado de esa manera a su madre. – Justo cuando te fuiste, comencé a sentir un horrendo dolor en el pecho, y el presentimiento de que algo horrible te ocurrirá. Es por eso que viene de inmediato detrás de ti.

- “¿Presentimiento?” – Pensó Tomoe con algo de confusión. Recordaba que en ocasiones su padre le había contado de algunos antepasados que eran capaces de presentir cosas malas que ocurrirían en el futuro, casi como un “poder especial”. Ella ya lo había experimentado antes, de hecho no hace mucho. – ¿Pero hace medio año?, ¿Dónde te has quedado a vivir todo este tiempo…?

De pronto, una idea escalofriante le llegó a su mente. Aproximadamente hace dos meses y medio, había escrito una carta para su padre y otra para su hermano, y las había enviado a Edo. Eso había surgido tras una conversación que había tenido con Himura, donde le dijo que aunque fuera para esconderse, se sentía mal de que su familia no supiera que vivían como marido y mujer. Por esa razón había escrito esas dos cartas. En ellas no explicaba a detalle su situación, pero si informaba que estaba viviendo en Otsu con su “esposo”. En un principio en cuanto vio a Enishi pensó que esa carta había sido la razón por la que su hermano la había encontrado.

Sin embargo, si era cierto que él había salido de Edo hace medio año, un poco después de ella, eso significaba que esa carta que le había escrito nunca llegó a sus manos.

- Enishi... ¿Cómo supiste donde encontrarme? – Le preguntó casi con miedo ante la respuesta que recibiría.

El chico sonrió feliz ante la pregunta de su hermana mayor. Su sonrisa era casi maliciosa, una sonrisa que no se espera ver en el rostro de un niño.

- Lo supe... gracias a que yo soy el informante Hermana. – Le contestó con un tono bajo, suficiente para que lo escuchara.

El impacto de esa noticia fue mayor al de todas las demás revelaciones. Inconscientemente abrió por completo su mano, soltando la cuchara de madera que estaba usando. Se quedó unos momentos petrificada, viendo fijamente al chico de cabellos negros. Éste sintió su sorpresa, pero siguió hablando, ahora con cierto entusiasmo en sus palabras.

- Ya estás preparada, ¿No es así? El momento de regresar tu felicidad ha llegado. Es momento de castigar a Battousai por todo lo que nos ha hecho...

Tomoe no podía creer lo que escuchaba. Nada de lo que había vivido o pensado hasta entonces la había preparado para eso. Esos sujetos se lo habían dicho en aquel momento: “Cuando sea tiempo, mandaremos a un informante hacía ti... Debes de estar lista para cuando este momento llegué.” ¿Pero cómo podría ella saber que esa indicación iba a involucrar a su propio hermano?, incluso en ese momento no lo podía creer.

- ¿Es lo que deseabas no es así? – Prosiguió Enishi, haciéndose hacía el frente. – Es la razón por la que te fuiste de Edo... Ese maldito es el culpable de tu tristeza... ¡Pero podemos acabar con todo esto ahora mismo!

- Regresa a Edo Enishi... – Pronunció de golpe la joven de kimono morado, cortando de esa manera lo que su hermano decía.

Ahora la expresión de confusión era por parte de Enishi. Se sobresaltó extrañado, creyendo que no había oído bien.

- ¿Qué?

- Eres el heredero de la Familia Yukishiro... – Le explicó su hermana con firmeza. – de ninguna manera puedes verte involucrado en este tipo de cosas. Vuelve a casa con nuestro padre.

- ¡¿A quién le importa esas tonterías?! – Gritó con furia ante tales excusas. – ¡Estoy haciendo esto por ti Hermana!, ¡Esa es la razón por la que vine hasta acá!

De pronto, Tomoe alzó sus brazos hacía él y lo tomó de la cabeza. Acercó a su hermano hacía sí y lo aferró con fuerza a su pecho. El chico se quedó congelado al sentir ese abrazo por parte de su hermana. Podía sentir su cuerpo calido a través de la tela de su kimono.

- Entiéndelo Enishi... vuelve a casa... – Le comenzó a decir con un tono casi maternal. – Tú no tienes nada que hacer en este lugar. Eres muy joven como para verte involucrado en cosas como éstas. Tú debes de ser feliz por tu cuenta y no dejar que las desgracias de otros afecten esto, en especial las de tu hermana mayor. Eres un chico muy bueno, y no quiero que esa bondad se manche con actos sucios. Debes de ser feliz Enishi, obtener la felicidad que yo no tengo con tus propios medio… ahora vete y olvida todo lo que te hayan dicho. No hay nada que hacer aquí…

Enishi se quedó un largo rato en silencio, teniendo su rostro contra el cuerpo de su hermana. No podía concebir lo que escuchaba. Él lo sabía muy bien, era capaz de ver a través de sus palabras. Después de todo lo que había ocurrido, después de todo lo que habían hecho… ella ya no estaba dispuesta a hacerlo. ¿Por qué?, ¿Por qué ahora que estaban tan cerca sentía tanta duda surgir? De golpe, una gran rabia invadió al muchacho. Se separó frenético de su hermana, cayendo sentado en el suelo de madera.

- ¡¿Porque estás haciendo esto?! – Le gritó enojado. – ¡¿Por qué lo defiendes?! ¡Él es tu enemigo! ¡Él fue quien te quitó tu felicidad!, ¡Él fue quien provocó que ya no pudieras sonreír como antes, ¡Él es el culpable de todo!

Tomoe no le contestó nada. Solamente bajó su mirada melancólica y la clavó en el suelo. El chico la miraba con los ojos a punto de llenarse de lágrimas ante la rabia que sentía por dentro.

- ¡¡¿Porqué?!! – Gritó con fuerza, golpeando el suelo con su puño derecho.

- ¡Adiós Kenshin-san! – Se despidieron los chicos, agitando sus manos mientras se alejaban del lugar. Himura se despidió de ellos de la misma manera, y luego se quedó un rato en el camino viendo como se alejaban.

Tomoe y su hermano ya habían estado largo tiempo hablando en el interior de la choza. En un momento Himura había logrado escuchar unos gritos provenientes del interior, pero no logró escuchar para nada lo que decían; después de todo no era de su incumbencia. De seguro su hermano comenzaba a reprocharle el haberse casado sin haberle avisado a nadie. Himura habría deseado entrar y defenderla, pero no era buena idea intrometerse en los asuntos de hermanos. Tenía la esperanza de poder hablar con el chico cuando su conversación terminara y poder aclararlo todo.

Sin embargo, cuando el pelirrojo se giró de regreso a la choza, se sorprendió de ver a Tomoe y a Enishi afuera de ésta. La mujer estaba parada en la puerta, mientras el chico se encontraba con la mirada baja frente a ella.

- Por favor, saluda a nuestro padre de mi parte y dile que estoy bien. – Le pidió Tomoe al muchacho como últimas palabras de despedida.

- Hermana... – El chico no alzó de nuevo su mirada. – Ya te dije el sitio... así que ahora me voy.

Enishi se dio media vuelta, dispuesto a marcharse. De pronto, justo cuando se giró, se encontró de golpe con Himura, que caminaba hacía ellos. Tomoe se quedó muy seria al verlo acercarse.

- ¿Qué sucede? – Preguntó extrañado. – ¿No se quedará a cenar?

El chico alzó su mirada de golpe, reflejando en ella un tremendo odio. Himura inconscientemente retrocedió un poco; casi volvió a sentir la mordida del chico en su mano, pero en esta ocasión no se movió. Enishi simplemente se quedó de pie, clavando sus ojos con fuerza sobre él.

- “Si no fuera por ti... ¡Si no fuera por ti nada de esto hubiera pasado!”

El chico le sacó la vuelta y se alejó corriendo del lugar sin mirar atrás. Himura lo siguió con la vista totalmente desconcertado. Tenía la impresión de que su conversación no había salido tan bien como esperaba. Cuando Enishi ya estuvo lejos, se giró hacía Tomoe, pero ésta desvió por completo su mirada hacía otro lado. Sin pronunciar ninguna palabra, se adentró de nuevo en la choza.

Ya habían pasado un par de días desde la visita de Enishi. Tomoe había estado muy extraña todo ese tiempo. Estaba muy pensativa, muy callada, y parecía que frecuentemente releía con lo que había escrito en su diario. Lo único que parecía distraerla era el plantío. Y fue justo una tarde, una tarde de diciembre, en la que todo su trabajo comenzó a tener sus frutos.

Himura tomó con fuerza uno de los rábanos y lo jaló hacía el exterior. La verdura de color blanco se veía grande y fresca. Lo miró con orgullo mientras le quitaba un poco de la tierra que lo rodeaba y luego lo colocaba en la canasta que sostenía Tomoe a su lado.

- Mira, lo logramos antes del invierno. – Pronunció el destajador con una sonrisa.

- Sí, veo que todo salió como lo esperábamos.

Tomoe también se sentía orgullosa al ver los rábanos frente a ella. Sin embargo, tenía demasiadas cosas en que pensar en esos momentos, y los rábanos no eran necesariamente una de ellas.

Himura se giró a sacar otro.

- Para serte honesto, no estaba seguro de si lo lograría, pero ahora que lo veo, me doy cuenta de que crecieron muy bien.

Tomoe miraba con cierta curiosidad al joven pelirrojo. El verlo ahí, con una gran sonrisa sacando los rábanos de la tierra, parecía casi un niño obteniendo un nuevo regalo. Le había dicho que cuando era niño su hermana y su madre los cultivaban. ¿Serán acaso esos cultivos una manera de recordarlas?

De pronto, Himura vio como una pequeña mancha blanca bajaba del cielo justo frente a su rostro. Alzó la mirada confundido. Comenzó a ver dos, tres, y cada más pequeñas manchas blancas que caían del cielo nublado. El chico extendió su mano y dejó que una de ellas cayera en su palma: cocos de nieve, sin duda alguna.

- Está nevando. – Pronunció mirando al cielo. – La primera nevada de la temporada. – Se volvió una vez hacía su plantío. – Parece que todo sucedió justo a tiempo.

Kenshin y Tomoe se encargaron de recolectar todos los nabos rápidamente. Los introdujeron a la Choza, guardándolos con cuidado en un rincón. Eran bastantes, como para comer nabos todo el invierno. Por supuesto esa misma noche tenían que comerlos como forma de celebración.

Mientras en el exterior comenzaban a caer con delicadeza los primeros cocos de nieve de ese año, Kenshin y Tomoe se sentaron a comer frente al fuego de la hoguera. Himura tomaba los nabos hervidos con sus palillos y los introducía sonriente a su boca. Tomoe miraba confundida como el chico parecía estar disfrutando de su cena. Después de un rato Himura sintió sus ojos sobre sí.

- ¿Sucede algo? – Le preguntó extrañado al ver su mirada.

- No, es sólo que, estás comiendo muy bien, como si la comida tuviera un sabor muy bueno.

- Talvez sea por que lo tenga. – Le contestó sonriente. – No sé a que se deba, pero siento que es la mejor comida que he tenido en mucho tiempo.

Tomoe se quedó callada un largo rato. Después de unos segundos, volvió a hablar, manteniendo su mirada fija en su propio plato.

- Si tu madre y tu hermana no hubieran muerto, ¿crees que ésta sería la vida que tendrías? – Himura se quedó confundido al oír esa pregunta. – Me parece que no fuiste una persona hecha para las Guerras. Podrías haber vivido así, pacíficamente, cultivando y comiendo de lo que cosechas con tus propias manos. Dime, ¿la vida pacifica que hemos vivido estos meses no ha cambiado tu forma de pensar?

Ahora fue Himura quien permaneció en silencio. Posiblemente era una pregunta que él mismo se había hecho más de una vez, pero necesitaba que ella se lo preguntara para lograr construir una verdadera respuesta en su cabeza. Bajó su plato colocándolo en el suelo y luego clavó sus ojos en el fuego.

- Como ya te había dicho, he estado pensando mucho a partir de nuestra vida aquí. Por mucho tiempo, pensé que peleaba por la demás gente, para mantener su felicidad utilizando mi fuerza; ese era el propósito del Hiten Mitsurugi. Pensé ciegamente en el objetivo de forjar una nueva era con mi espada, aunque para ello tuviera que matar a muchos. Pero ahora me doy cuenta de una verdad que no había comprendido en su momento; ¿cómo podía defender la felicidad de los demás si yo mismo nunca había experimentado mi propia felicidad? – Una sonrisa ligera surgió en sus labios. – Fue entonces cuando llegué aquí, comencé a vivir una vida normal, como la gente común, y fue viviendo a tu lado cuando por fin conocí la verdadera felicidad.

Los ojos de Tomoe reflejaron un gran asombro tras oír esa afirmación. “Felicidad”, esa palabra le traía demasiados recuerdos, en especial después de su encuentro con Enishi. Himura prosiguió.

- Ahora gracias a esto, ya tengo el motivo claro por el que he peleado todo este tiempo y por el cual pelearé en el futuro… un motivo por el cual vivir. Y todo, gracias a ti.

- ¿Has descubierto todo eso viviendo aquí?

- Sí, aunque parezca ilógico. – Himura alzó su rostro hacía Tomoe, ofreciéndole una gran sonrisa.

“Un motivo por el cual vivir”, esa frase se repitió en la mente de Tomoe. Aquella noche en Kyoto, la misma noche del festival del Gion, él mismo le había mencionado algo con respecto a eso, diciéndole que no poseía una razón para vivir. Ahora, medio año después de esa noche, le menciona algo totalmente diferente.

Tomoe comenzó a sentir una extraña ansiedad en su pecho. Esas últimas noches, Himura le había compartido demasiadas cosas, y ella empezaba a sentir la necesidad de contestarle de la misma manera…

- Nunca me has preguntado sobre mí. – Mencionó de repente, extrañando a Himura. – Nunca me has preguntado sobre mi familia, mi origen... quién soy en realidad.

- Yo... – Himura dudó un poco que tenía que contestar a eso. – Siempre he querido saber de tu pasado… pero no pensé que fuera necesario preguntar ese tipo de cosas. Pensé que si en algún momento tendría que saberlo, sería porque tú querías.

- Entonces, ya que te has abierto hacía mí… ¿me permites hablar también?

Kenshin sintió como el aire se iba al escucharla. No podía creer lo que había oído. ¿Sería cierto?, ¿Estaría Tomoe dispuesta a contarle sobre su pasado? En el fondo era algo que siempre había deseado, pero en esos momentos le confundía ese giro tan repentino.

Tomoe interpretó el silencio de su compañero y comenzó de esa manera a contar todo lo que se había guardado ese medio año. Intentó sobre todo mantener la tranquilidad y la compostura a todo momento, pero no estaba segura de cuanto podría durar así.

- Mi familia vivé en Edo. Mi padre es un samurai de baja categoría. No es el mejor, pero es una buena persona. Teníamos dinero, pero no podíamos considerarnos nobles. A veces teníamos problemas con la comida, pero normalmente vivíamos bien. Mi madre murió ya hace algunos años por culpa de una enfermedad, tiempo después de dar a luz a Enishi. Así que yo y mi hermano fuimos criados por mi padre, un hombre trabajador, y bondadoso. – Tomoe hizo una ligera pausa, como si estuviera pensando detenidamente en lo siguiente que diría. – Enishi nunca conoció a mi madre, por eso prácticamente yo tomé su lugar, y para Enishi no soy sólo su hermana mayor, sino también su madre. Él es un chico muy bueno. Tiene un mal temperamento, pero dentro de él tiene una gran bondad, eso lo sé… Pero comenzó a comportarse de esa manera cuando se enteró de mi compromiso...

El semblante de Himura palideció de golpe al oír esa afirmación, y por un instante pudo sentir como un silencio absoluto los cubría. Cuando menos lo pensó, se escuchó una ligera brisa que pasaba por el exterior de la choza y esto pareció hacerlo reaccionar.

- ¿Compromiso?

Tomoe sabía de antemano la reacción que tendría al momento de oírla.

- Mi prometido era el segundo hijo de un samurai, un hombre de clase de media que era un buen amigo mío desde la infancia. Cuando él me eligió para ser su esposa, yo me puse muy feliz. Él realmente me gustaba... mucho... – Tomoe bajó drásticamente su cabeza muy pensativa. – Cuando Enishi se enteró, se enojó mucho; A él nunca le agradó. Pero... a pesar de que yo lo amaba... nunca fui capaz de ofrecerle una sonrisa. Creo que comencé a asustarme ante la idea de ser feliz, y por eso él jamás se enteró de lo feliz que realmente era. Él dijo que encontraría a toda costa la manera de traerme la felicidad. Su hermano mayor se había marchado a Kyoto para unirse a la patrulla de la ciudad, así que él decidió seguirlo y convertirse en un gran guerrero, pensando que ganando renombre podría entregarme la felicidad que necesitaba. Y en medio de los disturbios de Kyoto... fue asesinado.

Himura se quedó muy serio al escucharla; desde que comenzó a hablar de su prometido tenía el presentimiento de que el relato iba a terminar de es amanera. Podía notar como un sentimiento de tristeza comenzaba a aparecer en las palabras de la joven, pero aún así no era capaz de reflejarlo en su rostro.

- Su hermano me escribió para darme la noticia. En cuanto recibí la carta, no pude quedarme quieta, así que de inmediato fui a Kyoto... y ahí fue donde te conocí. – Tomoe alzó un poco la mirada, viendo con cuidado a Kenshin. Notó como éste la observaba con gran detenimiento. Se sintió un poco incómoda de seguir hablando al respecto, pero aún había algo que deseaba decir. – En algún lugar de Kyoto, mi prometido murió, y toda mi felicidad se fue con él. Ni siquiera tuve la oportunidad de verlo. Pero en realidad... todo fue mi culpa. Si le hubiera demostrado que realmente era feliz, si le hubiera dicho que no era necesario que hiciera nada para darme felicidad... tal vez... él seguiría...

La joven apretó con fuerza sus manos sobre sus piernas, sujetando entre sus palmas las telas moradas de su kimono. Bajó de nuevo su mirada y se veía que tenía deseos de llorar con todas su fuerzas en ese mismo momento, pero aparentemente se contenía de hacerlo, como lo había hecho durante tanto tiempo.

De pronto, sintió la presencia cercana de Himura. Los brazos del chico se extendieron y la acercaron hacía él. El rostro de Tomoe se encontró contra la tela azul del kimono de Kenshin, siendo sujetada contra su cuerpo.

- Tranquila. – Le dijo el joven mientras la abrazaba. – Adelante… por favor…

La voz del joven era dulce y cariñosa. Podía sentir el calor de su cuerpo a través de la tela de su traje; calentaba más que el fuego. Ese abrazo, y también esas palabras, Himura le estaba dando la oportunidad que nunca había tenido de desahogarse por completo. Tomoe no pudo más; en un momento sintió como todo lo que guardaba dentro salía de golpe. Un fuerte gritó surgió de sus labios al mismo que sus ojos se cubrieron de lagrimas. Se aferró con fuerza a Kenshin, como no queriendo separarse de él ni un sólo momento. Por primera vez en más de medio año estaba llorando como reflejo de lo que sentía por dentro.

Himura sujetaba a la mujer contra él mientras guardaba silencio, simplemente dejando que sacara todo lo que tenía adentro. Solamente él podría entender ese gran deseo de gritar y llorar, pero no poder hacerlo…

El campo se había cubierto casi por completo por toda la nieva que había caído la noche anterior. Había sido una nevada muy fuerte considerando que era la primera de la temporada. El sol se comenzaba a levantar, pero parecía que la nieve no se derretiría tan fácil. Todo parecía ser una señal de lo que sería ese día, un día como ningún otro.

Cuando Tomoe se levantó todavía estaba oscuro. Himura dormía tranquilo en su lugar. Era posiblemente una de las pocas veces en las que había dormido en su cama y no sentado a lado de su espada. Eso era una señal de que el chico estaba cambiando. En cuanto se despertó, la mujer de cabellos negros se dirigió a ese lugar privado en el que acostumbraba escribir. Tomó su diario y fue directo a la última hoja que había escrito. Dio un vistazo rápido a las letras en ella y cambió a la siguiente hoja en blanco. Tomó su pincel y escribió unas palabras rápidas. Más que una de las notas habituales de siempre, esa era más una “despedida”, las últimas palabras de una persona que en su mente se dirigía a su muerte. Llenó la página y cerró el libro con delicadeza.

Una vez terminado lo referente a su diario, se dispuso a cambiarse. Se retiró la ropa con la que siempre dormía y se colocó su kimono blanco, su kimono favorito, ese con el que salió de Edo y con el que llegó a Kyoto, el mismo kimono color nieve que aquella noche se manchó con la lluvia de sangre. Se arregló con mucho cuidado y delicadeza, como si fuera otra de las salidas que hacía con Himura para vender medicinas. Se sujeto el pelo y por último tomó el chal azul colocándoselo en los brazos. En unos cuantos segundos estaba lista para salir, pero en esta ocasión tendría que ser sola.

Miró con detenimiento a la persona recostada y tapada con el cobertor, del cual sólo mostraba su rostro. Dormía del lado derecho, por lo que se veía claramente su larga cicatriz.

- “Yo vine a este lugar solamente para encontrar a una persona.” – Pensó mientras veía como el joven pelirrojo dormía. – “Pero cuando la encontré, esa persona era totalmente diferente a lo que yo creía.”

Tomoe comenzó a caminar con pasos lentos pero seguros hacía la puerta.

- “Lo siento… Al final de cuentas todo fue mi culpa... pero necesitaba convencerme a mi misma de que no era así, echarle la culpa a algo o a alguien... de no hacerlo terminaría por volverme loca. Es por eso… que me uní al plan de matarte...”

******

- El nombre del asesino que buscas es “Hitokiri Battousai”. – Le había dicho ese hombre de barba hace ya medio año. Tomoe estaba frente a él, escuchándolo. – En las calles se rumorea que es un demonio con espada, pero la verdad es que es tan humano como nosotros, y como humano que es tiene sus propias debilidades. Lo que lo hace tan temido es que la gente ni siquiera conoce su rostro. Pero nosotros tenemos esa ventaja, ya que conocemos la identidad de Battousai. Lo único que nos falta es averiguar la manera de exterminarlo. Para eso necesitamos a alguien que pueda acercarse a él lo suficiente como para saber cuales son sus puntos débiles… de esa manera los días del temido Destajador terminaran. – El hombre la volteó a ver con una expresión penetrante. – ¿Deseas venganza?... nosotros te damos la oportunidad de obtenerla…

******

Su viaje a Kyoto en busca del maldito que había asesinado a su prometido había empezado y terminado de una manera que jamás había previsto. Ahora que se encontraba en la puerta, con su mano lista para abrirla y marcharse, no podía creer todo lo que había pasado y hasta donde había llegado en todo ese tiempo. Ahora todo lo que había creído y hecho no tenía sentido.

- “Me arrebataste la felicidad…” – Pensó para si misma, siguiendo con sus ojos fijos en el destajador dormido. – “Pero… al final de cuentas fuiste también tú quien me la regresó. Es por eso no dejaré que mueras en este lugar.” – Tomoe colocó su mano en la puerta y la abrió con delicadeza. Un viento frío surgió del exterior, tocándole el rostro. – “Aún te queda mucho por hacer en este mundo a diferencia de nosotros dos, que ya estamos muertos... Pero espero que todo esto no haya sido en vano y que encuentres el verdadero significado de tu existencia…”

Tomoe salió de la choza, y una vez frente a la puerta se giró de nuevo hacía el interior, dando un último vistazo a aquel que fue su compañero durante todos esos meses. De pronto, una sonrisa surgió de nuevo en su rostro al tiempo que lo observaba. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que su rostro lograba reflejar al menos un poco de la felicidad que sentía. Miró con detenimiento a Himura por unos segundos antes de dar unas últimas palabras al viento.

- Adiós… mi segunda persona amada…

La puerta de madera se cerró frente a ella, y el interior de esa casa de madera desapareció por completo de su vista. Esa sería la última vez que vería convida ese sitio…

Himura se despertó con la mañana ya muy entrada. Sintió como el sol entraba por la ventana y le tocaba el rostro. Sus ojos se abrieron y tardaron unos momentos en poder recuperar por completo la claridad de su visión. La casa se encontraba sumida en un silencio lúgubre, algo que era común cada mañana. Sin embargo, había algo diferente en esa ocasión, y él lo sintió en cuanto se despertó por completo. Se sentó en su cama y movió su cabeza hacía todos lados hasta que pudo ver cada rincón de la choza. Tomoe no estaba en ningún lugar; su cama estaba vacía.

- ¿Tomoe? – Preguntó totalmente confundido. De pronto, tuvo un horrible presentimiento en el pecho. Algo no estaba bien, y todos sus sentidos se lo decían. – ¡¿Tomoe?!

El joven se puso frenéticamente de pie, al tiempo que gritó su nombre varias ocasiones. Tal vez esperaba recibir alguna clase de respuesta, pero no fue así. Se dirigió hacía la puerta. Las sandalias de Tomoe no estaban, así que de seguro había salido, ¿pero cuándo y a dónde? Se puso rápidamente las propias y abrió la puerta para salir a buscarla. Sin embargo, en cuanto visualizó el exterior, se detuvo de golpe. Había una persona parada justo frente a la entrada: Izuka, que lo miraba con la expresión más seria que le había visto.

- ¡Izuka-san! – Dijo sorprendido, en parte por verlo en ese mismo momento, y en parte por el extraño semblante que portaba.

El hombre lo miró fijamente un par de segundos y le comenzó a hablar.

- Vine lo más rápido que pude Himura. – Le informó. – Descubrimos quién es el traidor que le ha informado al enemigo de ti. Es Tomoe.

Los ojos de Himura se abrieron de golpe, e incluso pudo sentir como el cuerpo se le paralizaba. Habían sido demasiadas impresiones para ser los primeros minutos de su día, pero esa noticia de seguro tenía que ser parte de algún sueño. Tardó unos cuantos momentos en lograr procesar por completo la noticia que Izuka le había soltado de golpe y sin rodeos. Aún después de un rato no logró acomodar por completo la información en su cabeza.

- ¿Qué? – Fue lo único que se le ocurrió preguntar ante la impresión.

- No estamos seguros aún de quienes son, pero de seguro se trata de un grupo al servicio del Shogun. De alguna manera se las arreglaron para obtener tu identidad, y entonces idearon un plan para acercar a un espía hacía ti, una persona a la que pudieras tenerle confianza y que pudiera estar al tanto de tus movimientos. Tu encuentro con Tomoe no fue accidental, todo estaba planeado. Desde que llegaron a este lugar han estado siendo observador por sus cómplices. En estos momentos se encuentran en el templo de abandonado de la montaña, cruzando el bosque. Debes de salir de aquí y encargarte de ella antes de que sea demasiado tarde.

Himura parecía escuchar lo que Izuka le decía, pero la verdad era que no todo lo que le informaba lograba guardarlo en su cabeza. Aún no digería por completo la primera noticia y ya le estaba dando instrucciones.

De golpe comenzó a pensar en muchas cosas. Recordó la noche en que vio a Tomoe. Se encontró con ella aquella taberna, el encuentro había sido de lo más casual. Luego la volvió a ver en ese callejón, después de asesinar a aquel ninja que lo atacó. Eso había sido una coincidencia, tenía que serlo. ¿Acaso el plan era que Kenshin tenía que asesinar a ese hombre para encontrarse con ella?, ¿cómo podía ser algo así? Era ilógico, no podía ser.

- No... eso es imposible. – Contestó después de un rato de desorientación, con una falsa serenidad en su tono.

- ¿Quieres pruebas?, lee su diario, apuesto a que ahí lo encontraras todo. – Le contestó Izuka con seguridad. Himura reaccionó de inmediato.

- ¿Su diario?

Si lo que Izuka le decía era cierto, ¿acaso se habrá atrevido a escribirlo en su diario? Ella siempre era muy renuente con respecto a que él se acercará a su diario. Sin pensarlo dos veces corrió apresurado al lugar en el que Tomoe lo guardaba, esperando que lo hubiera dejado ahí. Más que encontrar algo que corroborara la información de Izuka, esperaba todo lo contrario y no encontrar nada en él.

Mientras Himura buscaba en el pequeño escritorio de Tomoe, Izuka entró al interior de la choza y se sentó unos momentos para descansar del camino.

- Himura, hay algo que tienes que saber. – Le dijo desde su posición. – ¿Recuerdas al hombre que te hizo esa herida en la mejilla?, Tomoe estaba apunto de casarse con él… Era su prometido.

El silencio volvió a sumir la pequeña casa de madera, tal y como estaba antes de que Himura despertara, si era que en realidad estaba despierto. Justamente cuando Izuka le informó lo último, él ya tenía el diario de Tomoe abierto en una página en especial, con la fecha del “4 de Abril”.

Abril 4.

Hoy he recibido noticias de Kyoto con respecto a mi prometido. Akira Kyosato-sama fue asesinado. Aún no soy capaz de creerlo. ¿Qué voy a hacer ahora? Debí de haberlo detenido en ese momento, y así haber evitado esta terrible tragedia...

Himura se quedó petrificado tras leer ese párrafo. Su atención se fijo por completo en el nombre que estaba escrito.

- ¡¿Akira... Kyosato?! – Exclamó atónito con sus ojos totalmente fijos…

******

- Izuka, ¿quién fue?

- Sucedió hace un par de noches. Fue un hombre del Shogunato de Kyoto. – le contestó. – Parece que fue uno de los guardaespaldas que escoltaban Shigekura Jubei. Creo que se llamaba Akira Kyosato.

Kyosato lanza su espada al frente, directo hacía el asesino. Éste, por su parte, dio un ligero impulso hacía enfrente, moviendo su espada de manera horizontal, alcanzando a su contrincante por el pecho. Ambos se cruzaron en un abrir y cerrar de ojos. De pronto, sin que éste pudiera darse cuanta de cuando lo alcanzó, la mejilla izquierda del asesino comenzó a sangrar, cosa que él sintió de inmediato. Al mismo tiempo, una profunda herida en el pecho brotó de Kyosato, haciéndolo caer al piso.

- No quiero morir… – Seguía diciendo. – Finalmente me casaré con ella… con la persona que siempre he amado… - En ese momento, Kyosato alza su mano al frente y logra ver ante su presencia una figura, la figura de una mujer, de cabello negro, vestida con un traje blanco igual que su piel, parada entre todas las flores rojas en el suelo.

- To... Tomo… e…

El asesino se lanzó contra él, y precipitando su arma hacía el cuerpo de su victima, le atravesó la garganta con su hoja, terminando de esta manera el trabajo. Kyosato cayó muerto, con sus ojos llenos de lágrimas…

- Él dijo que encontraría a toda costa la manera de hacerme feliz. Su hermano mayor se había marchado a Kyoto para unirse a la Patrulla de la ciudad, así que él decidió seguirlo, y convertirse en un gran guerrero, pensando que ganando renombre podría entregarme la felicidad que necesitaba. Y en medio de los disturbios de Kyoto... fue asesinado.

- Ya había escuchado historias como ésta antes. – Le mencionó su compañero. – Cuando una espada ataca con un resentimiento realmente fuerte, la herida seguirá sangrando hasta que ese sentimiento se desvanezca.

- ¿Un gran resentimiento?

- Dices que esa herida te la hiciste por negligencia, ¿no? Puede que quien te hizo esa herida no haya sido un gran espadachín, pero de seguro tenía un tremendo deseo por sobrevivir a su combate, tanto que esa herida que te hizo sigue sin curarse.

- Cada vez que veo esa herida me pregunto que pensó la persona que lanzó la estocada... antes de morir. – Kenshin se exaltó un poco al oírla. Casi sentía que la herida se le volvía a abrir con esas palabras.

- La persona que me hizo esta herida no era un gran espadachín. – Comenzó a decirle sin mirarla a los ojos. – No me dio problemas, no uso ninguna táctica o técnica especial o espectacular. Era igual a tantos que había matado. Pero había una cosa que lo hacía diferente. El tenía el deseo de vivir. La mayoría de los hombres o samuráis de este lugar, sólo viven para pelear, chocar espadas y morir. Ese es su propósito. Pero esta persona era diferente. Él no quería morir, porque tenía un gran deseo de sobrevivir a nuestro combate…

- En algún lugar de Kyoto, mi prometido murió, y toda mi felicidad se fue con él...

******

Unas gotas de sangre cayeron desde su rostro, manchando de rojo la hoja del diario. Las manos del destajador se abrieron por si solas y el diario cayó al suelo en un abrir y cerrar de ojos. La herida de su mejilla se había vuelto a abrir de golpe. ¿Habrá sido acaso el invocar a ese recuerdo?, o tal vez se había preparado para abrirse justo en ese momento, un recordatorio que le llegaba desde el otro mundo de que todo esa vida tranquila era una farsa.

Ese chico, el guardaespaldas de Shigekura Jubei con el que peleó aquella noche de primavera, la persona que le marcó el rostro… ¿cómo pudo haber sido tan ciego?, ahora todo comenzaba a tener sentido. Himura apenas y podía creer la horrible realidad que se le presentaba: El responsable de la tristeza de Tomoe, aquel que le arrebató toda su felicidad, era él mismo…

FIN DEL CAPITULO VIII

Email del autor: azor_cometa@hotmail.com

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