CAPITULO VIII
MI SEGUNDA PERSONA AMADA
El sol empezaba a esconderse por completo cuando
Kenshin terminó su trabajo en el plantío.
Una vez de pie, alzó sus dos manos a la altura
de su boca y expulsó un poco de su aliento
hacía ellas. Pudo sentir con fuerza el calor
de su propio suspiro contra sus frías palmas.
Era evidente que el invierno estaba cada vez más
cerca. Se acercó con pasos lentos hacía
el interior de la choza, donde Tomoe lo esperaba.
Ya había pasado mucho tiempo desde las últimas
noticias que había tenido por parte de Izuka,
y también del comienzo de su plantío
de nabos. Por parte del primer aspecto, esperaba recibir
una visita del informante del clan cualquiera de esos
días, de seguro antes del año nuevo.
Por el segundo caso, el plantío de nabos iba
relativamente bien. Se veía a simple vista
que varios de ellos sobrevivirían a la ya muy
próxima entrada del invierno, y esa era su
principal preocupación en esos momentos.
Cuando el chico de cabellos rojizos entró
a la casa, Tomoe estaba sentada frente a la hoguera,
esperando a que la cena estuviera lista. No había
volteado a ver a Himura hasta que éste comenzó
a hablarle.
- Está comenzando a hacer frío en las
noches. Mencionó, mientras se cruzaba
de brazos como señal del frío que sentía.
Tomoe compartía el mismo sentimiento. El clima
en ese lugar parecía ponerse más frío
con cada día que pasaba. Iba a ser la primera
vez que pasaba un invierno fuera de Edo. La mujer
se puso de pie y caminó hacía las despensas,
tomando una pequeña botella blanca y girándose
con ella hacía su compañero.
- La señora de las flores nos regaló
esta botella de sake. Comentó mientras
le enseñaba la botella. Kenshin comprendió
el mensaje de inmediato. Unas copas de sake serían
lo adecuado para quitarse el frío, aunque él
no estaba muy seguro de ello, ya que después
de todo aún recordaba lo que era para él
beber esa bebida. Curiosamente, en el tiempo que llevaban
ahí el Otsu, eran muy pocas las ocasiones en
las que había bebido, considerando que en Kyoto
era algo más habitual.
Ambos se sentaron juntos a un lado de la hoguera,
usándola más como iluminación
que como fuente de calor. Tomoe tomó la botella
con ambas manos, y la acercó hacía Kenshin,
ofreciéndole servirle en su copa. El destajador
alzó su mano hacía ella, dejando que
vertiera el liquido transparente en la pequeño
copa blanca. Viéndolo desde esa perspectiva,
en verdad parecían marido y mujer, o al menos
eso fue lo que pasó por unos segundos por la
mente de Himura, aunque intentó olvidar dicho
pensamiento lo más rápido que pudo.
Acercó su copa servida hacía sí
y la contempló unos segundos, como dudando.
Luego de un rato, la acercó a su boca y dio
un largo sorbo. Los ojos del chico se abrieron de
sorpresa al saborear el licor. Retiro la copa de sus
labios y la miró extrañado.
- Sabe bien. Exclamó con cierto desconcierto.
Hace mucho que no probaba algo tan bueno.
Tomoe se quedó algo sorprendida de escucharlo
decir esas palabras. Recordaba que en algún
momento de su estadía en Kyoto había
escuchado que el sake nunca tenía un buen sabor
para él. Himura por su parte estaba más
sorprendido. Tal vez era la primera ocasión
en la que saboreaba el verdadero sabor del sake. ¿Sería
ese el sabor que su maestro tanto disfrutaba?
- ¿El sabor a sangre ha desaparecido?
Escuchó que Tomoe le preguntaba al tiempo que
hacía memoria. Himura afirmó algo dudoso
la pregunta. La cicatriz tampoco ha vuelto
a sangrar en todo este tiempo.
Battousai se asombró un poco por el comentario.
Últimamente se olvidaba mucho de su cicatriz,
a excepción de aquellas veces en las que alguien
le preguntaba sobre ella. Era cierto, en todos los
meses que llevaban escondiéndose ahí
su cicatriz no había vuelto a sangrar. De hecho,
ya había pasado mucho tiempo desde la última
vez. Si se ponía a pensar al respecto, su herida
no se había vuelto a abrir desde el tiempo
en el que vivía con Tomoe en el hostal.
De igual manera no había desenfundado su espada
en un largo tiempo, ni había tenido ningún
combate. Y ahora en ese momento el sake no le sabía
más a sangre, y su cicatriz no había
vuelto a sangrar. ¿Qué significaba todo
eso? Por un instante no pudo evitar sentirse muy confundido
ante lo que estaba pensando.
Tomoe notó como el destajador contemplaba
con demasiado detenimiento su copa. No podía
evitar preguntarse que era lo que tanto lo perturbaba.
Mientras Himura es taba concentrado en lo suyo, la
mujer extendió su mano para tomar otra de las
copas blancas. Al hacerse un poco más al frente,
la mujer logró distinguir uno de los rincones
de la choza, en el cual descansaba la espada enfundada
de Battousai. A lado del arma se encontraba otra vez
ese trompo de madera con colores. Lo miró unos
segundos y luego pasó a servirse así
misma.
- ¿Cómo va el plantío?
Preguntó de la nada, esperando poder sacarlo
de sus pensamientos.
- Bien. No sobrevivirán todos, pero eso es
común en todas las plantaciones. Aún
así de seguro la mayoría crecerán
sanos. Sólo espero que estén listos
antes de la llegada del invierno.
- Parece que sabes más del tema de lo que
dijiste. ¿Tu padre te enseñó
como plantar nabos?
La pregunta fue casi como una estocada directa al
estomago del destajador. La sola mención de
su padre ameritaba ese horrible sentimiento que creía
ya haber dejado atrás. Sin embargo, aunque
pasaran diez o cien años, no podría
evitar seguir teniendo esa ansiedad. Apretó
con fuerza su copa y desvió su mirada hacía
otro lado.
- No tuve la fortuna de nacer como hijo de un hombre
trabajador que se dedicara a plantar nabos. A cambio
de ello
nací como hijo de un asesino.
Himura pareció comenzar a hablar al
respecto prácticamente de la nada. Tomoe se
extrañó un poco de la reacción,
pero a la vez se asombró más de lo que
le decía. Un asesino que mató
a mi madre y a mi hermana, las únicas dos personas
que yo realmente quería. Desde entonces no
había tenido algo que realmente ameritara hacerme
sonreír...
Ese comentario hizo que Tomoe recordara lo que había
ocurrido hace algunos días, cuando los niños
estuvieron jugando con ella. Himura prosiguió,
volviendo sus ojos hacía el líquido
de su copa.
- En lugar de eso sólo comencé a ver
más muertes, una tras otra... y ahora por mi
propia mano. Creí que jamás volvería
a encontrar algo que me hiciera volver a sonreír
como antes
al menos hasta ahora. Los
ojos de Tomoe se abrieron por completo después
de escuchar las últimas palabras Este
estilo de vida es totalmente nuevo para mí...
vivir en una casa, vender medicina
plantar nabos
y ahora que lo pienso, este cambio me está
haciendo meditar mucho sobre la forma en la que he
estado viviendo hasta ahora.
Tal y como ella comenzaba a creer. Toda esa vida
estaba cambiando constantemente la forma de ser del
Destajador. En tan sólo unos meses ya no era
el mismo chico introvertido y enojón que había
conocido aquella noche de lluvia. Estar todo ese tiempo
alejado de todos los disturbios de la era lo había
cambiado. Sin embargo, no podía evitar preguntarse
si ese cambio era para bien
o era para mal.
Himura notó una extraña mirada de preocupación
en Tomoe.
- ¿Qué sucede? Le preguntó
con seriedad. Tomoe reaccionó evitando el tema.
- No nada. Contestó apresurada, y de
inmediato le volvió a acercar la botella para
llenar de nuevo su copa
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- ¡Yo soy el gran líder Chosu Kogoro
Katsura! Exclamó con energía
uno de los niños, alzando con fuerza la vara
de madera que usaba como espada.
- ¡Y yo el poderoso Takasugi Shinsaku!
Agregó el segundo de ellos a la afirmación
de su compañero.
Ambos chicos, armados con palos como si fueran espadas,
comenzaron a atacarse el uno al otro jugando. Otras
tres niñas se divertían por su lado,
usando la misma pelota de colores del otro día.
Como siempre el frente de la casa de Tomoe y Kenshin
era habitado por esos pequeños, que con frecuencia
iban a jugar en ese lugar.
En esa ocasión sin embargo, ninguno de los
dos habitantes de la choza de madera se encontraba
jugando con ellos. Tomoe estaba lavando algunas ropas,
usando el agua de un pequeño río que
pasaba justo detrás de la casa. Por su parte,
Himura estaba al frente, trabajando en el plantío,
y al mismo tiempo miraba a los niños jugar.
El pelirrojo no pudo evitar reír por dentro
al ver a los dos niños jugar con los palos,
sobre todo al momento de escuchar la mención
de ambos líderes Chosu.
- Me pregunto que clase de imagen tendrán
estos chicos de Katsura-sama y Takasugi-sama.
Pensó para si mismo luego de oírlos.
Era normal que los chicos estuvieran acostumbrados
a ver ese tipo de cosas como un juego. Después
de todo, la mayoría de los niños de
clase baja tenían el sueño de algún
día convertirse en un importante y hábil
samurai. Claro que eso era algo que no cualquiera
lograba alcanzar, sobre todo en esa época,
y nadie sabía que clases de cosas vendrían
para Japón en los siguientes años. Estando
en ese lugar, Himura deseaba en silencio que esos
dos niños nunca tuvieran que empuñar
algo que no fuera uno palo como el que utilizaban
para jugar.
- ¡Anda Kenshin! Escuchó que
uno de los muchachos le gritaba no muy lejos de él.
- ¡Deja esas plantas y vamos a pelear!
Exclamó otro, lanzándose hacía
él.
Ambos chicos lo rodearon rápidamente y lo
comenzaron a atacar con sus improvisadas armas. Kenshin
rápidamente comenzó a intentar cubrirse
los ataques con el pequeño objeto que usaba
para su trabajo.
- ¡Esperen chicos! Exclamó sobresaltado
Himura, intentando protegerse.
Las niñas se reían a lo lejos al ver
como los dos chicos acorralaban al vendedor de medicinas.
De pronto, una de ellas divisa por el camino la figura
de una persona. Al girarse por completo hacía
ella, logra verlo con claridad. Al ver que una de
ellas miraba con extrañes el camino, las otros
dos voltearon a ver en la misma dirección,
lo que llamó la atención de los chicos
en el plantío.
Parado con firmeza en el camino se encontraba un
chico de kendogi verde claro y algo gastado, y un
hakama azul oscuro. Sus cabellos eran negros con un
peinado de puntas, y su piel blanca. El chico miraba
con seriedad en dirección a donde ellos se
encontraban.
- ¡Miren! Exclamó una de las
niñas, señalándolo. Himura alzó
su mirada hacía el chico. A simplemente no
lo reconoció.
- ¿Quién es? Preguntó
confundido.
- No lo sé. Nunca lo había visto por
aquí. Le contestó una de las
niñas.
- Tal vez quiera jugar con nosotros. Agregó
otra que estaba a su lado.
- ¡Iré a preguntarle! Exclamó
uno de los chicos, dirigiéndose rápidamente
en su dirección.
El chico se acercó con pasos veloces al extraño,
sosteniendo aún en su mano derecha el palo
que usaba como su espada. A diferencia de él,
parecía que el resto de los presentes no veía
al recién llegado con tanta confianza.
Desde su posición, Kenshin y el resto no pudieron
escuchar de lo que hablaban. Solamente vieron que
su amigo se acercaba al extraño y éste
lo volteaba a ver. Posiblemente el niño no
le había pronunciado ni tres palabras cuando
de repente el extraño alzó su puño
izquierdo, golpeándolo con fuerza directo en
el rostro. El resto de los chicos se sobresaltó
tras ver tal reacción.
- ¡Oye!, ¡No hagas eso! Gritó
Kenshin mientras se acercaba rápidamente a
donde ellos estaban. El chico de cabellos negros volteó
a verlo con una expresión de furia. Cuando
Himura se encontraba a unos pasos de él, se
adelantó con fuerza en su dirección,
lazándose en su contra. Sorprendido, el pelirrojo
pudo ver como el muchacho se lanzaba hacía
su lado, mordiéndole con fuerza su mano derecha.
¡¡AAAAHHH!!
Himura gritó de dolor tras sentir esa fuerte
mordida. Dio un par de pasos hacía atrás
e intentó zafarse de la mandíbula del
extraño, pero parecía que el chico no
deseaba soltarlo.
Tomoe había estado algunos minutos el río,
lavando las ropas de ambos. Como era de esperarse,
su nueva forma de vida les hacía no tener mucha
ropa que usar, y por supuesto no mucha ropa que lavar.
Tomoe pensaba mucho en lo que Himura le había
contado la noche anterior. Ya había escuchado
en algunas ocasiones menciones que el joven pelirrojo
hacía con respecto a su pasado. Sin embargo,
nunca pensó la naturaleza tan horrenda de su
vida.
- ¿Su madre y su hermana fueron asesinadas
por su padre? Pensaba con inquietud la
joven mientras realizaba su trabajo. Ese trompo que
siempre traía consigo, ese había sido
un regalo de alguna de ellas. Ahora comprendía
en parte su apego a él. ¿Qué
tanto lo habrá afectado la muerte de esas dos
personas?, ¿y qué habrá sido
de su padre?
- ¡Oye!, ¡Suéltalo! Escuchó
de pronto que los chicos comenzaron a gritar. Por
un par de segundos todos se habían quedado
muy callados, algo que no parecía ser muy normal,
y ahora se escuchaba un gran revuelo.
Inconscientemente dejó lo que estaba haciendo
y comenzó a caminar en dirección al
frente de la casa. Mientras más se acercaba,
más se hacían claros los gritos de los
niños, así como lo que le pareció
eran los quejidos de Himura. Una vez que pudo divisar
lo que ocurría en ese sitio, lo primero que
vio fue a Kenshin moviéndose de un lado a otro,
con un chico aferrado a su mano derecha.
Los ojos oscuros de la joven se abrieron por completo
tras divisar a ese chico. Su cabello negro, su piel
blanca, sus facciones, pareció reconocerlo
todo en cuanto puso sus ojos en él.
- ¡Enishi! Exclamó intentando
salir de su asombro.
La voz de Tomoe pareció traer el silencio
de nuevo al lugar. Inmediatamente el chico de cabellos
negros se apartó del vendedor de medicina y
plantó sus pues de nuevo en la tierra. Su expresión
seria y dura cambió drásticamente al
ver a la mujer de kimono morado. Sus ojos brillaron
y una larga sonrisa surgió en su rostro.
- ¡Hermana! Exclamó sonriente
el muchacho. Todos los demás se quedaron atónitos
tras escucharlo.
- ¡¿Hermana?! Dijeron todos los
niños al mismo tiempo, al igual que Himura,
que comenzaba a sentir un dolor punzante en su mano.
Los cinco niños se encontraban discretamente
observando desde la puerta de la choza. Tomoe estaba
de pie a lado de la hoguera, con el extraño
chico parado frente a ella; la mujer tenía
sus manos sobre los hombros del chico, casi de una
manera protectora. Himura estaba frente a ellos, aún
algo confundido por lo que había pasado.
- Éste es mi hermano menor, Enishi.
Informó Tomoe con cierta firmeza. A Kenshin
pareció volverlo a confundir esa afirmación.
- ¿Tu hermano?
La reacción no se limitaba sólo a él,
ya que al parecer los chicos también estaban
algo extrañados.
- ¿Es el hermano de Tomoe-dono? Preguntó
extrañada una de las niñas.
- No se parece en nada a ella. Afirmó
con enojo el mismo chico al que había golpeado
solamente unos minutos antes.
La llegada de ese chico era sin duda inesperada,
pero Himura intentó recuperar la compostura.
- Ya veo. Entonces creo que tienen mucho de que platicar.
El pelirrojo se acercó a ellos, y alzó
su mano derecha, colocándola sobre la cabeza
del muchacho, lo cual pareció no agradarle
en lo más mínimo. No se preocupen,
voy a trabajar...
Antes de que pudiera terminar de decir que saldría
a trabajar en la hortaliza mientras ellos hablaban,
una vez más sintió como los afilados
dientes de Enishi se clavaban en su mano, haciéndolo
retroceder de nuevo del dolor.
A pesar de que había dicho, o más bien
había querido decir que iba a trabajar con
los nabos, Himura no se encontraba trabajando en ello
después de haber dejado a Tomoe y a su recién
llegado hermano solos en la casa. Varios pensamientos
comenzaron a rondar por la mente del pelirrojo cuando
se sentó a la sombra de unos de los árboles.
Miraba con atención su mano derecha, y sobre
todo la marca que había sido provocada por
las mordidas del extraño muchacho. Los niños
habían reanudado sus juegos como si nada hubiera
pasado, aunque ahora una de las niñas había
pasado al lado de los varones, usando de igual manera
un palo como espada.
Himura ya había pensando que de seguro Tomoe
tenía familia en algún lugar de Japón,
un padre o una madre, y de seguro hermanos, pero nunca
pensó que alguno de ellos viniera a buscarlos.
Además, hubo algo muy singular en los ojos
de ese chico cuando la vio, un brillo y una alegría
muy grande. Tal vez ya había pasado mucho tiempo
desde la última vez que se vieron.
- Con qué el hermano de Tomoe.
Pensó para si mismo con seriedad. Tras
admirar a hermano y hermana juntos, no pudo evitar
pensar en si mismo por unos instantes. Si
Satomi-neesan hubiera seguido convida y tuviera la
edad de Tomoe... yo sería tal vez un par de
años mayor que ese chico.
La reunión de Tomoe y Enishi había
provocado que Himura invocara de nuevo el recuerdo
de su hermana mayor. Curiosamente había accedido
a hablar de ese tema no hace mucho, y ahora ocurría
este singular encuentro. Se comenzó a preguntar
como se hubiera visto su hermana si tuviera dieciocho
años. De seguro hubiera sido una chica muy
hermosa, tal vez ya para esas alturas estaría
casada. Su vida de seguro sería diferente si
eso fuera así.
De pronto, otro tipo de pensamiento ocupó
la mente del destajador, otro punto que lo había
inquietado casi desde el principio.
- Hay algo que no está bien. Se supone
que sólo Katsura-sama e Izuka conocían
que nos escondíamos en este lugar. ¿Cómo
habrá sabido donde encontrarla? ¿Se
habrá comunicado con él de alguna manera?
Himura recordaba que constantemente durante las noches,
Tomoe usaba la pequeña mesa para escribir.
Normalmente él se dormía cuando comenzaba
a usarla, y ella se acostaba tiempo después,
pero recordaba haberla visto en varias ocasiones escribiendo
en su diario. Ese diario ya lo había visto
en el hostal, y constantemente lo traía consigo.
Nunca lo había leído, después
de todo era un diario. Ahora se comenzaba a preguntar
si de igual manera durante las noches escribía
cartas a sus familiares. Eso podría ser muy
peligroso, pero esperaba que no mencionara la verdadera
identidad de su compañero.
Entonces se le ocurrió que probablemente en
alguna carta Tomoe le comunicó a su familia
que se había casado con alguien. Posiblemente
esa había sido una noticia muy impactante para
ellos. Era evidente que su hermano tenía muy
mala imagen de él, y lo miraba con gran furia.
Tal vez estaba molesto por la situación de
su hermana, cree que un vago vendedor de medicinas
se la robó y ahora la tiene viviendo en condiciones
que no están acorde a su estado social. Eso
podría explicar la reacción del muchacho.
¿Habría él reaccionado igual
si su hermana Satomi hubiera terminado en la misma
situación?
- ¿Qué pasa?, ¿ya no vas a seguir
jugando? Le preguntó uno de los chicos
con energía.
- Sí, enseguida voy... Les contestó,
poniéndose de pie. Una vez parado, alzó
su mirada al cielo seminublado. Es mejor
no preocuparme por eso. Se ve que Tomoe se sintió
muy feliz de verlo de nuevo...
En el interior de la casa, Tomoe y Enishi comenzaban
a conversar después de tanto tiempo de no haberse
visto. La mujer se encontraba agitando la comida en
la hoguera con una cuchara de madera. El chico estaba
a su lado, mirando con desprecio hacía la puerta,
casi como si pudiera ver a través de ella al
hombre pelirrojo que estaba afuera. Tomoe parecía
no percibir ese rencor tan grande que brotaba de su
hermano, o no le ponía mucha importancia, después
de todo Enishi siempre había tenido un carácter
demasiado fuerte.
- Ha pasado mucho tiempo Enishi. Comunicó
la mujer, volteándolo a ver con una sonrisa.
Esto fue una gran sorpresa, pero me siento
feliz de todas formas. Te dije que nos volveríamos
a ver dentro de poco, pero resultó ser más
pronto de lo que esperaba.
Enishi la miró fijamente unos segundos y luego
bajó su mirada. Es sonrisa que adornaba su
rostro, seguía siendo tan falsa como lo había
sido en aquel entonces, y eso lo hacía hervir
la sangre por dentro. No estaba seguro si le enojaba
más el hecho de que su hermana le sonriera
de esa manera, o la razón por la que ella sólo
era capaz de sonreír así en esos momentos.
- Sí Hermana... Contestó, intentando
reflejar tranquilidad.
- Debes de tener mucha hambre. Prepararé la
cena dentro de poco, ¿de acuerdo?
El chico asintió, pero en realidad no tenía
mucha hambre ni tampoco tenía pensado sentarse
a comer tan tranquilo. Después de todo tenía
una misión que cumplir.
- ¿Y cuando viniste para acá?, ¿cómo
ha estado nuestro padre?
- No tengo idea... Contestó Enishi
con desganó, desviando su mirada para otro
lado. Yo vine para acá un poco después
de que tú te fuiste, hace cerca de medio año.
La expresión de Tomoe cambió drásticamente
al escuchar esas palabras. Sintió una gran
impresión que le invadía el pecho. Volteó
a ver a su hermano con sus ojos llenos de sorpresa.
- ¡¿Qué..?!, ¡Enishi!,
¡Me lo prometiste!
- Lo siento mucho... pero en verdad nunca tuve la
intención de cumplir esa promesa. Le
contestó con firmeza el chico de cabellos negros.
No podía dejarte sola aquí en
Kyoto. Nuestra madre nunca me lo perdonaría.
Tomoe de sobresaltó al escucharlo. Le
parecía extraño que el chico hubiera
mencionado de esa manera a su madre. Justo
cuando te fuiste, comencé a sentir un horrendo
dolor en el pecho, y el presentimiento de que algo
horrible te ocurrirá. Es por eso que viene
de inmediato detrás de ti.
- ¿Presentimiento? Pensó
Tomoe con algo de confusión. Recordaba que
en ocasiones su padre le había contado de algunos
antepasados que eran capaces de presentir cosas malas
que ocurrirían en el futuro, casi como un poder
especial. Ella ya lo había experimentado
antes, de hecho no hace mucho. ¿Pero
hace medio año?, ¿Dónde te has
quedado a vivir todo este tiempo
?
De pronto, una idea escalofriante le llegó
a su mente. Aproximadamente hace dos meses y medio,
había escrito una carta para su padre y otra
para su hermano, y las había enviado a Edo.
Eso había surgido tras una conversación
que había tenido con Himura, donde le dijo
que aunque fuera para esconderse, se sentía
mal de que su familia no supiera que vivían
como marido y mujer. Por esa razón había
escrito esas dos cartas. En ellas no explicaba a detalle
su situación, pero si informaba que estaba
viviendo en Otsu con su esposo. En un
principio en cuanto vio a Enishi pensó que
esa carta había sido la razón por la
que su hermano la había encontrado.
Sin embargo, si era cierto que él había
salido de Edo hace medio año, un poco después
de ella, eso significaba que esa carta que le había
escrito nunca llegó a sus manos.
- Enishi... ¿Cómo supiste donde encontrarme?
Le preguntó casi con miedo ante la respuesta
que recibiría.
El chico sonrió feliz ante la pregunta de
su hermana mayor. Su sonrisa era casi maliciosa, una
sonrisa que no se espera ver en el rostro de un niño.
- Lo supe... gracias a que yo soy el informante Hermana.
Le contestó con un tono bajo, suficiente
para que lo escuchara.
El impacto de esa noticia fue mayor al de todas las
demás revelaciones. Inconscientemente abrió
por completo su mano, soltando la cuchara de madera
que estaba usando. Se quedó unos momentos petrificada,
viendo fijamente al chico de cabellos negros. Éste
sintió su sorpresa, pero siguió hablando,
ahora con cierto entusiasmo en sus palabras.
- Ya estás preparada, ¿No es así?
El momento de regresar tu felicidad ha llegado. Es
momento de castigar a Battousai por todo lo que nos
ha hecho...
Tomoe no podía creer lo que escuchaba. Nada
de lo que había vivido o pensado hasta entonces
la había preparado para eso. Esos sujetos se
lo habían dicho en aquel momento: Cuando
sea tiempo, mandaremos a un informante hacía
ti... Debes de estar lista para cuando este momento
llegué. ¿Pero cómo podría
ella saber que esa indicación iba a involucrar
a su propio hermano?, incluso en ese momento no lo
podía creer.
- ¿Es lo que deseabas no es así?
Prosiguió Enishi, haciéndose hacía
el frente. Es la razón por la que te
fuiste de Edo... Ese maldito es el culpable de tu
tristeza... ¡Pero podemos acabar con todo esto
ahora mismo!
- Regresa a Edo Enishi... Pronunció
de golpe la joven de kimono morado, cortando de esa
manera lo que su hermano decía.
Ahora la expresión de confusión era
por parte de Enishi. Se sobresaltó extrañado,
creyendo que no había oído bien.
- ¿Qué?
- Eres el heredero de la Familia Yukishiro...
Le explicó su hermana con firmeza. de
ninguna manera puedes verte involucrado en este tipo
de cosas. Vuelve a casa con nuestro padre.
- ¡¿A quién le importa esas tonterías?!
Gritó con furia ante tales excusas.
¡Estoy haciendo esto por ti Hermana!,
¡Esa es la razón por la que vine hasta
acá!
De pronto, Tomoe alzó sus brazos hacía
él y lo tomó de la cabeza. Acercó
a su hermano hacía sí y lo aferró
con fuerza a su pecho. El chico se quedó congelado
al sentir ese abrazo por parte de su hermana. Podía
sentir su cuerpo calido a través de la tela
de su kimono.
- Entiéndelo Enishi... vuelve a casa...
Le comenzó a decir con un tono casi maternal.
Tú no tienes nada que hacer en este
lugar. Eres muy joven como para verte involucrado
en cosas como éstas. Tú debes de ser
feliz por tu cuenta y no dejar que las desgracias
de otros afecten esto, en especial las de tu hermana
mayor. Eres un chico muy bueno, y no quiero que esa
bondad se manche con actos sucios. Debes de ser feliz
Enishi, obtener la felicidad que yo no tengo con tus
propios medio
ahora vete y olvida todo lo que
te hayan dicho. No hay nada que hacer aquí
Enishi se quedó un largo rato en silencio,
teniendo su rostro contra el cuerpo de su hermana.
No podía concebir lo que escuchaba. Él
lo sabía muy bien, era capaz de ver a través
de sus palabras. Después de todo lo que había
ocurrido, después de todo lo que habían
hecho
ella ya no estaba dispuesta a hacerlo.
¿Por qué?, ¿Por qué ahora
que estaban tan cerca sentía tanta duda surgir?
De golpe, una gran rabia invadió al muchacho.
Se separó frenético de su hermana, cayendo
sentado en el suelo de madera.
- ¡¿Porque estás haciendo esto?!
Le gritó enojado. ¡¿Por
qué lo defiendes?! ¡Él es tu enemigo!
¡Él fue quien te quitó tu felicidad!,
¡Él fue quien provocó que ya no
pudieras sonreír como antes, ¡Él
es el culpable de todo!
Tomoe no le contestó nada. Solamente bajó
su mirada melancólica y la clavó en
el suelo. El chico la miraba con los ojos a punto
de llenarse de lágrimas ante la rabia que sentía
por dentro.
- ¡¡¿Porqué?!! Gritó
con fuerza, golpeando el suelo con su puño
derecho.
- ¡Adiós Kenshin-san! Se despidieron
los chicos, agitando sus manos mientras se alejaban
del lugar. Himura se despidió de ellos de la
misma manera, y luego se quedó un rato en el
camino viendo como se alejaban.
Tomoe y su hermano ya habían estado largo
tiempo hablando en el interior de la choza. En un
momento Himura había logrado escuchar unos
gritos provenientes del interior, pero no logró
escuchar para nada lo que decían; después
de todo no era de su incumbencia. De seguro su hermano
comenzaba a reprocharle el haberse casado sin haberle
avisado a nadie. Himura habría deseado entrar
y defenderla, pero no era buena idea intrometerse
en los asuntos de hermanos. Tenía la esperanza
de poder hablar con el chico cuando su conversación
terminara y poder aclararlo todo.
Sin embargo, cuando el pelirrojo se giró de
regreso a la choza, se sorprendió de ver a
Tomoe y a Enishi afuera de ésta. La mujer estaba
parada en la puerta, mientras el chico se encontraba
con la mirada baja frente a ella.
- Por favor, saluda a nuestro padre de mi parte y
dile que estoy bien. Le pidió Tomoe
al muchacho como últimas palabras de despedida.
- Hermana... El chico no alzó de nuevo
su mirada. Ya te dije el sitio... así
que ahora me voy.
Enishi se dio media vuelta, dispuesto a marcharse.
De pronto, justo cuando se giró, se encontró
de golpe con Himura, que caminaba hacía ellos.
Tomoe se quedó muy seria al verlo acercarse.
- ¿Qué sucede? Preguntó
extrañado. ¿No se quedará
a cenar?
El chico alzó su mirada de golpe, reflejando
en ella un tremendo odio. Himura inconscientemente
retrocedió un poco; casi volvió a sentir
la mordida del chico en su mano, pero en esta ocasión
no se movió. Enishi simplemente se quedó
de pie, clavando sus ojos con fuerza sobre él.
- Si no fuera por ti... ¡Si no fuera
por ti nada de esto hubiera pasado!
El chico le sacó la vuelta y se alejó
corriendo del lugar sin mirar atrás. Himura
lo siguió con la vista totalmente desconcertado.
Tenía la impresión de que su conversación
no había salido tan bien como esperaba. Cuando
Enishi ya estuvo lejos, se giró hacía
Tomoe, pero ésta desvió por completo
su mirada hacía otro lado. Sin pronunciar ninguna
palabra, se adentró de nuevo en la choza.
Ya habían pasado un par de días desde
la visita de Enishi. Tomoe había estado muy
extraña todo ese tiempo. Estaba muy pensativa,
muy callada, y parecía que frecuentemente releía
con lo que había escrito en su diario. Lo único
que parecía distraerla era el plantío.
Y fue justo una tarde, una tarde de diciembre, en
la que todo su trabajo comenzó a tener sus
frutos.
Himura tomó con fuerza uno de los rábanos
y lo jaló hacía el exterior. La verdura
de color blanco se veía grande y fresca. Lo
miró con orgullo mientras le quitaba un poco
de la tierra que lo rodeaba y luego lo colocaba en
la canasta que sostenía Tomoe a su lado.
- Mira, lo logramos antes del invierno. Pronunció
el destajador con una sonrisa.
- Sí, veo que todo salió como lo esperábamos.
Tomoe también se sentía orgullosa al
ver los rábanos frente a ella. Sin embargo,
tenía demasiadas cosas en que pensar en esos
momentos, y los rábanos no eran necesariamente
una de ellas.
Himura se giró a sacar otro.
- Para serte honesto, no estaba seguro de si lo lograría,
pero ahora que lo veo, me doy cuenta de que crecieron
muy bien.
Tomoe miraba con cierta curiosidad al joven pelirrojo.
El verlo ahí, con una gran sonrisa sacando
los rábanos de la tierra, parecía casi
un niño obteniendo un nuevo regalo. Le había
dicho que cuando era niño su hermana y su madre
los cultivaban. ¿Serán acaso esos cultivos
una manera de recordarlas?
De pronto, Himura vio como una pequeña mancha
blanca bajaba del cielo justo frente a su rostro.
Alzó la mirada confundido. Comenzó a
ver dos, tres, y cada más pequeñas manchas
blancas que caían del cielo nublado. El chico
extendió su mano y dejó que una de ellas
cayera en su palma: cocos de nieve, sin duda alguna.
- Está nevando. Pronunció mirando
al cielo. La primera nevada de la temporada.
Se volvió una vez hacía su plantío.
Parece que todo sucedió justo a tiempo.
Kenshin y Tomoe se encargaron de recolectar todos
los nabos rápidamente. Los introdujeron a la
Choza, guardándolos con cuidado en un rincón.
Eran bastantes, como para comer nabos todo el invierno.
Por supuesto esa misma noche tenían que comerlos
como forma de celebración.
Mientras en el exterior comenzaban a caer con delicadeza
los primeros cocos de nieve de ese año, Kenshin
y Tomoe se sentaron a comer frente al fuego de la
hoguera. Himura tomaba los nabos hervidos con sus
palillos y los introducía sonriente a su boca.
Tomoe miraba confundida como el chico parecía
estar disfrutando de su cena. Después de un
rato Himura sintió sus ojos sobre sí.
- ¿Sucede algo? Le preguntó
extrañado al ver su mirada.
- No, es sólo que, estás comiendo muy
bien, como si la comida tuviera un sabor muy bueno.
- Talvez sea por que lo tenga. Le contestó
sonriente. No sé a que se deba, pero
siento que es la mejor comida que he tenido en mucho
tiempo.
Tomoe se quedó callada un largo rato. Después
de unos segundos, volvió a hablar, manteniendo
su mirada fija en su propio plato.
- Si tu madre y tu hermana no hubieran muerto, ¿crees
que ésta sería la vida que tendrías?
Himura se quedó confundido al oír
esa pregunta. Me parece que no fuiste una persona
hecha para las Guerras. Podrías haber vivido
así, pacíficamente, cultivando y comiendo
de lo que cosechas con tus propias manos. Dime, ¿la
vida pacifica que hemos vivido estos meses no ha cambiado
tu forma de pensar?
Ahora fue Himura quien permaneció en silencio.
Posiblemente era una pregunta que él mismo
se había hecho más de una vez, pero
necesitaba que ella se lo preguntara para lograr construir
una verdadera respuesta en su cabeza. Bajó
su plato colocándolo en el suelo y luego clavó
sus ojos en el fuego.
- Como ya te había dicho, he estado pensando
mucho a partir de nuestra vida aquí. Por mucho
tiempo, pensé que peleaba por la demás
gente, para mantener su felicidad utilizando mi fuerza;
ese era el propósito del Hiten Mitsurugi. Pensé
ciegamente en el objetivo de forjar una nueva era
con mi espada, aunque para ello tuviera que matar
a muchos. Pero ahora me doy cuenta de una verdad que
no había comprendido en su momento; ¿cómo
podía defender la felicidad de los demás
si yo mismo nunca había experimentado mi propia
felicidad? Una sonrisa ligera surgió
en sus labios. Fue entonces cuando llegué
aquí, comencé a vivir una vida normal,
como la gente común, y fue viviendo a tu lado
cuando por fin conocí la verdadera felicidad.
Los ojos de Tomoe reflejaron un gran asombro tras
oír esa afirmación. Felicidad,
esa palabra le traía demasiados recuerdos,
en especial después de su encuentro con Enishi.
Himura prosiguió.
- Ahora gracias a esto, ya tengo el motivo claro
por el que he peleado todo este tiempo y por el cual
pelearé en el futuro
un motivo por el
cual vivir. Y todo, gracias a ti.
- ¿Has descubierto todo eso viviendo aquí?
- Sí, aunque parezca ilógico.
Himura alzó su rostro hacía Tomoe, ofreciéndole
una gran sonrisa.
Un motivo por el cual vivir, esa frase
se repitió en la mente de Tomoe. Aquella noche
en Kyoto, la misma noche del festival del Gion, él
mismo le había mencionado algo con respecto
a eso, diciéndole que no poseía una
razón para vivir. Ahora, medio año después
de esa noche, le menciona algo totalmente diferente.
Tomoe comenzó a sentir una extraña
ansiedad en su pecho. Esas últimas noches,
Himura le había compartido demasiadas cosas,
y ella empezaba a sentir la necesidad de contestarle
de la misma manera
- Nunca me has preguntado sobre mí.
Mencionó de repente, extrañando a Himura.
Nunca me has preguntado sobre mi familia, mi
origen... quién soy en realidad.
- Yo... Himura dudó un poco que tenía
que contestar a eso. Siempre he querido saber
de tu pasado
pero no pensé que fuera
necesario preguntar ese tipo de cosas. Pensé
que si en algún momento tendría que
saberlo, sería porque tú querías.
- Entonces, ya que te has abierto hacía mí
¿me permites hablar también?
Kenshin sintió como el aire se iba al escucharla.
No podía creer lo que había oído.
¿Sería cierto?, ¿Estaría
Tomoe dispuesta a contarle sobre su pasado? En el
fondo era algo que siempre había deseado, pero
en esos momentos le confundía ese giro tan
repentino.
Tomoe interpretó el silencio de su compañero
y comenzó de esa manera a contar todo lo que
se había guardado ese medio año. Intentó
sobre todo mantener la tranquilidad y la compostura
a todo momento, pero no estaba segura de cuanto podría
durar así.
- Mi familia vivé en Edo. Mi padre es un samurai
de baja categoría. No es el mejor, pero es
una buena persona. Teníamos dinero, pero no
podíamos considerarnos nobles. A veces teníamos
problemas con la comida, pero normalmente vivíamos
bien. Mi madre murió ya hace algunos años
por culpa de una enfermedad, tiempo después
de dar a luz a Enishi. Así que yo y mi hermano
fuimos criados por mi padre, un hombre trabajador,
y bondadoso. Tomoe hizo una ligera pausa, como
si estuviera pensando detenidamente en lo siguiente
que diría. Enishi nunca conoció
a mi madre, por eso prácticamente yo tomé
su lugar, y para Enishi no soy sólo su hermana
mayor, sino también su madre. Él es
un chico muy bueno. Tiene un mal temperamento, pero
dentro de él tiene una gran bondad, eso lo
sé
Pero comenzó a comportarse
de esa manera cuando se enteró de mi compromiso...
El semblante de Himura palideció de golpe
al oír esa afirmación, y por un instante
pudo sentir como un silencio absoluto los cubría.
Cuando menos lo pensó, se escuchó una
ligera brisa que pasaba por el exterior de la choza
y esto pareció hacerlo reaccionar.
- ¿Compromiso?
Tomoe sabía de antemano la reacción
que tendría al momento de oírla.
- Mi prometido era el segundo hijo de un samurai,
un hombre de clase de media que era un buen amigo
mío desde la infancia. Cuando él me
eligió para ser su esposa, yo me puse muy feliz.
Él realmente me gustaba... mucho...
Tomoe bajó drásticamente su cabeza muy
pensativa. Cuando Enishi se enteró,
se enojó mucho; A él nunca le agradó.
Pero... a pesar de que yo lo amaba... nunca fui capaz
de ofrecerle una sonrisa. Creo que comencé
a asustarme ante la idea de ser feliz, y por eso él
jamás se enteró de lo feliz que realmente
era. Él dijo que encontraría a toda
costa la manera de traerme la felicidad. Su hermano
mayor se había marchado a Kyoto para unirse
a la patrulla de la ciudad, así que él
decidió seguirlo y convertirse en un gran guerrero,
pensando que ganando renombre podría entregarme
la felicidad que necesitaba. Y en medio de los disturbios
de Kyoto... fue asesinado.
Himura se quedó muy serio al escucharla; desde
que comenzó a hablar de su prometido tenía
el presentimiento de que el relato iba a terminar
de es amanera. Podía notar como un sentimiento
de tristeza comenzaba a aparecer en las palabras de
la joven, pero aún así no era capaz
de reflejarlo en su rostro.
- Su hermano me escribió para darme la noticia.
En cuanto recibí la carta, no pude quedarme
quieta, así que de inmediato fui a Kyoto...
y ahí fue donde te conocí. Tomoe
alzó un poco la mirada, viendo con cuidado
a Kenshin. Notó como éste la observaba
con gran detenimiento. Se sintió un poco incómoda
de seguir hablando al respecto, pero aún había
algo que deseaba decir. En algún lugar
de Kyoto, mi prometido murió, y toda mi felicidad
se fue con él. Ni siquiera tuve la oportunidad
de verlo. Pero en realidad... todo fue mi culpa. Si
le hubiera demostrado que realmente era feliz, si
le hubiera dicho que no era necesario que hiciera
nada para darme felicidad... tal vez... él
seguiría...
La joven apretó con fuerza sus manos sobre
sus piernas, sujetando entre sus palmas las telas
moradas de su kimono. Bajó de nuevo su mirada
y se veía que tenía deseos de llorar
con todas su fuerzas en ese mismo momento, pero aparentemente
se contenía de hacerlo, como lo había
hecho durante tanto tiempo.
De pronto, sintió la presencia cercana de
Himura. Los brazos del chico se extendieron y la acercaron
hacía él. El rostro de Tomoe se encontró
contra la tela azul del kimono de Kenshin, siendo
sujetada contra su cuerpo.
- Tranquila. Le dijo el joven mientras la
abrazaba. Adelante
por favor
La voz del joven era dulce y cariñosa. Podía
sentir el calor de su cuerpo a través de la
tela de su traje; calentaba más que el fuego.
Ese abrazo, y también esas palabras, Himura
le estaba dando la oportunidad que nunca había
tenido de desahogarse por completo. Tomoe no pudo
más; en un momento sintió como todo
lo que guardaba dentro salía de golpe. Un fuerte
gritó surgió de sus labios al mismo
que sus ojos se cubrieron de lagrimas. Se aferró
con fuerza a Kenshin, como no queriendo separarse
de él ni un sólo momento. Por primera
vez en más de medio año estaba llorando
como reflejo de lo que sentía por dentro.
Himura sujetaba a la mujer contra él mientras
guardaba silencio, simplemente dejando que sacara
todo lo que tenía adentro. Solamente él
podría entender ese gran deseo de gritar y
llorar, pero no poder hacerlo
El campo se había cubierto casi por completo
por toda la nieva que había caído la
noche anterior. Había sido una nevada muy fuerte
considerando que era la primera de la temporada. El
sol se comenzaba a levantar, pero parecía que
la nieve no se derretiría tan fácil.
Todo parecía ser una señal de lo que
sería ese día, un día como ningún
otro.
Cuando Tomoe se levantó todavía estaba
oscuro. Himura dormía tranquilo en su lugar.
Era posiblemente una de las pocas veces en las que
había dormido en su cama y no sentado a lado
de su espada. Eso era una señal de que el chico
estaba cambiando. En cuanto se despertó, la
mujer de cabellos negros se dirigió a ese lugar
privado en el que acostumbraba escribir. Tomó
su diario y fue directo a la última hoja que
había escrito. Dio un vistazo rápido
a las letras en ella y cambió a la siguiente
hoja en blanco. Tomó su pincel y escribió
unas palabras rápidas. Más que una de
las notas habituales de siempre, esa era más
una despedida, las últimas palabras
de una persona que en su mente se dirigía a
su muerte. Llenó la página y cerró
el libro con delicadeza.
Una vez terminado lo referente a su diario, se dispuso
a cambiarse. Se retiró la ropa con la que siempre
dormía y se colocó su kimono blanco,
su kimono favorito, ese con el que salió de
Edo y con el que llegó a Kyoto, el mismo kimono
color nieve que aquella noche se manchó con
la lluvia de sangre. Se arregló con mucho cuidado
y delicadeza, como si fuera otra de las salidas que
hacía con Himura para vender medicinas. Se
sujeto el pelo y por último tomó el
chal azul colocándoselo en los brazos. En unos
cuantos segundos estaba lista para salir, pero en
esta ocasión tendría que ser sola.
Miró con detenimiento a la persona recostada
y tapada con el cobertor, del cual sólo mostraba
su rostro. Dormía del lado derecho, por lo
que se veía claramente su larga cicatriz.
- Yo vine a este lugar solamente para encontrar
a una persona. Pensó mientras
veía como el joven pelirrojo dormía.
Pero cuando la encontré, esa persona
era totalmente diferente a lo que yo creía.
Tomoe comenzó a caminar con pasos lentos pero
seguros hacía la puerta.
- Lo siento
Al final de cuentas todo
fue mi culpa... pero necesitaba convencerme a mi misma
de que no era así, echarle la culpa a algo
o a alguien... de no hacerlo terminaría por
volverme loca. Es por eso
que me uní
al plan de matarte...
******
- El nombre del asesino que buscas es Hitokiri
Battousai. Le había dicho ese
hombre de barba hace ya medio año. Tomoe estaba
frente a él, escuchándolo. En
las calles se rumorea que es un demonio con espada,
pero la verdad es que es tan humano como nosotros,
y como humano que es tiene sus propias debilidades.
Lo que lo hace tan temido es que la gente ni siquiera
conoce su rostro. Pero nosotros tenemos esa ventaja,
ya que conocemos la identidad de Battousai. Lo único
que nos falta es averiguar la manera de exterminarlo.
Para eso necesitamos a alguien que pueda acercarse
a él lo suficiente como para saber cuales son
sus puntos débiles
de esa manera los
días del temido Destajador terminaran.
El hombre la volteó a ver con una expresión
penetrante. ¿Deseas venganza?... nosotros
te damos la oportunidad de obtenerla
******
Su viaje a Kyoto en busca del maldito que había
asesinado a su prometido había empezado y terminado
de una manera que jamás había previsto.
Ahora que se encontraba en la puerta, con su mano
lista para abrirla y marcharse, no podía creer
todo lo que había pasado y hasta donde había
llegado en todo ese tiempo. Ahora todo lo que había
creído y hecho no tenía sentido.
- Me arrebataste la felicidad
Pensó para si misma, siguiendo con sus ojos
fijos en el destajador dormido. Pero
al final de cuentas fuiste también tú
quien me la regresó. Es por eso no dejaré
que mueras en este lugar. Tomoe colocó
su mano en la puerta y la abrió con delicadeza.
Un viento frío surgió del exterior,
tocándole el rostro. Aún
te queda mucho por hacer en este mundo a diferencia
de nosotros dos, que ya estamos muertos... Pero espero
que todo esto no haya sido en vano y que encuentres
el verdadero significado de tu existencia
Tomoe salió de la choza, y una vez frente
a la puerta se giró de nuevo hacía el
interior, dando un último vistazo a aquel que
fue su compañero durante todos esos meses.
De pronto, una sonrisa surgió de nuevo en su
rostro al tiempo que lo observaba. Por primera vez
en mucho tiempo, sentía que su rostro lograba
reflejar al menos un poco de la felicidad que sentía.
Miró con detenimiento a Himura por unos segundos
antes de dar unas últimas palabras al viento.
- Adiós
mi segunda persona amada
La puerta de madera se cerró frente a ella,
y el interior de esa casa de madera desapareció
por completo de su vista. Esa sería la última
vez que vería convida ese sitio
Himura se despertó con la mañana ya
muy entrada. Sintió como el sol entraba por
la ventana y le tocaba el rostro. Sus ojos se abrieron
y tardaron unos momentos en poder recuperar por completo
la claridad de su visión. La casa se encontraba
sumida en un silencio lúgubre, algo que era
común cada mañana. Sin embargo, había
algo diferente en esa ocasión, y él
lo sintió en cuanto se despertó por
completo. Se sentó en su cama y movió
su cabeza hacía todos lados hasta que pudo
ver cada rincón de la choza. Tomoe no estaba
en ningún lugar; su cama estaba vacía.
- ¿Tomoe? Preguntó totalmente
confundido. De pronto, tuvo un horrible presentimiento
en el pecho. Algo no estaba bien, y todos sus sentidos
se lo decían. ¡¿Tomoe?!
El joven se puso frenéticamente de pie, al
tiempo que gritó su nombre varias ocasiones.
Tal vez esperaba recibir alguna clase de respuesta,
pero no fue así. Se dirigió hacía
la puerta. Las sandalias de Tomoe no estaban, así
que de seguro había salido, ¿pero cuándo
y a dónde? Se puso rápidamente las propias
y abrió la puerta para salir a buscarla. Sin
embargo, en cuanto visualizó el exterior, se
detuvo de golpe. Había una persona parada justo
frente a la entrada: Izuka, que lo miraba con la expresión
más seria que le había visto.
- ¡Izuka-san! Dijo sorprendido, en parte
por verlo en ese mismo momento, y en parte por el
extraño semblante que portaba.
El hombre lo miró fijamente un par de segundos
y le comenzó a hablar.
- Vine lo más rápido que pude Himura.
Le informó. Descubrimos quién
es el traidor que le ha informado al enemigo de ti.
Es Tomoe.
Los ojos de Himura se abrieron de golpe, e incluso
pudo sentir como el cuerpo se le paralizaba. Habían
sido demasiadas impresiones para ser los primeros
minutos de su día, pero esa noticia de seguro
tenía que ser parte de algún sueño.
Tardó unos cuantos momentos en lograr procesar
por completo la noticia que Izuka le había
soltado de golpe y sin rodeos. Aún después
de un rato no logró acomodar por completo la
información en su cabeza.
- ¿Qué? Fue lo único
que se le ocurrió preguntar ante la impresión.
- No estamos seguros aún de quienes son, pero
de seguro se trata de un grupo al servicio del Shogun.
De alguna manera se las arreglaron para obtener tu
identidad, y entonces idearon un plan para acercar
a un espía hacía ti, una persona a la
que pudieras tenerle confianza y que pudiera estar
al tanto de tus movimientos. Tu encuentro con Tomoe
no fue accidental, todo estaba planeado. Desde que
llegaron a este lugar han estado siendo observador
por sus cómplices. En estos momentos se encuentran
en el templo de abandonado de la montaña, cruzando
el bosque. Debes de salir de aquí y encargarte
de ella antes de que sea demasiado tarde.
Himura parecía escuchar lo que Izuka le decía,
pero la verdad era que no todo lo que le informaba
lograba guardarlo en su cabeza. Aún no digería
por completo la primera noticia y ya le estaba dando
instrucciones.
De golpe comenzó a pensar en muchas cosas.
Recordó la noche en que vio a Tomoe. Se encontró
con ella aquella taberna, el encuentro había
sido de lo más casual. Luego la volvió
a ver en ese callejón, después de asesinar
a aquel ninja que lo atacó. Eso había
sido una coincidencia, tenía que serlo. ¿Acaso
el plan era que Kenshin tenía que asesinar
a ese hombre para encontrarse con ella?, ¿cómo
podía ser algo así? Era ilógico,
no podía ser.
- No... eso es imposible. Contestó
después de un rato de desorientación,
con una falsa serenidad en su tono.
- ¿Quieres pruebas?, lee su diario, apuesto
a que ahí lo encontraras todo. Le contestó
Izuka con seguridad. Himura reaccionó de inmediato.
- ¿Su diario?
Si lo que Izuka le decía era cierto, ¿acaso
se habrá atrevido a escribirlo en su diario?
Ella siempre era muy renuente con respecto a que él
se acercará a su diario. Sin pensarlo dos veces
corrió apresurado al lugar en el que Tomoe
lo guardaba, esperando que lo hubiera dejado ahí.
Más que encontrar algo que corroborara la información
de Izuka, esperaba todo lo contrario y no encontrar
nada en él.
Mientras Himura buscaba en el pequeño escritorio
de Tomoe, Izuka entró al interior de la choza
y se sentó unos momentos para descansar del
camino.
- Himura, hay algo que tienes que saber. Le
dijo desde su posición. ¿Recuerdas
al hombre que te hizo esa herida en la mejilla?, Tomoe
estaba apunto de casarse con él
Era su
prometido.
El silencio volvió a sumir la pequeña
casa de madera, tal y como estaba antes de que Himura
despertara, si era que en realidad estaba despierto.
Justamente cuando Izuka le informó lo último,
él ya tenía el diario de Tomoe abierto
en una página en especial, con la fecha del
4 de Abril.
Abril 4.
Hoy he recibido noticias de Kyoto con respecto a
mi prometido. Akira Kyosato-sama fue asesinado. Aún
no soy capaz de creerlo. ¿Qué voy a
hacer ahora? Debí de haberlo detenido en ese
momento, y así haber evitado esta terrible
tragedia...
Himura se quedó petrificado tras leer ese
párrafo. Su atención se fijo por completo
en el nombre que estaba escrito.
- ¡¿Akira... Kyosato?! Exclamó
atónito con sus ojos totalmente fijos
******
- Izuka, ¿quién fue?
- Sucedió hace un par de noches. Fue un hombre
del Shogunato de Kyoto. le contestó.
Parece que fue uno de los guardaespaldas que
escoltaban Shigekura Jubei. Creo que se llamaba Akira
Kyosato.
Kyosato lanza su espada al frente, directo hacía
el asesino. Éste, por su parte, dio un ligero
impulso hacía enfrente, moviendo su espada
de manera horizontal, alcanzando a su contrincante
por el pecho. Ambos se cruzaron en un abrir y cerrar
de ojos. De pronto, sin que éste pudiera darse
cuanta de cuando lo alcanzó, la mejilla izquierda
del asesino comenzó a sangrar, cosa que él
sintió de inmediato. Al mismo tiempo, una profunda
herida en el pecho brotó de Kyosato, haciéndolo
caer al piso.
- No quiero morir
Seguía diciendo.
Finalmente me casaré con ella
con la persona que siempre he amado
- En ese
momento, Kyosato alza su mano al frente y logra ver
ante su presencia una figura, la figura de una mujer,
de cabello negro, vestida con un traje blanco igual
que su piel, parada entre todas las flores rojas en
el suelo.
- To... Tomo
e
El asesino se lanzó contra él, y precipitando
su arma hacía el cuerpo de su victima, le atravesó
la garganta con su hoja, terminando de esta manera
el trabajo. Kyosato cayó muerto, con sus ojos
llenos de lágrimas
- Él dijo que encontraría a toda costa
la manera de hacerme feliz. Su hermano mayor se había
marchado a Kyoto para unirse a la Patrulla de la ciudad,
así que él decidió seguirlo,
y convertirse en un gran guerrero, pensando que ganando
renombre podría entregarme la felicidad que
necesitaba. Y en medio de los disturbios de Kyoto...
fue asesinado.
- Ya había escuchado historias como ésta
antes. Le mencionó su compañero.
Cuando una espada ataca con un resentimiento
realmente fuerte, la herida seguirá sangrando
hasta que ese sentimiento se desvanezca.
- ¿Un gran resentimiento?
- Dices que esa herida te la hiciste por negligencia,
¿no? Puede que quien te hizo esa herida no
haya sido un gran espadachín, pero de seguro
tenía un tremendo deseo por sobrevivir a su
combate, tanto que esa herida que te hizo sigue sin
curarse.
- Cada vez que veo esa herida me pregunto que pensó
la persona que lanzó la estocada... antes de
morir. Kenshin se exaltó un poco al
oírla. Casi sentía que la herida se
le volvía a abrir con esas palabras.
- La persona que me hizo esta herida no era un gran
espadachín. Comenzó a decirle
sin mirarla a los ojos. No me dio problemas,
no uso ninguna táctica o técnica especial
o espectacular. Era igual a tantos que había
matado. Pero había una cosa que lo hacía
diferente. El tenía el deseo de vivir. La mayoría
de los hombres o samuráis de este lugar, sólo
viven para pelear, chocar espadas y morir. Ese es
su propósito. Pero esta persona era diferente.
Él no quería morir, porque tenía
un gran deseo de sobrevivir a nuestro combate
- En algún lugar de Kyoto, mi prometido murió,
y toda mi felicidad se fue con él...
******
Unas gotas de sangre cayeron desde su rostro, manchando
de rojo la hoja del diario. Las manos del destajador
se abrieron por si solas y el diario cayó al
suelo en un abrir y cerrar de ojos. La herida de su
mejilla se había vuelto a abrir de golpe. ¿Habrá
sido acaso el invocar a ese recuerdo?, o tal vez se
había preparado para abrirse justo en ese momento,
un recordatorio que le llegaba desde el otro mundo
de que todo esa vida tranquila era una farsa.
Ese chico, el guardaespaldas de Shigekura Jubei con
el que peleó aquella noche de primavera, la
persona que le marcó el rostro
¿cómo
pudo haber sido tan ciego?, ahora todo comenzaba a
tener sentido. Himura apenas y podía creer
la horrible realidad que se le presentaba: El responsable
de la tristeza de Tomoe, aquel que le arrebató
toda su felicidad, era él mismo
FIN DEL CAPITULO VIII
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