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La Espada Asesina
El astro rey, encargado de alumbrar todo el mundo con su gran luz, apenas asomaba su rostro por encima de las montañas lejanas. La sombra de los montes se proyectaba sobre los campos y caminos, cubriéndolas con oscuridad a pesar del brillo de la mañana. La tranquilidad y paz que normalmente reinaban en esas horas del día fueron completamente rotas por la marcha de varios hombres, todos colocados en fila, dirigiéndose rectos y decididos hacía su destino.

Cada hombre iba armado con sus espadas, sus mosquetes y su propio valor. El ejército portaba con orgullo el estandarte con el símbolo de los tres círculos blancos y la línea horizontal colocada sobre ellos. El símbolo de su clan, el clan que estaban dispuestos a defender y morir por él…

******

5 de Junio del 1er Año del periodo Genji, fue la noche que provocó que el Bakumatsu cambiara su rumbo. Un mes después del Incidente de Ikeda-ya, el clan Chosu envió una tropa de 3,000 hombres hacía la ciudad de Kyoto, con el propósito de tomar venganza de la muerte y encarcelación de varios de sus dirigentes. Sin embargo, en la capital el Ejército del Shogun los esperaba, conformado por 20,000 hombres, entre ellos miembros del propio Shinsengumi.

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Los hombres de cada ejército chocaban sus armas los unos contra otros. Los estandartes distintivos se entrecruzaban entre sí, chocando y rompiéndose entre ellos. El aire a su alrededor estaba cubierto por pólvora y sangre, contaminando los pulmones y los ojos de los combatientes con el paso de la batalla.

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El 18 de Julio del mismo año tomó lugar el Incidente de Kimon. El choque de las fuerzas del Shogun y Chosu desencadenó una lucha mortal en la capital. Los realistas pelearon con valor, pero les fue imposible revertir la situación del combate. En un sólo día, el ejército Chosu sufrió cerca de 400 bajas, mientras que la armada del Shogun menos de 60. El fuego destruyó prácticamente toda la ciudad, devoró 28,000 casas, y dejó a cientos de muertos en las calles de la Kyoto... Las Tropas de Chosu fueron aplastadas por las del Bakufu. Esto creó un cambio de poder dentro del clan, en el cual los conservadores recuperaron el poder. El movimiento realista estaba casi eliminado…

El tiempo continuó su curso, hasta que se cumplieron algunos meses…

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RUROUNI KENSHIN
LAS ESPADA ASESINA

CAPITULO VII
UNA VIDA TRANQUILA

La pequeña choza de madera se encontraba rodeada por pura naturaleza. Se encontraba a las afueras de Otsu, y se podía ir y venir al pueblo sin ningún problema. Sin embargo, desde esa perspectiva no se veía ninguna construcción a la redonda. Casi parecía que la casa estaba a la mitad de la nada. De pronto, se percibe un resonar que viaja por el aire alrededor de la construcción, rompiendo de igual manera el singular silencio que había existido desde el comienzo del día.

El cuchillo en forma de hacha era levantado por el joven frente a la choza, para luego ser bajado bruscamente contra el leño. El cuchillo comenzó a cortar el leño con facilidad, y en menos de un segundo éste fue partido completamente a la mitad. El cuchillo llegó a tocar el tronco en el que estaba depositado, mientras que las dos mitades caían hacía los lados. El ejecutor de la tarea repitió el mismo procedimiento, tomando otro leño, colocándolo sobre la parte lisa del tronco cortado, alzando su cuchillo en forma de hacha y luego embestir el leño con su filo y cortarlo a la mitad. Repetía el mismo movimiento con todos los maderos que le quedaban.

La expresión del chico era melancolía, pensativa. Lo que ahora sostenía en su mano era un pequeño objeto filoso, capaz de cortar con gran facilidad esos objetos de madera. Ya había pasado algunos meses desde los tiempos en los que de igual manera portaba un objeto similar a ese: una espada. Una espada cuyo filo era capaz de acabar con la vida de una persona. Una espada que con tan sólo blandirla hacía llover sangre. Desde hace ya algunos meses había tenido que separarse de aquella vida. Esa espada seguía ahí en su choza, guardada. Nunca la sacaba al exterior para no llamar la atención de nadie. Sin embargo, aún en esa situación le era imposible dormir sin ella a su lado.

El último leño fue cortado. El joven tomó las mitades y las acomodo con el resto. El sol brillaba con fuerza, por lo que de seguro se secarían sin problema.

La puerta de la casa es deslizada hacía un lado. Desde el interior de la construcción, surgió la figura blanquizca de aquella mujer, la cual vivía con él desde el momento en que llegaron a ese lugar. Él la volteó a ver por encima de su hombro zurdo, mientras ella lo miraba con seriedad.

- Disculpa la espera. – Le mencionó la mujer, acomodándose el chal azulado.

El chico le sonrió con gentileza. No dijo nada al principio. Simplemente alzó su mirada al cielo, percibiendo el delicado movimiento de las nubes sobre ellos.

- Hoy es un hermoso día, ¿no te parece? – Le preguntó el joven mientras miraba sonriente hacía arriba. La chica de kimono blanco se sorprendió un poco ante sus palabras.

Era ya aproximadamente la mitad de la mañana en el pueblo, una mañana tranquila de otoño. Las personas de Otsu se encontraban todas ocupadas en sus diferentes actividades. Todas las casas parecían estar hechas de madera, con una construcción muy modesta pero cómoda. El pueblo, aunque pequeño, cada mañana se adorna con un gran andar de personas de un lado a otro.

Uno de los lugares con más movimiento ese día era el mercado central, donde se podía conseguir de todo, sobre todo alimentos. En un puesto en especial en donde vendían algunas verduras, se podía ver como se llevaba acabo una venta.

- ¿Acaso estás loco? – Exclamó disgustado el comprador, mientras en sus brazos cargaba tres rábanos blancos y grandes. – En otros puestos puedo comprar cinco rábanos por ese precio.

El hombre encargado del puesto retiró su pipa y soltó una ligera ráfaga de humo por su boca.

- Pero nunca conseguirás unos de tan buena calidad a tan bajo precio. – Le mencionó el vendedor, tratando de que el trato se llevara acabo.

- ¿De calidad?, pues no sé que sea calidad para ti, pero los últimos rábanos que me vendiste estaban algo desabridos. La sopa que comí hace unos días no me supo igual por tu culpa, ¿lo sabías?

El vendedor se le quedó viendo fijamente con una mirada casi de enojo. El comprador sonrío casi con picaría.

- Te diré lo siguiente: ¿Qué te parece si me vendes cuatro rábanos por ese mismo precio? – El vendedor se quedó unos momentos serio, como pensando en la propuesta. De pronto, se vio como sonreía con algo de conformidad.

- Qué más da, llévatelos – Le contestó mientras se lo indicaba a la vez con la mano. – ¿Alguien te ha dicho que eres un verdadero ladrón Hirokazu?

El chico alzó su sombrero de paja, mostrando a la luz su rostro. Era un joven, de unos quince años de edad, piel blanca, ojos cafés oscuros y cabello castaño claro, largo y agarrado con una cola de caballo que sobresalía por detrás de su cabeza. Vestía un traje compuesto de un kendogi de color rojo y un hakama de color negro claro. Sobre el kendogi traía puesto un saco sin mangas con colores marrones y negros. Además de todo, en su cintura, portaba una espada enfundada, con un protector de mano en un tono dorado y una empuñadura aparentemente enredada en una cinta café.

- No más que el resto de este pueblo. – Le contestó el joven sonriendo, al tiempo que tomaba su cuarto rábano.

Después de realizar su compra, se alejo caminando, sosteniendo en su cesta los víveres que acababa de comprar. Tratando de que no se le cayeran las cosas, sacó una lista que traía consigo en su traje. En esta se encontraban escritos varias cosas que le había pedido.

- Creo que ya tengo todo los que Hana-san me pidió. – Se dijo así mismo viendo la lista.

En vista de que ya había terminado con sus compras, se dispuso a regresar a su casa. Una vez que realizó la revisión de su lista, alzó de nuevo su mirada al camino. Los ojos del chico se posaron en una persona que caminaba entre la multitud en la dirección contraria. Era un hombre joven, delgado y con cabello anaranjado largo, con un kimono azul. Era acompañado por una joven de cabello negro con un kimono blanco que caminaba detrás de él.

No le puso mucha importancia y siguió caminando. De pronto, cuando pasó a su lado, notó algo singular en su mejilla izquierda. En ese lugar tenía una larga cicatriz que le cruzaba toda la mejilla. El chico se detuvo y la miró por unos momentos. Por su parte, el joven pelirrojo y su acompañante continuaron con su marcha sin notarlo.

- “Qué herida tan singular.” – Pensó el joven, volteando a ver a la persona que se alejaba entre la multitud. – “Sin lugar a duda fue hecha con una espada.”

No pensó mucho en el asunto y continuó con su marcha.

Tomoe estaba de pie bajo la sombra de un árbol. Frente a sus ojos se encontraban las tranquilas y cristalinas aguas del lago Omi, y más haya se podía ver la otra punta del lago. Ese lugar era conocido en varios lugares de Japón. Cuando miraba hacia al mar, su mirada se perdía en el horizonte y no se podía ver más haya. Este lago por otra parte era también de un gran tamaño, y justo cuando parecía que tu vista se perdería en el horizonte al igual que en el mar, tus ojos divisaban los árboles a lo lejos.

El pueblo de Otsu se había construido justo frente a ese lago, y con el paso del tiempo comenzaba a rodearlo por completo. Dentro de poco de seguro Otsu sería una gran ciudad, y el lago Omi se encostraría justo en el centro de ella.

La joven de Kimono blanco se encontraba aguardando el regreso de su acompañante. Ya habían pasado varios meses desde que ella y Himura escaparon de Kyoto y llegaron a ese lugar. Aún en un lugar tan tranquilo como ese, les seguían llegando las noticias de los sucesos que ocurrían. El movimiento contra el Shogun estaba prácticamente muerto. Sólo algunos puntos de rebelión seguían vigentes aunque desordenados. Incluso el propio Battousai tenía que mantenerse oculto hasta que las cosas cambiaran. Con frecuencia el señor Izuka iba hasta haya para ver a Kenshin, darle noticias o instrucciones si era necesario.

La vida de ambos desde entonces era una vida tranquila. Para todas las personas ellos dos eran marido y mujer, sin nada llamativo en ello. Así habían vivido durante ese tiempo. En ese aspecto, Tomoe había servido únicamente como una pantalla para el disfraz de Battousai el Destajador. Eso era lo que tenía que hacer por haber elegido quedarse a su lado. No podía evitar recordar todo lo que había pasado hasta ese día, y en especial pensar en el tiempo trascurrido. Constantemente tenía que releer lo que escribía en su diario para recordar quien era y de dónde venía, de esa manera mantenía la perspectiva de ella misma.

Mirando desde esa posición las aguas del lago, la hacían recordar su hogar, donde también se podían ver las aguas desde la orilla… las aguas de la bahía de Edo…

******

Hace más de medio año, se encontraba parada en la orilla, justo frente a la gran Bahía de Edo. Las aguas se movían de un lado a otro por la acción del viento. A lo lejos se veían el constante ir y venir de las embarcaciones que cada día entraban en la bahía de la gran ciudad donde residía el poder del Shogunato. En esa ocasión no se encontraba sola viendo esas aguas. A su lado tenía a otra persona, un niño pequeño de cabellos oscuros con un peinado de picos, con piel blanca como la suya.

El chico se sobresaltó después de que la chica le comunicó la noticia. Sus ojos reflejaban tanta impresión que casi parecía que se saldrían de su lugar.

- ¡Hermana! – Exclamó entrecortado. – ¡¿Te vas?!, ¿A dónde vas?

- Iré a Kyoto, Enishi. – Le informó la joven sin apartar su vista de la Bahía. El joven reaccionó violento ante esas palabras.

- ¡¿Kyoto?!, ¡¿Porqué vas para haya?!, ¡¿Qué no sabes que es muy peligroso?!

Ya había anticipado que el chico reaccionaría de esa manera al enterarse, esa era su forma de ser. Lentamente giró su rostro hacía él, mirándolo con una gran sonrisa.

- No te preocupes. – Le dijo. – Volveré muy pronto.

El chico la miró fijamente con cierto enojo en sus ojos. Guardó silencio unos segundos y luego bajó su cabeza para mirar el suelo por unos instantes.

- No me sonrías de esa manera tan falsa hermana, que simplemente no te queda... – Le contestó con franqueza. Tomoe se sorprendió al escucharlo. – Sé porque quieres ir a Kyoto… es la misma razón por la que has estado tan triste estos días.

Tomoe bajó su mirada e hizo desaparecer su sonrisa. Parecía que su intento de esconder lo que sentía había sido un completo fracaso. Se había dejado llevar por completo por sus emociones, y sólo había conseguido preocupar a su hermano.

El chico apretó con fuerza sus puños y alzó rápidamente su rostro, llenó de decisión.

- ¡Déjame ir contigo! – Gritó con energía mientras miraba de nuevo a su hermana mayor.

- No, tú tienes que quedarte aquí y cuidar de nuestro padre. – Le contestó ella con seriedad.

- Pero hermana...

De pronto, la joven de blanco se agacha hacía él, bajando sus rostro hasta que está a la misma altura que la del chico. Sus ojos se encontraron completamente frente a frente, perdiéndose en la profundidad del contrario. Alzó sus manos blancas y tomó el rostro del chico con delicadeza.

- Enishi... prométeme que te quedaras aquí... – Le pedió con un afecto casi maternal. El chico se quedó en silencio con sus ojos totalmente abiertos. – Prométemelo.

El chico se le quedó viendo fijamente por un largo rato. En sus ojos se comenzó a reflejar cierta frustración ante la petición de la chica de ojos oscuro. Desvió su cabeza hacía la derecha, como queriendo ya no tener la mirada de su hermana sobre sus ojos.

- Te lo prometo... Hermana. – Dijo al final de cuentas, intentando ser la más firme posible.

Tomoe volvió a sonreír al escuchar esas palabras. Se aproximó a él, rodeando su cuello con sus brazos y abrasándolo con fuerza, como deseando no separarse de él.

- Nos volveremos a ver muy pronto, ya lo verás... – Le dijo la mujer, casi con lágrimas en sus ojos.

******

Unos pasos lentos se aproximaron hacía ella por sus espaldas. La mujer de blanco se giró con cuidado en dirección de dónde venían. Himura se acercaba, sujetando en sus manos un objeto redondo cubierto por completo con un pañuelo oscuro.

Ahora el lugar y las aguas que miraban, así como la persona que la acompañaba eran otros. El recuerdo aún seguía vivo en ella, y se preguntaba si podría cumplir la última promesa que le había hecho a ese chico.

- Lamento haberte hecho esperar. – Exclamó Kenshin, aparentemente sin notar lo pensativo en su rostro. El chico extendió sus manos al frente, entregándole el objeto que traía consigo. – Aquí está.

La joven tomó el objeto con sus manos. Lo admiró por unos segundos, como si fuera capaz de verlo aún a través del material que lo rodeaba. Lo acercó hacía ella, sujetándolo contra su pecho. Luego alzó su vista hacía el pelirrojo, sonriéndole con agradecimiento.

- Muchas gracias. – Exclamó la joven después de un rato.

Kenshin y Tomoe caminaban por el pueblo con la intención de volver a su casa. El chico se encontraba marchando al frente, mientras su compañera caminaba unos pasos detrás de él. El chico inconscientemente la volteó a ver de reojo por encima de su hombro. Ella estaba ocupada, mirando las cosas que estaban en los puestos. Himura volvió su atención de nuevo al frente, como si nada hubiera pasado.

Su vida había cambiado por completo durante ese tiempo. Los primeros días después de su llegada a ese lugar, se había sentido extraño al caminar por el pueblo sin portar su espada a un lado como siempre lo había hecho. Lo principal en ese momento era pasar inadvertidos y no llamar para nada la atención, y para ello era necesario de igual forma no portar la espada en el cinturón. Aunque el número de personas que marchaban por esas calles con sus espadas no era reducido, era mejor no estar entre ellos. Al no caminar con su espada todo ese tiempo, se había llegado a sentir desprotegido, inseguro, pero ya en esos momentos parecía haberse acostumbrado por completo.

Por otra parte, la cicatriz que adornaba su mejilla izquierda no ayudaba de mucho a su nueva imagen. Era muy visible para todas las personas, y llegaba en ocasiones también a llamar la atención. De igual manera, el número de personas con cicatrices tampoco era reducido, pero la suya era muy singular, y eso lo había cerciorado al ver que mucho le preguntaban sobre ella. No acostumbraba decir mucho, y la mayoría de las veces contestaba simplemente “fue un accidente” para evitar más sospechas. Eran poco los que había percibido que había sido hecha con una espada. Pero fuera de ello, toda su nueva vida estaba libre de sospechas por parte del resto de la gente.

Sí, ya habían pasado meses desde que dejaron Kyoto. Aunque estaba constantemente informado de la situación, prácticamente comenzaba a ver todo ese asunto como un hecho aislado y alejado que no tenía nada que ver con él. En ocasiones llegaba a olvidar por completo quién era en realidad, se olvidaba por completo del nombre de Battousai y de lo que venía con él. Pero esos momentos eran reducidos, y con el tiempo desaparecían.

En este tiempo, él y Tomoe habían vivido juntos como si estuvieran casados, como marido y mujer. Pero eso sólo era una pantalla para no llamar la atención del resto de la gente. Aunque vivían juntos en la misma casa, no había ocurrido nada entre ellos. Cada uno se prestaba perfectamente a su papel, nada más. Sin embargo, para el chico todo esto era más que una simple “actuación”; para él había algo más.

Las cosas en definitiva eran diferentes a cuando ambos vivían en el Hostal. Tomoe ahora era algo más abierta con él, era necesario en vista de que tenían que vivir juntos, pero aún se mantenía la mayor parte de su vida en secreto. El chico había soñado con una vida tranquila como esa desde el momento en el que comenzó a asesinar. Ahora la estaba viviendo, pero no era una mentira; él la sentía real. Comenzaba a desear que eso nunca acabara, pero sabía que tarde o temprano la realidad los alcanzaría. Además, estaba empezando a sentir algo extraño siempre que estaba con ella.

Era la primera vez que lo sentía. Era una sensación totalmente nueva para él, y simplemente no la entendía. La única persona con la que había llegado a sentir algo similar era su difunta hermana Satomi, pero era totalmente diferente a ello. Ella ya le había dicho hace muchos años y él lo recordaba bien: “Shinta, cuando seas grande conocerás a una niña que te haga sentir cosas extrañas, y tal vez te haga hacer cosas que tú creías que jamás harías.”

- “Cuanta razón tenías Onee-san.” – Pensaba el destajador, sonriendo por dentro ante su recuerdo. Pero no estaba seguro si era precisamente a eso a lo que se refería. Lo único que sabía con claridad es que ya no era el mismo de antes.

Himura se detuvo de golpe, provocando que su acompañante hiciera lo mismo. Rápidamente alzó su brazo hacía un lado, como un gesto de protección.

Un instante después de que ambos se detuvieran, un hombre salió volando de la puerta de un restaurante, cayendo en la calle justo frente a ellos. El hombre era mayor, con ropas sucias y desalineadas; se veía que había bebido mucho a pesar de las horas del día. Un hombre alto y corpulento salió del restaurante, cargando sobre su hombro derecho su larga espada envainada. Se encontraba acompañado por otro dos, también armados con katanas.

- Largo de aquí. – Exclamó el hombre con un tono autoritario. – No queremos arruinar nuestro apetito viendo a viejos ebrios como tú.

El hombre apenas y pudo ponerse de pie. Desorientado y mareado, intentó alejarse torpemente del lugar, mientras los hombres armados se burlaban de él. Himura y su acompañante se quedaron quietos, esperando la oportunidad para seguir con su marcha. El grupo de hombres ni siquiera los notó. Después de unos segundos entraron de nuevo al establecimiento con total prepotencia. Kenshin los miró con cautela por largo de tiempo mientras entraban.

- Esos sujetos pertenecen al grupo de asesinos de Hamaguche-sama. Es mejor no meterse con ellos. – Mencionaron dos mujeres que pasaban al lado de ellos. Himura volteó a verlas de reojo al escuchar esas palabras.

- “Este pueblo es muy tranquilo, ya que los efectos de la guerra no lo han alcanzado.” – Pensó el chico por unos instantes. – “Aún así... parece que en estos tiempos no existe un lugar completamente seguro...”

Ya de noche, ambos se encontraban en la choza de madera, alumbrados por el fuego de la hoguera. Ambos ya había cenado, y mientras Tomoe lavaba los platos que habían usado en la cena, Himura estaba sentado a lado del fuego. De nuevo se encontraba usando ese trompo de madera, enrollándolo en su hilo y haciéndolo dar vueltas en el suelo. Lo hacía con frecuencia, y la joven de cabellos negros no entendía el porque de esa acción.

Ella no conocía a detalle la historia detrás de ese trompo, y tampoco se había animado a preguntar al respecto. Con lo que le había mencionado en diferentes ocasiones, creía que había sido un regalo de algún familiar, de su madreo su hermana que mencionaba con frecuencia. Cada vez que lo veía jugar con él se convencía de lo que había pensando hace algún tiempo. Himura era un niño, un niño que creció demasiado pronto, y de la peor manera.

- ¿No te gustaría plantar algunos nabos? – Le preguntó el chico pelirrojo sin quitar sus ojos del trompo. Tomoe se extrañó de la pregunta. – Estaba viendo la hortaliza y se me ocurrió de un momento a otro. Cuando era niño mi madre y mi hermana los cultivaban. Yo sólo podía ayudarlas de vez en cuando. Por eso, tengo deseos de hacerlo por mí cuenta... sólo por una vez.

- Si eso es lo que deseas. – Mencionó Tomoe, aparentemente no muy animada.

- No tiene caso hacerlo si tú no quieres.

- Por mí está bien. – Dijo por último, volteándose de nuevo hacía los platos.

En realidad a Tomoe en un principio la idea de plantar nabos no le parecía exactamente muy llamativa. En realidad no estaba acostumbrada a ese estilo de trabajo, aunque ya para esos momentos había hecho muchas cosas para las que no estaba acostumbrada. Pero como cualquier esposa, ya fuera falsa o verdadera, tenía que acatar los deseos de su esposo. Si él deseaba que ambos plantaran nabos, entonces plantarían nabos.

Sin embargo, ahora que los dos se encontraban juntos en el plantío, bajo el sol y trabajando con la tierra, la joven de dieciocho años comenzaba a ver este trabajo de diferente manera a como la apreció originalmente. Como bien se había dicho, no estaba acostumbrada a ese tipo de labores. Tampoco se trataba de que fuera alguna clase de princesa o alguien de muy alto rango social, pero la verdad era que siempre había tenido una vida más o menos cómoda, con buena educación y buenas costumbres. Iba a ser la primera vez que cultivaba nabos, pero parecía que los conocimientos que Kenshin tenía de la labor bastaban para los dos. Mientras trabajaba a lado del chico, Tomoe no dejaba de preguntarse en como sabrían los nabos una vez que estuvieran listos para comer. Eso era algo que no había sentido en el pasado.

De pronto, unos pasos sigilosos se acercaron por el camino en su dirección. El andante se detuvo frente a la choza de madera y volteó su atención hacía el plantío, en el cual se encontraban Kenshin y Tomoe. Los dos jóvenes no se habían dado cuenta del visitante, a pesar de que éste ya se encontraba frente a la choza. El hombre miró extrañado en la misma dirección. Normalmente Himura se hubiera dado cuenta de que alguien se acercaba cuando éste se encontraba aún muy lejos de él, pero en ese momento parecía estar totalmente ignorante de que alguien lo miraba.

- ¡Hey! – Pronunció en voz alta para que lo oyeran. – Es bueno verlos trabajar tan duro chicos.

Himura reaccionó de golpe al oír esa voz, mientras que Tomoe tardó unos segundos. El chico pelirrojo, volteó a ver por encima de su hombro, posando sus ojos azules en el hombre alto de traje verdoso que cargaba en su espalda lo que parecía ser una caja.

- Señor Izuka... – Dijo en voz baja al reconocerlo de nuevo.

De nuevo Izuka lo había ido a ver. No había tenido muchas noticias de la organización durante el último mes, pero sabía que tarde o temprano él vendría para ponerlo al tanto de todo.

Los tres pasaron al interior de la casa. Himura e Izuka se sentaron frente a frente, mientras Tomoe le traía una taza de té a cada uno para que pudieran hablar tranquilos.

- Veo que has encontrado en que entretenerte. – Mencionó Izuka, volteando de reojo a la puerta de la construcción.

- ¿Habla del plantío? – Preguntó el chico, mirando un segundo hacía la misma dirección. – Cultivaremos rábanos antes del invierno.

- Me parece excelente. – Exclamó Izuka, y en ese momento Tomoe le trajo su taza de té y la colocó frente a él. Izuka sonrió con picaría. – En estos momentos cualquiera que los viera, diría que están realmente casados.

Kenshin pareció incomodarse ante esa afirmación por parte de Izuka, pero no fue el único. La expresión de Tomoe cambió repentinamente a una de desagrado. Sin decir mucho, se puso de pie y caminó hacía la puerta.

- Seguiré cultivando. – Mencionó casi en voz baja mientras salía. Izuka se quedó confundido al verla salir.

- ¿Acaso dije algo malo?

- No, no te preocupes. – Comentó Kenshin con seriedad.

El antiguo destajador volvió su vista hacía la puerta, como si fuera capaz de ver a través de la manta colgada frente a ella. Del otro lado Tomoe volvía a la misma actividad que realizaban antes de que Izuka llegara. ¿Lo habría hecho con intención de salirse y no escuchar la conversación?, ¿o acaso en verdad habrá estado disfrutando la labor?

- Ya han pasado algunos meses y hemos vivido los dos juntos todo este tiempo. – Comentó Kenshin, prácticamente sin penarlo. – Entiendo porque Katsura-sama decidió que nos hiciéramos pasar por recién casados, pero aún así...

Izuka rió divertido ante lo que el chico decía. Se veía que aún en esos momentos seguía siendo un niño por completo, por más que algunos lo llamaran Battousai y otros lo conocieran como un marido tranquilo. Izuka estaba seguro de que hasta ese momento no había ocurrido nada entre ellos dos. Tomoe era muy reservada, y pese a todo Himura era muy tímido. Parecía que su falso matrimonio nunca pasaría a ser más que eso, una farsa.

Izuka tomó la pipa que traía en su boca y la colocó a lado de la caja que usaban para depositar las cenizas de ésta.

- Después de lo ocurrido en la Batalla de Bakan, el movimiento está casi extinto. – Comenzó a hablar el hombre, sin esperar a que Himura le preguntara. – Es necesaria una reorganización urgente, o lo perderemos todo.

- ¿Reorganización? – Preguntó confundido el destajador.

- Con Takasugi-san encarcelado y Katsura-san perdido, Chosu ha cambiado por completo. Los ancianos han tomado de nuevo el control y la provincia parece haberse librado del castigo del gobierno por esto. – Izuka tomó la taza de té ante él y la acercó a su rostro. Tras dar un sorbo ligero prosiguió. – Nuestros hombres están dispersos, y si seguimos así nada bueno resultará.

Himura guardó silencio, como meditando sobre las últimas noticias que le estaban haciendo llegar. Al parecer la situación no había mejorado para nada para el movimiento contra Shogun. Todo esto se desencadenó con el Incidente de Ikeda-ya. La redada hecha por el Shinsengumi aquella noche de principios del verano había sido un golpe certero en su contra. Luego se vino el Incidente de Kimon, y diferentes batallas donde sus opositores los habían hecho retroceder. Ahora más que nunca se necesitaba obtener una estrategia, algo que los apoyara.

- En estos momentos estamos planeando una forma de rescatar a Takasugi-san, esa es nuestra única esperanza por el momento. – Prosiguió Izuka, colocando su taza de nuevo en el suelo. – Tan pronto como esté liberado, se convertirá en el dirigente de lo que queda de nuestro ejército.

- ¿Que ha sabido de Katsura-sama?

- Nada por el momento. – Contestó mientras bajaba la mirada. – No tengo idea de donde esté. En estos momentos ya lo han apodado “Katsura el Escurridizo”, ya que logró escapar del incidente de Ikeda-ya y ahora se encuentra ocultó en alguna parte esperando.

Los ojos de Himura parecieron cubrirse de cierta frustración, o tal vez enojo tras escuchar esas noticias con respecto al cabecilla del clan.

- No puedo creer que el señor Katsura esté escapando. – Comentó el destajador con firmeza.

- Hey, no te estoy mintiendo, así está la situación. – Le contestó Izuka, poniéndose de pie. – En estos momentos lo único que nosotros podemos hacer es esperar sentados.

Mientras pronunciaba las últimas palabras, el informante del movimiento se puso de pie y caminó hacía la entrada. Recorrió un poco la manta en ella, de tal manera que logró ver al exterior. Tomoe estaba en el plantío como lo esperaba, trabajando como lo había dicho.

- ¿Cómo están las cosas en la ciudad? – Preguntó de pronto Himura, alzando la mirada.

- La situación es horrible. – Le contestó, girándose de nuevo hacía él. – El gobierno les otorgó más privilegios a los Lobos de Mibou. Kyoto se ha convertido en el territorio de caza de los Shinsengumi. Cada día asesinan a más realistas, y nos cazan por toda la ciudad como animales. El número de partidarios que han matado en este tiempo supera a los hombres que mataste como Battousai.

Era como lo esperaba. Los incidentes de Ikeda-ya y Kimon habían asustado a la mayoría de los Ronin que habían ido a la ciudad, además que pusieron en claro la importancia del Grupo Shinsen. Ahora Kyoto estaba prácticamente en su control, y todo el que fuera partidario del movimiento de seguro estaría en peligro con ellos ahí.

Izuka giró su vista de nuevo hacía la puerta.

- Desde aquí puedes llegar a Kyoto en un día de camino, pero como ves la verdad no es muy recomendable en estos momentos.

El informante introdujo su mano derecha en la manga izquierda de su traje. Después de unos segundos sacó de este lugar una pequeña bolsa de dinero. Rápidamente se giró hacía el destajador y le arrojó la bolsa, la cual fue atrapada sin problema por el chico.

- ¿Qué es esto? – Preguntó confundido mientras admiraba la bolsa.

- Es algo de dinero de parte de Katagi-san para lo que necesites. – Respondió Izuka, al tiempo que tomaba la caja que había traído consigo y la acerca hasta donde estaba sentado Himura.

- ¿Y esto?

- Sus algunas provisiones para tu nuevo trabajo. – Comentó con astucia el miembro del clan. – De ahora en adelante te dedicaras a vender medicinas.

Los ojos de Himura se abrieron por completo al escuchar esas palabras.

- La gente no sospecha de las personas casadas, pero sospechan menos de las personas casadas que tienen un negocio.

- ¿Y quieres que me dedique a vender medicinas? – La expresión de Kenshin no reflejaba mucha confianza.

- ¿Qué ocurre?, ¿ya te aburriste de la vida pacífica?

Himura bajó su mirada y guardó silencio un par de segundos. ¿Aburrirse de la vida tranquila que había estado viviendo esos meses en ese lugar junto a Tomoe?, no, de ninguna manera eso podría ocurrir, al menos no todavía. Al contrario, nunca se había sentido más feliz hasta ese momento…

- Claro que no. – Contestó con una sonrisa ligera. Izuka se sorprendió de ver esa expresión surgir en el rostro de Battousai. – Yo no disfrutaba el matar. La verdad, este estilo de vida me ha hecho razonar mucho.

- Cuida que tus habilidades no disminuyan, una pelea se acerca. – La advertencia de Izuka iba ligada a lo que había visto en su llegada. – Ten cuidado cuando te muevas por Otsu. Cruzando el pueblo hay algunas villas. Ahí pueden llevar a acabo su negocio. El dinero que ganes puedes usarlo como te plazca.

Himura asintió con la cabeza aceptando las indicaciones del informante. Aún en su vida tranquila, tenía que seguir las reglas principales de un Destajador: ocultarse y mentir.

Al mismo tiempo que Himura e Izuka hababan en la casa, Tomoe continuaba con su labor en la plantación de los nabos. Como era de esperarse, para realizar ese tipo de labores no se podía usar cualquier tipo de ropa. Su traje predilecto era sin duda aquel kimono blanco que siempre portaba, o al menos la mayoría del tiempo lo usaba. En el pasado también utilizó ese traje morado utilizado por el resto de las jóvenes en el Hostal de Kyoto en el que vivían.

Ahí en Otsu, no contaba con muchos trajes a su disposición. Además de ese kimono blanco, que no usaba mucho en esos días solamente cuando salían, tenía otro kimono de color púrpura claro, normalmente usado en la casa, y un cambio ligero para dormir. En esos momentos usaba un traje diferente, adecuado para su trabajo. Era de un color rosa oscuro, con unos pantalones de color café claro. Las mangas de la parte superior así como los pantalones estaban sujetados para no estorbar. Tenía el cabello cubierto y recogido con una manta blanca. Era la vestimenta típica de una mujer “campesina”, como había visto en varias ocasiones de su infancia.

Aunque sus ojos y sus manos estaban puestos en la tierra, su atención no estaba del todo puesta en ella, al menos no como lo estaba antes de que Izuka llegara. Pensaba mucho en Himura, y en lo que le estaban informando. No estaba realmente interesada en lo que Izuka iba a compartir con él, de ser así se hubiera quedado a oír. No necesitaba que ese hombre fuera a decirle como estaba la situación, ella ya la conocía estando en ese lugar, y lo más seguro es que Himura también. Sin embargo, a pesar de lo tranquila que se encontraba sus vidas en esos momentos, Tomoe estaba conciente de que Kenshin no estaba del todo seguro…

Después de varios minutos, ambos hombres salieron de la choza de madera. Al verlos salir, Tomoe dejó de golpe lo que hacía. Kenshin e Izuka se detuvieron de pronto frente a la entrada. El informante se giró serio hacía el destajador.

- Una cosa más. – Exclamó. – El ninja que te atacó aquella noche…

La expresión de Himura se puso más dura que antes. Rápidamente su mente regresó a aquella noche de finales de la primavera, la misma noche que conoció a Tomoe.

- Si se trataba de un espía del Shogun que estaba detrás de Battousai, es posible que otros vengan por ti si descubren tu posición. Aún no hemos encontrado al traidor, así que debes de tener mucho cuidado.

- Lo tendré.

Izuka colocó su mano izquierda en el sombrero de paja que usaba sobre su cabeza y lo bajó para ocultar un poco su rostro. Luego, se giró hacía Tomoe, que estaba de pie a algunos pasos detrás de Kenshin.

- Bueno, nos vemos Tomoe-san. – Le dijo el informante con amabilidad, pero luego su expresión obtuvo cierta broma. – A partir de ahora serás la esposa de un vendedor de Medicina.

Tomoe se sorprendió al escuchar esas palabras. ¿A qué se refería con eso? Izuka por su parte rió ante la reacción de la joven, y después de hacer un ligero gesto de respeto hacía el frente, se giró hacía el camino para retirarse.

Mientras Himura miraba desde su posición como se alejaba, Tomoe se acercó a él, igual de confundida.

- ¿Medicina? – Preguntó con extrañes, a lo que Kenshin respondió al principio con un ligero suspiro.

- No preguntes…

Ya era algo tarde, el sol casi tocaba las montañas del oeste pero aún faltaba algo de tiempo para el atardecer. Ya habían transcurrido algunas semanas desde la última reunión que había tenido con Izuka, algunas semanas en las que había comenzado a dedicarse al negocio de vender medicina.

El negocio no era muy difícil, lo más complicado era la preparación de la medicina, pero él ya poseía algunos conocimientos para esa labor. Por otra parte, ésta se vendía bien en Otsu y en sus alrededores. Parecía que los constantes enfrentamientos entre las fuerzas del Shogun y los Realistas provocaban que hubiera escasez de algunos productos, incluso en un lugar relativamente calmado como ese. Además, a la gente enferma le convenía comprar la medicina a un vendedor ambulante como él, sobre todo como él, que no la vendía a tan altos precios como otros. La verdad era que ese trabajo era una parte más de su fachada para esconderse, así que no tenía porque vender sus productos a altos precios. Si podía servir a la causa que Izuka esperaba, y además podía hacer sentir mejor a la gente, todos saldrían ganando al final de cuentas.

En ocasiones Tomoe lo había acompañado. Tenía que aceptar que Izuka tenía razón: una pareja con un negocio se ve menos sospechosa, y ahora la gente del pueblo nos lo veía simplemente como la “extraña” pareja que vivía a las afueras. En esa ocasión Himura había ido solo, y de hecho no había ido muy lejos. En esos momentos estaba en uno de los camino de Otsu, con un par de personas frente a él y frente a su caja con las medicinas.

- Esta medicina es perfecta para el dolor de espalda. – Informó amablemente el chico pelirrojo, alzando su mano derecha con la pequeña bolsa. – Tenga señor.

- Muchísimas Gracias Kenshin-san. – Exclamó un hombre mayor y encorvado, tomando la medicina que el chico le entregaba. Se veía que los dolores de la edad ya lo habían alcanzado.

- Ese es el Señor Himura. – Mencionó una mujer a otra que caminaba a su lado cuando pasaron frente al vendedor. – Dicen que sus medicinas son muy efectivas, y además no son caras.

Himura no pudo evitar escuchar lo que las dos mujeres pronunciaban; después de todo había desarrollado sus sentidos para lograr algo tan sencillo como eso. Eso demostraba que lo que temía en un principio se hacía realidad. Antes eran sólo algunos cuantos en Otsu los que sabían de ellos o al menos los reconocían. Ahora su negocio parece haberles traído cierta presencia ante las personas. Ahora eran el joven vendedor de medicina y su esposa. Por otra parte, tal vez no sea tan malo después de todo. Por extraño que pareciera, intentar quedar en el anonimato llamaba más la atención que realizar un trabajo como ese.

- Aquí tiene. – Agregó el joven, entregándole otra bolsa a una mujer mayor que aguardaba delante de él.

- Gracias señor Himura. – Agradeció con ahínco la mujer.

Esa señora la había visto hace unos tres días, buscando algo para el dolor de sus huesos. Ahora le había comprado algo para la fiebre de una de sus nietas. Para mucha gente Himura era su única ayuda para cuidar su salud. La verdad era que algunos doctores se habían marchado de la región después de los incidentes de Kimon y Kankan, temerosos de que el conflicto los alcanzara. Ya en ese momento el antiguo destajador comenzaba a sentir una responsabilidad con estas personas.

Mientras guardaba algunas monedas que le acababan de entregar en su lugar, otra persona se le acercó por su lado izquierdo. Extrañamente, Himura no pareció sentir que esta nueva persona se le acercaba.

- ¿Tiene algo para el dolor de estomago? – Pronunció de pronto una voz dulce a su zurda.

El destajador no pudo evitar exaltarse al escuchar esas palabras a su lado. Rápidamente se hizo un poco hacía atrás y volteó en dirección a donde estaba esa persona. Se trataba de una pequeña chica de unos once años de edad, de cabellos y ojos totalmente negros y profundos, vestida con un elegante kimono blanco. La jovencita lo veía con una sonrisa amistosa a pesar de su reacción. Detrás de ella era acompañada por una joven unos cuantos años mayor que ella, de cabello castaños y largos con un kimono púrpura claro.

No lo había asustado o algo parecido, pero la verdad era que ya había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien se le acercó sin que pudiera sentirla cerca de él, y eso lo había confundido, en especial considerando que se trataba de una pequeña de unos tres años menor que él.

- Sí, por supuesto. – Contestó rápidamente, intentando ocultar su sorpresa.

Himura se giró hacía el lugar en el que guardaba las medicinas, intentando buscar la que le acababan de pedir. De pronto, cuando el chico se volvió a su caja de medicinas, la niña tuvo completa apreciación de su mejilla izquierda, así como de la larga cicatriz que había el ella. La expresión de la joven pareció reflejar cierta admiración al ver esa cicatriz, como si viera algo realmente impresionante. Himura notó esto, pero no le puso mucha importancia.

El vendedor tomó la medicina para el estomago que había preparado justamente la noche anterior y se giró hacía su cliente.

- ¿Sucede algo? – Le preguntó con una sonrisa indiferente.

- No, nada. – Preguntó apresurada la chica, como intentando esconder su sentimientos.

Rápidamente introdujo su mano izquierda en el interior de la manga izquierda de su kimono, sacando del bolsillo interno del traje una pequeña bolsa azul con dinero. Sacó unas cuantas monedas de la bolsa para pagar la medicina.

- Aquí tiene. – Exclamó sonriente, alzando su mano hacía el frente.

Kenshin colocó su mano izquierda extendida para recibir el dinero. En ese momento, la joven clavó de golpe sus ojos oscuros en la palma del vendedor. Había unas marcas distintivas en ella, provocadas para cualquier persona por trabajo arduo con las manos. Sin embargo, la chica pareció ver algo diferente en éstas en cuanto las apreció.

Sólo las miró un segundo y de inmediato le entregó el dinero para no levantar sospechas. Igualmente rápidamente alzó su mirada y adornó su rostro con la misma sonrisa que tenía cuando llegó.

- Muchísimas gracias señor. – Agradeció la joven, inclinándose gentilmente hacía el frente.

- No hay de qué señorita. – Exclamó con una sonrisa el pelirrojo.

Sin decir más la chica se dio media vuelta y comenzó a marchar en dirección al pueblo. La joven de cabellos castaños que la acompañaba se adelantó un poco hacía Himura, agradeciéndole de la misma manera para después seguir a la chica unos pasos detrás de ella.

Himura se quedó muy pensativo, mirando como ambas se alejaban por el sendero, pero su atención estaba principalmente en la chica del kimono blanco.

- “Esa chica miró con mucho cuidado mi cicatriz.” – Pensó para si mismo el joven de cabello largo, recordando lo que había pasado. Luego, lentamente alzó su mano izquierda, mirando con cuidado su propia palma. – “Y también mi mano…”

La cicatriz en su rostro siempre llamaba la atención de las personas, ya que era muy visible. Pero la manera en que esa chica la había visto era diferente. Posiblemente estaba equivocado, pero era posible que ella hubiera percibido que era una herida hecha con espada, y no por algún “accidente”. Además había otra cosa. Un espadachín podía deshacerse de su espada y cambiar sus ropas, pero el uso constante de su arma dejaría sin remedio marcas en su palma, marcas como las que aún tenía en sus manos. Cualquier persona común no apreciaría eso, pero alguien que conoce del tema podría descifrar si la persona con la que estaba hablando era un espadachín con ver sus manos.

Esa jovencita había visto su cicatriz, y de inmediato quiso ver sus manos, de seguro para asegurarse de lo que había pensado al ver la marca en su mejilla. Era algo muy extraño si lo pensaba. Por sus ropas, por sus facciones y gestos, además de la sirvienta que la acompañaba, no era difícil adivinar que venía de una buena familia. Si se tratara de cualquier hombre o joven de su edad, y a todo eso le agregaba la forma con la que se le acercó sin llamar su atención o alertar a sus sentidos, podía concluir de inmediato que se trataba de un espadachín experimentado. Sin embargo, ¿podía aplicar algo como eso a una chica de once años?

Tomoe estaba afuera de la choza, acompañada por un grupo de niños del pueblo. Tres niñas jugaban con una pelota de color junto a ella, mientras dos niños peleaban entre ellos con dos palos de madera, fingiendo que son espadas. El sol casi se ocultaba, y dentro de poco los chicos tendrían que retirarse. Aún así, no parecían estar muy dispuestos a irse todavía.

Mientras los niños en la joven Yukishiro estaban concentrados en sus actividades, la figura de Himura se acercaba tranquila hacía el lugar.

- Ya estoy en casa. – Pronunció con voz tranquila mientras se acercaba.

Los pequeños se sobresaltaron al escuchar la voz del vendedor de medicina. Sus rostros se iluminaron y una larga sonrisa surgió en ellos.

- ¡Kenshin-san! – Exclamaron todos los con felicidad mientras se lanzaban hacía él.

El destajador no pudo reaccionar antes de los niños prácticamente lo aplastaran, haciéndolo caer al pispo. Era un ritual habitual que ocurría cuando llegaba y los niños se encontraban en la casa. Quien sabe; posiblemente si no fuera en verdad el temido Battousai Himura, esos recibimientos ya habrían acabado con él hace mucho.

- ¡Qué bueno que llegaste!, ¡¿Dónde estabas?!, ¡Bienvenido! – Decían con entusiasmo los pequeños, mientras lo rodeaban en el suelo.

- Tranquilos niños. – Exclamó el recién llegado con una risa nerviosa, intentando ponerse de nuevo de pie. – ¿Estuvieron jugando con la señorita Tomoe?

- Sí... pero...

Todos los niños voltearon de pronto a ver a la mujer de kimono púrpura, fijándose en su blanca y seria expresión que no parecía transmitir ninguna emoción para quien la viera, y no se había mutado mucho en el tiempo que ellos llevaban ahí.

- Ella no es muy divertida, y siempre se ve muy seria. – Mencionó con desgano una de la niñas.

- A mí me da miedo. – Agregó uno de los chicos a la explicación.

Tomoe no pudo evitar bajar la cabeza apenada ante los comentarios de los niños. Himura notó esto, y no pudo evitar sentirse algo preocupado por ello. De pronto, la atención del joven se centra en otra persona. Uno de los niños, una niña de traje rojo, no se le había acercado como el resto. Permanecía de pie a lado de un árbol, mirando fijamente en su dirección.

- ¿Sucede algo? – Preguntó Kenshin mientras se paraba y se dirigía a ella. La pequeña guardó silencio uno segundo antes de responder.

- Mi padre me dijo que no jugara con usted... – Comentó la niña. – Porque no sabemos nada de ustedes ni de donde han venido.

- Ya veo. – Contestó sonriente el vendedor por su parte, intentando no ponerle mucha importante.

- Pero mi madre me dijo que tú haces que la gente se sienta bien, que eres amable con todos y que no puedes ser una mala persona… ¿Es cierto?

Himura sonrió con más naturalidad ante el comentario que le hacían. Tomoe observó algo extrañada esa reacción. El destajador se acercó a la pequeña y colocó su mano izquierda

- Mañana estaré aquí todo el día... – Le mencionó con un tono amable. – Puedes venir a jugar con los otros cuando quieras si tú lo deseas.

- Sí. – Le contestó la pequeña con una amplia sonrisa.

- Ya se está volviendo tarde. – Mencionó una de las niñas, mirando como el cielo se tornaba de rojo – Volveremos mañana.

- ¡Adiós!

Los niños se comenzaron a alejar, agitando sus manos en el aire como señal de despedida. Himura se despedía de ellos de igual manera, parado en su lugar. Una vez que los niños que los niños ya se habían retirado, el chico permaneció otro rato mirando en la misma dirección, algo pensativo.

- Lo siento. – Escuchó de pronto que pronunciaba su compañera unos pasos detrás de él. – En verdad amo a los niños, pero... últimamente me es muy difícil sonreír.

- No te preocupes por eso. – Le contestó él, restándole importancia al asunto. – Los niños no dijeron eso con la intención de ofenderte.

Tomoe se extrañó un poco de la tranquilidad con la que estaba tomando todo últimamente. El chico se dirigió a done había dejado su caja de medicinas en el momento en el que los niños lo recibieron.

- Los niños te quieren mucho. – Mencionó Tomoe, siguiéndolo con la vista.

- Eso creo. – Contestó. – Puede que sea porque aún soy un niño.

Los ojos de la mujer se abrieron un poco más de lo habitual como señal de sorpresa. No podía evitar recordar que ese era un pensamiento que ya había tenido en el pasado. Bajó una vez más su mirada al suelo.

- Creo que serías un buen padre. – Dijo de pronto, llamando de golpe la atención del destajador. – Parece que a ti eso de no sonreír ya no te afecta como antes. Cuando te conocí, eras una persona muy seria y callada, y últimamente sonríes con más frecuencia que antes.

Ahora Himura era el sorprendido. No lo había pensado de esa manera, pero en parte tenía razón. Cuando vivía el Kyoto casi siempre estaba a la defensiva, como si siempre esperara que alguien lo atacara. Ahora se sentía más relajado y tranquilo, y eso parecía ser visible para los que lo rodeaban.

- Creo que se debe a la nueva vida que llevo ahora. – Mencionó el destajador mientras alzaba la caja con las medicinas. De pronto, el chico se giró hacía ella, mirándola con la misma sonrisa de la que estaban hablando. – Me gustaría que de igual manera eso te animara a sonreír más.

Tomoe lo miró confundida, pero el chico no esperó a oír alguna respuesta. Tomó sus cosas y se encaminó hacía el interior de la casa.

Una lluvia moderada comenzó a caer esa noche de diciembre, las lluvias de finales del otoño. No faltaba mucho para que el invierno del año 1º de Genji llegara a Japón, y por ello las noches cada vez se volvían más frías. La nieve estaba apunto de caer, pero como una demostración previa de su poder, la naturaleza les traía una lluvia.

Una figura sigilosa se movía por los caminos del bosque, cubierto por un amplio cobertor de paja en forma de capa y un sombrero alargado de paja sobre su cabeza. De un momento a otro el caminante se sale del camino y se interna entre los árboles y las sombras del bosque. Sin embargo, en su intento por moverse rápido y en silencio, no se daba cuenta de que otra persona lo seguía muy de cerca.

El extraño se movió con cuidado hasta llegar al lugar en el que se encontraba una choza de madera, iluminada desde su interior. El hombre miró hacía todos lados para asegurarse una última vez que no había nadie cerca, y luego entró a ella. Su vistazo no había dados los resultados que él esperaba, ya que sí había alguien cerca siguiéndolo, y lo había visto entrar a la choza. Una vez que el primero ya estaba adentro, el que lo seguía se acercó con cuidado, hasta ponerse a lado de una de las ventanas para lograr ver y escuchar lo que pasaba.

Era una pequeña casa de madera, con una gran estatua oscura de uno de los budas. Su interior era iluminado por dos antorchas colocadas a los lados de la estatua, y daban la luz suficiente para alumbrar a los que se encontraban adentro de ella. Sentado frente al altar del buda estaba un hombre de cabello largo y barba clara, complexión musculosa, vestido con un traje negro sin mangas. Frente a él, sentado en el suelo, estaba el hombre que acababa de entrar, pero además había otras dos personas, también vestidas de negro y paradas a los lados del recién llegado; no de ellos portaba una larga hacha.

- Katsura se encuentra escondido y es imposible saber en estos momentos donde se encuentra. – Comenzó a decir el hombre sentado frente al resto, mientras se retiraba su sombrero de paja, rebelando su rostro.

Ese hombre era Izuka, el informante de Chosu encargado de visitar a Himura para mantenerlo al tanto de lo ocurrido. La persona que los espiaba desde el exterior lo reconoció de inmediato, pues éste era Katagi, un hombre de confianza del maestro Katsura. Pero los otros tres hombres no eran miembros del clan, y de eso estaba totalmente seguro. En ese momento todas las sospechas perecían estar confirmadas.

- Pero aún nos queda el temido Battousai. – Prosiguió Izuka con una sonrisa maliciosa, ignorante de que era escuchado. – Estos últimos meses, sus habilidades se han ido debilitando, ya lo he comprobado. Su mirada ya no es la misma que poseía en sus tiempos en Kyoto. Ha perdido casi por completo su instinto asesino.

- Impresionante. – Exclamó sonriente el hombre sentado frente al altar. – No esperaba que el plan saliera tan bien como hasta ahora. Entonces éste es el momento adecuado para efectuar el siguiente paso.

Izuka asintió con la cabeza a las palabras del hombre.

Por su parte, Katagi había estado escuchando todo esto desde su posición. Ahora todo tenía sentido. Además de estarle informando a Himura de los acontecimientos, también era un espía del enemigo. Entonces de seguro era el que les había revelado su identidad.

- “Como lo sospechaba... Izuka era el traidor...” – Pensó para si mismo luego de haber escuchado esa conversación. – “Debo de avisar a Himura…”

Rápidamente el hombre del movimiento se dispuso a marcharse antes de que fuera sorprendido. Sin embargo, desconocía que su ubicación ya había sido encontrada por otra persona. En cuanto se giró para retirarse del lugar, fue sorprendido por una larga garra que surgió por encima de él, tomando su cabeza con fuerza.

El hombre se quedó atónito al sentir esto. La mano estaba cubierta por un guante negro, cuyos dedos poseías unas alargadas cuchillas en forma de garras. La mano comenzó a apretarlo con fuerza, hasta que las garras del guante comenzaron a atravesar su piel.

Los hombres en el interior de choza comenzaron a escuchar los gritos provenientes de afuera.

- ¿Qué sucede? – Preguntó uno de ellos, girándose hacía la puerta.

De pronto, la puerta es abierta de golpe y el cuerpo sin vida del espía es arrojado hacía el interior, con la cabeza casi deformada por la presión. Izuka miró casi asustado el cuerpo del observador.

- Maldición, este hombre era Katagi, el vigilante de Katsura. – Comentó Izuka, reconociendo al hombre tirando en el suelo. – La noticia de su desaparición no tardara mucho en esparcirse. – Una sonrisa de satisfacción surgió de pronto en su rostro. – Bueno, me sentiré más seguro sin este sujeto rondando por ahí.

- Sea como sea, es momento de comenzar con el último pasó. – Comentó el hombre de cabellos largos, poniéndose de pie. – Battousai morirá... ¡Enishi!

De pronto, de atrás de la estatura del buda surgió la figura de una quinta persona en el interior de la casa. Éste era un chico, tal vez de unos diez años, de cabello negro y corto con un peinado de puntas, vestido con un traje blanco y un hakama verde oscuro. La mirada de ese niño era dura y severa, casi llena de odio. El hombre de complexión fornida se giró hacía él, mirándolo con detenimiento.

- Cuando la lluvia termine, será tú turno... Yukishiro Enishi... – Le informó el hombre con un tono autoritario.

El chico asintió con la cabeza, al tiempo que una sonrisa maliciosa surgía en su rostro…

FIN DEL CAPITULO VII

Email del autor: azor_cometa@hotmail.com

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