| El astro rey, encargado
de alumbrar todo el mundo con su gran luz, apenas asomaba
su rostro por encima de las montañas lejanas.
La sombra de los montes se proyectaba sobre los campos
y caminos, cubriéndolas con oscuridad a pesar
del brillo de la mañana. La tranquilidad y paz
que normalmente reinaban en esas horas del día
fueron completamente rotas por la marcha de varios hombres,
todos colocados en fila, dirigiéndose rectos
y decididos hacía su destino.
Cada hombre iba armado con sus espadas, sus mosquetes
y su propio valor. El ejército portaba con
orgullo el estandarte con el símbolo de los
tres círculos blancos y la línea horizontal
colocada sobre ellos. El símbolo de su clan,
el clan que estaban dispuestos a defender y morir
por él
******
5 de Junio del 1er Año del periodo Genji,
fue la noche que provocó que el Bakumatsu cambiara
su rumbo. Un mes después del Incidente de Ikeda-ya,
el clan Chosu envió una tropa de 3,000 hombres
hacía la ciudad de Kyoto, con el propósito
de tomar venganza de la muerte y encarcelación
de varios de sus dirigentes. Sin embargo, en la capital
el Ejército del Shogun los esperaba, conformado
por 20,000 hombres, entre ellos miembros del propio
Shinsengumi.
******
Los hombres de cada ejército chocaban sus
armas los unos contra otros. Los estandartes distintivos
se entrecruzaban entre sí, chocando y rompiéndose
entre ellos. El aire a su alrededor estaba cubierto
por pólvora y sangre, contaminando los pulmones
y los ojos de los combatientes con el paso de la batalla.
******
El 18 de Julio del mismo año tomó lugar
el Incidente de Kimon. El choque de las fuerzas del
Shogun y Chosu desencadenó una lucha mortal
en la capital. Los realistas pelearon con valor, pero
les fue imposible revertir la situación del
combate. En un sólo día, el ejército
Chosu sufrió cerca de 400 bajas, mientras que
la armada del Shogun menos de 60. El fuego destruyó
prácticamente toda la ciudad, devoró
28,000 casas, y dejó a cientos de muertos en
las calles de la Kyoto... Las Tropas de Chosu fueron
aplastadas por las del Bakufu. Esto creó un
cambio de poder dentro del clan, en el cual los conservadores
recuperaron el poder. El movimiento realista estaba
casi eliminado
El tiempo continuó su curso, hasta que se
cumplieron algunos meses
******
RUROUNI KENSHIN
LAS ESPADA ASESINA
CAPITULO VII
UNA VIDA TRANQUILA
La pequeña choza de madera se encontraba rodeada
por pura naturaleza. Se encontraba a las afueras de
Otsu, y se podía ir y venir al pueblo sin ningún
problema. Sin embargo, desde esa perspectiva no se
veía ninguna construcción a la redonda.
Casi parecía que la casa estaba a la mitad
de la nada. De pronto, se percibe un resonar que viaja
por el aire alrededor de la construcción, rompiendo
de igual manera el singular silencio que había
existido desde el comienzo del día.
El cuchillo en forma de hacha era levantado por el
joven frente a la choza, para luego ser bajado bruscamente
contra el leño. El cuchillo comenzó
a cortar el leño con facilidad, y en menos
de un segundo éste fue partido completamente
a la mitad. El cuchillo llegó a tocar el tronco
en el que estaba depositado, mientras que las dos
mitades caían hacía los lados. El ejecutor
de la tarea repitió el mismo procedimiento,
tomando otro leño, colocándolo sobre
la parte lisa del tronco cortado, alzando su cuchillo
en forma de hacha y luego embestir el leño
con su filo y cortarlo a la mitad. Repetía
el mismo movimiento con todos los maderos que le quedaban.
La expresión del chico era melancolía,
pensativa. Lo que ahora sostenía en su mano
era un pequeño objeto filoso, capaz de cortar
con gran facilidad esos objetos de madera. Ya había
pasado algunos meses desde los tiempos en los que
de igual manera portaba un objeto similar a ese: una
espada. Una espada cuyo filo era capaz de acabar con
la vida de una persona. Una espada que con tan sólo
blandirla hacía llover sangre. Desde hace ya
algunos meses había tenido que separarse de
aquella vida. Esa espada seguía ahí
en su choza, guardada. Nunca la sacaba al exterior
para no llamar la atención de nadie. Sin embargo,
aún en esa situación le era imposible
dormir sin ella a su lado.
El último leño fue cortado. El joven
tomó las mitades y las acomodo con el resto.
El sol brillaba con fuerza, por lo que de seguro se
secarían sin problema.
La puerta de la casa es deslizada hacía un
lado. Desde el interior de la construcción,
surgió la figura blanquizca de aquella mujer,
la cual vivía con él desde el momento
en que llegaron a ese lugar. Él la volteó
a ver por encima de su hombro zurdo, mientras ella
lo miraba con seriedad.
- Disculpa la espera. Le mencionó la
mujer, acomodándose el chal azulado.
El chico le sonrió con gentileza. No dijo
nada al principio. Simplemente alzó su mirada
al cielo, percibiendo el delicado movimiento de las
nubes sobre ellos.
- Hoy es un hermoso día, ¿no te parece?
Le preguntó el joven mientras miraba
sonriente hacía arriba. La chica de kimono
blanco se sorprendió un poco ante sus palabras.
Era ya aproximadamente la mitad de la mañana
en el pueblo, una mañana tranquila de otoño.
Las personas de Otsu se encontraban todas ocupadas
en sus diferentes actividades. Todas las casas parecían
estar hechas de madera, con una construcción
muy modesta pero cómoda. El pueblo, aunque
pequeño, cada mañana se adorna con un
gran andar de personas de un lado a otro.
Uno de los lugares con más movimiento ese
día era el mercado central, donde se podía
conseguir de todo, sobre todo alimentos. En un puesto
en especial en donde vendían algunas verduras,
se podía ver como se llevaba acabo una venta.
- ¿Acaso estás loco? Exclamó
disgustado el comprador, mientras en sus brazos cargaba
tres rábanos blancos y grandes. En otros
puestos puedo comprar cinco rábanos por ese
precio.
El hombre encargado del puesto retiró su pipa
y soltó una ligera ráfaga de humo por
su boca.
- Pero nunca conseguirás unos de tan buena
calidad a tan bajo precio. Le mencionó
el vendedor, tratando de que el trato se llevara acabo.
- ¿De calidad?, pues no sé que sea
calidad para ti, pero los últimos rábanos
que me vendiste estaban algo desabridos. La sopa que
comí hace unos días no me supo igual
por tu culpa, ¿lo sabías?
El vendedor se le quedó viendo fijamente con
una mirada casi de enojo. El comprador sonrío
casi con picaría.
- Te diré lo siguiente: ¿Qué
te parece si me vendes cuatro rábanos por ese
mismo precio? El vendedor se quedó unos
momentos serio, como pensando en la propuesta. De
pronto, se vio como sonreía con algo de conformidad.
- Qué más da, llévatelos
Le contestó mientras se lo indicaba a la vez
con la mano. ¿Alguien te ha dicho que
eres un verdadero ladrón Hirokazu?
El chico alzó su sombrero de paja, mostrando
a la luz su rostro. Era un joven, de unos quince años
de edad, piel blanca, ojos cafés oscuros y
cabello castaño claro, largo y agarrado con
una cola de caballo que sobresalía por detrás
de su cabeza. Vestía un traje compuesto de
un kendogi de color rojo y un hakama de color negro
claro. Sobre el kendogi traía puesto un saco
sin mangas con colores marrones y negros. Además
de todo, en su cintura, portaba una espada enfundada,
con un protector de mano en un tono dorado y una empuñadura
aparentemente enredada en una cinta café.
- No más que el resto de este pueblo.
Le contestó el joven sonriendo, al tiempo que
tomaba su cuarto rábano.
Después de realizar su compra, se alejo caminando,
sosteniendo en su cesta los víveres que acababa
de comprar. Tratando de que no se le cayeran las cosas,
sacó una lista que traía consigo en
su traje. En esta se encontraban escritos varias cosas
que le había pedido.
- Creo que ya tengo todo los que Hana-san me pidió.
Se dijo así mismo viendo la lista.
En vista de que ya había terminado con sus
compras, se dispuso a regresar a su casa. Una vez
que realizó la revisión de su lista,
alzó de nuevo su mirada al camino. Los ojos
del chico se posaron en una persona que caminaba entre
la multitud en la dirección contraria. Era
un hombre joven, delgado y con cabello anaranjado
largo, con un kimono azul. Era acompañado por
una joven de cabello negro con un kimono blanco que
caminaba detrás de él.
No le puso mucha importancia y siguió caminando.
De pronto, cuando pasó a su lado, notó
algo singular en su mejilla izquierda. En ese lugar
tenía una larga cicatriz que le cruzaba toda
la mejilla. El chico se detuvo y la miró por
unos momentos. Por su parte, el joven pelirrojo y
su acompañante continuaron con su marcha sin
notarlo.
- Qué herida tan singular.
Pensó el joven, volteando a ver a la persona
que se alejaba entre la multitud. Sin
lugar a duda fue hecha con una espada.
No pensó mucho en el asunto y continuó
con su marcha.
Tomoe estaba de pie bajo la sombra de un árbol.
Frente a sus ojos se encontraban las tranquilas y
cristalinas aguas del lago Omi, y más haya
se podía ver la otra punta del lago. Ese lugar
era conocido en varios lugares de Japón. Cuando
miraba hacia al mar, su mirada se perdía en
el horizonte y no se podía ver más haya.
Este lago por otra parte era también de un
gran tamaño, y justo cuando parecía
que tu vista se perdería en el horizonte al
igual que en el mar, tus ojos divisaban los árboles
a lo lejos.
El pueblo de Otsu se había construido justo
frente a ese lago, y con el paso del tiempo comenzaba
a rodearlo por completo. Dentro de poco de seguro
Otsu sería una gran ciudad, y el lago Omi se
encostraría justo en el centro de ella.
La joven de Kimono blanco se encontraba aguardando
el regreso de su acompañante. Ya habían
pasado varios meses desde que ella y Himura escaparon
de Kyoto y llegaron a ese lugar. Aún en un
lugar tan tranquilo como ese, les seguían llegando
las noticias de los sucesos que ocurrían. El
movimiento contra el Shogun estaba prácticamente
muerto. Sólo algunos puntos de rebelión
seguían vigentes aunque desordenados. Incluso
el propio Battousai tenía que mantenerse oculto
hasta que las cosas cambiaran. Con frecuencia el señor
Izuka iba hasta haya para ver a Kenshin, darle noticias
o instrucciones si era necesario.
La vida de ambos desde entonces era una vida tranquila.
Para todas las personas ellos dos eran marido y mujer,
sin nada llamativo en ello. Así habían
vivido durante ese tiempo. En ese aspecto, Tomoe había
servido únicamente como una pantalla para el
disfraz de Battousai el Destajador. Eso era lo que
tenía que hacer por haber elegido quedarse
a su lado. No podía evitar recordar todo lo
que había pasado hasta ese día, y en
especial pensar en el tiempo trascurrido. Constantemente
tenía que releer lo que escribía en
su diario para recordar quien era y de dónde
venía, de esa manera mantenía la perspectiva
de ella misma.
Mirando desde esa posición las aguas del lago,
la hacían recordar su hogar, donde también
se podían ver las aguas desde la orilla
las aguas de la bahía de Edo
******
Hace más de medio año, se encontraba
parada en la orilla, justo frente a la gran Bahía
de Edo. Las aguas se movían de un lado a otro
por la acción del viento. A lo lejos se veían
el constante ir y venir de las embarcaciones que cada
día entraban en la bahía de la gran
ciudad donde residía el poder del Shogunato.
En esa ocasión no se encontraba sola viendo
esas aguas. A su lado tenía a otra persona,
un niño pequeño de cabellos oscuros
con un peinado de picos, con piel blanca como la suya.
El chico se sobresaltó después de que
la chica le comunicó la noticia. Sus ojos reflejaban
tanta impresión que casi parecía que
se saldrían de su lugar.
- ¡Hermana! Exclamó entrecortado.
¡¿Te vas?!, ¿A dónde
vas?
- Iré a Kyoto, Enishi. Le informó
la joven sin apartar su vista de la Bahía.
El joven reaccionó violento ante esas palabras.
- ¡¿Kyoto?!, ¡¿Porqué
vas para haya?!, ¡¿Qué no sabes
que es muy peligroso?!
Ya había anticipado que el chico reaccionaría
de esa manera al enterarse, esa era su forma de ser.
Lentamente giró su rostro hacía él,
mirándolo con una gran sonrisa.
- No te preocupes. Le dijo. Volveré
muy pronto.
El chico la miró fijamente con cierto enojo
en sus ojos. Guardó silencio unos segundos
y luego bajó su cabeza para mirar el suelo
por unos instantes.
- No me sonrías de esa manera tan falsa hermana,
que simplemente no te queda... Le contestó
con franqueza. Tomoe se sorprendió al escucharlo.
Sé porque quieres ir a Kyoto
es
la misma razón por la que has estado tan triste
estos días.
Tomoe bajó su mirada e hizo desaparecer su
sonrisa. Parecía que su intento de esconder
lo que sentía había sido un completo
fracaso. Se había dejado llevar por completo
por sus emociones, y sólo había conseguido
preocupar a su hermano.
El chico apretó con fuerza sus puños
y alzó rápidamente su rostro, llenó
de decisión.
- ¡Déjame ir contigo! Gritó
con energía mientras miraba de nuevo a su hermana
mayor.
- No, tú tienes que quedarte aquí y
cuidar de nuestro padre. Le contestó
ella con seriedad.
- Pero hermana...
De pronto, la joven de blanco se agacha hacía
él, bajando sus rostro hasta que está
a la misma altura que la del chico. Sus ojos se encontraron
completamente frente a frente, perdiéndose
en la profundidad del contrario. Alzó sus manos
blancas y tomó el rostro del chico con delicadeza.
- Enishi... prométeme que te quedaras aquí...
Le pedió con un afecto casi maternal.
El chico se quedó en silencio con sus ojos
totalmente abiertos. Prométemelo.
El chico se le quedó viendo fijamente por
un largo rato. En sus ojos se comenzó a reflejar
cierta frustración ante la petición
de la chica de ojos oscuro. Desvió su cabeza
hacía la derecha, como queriendo ya no tener
la mirada de su hermana sobre sus ojos.
- Te lo prometo... Hermana. Dijo al final
de cuentas, intentando ser la más firme posible.
Tomoe volvió a sonreír al escuchar
esas palabras. Se aproximó a él, rodeando
su cuello con sus brazos y abrasándolo con
fuerza, como deseando no separarse de él.
- Nos volveremos a ver muy pronto, ya lo verás...
Le dijo la mujer, casi con lágrimas
en sus ojos.
******
Unos pasos lentos se aproximaron hacía ella
por sus espaldas. La mujer de blanco se giró
con cuidado en dirección de dónde venían.
Himura se acercaba, sujetando en sus manos un objeto
redondo cubierto por completo con un pañuelo
oscuro.
Ahora el lugar y las aguas que miraban, así
como la persona que la acompañaba eran otros.
El recuerdo aún seguía vivo en ella,
y se preguntaba si podría cumplir la última
promesa que le había hecho a ese chico.
- Lamento haberte hecho esperar. Exclamó
Kenshin, aparentemente sin notar lo pensativo en su
rostro. El chico extendió sus manos al frente,
entregándole el objeto que traía consigo.
Aquí está.
La joven tomó el objeto con sus manos. Lo
admiró por unos segundos, como si fuera capaz
de verlo aún a través del material que
lo rodeaba. Lo acercó hacía ella, sujetándolo
contra su pecho. Luego alzó su vista hacía
el pelirrojo, sonriéndole con agradecimiento.
- Muchas gracias. Exclamó la joven
después de un rato.
Kenshin y Tomoe caminaban por el pueblo con la intención
de volver a su casa. El chico se encontraba marchando
al frente, mientras su compañera caminaba unos
pasos detrás de él. El chico inconscientemente
la volteó a ver de reojo por encima de su hombro.
Ella estaba ocupada, mirando las cosas que estaban
en los puestos. Himura volvió su atención
de nuevo al frente, como si nada hubiera pasado.
Su vida había cambiado por completo durante
ese tiempo. Los primeros días después
de su llegada a ese lugar, se había sentido
extraño al caminar por el pueblo sin portar
su espada a un lado como siempre lo había hecho.
Lo principal en ese momento era pasar inadvertidos
y no llamar para nada la atención, y para ello
era necesario de igual forma no portar la espada en
el cinturón. Aunque el número de personas
que marchaban por esas calles con sus espadas no era
reducido, era mejor no estar entre ellos. Al no caminar
con su espada todo ese tiempo, se había llegado
a sentir desprotegido, inseguro, pero ya en esos momentos
parecía haberse acostumbrado por completo.
Por otra parte, la cicatriz que adornaba su mejilla
izquierda no ayudaba de mucho a su nueva imagen. Era
muy visible para todas las personas, y llegaba en
ocasiones también a llamar la atención.
De igual manera, el número de personas con
cicatrices tampoco era reducido, pero la suya era
muy singular, y eso lo había cerciorado al
ver que mucho le preguntaban sobre ella. No acostumbraba
decir mucho, y la mayoría de las veces contestaba
simplemente fue un accidente para evitar
más sospechas. Eran poco los que había
percibido que había sido hecha con una espada.
Pero fuera de ello, toda su nueva vida estaba libre
de sospechas por parte del resto de la gente.
Sí, ya habían pasado meses desde que
dejaron Kyoto. Aunque estaba constantemente informado
de la situación, prácticamente comenzaba
a ver todo ese asunto como un hecho aislado y alejado
que no tenía nada que ver con él. En
ocasiones llegaba a olvidar por completo quién
era en realidad, se olvidaba por completo del nombre
de Battousai y de lo que venía con él.
Pero esos momentos eran reducidos, y con el tiempo
desaparecían.
En este tiempo, él y Tomoe habían vivido
juntos como si estuvieran casados, como marido y mujer.
Pero eso sólo era una pantalla para no llamar
la atención del resto de la gente. Aunque vivían
juntos en la misma casa, no había ocurrido
nada entre ellos. Cada uno se prestaba perfectamente
a su papel, nada más. Sin embargo, para el
chico todo esto era más que una simple actuación;
para él había algo más.
Las cosas en definitiva eran diferentes a cuando
ambos vivían en el Hostal. Tomoe ahora era
algo más abierta con él, era necesario
en vista de que tenían que vivir juntos, pero
aún se mantenía la mayor parte de su
vida en secreto. El chico había soñado
con una vida tranquila como esa desde el momento en
el que comenzó a asesinar. Ahora la estaba
viviendo, pero no era una mentira; él la sentía
real. Comenzaba a desear que eso nunca acabara, pero
sabía que tarde o temprano la realidad los
alcanzaría. Además, estaba empezando
a sentir algo extraño siempre que estaba con
ella.
Era la primera vez que lo sentía. Era una
sensación totalmente nueva para él,
y simplemente no la entendía. La única
persona con la que había llegado a sentir algo
similar era su difunta hermana Satomi, pero era totalmente
diferente a ello. Ella ya le había dicho hace
muchos años y él lo recordaba bien:
Shinta, cuando seas grande conocerás
a una niña que te haga sentir cosas extrañas,
y tal vez te haga hacer cosas que tú creías
que jamás harías.
- Cuanta razón tenías Onee-san.
Pensaba el destajador, sonriendo por dentro
ante su recuerdo. Pero no estaba seguro si era precisamente
a eso a lo que se refería. Lo único
que sabía con claridad es que ya no era el
mismo de antes.
Himura se detuvo de golpe, provocando que su acompañante
hiciera lo mismo. Rápidamente alzó su
brazo hacía un lado, como un gesto de protección.
Un instante después de que ambos se detuvieran,
un hombre salió volando de la puerta de un
restaurante, cayendo en la calle justo frente a ellos.
El hombre era mayor, con ropas sucias y desalineadas;
se veía que había bebido mucho a pesar
de las horas del día. Un hombre alto y corpulento
salió del restaurante, cargando sobre su hombro
derecho su larga espada envainada. Se encontraba acompañado
por otro dos, también armados con katanas.
- Largo de aquí. Exclamó el
hombre con un tono autoritario. No queremos
arruinar nuestro apetito viendo a viejos ebrios como
tú.
El hombre apenas y pudo ponerse de pie. Desorientado
y mareado, intentó alejarse torpemente del
lugar, mientras los hombres armados se burlaban de
él. Himura y su acompañante se quedaron
quietos, esperando la oportunidad para seguir con
su marcha. El grupo de hombres ni siquiera los notó.
Después de unos segundos entraron de nuevo
al establecimiento con total prepotencia. Kenshin
los miró con cautela por largo de tiempo mientras
entraban.
- Esos sujetos pertenecen al grupo de asesinos de
Hamaguche-sama. Es mejor no meterse con ellos.
Mencionaron dos mujeres que pasaban al lado de ellos.
Himura volteó a verlas de reojo al escuchar
esas palabras.
- Este pueblo es muy tranquilo, ya que los
efectos de la guerra no lo han alcanzado.
Pensó el chico por unos instantes. Aún
así... parece que en estos tiempos no existe
un lugar completamente seguro...
Ya de noche, ambos se encontraban en la choza de
madera, alumbrados por el fuego de la hoguera. Ambos
ya había cenado, y mientras Tomoe lavaba los
platos que habían usado en la cena, Himura
estaba sentado a lado del fuego. De nuevo se encontraba
usando ese trompo de madera, enrollándolo en
su hilo y haciéndolo dar vueltas en el suelo.
Lo hacía con frecuencia, y la joven de cabellos
negros no entendía el porque de esa acción.
Ella no conocía a detalle la historia detrás
de ese trompo, y tampoco se había animado a
preguntar al respecto. Con lo que le había
mencionado en diferentes ocasiones, creía que
había sido un regalo de algún familiar,
de su madreo su hermana que mencionaba con frecuencia.
Cada vez que lo veía jugar con él se
convencía de lo que había pensando hace
algún tiempo. Himura era un niño, un
niño que creció demasiado pronto, y
de la peor manera.
- ¿No te gustaría plantar algunos nabos?
Le preguntó el chico pelirrojo sin quitar
sus ojos del trompo. Tomoe se extrañó
de la pregunta. Estaba viendo la hortaliza
y se me ocurrió de un momento a otro. Cuando
era niño mi madre y mi hermana los cultivaban.
Yo sólo podía ayudarlas de vez en cuando.
Por eso, tengo deseos de hacerlo por mí cuenta...
sólo por una vez.
- Si eso es lo que deseas. Mencionó
Tomoe, aparentemente no muy animada.
- No tiene caso hacerlo si tú no quieres.
- Por mí está bien. Dijo por
último, volteándose de nuevo hacía
los platos.
En realidad a Tomoe en un principio la idea de plantar
nabos no le parecía exactamente muy llamativa.
En realidad no estaba acostumbrada a ese estilo de
trabajo, aunque ya para esos momentos había
hecho muchas cosas para las que no estaba acostumbrada.
Pero como cualquier esposa, ya fuera falsa o verdadera,
tenía que acatar los deseos de su esposo. Si
él deseaba que ambos plantaran nabos, entonces
plantarían nabos.
Sin embargo, ahora que los dos se encontraban juntos
en el plantío, bajo el sol y trabajando con
la tierra, la joven de dieciocho años comenzaba
a ver este trabajo de diferente manera a como la apreció
originalmente. Como bien se había dicho, no
estaba acostumbrada a ese tipo de labores. Tampoco
se trataba de que fuera alguna clase de princesa o
alguien de muy alto rango social, pero la verdad era
que siempre había tenido una vida más
o menos cómoda, con buena educación
y buenas costumbres. Iba a ser la primera vez que
cultivaba nabos, pero parecía que los conocimientos
que Kenshin tenía de la labor bastaban para
los dos. Mientras trabajaba a lado del chico, Tomoe
no dejaba de preguntarse en como sabrían los
nabos una vez que estuvieran listos para comer. Eso
era algo que no había sentido en el pasado.
De pronto, unos pasos sigilosos se acercaron por
el camino en su dirección. El andante se detuvo
frente a la choza de madera y volteó su atención
hacía el plantío, en el cual se encontraban
Kenshin y Tomoe. Los dos jóvenes no se habían
dado cuenta del visitante, a pesar de que éste
ya se encontraba frente a la choza. El hombre miró
extrañado en la misma dirección. Normalmente
Himura se hubiera dado cuenta de que alguien se acercaba
cuando éste se encontraba aún muy lejos
de él, pero en ese momento parecía estar
totalmente ignorante de que alguien lo miraba.
- ¡Hey! Pronunció en voz alta
para que lo oyeran. Es bueno verlos trabajar
tan duro chicos.
Himura reaccionó de golpe al oír esa
voz, mientras que Tomoe tardó unos segundos.
El chico pelirrojo, volteó a ver por encima
de su hombro, posando sus ojos azules en el hombre
alto de traje verdoso que cargaba en su espalda lo
que parecía ser una caja.
- Señor Izuka... Dijo en voz baja al
reconocerlo de nuevo.
De nuevo Izuka lo había ido a ver. No había
tenido muchas noticias de la organización durante
el último mes, pero sabía que tarde
o temprano él vendría para ponerlo al
tanto de todo.
Los tres pasaron al interior de la casa. Himura e
Izuka se sentaron frente a frente, mientras Tomoe
le traía una taza de té a cada uno para
que pudieran hablar tranquilos.
- Veo que has encontrado en que entretenerte.
Mencionó Izuka, volteando de reojo a la puerta
de la construcción.
- ¿Habla del plantío? Preguntó
el chico, mirando un segundo hacía la misma
dirección. Cultivaremos rábanos
antes del invierno.
- Me parece excelente. Exclamó Izuka,
y en ese momento Tomoe le trajo su taza de té
y la colocó frente a él. Izuka sonrió
con picaría. En estos momentos cualquiera
que los viera, diría que están realmente
casados.
Kenshin pareció incomodarse ante esa afirmación
por parte de Izuka, pero no fue el único. La
expresión de Tomoe cambió repentinamente
a una de desagrado. Sin decir mucho, se puso de pie
y caminó hacía la puerta.
- Seguiré cultivando. Mencionó
casi en voz baja mientras salía. Izuka se quedó
confundido al verla salir.
- ¿Acaso dije algo malo?
- No, no te preocupes. Comentó Kenshin
con seriedad.
El antiguo destajador volvió su vista hacía
la puerta, como si fuera capaz de ver a través
de la manta colgada frente a ella. Del otro lado Tomoe
volvía a la misma actividad que realizaban
antes de que Izuka llegara. ¿Lo habría
hecho con intención de salirse y no escuchar
la conversación?, ¿o acaso en verdad
habrá estado disfrutando la labor?
- Ya han pasado algunos meses y hemos vivido los
dos juntos todo este tiempo. Comentó
Kenshin, prácticamente sin penarlo.
Entiendo porque Katsura-sama decidió que nos
hiciéramos pasar por recién casados,
pero aún así...
Izuka rió divertido ante lo que el chico decía.
Se veía que aún en esos momentos seguía
siendo un niño por completo, por más
que algunos lo llamaran Battousai y otros lo conocieran
como un marido tranquilo. Izuka estaba seguro de que
hasta ese momento no había ocurrido nada entre
ellos dos. Tomoe era muy reservada, y pese a todo
Himura era muy tímido. Parecía que su
falso matrimonio nunca pasaría a ser más
que eso, una farsa.
Izuka tomó la pipa que traía en su
boca y la colocó a lado de la caja que usaban
para depositar las cenizas de ésta.
- Después de lo ocurrido en la Batalla de
Bakan, el movimiento está casi extinto.
Comenzó a hablar el hombre, sin esperar a que
Himura le preguntara. Es necesaria una reorganización
urgente, o lo perderemos todo.
- ¿Reorganización? Preguntó
confundido el destajador.
- Con Takasugi-san encarcelado y Katsura-san perdido,
Chosu ha cambiado por completo. Los ancianos han tomado
de nuevo el control y la provincia parece haberse
librado del castigo del gobierno por esto.
Izuka tomó la taza de té ante él
y la acercó a su rostro. Tras dar un sorbo
ligero prosiguió. Nuestros hombres están
dispersos, y si seguimos así nada bueno resultará.
Himura guardó silencio, como meditando sobre
las últimas noticias que le estaban haciendo
llegar. Al parecer la situación no había
mejorado para nada para el movimiento contra Shogun.
Todo esto se desencadenó con el Incidente de
Ikeda-ya. La redada hecha por el Shinsengumi aquella
noche de principios del verano había sido un
golpe certero en su contra. Luego se vino el Incidente
de Kimon, y diferentes batallas donde sus opositores
los habían hecho retroceder. Ahora más
que nunca se necesitaba obtener una estrategia, algo
que los apoyara.
- En estos momentos estamos planeando una forma de
rescatar a Takasugi-san, esa es nuestra única
esperanza por el momento. Prosiguió
Izuka, colocando su taza de nuevo en el suelo.
Tan pronto como esté liberado, se convertirá
en el dirigente de lo que queda de nuestro ejército.
- ¿Que ha sabido de Katsura-sama?
- Nada por el momento. Contestó mientras
bajaba la mirada. No tengo idea de donde esté.
En estos momentos ya lo han apodado Katsura
el Escurridizo, ya que logró escapar
del incidente de Ikeda-ya y ahora se encuentra ocultó
en alguna parte esperando.
Los ojos de Himura parecieron cubrirse de cierta
frustración, o tal vez enojo tras escuchar
esas noticias con respecto al cabecilla del clan.
- No puedo creer que el señor Katsura esté
escapando. Comentó el destajador con
firmeza.
- Hey, no te estoy mintiendo, así está
la situación. Le contestó Izuka,
poniéndose de pie. En estos momentos
lo único que nosotros podemos hacer es esperar
sentados.
Mientras pronunciaba las últimas palabras,
el informante del movimiento se puso de pie y caminó
hacía la entrada. Recorrió un poco la
manta en ella, de tal manera que logró ver
al exterior. Tomoe estaba en el plantío como
lo esperaba, trabajando como lo había dicho.
- ¿Cómo están las cosas en la
ciudad? Preguntó de pronto Himura, alzando
la mirada.
- La situación es horrible. Le contestó,
girándose de nuevo hacía él.
El gobierno les otorgó más privilegios
a los Lobos de Mibou. Kyoto se ha convertido en el
territorio de caza de los Shinsengumi. Cada día
asesinan a más realistas, y nos cazan por toda
la ciudad como animales. El número de partidarios
que han matado en este tiempo supera a los hombres
que mataste como Battousai.
Era como lo esperaba. Los incidentes de Ikeda-ya
y Kimon habían asustado a la mayoría
de los Ronin que habían ido a la ciudad, además
que pusieron en claro la importancia del Grupo Shinsen.
Ahora Kyoto estaba prácticamente en su control,
y todo el que fuera partidario del movimiento de seguro
estaría en peligro con ellos ahí.
Izuka giró su vista de nuevo hacía
la puerta.
- Desde aquí puedes llegar a Kyoto en un día
de camino, pero como ves la verdad no es muy recomendable
en estos momentos.
El informante introdujo su mano derecha en la manga
izquierda de su traje. Después de unos segundos
sacó de este lugar una pequeña bolsa
de dinero. Rápidamente se giró hacía
el destajador y le arrojó la bolsa, la cual
fue atrapada sin problema por el chico.
- ¿Qué es esto? Preguntó
confundido mientras admiraba la bolsa.
- Es algo de dinero de parte de Katagi-san para lo
que necesites. Respondió Izuka, al tiempo
que tomaba la caja que había traído
consigo y la acerca hasta donde estaba sentado Himura.
- ¿Y esto?
- Sus algunas provisiones para tu nuevo trabajo.
Comentó con astucia el miembro del clan.
De ahora en adelante te dedicaras a vender
medicinas.
Los ojos de Himura se abrieron por completo al escuchar
esas palabras.
- La gente no sospecha de las personas casadas, pero
sospechan menos de las personas casadas que tienen
un negocio.
- ¿Y quieres que me dedique a vender medicinas?
La expresión de Kenshin no reflejaba
mucha confianza.
- ¿Qué ocurre?, ¿ya te aburriste
de la vida pacífica?
Himura bajó su mirada y guardó silencio
un par de segundos. ¿Aburrirse de la vida tranquila
que había estado viviendo esos meses en ese
lugar junto a Tomoe?, no, de ninguna manera eso podría
ocurrir, al menos no todavía. Al contrario,
nunca se había sentido más feliz hasta
ese momento
- Claro que no. Contestó con una sonrisa
ligera. Izuka se sorprendió de ver esa expresión
surgir en el rostro de Battousai. Yo no disfrutaba
el matar. La verdad, este estilo de vida me ha hecho
razonar mucho.
- Cuida que tus habilidades no disminuyan, una pelea
se acerca. La advertencia de Izuka iba ligada
a lo que había visto en su llegada.
Ten cuidado cuando te muevas por Otsu. Cruzando el
pueblo hay algunas villas. Ahí pueden llevar
a acabo su negocio. El dinero que ganes puedes usarlo
como te plazca.
Himura asintió con la cabeza aceptando las
indicaciones del informante. Aún en su vida
tranquila, tenía que seguir las reglas principales
de un Destajador: ocultarse y mentir.
Al mismo tiempo que Himura e Izuka hababan en la
casa, Tomoe continuaba con su labor en la plantación
de los nabos. Como era de esperarse, para realizar
ese tipo de labores no se podía usar cualquier
tipo de ropa. Su traje predilecto era sin duda aquel
kimono blanco que siempre portaba, o al menos la mayoría
del tiempo lo usaba. En el pasado también utilizó
ese traje morado utilizado por el resto de las jóvenes
en el Hostal de Kyoto en el que vivían.
Ahí en Otsu, no contaba con muchos trajes
a su disposición. Además de ese kimono
blanco, que no usaba mucho en esos días solamente
cuando salían, tenía otro kimono de
color púrpura claro, normalmente usado en la
casa, y un cambio ligero para dormir. En esos momentos
usaba un traje diferente, adecuado para su trabajo.
Era de un color rosa oscuro, con unos pantalones de
color café claro. Las mangas de la parte superior
así como los pantalones estaban sujetados para
no estorbar. Tenía el cabello cubierto y recogido
con una manta blanca. Era la vestimenta típica
de una mujer campesina, como había
visto en varias ocasiones de su infancia.
Aunque sus ojos y sus manos estaban puestos en la
tierra, su atención no estaba del todo puesta
en ella, al menos no como lo estaba antes de que Izuka
llegara. Pensaba mucho en Himura, y en lo que le estaban
informando. No estaba realmente interesada en lo que
Izuka iba a compartir con él, de ser así
se hubiera quedado a oír. No necesitaba que
ese hombre fuera a decirle como estaba la situación,
ella ya la conocía estando en ese lugar, y
lo más seguro es que Himura también.
Sin embargo, a pesar de lo tranquila que se encontraba
sus vidas en esos momentos, Tomoe estaba conciente
de que Kenshin no estaba del todo seguro
Después de varios minutos, ambos hombres salieron
de la choza de madera. Al verlos salir, Tomoe dejó
de golpe lo que hacía. Kenshin e Izuka se detuvieron
de pronto frente a la entrada. El informante se giró
serio hacía el destajador.
- Una cosa más. Exclamó.
El ninja que te atacó aquella noche
La expresión de Himura se puso más
dura que antes. Rápidamente su mente regresó
a aquella noche de finales de la primavera, la misma
noche que conoció a Tomoe.
- Si se trataba de un espía del Shogun que
estaba detrás de Battousai, es posible que
otros vengan por ti si descubren tu posición.
Aún no hemos encontrado al traidor, así
que debes de tener mucho cuidado.
- Lo tendré.
Izuka colocó su mano izquierda en el sombrero
de paja que usaba sobre su cabeza y lo bajó
para ocultar un poco su rostro. Luego, se giró
hacía Tomoe, que estaba de pie a algunos pasos
detrás de Kenshin.
- Bueno, nos vemos Tomoe-san. Le dijo el informante
con amabilidad, pero luego su expresión obtuvo
cierta broma. A partir de ahora serás
la esposa de un vendedor de Medicina.
Tomoe se sorprendió al escuchar esas palabras.
¿A qué se refería con eso? Izuka
por su parte rió ante la reacción de
la joven, y después de hacer un ligero gesto
de respeto hacía el frente, se giró
hacía el camino para retirarse.
Mientras Himura miraba desde su posición como
se alejaba, Tomoe se acercó a él, igual
de confundida.
- ¿Medicina? Preguntó con extrañes,
a lo que Kenshin respondió al principio con
un ligero suspiro.
- No preguntes
Ya era algo tarde, el sol casi tocaba las montañas
del oeste pero aún faltaba algo de tiempo para
el atardecer. Ya habían transcurrido algunas
semanas desde la última reunión que
había tenido con Izuka, algunas semanas en
las que había comenzado a dedicarse al negocio
de vender medicina.
El negocio no era muy difícil, lo más
complicado era la preparación de la medicina,
pero él ya poseía algunos conocimientos
para esa labor. Por otra parte, ésta se vendía
bien en Otsu y en sus alrededores. Parecía
que los constantes enfrentamientos entre las fuerzas
del Shogun y los Realistas provocaban que hubiera
escasez de algunos productos, incluso en un lugar
relativamente calmado como ese. Además, a la
gente enferma le convenía comprar la medicina
a un vendedor ambulante como él, sobre todo
como él, que no la vendía a tan altos
precios como otros. La verdad era que ese trabajo
era una parte más de su fachada para esconderse,
así que no tenía porque vender sus productos
a altos precios. Si podía servir a la causa
que Izuka esperaba, y además podía hacer
sentir mejor a la gente, todos saldrían ganando
al final de cuentas.
En ocasiones Tomoe lo había acompañado.
Tenía que aceptar que Izuka tenía razón:
una pareja con un negocio se ve menos sospechosa,
y ahora la gente del pueblo nos lo veía simplemente
como la extraña pareja que vivía
a las afueras. En esa ocasión Himura había
ido solo, y de hecho no había ido muy lejos.
En esos momentos estaba en uno de los camino de Otsu,
con un par de personas frente a él y frente
a su caja con las medicinas.
- Esta medicina es perfecta para el dolor de espalda.
Informó amablemente el chico pelirrojo,
alzando su mano derecha con la pequeña bolsa.
Tenga señor.
- Muchísimas Gracias Kenshin-san. Exclamó
un hombre mayor y encorvado, tomando la medicina que
el chico le entregaba. Se veía que los dolores
de la edad ya lo habían alcanzado.
- Ese es el Señor Himura. Mencionó
una mujer a otra que caminaba a su lado cuando pasaron
frente al vendedor. Dicen que sus medicinas
son muy efectivas, y además no son caras.
Himura no pudo evitar escuchar lo que las dos mujeres
pronunciaban; después de todo había
desarrollado sus sentidos para lograr algo tan sencillo
como eso. Eso demostraba que lo que temía en
un principio se hacía realidad. Antes eran
sólo algunos cuantos en Otsu los que sabían
de ellos o al menos los reconocían. Ahora su
negocio parece haberles traído cierta presencia
ante las personas. Ahora eran el joven vendedor de
medicina y su esposa. Por otra parte, tal vez no sea
tan malo después de todo. Por extraño
que pareciera, intentar quedar en el anonimato llamaba
más la atención que realizar un trabajo
como ese.
- Aquí tiene. Agregó el joven,
entregándole otra bolsa a una mujer mayor que
aguardaba delante de él.
- Gracias señor Himura. Agradeció
con ahínco la mujer.
Esa señora la había visto hace unos
tres días, buscando algo para el dolor de sus
huesos. Ahora le había comprado algo para la
fiebre de una de sus nietas. Para mucha gente Himura
era su única ayuda para cuidar su salud. La
verdad era que algunos doctores se habían marchado
de la región después de los incidentes
de Kimon y Kankan, temerosos de que el conflicto los
alcanzara. Ya en ese momento el antiguo destajador
comenzaba a sentir una responsabilidad con estas personas.
Mientras guardaba algunas monedas que le acababan
de entregar en su lugar, otra persona se le acercó
por su lado izquierdo. Extrañamente, Himura
no pareció sentir que esta nueva persona se
le acercaba.
- ¿Tiene algo para el dolor de estomago?
Pronunció de pronto una voz dulce a su zurda.
El destajador no pudo evitar exaltarse al escuchar
esas palabras a su lado. Rápidamente se hizo
un poco hacía atrás y volteó
en dirección a donde estaba esa persona. Se
trataba de una pequeña chica de unos once años
de edad, de cabellos y ojos totalmente negros y profundos,
vestida con un elegante kimono blanco. La jovencita
lo veía con una sonrisa amistosa a pesar de
su reacción. Detrás de ella era acompañada
por una joven unos cuantos años mayor que ella,
de cabello castaños y largos con un kimono
púrpura claro.
No lo había asustado o algo parecido, pero
la verdad era que ya había pasado mucho tiempo
desde la última vez que alguien se le acercó
sin que pudiera sentirla cerca de él, y eso
lo había confundido, en especial considerando
que se trataba de una pequeña de unos tres
años menor que él.
- Sí, por supuesto. Contestó
rápidamente, intentando ocultar su sorpresa.
Himura se giró hacía el lugar en el
que guardaba las medicinas, intentando buscar la que
le acababan de pedir. De pronto, cuando el chico se
volvió a su caja de medicinas, la niña
tuvo completa apreciación de su mejilla izquierda,
así como de la larga cicatriz que había
el ella. La expresión de la joven pareció
reflejar cierta admiración al ver esa cicatriz,
como si viera algo realmente impresionante. Himura
notó esto, pero no le puso mucha importancia.
El vendedor tomó la medicina para el estomago
que había preparado justamente la noche anterior
y se giró hacía su cliente.
- ¿Sucede algo? Le preguntó
con una sonrisa indiferente.
- No, nada. Preguntó apresurada la
chica, como intentando esconder su sentimientos.
Rápidamente introdujo su mano izquierda en
el interior de la manga izquierda de su kimono, sacando
del bolsillo interno del traje una pequeña
bolsa azul con dinero. Sacó unas cuantas monedas
de la bolsa para pagar la medicina.
- Aquí tiene. Exclamó sonriente,
alzando su mano hacía el frente.
Kenshin colocó su mano izquierda extendida
para recibir el dinero. En ese momento, la joven clavó
de golpe sus ojos oscuros en la palma del vendedor.
Había unas marcas distintivas en ella, provocadas
para cualquier persona por trabajo arduo con las manos.
Sin embargo, la chica pareció ver algo diferente
en éstas en cuanto las apreció.
Sólo las miró un segundo y de inmediato
le entregó el dinero para no levantar sospechas.
Igualmente rápidamente alzó su mirada
y adornó su rostro con la misma sonrisa que
tenía cuando llegó.
- Muchísimas gracias señor.
Agradeció la joven, inclinándose gentilmente
hacía el frente.
- No hay de qué señorita. Exclamó
con una sonrisa el pelirrojo.
Sin decir más la chica se dio media vuelta
y comenzó a marchar en dirección al
pueblo. La joven de cabellos castaños que la
acompañaba se adelantó un poco hacía
Himura, agradeciéndole de la misma manera para
después seguir a la chica unos pasos detrás
de ella.
Himura se quedó muy pensativo, mirando como
ambas se alejaban por el sendero, pero su atención
estaba principalmente en la chica del kimono blanco.
- Esa chica miró con mucho cuidado mi
cicatriz. Pensó para si mismo
el joven de cabello largo, recordando lo que había
pasado. Luego, lentamente alzó su mano izquierda,
mirando con cuidado su propia palma. Y
también mi mano
La cicatriz en su rostro siempre llamaba la atención
de las personas, ya que era muy visible. Pero la manera
en que esa chica la había visto era diferente.
Posiblemente estaba equivocado, pero era posible que
ella hubiera percibido que era una herida hecha con
espada, y no por algún accidente.
Además había otra cosa. Un espadachín
podía deshacerse de su espada y cambiar sus
ropas, pero el uso constante de su arma dejaría
sin remedio marcas en su palma, marcas como las que
aún tenía en sus manos. Cualquier persona
común no apreciaría eso, pero alguien
que conoce del tema podría descifrar si la
persona con la que estaba hablando era un espadachín
con ver sus manos.
Esa jovencita había visto su cicatriz, y de
inmediato quiso ver sus manos, de seguro para asegurarse
de lo que había pensado al ver la marca en
su mejilla. Era algo muy extraño si lo pensaba.
Por sus ropas, por sus facciones y gestos, además
de la sirvienta que la acompañaba, no era difícil
adivinar que venía de una buena familia. Si
se tratara de cualquier hombre o joven de su edad,
y a todo eso le agregaba la forma con la que se le
acercó sin llamar su atención o alertar
a sus sentidos, podía concluir de inmediato
que se trataba de un espadachín experimentado.
Sin embargo, ¿podía aplicar algo como
eso a una chica de once años?
Tomoe estaba afuera de la choza, acompañada
por un grupo de niños del pueblo. Tres niñas
jugaban con una pelota de color junto a ella, mientras
dos niños peleaban entre ellos con dos palos
de madera, fingiendo que son espadas. El sol casi
se ocultaba, y dentro de poco los chicos tendrían
que retirarse. Aún así, no parecían
estar muy dispuestos a irse todavía.
Mientras los niños en la joven Yukishiro estaban
concentrados en sus actividades, la figura de Himura
se acercaba tranquila hacía el lugar.
- Ya estoy en casa. Pronunció con voz
tranquila mientras se acercaba.
Los pequeños se sobresaltaron al escuchar
la voz del vendedor de medicina. Sus rostros se iluminaron
y una larga sonrisa surgió en ellos.
- ¡Kenshin-san! Exclamaron todos los
con felicidad mientras se lanzaban hacía él.
El destajador no pudo reaccionar antes de los niños
prácticamente lo aplastaran, haciéndolo
caer al pispo. Era un ritual habitual que ocurría
cuando llegaba y los niños se encontraban en
la casa. Quien sabe; posiblemente si no fuera en verdad
el temido Battousai Himura, esos recibimientos ya
habrían acabado con él hace mucho.
- ¡Qué bueno que llegaste!, ¡¿Dónde
estabas?!, ¡Bienvenido! Decían
con entusiasmo los pequeños, mientras lo rodeaban
en el suelo.
- Tranquilos niños. Exclamó
el recién llegado con una risa nerviosa, intentando
ponerse de nuevo de pie. ¿Estuvieron
jugando con la señorita Tomoe?
- Sí... pero...
Todos los niños voltearon de pronto a ver
a la mujer de kimono púrpura, fijándose
en su blanca y seria expresión que no parecía
transmitir ninguna emoción para quien la viera,
y no se había mutado mucho en el tiempo que
ellos llevaban ahí.
- Ella no es muy divertida, y siempre se ve muy seria.
Mencionó con desgano una de la niñas.
- A mí me da miedo. Agregó uno
de los chicos a la explicación.
Tomoe no pudo evitar bajar la cabeza apenada ante
los comentarios de los niños. Himura notó
esto, y no pudo evitar sentirse algo preocupado por
ello. De pronto, la atención del joven se centra
en otra persona. Uno de los niños, una niña
de traje rojo, no se le había acercado como
el resto. Permanecía de pie a lado de un árbol,
mirando fijamente en su dirección.
- ¿Sucede algo? Preguntó Kenshin
mientras se paraba y se dirigía a ella. La
pequeña guardó silencio uno segundo
antes de responder.
- Mi padre me dijo que no jugara con usted...
Comentó la niña. Porque no sabemos
nada de ustedes ni de donde han venido.
- Ya veo. Contestó sonriente el vendedor
por su parte, intentando no ponerle mucha importante.
- Pero mi madre me dijo que tú haces que la
gente se sienta bien, que eres amable con todos y
que no puedes ser una mala persona
¿Es
cierto?
Himura sonrió con más naturalidad ante
el comentario que le hacían. Tomoe observó
algo extrañada esa reacción. El destajador
se acercó a la pequeña y colocó
su mano izquierda
- Mañana estaré aquí todo el
día... Le mencionó con un tono
amable. Puedes venir a jugar con los otros
cuando quieras si tú lo deseas.
- Sí. Le contestó la pequeña
con una amplia sonrisa.
- Ya se está volviendo tarde. Mencionó
una de las niñas, mirando como el cielo se
tornaba de rojo Volveremos mañana.
- ¡Adiós!
Los niños se comenzaron a alejar, agitando
sus manos en el aire como señal de despedida.
Himura se despedía de ellos de igual manera,
parado en su lugar. Una vez que los niños que
los niños ya se habían retirado, el
chico permaneció otro rato mirando en la misma
dirección, algo pensativo.
- Lo siento. Escuchó de pronto que
pronunciaba su compañera unos pasos detrás
de él. En verdad amo a los niños,
pero... últimamente me es muy difícil
sonreír.
- No te preocupes por eso. Le contestó
él, restándole importancia al asunto.
Los niños no dijeron eso con la intención
de ofenderte.
Tomoe se extrañó un poco de la tranquilidad
con la que estaba tomando todo últimamente.
El chico se dirigió a done había dejado
su caja de medicinas en el momento en el que los niños
lo recibieron.
- Los niños te quieren mucho. Mencionó
Tomoe, siguiéndolo con la vista.
- Eso creo. Contestó. Puede
que sea porque aún soy un niño.
Los ojos de la mujer se abrieron un poco más
de lo habitual como señal de sorpresa. No podía
evitar recordar que ese era un pensamiento que ya
había tenido en el pasado. Bajó una
vez más su mirada al suelo.
- Creo que serías un buen padre. Dijo
de pronto, llamando de golpe la atención del
destajador. Parece que a ti eso de no sonreír
ya no te afecta como antes. Cuando te conocí,
eras una persona muy seria y callada, y últimamente
sonríes con más frecuencia que antes.
Ahora Himura era el sorprendido. No lo había
pensado de esa manera, pero en parte tenía
razón. Cuando vivía el Kyoto casi siempre
estaba a la defensiva, como si siempre esperara que
alguien lo atacara. Ahora se sentía más
relajado y tranquilo, y eso parecía ser visible
para los que lo rodeaban.
- Creo que se debe a la nueva vida que llevo ahora.
Mencionó el destajador mientras alzaba
la caja con las medicinas. De pronto, el chico se
giró hacía ella, mirándola con
la misma sonrisa de la que estaban hablando.
Me gustaría que de igual manera eso te animara
a sonreír más.
Tomoe lo miró confundida, pero el chico no
esperó a oír alguna respuesta. Tomó
sus cosas y se encaminó hacía el interior
de la casa.
Una lluvia moderada comenzó a caer esa noche
de diciembre, las lluvias de finales del otoño.
No faltaba mucho para que el invierno del año
1º de Genji llegara a Japón, y por ello
las noches cada vez se volvían más frías.
La nieve estaba apunto de caer, pero como una demostración
previa de su poder, la naturaleza les traía
una lluvia.
Una figura sigilosa se movía por los caminos
del bosque, cubierto por un amplio cobertor de paja
en forma de capa y un sombrero alargado de paja sobre
su cabeza. De un momento a otro el caminante se sale
del camino y se interna entre los árboles y
las sombras del bosque. Sin embargo, en su intento
por moverse rápido y en silencio, no se daba
cuenta de que otra persona lo seguía muy de
cerca.
El extraño se movió con cuidado hasta
llegar al lugar en el que se encontraba una choza
de madera, iluminada desde su interior. El hombre
miró hacía todos lados para asegurarse
una última vez que no había nadie cerca,
y luego entró a ella. Su vistazo no había
dados los resultados que él esperaba, ya que
sí había alguien cerca siguiéndolo,
y lo había visto entrar a la choza. Una vez
que el primero ya estaba adentro, el que lo seguía
se acercó con cuidado, hasta ponerse a lado
de una de las ventanas para lograr ver y escuchar
lo que pasaba.
Era una pequeña casa de madera, con una gran
estatua oscura de uno de los budas. Su interior era
iluminado por dos antorchas colocadas a los lados
de la estatua, y daban la luz suficiente para alumbrar
a los que se encontraban adentro de ella. Sentado
frente al altar del buda estaba un hombre de cabello
largo y barba clara, complexión musculosa,
vestido con un traje negro sin mangas. Frente a él,
sentado en el suelo, estaba el hombre que acababa
de entrar, pero además había otras dos
personas, también vestidas de negro y paradas
a los lados del recién llegado; no de ellos
portaba una larga hacha.
- Katsura se encuentra escondido y es imposible saber
en estos momentos donde se encuentra. Comenzó
a decir el hombre sentado frente al resto, mientras
se retiraba su sombrero de paja, rebelando su rostro.
Ese hombre era Izuka, el informante de Chosu encargado
de visitar a Himura para mantenerlo al tanto de lo
ocurrido. La persona que los espiaba desde el exterior
lo reconoció de inmediato, pues éste
era Katagi, un hombre de confianza del maestro Katsura.
Pero los otros tres hombres no eran miembros del clan,
y de eso estaba totalmente seguro. En ese momento
todas las sospechas perecían estar confirmadas.
- Pero aún nos queda el temido Battousai.
Prosiguió Izuka con una sonrisa maliciosa,
ignorante de que era escuchado. Estos últimos
meses, sus habilidades se han ido debilitando, ya
lo he comprobado. Su mirada ya no es la misma que
poseía en sus tiempos en Kyoto. Ha perdido
casi por completo su instinto asesino.
- Impresionante. Exclamó sonriente
el hombre sentado frente al altar. No esperaba
que el plan saliera tan bien como hasta ahora. Entonces
éste es el momento adecuado para efectuar el
siguiente paso.
Izuka asintió con la cabeza a las palabras
del hombre.
Por su parte, Katagi había estado escuchando
todo esto desde su posición. Ahora todo tenía
sentido. Además de estarle informando a Himura
de los acontecimientos, también era un espía
del enemigo. Entonces de seguro era el que les había
revelado su identidad.
- Como lo sospechaba... Izuka era el traidor...
Pensó para si mismo luego de haber escuchado
esa conversación. Debo de avisar
a Himura
Rápidamente el hombre del movimiento se dispuso
a marcharse antes de que fuera sorprendido. Sin embargo,
desconocía que su ubicación ya había
sido encontrada por otra persona. En cuanto se giró
para retirarse del lugar, fue sorprendido por una
larga garra que surgió por encima de él,
tomando su cabeza con fuerza.
El hombre se quedó atónito al sentir
esto. La mano estaba cubierta por un guante negro,
cuyos dedos poseías unas alargadas cuchillas
en forma de garras. La mano comenzó a apretarlo
con fuerza, hasta que las garras del guante comenzaron
a atravesar su piel.
Los hombres en el interior de choza comenzaron a
escuchar los gritos provenientes de afuera.
- ¿Qué sucede? Preguntó
uno de ellos, girándose hacía la puerta.
De pronto, la puerta es abierta de golpe y el cuerpo
sin vida del espía es arrojado hacía
el interior, con la cabeza casi deformada por la presión.
Izuka miró casi asustado el cuerpo del observador.
- Maldición, este hombre era Katagi, el vigilante
de Katsura. Comentó Izuka, reconociendo
al hombre tirando en el suelo. La noticia de
su desaparición no tardara mucho en esparcirse.
Una sonrisa de satisfacción surgió
de pronto en su rostro. Bueno, me sentiré
más seguro sin este sujeto rondando por ahí.
- Sea como sea, es momento de comenzar con el último
pasó. Comentó el hombre de cabellos
largos, poniéndose de pie. Battousai
morirá... ¡Enishi!
De pronto, de atrás de la estatura del buda
surgió la figura de una quinta persona en el
interior de la casa. Éste era un chico, tal
vez de unos diez años, de cabello negro y corto
con un peinado de puntas, vestido con un traje blanco
y un hakama verde oscuro. La mirada de ese niño
era dura y severa, casi llena de odio. El hombre de
complexión fornida se giró hacía
él, mirándolo con detenimiento.
- Cuando la lluvia termine, será tú
turno... Yukishiro Enishi... Le informó
el hombre con un tono autoritario.
El chico asintió con la cabeza, al tiempo
que una sonrisa maliciosa surgía en su rostro
FIN DEL CAPITULO VII
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