CAPITULO I
DOS SACERDOTISAS
Oculto en lo más profundo de las montañas,
rodeado por árboles y montes, sobresalía
una figura de madera, un fuerte, con una larga barda
que protegía lo que en su interior se encontraba.
Del otro lado de la barda, se encontraba una aldea,
provista de algunas casas, plantíos y demás;
lo necesario para vivir. Como era de esperarse, esta
aldea oculta entre los árboles no es un lugar
común.
Este sitio ha existido durante años. Este
es hogar de los Tajiya, gente entrenada desde pequeños
para exterminar a las criaturas sobrenaturales que
abundan en el mundo y que se dedican a traer desgracias
a las personas. Los Exterminadores de Monstruos siempre
han usado sus habilidades para el bien de los humanos,
y siempre lo harán.
Siendo casi mediodía, vemos a los exterminadores
ocupados en sus labores diarias. Un grupo de hombres
se encuentra cortando el cuerpo de un monstruo muerto,
una criatura larga y de color oscuro, usando una larga
herramienta con filo. Era conocido por pocos, pero
la mayoría de las armas que usaban los exterminadores
se encontraban hechas con los cuerpos de las criaturas
que ellos mismos eliminaban. Eso las hacía
más resistentes y útiles contra sus
enemigos. Claro que para convertir el cuerpo de un
demonio en un arma para eliminar criaturas, se tenía
que pasar por un largo proceso.
Supervisando la labor de los exterminadores, se encontraba
un hombre, de piel ligeramente morena, cabello negro
sujetado con una cola hacía arriba. Vestía
un traje de color verde oscuro, y en su espalda traía
un objeto alargado, similar a un boomerang. En su
ceja izquierda, tenía una cicatriz, de seguro
hecha durante algún combate. El hombre miraba
al resto con mucha cautela y seriedad en su expresión.
De pronto, notó como algo le subía por
el cuerpo. Se trataba de un pequeño animal,
similar a un gato pequeño, de pelaje en un
tono entre amarillo y blanco, de ojos grandes y rojizos,
y dos largas colas que se extendían hacía
atrás. El hombre alzó su mano y con
una sonrisa comenzó a acariciar la cabeza de
la criatura, que ahora estaba sobre su hombro.
- ¿Aburrida Kirara? Le preguntó
el hombre algo burlesco. La criatura respondió
con un extraño sonido que salió de su
boca.
- ¡Jefe Shako! Escuchó de pronto
que alguien le gritaba a sus espaldas. Al girarse,
ve como dos hombres corren apresurados hacía
él.
- ¿Qué sucede? Les preguntó.
¿Por qué se ven tan exaltados?
- ¡Es la cueva señor! Le contestó
uno de ellos. Él se sorprendió al escuchar
esto. Por favor, venga con nosotros; algo muy
extraño está pasando.
Por el estado de los hombres, el Jefe sintió
que de seguro pasaba algo grave. Sin espera, los siguió
hacía donde ellos le indicaban. La criatura
de dos colas seguía aún sobre su hombro
izquierdo.
Cerca de ahí, se encontraba una cueva, con
una pequeña entrada. Frente a la cueva estaban
dos hombres armados con lanzas, que parecían
resguardar el cuerpo de otra criatura que yacía
en el suelo. Sin embargo, sus ojos no estaban en ese
cuerpo, si no en la entrada de la cueva, pues parecía
haber sido cubierta por un extraño resplandor
azul.
El Jefe de los exterminadores llegó a lugar
junto con los otros. Los hombres de las lanzas lo
estaban esperando.
- ¡Jefe! Dijo uno de ellos al verlo
acercarse. Él se acercó hasta colocarse
a su lado.
- ¿Qué cree que sea eso? Le
preguntó el otro, mirando hacía la cueva.
El recién llegado se quedó viendo la
entrada con cierto asombro.
- ¿Qué significa esto Jefe?
- No puedo equivocarme. Dijo de pronto sin
quitar sus ojos de la cueva. Sin embargo, en un segundo,
volteó a ver de reojo a la criatura sobre su
hombro Esto fue causado por la Sacerdotisa
Midoriko.
Todos los presentes se exaltaron al escuchar tales
palabras por parte de su líder. Todos centraron
su atención en ese resplandor azul de la entrada.
- ¿Midoriko? Preguntó uno de
ellos. ¿No es la Sacerdotisa de quien
se dice nació la Perla de Shikon?
- ¡Imposible! Replicó otro
¡Ella lleva muerta siglos!, ¡¿Cómo
es posible que haya causado algo como esto?!
A pesar de las palabras de sus hombres, el señor
Shako parecía estar convencido de lo que decía.
En el interior de esa cueva, se encontraba la estatua
de una mujer, que se encontraba rodeada por las figuras
de varios monstruos. Esa estatua había sido
en realidad el cuerpo de aquella sacerdotisa, que
había estado en aquel sitio durante un largo
tiempo. De pronto, el jefe baja su mirada y nota el
cadáver que está puesto frente a la
cueva.
- ¿Y qué es eso?
- Sólo es algo que acabábamos de exterminar.
Le contestaron. Era una mujer cienpies
o algo así. Fue un problema, pero ya nos hemos
desecho de la cabeza, así que ya debe de estar
bien.
Shako miró con sospecha el cuerpo del cienpies.
De pronto, tomó con su mano la cinta con la
que sostenía el arma en su espalda y la retiró.
Por reflejo, el gato de su hombro bajó de un
salto. En ese momento, Shako encajó una de
las puntas del arma en el cuerpo de la criatura, y
luego la retiró con fuerza. Esto provocó
que algo de la sangre de la criatura saliera volando
en la dirección a donde había sacado
su arma. Entre la sangre oscura, un objeto había
salido con ella.
El objeto era circular, como una esfera. Estaba completamente
cubierta por un resplandor negro, que brillaba como
si se tratara de luz, además de la sangre oscura
de la criatura. Shako se agachó para tomarla
y levantarla del suelo.
- ¿Qué eso? Le preguntaron sorprendido.
- Es esto. Dijo Shako, viendo la esfera
El espíritu de Midoriko ha reaccionado a esto.
- ¡Jefe!, ¿Usted cree que esto sea
?
- Sí. Esta es la primera vez que tengo la
oportunidad de verla. Shako alzó su
brazo hacía arriba, levantando la esfera.
Ésta es la Perla de Shikon.
Los hombres se quedaron asombrados al verla. No podían
creer que estaban viendo la Legendaria Perla de Shikon.
Era extraño, ¿Quién iba a decir
que aún se encontraría tan cerca de
su origen?, no era raro que ese demonio hubiera sido
tan difícil de derrotar. En ese momento, la
criatura de dos colar que estaba a los pies de Shako,
pareció reaccionar hacía algo. Sus pelos
se pusieron de punta, y comenzó a gruñirle
al cuerpo del cienpies.
- ¿Qué sucede Kirara? Preguntó
el Exterminador al ver su actitud.
De pronto, algo al frente tomó desprevenidos
a todos. De entre los restos del demonio, una figura
se alzó hacía arriba con gran fuerza.
- ¡¡Devuélvemela!! Gritó
esa criatura mientras se alzaba. Parecía tener
el cuerpo de una mujer, con piel blanca y cabello
negro y largo. Sin embargo, la parte de debajo de
su cuerpo, era el de un largo cienpies, y tenía
seis brazos.
Al verla salir, todos los exterminadores retrocedieron,
alejándose unos pasos de la criatura. Mientras
se preparaban para atacarla, la criatura se alzó
hacía el frente, directo hacía Shako.
Él por su parte se cubrió con su arma
como si fuera un escudo, pero luego ella se las arregló
para rodearlo rápidamente con su cuerpo y apretarlo.
- ¡Desvuélveme la Peral de Shikon!
Le gritó la criatura, y en ese momento su rostro
cambió de forma. De su boca salieron varios
colmillos, mismos que se los encajó sin piedad
en el hombro derecho, provocándole una grave
herida.
- ¡Jefe! Gritaron los otros al ver esto.
En ese momento, la criatura de dos colas corrió
hacía donde estaba. Su cuerpo fue cubierto
por completo por las llamas. En un segundo, las llamas
se esfumaron, dejando en su lugar un enorme felino,
con largos y afilados colmillos. La nueva criatura
se alzó hacía el frente, mordiendo a
la Mujer Cinpies en su largo cuerpo. La mujer gritó
de dolor, soltando a Shako de su mandíbula
y de su cuerpo.
Shako se alejó de la mujer con un salto. Mientras
estaba en el aire, tomó su boomerang con la
mano izquierda, lo jaló hacía atrás
para agarras impulso y luego lo tiró con fuerza
hacía el frente.
- ¡¡Hiraikotsu!! Gritó
el hombre. Su arma voló por el aire, directo
hacia su objetivo. El boomerang cortó sin remedio
el cuerpo de la mujer, dejando sólo la parte
de arriba y un escaso pedazo de su cola.
El arma cayó clavada en el suelo, al mismo
tiempo que la mujer cienpies de desplomaba. Shako
puso una vez más sus pies en tierra firme,
teniendo su mano izquierda aferrada con fuerza a la
herida de su hombro.
- ¡Jefe! Gritaron el otros, acercándose
rápidamente hacía él ¡¿Esta
usted bien?!
Shako no les contestó. Alzó su mano
hacía el frente, abriéndola. Aún
tenía en su palma la Perla. La miró
con mucho detenimiento, con admiración, con
asombro y hasta con miedo.
- Este es el poder de la Perla de Shikon Dijo
de pronto Mientras este objeto esté
cerca, Ella seguirá reviviendo continuamente.
Shako alzó su mirada hacía el cuerpo
de la cienpies. En ese momento, vio como sus ojos
se volvían a abrir sin remedio, y una vez más
se volvía a levantar, apoyándose en
la tierra. La criatura volteó hacía
todos lados, mirando con sus ojos blancos. Después
de unos momentos, parecía que iba a escapar.
- ¡Ve por ella Kirara! Le ordenó
Shako al enorme felino. Sin demora, se fue detrás
del cienpies, quien se perdía en el bosque.
Shako siguió contemplando más tiempo
la Perla en su mano. ¡Demonios!, Nosotros
no poseemos el poder para contener las energías
negativas de esta joya. Shako cerró
su mano, cubriendo con ella la Perla. Luego, trató
de ponerse de pie, ayudado por sus amigos.
Necesitamos encontrar a alguien que posea los poderes
suficientes como para purificarla
(Días Después)
- ¡Hermana! Gritaba alguien, y sus gritos
volaban por aire, pero no recibían ninguna
clase de respuesta.
El campo era realmente hermoso y tranquilo. Los prados
estaban cubiertos de la verde vegetación, de
planta y flores. Una brisa ligera soplaba en el sitio,
moviendo delicadamente la hierba de un lado a otro.
- ¡Hermana! Volvió a gritar,
pero el resultado fue el mismo.
Se trataba de una niña de aproximadamente
ocho años, de cabello negro y largo, vestida
con un traje de color anaranjado. Corría por
el campo con cierta preocupación, mientras
seguía gritando la misma palabra.
No muy lejos de ahí, en un plano despejado
del sitio, rodeada únicamente por un par de
piedras sobresalientes, se encontraba la figura de
una mujer. Era una joven alta, de piel pálida
y de cabello oscuro y largo sujetado con una cinta
blanca. Vestía un traje compuesto de un Haori
de color blanco y un Hakama de color rojo. En su espalda,
porta varias flechas y en su mano izquierda sostiene
un arco. La joven esta de pie sin moverse ni hacer
ni un sólo ruido; parece estar esperando algo.
- ¡Hermana! Escuchó que alguien
gritaba a sus espaldas. En ese momento, al voltear
por encima de su hombro, ve la figura de la misma
niña de traje naranja, que corría hacía
ella.
- No te acerques Kaede. Le dijo con cierta
severidad y ella se detuvo de golpe.
La mirada de la mujer frente a ella era fría,
casi carente e cualquier expresión o emoción.
La joven volteó de nuevo hacía el frente,
mirando hacía el cielo. En ese instante, éste
se comenzó a cerrar, cubriéndose por
un conjunto de nubes oscuras. Todo el pacífico
aire que rodeaba al campo en ese momento cambió
a uno denso, oscuro, lleno de energías negativas
- ¡¿Qué es eso?! Dijo
la niña al ver lo que pasaba.
- Esta pequeña es tu hermana menor, ¿No
es así Kykio? Escuchó de pronto
que una persona decía cercana a ella.
Rápidamente alzó su mirada hacía
una de las rocas que estaban en el campo. Parada sobre
ésta, se encontraba una mujer, de cabello negro
y largo, vestida con un traje de color azul oscuro.
En su mano derecha sostenía una lanza larga
de mango rojo y una cuchilla en la punta. Su piel
era blanca y su sus labios estaban adornados con un
color rojizo.
La sacerdotisa en la piedra volteó a verla
con una mirada algo penetrante. La joven se puso muy
nerviosa al verla.
- Esta persona
Pensó
la niña al reconocerla.
- Por un momento pensé que me dejarías
sola. Mencionó la joven de blanco, al
tiempo que tomaba una de las flechas que traía
en su espalda y se preparaba para disparar.
- Seré mala, pero no maldita. Le contesta
la otra mientras tomaba su arma con ambas manos.
- Eso lo dudo mucho. Comentó con una
sonrisa burlona en su rostro.
De pronto, como si en el cielo se abriera un gran
agujero, se comenzaron a ver diferentes figuras que
descendían con rapidez hacía ellas.
Eran varias criaturas, de cuerpos diferentes, la mayoría
eran largos y oscuros. Todos ellos eran seres sobrenaturales,
espíritus y monstruos. La pequeña retrocedió
un poco al verlos, mientras las otras dos se quedaron
de pie.
La sacerdotisa de blanco soltó su flecha y
ésta salió volando con fuerza hacía
las criaturas. La flecha había sido cubierta
con un fuerte resplandor, mismo que pareció
estallar en el aire y destruir a cuanto ser tocaba.
La niña miraba esto con gran admiración.
- Para esto es para lo que realmente somos buenas.
Dijo la otra sacerdotisa con emoción
en su tono.
Varias de esas criaturas se aproximaban hacía
ella. Sin bajarse de la piedra, sostuvo su lanza hacía
el frente y comenzó a darle vueltas con fuerza
usando sus dos manos. La lanza pareció cubrirse
también con un resplandor parecido al de las
flechas. Toda criatura que se le acercaba se hacía
pedazos al estar en contacto con su arma. Después
de unos momentos, dio un salto hacía el frente,
bajándose de la roca. Algunas criaturas se
precipitaron hacía el lugar en el que ella
estaba hace unos momentos, volviéndolo pedazos.
Al mismo tiempo, la otra arrojaba sus flechas consecutivamente,
destruyendo a las criaturas una por una. Su acompañante
se abrió paso entre los demonios usando su
lanza hasta llegar a donde estaba. Una vez juntas,
cada una se paró espalda con espalda. Sus enemigos
parecían comenzar a rodearlos.
- Para un número tan alto de criaturas te
deben de odiar en serio Kykio. Mencionó
la joven de traje oscuro con algo de burla.
- ¿A mí? Preguntó antes
de disparar otra de sus flechas y destruir a una serpiente
larga que se aproximaba a ellas. Tú
eres menos agradable.
Dos criaturas se les acercaban por los costados.
Ambas se quedaron de pie por unos momentos, como esperando
a que las criaturas se acercaran. Como si se hubieran
puesto de acuerdo, ambas se voltearon al mismo tiempo
hacía los dos monstruos. Una cortó a
uno de ellos con su lanza, y la otra se encargó
del otro, golpeándolo con su arco. Ambas criaturas
fueron destruidas de inmediato, acabando así
con sus objetivos.
La pequeña niña de traje naranja miraba
a ambas con unos ojos grandes y llenos de admiración.
No podía creer lo fuerte que eran esas dos
sacerdotisas.
- ¡Ella es la señorita Tsubaki!
Pensó sin perder el asombro en sus ojos.
¡Mi hermana Kykio y la señorita
Tsubaki son las mejores sacerdotisas del mundo!
En una aldea un tanto alejada, la mañana transcurría
con normalidad para todos sus habitantes. Lo único
singular que estaba ocurriendo era que acababan de
recibir la visita de un misterioso viajero. Este se
encontraba sentado en la banca exterior de un restaurante.
Al tiempo que comía su platillo, conversaba
con dos hombres que estaban sentados con él.
- ¿La Perla de Shikon dice? Preguntó
uno de los hombres con asombro.
- Sí, así es, ¿Ha oído
hablar de ella? Le contestó él,
mientras probaba algunos bocados.
- No lo creo. Pero sí lo que busca es una
joya, no creo que vaya a encontrar muchas por aquí.
- ¿Así que no sabe nada?, bueno es
una lástima.
El tono del sujeto era algo despreocupado, casi burlesco.
Su cabello era en un tono castaño oscuro, largo
hasta sus hombros, y se encontraba vestido con una
armadura de color verde.
- Mejor cambiaré la pregunta, ¿Sabe
algo de la Sacerdotisa Midoriko? Preguntó
en cuanto terminó de comer.
- ¿Midoriko?
- Escuché que ella frecuentaba mucho estos
alrededores en sus recorridos, y que en este sitio
era muy bien recibida, ¿acaso me equivoco?
- No, de hecho no Le dijo el señor.
Como usted lo dijo, se dice que la famosa Sacerdotisa
Midoriko venía muy a menudo a este sitio junto
con su acompañante. Era una mujer muy buena.
Nos ayudaba con tanto problema se nos presentaba.
Era talvez la mejor sacerdotisa de todas. Pero eso
fue hace ya mucho tiempo.
El viajero se quedó en silencio, escuchándolo.
Se vio como una sonrisa se dibujaba en su rostro ante
lo que le estaban diciendo.
- Sí, estaba consciente de eso El viajero
se puso de pie y tomó su espada con la mano
derecha Al igual que estaba consciente que
en el último viaje que se le vio convida, la
vieron pasar por este pueblo; ¿No sabe a donde
se dirigía?
- Bueno
- El anciano se puso de pie y extendió
su mano hacía las montañas a lo lejos
Se dice que se dirigía hacía
aquellas montañas, pero que nunca regreso.
Nadie sabe con seguridad que pasó en aquel
sitio. Pero la verdad no sé que relación
pueda tener con la joya que usted busca.
- Más de la que usted cree. Le contestó
mientras emprendía la marcha.
- Esperé Lo detuvo el hombre.
Esas montañas son el territorio de los Tajiya,
los Exterminadores de Monstruos.
- ¿Exterminadores?
- Si desea algo de información, puede que
ellos lo ayuden.
- Lo tendré en mente, gracias.
El viajero colocó su espada en su costado
izquierdo y comenzó a caminar en dirección
a las montañas. Los dos hombres se le quedaron
viendo hasta que lo perdieron de vista.
- Qué chico más misterioso.
Mencionó uno de ellos. Y su nombre era
realmente extraño, ¿cómo dijo
que se llamaba?
- No estoy seguro
pero creo que dijo algo como
Onigumo
En un bosque alejado de ese sitio, un árbol
era derrumbado con fuerza por una criatura que caminaba
por ahí. Era un ser de gran tamaño,
de piel oscura y negra, de un solo ojos de color rojo,
cuernos y cabello en un tono morado que le salía
hacía atrás. La criatura abrió
su gran boca, mostrando sus grandes y filosos colmillos.
- ¡¿Dónde estás?!
Gritó con fuerza con una voz que parecía
rayo. ¿A dónde rayos te metiste?
El ser miraba hacía todos lados, tratando
de ver a la persona que buscaba. De pronto, una figura
se movió velozmente entre los árboles
a sus espaldas. El ser lo sintió y de inmediato
se giró hacía esa dirección,
pero ya no había nada.
- ¡Estoy aquí! Escuchó
en ese momento que una voz le gritaba sobre él.
Una silueta oscura se encontraba suspendida en el
aire, enmarcada por la luz del sol justo a sus espaldas.
- ¡Garras de Acero! Gritó el
extraño, al tiempo que descendía hacía
él.
La garra derecha del chico se cubrió por un
destello de color dorado. La garra atacó con
fuerza al ser de piel oscura, cortándolo justo
por la mitad de la cabeza a los pies. Al tiempo que
los pies del atacante tocaban suelo de nuevo, el cuerpo
sin vida de la criatura caía sin remedio.
El atacante se alzó, parándose con
firmeza. Era un chico de cabello albino y largo. Por
encima de su pelo, se veían sobresalir un par
de orejas en forma de orejas de perro. El chico vestía
un traje completamente de rojo. El chico miró
con detenimiento la garra con la que había
atacado, mirándola con dureza. En ese momento,
escuchó como unos pasos se acercaban a él.
- ¡Tú híbrido! Escuchó
de una voz le decía a sus espaldas. Caminando
hacía él, se encontraban más
seres como el que acababa de exterminar.
- ¡Grupo de tontos! Les gritó
con fuerza girándose hacía ellos.
¡¿Acaso tienen deseos de morir?!
Una vez acabada su misión, las dos sacerdotisas
se retiraban del sitio de la pelea, acompañadas
por la pequeña que las seguía. El nombre
de ambas mujeres era muy reconocido por toda la región,
y todo eso gracias a sus grandes poderes. Kykio y
Tsubaki, ambas eran consideradas dentro de las mejores
sacerdotisas. La niña que las acompañaba
se llama Kaede; era la hermana menor de Kykio y entrenaba
para convertirse también en sacerdotisa.
- ¿Te parece correcto haber traído
a tu hermana menor a un sito de batalla como éste?
Le preguntó Tsubaki con algo de burla
en su expresión, mientras volteaba a ver a
la niña de reojo.
- No te preocupes por eso. Le contestó
Kykio con cierta indiferencia ante su pregunta.
- Es tan típico en ti. Nunca hay algo que
te moleste o te perturbe. Se ve que eres una verdadera
Sacerdotisa de Hielo.
Kykio seguía caminando sin importarle mucho
las palabras de su acompañante. Era típico
el verla tan tranquila y con una expresión
fría. El decirle Sacerdotisa de Hielo
era muy acertado por parte de Tsubaki.
- Señorita Tsubaki, ¿vendrá
con nosotras a nuestra aldea? Escuchó
que le preguntaba Kaede.
- No veo porqué no. Contestó.
Después de todo, hace mucho que no veía
a esta cara piedra.
- ¿Cara de piedra?, ¿Lo dices por mí?
Preguntó algo extrañada Kykio.
- Eres tan pálida como yo, pero por lo menos
yo me cuido de verme bien.
- Si ponerse eso en la cara es verse bien
- No pareces una joven de 17 años Kykio
Kaede miraba como ambas jóvenes platicaban
al tiempo que marchaban hacía su destino. Tsubaki
parecía más abierta y directa, algo
muy diferente a su hermana Kykio que era más
seria y callada. Aunque Kykio parecía siempre
tan fría, aún así cuando platicaba
con Tsubaki se le veía algo de vida. De pronto,
de un momento a otro, Kaede vio como del tono amigable
que llevaba Tsubaki cambiaba a uno más serio.
- Por cierto Kykio, hay algo que quería comentarte.
Le mencionó la sacerdotisa con algo
de reserva. Kykio se extrañó al ver
este cambio.
- ¿De qué se trata?
- Es algo que sucedió en el templo antes de
que me marchara para acá. Tsubaki guardó
silencio unos momentos. Un grupo muy extraño
fue a ver al Gran Maestro.
- ¿Al Maestro?, ¿Quiénes eran?
- No estoy segura. Se encontraban vistiendo ropas
muy extrañas, y además traían
consigo unas armas que parecían hechas con
restos de monstruos. Kykio pareció reaccionar
el escuchar esto último.
- ¿Tajiya? Preguntó la sacerdotisa
de blanco.
- Eso mismo pensé. Pero no sé que pudieran
hacer los Exterminadores de Monstruos en el templo.
Pero hubo otra cosa que me llamó más
la atención. Uno de ellos parecía traer
algo envuelto en una manta oscura.
- ¿Qué quieres decir con algo?
- No lo vi porque lo tenían cubierto. Pero
me pareció que se trataba de un objeto pequeño
que despedía una fuerte cantidad de energía
negativa. Sólo había sentido ese tipo
de poder en un demonio.
Al parecer Kykio se quedó muy pensativa ante
lo que Tsubaki le acababa de comentar. De igual manera,
también Tsubaki se había quedado pensando
en lo mismo.
- ¿Un objeto pequeño con una
gran energía negativa? Pensaba
Kykio confundida. Me pregunto qué
habrá sido
En ese instante sintió como una gota de lluvia
caía sobre su mejilla. Rápidamente alza
la mirada hacía el cielo, el cual estaba completamente
cubierto por las negras nubes.
Uno de los árboles era destruido al recibir
uno de los ataques de las poderosas garras de la criatura.
El chico vestido de traje rojo se encontraba suspendido
en el aire después de esquivar el golpe que
iba para él.
- ¡No puedes escapar de nosotros Híbrido!
Le gritó la criatura.
- ¡Pagarás por la muerte de nuestro
hermano! Le dijo el otro.
- ¡Eso lo veremos! Les gritó
él, mientras se impulsaba con su cuerpo hacía
el frente.
El chico cayó de pie en el pasto, justo detrás
de ellos. Una de las criaturas se lanzó hacía
él, atacándolo con su garra derecha.
El chico dio un salto hacía atrás, haciendo
que la garra chocara contra el piso. El golpe levanto
algunas piedras y trozos de tierra. Con gran agilidad,
el chico se impulso en las piedras que se habían
levantado, hasta colocarse frente al ser.
- ¡Garras de Acero! Gritó al
tiempo que se lanzaba hacía él, atacándolo
justo en su ojo.
El ojo del ser comenzó a sangrar, mientras
él se retorcía por el dolor de la herida
que había recibido. Después del ataque,
el joven se colocó a sus espaldas. Su enemigo
se iba balanceando totalmente ciego hacía atrás.
El chico se volvió a elevar de un salto hasta
colocarse justo a la altura de su cabeza. Luego, extendió
con fuerza su pierna derecha al frente, golpeándolo
con una patada en la nuca. El golpe hizo que saliera
volando hacía el frente, chocando contra una
roca que estaba frente a él.
- ¡Te lo merecías! Le gritó
después de hacer un ataque exitoso.
Sin embargo, mientras les estaba dando la espalda
a los otros, uno de ellos se había colocado
justo detrás de él. Cuando lo notó,
la criatura tenía su garra alzada, listo para
atacarlo. Trató de impulsarse hacía
el frente para escapar del golpe, pero era ya tarde.
Aunque pudo evitar que le hiciera un daño grave,
la garra su alcanza a lastimarle su brazo derecho,
abriéndole una gran herida.
- ¡Maldición!...
La lluvia se soltó con fuerza cuando menos
lo esperaban. Las tres jovencitas se encontraban refugiadas
bajo las hojas de un amplio y frondoso árbol,
esperando a que la lluvia cesara y poder continuar
con su camino.
- Desde muy temprano se veían algunas nubes
en el cielo Mencionó Tsubaki, viendo
hacía arriba.
- No hay problema. Se acabará en unos momentos.
Todos se quedaron en silencio, simplemente esperando.
Tsubaki tenía su lanza sostenida a sus espaldas.
De pronto, Kykio vio como su compañera tomaba
su arma y la estiraba hasta el frente. Algunas gotas
de agua cayeron sobre la hoja y luego la trajo hacía
sí para limpiarlo con la tela de su traje.
Kykio creyó que simplemente quería limpiar
su lanza luego de haber exterminado a varios demonios
con ella. Sin embargo, la sacerdotisa se vio muy extrañada
al ver como Tsubaki colocaba la hoja de la lanza frente
a su rostro y la miraba con mucho detenimiento.
- Mira Kykio. Le dijo sin quitar sus ojos
de la lanza. De pronto, se acercó a ella y
movió la lanza de tal manera que ambas pudieran
ver la hoja.
Kykio no estaba segura de que quería que viera.
Entonces, cuando colocó sus ojos en la lanza,
vio cual era su intención. Había puesto
la hoja como si se tratara de un espejo. Ahora el
rostro de ambas se encontraba reflejado en ella. Claro
que el reflejo no era del todo perfecto, ya que la
hoja de la lanza no estaba hecha para ello, pero lo
suficiente para que se pudieran divisar las facciones
de ambas.
- Creo que yo conozco a esas dos hermosas jovencitas.
Mencionó Tsubaki, viendo el reflejo.
- ¿Te han dicho que eres muy superficial Tsubaki?
Le comentó la sacerdotisa.
- ¿Superficial?, vamos Kykio no seas así.
Después de todo en este momento somos dos jóvenes
y hermosas mujeres.
- Tsubaki, nosotras no somos dos mujeres.
Le contestó con frialdad, girando su vista
hacía otro lado. Tsubaki se quedó asombrada
ante ese comentario.
- ¿Y entonces que somos? Le preguntó.
Kykio se quedó unos momentos en silencio antes
de responderle.
-
Somos dos Sacerdotisas
Aún debajo de la lluvia, la pelea entre los
demonios seguía. Ahora sólo seguían
dos de esos seres, que seguían atacando al
joven de traje rojo. Éste tenía su mano
aferrada a la herida de su brazo, mientras esquivaba
los golpes del demonio.
- ¡Ya verás! Le gritó
con furia. En ese momento, el chico pareció
clavar sus garras en la herida que le habían
hecho, llenándolas de su propia sangre.
¡¡Garras de Fuego!!
El chico abalanzó con fuerza su mano hacía
el frente. De las gotas de su sangre, parecieron surgir
un gran número de cuchillas de color rojo,
que volaron por el aire directo a la criatura. Las
cuchillas lo golpearon de frente, haciéndole
varias cortadas consecutivas.
Una vez que se lo había quitado de encima,
el chico se elevó de nuevo hacía el
cielo, aún teniendo todas las gotas de lluvia
sobre si mismo. Igual que como lo hizo con el primero,
jaló sus dos garras hacía atrás
y luego hacía abajo. Sus manos se cubrieron
de un resplandor dorado.
- ¡¡Garras de Acero!!
Con cada garra acabo con uno de los demonios, cortándolos
con su técnica para antes de que tocara el
suelo. El chico se quedó semiarrodillado en
la hierba, aún después de terminar la
pelea. La lluvia parecía comenzar a lavar su
herida. De pronto, acercó su mano derecha de
nuevo hacía su brazo con un gesto de dolor.
Luego, a duras penas trató de ponerse de pie.
- ¡Demonios! Pensaba el
chico. ¡Esto fue provocado por
esas basuras! No puedo seguir así. Necesito
hacerme más fuerte
¡fuerte!
necesito
más poder
FIN DEL CAPITULO I
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